Pero con esto sólo hacemos una constatación, y es la de que la

inducción la fundamos en el conocimiento de la causa de los hechos

particulares. Pero una cosa es lo que hacemos y otra cosa es la

legitimidad de lo que hacemos. Inducimos fundándonos en el conocimiento

de la causa de los hechos; pero, ¿con qué derecho lo hacemos?

He ahí el problema de la legitimidad de la inducción.

Este problema es insoluble para el dogmatismo. A pesar de las pruebas

de ingenio que se han dado en este sentido, de nada han valido las

proezas realizadas para fundar la legitimidad de la inducción. Y sin

embargo nada más fácil de legitimar cuando se tiene en cuenta el

sentido pragmático de los términos en el razonamiento. Se legitima

por la identidad de los términos sustituídos cuando se sustituye a lo

particular lo general. Veamos cómo puede ser esto.

Cuando afirmo en general lo que he constatado como causa del hecho

particular, no digo nada nuevo, digo lo mismo de lo mismo. En la

comprobación de la muerte de Juan a causa de la herida sufrida en el

corazón, hago más y hago menos que comprobar la causa de la muerte

de Juan. Hago menos en este sentido, de que no constato la causa

de la muerte de Juan en toda la complejidad del concepto dogmático

de Juan. La muerte del Juan cuya causa constato, no es la del Juan

padre de familia, o del Juan persona honesta, o del Juan versado en

conocimientos astronómicos, sino simplemente del Juan cuyo sistema

circulatorio depende de la integridad de su corazón. El Juan de cuya

muerte constato la causa es el Juan organismo vital con un sistema

circulatorio determinado. Y en la constatación de la muerte de Juan

hago más que constatar la causa de su muerte, porque afirmo la causa

de la destrucción de los organismos construídos sobre el tipo del que

él presenta. No es la causa de la destrucción del organismo de Juan

en cuanto es de Juan, sino la destrucción de un organismo de un tipo

determinado. Ahora bien; cuando generalizamos procedemos de la misma

manera al referirnos a los demás hombres. Al decir que los demás

hombres morirán si se les hiere en el corazón, no pensamos ni en la

extensión del concepto hombre, ni en todas sus diversas características

que determinan su comprensión. No es al hombre en cuanto racional que

se generaliza, no es al hombre en cuanto animal que prepara su comida,

que pensamos, sino al hombre organismo de tal tipo. Ahora bien; como

en la comprobación de la muerte de Juan sólo hemos visto al organismo

de tal tipo, al afirmar en general no hacemos sino decir lo que hemos

constatado en particular, es decir, que el organismo de tal tipo muere

si se le hiere en el corazón.

Así es como el principio de identidad es el fundamento que legitima

la inducción, de la misma manera que legitima las otras formas del

razonamiento. Por eso hemos dicho, al ocuparnos del razonamiento

crítico, que éste es único en sus tres formas: matemática, inductiva y

deductiva. Razonar es sustituir términos idénticos. En el razonamiento

matemático la identidad se manifiesta en la igualdad de los términos;

en el razonamiento deductivo aparece oculta en la subordinación de la

especie al género; en el razonamiento inductivo hay que desentrañarla

en la determinación de la causa.

La determinación de la causa justifica, pues, la inducción en cuanto

permite fundarla en el principio de identidad.

La determinación de la causa es así fundamental para legitimar la

inducción. Y la legitimidad de la inducción supone en consecuencia la

posibilidad de determinar la causa. Si no se pudiesen determinar las

causas de las cosas, la inducción no sería posible, y no podríamos

aceptar las generalizaciones fundadas en ella, es decir, casi todas las

leyes de la naturaleza.

De ahí la importancia que tiene para la ciencia la discusión acerca de

la existencia de las causas y de la posibilidad de determinarla.

III.--LA CAUSA COMO PRINCIPIO CRÍTICO

Causa, en lenguaje corriente, es una cosa o un hecho cuya presencia o

ausencia impone la presencia o ausencia de otra cosa o hecho que se

llama efecto. La idea de causa implica la de acción o eficiencia de la

causa sobre el efecto. Pero la noción de causa no es sensible. Vemos

sucesiones; mas no la acción del antecedente sobre el consecuente.

La noción de causa tampoco es inteligible. Tiene contradicciones

intrínsecas que no es posible resolver. La causa es un concepto

relativo. No se concibe la causa sin efecto. Pero si es relativa le

está en cierta manera subordinada, y en este caso ¿cómo hablar de

dependencia del efecto a la causa? Por otra parte la causa no se puede

concebir ni como anterior ni como coetánea del efecto. Si desapareciera

antes de producirse el efecto, no existiría la acción de la causa sobre

el efecto; pero, si fueran coetáneos, ¿cómo determinar la causa?;

¿quién sería el que acciona a quién?

La afirmación del concepto de causa, como concepto real, ofrece

obstáculos al parecer insuperables, y las ciencias, a fin de no cargar

con concepto tan difícil de justificar, tienden a eliminar su uso y

a sustituirlo por otros que, desempeñando las mismas funciones, no

presenten tan graves dificultades. Y así es como renunciando a la

investigación de las causas primeras de las cosas, ven un sustitutivo

en los conceptos de función y energía.[22]

La noción de causa como concepto real, es difícil de defender, y si

la lógica inductiva tuviese que esperar que terminaran las disputas a

que ha dado lugar su aceptación, para poder constituirse, deberíamos

decir con S. Mill que sería de desesperar el poder adoptar una buena

teoría de la inducción. Salvo que dijéramos, también con Mill, que

afortunadamente la ciencia de la investigación de la Verdad por la

vía de la Prueba, es independiente de las controversias que perturban

la ciencia del espíritu humano, y que no es necesario proseguir el

análisis de los fenómenos intelectuales hasta ese último límite que

sólo puede contentar a un metafísico.

Pero no creo que sea necesario cortar la dificultad como lo hace Mill

a la manera de Alejandro el nudo gordiano. La noción de causa como

concepto real ofrece evidentemente dificultades insuperables. Pero creo

que procediendo pragmáticamente se puede orillar la dificultad en la

teoría de la inducción. Y para esto tenemos que hacer una distinción

análoga a la que hicimos al considerar los principios generales de

todo razonamiento, los de identidad y de contradicción. En éstos

distinguimos el principio crítico del concepto real. Y en la causa

tenemos que hacer igual distinción. Una cosa es el concepto metafísico

de la causa realizada en los objetos y otra cosa es el principio

crítico fundamento de la inducción.

La causa como principio crítico es la necesidad subjetiva de afirmar

la relación de causalidad entre dos fenómenos, necesidad que se funda

en el postulado del determinismo universal por una parte y en la

imposibilidad por la otra de referir la producción del fenómeno a otro

antecedente que no sea el que calificamos de causa. Como principio

crítico sólo tiene valor subjetivo, a diferencia del concepto real que

afirma la existencia de la correlación. Como principio crítico tiene

sólo un valor instrumental. Y este valor dependerá de su eficacia.

La afirmación de la causa tiene el mismo valor instrumental que la

afirmación de la identidad y de la contradicción en los razonamientos.

Estos, como conceptos reales, ofrecen los mismos inconvenientes. Lo

sensible no ofrece ejemplos ni de identidades ni de contradicciones,

e inteligiblemente son también inconcebibles; pero tienen valor

instrumental, y en este sentido son eficaces, y por eso los afirmamos.

Esto que para nosotros los escépticos no presenta dificultades,

naturalmente no puede ser admitido por un dogmático.

La noción de causa, como la de identidad y de contradicción, vale como

principio crítico; pero a diferencia de aquellos principios que se

afirman intuitivamente, la noción de causa supone una inferencia. La

necesidad en que se encuentra el espíritu humano de afirmar la relación

causal entre dos fenómenos, proviene de la imposibilidad de explicar

en otra forma la sucesión o la coexistencia entre ellos. La relación

causal no está dada en la observación, a diferencia de la identidad y

de la contradicción. La contradicción de que un negro sea blanco es

intuitiva, como lo es la identidad del color de las diversas partes de

una pared blanca. Pero la constatación de una relación causal nunca

puede resultar de la intuición sensible. La relación causal no es

perceptible. Es imposible ver la acción de una cosa sobre la otra: “por

ejemplo, la acción de una billa sobre la otra; la acción de la luna

sobre el mar. Hume lo ha demostrado, y nadie lo ha contradicho. Así,

pues, la observación no puede constatar la causa; aunque tuviéramos los

ojos de Argos o microscopios que aumentaran un millón de veces, no se

vería a este respecto más de lo que vemos” (Rabier).

La afirmación causal es el producto de una inferencia. Si dos hechos

se suceden de modo que la aparición de uno determina la del otro y

no viceversa, y si entre ellos no se interponen otros hechos u otras

cosas, sentimos la necesidad de afirmar la relación causal, la que se

funda así: 1.ᵒ en la existencia de un presupuesto: el de que los hechos

no se producen sin causa; y 2.ᵒ en una constatación: la de que no

existen otros antecedentes que el que se afirma como causa.

La noción de causa como principio crítico sólo afirma un estado

subjetivo, lo mismo que el principio de identidad y de contradicción.

Pero, a diferencia, de éstos, que se fundan intuitivamente, la

noción de causa supone una inferencia que la afirme, fundada en un

postulado invariable que es el principio de causalidad o determinismo

universal, y en una constatación de hecho, la de la ausencia de otros

antecedentes, es decir la coincidencia solitaria de la causa con el

efecto. El valor de la afirmación de una causa depende, por lo tanto,

del valor del postulado y de la legitimidad de la constatación.

Veamos, pues, el valor del principio de la casualidad primero, y luego

determinemos la manera de proceder para establecer la coincidencia

solitaria entre los dos fenómenos.

IV.--EL PRINCIPIO DE CAUSALIDAD COMO POSTULADO DE LA INFERENCIA CAUSAL

El determinismo universal es un postulado crítico, un principio del

razonamiento real, como el principio de identidad y el de contradicción

lo son de todo razonamiento, tanto real como ideal. La ciencia de lo

real no sería posible si se negara el principio de causalidad, porque

este es el fundamento de la afirmación de la causa, y la determinación

de la causa es el fundamento de la inducción. Renunciar a él sería

renunciar a la crítica científica en materia de conocimientos reales y

afirmar el derecho a la arbitrariedad.

Esa es su función lógica. Tiene, además, una función psicológica:

es uno de los fundamentos y el que da direcciones principales a la

curiosidad humana. La creencia de que todas las cosas tienen una

causa es lo que impulsa el pensamiento del hombre. A ella obedece

inconscientemente el salvaje, cuando supone un genio en cada objeto

para explicar sus cambios y movimientos. El conocimiento de ciertas

fuerzas naturales y la reducción consiguiente de los fenómenos, limita

la intervención de los espíritus y nace el politeísmo. La concepción

de la posibilidad de un principio universal de la naturaleza, evita la

necesidad de la diversidad de dioses para su explicación y la noción

de Dios se conserva como la de un primer motor, en la argumentación

de los teístas contra los sabios materialistas que aun no han podido

determinar la causa primera que podría suplirlo. Y lo mismo que en

esta dirección general de la ciencia, en las cuestiones particulares

siempre es el sentimiento del determinismo, de la creencia en la

existencia de una causa, lo que impulsa las investigaciones.

La función de este principio es así enorme en las ciencias. Para

nosotros los escépticos es un postulado, como lo son los principios

de identidad y de contradicción. Y la legitimidad de su afirmación

resulta de su valor instrumental. La ciencia lo exige, y la utilidad de

la ciencia para el hombre es lo que en definitiva le da razón de ser.

La utilidad de la ciencia justifica así el principio en que ella se

funda y determina a su vez los límites de su legitimidad. La ciencia

ha demostrado su utilidad en la explicación de nuestra experiencia,

y dentro de este límite, en consecuencia, el principio de causalidad

se justifica; pero, si pretendiera franquearlo, nuestro escepticismo

tendría que detenerlo. Su legitimación en el campo de la metafísica

requeriría la previa determinación de la utilidad de las soluciones que

hubiese permitido alcanzar.

La aceptación del carácter axiomático o de presupuesto con que

podemos afirmarlo los escépticos, no es compatible con el punto de

vista dogmático, porque ese principio no tiene los caracteres de las

verdades axiomáticas, ni siquiera la evidencia requerida para poder

afirmarlo como postulado. De no probarse la verdad del principio,

habría que afirmar su carácter hipotético; pero esto sería dar razón al

escepticismo, ya que ese carácter hipotético se extendería a toda la

ciencia de lo real, que no podría tener más valor que el que tiene su

fundamento. Por eso es que los dogmáticos se han esforzado en fundar

la legitimidad del principio de causalidad universal; pero sólo han

conseguido dar explicaciones psicológicas. Los empiristas pretenden

que el fundamento del principio está en la experiencia. Pero es fácil

demostrar que la experiencia nunca nos ha puesto en presencia de la

_necesidad_ que implica el principio de causalidad. Hume lo ha probado.

La experiencia sólo nos presenta sucesiones; pero no da cuenta de la

necesidad de la sucesión. Empíricamente, sólo se puede explicar el

sentimiento de espera del efecto, por la costumbre de ver unidos los

dos fenómenos. Pero esa costumbre, como lo ha demostrado Kant, no puede

justificar la seguridad de la espera. De que siempre un fenómeno haya

seguido a otro, no se puede concluir que siempre lo tenga que seguir.

Por eso Kant pretende justificar el principio en otra forma. También

buscan los empiristas un fundamento genético; pero no en la materia

de la experiencia sino en la constitución del espíritu humano. El

principio de causalidad es un principio a priori del entendimiento.

Forma parte de la constitución mental, y en consecuencia no se

puede hacer de menos que ver las cosas a través de esta categoría

fundamental. Pero la explicación de Kant no sólo no justifica el

valor objetivo del principio sino que para no postular el principio

de causalidad tiene que postular la constitución del espíritu humano.

Es querer desalojar una hipótesis con otra hipótesis, y sustituir a

una dificultad otra mayor. Como lo dice Rabier, en la exposición clara

e interesante que hace de esta cuestión, sólo el idealismo absoluto

podría dar certeza dogmática a este principio; pero ¿en dónde estarían

las pruebas del idealismo absoluto?

Las dificultades con que tropieza el dogmatismo para querer fundar el

principio de causalidad, no lo son para el escéptico. Este se atiene

a sus propias fuerzas y no pretende sobrepasarse. Sabe que la certeza

está fuera de nuestro alcance y modestamente se satisface con aquello

a que nuestras fuerzas llegan. La verdad dogmática nos está vedada,

y se resigna a conseguir conocimientos útiles para la dirección de

nuestra conducta. El principio de causalidad ha hecho sus armas y la

utilidad de su aplicación en la investigación científica es fundamento

suficiente para que le reconozcamos en su carácter de principio

director de la ciencia. Tiene toda la verdad que nuestro escepticismo

reconoce: su utilidad repetidamente constatada y jamás desmentida en la

dirección de la crítica y de la investigación científica.

Pragmáticamente el principio de causalidad se legitima por su valor

instrumental, y se justifica en definitiva por el valor de la ciencia

para la dirección de la conducta. Tal es el fundamento de la base

invariable en que se funda la determinación de la causa. Pasemos a

considerar la manera como se determina la segunda base de la inferencia

de la causa: la determinación de la coincidencia solitaria entre el

antecedente y el consecuente.

V.--LA CONSTATACIÓN DE LA COINCIDENCIA SOLITARIA COMO BASE EXPERIMENTAL

DE LA INFERENCIA CAUSAL

La segunda condición para poder inferir una relación de causalidad en

la sucesión o coincidencia de dos fenómenos es la imposibilidad de

que el efecto tenga otro antecedente. Pero, ¿cómo se puede fundar la

coincidencia solitaria entre los dos fenómenos?

Si los fenómenos, dice Rabier, se presentaran en una sucesión lineal,

siguiendo cada secuente a un solo antecedente, la relación de

causalidad resultaría de esa coincidencia solitaria. Pero es el caso

de que en la experiencia la sucesión de los fenómenos nunca se nos

aparece así. Suelen aparecer antecedentes y consecuentes confundidos en

masas conjuntas, sin que podamos decir en qué relación individual se

encuentran unos con otros.

A pesar de esto, dice también Rabier, sería con todo posible realizar

experimentalmente la coincidencia solitaria, si siendo todopoderosos

como el Creador, nos fuese posible realizar en algún rincón del

universo una especie de vacío absoluto impenetrable a toda influencia

de las partes adjuntas a los fenómenos: podríamos excluir todos los

antecedentes a los que no siguiera la aparición del fenómeno; pues, en

ese caso habríamos realizado la coincidencia solitaria.

Pero esto tampoco es posible realizarlo. La realización experimental

de la coincidencia solitaria es imposible. No es posible aislar todos

los antecedentes y todos los consecuentes. Hay antecedentes variables

que es posible excluir; pero, hay antecedentes invariables que no es

posible modificar, ni excluir. Y entre estos antecedentes invariables

algunos son causas permanentes, otros son simplemente efectos de la

coligación de causas, otros son efectos de la misma causa que produjo

al consecuente, y por último entre esos antecedentes suele haber causas

concurrentes del consecuente.

No es mi propósito hacer una exposición de la lógica inductiva que

no tendría razón de ser, ya que nada tengo que agregar y muy poco

que rectificar a lo que S. Mill ha expuesto en su tratado de Lógica.

No tengo más propósito que hacer resaltar su sentido, que no siempre

aparece suficientemente definido, y sobre todo indicar la posición

que ocupa en la teoría de la ciencia que he expuesto en artículos

anteriores de esta Revista. Dado mi propósito es hasta conveniente que

no me detenga en los detalles y de que pase superficialmente una mirada

de conjunto sobre el asunto que voy considerando. Por eso en este lugar

me refiero al interesante capítulo de S. Mill sobre la determinación

de las causas. Aquí me reduzco a afirmar la imposibilidad de realizar

experimentalmente la coincidencia solitaria.

No es posible realizar experimentalmente la coincidencia solitaria.

¿Quiere esto decir que la determinación de las causas de las cosas

no sea posible? Esa sería la solución a que deberíamos llegar si

el espíritu humano no hubiera encontrado el medio de salvar esa

imposibilidad. Ha sido gloria de Bacon encontrarlo: “Cierto es que no

es posible ni separar ni unir por el fuego de la naturaleza; pero, sí

lo es con la mente que es como fuego divino”. No es posible excluir los

antecedentes experimentalmente; pero, la fuerza de la lógica lo puede

realizar. La coincidencia solitaria se determina idealmente.

¿Pero, como se ha podido alcanzar ese resultado? ¿Cómo es posible

realizar idealmente lo que no se puede hacer experimentalmente? Ese

resultado se alcanza por medio de los llamados métodos experimentales

para determinar la causa, que concebidos por Bacon, han sido

definitivamente determinados por S. Mill.

Estos métodos son cinco: el de concordancia, el de diferencia, el

método combinado de concordancia y diferencia, el de resíduo y el de

variaciones concomitantes.

La aplicación de estos métodos supone la previa determinación de los

antecedentes y de los secuentes. Se basa en las tablas de presencia y

de ausencia. Cuando se trata de determinar la causa de un fenómeno,

hay que empezar por observar las condiciones de su producción y anotar

cuidadosamente todos los antecedentes. Y de la misma manera respecto

de los diversos antecedentes, observar y anotar los consecuentes. Esas

observaciones permiten determinar los casos de presencia y de ausencia

de los diversos antecedentes y de los diversos consecuentes.

Hechas esas tablas es posible ver en ellas por la aplicación de los

métodos experimentales la coincidencia solitaria. Lo que no se podía

realizar experimentalmente, es decir, la separación de los antecedentes

y secuentes, se puede conseguir idealmente, eliminando los antecedentes

que en las tablas de presencia, muestran que pueden estar ausentes o no

variar, cuando el fenómeno secuente existe o varía, o bien, que pueden

haber estado presentes o variado cuando el fenómeno no se ha producido

o no ha variado. En cualquiera de esos casos se vé evidentemente la

falta de coincidencia entre los fenómenos, y en consecuencia, quedan

eliminados.

Ahora bien; si en ese proceso eliminatorio resulta un antecedente

que no se puede eliminar, que siempre ha estado presente cuando el

fenómeno se ha producido y que ha estado ausente en los casos en que

el secuente no ha existido, se dice que la concordancia de ausencia y

de presencia demuestra que ese es el único antecedente que puede ser

causa del fenómeno secuente. Taine trae el siguiente ejemplo: Se trata

de determinar la causa del sonido. Se observa los casos en que un oído

normal percibe sonidos. El sonido puede producirse con una campana,

con una cuerda que se hace vibrar, con un tambor que se golpea, con un

clarín en el que se sopla, con la boca y los pulmones en la voz humana.

En esas diversas observaciones lo único que permanece constante es

la vibración de un cuerpo sonoro que se propaga a través de un medio

hasta llegar al aparato auditivo. Esta vibración transmitida es el

antecedente buscado.

Por el método de diferencia se llega al mismo resultado procediendo

no, como en el método anterior, por eliminación sucesiva de los

antecedentes no causales, sino por eliminación conjunta de todos los

antecedentes no causales, de la siguiente manera: Se observa que todos

los antecedentes que existían antes de producirse el fenómeno siguen

subsistiendo en el momento de su producción, excepción hecha de uno

que se ha agregado o que se ha quitado. Si los antecedentes presentes

en el momento de la aparición del fenómeno existieron con anterioridad

sin producirlo, demuestra esto, que no son la causa del fenómeno, y

eliminados solo queda como antecedente solitario el fenómeno agregado

o suprimido. Por ejemplo el que camina tranquilamente por la calle y

cae muerto por un balazo, la coincidencia solitaria entre la muerte y

el balazo resulta de la consideración de que todos los antecedentes que

acompañaron al balazo, existían el segundo anterior en que se produjese

el hecho, y que en consecuencia no pueden haber sido la causa de la

muerte, puesto que en ese segundo anterior no la habían producido.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 9 / 16 段