Como han hecho notar bien los escritores de derecho político, con el

comunismo la sociedad se vuelve más gregaria, el hombre es menos libre

que el soldado, y se retrograda así al régimen del estatuto, del mando,

de la coacción, propio de las sociedades primitivas en donde por razón

de las continuas e ininterrumpidas guerras externas e internas, se

hacía necesaria mucha subordinación en el pueblo y un régimen fuerte

de mando por el gobierno. Pero con la civilización se ha impuesto

el régimen contrario, o sea el del contrato, el de la voluntad, que

regla todos los actos de los hombres libres y civilizados. En el siglo

pasado, Inglaterra y Norte América--naciones respetuosas de la libertad

individual--fueron las más avanzadas en el progreso del mundo; los

árabes, donde la ley de Mahoma les regla todo, son los más atrasados

hoy. Una sociedad en tales condiciones progresa hasta un limitado

estado, y de ahí no puede pasar, vive por siglos estacionaria; no

habiendo iniciativa individual, hombres que se hagan a sí mismos, y

no resulten hechos por el estado, no puede haber innovación, cambio,

_progreso_; habrá _orden_ cuando más y por el tiempo que se quiera,

pero faltará el otro elemento del _desarrollo social_, desde que éste

se forma, como bien lo explica Comte, del _orden_ y del _progreso_

sociales. Por esto, estamos en contra del socialismo maximalista o

comunista; y del llamado minimalista también, porque, como queda dicho,

no es más que la introducción del socialismo, desde que sus adeptos

jamás pierden de vista al ir consiguiendo esas ventajas mínimas, las

_máximas_, a las cuales se les apuntan ya francamente, cuando les llega

la ocasión de dar el golpe, ya sea en los comicios o por la revolución.

Ahora, es claro que el programa mínimo del socialismo, puede ser

sostenido y practicado en su generalidad, y aun avanzando, por

cualquiera que tenga ideas liberales, que desee la mejora obrera, que

sea demócrata verdadero. La democracia individualista norteamericana,

con el presidente Wilson a la cabeza, desarrolla ese programa, y no

solamente para Estados Unidos sino para el mundo entero, propiciando el

sistema de organizar las naciones formando una liga de ellas, para unir

las gentes y evitar las guerras. Filósofos individualistas como Spencer

y pensadores como Alberdi, lo sostuvieron también en obras célebres

anteriormente. ¡Hay que leer ese “crimen de la guerra” del pensador

argentino, la obra más sesuda que se ha escrito contra la guerra, para

convencerse de la elevación de miras del gran humanista argentino--que

no tiene una estatua en su tierra y vivió y murió como paria, pues no

supieron comprenderlo,--adelantándose más de un siglo a su tiempo! En

su obra “Instituciones Industriales”, escrita por el año 1890, Spencer

desarrolla la idea, cómo, sólo con el obrar individual y democrático,

es decir, con que el individuo ejercite sus libertades naturales a

condición de respetar iguales derechos por parte de los otros, tanto

en el interior como en el exterior de los países, y que los Estados

se concreten a hacer respetar y nada más esas _igualdades_ en las

_libertades_ en vez de desatender la función de justicia que es su fin

primordial y de ocuparse de otros asuntos que son del rol individual,

como ocurre hasta ahora, y es lo que obstaculiza el progreso; creándose

además, con la disminución de las guerras, por el comercio, por las

industrias, por el tráfico, por la inmigración, por las ciencias, una

confederación de Estados mundial, Estados que no serán imperialistas

sino más reducidos y más iguales en lo futuro--así opinaba Spencer

que debía crearse la democracia universal siguiendo el desarrollo de

los pueblos. Y a mi juicio dió en el clavo de la cuestión, como lo

cree también el sociólogo Vaccaro, y lo está practicando con éxito

indiscutible Norte América y su presidente demócrata individualista

Wilson.

Pero es el caso que muchos años antes, Alberdi propuso lo mismo, en la

obra que cito, allá por el año 70, con motivo de los preludios de la

guerra francoprusiana.

Haciendo honor al pensador argentino, vamos a transcribir los

siguientes párrafos; dice hablando de la libertad interna: “En mi

opinión la ruina de la supremacía militar de la Francia no es hija

de los contrastes y reveses de su reciente guerra con Prusia, sino

que esos reveses son resultado de la ruina que ya existía, sin

manifestarse, de esa supremacía. Ha muerto a mano de otros progresos de

la Francia en el camino de la civilización. Un gobierno sin libertad,

un país sin industria aventajada, son más capaces de preponderancia

militar que un país libre y rico por la preponderancia noble de su

industria. En este sentido la Prusia y Rusia son más capaces de

preponderancia militar que la Inglaterra. El ejército perfeccionado

es la expresión de un gobierno en que la subordinación prima a la

libertad”. Y en otra parte, hablando de la cuestión externa, dice: “El

mayor obstáculo para llegar a la organización del mundo en una vasta

sociedad de naciones es la existencia de lo que hoy se llama _grandes

poderes_ o grandes aglomeraciones nacionales; pues lo primero que

exige en nombre de su grandeza uno de esos poderes, cuando se trata de

decidir la contienda que le divide con otro, es que nadie intervenga

ni se mezcle en esa decisión. Ese _nadie_ es la sociedad general, el

mundo neutral, es decir el juez natural de los pleitos internacionales.

Remover ese obstáculo es propender sistemáticamente a la subdivisión de

las grandes naciones, es decir, a la disminución de su poder para que

ninguna de ellas sirva de resistencia invencible a la formación de la

Nación suprema y definitiva, compuesta de todas las naciones del mundo,

hoy dispersas, errantes y anarquizadas entre sí. Los grandes Estados

son lo que eran los grandes señores como obstáculos y resistencias al

establecimiento de la sociedad política y de la autoridad nacional

de cada país. De modo que en lo internacional, como en lo interior

de cada nación, se llega a la unidad general por la división de las

unidades parciales que aspiran a realizarla... “Unidad que no depende

de la multitud, es tiranía: multitud que no se reduce a la unidad es

confusión”, ha dicho Blas Pascal”. (Páginas 321 v 284, _Obras Post_.).

V

Así, pues, en resumen, pensamos: Que con una democracia individualista

en lo interno y externo de las actuales naciones, es decir, con el

obrar amplio por el individuo, haciendo uso de su libertad, pero

respetando iguales libertades por parte de los demás, o sea la

_igualdad_ de las libertades naturales, y con la garantía real,

verdadera, por parte de los gobiernos de esas libertades en el obrar

para el individuo, sin mayores restricciones que las que imponen el

ejercicio de las mismas por parte de los demás, es como la sociedad

humana tiende a evolucionar en lo futuro para ser feliz el hombre

y progresar él y la sociedad. La humanidad necesita así, para

constituirse definitivamente, de la Confederación de naciones _en donde

todas entren como iguales_, para que haya la fuerza pública necesaria

a castigar las violaciones a la justicia de los Estados, cometidas

por alguna o algunas naciones que pretendieran hacer uso de sus

libertades abusivamente, es decir, desconociendo iguales derechos de

vida por parte de las otras. Con sólo, pues, el principio de justicia,

individualista: _la libertad, igual para todos_, o sea la igualdad

_natural_ en el obrar, se ha de organizar la humanidad democrática del

porvenir. Por el respeto de ese principio, en virtud del convencimiento

que la ciencia aporte a las gentes a medida que el pueblo se vaya

instruyendo, y se vaya haciendo hábito dicho principio de justicia a

fuerza de vivirlo cada vez más ampliamente por el tráfico en aumento

siempre entre los pueblos, y sobre todo, sabiendo, como deben saber,

que detrás de su violación está el poder de la comunidad para castigar

al individuo abusivo que se toma las libertades ajenas, creyéndose

privilegiado en el mundo, se creará la _libertad_, la _igualdad_ y

la _fraternidad_. No es con palabras, mentidas en los comicios, ni

con letras de molde en las leyes, ni tampoco con oraciones en los

conventos donde el amor al prójimo a nombre del Dios es predicado

por explotadores de los “fieles”; a esta altura del discurso, si

obligado estuviera a pronunciarme entre Norte América, democrática

individualista, y Rusia actual, socialista maximalista, entre Wilson

y Lenine mi predilección no se haría esperar; optaría por los Estados

Unidos y Wilson, sin que por esto pensare que todo lo realizado por

ellos sea perfecto, y sí solo sostengo el sistema, la tendencia, que

allí mismo se ha de perfeccionar, pues dista mucho de alcanzar el ideal

democrático individualista.

Jóvenes amigos; señores. Mientras las luchas de clases, de tribus,

de naciones, no se atemperen por el respeto recíproco de las gentes

al principio de justicia que dejo explicado, desconfiad siempre

de esos protectores de clases desemejantes que os quieren ayudar

desde el poder--“proteccionismos” que día a día se ven fracasar

en los individuos y en las naciones.--Mas, tal desconfianza, tal

precaución, no debe ser nunca un obstáculo puesto al advenimiento de

una confraternidad de miras democráticas, igualitarias _naturales_,

porque esto implicaría formar clases cerradas y naciones guerreras

que han sido fatales para el progreso de los pueblos y la humanidad.

Los aristócratas o burgueses que adoran tanto al pueblo y quieren

pasar por demócratas, traten de conseguirlo, pero haciendo primero

los sacrificios de sus privilegios injustos, antes de que el pueblo,

desengañado, cambie el tono de sus reclamaciones. A tiempo están de

abdicar tantos privilegios económicos, sociales y políticos de que

gozan. ¡Que se hagan ver!

LA CRÍTICA Y EL ARTE

POR OCTAVIO MENDEZ PEREYRA

De Panamá

Si el arte es uno de los objetos más elevados de la actividad humana

y la forma de trabajo más difícil, es, por lo tanto, de lo que merece

despertar en nosotros más interés y más simpatía. He aquí porqué

la crítica de arte ha podido alcanzar en nuestros tiempos un gran

desarrollo y llegado a ser una de las ciencias más complejas, una

ciencia que es sociología, historia, psicología, estética, lógica,

óptica, acústica, geometría y cien ciencias más a la vez. No ejercen,

pues, el verdadero apostolado de la crítica los que aun se empeñan en

la pueril tarea de constituirse en árbitros para juzgar, por sí y ante

sí, sin la preparación y la disposición requeridas, lo que es producto

de elementos heterogéneos que es preciso conocer y estudiar, si se

quiere emitir un juicio exacto, justo e interesante.

Taine ha llegado a establecer, en una reacción unilateral exagerada,

que “para comprender una obra de arte, un artista, un grupo de

artistas, es preciso representarse con exactitud el estado general del

espíritu y de las costumbres, del tiempo a que pertenecen”[27]. Aunque

fuera posible aplicar tan rigurosamente esta regla del maestro de la

Filosofía del Arte, siempre quedarían por considerar el temperamento

personal del autor y, sobre todo, la obra misma, en cuanto a la

cantidad de vida independiente que pueda contener, porque el verdadero

objeto del arte es la expresión de la vida.

Y como la vida no es sino una gran complejidad, resulta verdad que

la crítica de arte tiene por fuerza que ser una de las labores más

complejas del espíritu humano y, por esto mismo, una ciencia muy amplia

y liberal, que acepte con simpatía e interés todas las manifestaciones

de la inteligencia, todas las creaciones de la fantasía y todos los

temperamentos y particulares predilecciones. Mientras más numerosos y

contrarios sean éstos, tanto mejor para la solidez de los estudios y

la seguridad de los principios, tal como, en el campo de las ciencias

naturales, acontece al botánico o al zoólogo con las infinitas

manifestaciones de la vida vegetal o animal. El único deber del crítico

es “exponer hechos y mostrar cómo se han producido esos hechos”;

dejarse emocionar, y comunicar después sus emociones y las ideas que

encierra la producción. No es confesar preferencias, pedir genio,

exigir profundidad, señalar errores, imponer preceptos, absolver,

condenar, amonestar...

Por otra parte, conviene tener presente que la verdadera obra de

arte no puede ser analizada en detalle, con la sequedad del químico,

porque entonces deja de ser obra de vida y se convierte en un cuerpo

frío e inexpresivo, en una especie de mecanismo sin influencia

emocional y educativa. La obra de arte sólo es fecunda y eficaz en

los momentos en que actúa como una fuerza viva sobre nosotros, en

que influye con entusiasmo sobre el individuo y desarrolla en su

alma armonías sensibles, emociones hondas, calor y simpatía. Y es

que la emoción estética no es la consecuencia de un análisis, de una

disección detallada; es algo que se apodera de nosotros en bloque

como si entre el alma del artista y la nuestra un fuego divino

hubiese producido misteriosa fusión. Antes de juzgar la razón, juzga

nuestro sentimiento, y muchas veces aquélla es incapaz, como observa

Gauckler, de fallar por otra cosa que por la impresión sentida. “Si

durante los últimos siglos--dice--se ha tratado de proscribir del arte

la imaginación y de buscar lo bello en las propiedades exteriores

de las obras exclusivamente, ha sido porque entonces la filosofía,

eminentemente racionalista, ha sido la expresión de una reacción

contra el gran movimiento sentimental que caracterizó a la época del

Renacimiento”[28]. Una cosa es, pues, la emoción de arte y otra es la

habilidad técnica, muy apreciable, sin duda, pero menos significativa y

menos importante en los dominios complejos de la estética. Lo primero

que debemos buscar en la obra de arte es su expresión, su significado,

su razón de ser, la que no puede menos de estar relacionada con

una manifestación de vida, sea ésta un pensamiento, una pasión, un

sentimiento o una necesidad. Sólo después de haber descubierto el

sentido oculto bajo las formas, la sangre que las vivifica, estamos

capacitados para juzgar hasta qué punto el artista ha logrado traducir

fielmente su idea, o expresar correctamente su sentimiento. La forma

da, sin duda, valor y carácter al fondo, pero no es, en definitiva,

sino una envoltura, un mero estuche que vale mucho más por lo que

contiene, cuando contiene algo.

En todo caso, hay que tener en cuenta que para gozar enteramente de

una obra de arte es preciso ser apto para comprender la pasión, el

sentimiento que la informa y la idea que la encarna y le da vida. Es

preciso también, muchas veces, encontrar en la obra una manifestación

de lo mejor de nosotros mismos, darle algo de nuestra propia alma, o

ser capaces de animarla con nuestros propios sentimientos y una emoción

espontánea y honda.

“Para comprender bien una obra de arte--dice Guyau--es preciso

penetrarse tan profundamente de la idea que en ella domina, que se vaya

hasta el alma de la obra o que se le dé una, de tal modo que adquiera a

nuestros ojos verdadera individualidad y constituya algo como otra vida

en pie al lado de la nuestra”[29]. Es decir, hay que revestir de cierta

unidad y de cierta vida la obra para armonizarse con ella, como si por

un acto de la inteligencia y el corazón la hubiésemos antropomorfizado,

le hubiésemos dado calor de humanidad. Sólo entonces habremos dejado de

ser fríos y pasivos ante la obra artística y estaremos en aptitud de

fraternizar con ella y perdonarle los pequeños defectos, para admirar

mejor lo que tenga de bello y de bueno.

Porque la admiración necesita de constantes perdones y el estudio de

constante simpatía para ser fecundos, de la misma manera que el hombre

necesita ser amado, o, por lo menos, ser simpático, para ser perdonado

y ser comprendido. En arte--ha dicho el mismo Guyau[30] “basta con

demasiada frecuencia el no querer ser conmovido para no serlo, pues uno

es siempre más o menos libre de negarse a sí mismo, de encerrarse en

su yo hostil y hasta de perderse en él”. Y “lo triste es--agrega--que

el que quiere hallar lo feo lo encontrará casi siempre y perderá por

el placer de la crítica el de ser _conmovido_ que, según La Bruyère,

vale aún más”. Otro autor, Emilio Henniquin[31], ha llegado a escribir,

por este mismo camino, que “una obra sólo tendrá efecto estético sobre

las personas que poseen una organización mental análoga e inferior a

la que ha servido para crear la obra, y de la que puede ser deducida”.

Y ello parece efectivo porque es evidente que existen, por otro lado,

egoísmos intelectuales, prejuicios razonados, segundas intenciones,

temperamentos hoscos e insociables a los cuales una obra, por meritoria

que sea, produce siempre una antipatía que ciega el corazón a las

bellezas y el cerebro a todo entendimiento. Sólo por esto se comprende

a Lope cuando insulta a Cervantes, a Víctor Hugo cuando niega a Goethe,

a Voltaire cuando rebaja a Shakespeare, ese mismo Voltaire que convenía

en reconocer _un placer en no tener placer alguno_, acaso obedeciendo

a la convicción íntima de que “rebajar a otro es elevarse a sí mismo”.

A pesar de esto, siempre será más humana, más elevada y más educativa

la crítica serena e imparcial de las bellezas y los defectos, que la

crítica sistemática de los defectos. “Puede ser útil descubrir un

defecto en un diamante; es mejor encontrar un diamante en la arena”.

La obra de arte, cuando es sincera, es la más elevada pretensión del

hombre y merece nuestro respeto cariñoso por imperfecta que ella sea.

“Grano de arena arrojado en este mundo en trabajo, tiene la ambición

de detener su evolución perpetua, de dar duración a lo que pasa, de

retener lo que huye, de inmortalizar lo que muere... Y así es como el

sentimiento estético, que no es el arte, conduce a él”[32].

Amarlo todo, admirarlo todo, comprenderlo todo, he ahí la verdadera

filosofía del hombre sano y fuerte. Una indulgencia inagotable para

todas las debilidades humanas, un vasto perdón para todas las vanidades

y utopías y esa _amable y piadosa filosofía de la buena sonrisa_ para

todos los defectos y errores, he ahí la mejor coraza del crítico y el

más genuino temperamento del hombre culto. No impidamos, pues, con

críticas estrechas, que cada cual haga su ensayo de volar como las

mariposas, como las avecillas o como las águilas; cada vuelo llena su

misión en la naturaleza, tiene su explicación, encierra su dosis de

belleza y constituye una necesidad de la armonía universal. ¿Qué sería

del cóndor si al intentar sus primeros ascensos le cortásemos las alas

rudimentarias? ¡Cuántas veces el ave que escaló las nubes y embriagó

sus pupilas de sol no cayó antes, en sus primeros revuelos, de la copa

del arbusto o de la cima de la roca escarpada!

Seamos generosos, seamos sensatos, y dejemos también nosotros que las

energías de nuestro ser contribuyan a las puras construcciones del

arte; que el esfuerzo noble e idealista triunfe sobre las barreras

del materialismo y las pasiones bastardas; que nuestra alma, en fin,

trate de elevarse a la suprema belleza humana y ensaye comulgar con

las infinitas armonías de la naturaleza. Esa belleza y esta comunión,

lejos de aminoramos, nos harán, con sus misteriosos secretos, más

fuertes, más grandes y más virtuosos.

Por la obra de arte renovamos y sostenemos nuestros goces más delicados

y, “si es verdad que la Ciencia no tocará jamás con el dedo el gran

Desconocido que persigue, el Arte nos consolará de su impotencia

haciéndonos entrever en las armonías pasajeras, cuyo secreto nos

entrega, la imagen de esa armonía superior, causa y fin de toda

materia, de todo movimiento, de toda vida”[33].

No cerremos, pues, el corazón y el cerebro a los grandes misterios y

palpitaciones de la vida. Que cada palabra bella, que cada esfuerzo

sincero, que cada pensamiento noble, que cada gesto original, que cada

paso recto, produzca en nuestro espíritu una vibración afectuosa y

caiga en su seno como abono de luz para nuevas germinaciones... Que

nuestra alma, abierta al cielo cómo una flor inmensa, recoja en su seno

todos los perfumes, todas las armonías, todos los colores, todas las

caricias, para transformarlos en néctar precioso de belleza, de bondad

y de vida. Y así habremos llenado la más alta misión en la tierra.

LAS IDEAS FILOSÓFICAS DE AMEGHINO

POR JOSE INGENIEROS

Profesor en la Universidad de Buenos Aires

I. Su orientación filosófica inicial.--II. El transformismo

y la paleontología filosófica.--III. “Mi Credo”; los cuatro

Infinitos; la vida y la muerte.--IV. Noción de Dios y noción

de Espacio.--V. Filogenia del lenguaje.--VI. El origen de la

Vida.--VII. Otros aspectos.

I.--SU ORIENTACIÓN FILOSÓFICA INICIAL

La índole misma de sus estudios científicos impuso a Ameghino el examen

de ciertos problemas filosóficos. Dotado de un temperamento imaginativo

y revolucionario, se inclinó, desde muy joven, a generalizar los

resultados de la experiencia y a trascender sus dominios técnicos

mediante hipótesis de cierto vuelo.

En la Memoria presentada en 1876 a la Sociedad Científica Argentina,

sobre la geología de la formación pampeana, adviértese que está

impregnado de Lyell y Darwin. Es transformista. Con vigorosa pujanza

juvenil defiende su posición filosófica y embiste a los que en nombre

de la teología y de la rutina se oponen a la investigación de la

Verdad. En esa época pasaba por aguda crisis el llamado “conflicto

entre la Religión y la Ciencia”; son, sin duda, un reflejo de ella los

párrafos preliminares de su Memoria, bastante significativos acerca de

su pensamiento inicial, pues el autor tenía veinte y dos años de edad.

Su tesis es profundamente subversiva. Considera que los teólogos, o

sabios de antaño, habían subyugado a las gentes sencillas enseñándoles

mentiras que ellos mismos no creían; para apuntalar el despotismo

necesitaban mantener al pueblo en la ignorancia, inculcándole ideas

retrógradas y supersticiosas; una de ellas era la leyenda bíblica de

la catástrofe diluviana con que un Dios vengativo había castigado a

la humanidad. Los tales sabios de antaño pretendían ahora explicar

los hallazgos de fósiles, suponiendo que la legendaria catástrofe los

había enterrado inesperadamente; pero la hora había llegado de que

terminaran esas patrañas, pues los restos fósiles no son antediluvianos

y pertenecen a especies que vivieron y evolucionaron durante el vasto

período de tiempo en que fueron sedimentándose los terrenos llamados

diluvianos, cuya progresiva estratificación no acredita la hipótesis

tradicional.

* * * * *

“¿De dónde han venido (los restos fósiles, en general)? ¿Qué mano,

qué fuerza, qué poder inmenso es el que ha llevado sus despojos a las

cumbres de las montañas a miles de pies de elevación, ha rellenado con

ellos su interior, los ha transportado al centro de los continentes a

grandísimo número de leguas de los mares actuales, y los ha enterrado

en las entrañas de la tierra a centenares y aun a millares de metros

de su superficie? ¿Qué mano misteriosa es la que ha dejado en la

superficie de la tierra un monumento imperecedero tan elocuentísimo de

su inmenso poder?

“Estas preguntas hacía el pueblo a los sabios de antaño. Estos,

después de haber estudiado la cuestión y encontrado una explicación

satisfactoria y conveniente para ellos,--puesto que mediante ella

trataron de afianzar y aun consolidar el inmenso castillo bamboleante y

sin cimientos que habían fabricado sus antecesores sobre la ignorancia

del pueblo, al cual tenían subyugado a su capricho (ignorancia que

trataron siempre de mantener y aun fomentar, inculcando en el pueblo

ideas retrógradas y supersticiosas, para de este modo asegurar mejor

su despotismo),--se apresuraron inmediatamente a contestar diciendo

que todos esos restos de seres organizados que se encuentran dispersos

y enterrados en todas partes del globo, son los restos de los

desgraciados seres que vivían cuando ocurrió el diluvio universal, que

habían sido víctimas de dicha catástrofe. Y que sus restos, habiendo

sido acumulados, enterrados y dispersados en todas direcciones del modo

más confuso, venían a ser, por consiguiente, la prueba más evidente y

convincente de la gran catástrofe, por medio de la cual la irritación

del Todopoderoso hacia la concupiscente raza humana de entonces, hizo

devastar al mundo entero destruyendo a hombres y animales. ¡Como si

estos últimos también hubiesen sido culpables!

“Esta fué la respuesta de los sabios o, más bien dicho, de los teólogos

de antaño, puesto que casi todas las ciencias eran antes enseñadas

por el clero; y aunque hubiese habido alguna persona que hubiera

dudado de la posibilidad de dicha catástrofe, se habría guardado muy

bien de revelar su opinión, pues ahí estaba pronto el despotismo de

la teocracia para ponerle un freno a la lengua cada vez que hubiera

tratado de poner en discusión cualquiera de las falsas hipótesis de la

ciencia teocrática. Pero al dar esa respuesta, creían que nadie les

había de probar lo contrario, y muy lejos estaban de creer que llegaría

un día no muy lejano en que se probaría por medios evidentes y hechos

irrecusables, no tan sólo que los numerosos restos organizados que se

hallan enterrados en las entrañas de la tierra no son el resultado

del diluvio universal, sino que hasta se llegaría a demostrar que es

imposible que esta misma catástrofe haya tenido lugar...”

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 13 / 16 段