y no sólo una farsa en el papel--tiene que venir del mismo pueblo,
y no del Estado, porque sin contadas excepciones los aristócratas
o burgueses--de los cuales, como digo, están constituídos hoy los
gobiernos--no pueden renunciar a su privilegio de casta para levantar
a los que sufren, al pueblo obrero. Se necesita de hombres que por
temperamento tengan un exquisito sentimiento humanista, que sean
altruistas o filósofos, un conde León Tolstoy, un Roberto Owen, por
ejemplo, de los cuales en este mundo de egoísmo y superficialidad
apenas se contaría una docena. Cuando el pueblo se instruya y adquiera
cierta independencia económica por sí mismo principalmente,--y también
en segundo orden, por los que tímidamente, mezquinamente, le dé el
Estado--, podrá reivindicar sus derechos, llevando a los puestos
públicos por el voto en los comicios genuinos representantes de sus
filas, con instrucción sí, y cultura moral, pero que no renieguen
de su origen una vez que se encuentren encumbrados, aunque esto es
difícil en ellos, puesto que obra el recuerdo de la infancia y la
tradición de sus manes en cuanto han sufrido. Así se han de inclinar
más a favorecer a los que sufren, al pueblo obrero, y no a las clases
gobernantes, extrañas a sus dioses lares. Mientras el pueblo no tenga
netos representantes de su estirpe, mientras obedezca a mandatarios de
clases antagónicas a las suyas, va perdido; son mandatarios infieles
que no han hecho más que traficar con el nombre de la democracia,
pero cuyos intereses y sentimientos tienen tanto de demócratas como
los españoles que vinieron a civilizar y enseñar el evangelio a los
indios, exterminándolos por avaricia. Fuera de esa condición, _sine
qua non_ para que triunfe evolutivamente la democracia, se necesita
esta otra: que el Estado constituído por los privilegiados, nobles,
capitalistas, y sus secuaces sacerdotes y militares, no obstaculice
por la fuerza la participación en el gobierno de la clase _pleveya_,
porque entonces todo esfuerzo del pueblo sería ineficaz, y su reacción
no podría venir sino por la revolución, oponiendo la fuerza a la
fuerza. En nuestra república tenemos conseguido ya el libre voto--por
lo menos en el papel, que en la práctica dista mucho aún de ser una
realidad--; es posible, pues, el triunfo de la democracia, siempre
que las clases trabajadoras, que son la mayoría votante, tengan en
el gobierno _genuinos_ representantes obreros, o hijos de obreros
levantados con sus propios esfuerzos y que no desconozcan a su estirpe.
Es verdad que, en ciertas provincias, al pueblo argentino le falta
instrucción e independencia económica para poder comprender y buscar en
la práctica legal su prosperidad individual y social; ahí, pues, debe
tender la prédica: a que se instruya, a que trabaje en condiciones más
ventajosas, solidarizándose, por ejemplo, en las huelgas para hacerse
oir del capitalista; por otra parte, hoy la ciencia no es patrimonio
de los ricos, pues pueden adquirirse libros de celebridades mundiales
por exiguo precio, al alcance del obrero. La cuestión económica y la
instrucción se complementan; por más que haya capacidad intelectual,
no puede haber libertad de obrar sin base económica; el estómago manda;
a la inversa, con algunos ahorros que tenga el hombre, si no tiene
instrucción, va expuesto a dejarse explotar por otros más instruídos,
o a perder su dinero en malos negocios. Buscar la independencia
económica no es buscar la usura. Los capitales al alcance de todas las
necesidades sociales, y no reconcentrados en pocos millonarios; deben,
además, ponerse en circulación para favorecer intereses sociales,
especialmente de las clases que más los necesitan, y no guardarse en
las cajas de fierro o en Bancos, de donde sólo se los puede extraer
con intereses crecidos y con garantía hipotecaria o firmas fuertes.
En Norte América, donde la organización social se acerca algo a la
democracia de verdad, no ha surgido el capital de las explotaciones
de los gobiernos sino por la obra propia de trabajadores esforzados,
quienes después donan grandes cantidades a sociedades de beneficencia,
hospitales, institutos científicos y de trabajos prácticos, pero no
las dan a las manos muertas de las iglesias y conventos, como entre
nosotros, único caso en que aquí ocurren donaciones. En este país se
han adquirido las fortunas, casi en tu totalidad, por las mercedes
que los reyes españoles primero, y los gobiernos patrios después,
hicieron de extensos territorios a los pocos españoles y argentinos
de la burocracia, desheredando a los demás del pueblo, que, como los
pobres indígenas, vinieron a quedar parias en el propio suelo que los
vió nacer. No hay más que ver los títulos de esas mercedes, que aun
circulan en los expedientes judiciales, para convencerse; así, por
ejemplo, he visto títulos de tierras de la familia Arias que a su
antepasado, Juan Manuel, le entregaron los gobiernos patrios casi la
tercera parte de los Llanos. Después la tierra se ha valorizado por
obra de la inmigración--compuesta casi en su totalidad de elemento
obrero--que crea pueblos y cultivos, y por los ferrocarriles,
resultando que de la noche a la mañana esos propietarios de extensas
zonas de campo, antes sin mayor valor relativo, por mercedes o compras,
han visto centuplicados el precio de sus tierras y han resultado
algunos archimillonarios. ¿No es justo, pues, que estos señores
contribuyan al bienestar social, poniendo a disposición de los que no
tienen, lo que han recibido directa o indirectamente de la sociedad y
del trabajador? Y si el enriquecido por el trabajo de todos se niega a
retribuir al obrero, a compensar a la sociedad por lo que ha obtenido
de ella, el Estado, haciendo justicia, una vez que esté constituído
por representantes netos de la clase popular, lo ha de conseguir con
una política socializadora, sin necesidad de expoliaciones, las
cuales sólo se justifican cuando el monopolio raya al extremo, como
sucedía con las manos muertas de curas y nobles en Francia, cuando
la revolución, que vivían en el derroche, al paso que, como dice La
Bruyére (“Los Caracteres”) andaban gentes pasteando por los campos
de Francia a duras penas de poderse distinguir si eran hombres; como
actualmente en Rusia, que millares o millones de pueblo pagaban con
la miseria, en los calabozos de Siberia, y en las guerras externas
interminables, el derroche, el libertinaje y las locuras de dominio de
sus zares, nobles y militares.
Política de justicia se necesita, tendiente a elevar el pueblo
trabajador, haciéndolo participar de derechos económicos, científicos,
sociales y morales, que al presente le están restringidos, lo cual
se conseguirá con darle independencia económica, con instruirlo, con
educarlo. Se comenzará a darles base económica, legislando la materia
de los contratos obreros, para que no sean explotados por patrones,
fijándoles el mínimum del salario y el máximum del jornal, los
accidentes en las fábricas a costa del capitalista, el derecho a la
huelga; dándoles en enfiteusis tierras fiscales, en este país, donde,
como ha dicho Sarmiento, “el mal que tenemos es la extensión”, para
que las pueblen y no sufran hambre también ellos; para que poblado el
desierto haya prosperidad social, por el aumento de producción, porque,
como dice bien Alberdi, la riqueza no la da la tierra pelada sino el
trabajo del hombre aplicado al suelo (“Estudios Económicos”).
Mejor todavía que en enfiteusis, la tierra se debe dar al que la
trabaja, para que se radique en ella definitivamente y la ame formando
su hogar, pero darla solamente a los que la necesitan y son capaces de
hacerla producir, prohibiendo su negociación privada para que no se
rehagan los latifundios de los señores feudales.
II
La Revolución de Mayo no resolvió el problema social argentino;
ella, como la Revolución de Julio en Francia, ha sido el triunfo de
la burguesía y no del pueblo, si bien el pueblo fué el que las hizo
triunfar; pero no estando preparado ni económica, ni intelectualmente,
resultó suplantado, dominado; con esas campañas, de que nos
enorgullecemos tanto, se desalojó dos plagas sociales, la nobleza y
el clero (en nuestro caso forasteras todavía), pero se levantó una
tercera, los burgueses semiinstruídos y capitalistas, o sea la clase
media. Es decir, en el caso de la Argentina, los criollos que se
dedicaron al comercio y la ganadería--pues los españoles desdeñaban
como oficio propio de negros y villanos--y se instruyeron en los
escasos colegios y universidades de Córdoba y Chuquisaca, fueron los
que constituyeron la burguesía. Porque en la colonia del Río de la
Plata, y en toda Sud América, a excepción del Perú, nobles no había ni
para remedio, salvo los mandatarios de orden superior que nos enviaban
y regresaban a Europa sin dejar familia, como que les estaba prohibido
el radicarse; según enseña la historia, la inmigración española a
América era la ley de la población peninsular. Mas, andando el tiempo,
estos españoles, plebe allí, comenzaron a considerarse nobles aquí, en
relación con el indio; y tenían razón, a su modo, porque físicamente
e intelectualmente esa raza estaba más adelantada. Expulsados los
españoles, los hijos de éstos continuaron esa aristocracia _ad hoc_,
nacida aquí en el medio, y también los mestizos que económica e
intelectualmente--por ambas fuerzas y por la de las armas en las
guerras de la independencia--se levantaron dominando, avasallando, al
_gaucho_ del campo y al _cholo_ de las ciudades[26].
No es otro el origen de toda aristocracia, burocracia y gobierno en
general: el dominio por la fuerza, la subyugación de una clase social,
para explotarla. Con la evolución de las sociedades la lucha de raza
a raza, de tribu a tribu, de clase a clase, de grupo a grupo, externa
e interna, se atempera, por la adquisición de sentimientos sociales,
del principio de justicia, pero no desaparecen del todo. Siempre hubo
vencedores y vencidos; y la teoría de que no haya ni vencedores ni
vencidos, pasará a ser una realidad en un porvenir aun bastante lejano,
según lo hace ver el resultado de la actual guerra europea, que, no
obstante el humanismo y la democracia decantados por Wilson, y en
gran parte ciertos, los aliados se están _achureando_--como diría un
criollo--el ex imperio alemán, hoy nación democrática, bajo el pretexto
de que fué una teocracia.
Con la historia en la mano se puede constatar que el proceso de los
Estados en el mundo fué ese, la clase “_dominante_” vencedora resultó
gobierno, la clase “_dominada_”, vencida, quedó pueblo explotado. Los
que lo niegan son precisamente los interesados en que ello no aparezca
y en poder seguir así explotando al pueblo sin que se aperciba, bajo
la carátula de protectores del mismo, vestidos con la piel del cordero.
Nos bastaría citar la opinión de eximios sociólogos, y filósofos, que
han estudiado la cuestión política, libres de las banderas de los
partidos y del espíritu de clase.
Mientras, pues, las luchas de clases no estén eliminadas o
poderosamente atemperadas, lo cual pensamos se conseguirá en un
porvenir no remoto, la clase democrática, los explotados, los obreros,
deben estar prevenidos para llevar al gobierno sus representantes
_netos_, que miren por propios intereses, para elevar su condición
social, y no los “domestiquen”, mirando por desemejantes intereses.
III
Estando ya las clases trabajadoras en el poder, ¿de qué modo
reivindicarán sus derechos acaparados por los burócratas y los
parásitos? ¿Por la _democracia individualista_, sistema norteamericano?
¿Por el _minimalismo_, o programa mínimo del socialismo, como el del
partido socialista argentino y los similares europeos? ¿O, finalmente,
por el _maximalismo_, como el actual gobierno ruso, o programa máximo
socialista?
Desde luego, débese eliminar el minimalismo, como tercera cuestión,
porque está comprendido en el maximalismo, que es el verdadero
socialismo, o comunismo de Estado, tal como lo pensaron y crearon Saint
Simon, Owen, Fourier, Marx, Engels, la Internacional, etc., puesto
que el programa mínimo--o sea la mejora obrera en el trabajo, con
disminución de horas y aumento de jornal, prohibición del trabajo de
los niños y mujeres en las fábricas y garantía de los accidentes--sólo
ha sido ideado, como lo confiesan los socialistas, transitoriamente,
para hacer posible la lucha obrera con el capital en las condiciones
actuales sociales, y hasta que por su libertad económica y su
instrucción el obrero esté en capacidad de obtener que el Estado
socialice la propiedad privada. Los socialistas minimalistas nunca
pierden de vista el verdadero programa, aunque más remoto del partido,
o sea la socialización de los medios de producción. A este verdadero
socialismo, que ha triunfado hoy en Rusia--pues como bien lo hace ver
Kantor, la constitución que se ha dado dicho gobierno ruso no es más
que la aplicación de los principios proclamados por la Internacional
Socialista--ha dado en llamarse _maximalismo_, nombre que viene de
programa máximo, y se tiene a Carlos Marx como su verdadero fundador.
El maximalismo no entraña, pues, como cree el vulgo, fatalmente la
revuelta y el desorden; se puede conseguir con la evolución mediante
la conquista del poder por el voto libre de la mayoría socialista de
una nación, o mediante la revolución armada en casos extremos. En
Rusia se hizo por la revolución, pues allí los hechos la justifican
plenamente--no tenía garantía del voto el obrero, era sacrificado
en las guerras y en las cárceles siberianas, moría de hambre en el
rico territorio que él cultivaba para otros; con la evolución jamás
se hubiere levantado ese pueblo, era insoportable su situación,
peor, muy peor, a la que pasaba el pueblo francés en 1789, cuando se
sublevó contra los nobles y el clero en la revolución de que tanto se
vanagloria la humanidad. Con el triunfo del maximalismo en Rusia, se
evitaron las horribles matanzas de millones de obreros rusos en la
guerra externa con Alemania, donde a los paisanos reclutados se los
llevaba sin armas, mal alimentados y casi descalzos, a pelear en esas
fronteras rocallosas y heladas, contra soldados bien pertrechados,
a servir de carne de cañón; y así durante esa guerra entre Alemania
y Francia, hecha “de arriba” por el pueblo ruso, perdió éste más de
3 millones de obreros. Se evitaron también los estragos no menos
inhumanos que los zares y nobles cometían sobre la plebe, en el orden
interno, con la emancipación de esta clase domesticada. Es verdad
que hubo excesos; los hay en toda revolución, y ellos se justifican
plenamente ante la necesidad del triunfo de la causa salvadora. Rodaron
unas cuantas cabezas de nobles y jefes de ejército, explotadores
sistemáticos del pueblo, pero se economizó derramar mucha sangre
popular en holocausto a los dioses zarinos, en la guerra europea y
en los calabozos de la Siberia. No fueron tantos los desórdenes como
pinta la prensa interesada en desprestigiar la causa por el único
cablegrama parcial que nos viene, el aliado, y hay que dudar de la
verdad de esas comunicaciones. Aun así mismo, de ser ciertas las
noticias, los desmanes cometidos por la célebre revolución francesa,
que tanto ponderamos, fueron inmensamente superiores a los ocurridos
hoy en Rusia, cuando no había día en que no se hiciera rodar del
cadalso la cabeza de algún dirigente. Y la tal _libertad_, _igualdad_
y _fraternidad_ que proclamó quedó letra muerta; fué libertad para
los burgueses, igualdad y fraternidad entre los miembros de esa sola
clase social. Siquiera la revolución social rusa, crea una libertad,
igualdad y fraternidad mucho más extensa, una libertad, fraternidad e
igualdad para la gran masa obrera, y no sólo de Rusia sino del mundo
entero, puesto que dicha constitución maximalista tiene una cláusula
por la cual se tiende a organizar la humanidad bajo una confederación
de estados, formados todos de modo semejante al gobierno actual ruso.
Es claro, pues, que los países en que la situación del obrero no
sea extrema, como fué en Rusia, pueden llegar al maximalismo por la
evolución política, y allí no habrá ni los pocos excesos que en Rusia
fueron inevitables.
Por lo demás, el socialismo máximo no es, como se dice por algunos,
una simple utopía, un sueño de filósofos. Fuera de que ya lleva más
de un año de práctica en lo que fué imperio absoluto de los zares,
existió, como sabemos, en varios pueblos. Así, por ejemplo, en el gran
imperio del Perú al arribo de los españoles se vivía en un régimen
algo comunista, en ciertas cosas más acentuado que el establecido
por los maximalistas rusos, y sin embargo, el imperio floreció y las
gentes vivían cómodas; no había ricos (fuera de la clase sacerdotal
y de la aristocracia imperial--que ellas siempre han sido pudientes
en todas partes--mas eran clases reducidas en comparación con la
gran masa popular) pero tampoco había miseria; la propiedad del
suelo pertenecía al Estado, y él era quien asignaba al individuo que
llegaba a la adolescencia un lote para que lo trabajara, y todos
estaban obligados a hacerlo, pues eran fiscalizados directamente
por empleados del Estado. Ni el producido del trabajo pertenecía al
operario, sino que iba a almacenes y graneros públicos, de donde se
repartía a la población en cada aldea o pueblo, por cabeza, y había
justicia relativa allí, puesto que todos trabajaban fiscalizados y
no existían haraganes que “vivieran de arriba”. Estudiándolos dice
el Dr. Luis Jorge Fontana: “Cada ciudadano nacía libre para la ley
que fijaba los deberes y derechos de cada individuo ante la patria,
la religión, la familia y para con sus semejantes... La agricultura,
hoy embrionaria y empírica en América, como que recién empezábamos a
fundar escuelas, constituía la principal fuente de recursos nacional
en otra época. Cada hombre al llegar a la edad de la pubertad recibía
del Estado un terreno ubicado y delineado oficialmente para que lo
cultivase y formase hogar y familia. Desde el emperador hasta el
último de sus súbditos cultivaban la tierra, él removía el suelo en
cierto período del año con un azadón de oro y los ciudadanos con
herramientas de un metal compuesto, una aleación de bronce tan duro
como el acero. Regaban los campos por medio de acueductos sacados de
ríos y de lagos y por canales menores, acequias, el agua era llevada
a largas distancias y levantábanla hasta la cumbre de las montañas.
Su distribución y servicio tenían reglamentación admirablemente
estudiada; construían puentes y calzadas de dimensiones colosales, y
el ejército en tiempo de paz era ocupado en la construcción de las
obras públicas” (“Ab Ovo”, págs. 36 y 47). El Dr. Ernesto Quesada
escribe: “Pero lo que es admirable--y es esto cabalmente lo que más
nos interesa en el presente curso--es su organización social. Era una
sociedad basada en un comunismo perfecto y en una burocracia técnica,
que gobernaba un monarca autocrático, pero inspirado siempre en el
bien de la comunidad. Durante siglos funcionó tal organización con
el éxito más completo y realizando lo que las actuales doctrinas
socialistas no han soñado siquiera en imaginar; el individuo era un
sencillo rodaje de la comunidad y sus actividades se ejercían como
simples funciones sociales, reglamentadas y vigiladas por el órgano
de dicha comunidad, constituída por la burocracia imperial. Nunca ha
registrado la historia en parte alguna del mundo una organización tan
perfecta, dentro de esa orientación, y con un resultado más completo en
cuanto a la prosperidad nacional y al funcionamiento del sistema; las
misiones jesuíticas lo imitaron con análogo éxito durante el período
de la Colonia. La comunidad por el órgano del gobierno, interviene en
todos los actos de la vida, reglamentándolo todo y cuidando de que todo
marche armoniosamente. Y eso que se trataba de un extenso imperio,
englobando poblaciones de origen étnico distinto y de diverso grado
de cultura” (“El Desenvolvimiento social hispanoamericano”, Revista
de Filosofía, Noviembre de 1917, pág. 461). Foustel de Coulanges, en
su obra célebre “La ciudad antigua”, trae: “Se sabe de algunas razas
que jamás han llegado a establecer la propiedad privada, y de otras
que sólo la han establecido tarde y penosamente. No es, en efecto,
problema fácil el saber si en el origen de las sociedades puede el
individuo apropiarse el suelo y establecer tan recio lazo entre su
ser y una parte de la tierra, que puede decir: “Esta tierra es mía;
ésta es como una parte de mí”. Los tártaros conciben el derecho de
propiedad cuando se trata de los rebaños, y no lo comprenden cuando se
trata del suelo. Entre los antiguos germanos, según ciertos autores,
la tierra no pertenecía a nadie; la tribu asignaba todos los años a
cada uno de sus miembros un lote para cultivar y cambiaba el lote al
siguiente año. El germano era propietario de la cosecha, pero no de
la tierra. Todavía ocurre lo mismo en una parte de la raza semítica y
entre algunos pueblos eslavos” (pág. 70, edic. Madrid). Sigue el autor
haciendo notar que en Grecia y Roma y en la India, es decir, en la raza
aria, de donde nosotros tomamos esa civilización, la propiedad del
suelo fué desde un comienzo privada, y como consecuencia del culto a
los muertos y al hogar, familiares, que estaban adscriptos al suelo y
no podían dejar abandonado su culto y sus muertos. De modo, pues, que
sólo por una razón de orden religioso e histórico es que los actuales
pueblos de raza aria son individualistas en la propiedad del suelo,
según esto. Es de advertir que a propósito he citado autores que nada
tienen de socialistas; y si cabe duda todavía al respecto léase el
capítulo “La Reglamentación Comunal”, de la obra del individualista
Spencer, “Instituciones industriales”, donde trae innumerables ejemplos
de pueblos que han sido comunistas; en algunos el origen, la razón
de nacer del comunismo fué el matriarcado, o parentesco por la línea
femenina.
IV
Los que nos hayan seguido hasta aquí creerán, acaso, que estoy
convertido en un maximalista declarado. Sin embargo, como lo explicaré
en seguida, es lo contrario; sólo he querido demostrar hasta aquí que
el maximalismo no es un sistema utópico, ni siempre revolucionario, y
aunque revolucionario en algunos casos no anárquico, como se lo pinta
por los que no lo conocen y por los que tienen interés en desfigurarlo.
Pero es el caso que con ese sistema social el individuo puede quedar
aniquilado, se debe enteramente a la sociedad; todos son iguales,
malgrado las diferencias naturales; se puede crear así una _igualdad
artificial_ en vez de la _igualdad natural_, la cual consiste, como
se ha dicho bien, en respetar las desigualdades naturales. Con este
sistema de coacción pública, donde todo está reglamentado por la
sociedad de antemano, que se ha erigido en Estado--confundiendo así dos
hechos sociológicos que son bien distintos--se mata toda iniciativa
individual, se destruye toda diferencia innata o adquirida, se hace
imposible, en una palabra, la selección, y con ella el mejoramiento
individual y social rápidos, desde que se pone trabas a la lucha por el
triunfo de los más fuertes, de los más capaces, de los más laboriosos.
Además, este comunismo de Estado destruye la libertad, y el ideal de
las civilizaciones modernas es aumentar la libertad individual, no
siendo más el Estado y la sociedad sino un medio para adquirirla, para
que el hombre viva bien, pudiendo satisfacer libremente sus necesidades
naturales, siempre que respete iguales necesidades por parte de los
demás.