Los otros métodos, el combinado de concordancia y diferencia, el de

variaciones concomitantes, y el de residuos, son simples aplicaciones

de los principios de estos dos métodos. El método combinado es la

realización del principio del de diferencia por la doble aplicación del

método de concordancia a los casos positivos y negativos. Si en todos

las reuniones en que interviene Juan siempre hay discusiones violentas,

variando la composición de las personas, por una primera concordancia

Juan aparece como el antecedente invariable. Una segunda concordancia

de la que resultara que todas esas personas han intervenido en

otras reuniones sin que haya habido discusiones violentas, en las

que Juan no ha estado, permitiría concluir, realizando el principio

del método de diferencia, que la única diferencia entre todos esos

casos está en la presencia o la ausencia de Juan. El método de

variaciones concomitantes, no es más que una modalidad de los métodos

de concordancia y de diferencia. La modalidad consiste en que la

concordancia y la diferencia se determinan, no en la presencia y

ausencia de los fenómenos, sino en la concomitancia de sus variaciones.

Todo cuerpo tiene calor. La dilatación de los cuerpos por el calor no

se podría determinar si hubiese de compararse la dilatación en cuerpos

que tienen y en cuerpos que no tienen calor. Pero, se puede observar

la influencia del aumento y de la disminución de la temperatura en

la dilatación de los cuerpos. El método de residuos no es más que la

aplicación del principio del de diferencia. Es la eliminación de los

antecedentes cuyos efectos se conocen, y la atribución de un efecto

dado, al único antecedente que queda y cuyos efectos no se conocen.

Si hay objetos construídos por cuatro obreros y puedo individualizar

los objetos construídos por tres de ellos, los demás son los que ha

construído el cuarto obrero.

Estos diversos métodos suponen, si son la aplicación del principio de

concordancia, que se han podido determinar todos los antecedentes.

Porque si no se hubiesen determinado todos los antecedentes, podría

ser que el antecedente no considerado fuera la causa del fenómeno, y

que la relación invariable que se ha constatado entre los fenómenos

fuera debida simplemente a que son efectos de una misma causa o bien

el resultado de la coligación primitiva de sus causas. El día y la

noche son efectos de una misma causa: el movimiento de la tierra. El

ignorante que prescinde de este antecedente podría ver en la sucesión

del día a la noche una relación de causalidad. La coligación de causas

primitivas podría ser la razón de que los negros sean motudos. La

convicción íntima de que no conocemos todos los antecedentes que pueden

influir en la producción de esos caracteres somáticos, a pesar de la

invariabilidad de la relación, nos impide afirmar de que entre ellos

pueda haber relación de causalidad.

Y si son la aplicación del principio del método de diferencia los

diversos métodos suponen la imposibilidad de que con la introducción

o la exclusión del antecedente considerado, no se haya introducido

o excluído otro antecedente. Para poder afirmar que la causa de la

muerte del transeunte ha sido el balazo que lo ha herido, sería

necesario poder afirmar con toda seguridad de que en el momento en que

la bala iba a entrar en el corazón no sufrió un ataque de apoplejía.

La ignorancia del peso del aire, dice Rabier, había hecho explicar la

ascensión del agua en las bombas por el horror al vacío.

Ahora bien; no es posible tener la seguridad que los principios de esos

métodos exige. No es posible tener la seguridad en el caso del método

de concordancia, de haber tenido en cuenta todos los antecedentes del

fenómeno. Y en el caso del método de diferencia no es posible tener la

seguridad absoluta de que con el antecedente considerado no se haya

agregado o suprimido inconscientemente, algún otro antecedente, como en

el caso de la explicación de la ascensión del agua en las bombas.

Y he ahí una nueva razón de dudar del valor dogmático de las

generalizaciones mejor fundadas. Suponiendo resueltas las objeciones

que se refieren al fundamento de la inducción tropezaríamos en esta

consideración con una objeción insalvable, y de proceder dogmáticamente

tendríamos que negar valor a la ciencia de lo real, a la única ciencia

que puede tener valor propio.

Pero siendo escépticos podemos aceptar los fundamentos psicológicos

que se dan para salvar la dificultad. La repetición de la experiencia

un número suficiente de veces llega a eliminar la _probabilidad_ de

que pueda existir otro antecedente, además de los considerados, por lo

que se refiere al método de concordancia, y la improbabilidad de que

hayan intervenido otros antecedentes con el considerado en el método de

diferencia cuando se toman ciertas precauciones en las experiencias.

Por ejemplo en la muerte por asfixia de un pájaro colocado en una

campana de vidrio, la rapidez de la introducción del gas venenoso en

la experiencia, aleja la sospecha de que pueda haber intervenido otro

antecedente en la muerte del animal.

La determinación de la coincidencia solitaria que ha de permitir

la inferencia de la causa, no tiene, pues, más fundamento que la

_probabilidad_, concepto puramente subjetivo que a un espíritu

dogmático consecuente tendría que llevarlo a la negación de la ciencia.

Pero no es esta la única dificultad para la determinación de las causas

de los fenómenos. Hasta ahora hemos supuesto el caso de fenómenos cuya

causa es única; pero esto no es lo común. Lo corriente es el caso

de pluralidad de causas. Y cuando esto sucede no siempre es posible

la aplicación de los métodos anteriormente mencionados, y cuando es

posible su aplicación requiere precauciones especiales.

Cuando un fenómeno es producido por diversas causas, para saber si los

métodos empíricos son aplicables hay que distinguir el caso de causas

que producen separadamente sus efectos de aquellos en que se combinan

para producirlos. Un ejemplo de lo primero sería la determinación de

las causas de la producción del agua.

La determinación de las causas cuando obran separadamente es

relativamente sencilla. Se aplican los métodos anteriormente indicados.

Se hace la comprobación para cada una de las causas como si fueran

causas únicas en grupos de fenómenos en que no intervengan las

otras causas. O bien se hace en el curso de observaciones en que

desfilen todas las causas. Resultará en este segundo caso que nunca

se encontrará en las observaciones el antecedente invariable, porque

todas las causas pueden faltar sucesivamente, siempre que alguna de

ellas esté presente. Pero, con todo, después de cierto número de

observaciones, se encontrará que si bien todos los antecedentes pueden

variar, sólo pueden variar dentro de ciertos límites: el fenómeno no se

produce si faltan todos los de cierto grupo de antecedentes. Si alguno

de ellos existe se produce el fenómeno, aunque falten los demás; pero,

si todos faltan, el fenómeno no se produce.

Mas complicado es determinar las causas cuando éstas se combinan

para producir el efecto. Se pueden presentar dos casos. O las causas

se combinan en forma tal que el efecto es algo nuevo, completamente

distinto de sus causas: un nuevo fenómeno con leyes propias, como

sucede en la combinación del oxígeno y del hidrógeno para producir

el agua; o bien es algo en que la individualidad de las causas no

desaparece, y en el producto en consecuencia sigue subsistiendo la ley

de sus causas, por ejemplo el movimiento combinado de dos fuerzas.

No es mi propósito hacer la exposición de la lógica inductiva, como

ya lo he dicho, sino determinar su sentido y exponer sus líneas más

generales para facilitar la lectura de los tratados. Por eso me

reduciré en este punto a llamar la atención sobre las indicaciones que

en esas lecturas se encontrarán respecto a la manera como se determina

las causas.

Cuando se trata de determinar las causas que producen efectos que son

fenómenos distintos a sus causas, hay que distinguir si el fenómeno

es reversible a sus causas o no lo es. El agua es reversible a sus

elementos. La vejez no es reversible a las causas que la han producido.

Si las causas son reversibles, la determinación de las causas se reduce

a la determinación de los efectos. Los efectos de oxidación del hierro

por el agua permiten la separación de los elementos constitutivos del

agua. Pero, si no son reversibles, la determinación de sus causas

es más difícil. Para hacerlo hay que proceder como en el caso de la

combinación de causas en el que éstas no pierden su individualidad: Las

causas de la vejez se determinan por el mismo procedimiento que las

causas de un movimiento combinado.

Ahora bien; en estos últimos casos se procede de la siguiente manera.

Si se sospecha que las causas de un fenómeno pueden ser tales o cuales,

se formula la hipótesis de sus causas, y luego se procede: 1.ᵒ, a

determinar los efectos de cada una de esas causas; 2.ᵒ, a calcular el

efecto posible de la combinación; 3.ᵒ, a la verificación experimental

del cálculo. Son los tres momentos de lo que se llama el método

deductivo experimental, y que es el más corriente en las ciencias, y el

único aplicable en ciertos ramos del conocimiento humano. Es el método

obligado en las ciencias biológicas, psíquicas y sociales.

Naturalmente, la determinación de las causas por estos diversos métodos

de uso obligado cuando se trata de pluralidad de causas, está lejos

de presentar la seguridad que ofrecen los métodos experimentales que

determinan las causas únicas. Por eso para juzgar del valor de las

generalizaciones fundadas en la aplicación de los métodos inductivos

tenemos que referirlo al de sus métodos más precisos.

Ahora bien; de todo lo dicho, podemos concluir que si fuera posible

la aplicación lógica de los principios a que responden los diversos

métodos experimentales, la determinación de la coincidencia solitaria

sería perfecta; pero, como de hecho nunca se puede tener la seguridad,

en los casos en que se aplica el método de concordancia, de haber

considerado todos los antecedentes, la fe que se puede tener en los

resultados de su aplicación queda quebrantada. Y por lo que se refiere

a la aplicación del método de diferencia, no se puede eliminar la

imposibilidad de la introducción o extracción de otros elementos

conjuntamente con la causa considerada.

Nuestro escepticismo vuelve, pues, a encontrar nuevos motivos de

duda, y un dogmático no podría dejar de reconocer que la fe concedida

al resultado de los métodos experimentales se funda más en motivos

psicológicos que en fundamentos lógicos.

Y con esto podríamos dar por terminada la exposición de la lógica

inductiva, refiriéndonos para el conocimiento de sus detalles a la obra

fundamental de S. Mill; pero habríamos dejado de considerar uno de sus

aspectos más interesantes: el de las generalizaciones inductivas que

suponen la ignorancia de las causas de los hechos particulares que las

fundan; me refiero a la teoría de las leyes empíricas no causales, las

leyes empíricas propiamente dichas.

VI.--LEYES EMPÍRICAS

Las leyes empíricas son, como las leyes causales, generalizaciones

inductivas; pero se distinguen de éstas en que no se fundan en el

conocimiento de la causa de los hechos, sino en su suposición.

A las leyes empíricas se las suele definir diciendo que son aquéllas

leyes que no se dejan reducir a otras; pero, que se suponen reductibles.

Esa definición de las leyes empíricas tiene en vista no la

verificación, sino la explicación de esas leyes. Sabemos que no es lo

mismo verificar que explicar. Para un hecho concreto, explicarlo es

reducirlo a su ley. Lo que explica la temperatura de 100° que tiene el

vapor de agua que sale de la cacerola, es la ley de la ebullición del

agua a la presión de la altura del mar. De la misma manera explicar una

ley es reducir esa ley a una ley más general. La ley de la gravedad

terrestre no es más que un caso de la ley de la atracción universal.

Esta explica a la primera.

Las leyes primitivas, las que explican a las otras, no pueden ser

explicadas por otras; pero, como no son reductibles, no se les llama

empíricas. Se llaman empíricas las que no son reductibles; pero que se

supone que han de llegar a serlo.

Ahora bien; entre esas leyes empíricas hay algunas que son causales,

por ejemplo la fórmula de la composición del agua. Es empírica, porque

suponemos que debe existir una causa que, sirviendo como de eslabón en

la explicación, exprese el por qué de la combinación del oxígeno y del

hidrógeno. Pero, con ser empírica esta ley, se afirma universalmente,

para cualquier tiempo y cualquier lugar, porque hemos determinado la

relación causal del agua con la combinación de sus elementos. Pero

existen otras leyes empíricas que no se afirman en el conocimiento de

las causas, sino simplemente en la observación constantemente repetida.

Sabemos que las razas animales y vegetales mejoran por cruzamiento;

pero es una afirmación empírica cuya causa desconocemos. No conociendo

la causa de los hechos, cuya repetición hemos podido constatar, como no

nos es posible distinguir, entre los diversos antecedentes que suelen

acompañar la producción de los fenómenos, cuáles pueden ser excluídos

y cuáles no, sólo nos permitimos afirmar como ley la observación

constantemente repetida dentro de las condiciones generales que suelen

rodear a la experiencia.

Desde el punto de vista de la crítica del conocimiento, no interesa la

consideración de las leyes empíricas causales, pues reúnen todos los

requisitos a que debe responder una inducción legítima. Pero no sucede

lo mismo con las leyes empíricas propiamente dichas, con las que no son

causales. Cierto es que la generalización la afirmamos dentro de los

límites de las condiciones en que se han realizado las experiencias;

pero, aunque sólo se afirmen dentro de esos límites, ¿qué es lo que

puede legitimar la generalización, si la generalización inductiva

sólo la hemos podido fundar en el conocimiento de las causas de los

fenómenos particulares?

VII.--FUNDAMENTO Y DETERMINACIÓN DE LAS LEYES EMPÍRICAS

El fundamento de la inducción en las leyes empíricas es el mismo que

el de las leyes causales: Siempre es la afirmación de la causa lo que

legitima la generalización; pero, mientras que en las leyes causales

la causa se designa, en las leyes empíricas la causa se supone. No

se puede determinar cuál sea la causa; pero se puede afirmar que la

causa existe. La aplicación de estas leyes es más reducida porque la

causa no se puede determinar, y por eso se limita la generalización a

las condiciones de tiempo y de lugar en que las experiencias se han

realizado; pero, dentro de estos límites, la ley se justifica. Veamos

cómo.

El fundamento de las leyes empíricas es un fundamento invertido. En

las leyes causales la afirmación de la regularidad se funda en el

conocimiento de la causa. En las leyes empíricas, al revés, lo que

funda la suposición de la causa es la regularidad. El conocimiento de

la causa permite afirmar la regularidad, porque la relación causal

implica necesidad. Pero, a su vez, la regularidad tiene que suponer

una causa que la explique, salvo que se admitiese la intervención del

azar en la repetición de los hechos. Y por lo tanto, si eliminamos la

posibilidad del azar en la coincidencia de dos fenómenos, ésta sólo

se puede explicar por la intervención de una causa. La regularidad

quedaría fundada, y la generalización, en consecuencia, legitimada. Y

así es como por la suposición de la causa, constatada en la regularidad

de la coincidencia, se justifica la inducción de las leyes empíricas.

La eliminación del azar en la coincidencia de dos fenómenos es lo que

legitima la generalización de la ley empírica.

Pero, ¿cómo eliminar la posibilidad del azar en la consideración de

la coincidencia de dos fenómenos? Tal es el problema que plantea el

fundamento de las leyes empíricas.

Así como la idea de causa implica las de determinación y necesidad, la

de azar implica la indeterminación y la contingencia. El azar sería la

indeterminación y la contingencia. El azar sería la indeterminación

de los fenómenos, la posibilidad de que acaezcan o no. Las cosas

sucederían al azar si no existiesen más motivos para que sucedieren en

una forma o en otra.

¿Pero, la idea de azar así comprendida es admisible? La afirmación del

azar, como concepto real, ha dado lugar a las mismas, sino a mayores

dificultades, que la afirmación en el mismo sentido de la causa. Así

como se ha podido negar la existencia de la causa, se puede negar la

existencia del azar.

Por lo pronto la idea de azar implica la negación del principio de

causalidad. Pero a su vez la noción de causa exige la de azar sin la

que no tendría sentido. Si no todas las coincidencias son causales,

es porque hay algunas que no lo son, es decir, que son producto del

azar. La afirmación del azar como concepto real ofrece dificultades

insalvables, y como la noción de causa, y las de identidad y de

contradicción, consideradas desde este punto de vista, son argumentos

fundamentales para el escepticismo.[23]

Considerado como principio crítico, el azar es la indeterminación en

que se encuentra nuestro espíritu para afirmar, debido a la falta de

motivos. Como la noción de causa es un concepto subjetivo, y es la

negación de la causa. Expresa la ausencia de motivos para creer en la

regularidad de la relación que hemos observado entre dos fenómenos. Y

el fundamento de su afirmación, pragmáticamente, es el mismo que el

de su concepto correlativo, el de causalidad: su valor instrumental.

Sin insistir sobre este punto, y determinado el valor exclusivamente

crítico que atribuímos a este término, veamos cuáles son los

fundamentos que pueden eliminar o que justifican la eliminación del

azar, es decir, la indeterminación de nuestro espíritu en presencia de

una coincidencia constante.

Excluída la determinación de la causa ¿cuál sería el fundamento

que permitiría afirmar la regularidad? En la experiencia vulgar la

repetición constante de una relación cuando es repetida y variada, se

presenta como una prueba de la regularidad; pero estas condiciones no

son garantías suficientes para un espíritu científico. Si un fenómeno

existe siempre y otro se produce accidentalmente, es forzoso que

coincidan constantemente en todas nuestras experiencias. Supongamos el

ejemplo que da Mill. Las estrellas fijas siempre han coexistido con

todos los hechos que han realizado los hombres. No hay coincidencia

más constante, repetida y variada. Sin embargo, es imposible que haya

entre los hechos y las estrellas relación de causalidad, porque la

coincidencia se mantiene con hechos contradictorios. Por otra parte,

si para nosotros una coincidencia es fortuita, no habría más razón,

para que la coincidencia no se volviera a repetir, como para que se

repitiera indefinidamente. La coincidencia por constante y repetida que

sea, por sí sola no justifica la afirmación de una regularidad.

Pero, si no es la repetición de la coincidencia constante lo que

justifica la afirmación de la regularidad, ¿en qué puede fundarse ésta?

La ciencia no acepta la simple repetición como fundamento de la

generalización. La coincidencia entre dos fenómenos debe ser tal, que

la suposición de la causa sea obligada. No basta que la repetición

sea frecuente, es condición que esa frecuencia sea mayor que la que

debería _esperarse_ entre ellas. Una repetición constante--lo hemos

visto en el ejemplo de las estrellas--no es fundamento para afirmar

una regularidad. En cambio una repetición no constante, pero que sea

más frecuente de lo que normalmente debería esperarse, puede serlo. En

Inglaterra llueve con todos los vientos, dice Mill; en este sentido

no se podría decir que haya relación de necesidad entre la lluvia y

un viento dado; pero la lluvia puede tener, con todo, alguna relación

causal con uno de los vientos. Pero, ¿cómo se puede determinarlo?

Evidentemente, hay que observar si llueve más con un viento que con

otro; pero, esta simple constatación de la frecuencia no basta. Si

llueve dos veces más con el viento O. que con los otros vientos,

esto no querrá decir que hay relación de causalidad entre viento y

la lluvia, porque como en Inglaterra sopla dos veces más el viento

O. que los otros vientos, lo normal sería que lloviera dos veces más

con él que con los otros. Estaría esa relación en los términos de la

normalidad y en consecuencia no se podría hablar de relación causal

entre los dos fenómenos. Pero, si en vez de llover dos veces más la

frecuencia fuera mayor, deberíamos reconocer que hay alguna causa común

que tiende a producir conjuntamente la lluvia y el viento del O., o

bien, que sea el viento mismo del O. que tienda a producir la lluvia.

Como vemos, el fundamento de la ley empírica supone la determinación

de la normalidad de la frecuencia de los fenómenos. La frecuencia

_normal_ de dos fenómenos no elimina la posibilidad del azar; pero, la

frecuencia _normal_ nos obliga a suponer la existencia de una causa.

Ahora bien; la normalidad de la coincidencia se refiere a la relación

de frecuencia entre los fenómenos referida a una unidad de medida.

En el ejemplo propuesto esa unidad de medida ha sido el año. Se

observa cuántos días llueve en el año con cada uno de los vientos, y

se establece la proporción numérica. Luego se hace lo mismo con la

frecuencia de los diversos vientos. La comparación de esas proporciones

permite establecer la normalidad.

Pero, ¿por qué es que la _anormalidad_ funda la afirmación de la

regularidad, y la _normalidad_ es signo de que la repetición no es

causal? Y con esto llegamos al punto esencial de nuestra exposición, a

la determinación del fundamento íntimo de las leyes empíricas.

Hemos dicho que el azar supone la indeterminación. Y la indeterminación

nos impide atribuir más razón de ser a la repetición de un fenómeno

que a su no repetición. La coincidencia constante es compatible con la

idea de azar, pues no hay más razón para que una cosa que se produce

por azar no se vuelva a reproducir, como para que se reproduzca

indefinidamente. Pero, si esto es así, ¿cómo se puede afirmar que la

anormalidad de los fenómenos es fundamento de la existencia de una

causa, y que la anormalidad sea signo del azar? ¿No es contradictorio

hablar de normalidad a propósito de los hechos que se producen al azar?

¿Esto no es asignarle leyes al azar? ¿Cómo es posible que el azar se

manifieste en una forma regular, si el azar supone la negación de toda

regularidad?

Si hubiéramos de habernos atenido a la concepción dogmática del azar,

y buscar analíticamente su eliminación, ésta no hubiese sido posible,

porque habría una contradicción insanable entre el concepto del azar

y las condiciones que requiere su eliminación. Pero, la experiencia,

siempre maestra, ha puesto al espíritu humano en presencia de casos

reales sencillos que se acercan a la realización práctica de la noción

de azar, y le ha demostrado la regularidad de su funcionamiento,

permitiéndole descubrir experimentalmente las leyes del azar.

Estos casos reales sencillos son los que presentan los diversos juegos

de azar. En ellos se ha constatado empíricamente la regularidad de los

hechos que no tienen más razón de ser en un sentido que en otro. Y por

la observación se ha llegado a descubrir que la regularidad del azar

está determinada por su posibilidad. Es por lo tanto la experiencia

la que ha permitido constatar que lo que no tiene más razón de ser en

un sentido que en otro, tiende a realizar todas sus posibilidades.

La posibilidad de que salgan los diversos números en el juego de los

dados es igual para todos. En consecuencia todos tenderán a salir el

mismo número de veces. En una ruleta bien construída todos los números

saldrán el mismo número de veces.

Así, pues, en esos casos sencillos, la experiencia ha demostrado

que la indeterminación de las causas tiende a realizar todas las

posibilidades. Pero, en cambio ha enseñado que la presencia de un

invariante, es decir, una causa, tiende a reproducir una sola de las

posibilidades. Si el dado ha sido cargado o la ruleta adulterada, uno

de los números tenderá a salir con más frecuencia que los otros.

Así es, como, fundados en la constatación experimental de casos

sencillos que parecen realizar todas las condiciones teóricas del

azar, se ha llegado a afirmar que la tendencia a reproducir todas

las posibilidades es una prueba de la fortuidad de las diversas

combinaciones, mientras que la tendencia a reproducir una sola de las

posibilidades es una prueba de la presencia de una causa invariante.

Tal es el fundamento de la ley empírica en la eliminación del azar.

Veamos ahora como se procede para la determinación de las

posibilidades, ya que esto es fundamental para determinar la normalidad

que califica al azar.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 10 / 16 段