Cuando sólo hay dos bolas en una caja, la posibilidad se reduce a
la de extraer una de las dos bolas. Sólo son posibles dos casos.
La posibilidad de pronunciar una letra del alfabeto es de 25. La
posibilidad de que llueva durante un año es de 0 a 365 días. Si, por
lo tanto, se nota cierta limitación y regularidad en las observaciones
hechas durante varios años, es que debe haber alguna causa que la
determina. De la misma manera la posibilidad de la mortalidad de
personas de 20 años en un país es de 0 al total de individuos de esa
edad. Por lo tanto, si el número no varía o se nota una correlación
entre su aumento y el de la mortalidad, se puede decir que hay causas
invariables que determinan el porcentaje de la mortalidad. Pero, la
posibilidad de posiciones con relación a una recta son infinitas. En
este caso cualquier repetición sería anormal. De manera que cuanto más
nos acerquemos a lo infinito de las posibilidades, la repetición será
tanto más indicativa de una relación causal. Cuanto mayor sea el número
de las posibilidades, la repetición de las coincidencias será más
indicativa de la presencia de una invariante. Y por lo tanto, cuanto
mayor sea el número de las posibilidades, mayor será la seguridad
que resulta de la constatación de la regularidad. El que procede con
grandes números aumenta las posibilidades, y cada repetición tiene más
valor que cuando las posibilidades son pocas. Que salga tres veces
seguidas el as, no es prueba de que esté falseado el dado; pero, si
las observaciones de tres años seguidos en un país de 100 millones de
habitantes dan la misma cifra de mortalidad, es una prueba de causas
invariantes.
Hasta aquí nos hemos referido a la determinación de la normalidad de
un fenómeno por sí mismo; pero la regularidad puede aparecer entre dos
fenómenos. Por ejemplo la coincidencia entre el viento y la lluvia de
que antes hemos hablado. La normalidad de las coincidencias se refiere
siempre a sus posibilidades, y la posibilidad de sus coincidencias la
determina la multiplicación de sus propias posibilidades. Si llueve
una vez cada tres días durante el año, y venta del oeste cada dos, la
posibilidad de su coincidencia la determina la multiplicación de ½ por
⅓, esto es, ⅙. Por lo tanto si cada seis días coinciden la lluvia y
el viento del oeste, la coincidencia es normal; pero, si fuera mayor
tendríamos que concluir en la existencia de una relación causal entre
el viento del oeste y la lluvia.
Tal es el procedimiento para determinar la normalidad que permite
fundar las inducciones de las leyes empíricas.
Pero ese procedimiento no sólo tiene ese valor crítico. Al estudiarlo
S. Mill se refiere a casos en que es un verdadero instrumento de
investigación. Por él se llega a descubrir la regularidad de causas
ocultas cuando concurren numerosas causas en la producción de ciertos
fenómenos. Por ejemplo la influencia constante del sol en la elevación
de la temperatura estival. Permite también descubrir fenómenos que
escapan a la observación. Por ejemplo la constatación de la regularidad
en la diversidad de temperatura durante el día, que sólo se ha podido
descubrir por medio de las estadísticas.
VIII.--APLICACIÓN DE LAS LEYES EMPÍRICAS
Hasta aquí he hablado del _fundamento_ de las leyes empíricas no
causales. Pasemos a considerar las _previsiones_ que permiten.
Esta distinción entre el fundamento y la aplicación de las leyes
empíricas no está bien establecida en la obra de S. Mill, y es una de
las causas que dificultan su lectura en esta parte.
Las leyes causales permiten previsiones absolutas. El conocimiento de
la causa permite la previsión absoluta del efecto. Pero, en las leyes
empíricas se ignora la causa. Sólo se sabe que hay una causa, pero sin
poder determinarla. Se sabe que hay causas que hacen que durante el año
llueva 90 días; pero, ¿lloverá mañana? La ley se refiere al año, no a
los días del año.
Si la ley fuera causal, podríamos saberlo porque conociendo la causa,
la respuesta dependería solamente de la determinación de su presencia
o de su ausencia. Pero, ¿en qué medida podríamos aprovechar la ley
empírica para el pronóstico? La ley empírica sólo permite en este
sentido afirmar probabilidades, y sus aplicaciones se hacen por el
cálculo de probabilidades.
El cálculo de probabilidades se refiere así, no al fundamento de la
ley empírica, sino a sus aplicaciones particulares. El cálculo de
probabilidades sólo puede tener lugar si se conoce la ley. Es necesario
saber que la ley existe, que el fenómeno se producirá. El cálculo de
probabilidades puede servir para determinar nuestra indecisión ante
la falta de precisión de la ley; pero no para fundar la ley, como
parece querer decirlo S. Mill. La ley empírica de la mortalidad no se
funda en el cálculo de las probabilidades. El asegurador que necesita
seguridades y no probabilidades, no basa sus cálculos en éstas, sino
en la ley empírica que dan las tablas de la mortandad. El dueño de la
ruleta tampoco va a probabilidades, va a seguro.
El cálculo de probabilidades tiene por función suplir la falta de
precisión de la ley. Tiene su razón de ser cuando se quieren sacar
conclusiones de una ley que no están expresadas en ella. Las tablas
de la mortalidad, respecto a la previsión de la mortalidad, no
expresan probabilidades. Dentro de ciertos límites, entiende expresar
una previsión absoluta. Sólo da probabilidades, si se quiere sacar
conclusiones que ella no expresa, respecto de personas singulares
comprendidas en las edades a que se refieren las tablas de mortalidad.
De la misma manera de cálculo de probabilidades no tendría por qué ser
empleado por el propietario de la ruleta. Sólo podría interesar al
jugador que, no teniendo más razón de pensar que ha de salir un número
que otro, necesita decidirse, y a falta de mejores motivos cuenta las
probabilidades de uno y otro. Para el jugador que, sabiendo que tiene
que salir tantas veces el as, cuenta las veces que ha salido, jugará
casi seguro contra él, si ha salido acercándose al límite de lo que
debe salir. Pero, esto no quiere decir que tenga que ganar.
La aplicación del cálculo de probabilidades exige así el conocimiento
de la ley, y la ignorancia de su frecuencia. Es decir que debe ser una
ley que o no exprese relaciones constantes, o que las aplicaciones
que se quieren hacer de ella estén fuera del límite de su constancia.
Por eso sería un absurdo la aplicación del cálculo a la veracidad
de los testigos. Para que le fuera aplicable sería necesario una
ley que estableciera la regularidad del porcentaje de la veracidad
de los testigos. Si existiese esa ley, la aplicación del cálculo
de probabilidades a la determinación de la veracidad de un testigo
singular sería tan legítima como en el caso de la determinación del
jugador a favor de un número determinado. Pero si en aquel caso el
empleo del cálculo de la probabilidad puede ser una manera de salir
de la indecisión, y que tiene su razón de ser porque en los grandes
números acaba por ganar el que se dirige por ella, aunque aplicado a
la apreciación testimonial se pudiese llegar a los mismos resultados,
es decir, que en el total de condenas en los juicios criminales
prevalecerían las condenas justas basadas en la apreciación testimonial
por el cálculo de probabilidades, siempre sería una infamia a la
que nuestra conciencia moral se resistiría pasar por la condena de
inocentes, en razón de que en sus totalidades habría un porcentaje
considerable en que la justicia saldría triunfante.
IX.--CONCLUSIÓN
Y con esto creo que puedo dar por terminada la exposición de la teoría
de la generalización inductiva, pues si bien Mill comprende en ella a
las generalizaciones fundadas en la analogía, a las generalizaciones
no dependientes de causalidad, y a las generalizaciones aproximativas,
creo que lo hace erróneamente.
Efectivamente, las generalizaciones analógicas son falsas
generalizaciones. La analogía puede ser un instrumento de
investigación, de descubrimiento; pero, no sólo no puede dar un
fundamento lógico a la generalización, sino que basta poder determinar
que una generalización es analógica para declararla infundada. Para
la práctica y para la investigación, la analogía puede tener mucha
importancia: pero no la tiene de ninguna manera para la crítica de los
conocimientos.
Por lo que se refiere a las leyes de coexistencia no dependientes
de causalidad, a mi modo de ver S. Mill erróneamente las considera
en la lógica de la inducción. Las relaciones entre las propiedades
elementales de los cuerpos, cuya solidaridad se generaliza, no tiene
más fundamento que la simple enumeración. Esas generalizaciones no
hacen más que expresar lo que se ha observado hasta el momento. No
son una inducción. No son el producto de la generalización de lo que
se ha observado en uno o en varios casos, sino la afirmación de una
coincidencia a la que no se le conocen excepciones.
Por lo que se refiere a las generalizaciones aproximativas, es decir,
generalizaciones parciales, como cuando se dice la mayor parte de los
vascos son honestos, S. Mill distingue perfectamente el caso de las
cuasi generalizaciones, que no tiene valor científico, de la verdadera
generalización hecha en forma de aproximación. Las primeras pueden
tener un interés muy grande para la vida y se justifica el interés con
que S. Mill las estudia; pero, para la crítica científica no tienen
valor alguno. Se deben usar con grandes precauciones. En cambio, las
generalizaciones aproximativas, que son verdaderas generalizaciones,
en su limitación, son absolutas, es decir, que limitadas al porcentaje
o a la tendencia que expresan en su aplicación, permiten previsiones
absolutas. Es el caso de las generalizaciones sobre los grandes
números. Las tablas de la mortalidad, son generalizaciones de esta
naturaleza. En sus aplicaciones, como grandes números, son tan
absolutas como las otras inducciones. Lo prueba la ganancia de las
compañías de seguros. En las especulaciones de carácter social, en las
que sólo se tienen en vista masas humanas, en que la consideración de
los individuos desaparece, las generalizaciones aproximativas tienen
un valor absoluto, porque las excepciones individuales no llegan a
modificar los resultados totales que son los únicos que interesan.
Otro caso en el que las generalizaciones aproximativas tienen un valor
absoluto es cuando se conoce la causa de la generalidad de un fenómeno
o de las excepciones individuales, y la generalización se expresa con
la limitación que impone su causa o las causas de las excepciones
individuales.
Ahora bien; las generalizaciones aproximativas, cuando tienen esas
condiciones de una verdadera generalización, son o leyes causales
o leyes empíricas no causales. De modo que, salvo la forma de la
expresión, que no afecta su valor científico, no hay por qué hacer
de las generalizaciones aproximativas una categoría especial de
generalización entre las inductivas.
Así, pues, podemos concluir que la teoría crítica de la generalización
abarca la justificación de las generalizaciones por simple enumeración,
y las generalizaciones inductivas. El fundamento de las primeras es
evidente, no así el de las generalizaciones inductivas. Hemos fundado
la inducción en el principio de identidad por la determinación de la
causa. Luego hemos indicado y discutido el valor de los métodos para
determinar las causas. Y al llegar a este punto hemos observado que no
siempre es posible la determinación de la causa; pero, no por eso la
ciencia se arredra, y fundada en la simple regularidad, formula leyes
que se llaman empíricas no causales. Y nos hemos preguntado por su
fundamento. Hemos visto que siempre lo es la afirmación de la causa;
pero, que no pudiendo determinarse, se la supone. Pero, esa suposición
no es arbitraria. Requiere la constatación de la regularidad, que hemos
visto que se funda en la eliminación del azar. La realización de su
condición teórica da a las leyes empíricas el mismo valor que tienen
las causales, en los límites dentro de los que se afirman.
De la excursión que hemos hecho por la teoría de la generalización
inductiva, que es el fundamento de casi toda la ciencia de lo real,
lejos de amenguar nuestro sentimiento escéptico, éste ha tenido que
fortificarse; pero, no por eso nuestro escepticismo nos ha hecho negar
la ciencia, al contrario, sólo él la puede salvar. Fríamente analizada
con criterio dogmático hubiéramos tenido que negarla cien veces.
ULISES EN EL INFIERNO DANTESCO[24]
POR NICOLAS BESIO MORENO
Profesor en la Universidad de La Plata
Punta del Este, marzo 5 de 1919.
Querido amigo:
He leído con vivo placer su interesante estudio sobre el fraude, y
sobre la moral de Ulises, aparecido en su _Revista de Filosofía_ de
este mes de Marzo. Toda la enseñanza que de él brota, sería de alta
utilidad para los gobernantes y políticos de nuestro tiempo.
Pero, quiero referirme a las citas dantescas, que usted hace en el
trabajo, justificadas por cierto, ya que el primer poeta de todos los
tiempos, ha destinado a los falsarios y traidores, como usted lo dice,
numerosos cantos de su Infierno. Fraude, hijo de la soberbia, primero y
más grave de los pecados de la fe de Dante. A él también se refiere en
los cantos X, XI y XII del purgatorio.
“En vano--dice usted--releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos
entre los fraudulentos al _divino_ Ulises, arquetipo clásico de todos
los simuladores. Y sorprende la ausencia pues el viaje...”
El párrafo me resulta inexplicable, conocidas sus aficiones dantescas y
por las mismas citas, justísimas, que lo preceden.
El prudente rey de Itaca aparece entre los fraudulentos peores, pues el
canto XXVI del Infierno, está dedicado a los grandes compañeros Ulises
y Diomedes, allí reducidos no sólo por sus fraudes, sino por haberlos
hecho cometer a otros; en el mismo canto se narra el último viaje y la
muerte de Ulises.
* * * * *
Hacia poco más de la mitad del canto XVI del Infierno, el altísimo
sabio y su duque comienzan a acercarse al reino espantoso de los
fraudulentos de toda especie, al que los transporta el monstruoso
vigilante de la entrada. El bello episodio de la cuerda que ceñía el
talle del poeta, inicia el descenso al pavoroso círculo octavo, de los
verdaderos fraudulentos, pero ya, poco antes, en los últimos fosos
del círculo séptimo, se aperciben los usureros, perseguidos por la
implacable lluvia de fuego.
El canto XVIII, describe las dos primeras fosas del círculo octavo,
donde los seductores de mujeres, por cuenta ajena (rufianes) y por
cuenta propia, marchan en sentidos contrarios, perseguidos por
multitud de diablos, y donde los aduladores--también mísera especie
de indignos--están sumergidos en repugnante estiércol, como fuera
repugnante el vicio que en vida padecieron. Allí se ven el maldito
hermano de Ghisolabella, el seductor de Isífile y Medea, la desdichada
Taide.
En la tercer fosa del círculo octavo (canto XIX) pone Dante a los
numerosos simoníacos de sus tiempos, que están cabeza abajo, con los
pies ardiendo y aun las piernas; allí están el pérfido papa Nicolás
III, Clemente V y todos los demás desdeñados por el poeta.
En la cuarta fosa (canto XX), los adivinos tienen la cabeza dada
vuelta y caminan retrocediendo. Allí aparecen el gigante Anfiarco,
prudentísimo varón, a quien Esquilo en sus “siete sobre Tebas” pone
frente a la puerta Homoloidea, donde adivina su propia desdicha;
Tiresias, el adivino de la misma ciudad de Cadmo; Aronta, que vaticinó
el triunfo de César; la hija de Tiresias, que asentó donde debía
fundarse la ciudad patria de Virgilio; Euripilo y muchos más.
La quinta fosa, de cola hirviente, encierra a los intrigantes (canto
XXI y XXII) y la sexta a los hipócritas (canto XXIII), donde Caifás,
que aconsejara la crucifixión, marcha oprimido por una dorada capa de
plomo.
Y siguen los tipos de falsarios. A los ladrones se llega en la fosa
séptima (canto XXIV) donde están mordidos por serpientes y quedan
reducidos a cenizas, de las que renacen a su forma primitiva pasando
por la de serpientes. Entre las multitudes se divisa al que hubo de
apoderarse del trono de San Jacobo; en el canto XXV Caco y cinco
ladrones florentinos sufren el castigo de su bajo delito en la tierra.
Y así llegamos al famoso canto XXVI, donde hemos de encontrar a Ulises
y Diómedes entre los consejeros fraudulentos de que se ocupa también el
canto XXVII.
* * * * *
Usted vé cómo, hasta ahora, son todos fraudulentos.
Usan unos del fraude para seducir mujeres y entregarlas a otros o
gozarlas ellos mismos; otros usan todo género de fraudes para poder
aplaudir y adular a los poderosos; luego los fraudulentos en simonía,
que venden las ventajas de su encumbrada posición; los adivinos
también, hijos del fraude, porque la adivinación, siendo imposible para
los mortales, tenía que llevarlos a la mentira frecuente; nadie usa
más del fraude que los intrigantes, pues de él se valen para vaciar
su envidia o su ambición, que es soberbia; de los hipócritas no hay
que explicar si son fraudulentos, pues ocultan invariablemente sus
propósitos para parecer lo que no son; usan del fraude los ladrones,
después; y los consejeros fraudulentos, más delictuosos que todos,
pues se empeñan en hacer cometer su delito a los demás, aparecen
representados por los dos grandes héroes troyanos Ulises Laertíada
y Diómedes Tideida, unidos en la expiación como fueran unidos en el
delito.
Es en este asombroso canto XXVI, donde Dante tiene la maravillosa
intuición de la llama parlante, que la física habría de realizar
muchos años después. Los condenados están enteramente envueltos en una
llama que termina en punta, siendo mayor la de Ulises, el ingenioso,
de linaje divino, que la de Diómedes, por ser aquél el director de
las intrigas comunes y el autor único de muchas intrigas propias, y
por ser, como usted dice, el que instigara a otros honestos a cometer
delito de fraude; Diómedes, más heroico, más grande en la guerra,
invicto siempre, vencedor de los propios dioses en los combates
troyanos, merecía más consideración que el que arrancara a Aquiles de
los brazos de Deidamia, para llevarlo ante los muros de Ilión.
No; Dante no podía olvidarse de ningún héroe ni personaje considerable
de la guerra de Troya, porque la fundación de Roma--que era para el
sumo poeta la máxima grandeza de la tierra--fué debida a linaje troyano
y a la caída de la ciudad de Príamo.
Así Electra, madre del fundador de Troya, está en el Limbo, con Héctor
y Eneas, padre de Silvio; entre los lujuriosos, Elena y Aquiles y
Paris; Diómedes y Ulises ya citados; ni deja de recordarse de Príamo y
Hécuba, Agamenon (I. XXX, 15; I. XXX. 16; Par. v. 69), Orestes su hijo
(Purg. XIII, 32) y otros atridas más.
Pero Dante tenía un interés fundamental en ocuparse del esposo de la
honesta Penélope, pues debía apartarse de la tradición homérica que no
daba al fin del Laertíada un carácter tan trabajado y difícil, como
el que él debía asignarle. Ulises estaba destinado, antes de morir,
a salvar los límites del Mediterráneo y fundar Lisboa en la costa
atlántica, para caer después sepultado en el anchuroso mar.
A la invocación gentilísima del mantuano, la más alta de las
llamas que formaban el grupo de los héroes comienza ya a agitarse
murmurando--como la que el viento al mover fatiga--así la punta aquí y
allá llevando--cual si fuera una lengua la que hablase--lanzó sus voces
fuera y dijo: “Cuando--... y habla de tal modo el ingenioso Ulises
durante 52 versos del mayor poema.
Pero aquí no terminan los fraudulentos y, como aquéllos, está aquí
Bonifacio VIII; después vienen los cismáticos: Mahoma, Rev. de Medicina
y otros; falsarios de toda calidad, como los falsificadores de metales;
de personas, como la incestuosa Mirra y la triste Hécuba; de monedas;
de palabra, como la mujer de Putifar y Simón de Troya, que logró abrir
la brecha de sus muros.
En el círculo noveno (canto XXXI) se castigan otras formas de soberbia;
entre ellas la de los gigantes que quisieron escalar el cielo.
Finalmente viene la mayor forma del fraude: la traición, para la
que se destina el mayor castigo ideado por Dante. Los traidores de
sus parientes, primero; luego los traidores a la patria; después los
traidores de sus comensales; los traidores de sus benefactores; y,
finalmente, los traidores a la divinidad y a la majestad: Judas y Bruto
el asesino de César, y Lucifer mismo.
Discúlpeme, mi amigo, que ésta haya salido tan larga y cuente con su
amigo affmo.
N. BESIO MORENO.
_Señor doctor José Ingenieros._
DEMOCRACIA INDIVIDUALISTA[25]
POR EL DR. CESAR REYES
Ex magistrado en La Rioja
I
Escribía hacia los años de la Revolución de Mayo Bartolomé Hidalgo,
primer poeta nativo del Río de la Plata, en sus poesías gauchescas,
haciendo hablar al paisano Chano, “capataz de una estancia en las islas
del Tordillo”, en sus diálogos con el gaucho Contreras, “de la guardia
del Monte”:
_Contreras_
Pues yo siempre oí decir
Que ante la lay era yo
Igual a todos los hombres.
_Chano_
Mesmamente, así pasó
Y en papeletas de molde
Por todo se publicó
Pero hay sus dificultades
En cuanto a la ejecución.
Roba un gaucho unas espuelas,
O quitó algún mancarrón,
O del peso de unos medios
A algún paisano alivió;
Lo prienden, me lo enchalecan,
Y en cuanto se descuidó
Le limpiaron la caracha,
Y de malo y saldeador
Me lo tratan, y a un presidio
Lo mandan con calzador;
Aquí la lay cumplió, es cierto
Y de esto me alegro yo,
Quien tal hizo, que tal pague.
Vamos, pues, a un señorón:
Tiene una casualidá...
Ya se ve... se _remedió_...
Un descuido que a un cualquiera
Le sucede, si, señor,
Al principio mucha bulla,
Embargo, causa, prisión
Van y vienen, van y vienen,
Secretos, almiración,
¿Qué declara? que es mentira,
Que él es un hombre de honor.
¿Y la mosca? no se sabe,
El estao la perdió,
El preso sale a la calle
Y se acaba la junción,
¿Y esto se llama igualdá?
¡La perra que me parió!
En fin dejemos amigo,
Tan triste conversación,
Pues no pierdo la esperanza
De ver la reformación.
Y en eso estamos, desde hace ya más de un siglo, en que nuestro
humanista cuanto patriota, que fué militar de la Independencia,
escribía:--manteniendo la esperanza de ver la reformación. ¿Hasta
cuándo? Desde los albores de la independencia, desde antes, desde la
dominación española, ya se decía en el papel que “todos éramos iguales
ante la ley”. Este equívoco se ha prolongado hasta el presente en
nuestras instituciones. Las leyes dicen una cosa; los hombres que las
aplican y ejecutan, hacen otra cosa bien distinta.
Los magistrados y los funcionarios, hasta el presente, mienten
cuando dicen que hacen la justicia igual para todos. Consciente
e inconscientemente, la hacen en beneficio de la clase social a
que pertenecen. Y como las aristocracias y burguesías, hasta el
momento actual, en estos países, y en general en el mundo, dominan
a la clase obrera, a la clase pobre, a los que ha dado en llamarse
despectivamente, en ciertas regiones de América, _chinos_, _negros_,
_mulatos_; y no obstante ser éstos los más, las clases dominantes
disponen de magistrados y funcionarios que les pertenecen, y éstos,
naturalmente, tienen que abogar por su propio gremio.