comunismo la sociedad se vuelve más gregaria, el hombre es menos libre
que el soldado, y se retrograda así al régimen del estatuto, del mando,
de la coacción, propio de las sociedades primitivas en donde por razón
de las continuas e ininterrumpidas guerras externas e internas, se
hacía necesaria mucha subordinación en el pueblo y un régimen fuerte
de mando por el gobierno. Pero con la civilización se ha impuesto
el régimen contrario, o sea el del contrato, el de la voluntad, que
regla todos los actos de los hombres libres y civilizados. En el siglo
pasado, Inglaterra y Norte América--naciones respetuosas de la libertad
individual--fueron las más avanzadas en el progreso del mundo; los
árabes, donde la ley de Mahoma les regla todo, son los más atrasados
hoy. Una sociedad en tales condiciones progresa hasta un limitado
estado, y de ahí no puede pasar, vive por siglos estacionaria; no
habiendo iniciativa individual, hombres que se hagan a sí mismos, y
no resulten hechos por el estado, no puede haber innovación, cambio,
_progreso_; habrá _orden_ cuando más y por el tiempo que se quiera,
pero faltará el otro elemento del _desarrollo social_, desde que éste
se forma, como bien lo explica Comte, del _orden_ y del _progreso_
sociales. Por esto, estamos en contra del socialismo maximalista o
comunista; y del llamado minimalista también, porque, como queda dicho,
no es más que la introducción del socialismo, desde que sus adeptos
jamás pierden de vista al ir consiguiendo esas ventajas mínimas, las
_máximas_, a las cuales se les apuntan ya francamente, cuando les llega
la ocasión de dar el golpe, ya sea en los comicios o por la revolución.
Ahora, es claro que el programa mínimo del socialismo, puede ser
sostenido y practicado en su generalidad, y aun avanzando, por
cualquiera que tenga ideas liberales, que desee la mejora obrera, que
sea demócrata verdadero. La democracia individualista norteamericana,
con el presidente Wilson a la cabeza, desarrolla ese programa, y no
solamente para Estados Unidos sino para el mundo entero, propiciando el
sistema de organizar las naciones formando una liga de ellas, para unir
las gentes y evitar las guerras. Filósofos individualistas como Spencer
y pensadores como Alberdi, lo sostuvieron también en obras célebres
anteriormente. ¡Hay que leer ese “crimen de la guerra” del pensador
argentino, la obra más sesuda que se ha escrito contra la guerra, para
convencerse de la elevación de miras del gran humanista argentino--que
no tiene una estatua en su tierra y vivió y murió como paria, pues no
supieron comprenderlo,--adelantándose más de un siglo a su tiempo! En
su obra “Instituciones Industriales”, escrita por el año 1890, Spencer
desarrolla la idea, cómo, sólo con el obrar individual y democrático,
es decir, con que el individuo ejercite sus libertades naturales a
condición de respetar iguales derechos por parte de los otros, tanto
en el interior como en el exterior de los países, y que los Estados
se concreten a hacer respetar y nada más esas _igualdades_ en las
_libertades_ en vez de desatender la función de justicia que es su fin
primordial y de ocuparse de otros asuntos que son del rol individual,
como ocurre hasta ahora, y es lo que obstaculiza el progreso; creándose
además, con la disminución de las guerras, por el comercio, por las
industrias, por el tráfico, por la inmigración, por las ciencias, una
confederación de Estados mundial, Estados que no serán imperialistas
sino más reducidos y más iguales en lo futuro--así opinaba Spencer
que debía crearse la democracia universal siguiendo el desarrollo de
los pueblos. Y a mi juicio dió en el clavo de la cuestión, como lo
cree también el sociólogo Vaccaro, y lo está practicando con éxito
indiscutible Norte América y su presidente demócrata individualista
Wilson.
Pero es el caso que muchos años antes, Alberdi propuso lo mismo, en la
obra que cito, allá por el año 70, con motivo de los preludios de la
guerra francoprusiana.
Haciendo honor al pensador argentino, vamos a transcribir los
siguientes párrafos; dice hablando de la libertad interna: “En mi
opinión la ruina de la supremacía militar de la Francia no es hija
de los contrastes y reveses de su reciente guerra con Prusia, sino
que esos reveses son resultado de la ruina que ya existía, sin
manifestarse, de esa supremacía. Ha muerto a mano de otros progresos de
la Francia en el camino de la civilización. Un gobierno sin libertad,
un país sin industria aventajada, son más capaces de preponderancia
militar que un país libre y rico por la preponderancia noble de su
industria. En este sentido la Prusia y Rusia son más capaces de
preponderancia militar que la Inglaterra. El ejército perfeccionado
es la expresión de un gobierno en que la subordinación prima a la
libertad”. Y en otra parte, hablando de la cuestión externa, dice: “El
mayor obstáculo para llegar a la organización del mundo en una vasta
sociedad de naciones es la existencia de lo que hoy se llama _grandes
poderes_ o grandes aglomeraciones nacionales; pues lo primero que
exige en nombre de su grandeza uno de esos poderes, cuando se trata de
decidir la contienda que le divide con otro, es que nadie intervenga
ni se mezcle en esa decisión. Ese _nadie_ es la sociedad general, el
mundo neutral, es decir el juez natural de los pleitos internacionales.
Remover ese obstáculo es propender sistemáticamente a la subdivisión de
las grandes naciones, es decir, a la disminución de su poder para que
ninguna de ellas sirva de resistencia invencible a la formación de la
Nación suprema y definitiva, compuesta de todas las naciones del mundo,
hoy dispersas, errantes y anarquizadas entre sí. Los grandes Estados
son lo que eran los grandes señores como obstáculos y resistencias al
establecimiento de la sociedad política y de la autoridad nacional
de cada país. De modo que en lo internacional, como en lo interior
de cada nación, se llega a la unidad general por la división de las
unidades parciales que aspiran a realizarla... “Unidad que no depende
de la multitud, es tiranía: multitud que no se reduce a la unidad es
confusión”, ha dicho Blas Pascal”. (Páginas 321 v 284, _Obras Post_.).
V
Así, pues, en resumen, pensamos: Que con una democracia individualista
en lo interno y externo de las actuales naciones, es decir, con el
obrar amplio por el individuo, haciendo uso de su libertad, pero
respetando iguales libertades por parte de los demás, o sea la
_igualdad_ de las libertades naturales, y con la garantía real,
verdadera, por parte de los gobiernos de esas libertades en el obrar
para el individuo, sin mayores restricciones que las que imponen el
ejercicio de las mismas por parte de los demás, es como la sociedad
humana tiende a evolucionar en lo futuro para ser feliz el hombre
y progresar él y la sociedad. La humanidad necesita así, para
constituirse definitivamente, de la Confederación de naciones _en donde
todas entren como iguales_, para que haya la fuerza pública necesaria
a castigar las violaciones a la justicia de los Estados, cometidas
por alguna o algunas naciones que pretendieran hacer uso de sus
libertades abusivamente, es decir, desconociendo iguales derechos de
vida por parte de las otras. Con sólo, pues, el principio de justicia,
individualista: _la libertad, igual para todos_, o sea la igualdad
_natural_ en el obrar, se ha de organizar la humanidad democrática del
porvenir. Por el respeto de ese principio, en virtud del convencimiento
que la ciencia aporte a las gentes a medida que el pueblo se vaya
instruyendo, y se vaya haciendo hábito dicho principio de justicia a
fuerza de vivirlo cada vez más ampliamente por el tráfico en aumento
siempre entre los pueblos, y sobre todo, sabiendo, como deben saber,
que detrás de su violación está el poder de la comunidad para castigar
al individuo abusivo que se toma las libertades ajenas, creyéndose
privilegiado en el mundo, se creará la _libertad_, la _igualdad_ y
la _fraternidad_. No es con palabras, mentidas en los comicios, ni
con letras de molde en las leyes, ni tampoco con oraciones en los
conventos donde el amor al prójimo a nombre del Dios es predicado
por explotadores de los “fieles”; a esta altura del discurso, si
obligado estuviera a pronunciarme entre Norte América, democrática
individualista, y Rusia actual, socialista maximalista, entre Wilson
y Lenine mi predilección no se haría esperar; optaría por los Estados
Unidos y Wilson, sin que por esto pensare que todo lo realizado por
ellos sea perfecto, y sí solo sostengo el sistema, la tendencia, que
allí mismo se ha de perfeccionar, pues dista mucho de alcanzar el ideal
democrático individualista.
Jóvenes amigos; señores. Mientras las luchas de clases, de tribus,
de naciones, no se atemperen por el respeto recíproco de las gentes
al principio de justicia que dejo explicado, desconfiad siempre
de esos protectores de clases desemejantes que os quieren ayudar
desde el poder--“proteccionismos” que día a día se ven fracasar
en los individuos y en las naciones.--Mas, tal desconfianza, tal
precaución, no debe ser nunca un obstáculo puesto al advenimiento de
una confraternidad de miras democráticas, igualitarias _naturales_,
porque esto implicaría formar clases cerradas y naciones guerreras
que han sido fatales para el progreso de los pueblos y la humanidad.
Los aristócratas o burgueses que adoran tanto al pueblo y quieren
pasar por demócratas, traten de conseguirlo, pero haciendo primero
los sacrificios de sus privilegios injustos, antes de que el pueblo,
desengañado, cambie el tono de sus reclamaciones. A tiempo están de
abdicar tantos privilegios económicos, sociales y políticos de que
gozan. ¡Que se hagan ver!
LA CRÍTICA Y EL ARTE
POR OCTAVIO MENDEZ PEREYRA
De Panamá
Si el arte es uno de los objetos más elevados de la actividad humana
y la forma de trabajo más difícil, es, por lo tanto, de lo que merece
despertar en nosotros más interés y más simpatía. He aquí porqué
la crítica de arte ha podido alcanzar en nuestros tiempos un gran
desarrollo y llegado a ser una de las ciencias más complejas, una
ciencia que es sociología, historia, psicología, estética, lógica,
óptica, acústica, geometría y cien ciencias más a la vez. No ejercen,
pues, el verdadero apostolado de la crítica los que aun se empeñan en
la pueril tarea de constituirse en árbitros para juzgar, por sí y ante
sí, sin la preparación y la disposición requeridas, lo que es producto
de elementos heterogéneos que es preciso conocer y estudiar, si se
quiere emitir un juicio exacto, justo e interesante.
Taine ha llegado a establecer, en una reacción unilateral exagerada,
que “para comprender una obra de arte, un artista, un grupo de
artistas, es preciso representarse con exactitud el estado general del
espíritu y de las costumbres, del tiempo a que pertenecen”[27]. Aunque
fuera posible aplicar tan rigurosamente esta regla del maestro de la
Filosofía del Arte, siempre quedarían por considerar el temperamento
personal del autor y, sobre todo, la obra misma, en cuanto a la
cantidad de vida independiente que pueda contener, porque el verdadero
objeto del arte es la expresión de la vida.
Y como la vida no es sino una gran complejidad, resulta verdad que
la crítica de arte tiene por fuerza que ser una de las labores más
complejas del espíritu humano y, por esto mismo, una ciencia muy amplia
y liberal, que acepte con simpatía e interés todas las manifestaciones
de la inteligencia, todas las creaciones de la fantasía y todos los
temperamentos y particulares predilecciones. Mientras más numerosos y
contrarios sean éstos, tanto mejor para la solidez de los estudios y
la seguridad de los principios, tal como, en el campo de las ciencias
naturales, acontece al botánico o al zoólogo con las infinitas
manifestaciones de la vida vegetal o animal. El único deber del crítico
es “exponer hechos y mostrar cómo se han producido esos hechos”;
dejarse emocionar, y comunicar después sus emociones y las ideas que
encierra la producción. No es confesar preferencias, pedir genio,
exigir profundidad, señalar errores, imponer preceptos, absolver,
condenar, amonestar...
Por otra parte, conviene tener presente que la verdadera obra de
arte no puede ser analizada en detalle, con la sequedad del químico,
porque entonces deja de ser obra de vida y se convierte en un cuerpo
frío e inexpresivo, en una especie de mecanismo sin influencia
emocional y educativa. La obra de arte sólo es fecunda y eficaz en
los momentos en que actúa como una fuerza viva sobre nosotros, en
que influye con entusiasmo sobre el individuo y desarrolla en su
alma armonías sensibles, emociones hondas, calor y simpatía. Y es
que la emoción estética no es la consecuencia de un análisis, de una
disección detallada; es algo que se apodera de nosotros en bloque
como si entre el alma del artista y la nuestra un fuego divino
hubiese producido misteriosa fusión. Antes de juzgar la razón, juzga
nuestro sentimiento, y muchas veces aquélla es incapaz, como observa
Gauckler, de fallar por otra cosa que por la impresión sentida. “Si
durante los últimos siglos--dice--se ha tratado de proscribir del arte
la imaginación y de buscar lo bello en las propiedades exteriores
de las obras exclusivamente, ha sido porque entonces la filosofía,
eminentemente racionalista, ha sido la expresión de una reacción
contra el gran movimiento sentimental que caracterizó a la época del
Renacimiento”[28]. Una cosa es, pues, la emoción de arte y otra es la
habilidad técnica, muy apreciable, sin duda, pero menos significativa y
menos importante en los dominios complejos de la estética. Lo primero
que debemos buscar en la obra de arte es su expresión, su significado,
su razón de ser, la que no puede menos de estar relacionada con
una manifestación de vida, sea ésta un pensamiento, una pasión, un
sentimiento o una necesidad. Sólo después de haber descubierto el
sentido oculto bajo las formas, la sangre que las vivifica, estamos
capacitados para juzgar hasta qué punto el artista ha logrado traducir
fielmente su idea, o expresar correctamente su sentimiento. La forma
da, sin duda, valor y carácter al fondo, pero no es, en definitiva,
sino una envoltura, un mero estuche que vale mucho más por lo que
contiene, cuando contiene algo.
En todo caso, hay que tener en cuenta que para gozar enteramente de
una obra de arte es preciso ser apto para comprender la pasión, el
sentimiento que la informa y la idea que la encarna y le da vida. Es
preciso también, muchas veces, encontrar en la obra una manifestación
de lo mejor de nosotros mismos, darle algo de nuestra propia alma, o
ser capaces de animarla con nuestros propios sentimientos y una emoción
espontánea y honda.
“Para comprender bien una obra de arte--dice Guyau--es preciso
penetrarse tan profundamente de la idea que en ella domina, que se vaya
hasta el alma de la obra o que se le dé una, de tal modo que adquiera a
nuestros ojos verdadera individualidad y constituya algo como otra vida
en pie al lado de la nuestra”[29]. Es decir, hay que revestir de cierta
unidad y de cierta vida la obra para armonizarse con ella, como si por
un acto de la inteligencia y el corazón la hubiésemos antropomorfizado,
le hubiésemos dado calor de humanidad. Sólo entonces habremos dejado de
ser fríos y pasivos ante la obra artística y estaremos en aptitud de
fraternizar con ella y perdonarle los pequeños defectos, para admirar
mejor lo que tenga de bello y de bueno.
Porque la admiración necesita de constantes perdones y el estudio de
constante simpatía para ser fecundos, de la misma manera que el hombre
necesita ser amado, o, por lo menos, ser simpático, para ser perdonado
y ser comprendido. En arte--ha dicho el mismo Guyau[30] “basta con
demasiada frecuencia el no querer ser conmovido para no serlo, pues uno
es siempre más o menos libre de negarse a sí mismo, de encerrarse en
su yo hostil y hasta de perderse en él”. Y “lo triste es--agrega--que
el que quiere hallar lo feo lo encontrará casi siempre y perderá por
el placer de la crítica el de ser _conmovido_ que, según La Bruyère,
vale aún más”. Otro autor, Emilio Henniquin[31], ha llegado a escribir,
por este mismo camino, que “una obra sólo tendrá efecto estético sobre
las personas que poseen una organización mental análoga e inferior a
la que ha servido para crear la obra, y de la que puede ser deducida”.
Y ello parece efectivo porque es evidente que existen, por otro lado,
egoísmos intelectuales, prejuicios razonados, segundas intenciones,
temperamentos hoscos e insociables a los cuales una obra, por meritoria
que sea, produce siempre una antipatía que ciega el corazón a las
bellezas y el cerebro a todo entendimiento. Sólo por esto se comprende
a Lope cuando insulta a Cervantes, a Víctor Hugo cuando niega a Goethe,
a Voltaire cuando rebaja a Shakespeare, ese mismo Voltaire que convenía
en reconocer _un placer en no tener placer alguno_, acaso obedeciendo
a la convicción íntima de que “rebajar a otro es elevarse a sí mismo”.
A pesar de esto, siempre será más humana, más elevada y más educativa
la crítica serena e imparcial de las bellezas y los defectos, que la
crítica sistemática de los defectos. “Puede ser útil descubrir un
defecto en un diamante; es mejor encontrar un diamante en la arena”.
La obra de arte, cuando es sincera, es la más elevada pretensión del
hombre y merece nuestro respeto cariñoso por imperfecta que ella sea.
“Grano de arena arrojado en este mundo en trabajo, tiene la ambición
de detener su evolución perpetua, de dar duración a lo que pasa, de
retener lo que huye, de inmortalizar lo que muere... Y así es como el
sentimiento estético, que no es el arte, conduce a él”[32].
Amarlo todo, admirarlo todo, comprenderlo todo, he ahí la verdadera
filosofía del hombre sano y fuerte. Una indulgencia inagotable para
todas las debilidades humanas, un vasto perdón para todas las vanidades
y utopías y esa _amable y piadosa filosofía de la buena sonrisa_ para
todos los defectos y errores, he ahí la mejor coraza del crítico y el
más genuino temperamento del hombre culto. No impidamos, pues, con
críticas estrechas, que cada cual haga su ensayo de volar como las
mariposas, como las avecillas o como las águilas; cada vuelo llena su
misión en la naturaleza, tiene su explicación, encierra su dosis de
belleza y constituye una necesidad de la armonía universal. ¿Qué sería
del cóndor si al intentar sus primeros ascensos le cortásemos las alas
rudimentarias? ¡Cuántas veces el ave que escaló las nubes y embriagó
sus pupilas de sol no cayó antes, en sus primeros revuelos, de la copa
del arbusto o de la cima de la roca escarpada!
Seamos generosos, seamos sensatos, y dejemos también nosotros que las
energías de nuestro ser contribuyan a las puras construcciones del
arte; que el esfuerzo noble e idealista triunfe sobre las barreras
del materialismo y las pasiones bastardas; que nuestra alma, en fin,
trate de elevarse a la suprema belleza humana y ensaye comulgar con
las infinitas armonías de la naturaleza. Esa belleza y esta comunión,
lejos de aminoramos, nos harán, con sus misteriosos secretos, más
fuertes, más grandes y más virtuosos.
Por la obra de arte renovamos y sostenemos nuestros goces más delicados
y, “si es verdad que la Ciencia no tocará jamás con el dedo el gran
Desconocido que persigue, el Arte nos consolará de su impotencia
haciéndonos entrever en las armonías pasajeras, cuyo secreto nos
entrega, la imagen de esa armonía superior, causa y fin de toda
materia, de todo movimiento, de toda vida”[33].
No cerremos, pues, el corazón y el cerebro a los grandes misterios y
palpitaciones de la vida. Que cada palabra bella, que cada esfuerzo
sincero, que cada pensamiento noble, que cada gesto original, que cada
paso recto, produzca en nuestro espíritu una vibración afectuosa y
caiga en su seno como abono de luz para nuevas germinaciones... Que
nuestra alma, abierta al cielo cómo una flor inmensa, recoja en su seno
todos los perfumes, todas las armonías, todos los colores, todas las
caricias, para transformarlos en néctar precioso de belleza, de bondad
y de vida. Y así habremos llenado la más alta misión en la tierra.
LAS IDEAS FILOSÓFICAS DE AMEGHINO
POR JOSE INGENIEROS
Profesor en la Universidad de Buenos Aires
I. Su orientación filosófica inicial.--II. El transformismo
y la paleontología filosófica.--III. “Mi Credo”; los cuatro
Infinitos; la vida y la muerte.--IV. Noción de Dios y noción
de Espacio.--V. Filogenia del lenguaje.--VI. El origen de la
Vida.--VII. Otros aspectos.
I.--SU ORIENTACIÓN FILOSÓFICA INICIAL
La índole misma de sus estudios científicos impuso a Ameghino el examen
de ciertos problemas filosóficos. Dotado de un temperamento imaginativo
y revolucionario, se inclinó, desde muy joven, a generalizar los
resultados de la experiencia y a trascender sus dominios técnicos
mediante hipótesis de cierto vuelo.
En la Memoria presentada en 1876 a la Sociedad Científica Argentina,
sobre la geología de la formación pampeana, adviértese que está
impregnado de Lyell y Darwin. Es transformista. Con vigorosa pujanza
juvenil defiende su posición filosófica y embiste a los que en nombre
de la teología y de la rutina se oponen a la investigación de la
Verdad. En esa época pasaba por aguda crisis el llamado “conflicto
entre la Religión y la Ciencia”; son, sin duda, un reflejo de ella los
párrafos preliminares de su Memoria, bastante significativos acerca de
su pensamiento inicial, pues el autor tenía veinte y dos años de edad.
Su tesis es profundamente subversiva. Considera que los teólogos, o
sabios de antaño, habían subyugado a las gentes sencillas enseñándoles
mentiras que ellos mismos no creían; para apuntalar el despotismo
necesitaban mantener al pueblo en la ignorancia, inculcándole ideas
retrógradas y supersticiosas; una de ellas era la leyenda bíblica de
la catástrofe diluviana con que un Dios vengativo había castigado a
la humanidad. Los tales sabios de antaño pretendían ahora explicar
los hallazgos de fósiles, suponiendo que la legendaria catástrofe los
había enterrado inesperadamente; pero la hora había llegado de que
terminaran esas patrañas, pues los restos fósiles no son antediluvianos
y pertenecen a especies que vivieron y evolucionaron durante el vasto
período de tiempo en que fueron sedimentándose los terrenos llamados
diluvianos, cuya progresiva estratificación no acredita la hipótesis
tradicional.
* * * * *
“¿De dónde han venido (los restos fósiles, en general)? ¿Qué mano,
qué fuerza, qué poder inmenso es el que ha llevado sus despojos a las
cumbres de las montañas a miles de pies de elevación, ha rellenado con
ellos su interior, los ha transportado al centro de los continentes a
grandísimo número de leguas de los mares actuales, y los ha enterrado
en las entrañas de la tierra a centenares y aun a millares de metros
de su superficie? ¿Qué mano misteriosa es la que ha dejado en la
superficie de la tierra un monumento imperecedero tan elocuentísimo de
su inmenso poder?
“Estas preguntas hacía el pueblo a los sabios de antaño. Estos,
después de haber estudiado la cuestión y encontrado una explicación
satisfactoria y conveniente para ellos,--puesto que mediante ella
trataron de afianzar y aun consolidar el inmenso castillo bamboleante y
sin cimientos que habían fabricado sus antecesores sobre la ignorancia
del pueblo, al cual tenían subyugado a su capricho (ignorancia que
trataron siempre de mantener y aun fomentar, inculcando en el pueblo
ideas retrógradas y supersticiosas, para de este modo asegurar mejor
su despotismo),--se apresuraron inmediatamente a contestar diciendo
que todos esos restos de seres organizados que se encuentran dispersos
y enterrados en todas partes del globo, son los restos de los
desgraciados seres que vivían cuando ocurrió el diluvio universal, que
habían sido víctimas de dicha catástrofe. Y que sus restos, habiendo
sido acumulados, enterrados y dispersados en todas direcciones del modo
más confuso, venían a ser, por consiguiente, la prueba más evidente y
convincente de la gran catástrofe, por medio de la cual la irritación
del Todopoderoso hacia la concupiscente raza humana de entonces, hizo
devastar al mundo entero destruyendo a hombres y animales. ¡Como si
estos últimos también hubiesen sido culpables!
“Esta fué la respuesta de los sabios o, más bien dicho, de los teólogos
de antaño, puesto que casi todas las ciencias eran antes enseñadas
por el clero; y aunque hubiese habido alguna persona que hubiera
dudado de la posibilidad de dicha catástrofe, se habría guardado muy
bien de revelar su opinión, pues ahí estaba pronto el despotismo de
la teocracia para ponerle un freno a la lengua cada vez que hubiera
tratado de poner en discusión cualquiera de las falsas hipótesis de la
ciencia teocrática. Pero al dar esa respuesta, creían que nadie les
había de probar lo contrario, y muy lejos estaban de creer que llegaría
un día no muy lejano en que se probaría por medios evidentes y hechos
irrecusables, no tan sólo que los numerosos restos organizados que se
hallan enterrados en las entrañas de la tierra no son el resultado
del diluvio universal, sino que hasta se llegaría a demostrar que es
imposible que esta misma catástrofe haya tenido lugar...”