años (Sarmiento tiene 41) estudioso, y dotado de cualidades de espíritu
y de corazón que lo harían un hombre distinguido en cualquier posición
de la vida, se ha entregado con pasión al estudio de nuestros poetas,
publicistas, escritores sobre costumbres y caracteres nacionales.
Echeverría, Mármol, Alberdi, Gutiérrez, Alsina, etc., etc. son nombres
familiares a su oído, y por lo que a mí respecta, habíame introducido
favorablemente “Civilización y Barbarie”, hace tiempo, con la primera
edición, habiéndose procurado después “Sud América” “Argirópolis”,
“Educación Popular”, etc.[4].
Hasta el momento actual nada ha podido ocurrir que baste a alterar los
vínculos de compañerismo y amistad entre Sarmiento, Alberdi y Mitre.
Sarmiento ha tenido, es cierto, dos encuentros periodísticos con
Alberdi, explicables por las modalidades de temperamento, antes que
por disconformidad de ideas, a propósito de la tesis de Alberdi para
graduarse en Chile, la primera vez, y otra “sobre lo que era “honesto y
permitido” en un extranjero en América”. Se han escrito con asiduidad y
recíprocamente se han auxiliado con nobleza. Es al volver Sarmiento a
Chile que procura embarcar a Alberdi en sus prejuicios y enconos contra
Urquiza, trayéndole la pasión de sus enojos; pero Alberdi se gobierna
a sí mismo y opone su tranquila fe en la obra imperecedera y en las
cualidades del obrero.
Esta fe la ha demostrado Alberdi escribiendo casi improvisadamente
un libro que constituye la colaboración más trascendental a la obra
realizada y a realizar por el general Urquiza, a quien se lo envía con
la siguiente carta:
A S. E. el Señor General
Don Justo José de Urquiza
Valparaíso, Mayo 30 de 1852.
Señor General:
Los argentinos de todas partes, aun los más humildes y
desconocidos, somos deudores a V. E. del homenaje de nuestra
perpetua gratitud por la heroicidad sin ejemplo con que ha
sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por
tantos años. En cortos meses ha realizado V. E. lo que en
muchos años han intentado en vano los primeros poderes de
Europa, y un partido poderoso de la República Argentina. Quien
tal prodigio ha conseguido ¿por qué no sería capaz de darnos
otro resultado, igualmente portentoso, que en vano persigue
hace cuarenta años nuestro país? Abrigo la persuasión de que
la inmensa gloria--esa gloria que a nadie pertenece hasta
aquí--de dar una Constitución duradera a la República, está
reservada a la estrella feliz que guía los pasos de V. E. Con
este convencimiento he consagrado muchas noches a la redacción
del libro sobre “Bases” de organización política para nuestro
país, libro que tengo el honor de someter al excelente buen
sentido de V. E. En él no hay nada mío sino el trabajo de
expresar débilmente lo que pertenece al buen sentido general
de esta época y a la experiencia de nuestra patria. Deseo ver
unida la gloria de V. E. a la obra de la Constitución del
país; mas, para que ambas se apoyen mutuamente, es menester
que la Constitución repose sobre bases poderosas. Los grandes
edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino
porque están cimentados sobre granito; pero la historia,
señor, los precedentes del país, los hechos normales, son la
roca granítica en que descansan las constituciones duraderas.
Todo mi libro está reducido a la demostración de esto, con
la aplicación a la República Argentina. Espero que encuentre
en la indulgencia de V. E. la acogida que merecen las buenas
intenciones, y que admitirá con igual bondad V. E. la
seguridad de mi gratitud, como ciudadano argentino, y del
respeto profundo con que tengo el honor de suscribirme de V. E.
atento servidor.
Juan B. Alberdi.
El general Urquiza se apresura a contestar esta carta en la siguiente
forma:
“Al señor Doctor
D. Juan B. Alberdi
Valparaíso.
Palermo (Buenos Aires), Julio 22 de 1852.
Apreciable compatriota:
La carta que con fecha 30 de Mayo me ha dirigido usted,
adjuntándome un ejemplar de su libro “Bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina”, ha
confirmado en mí el juicio que sobre su distinguida capacidad,
y muy especialmente sobre su patriotismo, había formado de
antemano.
Me es muy lisonjero encontrar en la generalidad de los
argentinos el deseo y la firme resolución de contribuir a que
nuestra querida patria se constituya al fin un sistema de leyes
digno de sus antecedentes de gloria y capaz de conducirla al
grado de prosperidad que le corresponde.
Conociendo bien esos sentimientos de los argentinos, contando
con ellos y con sus decididos esfuerzos, me he puesto al frente
de la grande obra de constituir la República. Tengo fe de que
esta obra será llevada a cabo.
Su bien pensado libro, es, a mi juicio, un medio de cooperación
importantísimo. No puede ser escrito ni publicado en mejor
oportunidad.
Por mi parte, lo acepto como un homenaje digno de la patria y
de un buen argentino.
La gloria de constituir la República debe ser de todos y para
todos. Yo tendré siempre en mucho la de haber comprendido
bien el pensamiento de mis conciudadanos y contribuido a su
realización.
A su ilustrado criterio no se ocultará que en esta empresa
deben encontrarse grandes obstáculos. Algunos, en efecto, se me
han presentado ya; pero el interés de la patria se sobrepone a
todos. Después de haber vencido una tiranía poderosa, todos los
demás me parecen menores.
¡Que la República Argentina sea grande y feliz, y mis más
ardientes votos quedarán satisfechos!
Usted hallará siempre en mí un apreciador de sus talentos y de
su patriotismo y en tal concepto los sentimientos sinceros de
un afectuoso compatriota y amigo.--Justo José de Urquiza.”
La aparición de las “Bases” fué saludada con entusiasmo dentro y fuera
del lugar en que su autor residiera. En Chile puede apreciarse esa
impresión con sólo saber que el Club Constitucional Argentino que
presidía don Gregorio Gómez, resolvió un acuerdo que significó un
homenaje cívico en favor de la personalidad de Alberdi.
Sarmiento, por su parte, deja estampado así su juicio acerca de “Las
Bases”.
“Yungay, Septiembre 16 de 1852.
Mi querido Alberdi:
Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del
buen sentido bajo las formas de la ciencia.
Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo
toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro “Bases”
va a ejercer un efecto benéfico.
Es posible que su Constitución sea adoptada; es posible que
sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo suprimido o
alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones: su
libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de
todos los hombres de corazón.--Domingo F. Sarmiento.”
Desde ese instante los hombres que rodeaban al general Urquiza tuvieron
su brújula segura para orientar el barco que acababan de tripular. Mas
las opiniones del grupo unitario persistían en su afán de no despegarse
del terreno, entendiendo que era a ellos a quienes les correspondía por
derecho propio la tarea de organizar la República.
Para medir entretanto en su tamaño real la obra que acababa de realizar
el general Urquiza, conviene echar una mirada retrospectiva hacia el
Buenos Aires que Rosas había gobernado y las maneras que usó.
Rosas había comenzado por dividir la sociedad en dos partes: lo físico
y lo moral. Lo moral era el elemento ilustrado de la ciudad, que tuvo
a Rivadavia por representante y cuyo fracaso estaba fresco. Lo físico
era la campaña, el elemento inculto, que él representaba y para el
cual reivindicaba el ensayo del gobierno. Para identificarse a él,
decía, había llegado al sacrificio: a abandonar las comodidades y las
seguridades del poblado y a hacer abandono absoluto de su provecho
personal.
Había vivido en contacto íntimo con la masa, en el desierto, con el
paisano paria. Ahora probaría el manejo de la cosa pública con esa
fuerza incomprendida y se vería que el éxito estaba de su lado; que
eran estos hombres repudiados los que tenían de su parte el buen
sentido, el patriotismo y la honradez[5].
Después del último ensayo constitucional--27 años atrás--el espíritu
público de Buenos Aires había caído en la atonía a que contribuye y
arrastra en conspiración la lentitud del tiempo, sometiéndose a la
pasibilidad fatalista de todo pueblo inculto, hecho al manejo del
héroe, cacique o César. Faltaba en su seno el ejercicio, aún primario,
de toda libertad democrática. La reunión pública no existía. No se
conocía el debate de la prensa ni de la Sala de Representantes. El
ambiente de claustro universitario había desaparecido. La rueda social
enrarecida, no daba asidero ni siquiera al comentario, porque el
espionaje de la servidumbre se encargaba de transportarlo en delación
de los oídos de doña Encarnación Ezcurra, y, después de ella, a los de
cualquiera de los directores de la Mazorca. Rosas hacía un gobierno
de información plebeya y poseía en sus manos los hilos de todas las
familias, como los tenía el virrey y el obispo en la época de la
colonia. No había suceso de carácter policial que no pasara su vista
para su resolución. La vida de Buenos Aires estaba contenida en los
prontuarios o carpetas que a diario se elevaban a su conocimiento,
arriba de las cuales, en dos líneas, debajo de su extracto, iba la
pena, escrita de su puño. Era el gobierno de la menudencia íntima, pero
a cuya virtud él debía el dominio de cada cuestión, de cada hogar, de
cada ser, y por tanto, de la sociedad entera.
Los asuntos de mayor volumen, relacionados a los intereses, civiles
o comerciales o a las grandes faltas o crímenes, pasaban, con mayor
razón, a su conocimiento inmediato y en escrupulosa preferencia.
Entonces se entendía con los jueces directamente, sin cortapisas ni
escrúpulos, echando mano siempre de un recurso en el que era artista
supremo. La anécdota de su entrevista con el doctor don Vicente López
es así tan sugerente y de tan provechosa enseñanza psicológica que vale
por una demostración.
Otro recurso de que Rosas usaba para su dominación, era el dinero.
Las almas angustiadas, apuradas todas las soluciones, iban en última
instancia, a él; y hecha la confesión del desastre y la sentida promesa
de la gratitud eterna, venía el préstamo en fácil y abundante forma.
Rosas era el hidalgo prestamista que sólo pedía la adhesión como
interés, y esta franca munificencia, secreto de todo caudillismo, era
más abierta y espontánea con aquellos individuos de quienes él se
prometía un favor político o militar. Banco de descuentos, de provisión
o ayudas, formábase en su torno el halo del hombre providencia, tanto
más general y esparcido cuanto mayor era su tacto para manejarse con
los favorecidos. Estos tratos eran siempre directos y reservados.
Manuelita intervenía para los de otra laya: la súplica ante “tatita”
para indultos, conmutaciones, gracias. Este espíritu detallista y
administrador regía en sus relaciones con los gobernadores y sus
emisarios, aunque éstos fueran chasques. Rosas presidía personalmente
desde el suministro de armas o ropas para el ejército, hasta el de una
pieza de lienzo para el gaucho portador de cartas.
Dipútanse el desempeño de comisiones ante él desde los confines de
la República, los más infelices paisanos, porque la “menta” de su
generosidad se había extendido hasta ellos. Quien, había traído un
caballo regalado; quien, un poncho, quien, un traje. Los gobernadores
que gozaban de la amistad de Rosas tenían franquicias comerciales
para sus Estados, soluciones para los intercambios de sus productos,
para los problemas de su moneda o para los pasajes de sus haciendas.
Y cuando esos gobernadores venían a su sede, eran proverbiales los
agasajos de toda la sociedad de Buenos Aires, amén de sus favorables
concesiones. A Quiroga le decreta honores que recorren la gama del
placer, desde el caballo a la bacanal degastadora y crapulosa. A López,
banquetes y vacas; a Ibarra plata y armas.
En los asuntos arduos obtiene el medio de saber, valiéndose de
una estratagema. Cuando se presenta una cuestión internacional o
simplemente de derecho administrativo o de gobierno, complicada o
difícil, manda llamar a su despacho o a su casa al doctor Lorenzo
Torres, explica el caso y le pide su juicio. Horas más tarde usa el
mismo procedimiento para con el doctor Dalmacio Vélez; y por el mismo
repetía la consulta con don Pedro de Angelis o don Tomás de Anchorena.
Preparado de este modo, reunía todo el cónclave y a cada uno presenta
la cuestión con la argumentación tomada del contrario, resultando que a
su modo repite el papel de Napoleón en la discusión del Código.
Tiene la pluma fácil: es de su agrado el escribir. Escribe sobre todo:
desde la carta política a Ibarra, glosando el versículo de la Biblia de
“quien no está conmigo está en contra de mí” al billetito penetrante y
avisor, como el mandado a doña Inés Dorrego. ¡Todo un espécimen! Dos
son sus grandes amanuenses de confianza: Reyes, cuya letra llega a
confundirse con la de él, y don Pedro de Angelis, que lo interpreta a
maravilla.
Un otro factor de verdadera confianza y como complemento de su
personalidad: la casa que habita.
Cualquiera podría creer que quien vivía en esa penumbra era un
misántropo, un enfermo, un melancólico a lo Francia, Felipe II o Luis
XI. No, por cierto. Rosas es una expresión casi permanente de buen
humor, entremezclado con una cantidad de inconsciencia manifiesta, que
lo acerca al terrible filósofo siempre optimista y cínico hechura
de Luzbel. Ordena un fusilamiento o un degüello y en seguida está
apto para urdir una broma. Tras de un asesinato, del de Maza, por
ejemplo, puede reir si se le ocurre hacer llamar por medio de Corvalán
al señor Obligado, que ese día ha tomado purga. Como a Alejandro VI,
un espectáculo de muerte puede abrirle el apetito. Ahora, pasemos al
Rosas de la proscripción. Es charlador, sociable, cultor de damas, y
borrajeador incansable de cuartillas. Fabrica él mismo adobes; anda a
caballo todo el día, luego se pone a escribir un libro de medicina.
Llama a su criada con cencerro; se hace dar friegas en las piernas;
no le agradan las visitas de americanos. Tal su régimen por años.
¿Tuvo una hora de honda meditación en las soledades de Southampton?
¿Sintió una sola vez, una siquiera, el estremecimiento de ese dolor
que remuerde por no haber hecho a su patria y a sus compatriotas todo
el bien que pudo y que deja escapar por entre las palmas de las manos?
Por lo menos en el instante final, en esa última palpitación del
cerebro y del corazón, de la memoria y de las fibras, al despedirse
del cuadro lleno de luz ante su vista interior, ¿lo sacudió una
angustia, un recuerdo hondo, un arrepentimiento de los que acaso bastan
a la purificación en el dintel de la Eternidad? Ni uno solo. Su hija
nos habla de la agonía y de la muerte serena de su padre, como un
historiador nos hablaría de la agonía y muerte de un justo. ¡Conciencia
humana! ¿Qué eres?
Pero, volvamos a tomar los hilos de nuestro discurso o sea lo que
importa a las tres vidas paralelas, materia de estos capítulos.
Al regresar Sarmiento a Chile con el ánimo enconado contra el general
Urquiza por el único delito de que Urquiza no le consultara sobre el
plan de Caseros, primero, y luego sobre el mejor modo de organizar
el país, dióse a glosar los 26 Boletines de la Campaña del Ejército
Libertador de que había estado encargado, intercalando entre ellos
comentarios despectivos contra la persona del general vencedor. Al dar
a luz este trabajo, determinó dedicárselo a Alberdi.
Según un pasaje de esta dedicatoria parecería que Alberdi hubiera
suscitado la polémica en “El Diario” de Valparaíso; pero el aludido
rechaza categóricamente la alusión.
La dedicatoria está llena de velados cargos y otros bien directos
contra Alberdi, desde la inculpación de su posición semioficial,
hasta la de creerlo interesado en lanzar a Sarmiento a la anticipada
publicación de su “Campaña”, que él reservaba para muchos años después.
Desde su ignorancia de los hechos, que Sarmiento en cambio acaba de ver
envueltos en sangre, hasta el recuerdo de su deserción de Montevideo,
al acercarse a Oribe.
La censura, pues, a Urquiza comienza con una página adversa a su amigo,
a quien llama “Mi querido Alberdi”.
La “Campaña en el Ejército Grande” se inicia con la Introducción, que
es otro golpe indirecto a Alberdi, y entra luego, como diario de un
viaje, a referir impresiones de los distintos puntos y accidentes por
que ha tenido que pasar, desde su salida de Chile hasta la “fuga” de
Buenos Aires, después de Caseros.
En forma amena, pero falta de cohesión, va dejando escapar sus
sentimientos y reflexiones sobre los hombres y los sucesos que le salen
al encuentro, destacando siempre de la interesante narración su figura
en primer término.
Sin constituir una crónica de hechos, ni menos un estudio de
caracteres, esta producción de Sarmiento, tan rica de matices, puede
ser considerada como un auxiliar para la historia de la época o del
acontecimiento que comprende, si bien debe cuidarse quien la utilice,
del espíritu preconcebido que la mueve. Bajo la pasión demoledora de
estas páginas, no obstante, asoma aquí y allá un afecto, un rasgo de
admiración, un verdadero aplauso a tal o cual figura determinada,
todo ello mezclado con lo anterior, como tintas claras y obscuras,
manejadas a un tiempo en un mismo estado de ánimo por un firme pincel.
No se ajusta el autor a ningún género dado, como que la soltura sigue
siendo su característica; quiero decir que, junto a la descripción de
un paisaje, vése un estudio de paralelo; y al lado de una reflexión
filosófica, que dá a la oración un corte de discurso moral, interrumpe
un diálogo y con éste una narración pintoresca y con ella un apóstrofe
y en seguida un retrato y por último una epístola.
De estas páginas, que causan el efecto de hojas diseminadas, Sarmiento
lo va diciendo todo muy aprisa, con el único cuidado de no posponer al
protagonista ni un instante. Y por ese propio apuro, el protagonista
moral y material, nos resulta un extraño ser, un ser inexplicable. De
pronto un hombre que tiene miedo a un perro y, al lado, un valeroso
crítico del general en jefe, compitiendo con él en volumen político y
social, como por ejemplo al adelantarse al Rosario, o al recibir las
primeras salutaciones de Palermo. Unas veces el servidor medroso que
espera del ayudante una palabra tranquilizadora de parte del superior;
otras, el violento discutidor que a voz en cuello censura al padre ante
su hijo. De pronto, vestido de pequeño mariscal francés, con plumas en
el sombrero, depositando a gritos palabras peligrosas en el oído de las
gentes que le salen al paso. Más tarde, sometiéndose a las menores
indicaciones del general, con una disciplina rayana en servilismo.
A las impresiones relacionadas con lo que Sarmiento llama su Campaña,
están unidos sus juicios referentes a los sucesos que siguieron a la
batalla, en la cual, desde luego, no desempeña ningún papel.
“Mi papel de “boletinero” me exoneraba de toda obligación
militar con mis jefes, por lo que, así que hubimos de rompernos
los cuernos, dejé al general Virasoro con sus edecanes y sus
caballos blancos, yo que no andaba muy bien montado, y busqué
el batallón oriental que mandaba el coronel Lezica y me coloqué
donde no estorbase, con mi ayudante, el capitán Dillon y uno
de mis asistentes, pero en lugar bien aparente, precaviéndome
contra ciertas bromas que estaba seguro se harían valer contra
mí,--el militar con guantes y con levita,--si podían decir que
me había perdido.”
En balde será el empeño de hallar en esta producción de Sarmiento las
pruebas que justifiquen sus acerbas manifestaciones contra el general
Urquiza, a quien llega a examinar hasta en su faz doméstica. Del relato
mismo se desprende que éste y todos los jefes que lo acompañan, sólo
tuvieron consideración y afecto para con el instable compañero.
“Enrolándome, dice Sarmiento, en el Ejército, tuve ocasión de
conocer de cerca el personal de guerra de nuestro país, los
jefes más acreditados, los medios de acción y cuanto interesa
al publicista, al historiador, al viajero, y al político
argentino. Merecí de todos, distinción y aprecio, y reconocí
las virtudes, patriotismo, capacidades, y talentos de los
hombres que han de figurar más tarde. Déboles a todos los
jefes y oficiales el más profundo agradecimiento. Fuí siempre
atendido por los coroneles Urdinarrain, Palavecino, Basabilvaso
y otros de Entre Ríos; considerado por Virasoro y Galán: y sólo
con el coronel Pirán tuve reyertas en que nos decíamos ambos
las impertinencias de más grueso calibre.”
En lo que se relaciona con el general Urquiza, Sarmiento nos dice que
en cierta ocasión le dió mil explicaciones, lo llamó su amigo y se
estrecharon varias veces la mano. Hay pasajes en que su devoción por el
general Urquiza pasa por entre sus enconos, como la luz por entre los
celajes, y en que llega a aplaudir terribles hechos de sangre, tal como
en la escena en que traen a la presencia del general vencedor al jefe
rosista Santa Coloma, que Urquiza manda degollar por la nuca en castigo
de sus víctimas, inmoladas en la misma forma.
Viaja el monorritmo de la cinta colorada por entre las páginas de la
“Campaña” como una obsesión formada e impuesta a los fines de disculpar
tanto agravio férvido en la pluma del autor. Pero si hay momentos en
que el tema puede ser oído con alarma, descúbrese en seguida que es uno
de los “sistemas” a que obedece la modalidad literaria de Sarmiento, y
de la que no se aparta a pesar de consejos tan sanos y autorizados como
los que ya le había dado don Valentín Alsina.
Tal es la síntesis de la “Campaña en el Ejército Grande”. La
imparcialidad del lector crítico no puede atenuar el egotismo y la
imprecación hiriente que constituyen su esencia, porque el limo que
sus aguas dejan, fecundiza la figura del vencedor de Caseros, dando un
resultado contraproducente acerca de la tolerancia de su alma, frente a
la ingratitud que lo combate.
Alberdi no considera el ataque de este punto de vista, sino del que
le es directo. Mas, lejos de contestarlo en el tono de la réplica,
volviéndola también reducida y personal, saca partido doctrinario
del asunto y lo eleva a la altura de un estudio, generalizándolo y
legándolo como enseñanza.
Retirado en Quillota, dedicó cuatro cartas a su adversario que aparecen
fechadas tres en el mes de enero y otra en febrero desde Valparaíso.
Explica en la primera que no hubiera leído, por escasez de tiempo, la
“Campaña”, cualquiera sea su mérito, a no verse obligado a ello por
la dedicatoria, lo que a su vez lo determina a analizar y contestar
todo el trabajo. Advierte que nada tendrá que hacer con la persona del
contendor, quien sólo le merecerá una crítica alta, digna y respetuosa,
y que su propósito capital es estudiarlo en sus escritos. Y al entrar
en materia, comienza por establecer cuán distinta tiene que resultar
la prensa, desde la caída de Rosas, si ha de intentar llegar a la
eficacia de sus fines políticos. Tras del dibujo del licenciado de
la vieja prensa, insubordinado a toda regla o disciplina, agitador
de poblaciones y de improvisada preparación, especie de gaucho malo,
el lector vé alzarse, como en fotografía superpuesta, la efigie de
Sarmiento. Estas primeras cuatro cartas son de una notable importancia
por la serenidad, por la lógica, por la fuerza destructora e inmensa y
por el estilo diáfano.
Es acaso el primer escritor de América que conoce los insuperables
secretos de la difícil síntesis. Escribe, con la menor cantidad de
palabras, la mayor porción de ideas. Del ahorro de sonidos, obtiene más
substancia y pensamiento. Es la pluma de las “Bases”. Y lo admirable
de su construcción, es que lejos de perder la forma de su belleza, la
aumenta en flexibilidad y ondulaciones, volviendo tan terso y sutil
el velo, que se ve toda la imagen al través. De modo que es el latín
clásico traducido al español armonioso.
Estas cartas debieron producir la sensación de las máquinas de guerra
de los griegos que se destinaban a aplanar los cuerpos de los muertos,
después de la batalla. . .
Pero, Sarmiento no estaba muerto. Contestó la réplica de Alberdi con
toda la violencia de su temperamento de demostrado luchador, tirando a
fondo sus formidables golpes de clava como para finalizarlo todo.