sus golpes a la cabeza del contendor. No le perdona ni la letra. Y de
la letra, la estatura, la manera de reir, las intenciones, y, acto por
acto de su vida de abogado, de escritor, de periodista.--“Alma y cara
de conejo”, le dice. “Sólo sabe agrupar pesetas y palabritas”. Llega al
giro despreciativo minúsculo: “pillito”, “ratoncito que roe papeles”.
“Estate quietito: tú serás enviado diplomático en Chile”.
Otras veces, del asunto obtiene el vocablo que le viene a la pluma:
“ergotista genovés”, recordando que Alberdi estuvo en Génova y que allí
escribió uno de sus libros. “Andate enhoramala, botarate”.
La gracia y la novedad del denuesto se traduce en figuras como ésta:
“Es una esponja de limpiar muebles que absorbe todas las ideas para
volverlas a estrujar y aplicarse a todas las cosas sucias”.
El tono sube:--“Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que
pertenecen “a la multitud de frac” que le saque los calzones a ese
raquítico, jorobado de la civilización, y le ponga polleras. . .”
“Entecado que no sabe montar a caballo”. . . “Abate por sus modales;
saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por
el miedo; eunuco por sus comparaciones políticas; federal-unitario,
ecléctico-panteísta; periodista, abogado, conservador, demagogo”.
Este es Sarmiento de una vez:--“¡Pues, qué! ¿quería mamar a dos tetas?”
Sarmiento vuelve a recuperar el campo como Hércules vencedor. Sus
amigos, sus admiradores, los jóvenes, los viejos, sus compatriotas,
el resto de emigrados que presenciaban el encuentro desde la sombra
del tendido, lanzaron el ¡hurra! del loor ganado. Sarmiento era el
representante de la democracia brava frente a la borla doctoral.
¿Y Alberdi? No responde. ¿Dónde está el doctor Alberdi? No es habido
en los sitios sociales ni en el foro. ¿Qué le pasa al académico
escritor? Su posición es tan ingrata que sus íntimos y correligionarios
deciden instarlo a la refriega, pero se hallan con que el metódico
trabajador tiene entre manos, en esos mismos instantes, un proyecto de
Constitución para su país, que forma el complemento de las “Bases”.
Hasta tanto no lo termine, no se enterará de los nuevos ataques
de Sarmiento. Vanos fueron los argumentos que se le hicieron para
demostrarle la necesidad perentoria de que ensayara la refutación
de los cargos y acusaciones de su enemigo implacable. Alberdi . . .
Pero estoy cometiendo una falta de probidad y de buen gusto al dar
ropaje propio a un relato que ha sido ya hecho por un maestro, por el
inolvidable Lucio V. López, que a su vez repite la narración de su
ilustre padre, testigo de la época, amigo por igual de Alberdi y de
Sarmiento.
Al ocuparse Lucio López de la reimpresión de las “Cartas Quillotanas”
en 1873, legó páginas de insuperable mérito, que contienen con la
dramaticidad del momento, noticias directas de la psicología de los dos
soberbios contendores. Helas aquí:
* * * * *
“Las “Cartas Quillotanas” están destinadas a vivir siempre en la
literatura política de nuestro país. Ellas son la más severa lección
que se ha dado a la prensa que emplea el dicterio y el insulto para
convencer al público y confundir al adversario. Ellas son la protesta
más ardiente y victoriosa que puede hacerse contra esa literatura feroz
de que la ignorancia vulgar de nuestras sociedades se ha amamantado
en las pasadas luchas civiles, creando reputaciones de arcilla e
inconsistentes que la justicia severa de los fallos modernos tiene por
fuerza que desconocer.
Esas cartas son poco conocidas en Buenos Aires. Hasta hace muy poco,
tan sólo las conocíamos por las referencias de sus contemporáneos, y
su crónica había llegado hasta nosotros, sin que hubiéramos podido
procurarnos las preciosas páginas que las contenían. Es por esto, que
no podemos menos de agradecer al editor el verdadero servicio que se ha
hecho a las letras argentinas, haciendo de ellas una edición copiosa
que, al mismo tiempo que pueda repartirse con profunsión por todos los
rincones de la República, sirva para estudiar tranquilamente y sin
pasiones mezquinas la índole de ciertos hombres que las injusticias del
pasado han tratado de obscurecer.
La historia de las “Cartas Quillotanas” es interesante. Un testigo
ocular nos ha narrado su crónica que vamos a tratar de transmitir a
nuestros lectores con toda la imparcialidad que nos corresponde.
La refutación del doctor Alberdi a la Campaña del Ejército Grande, que
el señor Sarmiento le narra intencionalmente, exasperó el ánimo de éste
con justos motivos. El golpe había sido mortal. La contestación había
apurado todos los recursos de la sátira y la pluma de Alberdi había
rayado en el papel la caricatura del adversario con los gráficos rasgos
de un Chatam y con la culta acrimonía de un Timon. La primera parte de
las cartas es la gran parodia “de la Campaña”.
Los gritos de la herida fueron tan elocuentes por parte del señor
Sarmiento como había sido punzante el dardo sutil que la causaba. Su
espíritu se encrespó, tomó formas colosales, midió el cuerpo de su
adversario y prorrumpió en un torrente de lava escrita característico
en él, si tenemos en cuenta una cualidad remarcable de sus talentos:
la labia copiosa con que manifiesta sus pasiones. Alberdi se encontró
ahogado por aquella avalancha. Danton y Robespierre, y todas las furias
de la revolución francesa, no habrían producido una diatriba más
sublime que aquella.
El señor Sarmiento no es clásico sino “criollo puro” y sin embargo, es
curioso de notar, cómo en su réplica a las primeras cartas de Alberdi,
palpita el más legítimo paganismo haciendo recordar las pasiones del
anatema clásico puesta en boca de los dioses, menos el estro de Homero
y de Virgilio.
La cultura del lenguaje, la delicadeza del escritor, todos los
escrúpulos sociales están desconocidos en la réplica del señor
Sarmiento y para que no se dude de nuestra aseveración puede leerse
el siguiente párrafo con que ataca al señor Alberdi. “Usted ha tenido
la debilidad de eludir la ley penal por el decoro; pues yo tendré la
gentileza “de degradar mi rango de escritor y de insultar la ley y la
sociedad poniendo escritos inmundos contra usted”.
Si Facundo hubiera sabido escribir, no de otra manera hubiera escrito.
La réplica del señor Sarmiento hizo gran sensación en Chile. Los
amigos de Alberdi se enfriaron en su entusiasmo. Los amigos del señor
Sarmiento aprovecharon esta frialdad y la convirtieron en éxito para
sus afecciones. El señor Sarmiento estaba triunfante y la “vox populi”
sancionaba su victoria. Alberdi había enmudecido y todos consideraron
que el golpe lo había abrumado. ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? ¿Cuál
era la causa de su silencio? Este continuaba. Días, semanas y meses
pasaban sin que respirase. Varios amigos suyos resolvieron buscarlo
y decirle la crítica posición en que se encontraba. Lo hicieron, y
fueron recibidos en su gabinete donde trabajaba con perfecta calma y
tranquilidad. Le manifestaron lo que pasaba en Chile con su persona,
y una vez enterado, oyeron con asombro de sus labios que no había
leído la réplica del señor Sarmiento, que estaba sumamente empeñado
en concluir su proyecto de constitución para la República Argentina
y que había previsto que la lectura de las cartas de su adversario,
podía distraer su atención poniendo en conflicto la terminación de su
obra. En vano fué que sus amigos le manifestasen la necesidad en que
estaba de salir cuanto antes de su crítica posición. Su determinación
fué irresistible. No hizo la lectura y se dispuso a desocuparse del
trabajo que se lo impedía. Extrañó, sí, la debilidad de la opinión para
condenarlo tan ligeramente y quiso tal vez imponerle con su silencio
el castigo de su ligereza. A los pocos días llamó a uno de sus amigos
y le manifestó que su proyecto de Constitución estaba concluído y
que al día siguiente partía para Quillota a ocuparse de contestar al
señor Sarmiento cuya réplica ya había leído. Prometió a sus amigos
vindicarse ante la opinión y anonadar a su adversario para siempre.
Regresó de Quillota al poco tiempo trayendo un rayo que lanzó de
improviso y que cambió el hado próspero de su contendor. Y en efecto,
“La complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina”, que era el título de la contrarréplica, fué fatal para
el señor Sarmiento. Este había presentado infinidad de hechos que
menoscababan la reputación del doctor Alberdi. Estos hechos fueron
desmentidos uno por uno, con datos tan fidedignos que toda la opinión
reconoció su veracidad. Alberdi en boca de Sarmiento había sido indigno
instrumento de los gobiernos, mal abogado, mal escritor, ignorante,
mal político y en fin dueño de las cualidades más poco envidiables que
se pueden poseer, y el mismo Alberdi, según su expresión, se encargaba
de “tomar por la oreja al mentiroso, sentarlo en el banco de la risa
y hacerlo desmentirse con sus propios escritos” que dejaban a Alberdi
bajo el punto de vista de un hombre digno, independiente, buen abogado,
brillante y competentísimo escritor, político hábil y en fin con todas
las excelentes dotes que las pasiones febriles del señor Sarmiento le
habían desconocido.
Las últimas cartas de Alberdi corrieron de mano en mano con un
prestigio extraordinario. Llamó la atención sobre todo la parte
final titulada “Enmienda Honorable” que es una colección crecida,
compuesta únicamente de elogios de todo orden, debidos a la pluma de su
adversario. La crónica cuenta que el señor Sarmiento quedó sumamente
mal parado. Ofreció cuarenta cartas más con las que prometía hundir por
siempre a su antiguo amigo, pero sólo produjo dos y la mala acogida que
recibieron acabó de descorazonarlo para siempre haciéndolo abandonar
la escena que le había arrebatado tan felizmente su adversario.
Esta es la sencilla historia de las “Cartas Quillotanas”, cuya
reimpresión acaba de hacerse y cuya lectura no podemos menos de
recordar a los que no lo hayan hecho. En ellas se verá que la República
Argentina tiene en su literatura ingenios de nota, cuyos escritos
participan del género de los que inmortalizaron a Fígaro y a Cormenin.
De las “Cartas sobre la prensa” resulta, que hasta el odio a Buenos
Aires, otro de los cargos vulgares con que se ha querido combatir
a Alberdi, nadie lo ha expresado como el actual presidente de la
república en los siguientes párrafos que insertamos:
“En vano le han pedido (a Buenos Aires) las provincias que les dejase
pasar un poco de civilización, de industria y de población europea:
una política estúpida y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero
las provincias se vengaron mandándole en Rosas mucho y demasiado de
la barbarie que a ellos le sobraba. Harto caro la han pagado los
que decían: “La República Argentina acaba en el Arroyo del Medio”.
(Sarmiento: “Facundo“, pág. 23, 1.ª edición).
“Tucumán tiene hoy una grande explotación de azúcares y licores que
podría permutar por las mercaderías europeas “en esa ingrata y torpe
Buenos Aires” desde donde le viene hoy el “movimiento barbarizador”.
(Sarmiento: “Facundo”, pág. 195. 1.ª edición).
“¡Eh! vergüenza de Buenos Aires, os habeis hecho las guaridas de todas
las alimañas, que Paz hace huir del interior”. (Sarmiento: “Facundo”,
pág. 195, 1.ª edición).
“Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano, porque el pueblo de
Buenos Aires, con todas sus ventajas es el más “bárbaro” que existe en
América”. (Sarmiento: “Sud América”, tom. 2, núm. 2.--Mayo 1.ᵒ de 1851).
Después de estas inserciones, todo comentario nos parece inútil, pues
la justicia no puede hacer sino uno que no corresponde repetir.”
* * * * *
Terminado y remitido, pues, con urgencia el Proyecto de Constitución,
Alberdi vuelve a la polémica, titulando esta vez sus escritos así:
“Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina” y precediéndolas de una saludable “Advertencia”.
Si eficaces fueron las primeras, estas últimas resultaron decisivas.
Y debieron serlo, de verdad, porque redujeron a silencio la pluma de
Sarmiento y abrieron doble brecha en su cuerpo y en su ánimo. En cartas
íntimas gime su cuita y expresa el dolor de su carne macerada por el
látigo de Alberdi[6].
Quedó abierto desde entonces el abismo que había de separar hasta
más allá de la tumba el alma de estos dos argentinos. ¡Y qué larga y
profunda fué la venganza de Sarmiento contra las “Cartas Quillotanas”!
De modo que por su orden de tiempo debe leerse la “Campaña del Ejército
Grande” de Sarmiento, punto inicial de la polémica; en seguida las
“Cartas sobre la prensa” más conocidas por “Cartas Quillotanas”
de Alberdi; luego “Las Ciento y Una” de Sarmiento, y, por último,
“Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República
Argentina” punto final, puesto por Alberdi.
No hay otro duelo en los fastos literarios de América de mayor
repercusión y de mejor enseñanza. Préstanle su fama el volumen de sus
autores, la habilidad en las armas y la gravitación que tuvo en los
sucesos públicos de la patria.
El lauro ha sido discernido por la posteridad a Alberdi, quien al
domeñar todos sus humanos impulsos, habilitóse a sí mismo para vencer
al adversario, colérico y sin freno, impulsivo, ciego y cruel. Alberdi
constituye de entonces un modelo en la alta polémica. La cultura
universitaria, aun en la pelea, tenía que salir victoriosa de la locura
del titán.
ACOTACIONES A MONTAIGNE
(Notas marginales)
Por J. ALFREDO FERREYRA
Profesor en la Universidad de La Plata
Conocía a Montaigne por la monografía que Compayré le dedica en su
galería de didactas ilustres. Había meditado también el capítulo que el
mismo Montaigne dedica con tan buen sentido a la educación: sus vistas
reformadoras y libres, de hombre del Renacimiento. Pero por primera
vez leí todos sus ENSAYOS en las vacaciones de 1905-1906. En enero a
febrero de 1913, los repasé, pero no de punta a cabo, sino según el
método con que él los escribió. Abría las páginas que más me llamaban
la atención, o buscaba aquellas en que creía encontrar la aclaración de
una duda mía, o por saber qué opiniones alentaba el autor sobre tal o
cual cuestión.
Conozco, además, biografías del hombre, desde luego cortas, pues ha
sido un cuerpo de poca acción. Todo su espíritu, movedizo y ondulante,
está en su obra. Su biografía es su libro. Europa ha producido algunos
hombres de pensamiento y de acción, cuyo prototipo es César. Pero en
América no son raros los ejemplos de Mitre, Sarmiento, Roosevelt. El
concepto de la educación integral bien practicado, creo que ha de
fomentar al hombre que hace y piensa al mismo tiempo, pues la acción
social me parece tan excitadora, como el estudio sedentario de un
problema científico.
Quiero transmitir mi impresión personal sobre Montaigne, como quien
comenta al pasar una lectura en voz alta. Incitar a leer los grandes
libros podría ser un servicio didáctico: se cuenta entre los deberes y
los derechos del maestro de escuela.
* * * * *
Es un genio que hace de la modestia, de la franca confesión de sus
ineptitudes, una fuerza principal. Constituye casi una excepción entre
sus congéneres que pecan de vanidosos, según lo creía Sarmiento.
Sócrates confesaba que nada sabía, para mejorar su situación mental
respecto a los otros hombres. Jesús se endiosó. Y la lista sería larga.
Alguna vez, es verdad, que la humildad de Montaigne se parece al
orgullo de Diógenes al través de su capa remendada. Reitera su pereza,
por ejemplo. Le gusta leer indolentemente a los clásicos latinos sin
propósito determinado, hasta que cierta necesidad de exponer sus
reflexiones y sugestiones le hace tomar la pluma. Parecería que con
ello muestra que no hay que forzar a los temperamentos, torciendo o
pretendiendo torcer las vocaciones grandes o pequeñas con presiones
exteriores y artificiales, a que han sido bastante aficionados los
padres y las escuelas.
Recalca filosóficamente su falta de memoria, intuyendo con gran
sagacidad de su propia introspección, que esa deficiencia, lejos de
ser un mal absoluto, puede favorecer la meditación y las concepciones
originales. El memorista corre el peligro de ser un incorregible
repetidor de cosas ajenas.
* * * * *
Montaigne quiere sobrevivirse; de ahí que defienda la inmortalidad
en cualquier forma. En ninguna parte he visto tratada esta cuestión
con rasgos de mayor originalidad que en los Ensayos. Presenta el caso
de capitanes antiguos o coetáneos que encargaban que su cuerpo o su
esqueleto acompañase a sus ejércitos en el curso de la guerra, para
asegurar su triunfo. No cita al Cid, cuyo cadáver montado en Babieca,
ganó su última batalla contra la morisma en Valencia. Otras veces,
para el cadáver no se pedía tregua ni concesiones al enemigo, como si
continuara vivo el jefe al que pertenecía.
Este es realmente un modo concreto de concebir la inmortalidad
subjetiva, formulada casi tres siglos después por Comte.
* * * * *
Muchos pensadores antiguos--Epicuro, Lucrecio, Séneca, entre otros--no
creyeron en la supervivencia del cuerpo ni del alma después de la
muerte. Estuvieron muy lejos de comulgar con el valle de Josafat.
Debemos convenir que el buen sentido ha tenido sus representantes en
todos los tiempos, como el mal sentido los tiene aún en el siglo XX, en
que un señor de Unamuno, ahuecando un tanto la voz, llama a la muerte
“pavoroso e insoluble problema”.
* * * * *
La ociosidad produjo los ENSAYOS de Montaigne; esa ociosidad, que
dejaba vagar con libertad (“la del caballo que dispara sin freno,
albarda, ni jinete”) su mente por diferentes asuntos, sin orden
aparente. Nunca la ociosidad ni la comodidad de un hombre que no tuvo
necesidad de ganarse la vida produjo tan glorioso resultado.
* * * * *
A Montaigne le faltó, en general, el punto de vista social de que
participamos, ahora aún los principiantes en sociología. Una ciencia
más o menos sistematizada ayuda mucho las operaciones mentales.
Montaigne precedió a Montesquieu en más de un siglo; de modo que la
concepción de un organismo social o de organismos sociales regidos por
leyes internas y externas, a semejanza de los individuales, era acaso
anticipada para él.
En su original capítulo acerca de los medios contradictorios que los
hombres han empleado para llegar al mismo resultado o a resultados
opuestos, se nota esa ausencia de concepción sociológica.
Un vencido o los vencidos en una guerra, han obtenido clemencia del
vencedor unas veces por la súplica y otras por el valor altivo. En
otras ocasiones, uno y otro medio han conducido al exterminio, a la
mayor cólera del vencedor, aunque éste fuera el magnánimo transigente
Alejandro de Macedonia.
Atribuye Montaigne estos hechos exclusivamente a la psicología personal
del vencedor; nunca a otras circunstancias, principalmente las sociales
que tanto influyen en los acontecimientos, mucho más que los deseos y
resoluciones individuales.
Maquiavelo, en sus _Aforismos políticos_ fundados en la Historia de
Tito Livio y en la de su tiempo, tiene idénticas observaciones; pero
mayor perspicacia sociológica, para inducir que en la función pública
se cambia de método con el cambio de circunstancias.
* * * * *
Montaigne no se contenta con lo presente, y con lo que ve, y donde
vive. Se extiende hacia lo pasado y mucho hacia lo porvenir. Sale de la
tierra. Lo desconocido lo atrae. Se reconoce habitante del Universo.
Actuando en un radio limitadísimo, de aislamiento en su castillo, habla
de un radio inmenso, desconocido, que la Humanidad va desbrozando
poco a poco. El infinito y la eternidad están descubiertos. Imposible
sujetar la imaginación a la ciencia experimental, por más que sus
resultados constituyan su solo regulador externo. Cuando se pierde este
elemento de equilibrio, la imaginación se exalta hasta la locura, como
Don Quijote que, a fuerza de palos y de no leer más, notó al fin que
los nidos no tenían pájaros. No quiere decir que los creadores, por
la imaginación, no sean incomparables intuitores. Comte llama a los
grandes poetas profundos observadores de la naturaleza humana.
Este descontento por la realidad develada por sabios y poetas, en cada
época de la evolución mental colectiva, produce las hipótesis más sanas
y más disparatadas. Lo primero, engendra el progreso comprobable y
utilizable; lo segundo, las vaguedades metafísicas que se complacen en
meditar horas enteras si los valles se mueven o se están quietos, y
otras tonterías. Las luces relativamente verdaderas y las relativamente
falsas, marchan paralelas.
* * * * *
Montaigne trata del rezo con su buen sentido positivo. Las peticiones
de la oración son muchas veces injustas y generalmente egoístas. “Dios”
merecería respeto y debe recibir homenajes y “servicios”, y no pedidos
de codiciosos, maleantes de todo género que ruegan salir sin peligro
o airosos de una aventura. Margarita de Navarra recuerda de uno que
atravesaba compungido el interior de una iglesia, para ir a dormir con
su querida, haciendo antes actos de devoción ante el altar mayor.
A Montaigne se le ha escapado, sin embargo, el lado psicológico de
la plegaria: su fuerza sugestiva y autosugestiva, cuando es sincera.
La oración teológica ha debido producir sus efectos en el período
correspondiente de la Humanidad, y del que muchos seres humanos aún
no han salido. Ahora, en vez de suprimirse, debería transformarse
en creación positiva, en propósitos determinados de acción, como
lo aconseja Smiles. En la gran guerra, se inventó la plegaria del
centinela y del soldado, como acto de resolución resignada, por ideales
humanos, sin invocación sobrenatural.
* * * * *
Llama la atención de Montaigne la vanidad de Cicerón, y la detracta.
Visto el gran romano a través de ese juicio, parece un petimetre sin
méritos que busca gloriolas, apelando hasta al “réclame”. No es así.
Cicerón tenía cualidades sólidas, y, en su género, fué uno de los más
perfectos que exhiba la historia. Es claro que mostraba también el
reverso del orador y del artista: instabilidad, indecisión. Me habría
satisfecho más y habría sido más justo un estudio sobre la personalidad
total. Pero Montaigne no supo o no quiso hacerlo por cualquier razón.
Ya se sabe que él no escribió un libro, sino una serie de artículos
sobre lo que se le antojaba y cuando se le antojaba. No fué un escritor
profesional que tuviera que exprimir su inteligencia sobre temas
obligados u obligantes.
Para cohonestar su juicio unilateral sobre Cicerón, debe anotarse
que la antropología no es de su tiempo, y los psicólogos natos, los
Shakespeares y Cervantes, han sido muy contados, aún en esta época de
psicologías.
A medida que más se penetra en el estudio del hombre, más se explican
sus anomalías, sin odio, tal vez con piedad y aun amor. Si el análisis
crítico es cada vez más profundo, la censura va de capa caída, manejada
sólo por los meros literatos que abominan de todo lo que no coincide
con sus inclinaciones personales instituídas, sin mayores miramientos,
en el patrón único para juzgar todo. Debemos aceptar lo irremediable,
es decir, los millares de temperamentos diferentes y diferenciados,
y su distinta manera de manifestarse. En el fondo, es un bien que la
naturaleza humana muestre tantos matices como la naturaleza cósmica.
* * * * *
Montaigne (1533-1592) no creía en el progreso, es decir, en la
evolución aprovechada por el hombre. Estaba con el _corso e ricorso_.
Era hombre del siglo XVI. Comte sostiene que la idea de un progreso
continuo e indefinido se afirmó en el siglo XVII y XVIII, como lo
demuestran las fórmulas orgánicas de Pascal, Leibnitz y Condorcet,
que instituyeron una Humanidad, sobre las patrias, que constantemente
aprende y constantemente crece.