Don Simón consiguió muy fácilmente ser, no de los primeros, sino el
primero entre los primeros suscriptores, porque el empréstito tuvo pocos
golosos. Pero el Ministro no le concedió el ofrecido premio. Al abrirse
aquél, volvió a combatirle, desbordada, la prensa de oposición; probó,
sin gran dificultad, que semejante operación era el síntoma más evidente
de la bancarrota que amenazaba; cundió la desconfianza, y del primer
tirón bajó el papel diez por ciento. ¿Cómo había de colocarse el resto?
Y no colocándose todo, ¿cómo había de saber el Gobierno quién merecía
los títulos de nobleza y las grandes cruces?
Pero ¡bueno estaba el Ministerio para pensar en tales fruslerías! Al
desastre del empréstito había seguido otro no menos grave para los
Ministros. Una contradanza de gobernadores y una hornada de altos
funcionarios se habían hecho indispensables en aquellos días; y como
las vacantes eran menos que los diputados ministeriales, hubo entre
éstos disgustos, discordias y desavenencias, ya por razón de despecho,
ya por razón de estómago; cundió la indisciplina, y de la noche a la
mañana se halló el Gobierno en grave riesgo de perder la mitad de sus
huestes. Entonces tomó la política ese aspecto edificante, que es la
delicia de los hombres libres y la mostaza del _sistema_. Cabildeos por
acá, reuniones por allá, ofertas de este lado, súplicas del otro, grupos
en aquel rincón, voces en este pasillo, citas a deshora, carruajes que
van, personajes que intervienen.... Y entretanto, la prensa hablando de
crisis; refiriendo idas y venidas; resultados que se esperan; fines que
se temen; bofetones que se dieron, y lances de honor que se _arreglan_.
Para colmo de complicaciones, había empezado en el Congreso la discusión
de los presupuestos, ¡cosa rara!; y el Gobierno, que había prometido
dejar la cuestión libre a sus diputados, como las oposiciones le
cercenaban los ingresos y el empréstito no se cubría, no tuvo más
remedio que hacer _cuestión de gabinete_ la aprobación de ciertos
capítulos.
Entonces fué cuando Peñascales perdió la serenidad y se echó de bruces
en el agitado mar de la política.
Su situación no era para menos. Por compromiso adquirido con sus amigos
y aun con su propia conciencia, debía votar todo aquello que tendiera a
aliviar las cargas de los agobiados pueblos.... Y cabalmente iba a darse
la batalla primera en los artículos que recargaban desatentadamente la
propiedad territorial, ya de muy antiguo gravada con impuestos
insoportables. Y él era representante de un distrito rural! Pero tenía
comprometida la mitad de su fortuna, acaso toda ella al día siguiente,
en un negocio cuya única garantía era la conservación del Ministerio que
le había metido en el ajo; Ministerio a la sazón tan inseguro por las
deserciones ocurridas en sus filas, que un solo voto de más o de menos
podía salvarle o perderle. ¿Cómo votaba él con la oposición?...
No vaciló siquiera. Con cuerpo y alma se dedicó, y con mayor empeño a
medida que el día funesto se acercaba, a predicar la paz y la concordia
entre las fuerzas disidentes. ¡Loco intento el suyo!... Aquellos
políticos, al revés que él, cuando más hundido veían a un Gobierno, con
menos interés le miraban; y en cuanto le consideraban moribundo, como ya
nada podía darles, corrían a agruparse en derredor de los hombres
indicados para sucederle en el poder.
Cuando don Simón se hubo penetrado de esta ya vieja _teoría_
parlamentaria, se dió a los demonios, y hasta se atrevió a decir
iracundo a algunos desertores:
--Pero ¿qué patriotismo es ése? ¡Ayer apoyando al Gobierno, como al
mejor de los posibles, y hoy combatiéndole por una nimiedad!
--Y ¿qué patriotismo es el de usted?--le contestaron.--¡Votar contra los
intereses de los pueblos, por salvar los que tiene usted comprometidos
con _esta gente_!
La réplica no tenía vuelta; y ya sudaba don Simón por falta de una,
cuando el Ministro se le acercó. Insinuándosele éste con un discreto
tirón de la levita, le llevó hasta el pasillo más obscuro, y allí le
dijo muy callandito:
--¡Animo, amigo mío! La cosa marcha bien. ¡Firme con ellos, y cuidado
con dejarse seducir por esa _patulea de hambrientos_! Su título de usted
está firmado ya, y el empréstito cubierto, a juzgar por las últimas
noticas transmitidas al Gobierno.
Y dejando a don Simón más turulato de lo que estaba, cogía S.E. a otro
diputado y le decía algo que pudiera halagarle; mientras a Peñascales le
agarraba un disidente, y pintándole con vivos colores la situación de la
patria, y ofreciéndole en nombre de _su partido_ torres y montones,
ponía al Ministerio y a los ministeriales como trapos de fregar.
Y en estas vertiginosas evoluciones, todo el Congreso durante muchos
días; el Ministerio prolongando el debate cuanto le era dado para
alejar la votación hasta tanto que pudiera ganarla, o convencerse de que
la tenía perdida; la prensa desatada, y los centros administrativos
cruzados de brazos, esperando la resolución de la inminente crisis que
acabaría con un cambio completo del personal; en el cual caso, ¿para qué
dar una plumada más?
Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le
quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello
mismo en que habían sido desairados los disidentes. ¿Cómo atraer a éstos
y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos?
Y el día de la votación avanzaba rápido, a pesar de los subterfugios del
Gobierno; y los periódicos se desgañitaban descomponiendo en cifras las
fracciones del Congreso. Según el cálculo más lisonjero que podían hacer
los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado ¡por tres miserables
votos!
--¿Para cuándo son las pulmonías y los cólicos cerrados?--exclamaba, al
leerlo, don Simón en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad más o
menos.
¿Reflexionaba así el Ministerio? Tal vez; pero no se le traslucía. Nada
más fácil a éste que inutilizar media docena de diputados hostiles por
medio de otros tantos autos de prisión, o de falsos telegramas que los
alejasen de Madrid el día crítico; pero ¿estaba él seguro de que
apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le
exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza,
por ejemplo?
No había, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se
presentaran.
Y llegó así el día fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no
cesaron un instante, y don Simón votó con tal ira y tal ímpetu que
arrancó carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdió el pleito; y como
no tenía a la mano un decreto dado por la _regia prerrogativa_, dióse
por muerto y presentó su dimisión.
Peñascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cayó con
un síncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas.