CAPÍTULO XXIII

Pocos días después se celebraron las bodas de Julieta y Arturo, hechas

las paces y prometida de ambas partes la más cordial intimidad para lo

futuro. Pero don Simón, al mostrarse afable y complacido en la _fiesta_,

sólo reía con la cara. Su corazón estaba herido por el desengaño triste

que le había dado la violenta resolución de su hija, y por el no más

alegre que le costaba la mitad de su fortuna. Doña Juana estaba hecha

una simple, y tan pronto reía como lloraba. Arturo y Julieta eran, en

cambio, completamente felices en aquellos momentos. Pero ¿qué novios no

lo fueron el día de la boda y aun algunos después?

Que _El Ariete_ habló largamente de la boda de la «hermosa Julieta de

los Peñascales con nuestro compañero el distinguido escritor y

diplomático don Arturo Marañas», no hay para qué decirlo, porque se

supone fácilmente; pero, ¡ay!, a don Simón no le pasó de las narices

aquel incienso: conservaba mucho más adentro el recuerdo martirizador de

la palabra _estúpido_, con que le había calificado el mismo que quizá

redactaba aquellos lisonjeros párrafos, y sabía de memoria los que había

dedicado la misma pluma a su desastre parlamentario. Doña Juana era la

que todavía se pagaba mucho de esas cosas, y las aceptaba con

entusiasmo, por el efecto que harían en la ciudad, para la cual

anunciaba _El Ariete_ la inmediata salida de los recién casados, con

toda su familia.

Los Hombres de Pro · 第 52 / 54 题