La belleza reside, como en las otras formas, en el triunfo, en llegar a

la deducción o inducción, en intuir, en arribar a la teoría, principio

o ley. Como los sujetos sienten la belleza del fin que persiguen, es

muy común que se la atribuyan a los medios para llegar a ese fin. Sólo

así se explica que los naturalistas hablen de hermosos ejemplares de

acaroidios, de ofideos o de arácnidos, que un anátomo patologista

aluda a un lindo caso de tumor y que se hable de bellas colecciones de

casos teratológicos, de hermosas colas de panochtus o de hoplophurus,

y apliquen calificativos como bello, hermosísimo, precioso, etc., a

cosas de por sí evidentemente antiestéticas. Es que lo estético no

está en la cosa misma, sino en lo que permite construir esa cosa.

El vulgo, incapaz de apreciar lo último, ríe o queda estupefacto de

la aplicación de los adjetivos. Sólo por las reacciones estéticas

intelectuales se explica la existencia de individuos que se pasan días

enteros, semanas, meses, años meditando, o persiguiendo la solución

de un problema científico cualquiera. Sólo por el placer estético

intelectual se explica el afán de llegar a la meta, no sólo en los

hombres entregados a las ciencias, sino en todo aquel que ejercita sus

aptitudes intelectuales persiguiendo la explicación de un fenómeno de

carácter social o la discusión de un asunto de carácter moral, y le sea

indiferente o abandone por completo todo lo que para la generalidad

es estético. Estos sujetos son excepcionales, y en ellos, los agentes

de las reacciones estéticas comunes, no los hacen reaccionar. No

encuentran belleza donde la enorme mayoría goza y si la encuentran

siempre será débil, pues la estética intensa, para ellos, está en

la elaboración superior. De ahí que sienten plaza de raros, porque

en realidad lo son, pero son raros como sinónimos de excepcionales,

y son raros, en el concepto de salir de la norma general, lo que se

interpreta como sujetos inexplicables, ridículos o cuasi ridículos.

En la mujer sólo como rarísima excepción se encontrarán casos que

invadan el terreno de la estética intelectual y una de las causas

primordiales está en su reducido vuelo de la imaginación creadora,

siendo la mujer más perceptiva que imaginativa y más sentimental que

imaginativa.

En la filogenia, la estética intelectual es reciente, si se compara con

los otros géneros de estética, y el período histórico sólo nos habla de

reducidísimo número de sujetos intelectualmente superiores, que son los

que reaccionan a la estética intelectual, en cada época. Si la estética

motriz o las reacciones estético-motrices son un carácter específico;

las sensorias, étnico; las sexuales, de pueblo; las intelectuales, han

sido en todo lo que conocemos, un carácter puramente individual.

De ese modo, si en la filogenia las reacciones estético-intelectuales

se nos presentan como un carácter individual, no podemos ni siquiera

hablar de ellas en la ontogenia, y sólo afectarán al sujeto excepcional

de que se trate. La filogenia de la estética intelectual está, pues,

en formación; sólo con el andar de las generaciones, cuando se haya

convertido siquiera en carácter de pueblo, se podrá hablar en la

ontogenia de la mencionada estética, como reproducción de un carácter

adquirido en la filogenia.

Claro se ve que la estética del pensar, no puede aparecer sino con

la capacidad de pensar de acuerdo con la edad. Pero en esto, como se

trata de un carácter individual, no se puede invocar la ley de herencia

homocrona y las variaciones en los sujetos son muchas; mientras Pascal,

por ejemplo, fué muy precoz, Darwin no lo fué tanto. Algunos grandes

hombres manifestáronse tales desde temprana edad, otros en la edad

madura.

Derivando los sentimientos estéticos de los éticos, la estética

intelectual proviene de la ética intelectual. Pero la estética

intelectual (así como la estética sexual, eminentemente sentimental,

conducía a la religión sentimental) conduce a la religión intelectual o

a los sentimientos religiosos de origen intelectual.

El esteta intelectual con su gran aptitud de razonar, buscando el

origen de las cosas, las causas de todos los fenómenos, en su afán de

síntesis, no pudiendo poner límites o vallas a su aptitud, vuela hacia

esas síntesis o esa síntesis que la encuentra como la causa primera más

razonable y cree, por convencimiento en la Naturaleza, o en la Fuerza,

o en la Materia, o en la Verdad, etc., etc., que son otros tantos

dioses de origen intelectual. Así los hay partidarios o religiosos de

las leyes de la Naturaleza (politeístas) de la Energía, de la Materia,

del Absoluto (monoteístas), etc. No tienen religión determinada, pero

han construído su edificio personal, en el que creen con toda buena fe,

con toda sinceridad, sin sospechar siquiera que están abiertamente en

el campo religioso. Claro es que sus dioses o su dios carecen de forma,

de dimensión, etc., no tienen los atributos de los dioses primitivos,

pero son siempre la causa. No existe culto externo, ni prácticas

religiosas, pero sí el convencimiento. Decir que no existe Dios y que

todo se explica por la Evolución, es decir que la evolución es Dios:

sostener que la energía es la causa o el origen de todo, es cambiar

la palabra Dios, por energía. No hay en verdad grande originalidad en

el asunto, porque el Dios único, causa u origen de lo estático y de

lo dinámico, de la materia, de la fuerza, de todo el mundo fenomenal

conocido y desconocido, ha tiempo fué concebido. La única verdad que

hay en todas estas intentonas, es el hecho de querer penetrar en

explicaciones que aparentemente aproximan al hombre a esa causa única.

Los sujetos que invocan como causa a la Naturaleza y sus leyes, a la

Materia, a la Energía, etcétera, y que se dicen ateos e irreligiosos,

no han hecho más que no tener prácticas externas y substituir el nombre

de Dios por la causa invocada. El irreligioso no se preocupa nunca en

buscar la causa primera, busca, si es tipo de labor mental, la causa

inmediata, si la encuentra trata de inquirir la causa de esta causa,

sin lanzarse en hipótesis, si no la encuentra, es decir, su espíritu

no está ávido del conocimiento que no pueda adquirir experiencial o

experimentalmente. El antirreligioso, en general lo es, para imponer su

insospechada religión; él cree de buena fe no tenerla y en realidad no

la tiene por la falta de coherencia, de cuerpo, de doctrina, pero todas

sus creencias que se arraigan con profunda fe, lo hacen en general un

fanático. Esto ocurre con suma frecuencia: son los que más combaten el

fanatismo y a título de libres pensadores tratan de coartar la libertad

de pensar.

Los verdaderamente religiosos psicológicamente se aproximan muchísimo

siempre que sean sujetos superiores; lo que aleja en religión a los

sujetos, son las prácticas religiosas, la mediocridad que interpreta o

la inferioridad.

La decadencia de las religiones, estriba más que en nada, en la

pertinacia de querer explicar por las causas primeras lo que debe

explicarse, porque puede explicarse sin recurrir a ellas, por apegarse

a sus prácticas, por hacerse rutinarios y no evolucionar paralelamente

a las ciencias. El sentimiento religioso requiere cada vez más la base

intelectual. El afán de lo ignoto conduce al sentimiento religioso,

pero no comenzará el sentimiento religioso sino en el límite superior

de lo racionalmente explicable.

El hombre de ciencia es, en general, irreligioso mientras no invada el

terreno de lo metafísico y pueden considerarse como raras excepciones

los que no lo intentan siquiera. Lo común es que hombres de ciencia que

se han declarado enemigos acérrimos de la metafísica, se debatan en

plena metafísica y sostengan que su metafísica no es tal por tomar como

punto de partida bases eminentemente positivas. La verdad es que la

mente humana en su afán de volar no reconoce vallas y que por caminos

muy diversos se vuela a lo ignoto. Los que sostienen que ha pasado

la época de la metafísica y que no volverá más, están en un grave

error; es la metafísica antigua la que ha pasado y dió su cosecha; los

adelantos en materia científica no hacen más que desplazar más adelante

a la metafísica; cada arremetida, la empuja más allá, pero ella

conserva los más vastos dominios donde tanto suelen recrearse los que

más impugnan a la vieja metafísica. Ella existirá mientras existan los

problemas de lo desconocido; cuando mucho de lo desconocido actualmente

sea conocido, ese lote de la metafísica habrá ingresado al dominio de

lo positivo y desde allí se tendrá en frente el campo de la metafísica

futura tentando constantemente a la inteligencia a hacer incursiones

por sus vastos dominios.

¿QUÉ SON ESPACIO Y TIEMPO?

Por J. LAUB[7]

_A Alberto Einstein, en el XL aniversario de su natalicio._

“Consuetudine oculorum assuescunt animi, neque admirantur,

neque requirunt rationes earum rerum, quas semper vident”.

Cicero: _De Natura Deorum_.

INTRODUCCION

1. Si me hubiera atrevido hace veinte años a hablar del espacio y

tiempo, habría tenido primero que justificar mi invasión en el sagrado

templo de la metafísica. Pero en la última década la situación ha

cambiado totalmente, y al tratar hoy como físico la cuestión del

espacio y tiempo, estoy como en mi casa. En efecto, las investigaciones

de _Einstein_ y _Minkowski_, basadas en la _física experimental_, han

dado al mencionado problema una solución general que conservará en

todo caso siempre su valor para la crítica del conocimiento y para la

metafísica.

2. Estudiando la evolución de las ciencias exactas, llama la atención

que el físico “ex officio” se haya ocupado relativamente poco en el

siglo XIX de la cuestión que nos interesa, aunque espacio y tiempo

constituyen el edificio en que todos los fenómenos físicos tienen

lugar. Mientras que el número de las publicaciones metafísicas sobre

el problema del tiempo y del espacio es casi inmenso, la mayor parte

de los físicos apenas han dedicado algunas investigaciones a estos

conceptos tan fundamentales.

Cierto es que encontramos ya discusiones sobre tiempo y espacio en el

tratado de Newton: “_Philosophiae naturalis principia mathematica_”,

aquella obra maravillosa que todavía hoy es una joya del pensamiento

humano; cierto es que _Ernesto Mach_ y _Henri Poincaré_ se ocuparon muy

extensamente del espacio y tiempo; sin embargo ninguna investigación

ha provocado en las esferas filosóficas y en las ciencias exactas un

cambio tan radical como la _teoría de la relatividad_ introducida por

_A. Einstein_ en el año 1905.[8]

3. El fundamento de este cambio hay que buscarlo, según mi juicio,

en el hecho de que con la teoría de la relatividad se produce una

verdadera revolución en nuestros conceptos y nuestras opiniones

anteriores, una revolución que podemos, según el ilustre físico

_Planck_, comparar únicamente con la que provocó en la astronomía el

sistema de _Copérnico_.

Pero esta no es la única causa. Sabido es que los físicos son muy

críticos y no se dejan engañar con especulaciones interesantes e

ingeniosas. También algunas obras metafísicas contienen disertaciones

muy finas que pretenden derrumbar todo lo pasado, sin embargo, el

investigador de las ciencias exactas, orgulloso y frío, deja de lado

esos trabajos, sin tomarlos en cuenta. _Lo nuevo y lo maravilloso en

la teoría de la relatividad consiste en lo siguiente: A. Einstein

partiendo del experimento, demuestra que los hechos reales nos obligan

a transformar nuestras ideas del espacio y tiempo._ Pero no es sólo

eso. Las nociones modificadas por la nueva teoría nos permiten

explicar una serie de hechos que han originado para las otras teorías

físicas dificultades invencibles. Además, apoyándose sobre un nuevo

concepto del espacio y tiempo, se puede prever, sirviéndose de métodos

_puramente analíticos_, algunos fenómenos accesibles al experimento,

teniendo de esta manera la posibilidad de dilucidar la verdad de

nuestra teoría. _La gran diferencia entre las teorías filosóficas

del espacio y tiempo y entre la teoría de la relatividad, consiste

entonces en que la última se funda en el experimento, permitiendo una

comprobación cuantitativa._

4. La mayor parte de los metafísicos se apoyan en sus consideraciones

en el razonamiento, muy raras veces en la observación y experiencia,

casi nunca en el experimento. Esta es la causa de que los resultados

obtenidos por los metafísicos apenas se aplican a la realidad cuando ya

chocan con contradicciones. No es raro el caso de que la metafísica,

teniendo exagerada fe en la omnipotencia del pensamiento, llega _ad

absurdum_. Por eso se entiende que ella ha perdido su autoridad entre

los representantes de las ciencias exactas, hasta el punto de ser

considerada como completamente superflua e inútil.

Pero con mucha frecuencia también los naturalistas cayeron en errores

muy extremos, considerando sus métodos y resultados como infalibles, en

la creencia de que se encontraban en el seguro terreno del experimento.

Tuvieron la convicción de haber expulsado de su imperio todo lo

trascendental y que en sus conclusiones jamás traspasaron los límites

de lo que es dado por la experiencia.

Constituye el gran mérito de _Ernesto Mach_ el haber llamado la

atención acerca de que entre los conceptos fundamentales de física

hay muchos restos de origen metafísico, que deben ser forzosamente

eliminados. Sin embargo, ningún sabio se animó a sacudir con tanta

sagacidad y con tanta audacia los pilares de las ciencias físicas como

_Einstein_, quien empezó sus investigaciones con la siguiente sencilla

pregunta: ¿cómo se miden en física el tiempo y el espacio?

5. Tocando ya en esta ocasión la célebre pregunta de si hay _un espacio

absoluto_, si existe un _tiempo absoluto_, tenemos primero que aclarar

algo que nosotros comprenderemos con la palabra “_existe_”. “_Existe_”,

por ejemplo: “existe un átomo”, equivale a haber introducido este

concepto en las ciencias, basándonos en el experimento: sabemos algo de

las propiedades del átomo, conocemos su reacción bajo las influencias

físicas y químicas; no podemos _por el momento_ desistir de él y no nos

conduce a la contradicción con la experiencia.

_¿Y qué dice la palabra “absoluto”?_ Hablando del espacio _absoluto_

¿queremos quizás expresar que él existe _en sí y por sí_, independiente

de nosotros, independiente de nuestras observaciones y medidas? Pero

en este caso el problema del espacio absoluto y tiempo absoluto

coincidiría con el problema del objeto “_en sí_”, que difícilmente

provocará mucho entusiasmo entre los físicos.

6. Con estas palabras indico el objeto de mis conferencias y revelo

mi modo de pensar respecto de este asunto. Desde luego podría entrar

ya en el campo de las ciencias físicas y empezar con el ensayo de

un _tratamiento sistemático_[9] _de los conceptos fundamentales de

tiempo y espacio, tema principal de estas conversaciones._ No tomo,

sin embargo, este camino y me traslado primero a los dominios de

las especulaciones metafísicas, haciéndolo intencionalmente por las

siguientes razones:

El problema de tiempo y espacio interesa no solamente al naturalista

sino también al _filósofo_. Es una cuestión en la cual se ocupa el

cerebro humano desde los tiempos más remotos hasta hoy día, librando

verdaderas batallas, a las cuales se podría aplicar con una cierta

ironía las palabras de Mefistófeles:

“¡Ay, en verdad te lo digo,

yo que centenares de años

estoy royendo y royendo

el fruto indigesto y áspero!

¡Ay, en verdad te lo digo!

De la cuna al Camposanto

digerir no puede el hombre

la levadura de antaño”.

En la lejana antigüedad, en la Edad Media, en la época la más moderna,

se afirma, se comprueba, se niega que haya un tiempo absoluto, que haya

un espacio absoluto. Los métodos de investigación cambian, se llega a

distintos resultados; sin embargo, creemos no equivocarnos comparando

la evolución de nuestro problema de disputa con _el movimiento sobre

una espiral, pues en el fondo llegamos siembre al mismo punto, pero

situado un poco más alto_.

Una historia análoga recorren las otras nociones fundamentales de las

ciencias físicas, lo que trataremos en otra oportunidad.

Un ejemplo ilustrará lo dicho. Es sabido que ya _Leukippos y

Demócritos_ han introducido el concepto _átomo_ en las ciencias.

Según ellos el universo consiste en pequeñas partículas indivisibles

(_átomos_), que son de la misma cualidad y se distinguen únicamente por

su _forma_, _tamaño_ y _posición_, (_diferencias geométricas_). Hoy

día la hipótesis atómica es el fundamento de las ciencias naturales,

pero el átomo moderno de _J. J. Thomson_ o de _Bohr_, aquel aparato

complicado, en cuyo mecanismo penetramos cada día más, es _muy

distinto_ del átomo de Demócritos y tiene una existencia asegurada en

una enorme cantidad de hechos experimentales.

Tenemos, pues, que considerar de suma importancia, ocupándonos

de cuestiones tan primordiales como las de tiempo y espacio, el

_conocimiento y la crítica de las opiniones de otros sabios_; debemos

consultar la historia, aquella grande maestra de investigación, pues de

esta manera podremos también apreciar mejor _las grandes ventajas_ y el

_enorme progreso_ de _las teorías modernas_.

Pero esto implica ya tácitamente que bajo ninguna condición podemos

_dejar de lado a la filosofía_, porque en lo que hemos heredado de

los griegos no se puede separar las ciencias exactas de la filosofía

y hasta en los tiempos modernos sería muy difícil trazar un límite

entre los investigadores de ciencias exactas y filosóficas, cuando nos

encontramos en los campos limítrofes de las nociones fundamentales.

CAPITULO I

TIEMPO Y ESPACIO EN LA CIENCIA GRIEGA Y ROMANA

7. Tiempo y espacio ocupan desde los primeros principios del

pensamiento al espíritu humano, pues ya en las fábulas míticas

encontramos estos conceptos. Y así leemos en el primer libro de Moisés,

“y la tierra era desierta y vacía”.

_Pherekydes_ de Syros, introduce al Zeus, tierra y _tiempo_, como

elementos fundamentales para la evolución del universo.

Cuando el hombre llegó del fantástico mito a la ciencia, preguntó, no

solamente cuál es el fundamento _temporal_ del mundo, sino también cual

es su _esencia_. De esta manera surgieron la cosmología, la física, la

ontología, con los problemas del tiempo, espacio, materia, etc.

En general, en las primeras filosofías se identificaba el espacio

geométrico con el físico, especialmente cuando se llegó a la convicción

de que también el aire, anteriormente considerado como vacío, tiene

peso.

8. Estudiando la filosofía jónica, vemos que _Anajimandros_ atribuye

a su sustancia universal lo _infinito_ en el _tiempo_ y _espacio_;

la arché es lo ápeiron, distinta de todos los elementos conocidos en

aquella época, y sin embargo, con propiedades _corporales_.

_Pytágoras_ y sus discípulos consideran los números como formas legales

de todos los fenómenos, pero el _espacio_, el símbolo de la geometría,

es para ellos el _mediador_ entre el _número_ y la _naturaleza_. Parece

que la escuela pytagórica ha introducido en la ciencia griega el

concepto del _vacío_, aplicándole a los intervalos entre los sonidos.

8. _Los Eleatas_.--Discusiones _muy detalladas_ y bastante profundas

sobre la naturaleza del espacio y tiempo, encontramos por la primera

vez en la filosofía de los _Eleatas_.

Es sabido que el punto culminante de este pensamiento forma el concepto

del ser y el de la _unidad_ de todo lo que sucede. _Lo característico

de todos los representantes de esta escuela es la negación del

espacio_[10].

_Parmenides_, el más importante pensador eleata, en su poema “Sobre

la naturaleza”, afirma lo siguiente: Los sentidos no conducen a la

verdad, pues ellos nos engañan, indicándonos la multiplicidad y el

eterno cambio de las cosas; a lo _verdadero nos lleva la razón y el

pensamiento_, que reconoce “_el ser de lo existente como indispensable;

el ser del no-ser como imposible_”. La verdad está fundada en el

principio de que únicamente el _ser es_ y que el _no-ser no es_.

Podemos solamente pensar _en un ser, y no hay pensamiento sin el ser al

cual se refiere_. Según _Parmenides_, _pensar y ser es lo mismo. Mas el

espacio es un vacío, es un no ser, por esta causa él no puede existir_

(ni en el pensamiento).

El _ser_, según este filósofo, no tiene ni origen ni fin, es eterno,

inmóvil, _invariable_. Parece que él _duda de la existencia del

tiempo_. Y en efecto, ¿para qué servirá el concepto tiempo en un mundo,

_donde nada sucede en el tiempo, donde se niega la realidad a todos

los fenómenos temporales_? Para _Parmenides_, efectivamente, no puede

existir tiempo ni tampoco espacio, pues admitiendo su realidad, sería

lo mismo como afirmar que _es_ los que _no_ es.

Parecería, entonces, que el universo de _Parmenides_ debería ser

ilimitado e infinito. Sin embargo lo _real_ es, según él, algo

_extenso_ y que tiene la forma de una _esfera_. Es difícil concebir

esta rara deducción de _Parmenides_; quizás la simetría y el hecho de

que también la esfera no tiene ni fin ni origen, le indujeron a aceptar

esta forma.

9. _Melissos_, otro Eleata también, atribuye al _ser_ la extensión,

pero le saca todo lo _corporal_; además, le dota, no solamente de lo

_infinito_ en el _tiempo_, sino también en _el espacio_. “_Lo que es, era

en la eternidad, y será en eternidad. El ser debe ser también infinito

en su tamaño._” Este pensador hace, sencillamente el salto del infinito

en el tiempo al infinito en el espacio, introduciendo, en vez del

origen y fin _temporal_, los respectivos conceptos para el espacio.

En vista de que niega la posibilidad del movimiento, no admite tampoco

la _existencia del espacio_. “_El vacío es nada y una nada no puede ser_”.

A pesar de esto, según _Melissos_, existe en el universo una sustancia

que no tiene _nada de corporal_. “_Pues siendo “una” no debe tener

cuerpo. Porque si tuviera espesor tendría también partes y ya no sería

una unidad_”.

No podemos imaginarnos en qué consiste la materia mundial de este

filósofo, ni cuál es la diferencia entre aquella sustancia universal y

el espacio (vacío).

10. _Zeno_, el discípulo de Parmenides, según _Platón_, el fundador

del método dialéctico, trata de demostrar la imposibilidad del

espacio, tiempo (y también del movimiento), por medio de sus célebres

_perplejidades_, “aporias”.

La noción espacio la somete, además, a la siguiente crítica. Si todo lo

real (ser) está en el espacio, entonces también el mismo espacio,--si

no carece de realidad--debe encontrarse en espacio, es decir, en un

_segundo espacio_. Mas por la misma razón el segundo espacio debe estar

en un _tercero_, y así _ad infinitum_. No tenemos, según _Zeno_, otra

alternativa que aceptar estas consecuencias o negar la realidad del

espacio.

Las deducciones de _Zeno_, como de los otros filósofos de esta escuela,

son sofismas, son juguetes con palabras, son, en la mayor parte,

también equivocaciones lingüísticas, pues aplican los sustantivos para

designar todas las abstracciones posibles, identificándolas con hechos

y objetos _concretos_. Nosotros podríamos, por ejemplo, de la misma

manera, afirmar: todo lo real tiene lugar en el tiempo. Si el tiempo

es real, entonces, él también debe tener lugar en un tiempo, es decir,

en un segundo tiempo, etc. Mas podemos también decir: Todo lo real o

existente tiene existencia, si ésta no es una quimera, ella también

debe tener una existencia, es decir, una segunda existencia, etc.

11. Volviendo a las perplejidades, podemos decir lo siguiente: _Zeno_

llega en sus aporias (Achilles y la tortuga, la flecha volante, etc.)

a la conclusión de que tiempo y espacio son ideas imposibles, sino

queremos admitir contradicciones con la experiencia. Pero lo que él de

hecho demuestra, es la _imposibilidad de dividir el espacio y el tiempo

continuo en partes discretas_.

Por el momento nos interesa, especialmente, la aporia, en la cual trata

de evidenciar la relatividad (de la medida) del movimiento y se podría

agregar la relatividad (de la medida) del tiempo.

Tomo esta aporia de la obra clásica de _Gomperz_: “Pensadores griegos”,

modificándola para nuestros fines.

12. Sean tres coches (_A_, _B_, _C_,) de la _misma estructura_ y de la

_misma longitud_, por ejemplo, 10 m. El primer coche _A_, sea dotado de

un movimiento uniforme, rectilíneo, siendo su velocidad de 100 metros

por minuto; el segundo _B_ se encuentre en el estado de _reposo_; el

tercero _C_ tenga el _mismo_ movimiento con la _misma_ velocidad _como

A, pero dirigida en el sentido contrario_. El tiempo que el punto

inicial _I_ de _A_ emplea para llegar al punto final de _B_ será,

evidentemente, el doble de lo que necesita para alcanzar el punto final

del coche _C_ de la misma longitud. Preguntando ahora con qué velocidad

se mueve _A_, tenemos que dar una contestación contradictoria, según

sea que refiramos la velocidad al coche _móvil_ _C_ o al coche _B_ (en

reposo).

Se podría ahora agregar de nuestra parte que si un observador tomase

la velocidad del coche _A_ como fundamento para ajustar su reloj,

encontraría también distintos _tiempos_.

Este resultado lo consideró _Zeno_ como tan anormal y ridículo, que lo

ha tomado como la mejor comprobación de la _no_ existencia del tiempo,

espacio y movimiento.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 6 / 16 段