Pocos días después se celebraron las bodas de Julieta y Arturo, hechas
las paces y prometida de ambas partes la más cordial intimidad para lo
futuro. Pero don Simón, al mostrarse afable y complacido en la _fiesta_,
sólo reía con la cara. Su corazón estaba herido por el desengaño triste
que le había dado la violenta resolución de su hija, y por el no más
alegre que le costaba la mitad de su fortuna. Doña Juana estaba hecha
una simple, y tan pronto reía como lloraba. Arturo y Julieta eran, en
cambio, completamente felices en aquellos momentos. Pero ¿qué novios no
lo fueron el día de la boda y aun algunos después?
Que _El Ariete_ habló largamente de la boda de la «hermosa Julieta de
los Peñascales con nuestro compañero el distinguido escritor y
diplomático don Arturo Marañas», no hay para qué decirlo, porque se
supone fácilmente; pero, ¡ay!, a don Simón no le pasó de las narices
aquel incienso: conservaba mucho más adentro el recuerdo martirizador de
la palabra _estúpido_, con que le había calificado el mismo que quizá
redactaba aquellos lisonjeros párrafos, y sabía de memoria los que había
dedicado la misma pluma a su desastre parlamentario. Doña Juana era la
que todavía se pagaba mucho de esas cosas, y las aceptaba con
entusiasmo, por el efecto que harían en la ciudad, para la cual
anunciaba _El Ariete_ la inmediata salida de los recién casados, con
toda su familia.