El nuevo Ministerio parecía complacerse en deshacer cuanto su predecesor
había hecho. Eran ambos de una misma familia; y sabido es que las
guerras intestinas son tanto más encarnizadas cuanto más afines son los
beligerantes. Los periódicos ministeriales sacaron a la luz de la
publicidad todos los trapillos del Gobierno caído, y hubo especial
empeño en hablar de los cuatro títulos de nobleza y las dos grandes
cruces consabidas, y en trastear particularmente a don Simón, como a
novillo bravo.
Con estas tendencias del nuevo Ministerio, el papel del empréstito bajó
hasta la mitad de su valor.
Tal fué el primer caldo que tomó Peñascales al convalecer del sofocón
que le tumbó en el Congreso al caer el Gobierno que le _protegía_.
El segundo caldo fue todavía más amargo.
Faltaban dos días para vencer los primeros giros que había hecho a cargo
de su misma casa, y seguía bajando desastrosamente el papel en que había
invertido aquellos fondos, cuando recibió el siguiente lacónico
telegrama de su apoderado:
«_Casa A... suspendió pagos; necesito fondos vencimientos pasado
mañana. Consternación plaza_.»
Este golpe era terrible para don Simón. Se recordará que con lo que
debía entregar la casa A... a la suya contaba ésta para pagar los
cuarenta mil duros girados por aquél. ¡Qué desquiciamiento no sufriría
la máquina de sus negocios, para llenar tan enorme vacío con recursos
destinados a otras atenciones indispensables! ¡Qué serie de
complicaciones no podría traer la quiebra de una casa tan importante
como la que acababa de suspender los pagos! ¡Cómo se presentarían las
cosas a fin de mes, época en que vencían los otros giros! Y entretanto,
¿qué hacía él para ayudar a su casa, con ochenta mil duros invertidos en
un papel que no valía diez mil, vendido en el acto?
¡Entonces sí que maldijo con todo su corazón la hora en que salió de su
casa, y el momento en que se decidió a pisar el campo de la política y a
dejar las apacibles tareas de sus fáciles negocios; a trocar el
prestigio y la consideración de que gozaba entre los prohombres de su
país, por una ilusión de grandeza, que, en realidad, sólo le había
valido desengaños, y empezaba a amenazarle con la ruina y la miseria!
No cabiéndole el susto en el corazón ni hallando sus pulmones aire
bastante en el recinto de su despacho, salió en busca de su familia para
desahogar con ella una parte siquiera de la angustia que le asfixiaba;
pero no tuvo necesidad de recorrer mucho camino, porque a la mitad de él
se tropezó con doña Juana, que venía buscándole, pálida, con la boca
abierta, las manos sobre el cogote y los ojos extraviados. Creyéndola
enterada del desastre por alguna noticia particular, la dijo con el
mayor desaliento:
--¿Conque ya lo sabías?
--¡Hace diez minutos nada más!--respondió doña Juana, trémula y
tartamudeando.
--¿Quién te lo contó?
--Nadie.
--No puede ser eso. Alguno te ha dicho...
--Repito que nadie. Viendo yo que no salía de su cuarto a la hora
acostumbrada, fuí allá para ver si estaba enferma. Entro, y no la hallo;
la busco por toda la casa, y no parece; llamo a la doncella, y tampoco
está en casa; vuelvo a su gabinete, y veo la cama sin deshacer, su
ropero en desorden y vacío el cofrecillo de sus alhajas.
--Pero ¿de quién me estás hablando?--gritó el infeliz Peñascales,
dominado de pronto por una horrible sospecha.
--De Julieta--respondió con igual asombro doña Juana--; de Julieta, que
debe de haber huído de casa anoche o esta mañana muy temprano.... Pues
¿de qué otra cosa venías a hablarme tú?
Doña Juana no obtuvo respuesta a esta pregunta, porque su marido cayó al
suelo como un tronco, sin soltar el telegrama que llevaba en la mano.
Apoderóse de él doña Juana, por ver si hallaba un poco de luz en tan
pavorosa obscuridad; y aunque no comprendió por la lectura de las
desvencijadas frases toda la verdad, temió lo más malo; y como en todo
era extremosa, se desplomó sobre su marido, formando los dos cuerpos en
el suelo un solo montón, y no pequeño.
Poco después de volver ambos en sí, entregaron a don Simón una carta,
con sello del correo interior. Era de Julieta, y decía:
«Cuando ustedes reciban ésta, hará muchas horas que he abandonado esa
casa, amparada por el elegido de mi corazón; el mismo a quien ustedes
arrojaron de ella. Estoy en la de una persona de toda respetabilidad,
hasta tanto que no se me conceda el más cordial beneplácito para unirme
ante Dios al que ya es dueño de mi libertad. Si este mi deseo vivísimo
les merece una respuesta favorable, diríjanmela por el correo, que yo
cuidaré de recogerla en la lista. Si con el silencio me responden, me
acogeré al derecho que me da la ley, pues estoy resuelta a todo, menos a
renunciar a un enlace en el cual fundo toda la felicidad de mi vida.
»Comprendo la magnitud del dolor que a ustedes causará la forma violenta
de mi inquebrantable resolución, y le lloro con el alma, porque es muy
grande el amor que les profesa su desgraciada hija,
»JULIETA.»
¿Necesito pintar el efecto que produjo esta carta en el atribulado
matrimonio? Seguramente que no. Don Simón y su mujer podrían ser todo lo
bestias que se quisiera para no comprender la inminencia de ciertos
peligros en un carácter como el de Julieta; pero, al cabo, eran padres
de ésta, y la amaban con delirio.
En su afán de recobrarla, pensaron en poner en juego a la policía, dando
parte del suceso hasta al Gobierno, si fuese necesario; pero ¿no
equivaldrían estos pasos a publicar su propia deshonra? Preferible era
proceder de otra manera más sigilosa para hallar la oveja descarriada.
Pero vuelta ésta al redil, sola, y en el supuesto, nada aventurado, de
que el suceso hubiese transcendido, por muy honrada que volviera,
¿habría muchas personas que lo creyesen, y, entre éstas, una que se
atreviera a pedir su mano? Más aún: ¿se atrevería a concederle la suya
el mismo hombre que la había robado, si llegaba a advertir que el caudal
de la fugitiva estaba expuesto a deshacerse como la nieve al sol?
Todas estas y otras análogas reflexiones se hicieron al instante sus
acongojados padres, que al fin se decidieron a poner en el correo una
carta, según la cual accedían «de buena gana» a los deseos de Julieta,
con la condición de que ésta tornase pronto al paterno hogar.
Hecho esto, procedió don Simón a vender de cualquier modo el papel que
tenía del empréstito y a remitir a su casa su mezquino valor.