Y sucedió así; después de repetir mi declaración al terminar

Año V--N.ᵒ 3 Mayo de 1919

Revista de Filosofía

Cultura--Ciencias--Educación

PUBLICACIÓN BIMESTRAL DIRIGIDA POR

JOSÉ INGENIEROS

SUMARIO

_321_--_Rodolfo Rivarola_ Discurso de apertura de la Universidad.

_332_--_David Peña_ Alberdi, Sarmiento y Mitre. Alrededor

de 1852.

_358_--_J. Alfredo Ferreyra_ Acotaciones a Montaigne.

_367_--_Rodolfo Senet_ Los sentimientos morales, estéticos y

religiosos.

_386_--_J. Laub_ ¿Qué son espacio y tiempo?

_406_--_Leopoldo Maupas_ Lógica inductiva.

_437_--_Nicolás Besio Moreno_ Ulises en el Infierno dantesco.

_442_--_César Reyes_ Democracia individualista.

_457_--_Octavio Méndez Pereyra_ La crítica y el arte.

_462_--_José Ingenieros_ Las ideas filosóficas de Ameghino.

ÍNDICE DEL VOLUMEN IX

Redacción: calle Viamonte 743

Administración: Casa Vaccaro--Avenida de Mayo 638

BUENOS AIRES

EN LOS NUMEROS PRÓXIMOS

_Carlos O. Bunge_ Ensayo sobre Sarmiento (póstumo)

_Ernesto Quesada_ Desenvolvimiento social hispano americano.

_Juan Agustín García_ Notas sobre la evolución colonial.

_José Nicolás Matienzo_ Problemas universitarios.

_Roberto J. Giusti_ Ensayo sobre Amiel.

_Pedro N. Arata_ La ciencia en la época del Renacimiento.

_Franciso de Veyga_ La psicología hindú.

_Rodolfo Rivarola_ Cuestiones de filosofía política.

_Joaquín V. González_ Problemas culturales y universitarios.

_Leopoldo Maupas_ Ensayos de lógica.

_Carlos F. Melo_ Fundamentos y función social del Derecho.

_Enrique Mouchet_ Sobre psicología del lenguaje.

_Víctor Mercante_ Principios básicos de la educación.

_Rodolfo Senet_ Los sentimientos morales y religiosos.

_Juan Chiabra_ La metafísica dogmática contra la ciencia.

_J. Alfredo Ferreyra_ Estudios de ética.

_Alcira Villegas_ Ética social.

_Félix Icasate Larios_ Las categorías en Aristóteles y Kant.

_R. Sarmiento Laspiur_ La obra científica de Julio Méndez.

_Cristóbal M. Hicken_ La obra científica de Eduardo L. Holmberg.

_Eusebio Gómez_ Psicología de las pasiones antisociales.

_Narciso Laclau_ El problema de la vida.

_Obras de JOSÉ INGENIEROS_

Acaban de reeditarse:

LA SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA (11.ª edición corregida)

Un volumen de 220 páginas: $ 1 m/n.

SIMULACION DE LA LOCURA (8.ª edición, revisada por el autor)

Un volumen de 400 páginas: $ 2 m/n.

SOCIOLOGÍA ARGENTINA (7.ª edición, muy aumentada)

Un volumen de 450 páginas: $ 2 m/n.

PRINCIPIOS DE PSICOLOGIA (6.ª edición, corregida)

Un volumen de 400 páginas: $ 2 m/n.

CRIMINOLOGIA (7.ª edición, corregida)

Un volumen de 314 páginas: $ 2 m/n.

EL HOMBRE MEDIOCRE (5.ª edición, muy corregida)

Un volumen de 250 páginas: $ 1 m/n.

HACIA UNA MORAL SIN DOGMAS

Un volumen de 212 páginas: $ 1 m/n.

PROPOSICIONES, relativas al porvenir de la filosofía

Un volumen de 160 páginas: $ 1 m/n.

Pedidos a la Casa Vaccaro, AVENIDA DE MAYO 638, Buenos Aires

REVISTA DE FILOSOFIA

Año V--N.° 3 Mayo de 1919

DISCURSO DE APERTURA DE LA UNIVERSIDAD

POR EL DR. RODOLFO RIVAROLA

Presidente de la Universidad de La Plata

La situación actual del mundo, en lo político, económico, social y

moral presenta problemas para un porvenir inmediato de tal magnitud que

ni siquiera me animo a nombrar, y mucho menos a abrir discusión sobre

ellos en este acto. Están fuera de nuestro país, y asimismo, gravemente

al parecer, dentro de nuestras fronteras. Diríamos que se respiran en

el ambiente y producen en nuestro espíritu una sensación de peligro

próximo. Con todo, no es de ello que debo hablar en este acto, sino de

lo concreto de nuestros problemas más inmediatos, los que correspondan

a la común aspiración de la mejor enseñanza, y a la mayor consideración

y estimación recíproca de profesores y alumnos.

En mi razonamiento, lo que digo significa, para mí, que hay un

compromiso de conciencia que nos afecta por igual a profesores y

alumnos. Tenemos los primeros que saber claramente para qué enseñamos

y los segundos saber también claramente para qué asisten a nuestras

enseñanzas.

En el análisis de la primera proposición _para qué enseñamos_,

confesemos dos motivos egoístas: la satisfacción de una tarea honrosa

y la percepción del honorario. No podemos moralmente contentarnos con

los motivos egoístas. Uno y otro implican el cumplimiento de un deber,

sin el cual, en vez de satisfacción, sentiríamos vergüenza y pena,

si tenemos conciencia regularmente normal y moral. Nuestro honorario

se compone de dos partes: una que paga la Sociedad por su órgano,

el Estado; otra que pagan los alumnos a título de derechos que la

Universidad percibe. Nuestro servicio será para la Sociedad, en cuanto

la Universidad deberá proveerla de aptitudes individuales útiles para

su bienestar, su mejor gobierno, sus mejores servicios administrativos,

su mayor producción económica, su mejor justicia, su mejor moralidad,

salud o higiene. Deberá ser para cada alumno, en cuanto le habilitará

para que sirviendo bien a la sociedad, se sirva a sí mismo mediante la

remuneración honrada de su trabajo.

Si hemos tomado a nuestro cargo la responsabilidad de enseñar, es

porque confiamos en nuestras aptitudes; pero tal vez no meditamos

suficientemente en el fin de nuestras enseñanzas. De aquí se sigue que

nuestros planes de estudios, nuestros programas o nuestros métodos

puedan carecer de precisión para orientarnos hacia la utilidad social e

individual.

* * * * *

Es urgente distinguir entre la elaboración de la ciencia y su

aplicación, o sea entre investigar y hacer. ¿Por qué haríamos un

investigador de física cuando sólo necesitamos un electricista?

¿Por qué haríamos un botánico, cuando necesitamos un agricultor? Un

electricista deberá convertir su habilidad en dinero: un agricultor

lo mismo. Su servicio será para un industrial, particular, sociedad o

colectividad, en vista de una retribución correspondiente. ¿Qué haría

con el investigador de física o de botánica, el industrial a quien sólo

interesara el rendimiento económico más provechoso, si el sabio ocupara

su tiempo en adelantar la ciencia en vez de adelantar las entradas

en dinero de la industria? Ante el peligro de que la investigación

científica arruinase la industria ¿despediría el sabio o, por lo menos,

le relegaría a un laboratorio y tomaría un técnico? Lo que digo del

físico y del botánico, lo digo también del químico, del médico, del

veterinario, del abogado y de cuanto _saber_ debe transformarse en

_hacer_, de cuanta ciencia debe ser arte: _arte de curar_, se decía de

la medicina.

El método de educar para la ciencia y el método de preparar para

la profesión, son necesariamente diversos como correspondientes a

fines distintos. El primero aspira a la explicación más completa de

las cosas; el segundo a la ejecución más perfecta de las obras. La

ejecución es más perfecta cuando responde con mayor exactitud al

fin deseado, aunque en cualquier caso particular el ejecutor ignore

la explicación. Continuando todavía con uno de los ejemplos que he

propuesto, la agricultura es fuente de riqueza nacional; la proposición

sería de una trivialidad afligente si intentara decir alguna

novedad. En ella va contenida la afirmación de ser la agricultura

arte de economía; arte de producir riqueza transformada en su signo

representativo, la moneda. Cuando diplomamos a un perito agrónomo,

no tenemos que certificar sus conocimientos científicos o teóricos

en las diversas ciencias que adelantan la agricultura. Se nos pide

únicamente que certifiquemos su habilidad para transformar semilla en

dinero. Deberá nuestro perito tener esta habilidad; con el menor gasto

posible producir la mayor utilidad. No solamente deberá saber cuál

es la semilla que produce mejores plantas, sino que es indispensable

que sepa cuánto cuesta y dónde se vende, y deberá saber qué precio se

obtendrá por los productos. La perfección de este arte no estará, pues,

en presentar los frutos más hermosos, según el criterio estético, sino

en obtener los de mayor utilidad económica, porque este es el fin del

servicio. Una escuela de agronomía es, pues, una escuela económica,

destinada a preparar comerciantes de la agricultura, y ella misma debe

ser una casa de comercio agrícola, para que sus alumnos puedan ser

buenos comerciantes (no demos a la palabra la acepción jurídica) de la

industria rural.

Sé que expreso estos pensamientos contrarios a otros que oigo y leo

sobre enseñanza agrícola. Tengo desde muchos años en los oídos esta

frase de los especialistas más respetables y distinguidos: las escuelas

de agricultura son establecimientos de enseñanza y no de producción;

a lo cual contesto que deben ser de producción para que se aprenda

a producir. Pero declaro que mi interés de este momento no es abrir

polémica sobre esta cuestión, sino presentar un ejemplo de demostración

lógica, aplicable a cualquier arte, considerada en el único aspecto

que indicará el método de enseñarla: su finalidad. Quien acude a un

abogado porque tiene un pleito, le interesará que su letrado obtenga

el reconocimiento de lo que cree su derecho, le importará poco lo que

sepa sobre problemas de reformas legislativas, que correspondan al

grado de estudio cuyo objeto es la mejor organización de la sociedad.

Lo mismo, quien acude a un médico es para que le cure la enfermedad; le

importará poco cuáles sean sus profundos conocimientos en determinada

investigación de laboratorio, si no ha visto muchos enfermos y

aprendido su arte al lado de quien los asistía y los curaba de modo

que él mismo sepa curar... por lo menos las enfermedades curables, las

únicas que se curan, como decía el doctor Wilde.

* * * * *

El tema que aquí trato es el mismo que sometí a la Asamblea General

de Profesores, en agosto del año pasado; y lo consideraremos de nuevo

en la próxima Asamblea General. Me sirve ahora para traerlo hasta

algunas de las cuestiones universitarias que parecen haber tomado mayor

importancia.

Las ideas corrientes de organización universitaria argentina,

sus planes de estudio y métodos, aspiran a hacer principalmente

profesionales, o sea técnicos, mediante métodos de investigación

científica. No hay distinción positiva, bien clara, entre la

preparación para la ciencia y la preparación para la profesión. No

tenemos escuelas técnicas, porque la enseñanza técnica está dentro

de las mismas universidades, y cuando se encuentra afuera imita los

métodos y planes científicos, aspira a igualar con la enseñanza que

debería ser puramente científica y no profesional. No es para mí

inconveniente que se encuentre dentro de la Universidad lo científico

puro y lo profesional, lo elemental y lo superior; pero a condición

de que distingamos lo que corresponde a una y otra finalidad de la

enseñanza.

Cuando se cita el ejemplo de universidades extranjeras, especialmente

alemanas, y se encomia su admirable libertad de enseñar lo que el

profesor quiera, y de aprender el alumno lo que quiera, de asistir

o de no asistir a clase, de elegir unas materias y no otras, de no

dar exámenes, etc., se advierte al mismo tiempo que en aquellas

universidades la enseñanza es puramente científica, y que la técnica

se da en institutos especiales. He mostrado en otro momento y lo

repito ahora, que hay gravísimo error en aplicar aquellas ideas a las

universidades argentinas, que no son puramente científicas, sino que

proponen a la vez los dos fines de preparación para la ciencia y para

la profesión.

Cuando los estudios científicos con educación especial en métodos

adecuados y rigurosos, corran por separado de los métodos para la

preparación profesional, diremos claramente que no hay exigencia de

asistir a clase, ni reglamento de práctica, ni obligación de alumno:

quien quisiere aprender asistirá a la enseñanza que pueda darle quien

tenga ciencia para enseñar.

Esta separación es simplemente una tesis que sostengo; no es una

realidad existente en nuestras universidades. Muchos, tal vez

la mayoría, no creen en ella, como yo no creía antes de haberme

rectificado. Toda la enseñanza universitaria está organizada bajo

el supuesto de una base científica sin distinción de finalidad

científica o profesional. De esto resulta que, en definitiva, no sea

ni preparatoria de aptitudes científicas ni preparatoria de habilidad

profesional.

La medida en que la enseñanza científica deberá servir a la preparación

profesional, es en casos particulares de positiva dificultad. Lo

reconozco y lo declaro. Por eso mismo, y mientras la tesis no se haya

convertido en realidad, corresponde que cada alumno se proponga a sí

mismo la cuestión de su propia vocación y destino que desea dar a sus

estudios. En la enseñanza de cada materia, encontrará una parte o un

aspecto, un modo o un método que se ajustará mejor a sus deseos o

conveniencias. Es en este sentido que la presencia en la clase será

para él un beneficio que a su tiempo lamentará haber descuidado, aun

cuando a su juicio, en cuya infalibilidad de hoy no debe creer, le

parezca que la enseñanza no responda a su interés futuro.

Por otra parte, quien aspire solamente a ejercer una profesión, por ser

ésta de carácter que requiere derivarse de conocimientos científicos,

ninguna medida de tiempo que emplee en adquirirlo le será perjudicial

para su profesión. De la misma manera, quien aspire a consagrar su

empeño en la adquisición de la ciencia, en ninguna manera le será

perjudicial cualquier contacto con el arte o aplicación profesional de

la ciencia.

Demasiado sabemos por experiencia propia que no alcanzamos a ser

hombres de ciencia, desde que discutimos o inventamos muy poca cosa en

la vía de la producción científica, y si adquirimos alguna habilidad

profesional es con frecuencia mediante rectificación de errores que

reconocemos después de haberlos cometido.

Mediante la misma rectificación de errores bajo el látigo de la

experiencia diaria, hemos llegado a profesar en la cátedra y a tener

en verdad cierta experiencia que utilizamos y debemos utilizar para

aprovechamiento de los jóvenes que en calidad de alumnos nos reclaman

el fruto de lo que la vida haya sembrado en nuestro espíritu. Agregaré,

porque es verdad y porque hablo sin disimulo, que así como no todas

las tierras son apropiadas para que la semilla germine y salga a la

luz la planta, no en todos los espíritus la experiencia da frutos

iguales. Resulta así natural desigualdad en aptitudes para enseñar.

Tal desigualdad se hará mayormente manifiesta, cuanto mayor sea lo

que puede llamarse individualismo profesional, quiero decir, completa

libertad del profesor para hacer o no hacer, enseñar o no enseñar,

guardar analogía con la media normal del método de enseñar, o no

guardarla, sea por mayor aproximación a cualquier extravagancia de

genio o de talento, o por retardo, hijo de la pereza, o de cualquier

otra madre.

Entretanto, cumplidas las exigencias de planes de estudio y programas,

el decano o director de instituto firma un diploma que certifica con

valor de instrumento público inatacable que el poseedor del pergamino

o cartulina sirve profesionalmente para lo que el documento declara.

Suscripto por el decano o director, el documento pasa a la firma del

presidente de la Universidad y es así, bajo esta doble fe de verdad,

que el público la recibe.

Parece elemental que por respeto a la firma propia, que es el propio

honor, nada sea suscripto por ella que no sea verdad. De esto nace el

deber de verificar si es cierto lo que bajo la propia firma se declara

y el derecho de hacer lo necesario para cumplir con el deber. El decano

o director tiene deber y derecho de verificar la enseñanza que se da

bajo su dirección inmediata y el rector o presidente tienen deber y

derecho de exigir que la vigilancia sea cumplida. Estas son funciones

del cargo respectivo, declaradas por la ley y bajo la responsabilidad

de los funcionarios a quienes las confía.

Supone esta organización universitaria, que cada cual cumple con su

deber y facilita en perfecta armonía y cordialidad el cumplimiento del

deber de los demás. Todo profesor debe tener agrado en que su enseñanza

sea directamente vigilada por el propio decano o director, que para

esto cuenta con el voto de la mayoría, que no es más que un signo de

voluntad de la total corporación docente. Debe tener agrado y ver en la

función de vigilancia un descargo de la propia responsabilidad y una

seguridad contra el error de los alumnos.

Son francas mis expresiones y deseo que nadie las encuentre ásperas

como papel de lija. Me son sugeridas por la observación de lo que en

parte explica alguna agitación universitaria fuera de nuestra casa, por

muy tranquilos que nos sintiéramos de que en la nuestra no habrá motivo

de análogos sinsabores. Un aspecto de cualquiera reforma universitaria

que hayamos observado, deja advertir de alguna falta de idoneidad del

personal docente. Los alumnos descubren algunas veces este defecto y

ejercen ellos, en formas propias de la edad, el legítimo derecho de

descontento, que la dirección de la enseñanza debió prever y evitar.

Es natural que cuando falta gobierno regular desde arriba, comience

el gobierno irregular desde abajo, que puede ser, por lo irregular,

desgobierno. La reacción se hace revolucionaria y corren a veces igual

suerte los buenos y los malos, si acaso los primeros no son los que se

retiran de la lucha amargados y entristecidos. Cuanto desde este punto

de mi discurso podría decir, me llevaría demasiado lejos. La limitación

de tiempo me conduce a esta única declaración de mi pensamiento: el

mal de que estoy hablando no se cura con reformas electorales en la

provisión de los cargos universitarios. Con ellas o sin ellas puede

crecer si no se despierta la conciencia del deber que a cada cual

impone la función que le está confiada.

Y como deseo concluir, adelanto que no pongo en mis palabras ninguna

reserva sobre los diversos recursos alegados para corregir males de

este género.

Por el momento me ocuparé de dos de ellos que sirven de tema a

conversaciones de alumnos y profesores, a saber: la asistencia de

alumnos en los consejos directivos y la libre asistencia o inasistencia

a las clases teóricas.

En cuanto a lo primero, declaro mi disconformidad con el voto electoral

de los alumnos para elegir autoridades universitarias. De todas maneras

tal voto está excluído por nuestra ley universitaria. En cambio,

consecuente con pensamientos ya antiguos en mi experiencia de estas

cosas, he suscripto con el vicepresidente de la Universidad, señor

Besio Moreno, el proyecto para que los alumnos tengan delegados con voz

en los consejos, que ha sido sancionado anteayer.

En cuanto a la asistencia obligatoria, me he declarado autor de la

iniciativa que es el texto de la ordenanza de fecha 3 de marzo de 1906

que dice: “en la Universidad Nacional de la Plata no habrá alumnos

libres”.

Su objeto fué crear el estudiante universitario para la Universidad

que entonces se fundó. El efecto de esta resolución está a la vista.

La nueva Universidad pudo ser un simple establecimiento de mesas

examinadoras para alumnos de todas las regiones de la República. La

ciudad de la Plata es hoy universitaria porque los estudiantes han

tenido que ser alumnos regulares. De esta ordenanza han derivado otras,

particulares de las facultades o generales de la Universidad, que han

declarado obligatoria la asistencia a un número de clases. Yo deseo que

la ordenanza que excluye los alumnos libres sea mantenida y no tengo

inconveniente en que se derogue la asistencia obligatoria. Todo estará

en encontrar la definición del alumno libre excluído, o la definición

del alumno propio o regular por algún signo diverso de la asistencia

obligada a un número proporcional de clases de todos los cursos y en

todos los años. No es esto imposible, ni siquiera difícil, y muchos

alumnos conocen ya el pensamiento que es objeto de mis reflexiones para

hallar solución a este problema.

La no asistencia a clase tiene dos aspectos; uno el de los alumnos

perezosos que no van a clase o huyen del profesor que les interroga;

otra el de los alumnos diligentes que aspiran a prepararse seriamente

y quieren significar por su inasistencia a algunas clases su

disconformidad con los profesores que creen malos. De este último

aspecto sólo puedo reconocerles que ejercitarán ellos una función

realmente abandonada, cuando tal ocurriese, por los respectivos decanos

y consejos.

La no asistencia a las clases puede ser realmente un signo de

disconformidad de los alumnos con un mal profesor; pero sé por

experiencia que data de algunos años antes de que nacieran los jóvenes

que ahora son alumnos, que también es motivo de deserción de la clase

el temor de ser interrogados para observaciones de clasificación.

Seamos todos absolutamente sinceros; séanlo, pues, como yo, los jóvenes

que me escuchan o que lean después estas declaraciones; el alumno que

estudia mal, que se distrae en cosas que no son las correspondientes

a su preparación para la clase o que no tiene educación mental

anterior, está siempre dispuesto a faltar el día en que sospecha que

puede ser interrogado. Profesores más empeñosos, los que asisten con

interés y disposición docente, los que dan muestra de su labor en la

producción científica y hacen lo que es posible hacer para adelantar

los conocimientos, podrán ver sus clases desiertas el día en que se

propongan interrogar. Esto es de mi experiencia personal, si se me

permite contarme entre los que hayan seguido con alguna vocación la

carrera docente y pensado y escrito sobre diversas materias de ciencia

y enseñanza desde hace treinta años. He tenido la fortuna de que mis

alumnos me consideraran siempre con respetuosa amistad y no me dieran

sino satisfacciones en mi vida de profesor. Es, pues, el cuento que

hace próximamente veinte años tenía yo a mi cargo una clase de Derecho

Civil en la Universidad de Buenos Aires, con más de doscientos alumnos

en lista. Comencé mi año con el afán de profesor todavía joven y con

ilusiones mejores que la realidad. Preparé mis lecciones metódicamente,

con sumarios de exposición que no he vuelto a hacer desde entonces,

y dí con este método un curso de conferencias. A cierta altura de mi

exposición del programa, quise informarme de la utilidad que para los

alumnos tuviera mi enseñanza de la materia; el aula estaba completa

como de ordinario; comencé a nombrar uno por uno a los que estaban

en la lista, y como continuaba yo leyendo sin que nadie se dijera

presente, me dirigí a la clase con esta pregunta: “Pero, señores,

¿quiénes son ustedes?” Como tampoco respondieran, hablé particularmente

a uno de la primera fila: “¿Cómo se llama usted?” Me dijo su nombre;

yo lo había leído. Le pregunté: ¿Por qué no ha contestado usted

cuando le llamé? Porque no estaba preparado, señor. Pasé a otro con

la misma pregunta y la misma respuesta. Les dije entonces: “No es

posible que la imprevisión de ustedes sea tanta que ni siquiera se

encuentren preparados para saber cómo se llaman; para esto no necesitan

preparación”. Seguí informándome y resultó que toda la clase estaba

presente para escuchar y ausente para hablar. Si yo hubiera dicho en la

anterior que interrogaría, no hubiera tenido a quien llamar porque el

aula habría estado desierta.

Es este caso de inasistencia voluntaria con asistencia corporal,

que no he olvidado cada vez que se ha hecho el argumento de que la

inasistencia de los alumnos sea un signo positivo de la incapacidad

del profesor. Pero es también verdad, señores, que lo mismo que

ocurre a tantos otros en todo género de funciones, no me he decidido

a reconocer mi propia incapacidad, que si la reconociera tendría que

abandonar necesariamente la función de mi cargo.

Para no perder a mis alumnos de entonces ni enfriar mi entusiasmo de

profesor privándome de numerosa asistencia, declaré que no volvería a

interrogar, con aviso ni sin aviso previo, y todo lo contrario, quedaba

a disposición de mis alumnos, para ser interrogado por ellos sin previo

aviso.

Y sucedió así; después de repetir mi declaración al terminar algunas

clases que siguieron, alguien me interrogó, y luego otros y otros

más. Pude entonces descubrir que una pregunta es indicio más seguro

de estudio o talento en quien la hace que una respuesta a una

interrogación. Efectivamente, en toda pregunta va contenido un elemento

para la respuesta; algo como presentación de términos afirmativos o

negativos; y la posibilidad de error se reduce a contestar no, en

lugar de sí, o viceversa. Entretanto, para formular la pregunta ocurre

la necesidad de optar entre una multitud de términos, y formular

previamente múltiples juicios de opción para que la pregunta tenga

sentido. Descubrí así, que tal vez la verdad en estos casos está, como

en muchos otros, al revés de lo que vemos. En realidad, un hombre de

estudio y de ingenio preguntará siempre cosas interesantes; un tonto no

preguntará sino tonterías.

Se me disculpará la pesada narración de mi anécdota, que no he sabido

contar más brevemente, pero estimo que algún valor tenga para quienes

hacen todavía experiencia de profesores y de alumnos; puede asímismo

concluirse de ella que tales cuestiones como las que hoy se agitan no

son nuevas.

Sirvan los pensamientos de este discurso para que profesores y alumnos

pongan su mejor voluntad en comenzar y continuar las labores del año

con el mejor empeño en el estudio y la mejor cordialidad en el trato.

* * * * *

Me complace declarar que esta cordialidad ha sido como un signo

o carácter particular de esta Universidad. La generalidad de los

profesores pusieron siempre noble y generoso empeño en servir sus

cátedras del mejor modo posible. El ejercicio continuado de la docencia

ha formado en ellas ese caudal de experiencia que no se improvisa ni se

adquiere fuera del ejercicio de la cátedra. Alguna que otra excepción

que habría que hacer con sentimiento en días recientes, sirven para

confirmar que las direcciones de la enseñanza universitaria no son

indiferentes al deber de vigilancia o al ejercicio de su autoridad

cuando el caso ocurra.

Las aptitudes que se adquieren en la experiencia no pueden ser

suplidas por ningún otro origen, aunque tenga por medida la vocación o

disposición natural para enseñar. Se debe tolerar en cierta medida de

equidad cualquiera falla de menor cuantía, cuando se sabe lo difícil

que es llenar la vacante de una cátedra.

No sé por qué destino personal he tenido desde hace más de veinte

años, por razón de mis cargos universitarios, la grave responsabilidad

de elegir candidatos para el profesorado superior. Las vacilaciones,

diría mejor las tribulaciones de mi espíritu, las han tenido cuantos

han pasado por semejante situación. No se puede ser profesor porque

sí, porque se reciba un nombramiento o porque se tenga un título

profesional. De esto puede resultar un profesor, pero no hay relación

entre el título o nombramiento y la aptitud para enseñar.

Sirvan estas palabras para dar un consejo amistoso a los jóvenes que

tan repetidamente me dan pruebas de confianza consultándome sobre

intereses generales de la enseñanza o sobre sus casos particulares.

Piensen y admitan la posibilidad de ser llamados algún día a

la cátedra; de ser llamados aunque no aspiren a ella, o de ser

aspirantes aunque hoy no tengan estímulos ni sientan vocación que

podrá despertarse en lo sucesivo. Al asistir a cada clase aprendan

dos cosas, a saber: la concerniente a la materia particular de la

enseñanza y la que corresponde al modo o método de enseñar. Aprendan

lo correspondiente a la rama de las matemáticas, de las ciencias

sociales o de las ciencias naturales, de que tratan sus profesores, y

aprendan a la vez, por el ejemplo que tienen a la vista, de qué manera

se enseña. Tienen ellos una medida o patrón de crítica que les servirá

para evitar, cuando a ellos les toque enseñar, los defectos que crean

advertir como alumnos. Piensen en hacerlo mejor cuando les llegue el

turno de profesor.

Advierto que mis palabras en lo que estoy diciendo son superfluas.

Tengo repetidos testimonios de ser los alumnos de esta Universidad

disciplinados en el estudio, amantes de la institución y dispuestos a

honrarla dentro y fuera de la casa. A propósito, y antes que el año

que ha pasado se aleje en la corriente del tiempo, que se lleva todos

los recuerdos, detenga en este lugar el de la grata impresión que

produjo en mi espíritu la opinión que dejaron de sí mismos y de la

Universidad los jóvenes delegados al Congreso Universitario de Córdoba,

el año anterior. Recogí, entonces, de fuente sincera y de testigos

inmediatos, la seguridad de que los delegados de la Universidad de

la Plata se habían conducido con tal seriedad y circunspección, que

se hizo notable en la opinión de aquella ciudad y se esparció luego

fuera de ella. Al regreso de la delegación, tuve el placer de escuchar

el relato de los asuntos tratados por ellos y confirmar personalmente

la buena opinión que habían conquistado. Pensé entonces que por mucho

que tal circunspección fuese inspirada por condiciones de temperamento

personal, algún influjo tenía en ellas la colectividad de estudiantes y

alguna en esta última la dirección docente de facultades e institutos

y la obra perseverante de mi antecesor en fundar el porvenir de la

Universidad sobre la base de los buenos sentimientos recíprocos

entre profesores y alumnos. Puede comprenderse cuánta será mi propia

felicidad si llego a comprobar que no se ha destruído ni disipado en

mis manos el tesoro de simpatías acumuladas en la Universidad que tengo

tanto honor en presidir. Espero que en ellas mismas se encuentre la

mayor felicidad para cuantos comiencen hoy un año más en el trabajo de

enseñar y de aprender.

Y así esperaremos con serenidad y de frente los peligros que amenazan

al mundo y los que más de cerca nos aflijan.

Quedan abiertos los cursos de 1919.

17 Marzo 1919.

ALBERDI, SARMIENTO Y MITRE

ALREDEDOR DE 1852

Por DAVID PEÑA

Profesor en las Universidades de Buenos Aires y La Plata

Por el asedio y otras causas, la rueda de argentinos residentes en

Montevideo se achicó de pronto hacia 1851, aumentando, en cambio,

las que existían en Santiago, Valparaíso y Copiapó. Otros pasaron al

Perú, otros a Bolivia y otros al Brasil. Esta incorporación ahondó

la divergencia que ya existía en Chile entre los primeros acerca de

las cuestiones internas de la República Argentina y sus problemas

exteriores. Algunos de los recién llegados se inclinaron al grupo que

tenía su sede en Valparaíso y otros al Club que comenzaba a funcionar

en Santiago.

Sarmiento y Alberdi eran los representantes de éstas como tendencias

antagónicas que estaban latentes en todos los espíritus, manifestadas

en los vagos anhelos, en las observaciones críticas, en las

conversaciones de las ruedas familiares de las tardes y las noches. Los

sucesos y los hombres de la patria se apreciaban de diverso modo, como

también se discrepaba al considerar los planes referentes al futuro.

Cuando Sarmiento y Mitre abandonaron el hospitalario Chile, ya quedaban

divididos los ánimos, mucho antes de Caseros.

Sarmiento y Mitre, acompañados de Aquino y de Paunero, embarcáronse en

Valparaíso, con rumbo a Montevideo, a donde llegaron el 2 de Noviembre

de 1851. De allí escribe Sarmiento a don Manuel Montt esta fatua

confidencia: “Todos presienten que hay un rol que me está reservado, y

mi llegada parece que llena una necesidad”.

Tal ufanía sería explicable tratándose del escritor, pero no del

político, y menos del organizador. Bien conocidos eran los méritos

de la pluma de Sarmiento como incansable denostador de la tiranía y

anheloso propagandista del régimen de libertad, para que no se le

estimulase con el augurio de que el general Urquiza sabría apreciar

debidamente sus talentos y utilizar su pluma; pero no suplían sus

tentativas en el papel para acreditarle capacidad de mando, en una

campaña que llevaba consumidas existencias valiosas y el patrimonio

de dos generaciones. A él le bastaba, sin embargo, que el hermano de

Lavalle le hubiera regalado las espuelas que usara el general, o que

el ministro Batlle se desprendiera de su espada, en su obsequio, para

sentirse animado de aquel superior aliento que transportaba heroísmo

a la adarga de Don Quijote. Puso en agitación a medio Chile con su

proyecto de penetrar a su país por la región andina al frente de una

expedición, y, al salir con Paunero, Aquino y Mitre... sólo obtuvo

el acompañamiento de tres peones que andaban sin trabajo. Mas ¿qué

importa? Habían sido soldados del Ejército de los Andes, desde luego

sargentos, y nada más fácil que del Regimiento de Granaderos a caballo.

A poco, uno de ellos, su asistente, se deja seducir por un bombero de

Pacheco y, entre libación y libación, le entrega el paquete de papeles

y el “Diario de Campaña” de su jefe el escritor.

Sarmiento trasladóse a Gualeguaychú, acompañado de Aquino, donde el

general Urquiza preparaba su ejército desde su cuartel general. La

entrevista debió ser interesante. Sarmiento vestía un flamante traje

de teniente coronel, grado que él se concediera ante sí y por sí.

Urquiza lo reconoció y mantuvo en ese grado, con su poco de apego

por el extraño personaje que pusiera su pluma poderosa al servicio

de la campaña contra Rosas y también de su persona. Conocía todos

los artículos laudatorios del eminente escritor de “La Crónica”, “La

Tribuna” y “Sud América”, como de años atrás las páginas de “Facundo”;

pero también sabía que Sarmiento constituía una fuerza incierta,

un punto de apoyo de insegura resistencia, un aliado intermitente.

Debióle bastar un simple golpe de ojo al Favio criollo para averiguar

la psiquis de aquel raro compatriota que hablaba a destajo de las

eminencias europeas y barajaba los ejemplos de la América del Norte,

entre el ludir de las caballadas y el hervor del campamento, semejante

a colmena. De aquella conversación en la carpa no resultó Sarmiento

jefe del Estado Mayor sino encargado de redactar el “Boletín” del

ejército. Munido de fondos, regresó a Montevideo a organizar su

imprenta ambulatoria.

Paunero y Mitre lo esperaban allí. Con ellos se embarcó en uno de los

buques de la escuadra brasileña que debían proteger el pasaje del

ejército, soportando en el Paso del Tonelero el fuego de las baterías

enemigas al mando de Mansilla, amigo después de ellos. Al siguiente

día llegaron al Diamante, donde ya había empezado el ejército de

Urquiza el pasaje histórico. Mientras Mitre y Paunero ocupan los

puestos que se les tenía ofrecidos, Sarmiento prepara los enseres de la

imprenta militar. Una vez la columna en marcha, Sarmiento se adelantó

hacia el Rosario sin la correspondiente autorización del general en

jefe, a recibir las anticipadas ovaciones de aquella modesta villa que

se acababa de declarar por la revolución[1].

Fué allí mismo y a los breves días, que aconteció el suceso desgraciado

y alarmante de la sublevación del regimiento de Aquino y el asesinato

de este jefe por sus propios soldados. Mitre atravesaba esa noche el

campo para ir a visitarlo en su carpa, y distraído en la conversación

con quien lo acompañaba, se separó del camino. Si llega antes, asiste

a la tragedia. En homenaje a la amistad y a su empeñosa solicitud,

Urquiza recomendó de todos modos la aprehensión de los soldados

fugitivos, prometiéndole que sería inexorable con los asesinos del

valeroso jefe.

Caseros se produce. Sarmiento no tiene ningún papel militar, pero

asiste a la batalla. Mitre comanda unas piezas de artillería frente

a frente de su ínclito ex jefe el coronel Martiniano Chilavert, el

antiguo unitario pasado recientemente a las fuerzas de Rosas después de

sus lucidos servicios a la causa opuesta.

La batalla de Monte Caseros ha sido juzgada con distinto criterio

como hecho de armas, pero del punto de vista de su acción política y

moral, es una batalla grande, de las más grandes después de las de la

Independencia, como que allí fué, por fin, aventada la omnímoda tiranía

que desde 1829 resistiera todos los embates y cruzadas.

En los preliminares de esta acción, preocupaba a Urquiza la

averiguación del jefe a quien Rosas entregaría la dirección del

combate, como que de su elección dependería, en mucho, el éxito, dando

siempre sus ojos, al repasar la lista, con el nombre del general

Pacheco. Díaz, Chilavert, Lagos, no detenían su atención. Era Pacheco.

Era Pacheco. Entonces urdió una supuesta correspondencia con él, de

anterior data, y escribióle cartas como si fueran la continuación de

aquélla, cartas que confiaba a chasques con instrucción respecto del

camino que debían de tomar, el mismo por donde estaban apostados los

centinelas de Rosas. Apresados los citados mensajeros, eran llevados

ante el Restaurador con el cuerpo del delito.

Contábale yo este episodio al general don Benjamín Victorica hace

muy pocos años y, al oirme, él completó la narración de esta manera:

“Como se acercara el momento de la batalla y el gobernador (Rosas) no

le hubiera designado al general Pacheco su papel en ella, y en cambio

Manuelita había tenido ya actos de preferencia y de obsequiosidad para

con Lagos, el general Pacheco resolvió entrevistarse con el general

Rosas, buscándolo donde se hallara. Rosas consintió en recibirlo en

las proximidades de Caseros, en un edificio que antes sirviera de

panadería. Yo me quedé a la espera del general Pacheco, de quien era

ayudante. Cuando salió, vi su fisonomía descompuesta.--“Ciertamente el

gobernador debe de estar loco”, fué lo único que me dijo. Nos alejamos

en nuestros caballos hasta una casa semi abandonada, seguidos de los

soldados que formaban su guardia. Penetramos a una de las piezas,

y como era ya de noche, preparamos nuestros recados como camas y,

acostados uno cerca del otro, encendimos nuestros cigarros mientras nos

venía el sueño.

De pronto vi una sombra pegada a la ventana cerca de la cual yo estaba,

y oí mi nombre pronunciado apenas. Me levanté al instante y acudí al

llamado. Un hombre embozado hasta los ojos díjome que un amigo, que

no puedo nombrar a usted, me prevenía no dormir esa noche cerca del

general Pacheco. El misterioso mensajero desapareció en seguida.

Yo dí aviso al general del peligro que lo amenazaba, y él dispuso

entonces volver a ensillar los caballos y separarse de aquel sitio.

Lentamente proseguimos en dirección a sus campos. El general Pacheco,

terminaba el doctor Victorica, no asistió en efecto a la batalla. Al

otro día tuvimos noticias del resultado de ella, muy distantes del

lugar en que se había realizado”.[2]

Vencedor Urquiza, estableció su residencia en Palermo. Los primeros

días, sofocados los asaltos de la canalla y los robos de delincuentes y

soldados, debieron ser de regocijo indescriptible para los que volvían

a ver las calles de Buenos Aires después de una proscripción forzosa o

voluntaria de más de cuatro lustros.

¡Buenos Aires! Los de menor alejamiento eran los que salieron jóvenes

a la época que iniciara Alberdi la égida en 1838. Mitre no conocía

propiamente la ciudad soñada, pues trasladado a Patagones el mismo año

de su nacimiento, de allí pasó a la estancia del hermano de Rosas, y de

esa estancia a Montevideo. Así se explica que en los días inmediatos

a Caseros aquellos hombres jóvenes se pasaran recorriendo los lugares

históricos con un fervor intenso y un tanto melancólico, porque se

sentían como extraños en el hogar común[3].

Vencedor Urquiza, decía, estableció su residencia en Palermo. Allí

le presentaron parte de los desertores asesinos de Aquino, los que

fueron en seguida fusilados. También lo fué Chilavert, a causa (a

estar al ayudante Elías) de su arrogante manifestación hecha con el

objeto de que lo supiera Urquiza, que para él Rosas representaba la

causa de la nacionalidad; y que, lejos de arrepentirse de su reciente

renegación, la volvería a cometer una y cien veces. Saldías, pariente

de Chilavert, ha rodeado de comentarios dramáticos este final del

talentoso artillero para hacerlo caer como un héroe de leyenda; y otros

historiógrafos han difundido el dato de que Mitre le vituperó con

energía la acción al mismo vencedor. Si a renglón seguido se recuerda

que el rasgo fisonómico de Urquiza que nos han grabado a fuego los

mismos narradores, transformaban a aquel hombre en tigre, con sus ojos

verdes, brillantes por la cólera, y sus pómulos movidos por el temblor

del odio, no sabemos cuando tienen razón: si cuando trazan la figura de

Urquiza en actitud de oir, sumiso, la reprimenda del comandante Mitre,

o cuando lo muestran poseído de la crueldad de las fieras.

Urquiza no se entrega a las delicias de Capua. Urgido por el

cumplimiento de sus promesas hechas a la faz de América y del mundo, va

derecho a la solución de los problemas que preocuparan a los hombres

de Mayo y que quedaron interrumpidos en el último ensayo del año

26, brillando un día en la mentalidad de Facundo:--la organización

nacional.

Echa el vistazo en derredor y percibe de inmediato el espíritu unitario

en conciliábulo extraño, resto de aquel rezongo de los que detuvieron

el paso de Dante en el Infierno.

Urquiza protege la ciudad; Urquiza declara y demuestra no querer

intervenir en un solo acto relativo al manejo interior de Buenos Aires;

Urquiza comparte su victoria y su gloria con todos los generales del

ejército aliado acordándose del propio jubiloso modo de los orientales

como de los correntinos, de los brasileños como de los entrerrianos.

Impide que se inmiscuya el ejército en los preliminares del acto

electoral que después de veinte años va a llevarse a cabo, a fin

de que haya una legislatura libre. Todo lo espera del patriotismo

como el suyo. No hay vencedores ni vencidos, vuelve a decir, como en

Montevideo. Olvídese el pasado. No hay otro enemigo que el que yace

derrocado, camino de la proscripción. ¿A qué perseguir ese enemigo? No

se pesquisará a nadie, pues, porque todos los argentinos hacen falta al

fin inmediato y perentorio de reconstruir el edificio desde sus propios

cimientos. Mientras llega el momento de ensayar el ejercicio de las

nuevas instituciones y de dar al país su ley fundamental, por medio

de un congreso general, ocupe el gobierno de la provincia de Buenos

Aires el varón más anciano y también el más ilustre, el que desempeñara

accidentalmente el cargo de presidente al renunciar Rivadavia, el autor

de la Canción Nacional de 1813.

Todo esto por el lado inmediato y con relación a Buenos Aires. Del

Arroyo del Medio para allá, ¿qué hacer con las provincias? ¿Qué hacer

con las gobernaciones? Si se las desatiende o desconoce y con más

razón si se les humilla o ataca, volveráse a la guerra civil del año

20 como pensaba Sarmiento el año 92. Se plantearán las luchas de

Buenos Aires contra López, Ramírez y Bustos. No. No se ha destruído

una tiranía de 20 años para empujar al país reconquistado, hacia

una anarquía innecesaria. Esos gobiernos de provincia representan

“intereses creados”. Hay que acordarles intervención en la obra común

de la organización política, porque son partes del todo, ramas de un

mismo árbol, miembros de la familia que vuelve a estar reunida. A fin

de inspirarles confianza, comenzando por las clases obscuras, en cuyo

seno está el hogar gaucho y en él la materia de que se ha de hacer el

pueblo, ofrézcase un hecho material visible que sirva de promesa y de

vínculo ideal, tardío y complicado si ha de traducirse en palabras;

simple y claro si el signo entra por los ojos. Y Urquiza propone, como

en el ejército, el uso de una cinta colorada como prenda de conformidad

en la iniciación del nuevo credo republicano argentino.

Lo grave de la decisión estuvo en el color elegido, y acaso únicamente

en el color, pues el uso de cintas como distintivos políticos se

pierde en los siglos. Como primer antecedente argentino figuran las

escarapelas repartidas por Beruti y French a los patriotas de 1810.

Pero Urquiza necesitaba apoyarse en los mismos servidores de Rosas, y

en el color residía el secreto. Claro es que si la cinta colorada le

aportaba el concurso de los federales, despertaba la desconfianza o

engendraba la “fobia” en los unitarios. ¿Adónde habría ido a parar la

inspiración de Sarmiento, provocada por el color colorado, si Urquiza

elige el azul? Pero todo el mundo sabe que en la época de Rosas no

existía este color en Buenos Aires.

La cinta colorada o cintillo--después de ser aceptado--fué el pretexto

para el repudio y el encono, atribuyendo al vencedor el propósito

oculto de substituir la tiranía de Rosas por la propia. Pero se

escondió en los revueltos pechos la causa verdadera que era el afán de

reemplazarlo en la tarea de la organización de la República. ¿Y quiénes

hubieran realizado esa organización? ¿Los unitarios que dirigieron

sin acierto la campaña militar que dió el triunfo completo al general

Oribe? ¿Los unitarios civiles que, dispersos de Montevideo a Chile

y del Brasil a Bolivia no habían podido juntar los medios eficaces

de derrocar a Rosas desde 1835 a 1852, cayendo en el error de creer

que si la pluma bastó para engendrar el desprestigio de un déspota,

pudo también unir pueblos desarticulados por el odio y trabajados

por la desconfianza? ¿Cuál era el hombre capaz de ocupar la posición

de Urquiza, por valimientos propios, considerando valimientos para

las funciones de gobierno desde el factor de la riqueza material,

que afianza la independencia de la conducta y facilita la ayuda a

los demás, hasta el claro conocimiento de las necesidades de todo el

territorio a gobernar, y desde el talento de clasificar y medir hombres

e intenciones, hasta las galas del valor físico, necesario a demostrar

en todo la superioridad señalada por el medio?

Urquiza celebra conferencias con los hombres distinguidos que concurren

a Palermo, jóvenes o viejos, provincianos o porteños, militares o

civiles.

Tenía del gaucho de la tierra el astuto disimulo y una sin igual

penetración para distinguir el valer positivo del mérito ocasional.

Mezcla y lucha de claridad interior y de vacilación externa, concebía

el problema sin poseer los medios mentales para resolverlo, como que

su instrucción sólo le permitía la resultante pero no los términos.

Era clara su visión y podía, con mano firme, realizar el trazo; pero,

faltábale la línea y el color.

Muy conocedor de hombres, prefería siempre oírlos. Su silencio era

en él una facultad equivalente a la función de asimilación de cuanto

convenía a su espíritu. Escaso de dulzura para atraerlos por los

recursos ondulantes, hoy tan esparcidos en política, elegía el camino

más corto para que lo entendieran.

Entre las variantes de los caudillos argentinos, carecía de la

generosidad de Facundo, del donaire de Ramírez, de la mansedumbre

de Benavídez, de la implacable y fría exterioridad de Rosas, de la

hipocresía de López. Su gran pasión fué poseer tierras. No hubo señor

feudal más rico en campos. La más enorme de sus satisfacciones era

dominar el horizonte de una altura y descubrir con sus ojos los límites

infinitos de sus posesiones para no hallarles término.

Sarmiento no mereció de parte del general Urquiza la distinción del

intercambio de ideas políticas, por lo que resolvió de pronto pedir

licencia para trasladarse a Río Janeiro y de allí volver a Chile. ¿Qué

había acontecido? Hasta tanto lleguemos a la explicación cierta de tan

repentino alejamiento, digamos que su amor propio comenzó a sufrir

desde la travesía del ejército donde sólo se le distinguía con el mote

de “El Boletinero”.

¿No supo mantener, o en aquel ambiente complejo no le quisieron

acordar, la autoridad moral a que era acreedor por sus antecedentes

intelectuales, y antes de un rompimiento, prefirió la deserción

voluntaria? Más adelante se verá el fundamento de esta duda.

Sarmiento se detiene en Río, con efecto, y allí es recibido con

afabilidad por el joven emperador del Brasil don Pedro de Alcántara,

muy capacitado para el conocimiento de los hombres y sucesos del Plata

por su inclinación a la información oral y a la lectura.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 1 / 16 段