Yo creo que uno de los hechos que más ha afirmado la creencia de

un progreso general, a pesar de los retrocesos regionales o de

factores aislados, es la conquista sucesiva de la Humanidad sobre la

Naturaleza, es decir, el método experimental que dió sostén sólido a la

ciencia. Esta se aplicó a la industria que trasforma constantemente las

cosas en el sentido de su mayor utilidad humana. Estas trasformaciones

objetivas se han impuesto. El progreso subjetivo de las ideas era menos

discernible, ya porque está fuera del contralor de la mayor parte

de las gentes, ya porque su mezcla y confusión por los sofistas de

todos los tiempos que hacen juegos malabares, aparentan muchas veces

estacionamiento o retroceso.

El progreso de las cosas derivadas del progreso de las ideas, ha

producido a su turno el desenvolvimiento de éstas, que se apoyan así

en una comprobación externa. El progreso se realiza por inventos

sucesivos, dice Pasteur. Cada nuevo invento demuestra un mayor dominio

del hombre sobre el universo cósmico y social, y nos da la perspectiva

de que ese dominio será ilimitado. Cada vez que un eminente genio ha

afirmado una imposibilidad en el futuro, ha errado, dice Flammarión.

Las ideas invisibles pueden discutirse; pero su encarnación en hechos

sucesivos, no. Si todo es ilusión, si no nos es dable percibir al

Universo tal cual es por deficiencia de sentidos y estructura cerebral,

la utilización de las cosas, de los hechos y de las leyes para el

acrecentamiento humano, es una realidad aunque no fuera la realidad.

* * * * *

Montaigne es el tipo del hombre del Renacimiento. Ama la gloria

literaria de Grecia y de Roma. Cita constantemente a sus pensadores, a

sus poetas, historiadores, oradores. Plutarco y Séneca son sus guías.

Pero Horacio, Juvenal y Persio, Cicerón, Terencio, Ovidio, Plinio el

viejo y el joven, ratifican sus afirmaciones. Sábese que hablaba el

latín. Lo aprendió desde niño, conversando, como un idioma vivo, y

leía constantemente a los creadores de tan profunda literatura. No era

latinista de catálogo, de los tantos defensores del latín, incapaces

de leer de corrido tres sentencias del Cornelio Nepote. Virgilio y

Lucrecio están siempre en la punta de su pluma. Resurge, pues, en su

mente, libre observadora del presente moderno, la antigüedad clásica.

Esa aleación ha producido una síntesis inmortal con los ENSAYOS.

Montaigne está lejos de ser un dogmático: no quiere y, sobre todo, no

puede serlo. Su afirmación es siempre débil; su duda, transparente. Su

positivismo es notorio; pero no dispone de elementos necesarios para

apoyarlo.

Nada de antropocéntrico, y esa es una de sus glorias. Su pensamiento y

sentimiento ondulantes participan de la diversidad de los temperamentos

humanos. Parecería que quisiera observar el mundo al través de cada

uno de sus semejantes. Hay en él varios espíritus, como los que

inspiraban a Goethe. Nada lo apasiona, todo lo reflexiona, es un famoso

plurilateral.

Leí con cuidado el capítulo que dedica a Raimundo Sabunde, donde se

muestra más su positividad. Cree que los animales tienen más que

instinto: inteligencia y sentimientos morales. La diferencia con el

hombre es sólo de grados. Hace presentir a Lamarck y a Darwin. Cita un

número asombroso de hechos referentes a los animales. Hoy que ha tomado

cuerpo la psicología animal, resurge Montaigne.

La verdad es que todos los problemas, resueltos o no, de que está

ocupada la Humanidad presente, ya han sido propuestos por los antiguos,

y a muchos se les ha dado en remotos tiempos una solución acertada,

si bien por excepcionales pensadores que predicaren o no en desierto.

El problema de la muerte, de la inmortalidad, de Dios: todo ha sido

tratado abundantemente. Lucrecio, siguiendo a Epicuro, cuya doctrina

poetizó, sostuvo que el aniquilamiento del cuerpo traía también el del

alma, función corporal. Alguien dijo que Dios no era un ser, ni menos

extrauniversal, sino una ley. Otros, que la inmortalidad objetiva del

alma era apenas un mito poético y consolador para el tiempo respectivo.

Nótase también que muchos problemas metafísicos se han reducido por los

progresos de la ciencia que ha muerto hipótesis y divagaciones, creando

probablemente otras. Pero la ciencia no sólo ha respondido a muchas

interrogaciones seculares, sino que ha mostrado el régimen fecundo

de la razón humana, el método que ha descubierto y ha de descubrir

gradualmente, con mayor o menor rapidez, enigmas que la inquietud

humana formula sin cansarse.

* * * * *

En Montaigne se nota el sentimiento de la verdad relativa. Nadie lo

tuvo como él al afirmar o negar. Pregunta más que contesta. De nada

está completamente seguro. Define con simpatía el Pirronismo. Pero

él es sólo Pirronista intelectual. No llegó a la ética estoica que

alcanzó el sublime escéptico griego. Este enseñaba que todas las

cosas son igualmente inciertas y discutibles. Es necesario dudar de

todo y ser indiferente a todo. De ahí derivaba su moral, doctrina de

renunciamiento e indiferencia, que él practicó fielmente con organismo

adaptado.

No tener opinión ni sobre el bien, ni sobre el mal, es el medio de

evitar todas las causas de turbación. Las más de las veces los hombres

mismos se hacen desgraciados: sufren porque son privados de lo que

creen ser un bien, o temen perderlo, porque estiman que esto sería

un mal. Suprímase toda creencia de este género, y todos los males

desaparecerán. Dejar que siga el mundo como es, y que cada uno tome su

lote de males inevitables: he ahí el ideal de Pirrón. No le importaba

más vivir que morir, porque no estaba convencido que lo uno fuera bien

y lo otro mal. En un naufragio, mostró con toda calma a los pasajeros

despavoridos la impasibilidad de un cerdo que comía tranquilamente,

mientras el barco se sumergía. Así debería ser la impasibilidad

consciente del sabio, en presencia de los hechos de la vida y de la

muerte. Pudo decir con Lucrecio que la religión no consiste en adorar

piedras o ensangrentar altares, sino en contemplar con ánimo sereno la

corriente favorable o adversa de los sucesos.

Montaigne no tuvo nunca la concepción, ni menos practicó la ética de

Pirrón. Fué un rico que vivió cómodamente en su castillo campestre,

bien servido, eligiendo su sociedad, pensando muy mal de las mujeres,

perfumando sus pañuelos y guantes, abrigándose mucho en invierno porque

era friolento, y temiendo la muerte.

* * * * *

En la voluptuosidad de leer descansadamente a los genios antiguos,

meditar espontáneamente, escribir sin trabajar, anotando los

pensamientos que su profunda naturaleza le sugería: así se engendró ese

libro universal que se llama los ENSAYOS. Salió espontáneamente como la

seda del gusano.

Es un realista sin prejuicios y sin las groserías de Rabelais. Es el

padre espiritual de Renán, de Anatole France, de la sonriente ironía

francesa también heroica. Es la resurrección, al través de las letras

latinas, de la mentalidad griega tan poco respetuosa de los dogmas, tan

poco asustadiza de los misterios, tan poco sorprendida de lo nuevo, que

aceptó sin mayores preocupaciones el todo o la nada de la vida.

Febrero 1919.

LOS SENTIMIENTOS MORALES, ESTÉTICOS Y RELIGIOSOS

Por RODOLFO SENET

Profesor de la Universidad de Buenos Aires

LA RELIGIÓN Y LOS SENTIMIENTOS ÉTICOS

Tener una religión sin poseer sentimientos religiosos, es no tener

nada. Los sentimientos religiosos deben ser siempre previos a su

sistematización y sintetización en forma de religión.

La ética que se basa en los principios religiosos, es ultraegoista.

El estudio de la gran mayoría de los preceptos morales que surgen

de esa fuente, comprueban con toda evidencia el aserto. Tomaré el

tan difundido “Haz bien y no mires a quien”, que sólo obedece a que,

persiguiendo el sujeto beneficiarse a sí mismo, claro está que sea

indiferente el individuo sobre quien recae la acción. El benefactor lo

es, ante todo, de sí mismo, puesto que su buena acción no quedará sin

su premio correspondiente y se sumará en su haber. Si bien es cierto

que el hecho es que resulta un beneficiado, la falta de discernimiento

con que se aplica el beneficio, indica que el primer plano lo ocupa el

benefactor, siendo absolutamente indiferente el beneficiado. Los que

practican la caridad aplicando el precepto sin tener en cuenta para

nada su beneficio personal, creen de buena fé realizar un acto moral,

y no obstante, es pseudomoral; los que lo realizan desde el punto

de vista de la recompensa futura, inconscientemente, realizan actos

inmorales. De este modo, cuando un religioso hace una obra piadosa

cualquiera, con el ánimo de hacer méritos, quien debe agradecer es él

antes que nadie y no el que recibe el beneficio, y debe quedarle grato,

además, por prestarse o hacerse cómplice de su egoismo, puesto que el

premio que espera obtener supera con mucho al bien realizado.

La moral religiosa es una moral a base de premios y castigos, de

carácter eminentemente egoista, prometiendo castigos horrendos o como

recompensa un sensualismo que envidiarían los epicuristas. El “rogaré

por Vd.”, el “Dios se lo pague”, etc., que contestan los beneficiados,

en los casos de limosna, por ejemplo, indica una devolución de

ultratumba infinitamente mayor al beneficio realizado. Si esa moral se

pudiera hacer efectiva en la vida diaria, la usura ahogaría a la vida

misma.

Por lo demás, el eje sobre el que reposa, especialmente la moral

religiosa, es la cuestión sexual.

El instinto de conservación específico, satisfecho de acuerdo con los

preceptos establecidos, resulta siempre una inmoralidad disimulada,

y por tanto, tolerada. En el terreno afectivo-emocional, su base más

honda, está en la afectividad negativa y en la emotividad depresiva.

No entraré a analizar la pseudomoralidad que aporta en la ética

individual, la religión; caería en el terreno del deporte de los poco

cultos que recién descubren la pseudomoralidad de la ética religiosa.

Lo que trataré de ver es si normalmente, si racionalmente, se puede

edificar una ética o se pueden formar sentimientos morales, a base de

religión.

Los prácticos lo consagran así, y, no obstante los reiterados fracasos,

la rutina subsiste. El hogar religioso, trata desde la más tierna edad

de formar en el niño sentimientos religiosos. Luego las clases de

doctrina dadas por sacerdotes del culto, y en algunos países atrasados

la enseñanza de la religión en la escuela, tratan de crear sentimientos

religiosos a bases de enseñanza de la religión.

Claro se vé que si es absurdo tratar de formar sentimientos morales,

enseñando moral teórica, lo es _a fortiori_, pretendiendo hacer

penetrar a los niños en abstracciones muy alejadas de su mentalidad y

en cuestiones de carácter dogmático. Los resultados así lo atestiguan,

pues salvo el caso de que al sujeto lo haya rodeado un ambiente muy

propicio, o que se trate de sujetos de cierta pobreza mental, los

demás, cuando llegan a jóvenes, hablan en tono jocoso de la religión

que les inculcaron en la niñez, evaporada hoy; recuerdan lo odioso

de esa enseñanza impuesta, o bien las travesuras de las clases de

doctrina, o los regalitos para atraerlos, u otros procedimientos como

juegos, etc., para inculcarles la fe.

Analizar todas estas tentativas para desarrollar en el niño

sentimientos religiosos, desde el punto de vista psicológico, es,

sencillamente, tiempo perdido. Basta una palabra, se trata de

disparates.

No se pueden desarrollar sentimientos morales a base de sentimientos

religiosos, porque los últimos están por sobre los primeros, son

superiores en jerarquía y mal pueden ser causa de los sentimientos

morales, cuando deben ser efectos de éstos. Los sentimientos morales

son previos a los religiosos, de manera que no son los sentimientos

religiosos los que conducen a los morales, sino que la evolución

superior de los morales conduce a los religiosos. Si los sentimientos

religiosos son verdaderos, sinceros, si no se trata de vividores o

mistificadores, para llegar a esta etapa de la evolución psíquica, el

sujeto debe, necesariamente, haber construído antes todo su andamiaje

ético, para construir más tarde su monumento religioso. Antes de llegar

a la fé, el individuo ha tenido un período de duda, o por lo menos, de

discusión y de grande sintetización, de carácter, no solo sentimental,

sino también mental. Los sujetos verdaderamente religiosos son grandes

razonadores; sólo los débiles mentales tienen fe sin discernimiento.

En la filogenia el sentimiento religioso es el último en aparecer.

Obsérvese que las religiones de los pueblos al través de la Historia,

siempre expresan la síntesis de su progreso y civilización; es decir,

que a nosotros, como colectividad, nos da la expresión más avanzada

de su progreso. La religión ocupa siempre la cúspide, no está en

la base. Cuando la religión queda por debajo de los conocimientos,

necesariamente se modifica o es reemplazada por otra. De ese

modo vemos, al través de los tiempos, modificarse las religiones

paralelamente a los adelantos en la cultura y civilización.

En la ontogenia ocurre lo mismo; los sentimientos religiosos son los

últimos en aparecer. En la niñez no existen en realidad, todo lo más,

encontraremos la emoción del temor, que sólo se liga a cuestiones

religiosas si al niño se le orienta en esa dirección mediante

sugestiones; de otra manera ese temor en el niño, nada tiene que hacer

con lo religioso actual y estará vinculado a formas filogenéticas más o

menos remotas; el temor religioso será instintivo. Durante la juventud

lo general es que el sujeto sea indiferente, no se preocupe, es decir,

está en un período donde aún no ha formado síntesis y es irreligioso

como regla general. Los sentimientos religiosos se forman en una época

relativamente tardía, la edad madura, como síntesis de los sentimientos

morales.

En la vejez y, particularmente, en la edad senil, las tendencias

religiosas, el fanatismo de los ancianos, se debe a otras causas.

Siendo mucho más amplios los sentimientos religiosos que el sentimiento

de equidad y de justicia, a título de simple comparación, para

diferenciarlos, digo: que los sentimientos religiosos, son a los

morales, lo que el sentimiento de equidad es al de justicia. El

sentimiento religioso, para el que lo posee, es lo superior, comprende

una síntesis enorme, donde entra lo ideal, lo intangible, lo sublime,

lo perfecto, la evolución o la superstición de las concepciones morales

del sujeto; los sentimientos morales no son superhumanos, sino muy

humanos, dentro de lo real y de lo tangible. El sentimiento moral es al

religioso, lo que lo concreto es a lo abstracto, lo que lo relativo es

a lo absoluto.

Fundar los sentimientos morales en los religiosos, es pues, proceder en

sentido inverso; es antilógico.

Los procedimientos empleados en la enseñanza de la religión, y

particularmente, para desarrollar o dar siquiera nacimiento a

sentimientos religiosos en los niños, demuestran hasta la evidencia,

que no se pueden desarrollar sentimientos, ni siquiera adquirir ideas

religiosas, sino mediante los sentimientos morales.

Lo contrario es absurdo, o, por lo menos, no se vé su posibilidad;

equivaldría a pretender educar las aptitudes intelectuales del sujeto,

sin instruir. Los resultados están de acuerdo con lo manifestado, los

niños tienen tantos sentimientos religiosos antes como después de los

cursos de doctrina. Lo común es que el resultado, a la larga, concluya

por ser contraproducente.

Es que en realidad de los sentimientos éticos a los religiosos media

una respetable distancia en la ontogenia, como ha ocurrido en la

filogenia. En la juventud ya se presentan bastante desarrollados los

sentimientos morales, mientras que, como regla general, los religiosos

ni siquiera comienzan a alborear. Estos, como lo he manifestado, no son

más que resultantes de grandes síntesis, las que no pueden realizarse

sino al través de los años. Además, para que los sentimientos morales

evolucionen hacia la formación de los religiosos, es menester que

construyan los intermediarios entre unos y otros, representados por los

sentimientos estéticos. Ya volveré sobre este asunto.

LOS SENTIMIENTOS ESTÉTICOS Y LOS ÉTICOS

Considero á los sentimientos estéticos como íntimamente vinculados con

los éticos, siendo los estéticos de jerarquía superior a los éticos,

más que nada, por su formación filogenética.

Creo que los sentimientos estéticos del individuo pueden servir

de norma para valorar los morales y que puede establecerse como

regla general, que a mayor evolución de los sentimientos estéticos

corresponde mayor evolución de los éticos. De este modo, se podría

enunciar el principio, o con más corrección para no asignarle tanto

alcance, la regla, en esta forma: _los sentimientos estéticos están en

relación directa con los éticos_.

Aquí el lector, inmediatamente me objetará en una forma a su juicio

contundente, diciéndome que, justamente, los cultores de la estética,

los profesionales de ella, en su gran mayoría, no son los que más

brillan por su moralidad, sino al contrario, por su inmoralidad.

Dejemos estas objeciones para su debido tiempo, si es que después de

precisar el alcance de los términos, se persiste en ellas.

El orden de formación filogenética de los sentimientos es el siguiente:

sentimientos éticos, a los que les ha seguido casi inmediatamente los

estéticos, y por último los religiosos.

En la ontogenia los sentimientos morales y los estéticos se presentan

aparentemente simultáneos, es decir, a sentimientos éticos determinados

le corresponden sentimientos estéticos determinados, o a la misma

altura de evolución, tal cual ocurre con los sentimientos morales y

estéticos, en la niñez, en la adolescencia, etc. Esto indicaría que la

sucesividad de sentimientos éticos y estéticos en la filogenia ha sido

corta, por su aparente simultaneidad en la ontogenia.

Se infiere que los sentimientos estéticos en la filogenia no

pudieron ser originariamente primitivos, sino que derivaron de

los éticos que estaban en más estricta vinculación, o mejor,

dependían más directamente de la lucha por la vida, del instinto

de conservación, siendo los sentimientos estéticos, en cualquiera

de sus manifestaciones, los sentimientos del triunfo en la lucha

por la existencia; es decir, los sentimientos estéticos dependieron

de lo bueno, de lo útil, de lo eficaz, pero para eso debió existir

previamente la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo

inútil, lo eficaz e ineficaz, que eran, en definitiva lo moral y lo

inmoral.

En la ontogenia resultan ambos sentimientos asociados y todo lo ético

es estético y lo estético para ser tal, en los sujetos normales, debe,

necesariamente, ser ético. Sólo un falso discernimiento puede disociar

lo estético de lo ético, admitiendo que pueda existir lo estético

independientemente de lo ético, o en otros términos, que pueda existir

algo estético que no sea moral. Por lo demás se vé que lo amoral es

inestético, como que lo inestético es amoral y que lo inmoral es

antiestético, y que solo como aberraciones se presenten los sujetos que

estiman lo inmoral, o en particular, algo inmoral, como estético.

Dije que el sentimiento estético en su origen es el sentimiento del

triunfo en la lucha por la vida. No voy a tratar de demostrar esta

tesis, sobre la cual he escrito un libro. Sólo recordaré que en los

sentimientos estéticos, como en las demás aptitudes, existe una larga

gradación desde lo rudimentario hasta los grados más avanzados y que

su vinculación con el instinto de conservación, es tanto más evidente

cuanto más inferiores son, pues en los grados superiores la causa

originaria resulta muy alejada por la cantidad de intermediarios que

intervienen entre el instinto, o mejor dicho, la satisfacción del

instinto en la lucha por la vida y el sentimiento estético.

En la naturaleza las cosas o los fenómenos no son ni morales, ni

inmorales, ni estéticos, ni antiestéticos, sino amorales e inestéticos.

El sentimiento de lo moral o de lo bello nace en nosotros por las

reacciones que en nuestro sistema nervioso provocan esos agentes. De

ahí que lo estético y lo moral dependan del individuo y que sea el

criterio de la mayoría el que pretenda dar la pauta de lo estético,

antiestético, moral e inmoral.

Naturalmente que no hay razón alguna para limitar la estética a las

manifestaciones del arte y creer que los sentimientos estéticos sean

sentimientos ligados exclusivamente al arte. El arte no es el único

poseedor de la estética, ni cosa semejante. Si se han hecho casi

sinónimos es porque el arte, para ser tal, exige el concurso de la

estética, o mejor dicho, debe provocar reacciones de carácter estético;

pero la estética del arte, o las reacciones estéticas provocadas por

las ramas del arte, se diferencian solo de grado con las provenientes

de otros géneros de actividades humanas, son términos de una misma

serie y las reacciones estéticas que provoca una obra de arte pueden

ser muy inferiores a las provocadas por la ciencia o superarlas, según

el grado de evolución del sujeto que las percibe.

Recordaré, brevemente, las etapas de la filogenia de los sentimientos

estéticos que corresponden exactamente a los que se observan en la

ontogenia.

1.ª _Estética motriz._--Llamo así a las reacciones estéticas

provenientes de las nociones que provee el sentido muscular. La belleza

reside en la dirección, o bien en la velocidad, o bien en la agilidad,

o bien en la precisión, etc., del movimiento. El movimiento es el

agente de la reacción estética y la belleza reside en el movimiento,

ya obre el sujeto como actor o como espectador. Es la estética más

rudimentaria: la del hombre primitivo, la del salvaje actual y la del

niño. Sus sentimientos estéticos están ligados a ejercicios, manejo de

las armas, deportes, bailes, etc.; su estética musical está más en el

ritmo que en la melodía, es decir, en la noción de movimiento.

Para que el agente provoque sentimientos estéticos es menester que

sea llevado a la mayor perfección posible, por ejemplo, que el o los

movimientos ejecutados sean de la mayor agilidad y precisión, pues lo

imperfecto, pesado, o grosero, resulta antiestético. En la filogenia,

lo más perfecto fué lo más útil, porque conducía más directamente al

triunfo. La estética resultó de una ética utilitaria. El sujeto que

sobresalía, que se distinguía de los demás, era el que mejor realizaba

lo estético, si llegaba a lo verdaderamente excepcional, fué el

superhombre de esos tiempos, el respetado, el temido, el que servía de

término de comparación, de unidad moral o término superior, y también

el término superior en lo estético. La dependencia de lo estético de

lo moral se presenta muy clara en el hombre primitivo y en el salvaje

actual y también en los individuos inferiores de las colectividades

cultas que son otros tantos salvajes dentro de un medio evolucionado,

y, por último, en el niño. En éste, particularmente en el período

belicoso, es notable su admiración por el más fuerte y con especialidad

por el diestro en el manejo de los puños. Endiosan al peleador,

alabando sus sopapos, sus quites, etc. El niño, como el salvaje, admira

y respeta al que prima por más diestro en la fuerza bruta.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 4 / 16 段