Y llegó el instante fiero.
Un secretario leyó en el Congreso la proposición de nuestro diputado, y
el presidente dijo en seguida:
--El señor de los Peñascales tiene la palabra para apoyarla.
Jamás oyó el aludido un estruendo tan horripilante como el que formaron
estas palabras en sus oídos.
La proposición, por sus extraños términos, había adquirido cierta
celebridad en el Congreso, y el _orador_ se estrenaba con ella. Todo
esto contribuyó a que los diputados, contra lo que esperaba don Simón
por único consuelo, permaneciesen en sus bancos. El trance en que se le
ponía era superior a sus fuerzas. Y para acabar de perderlas, en el
momento de levantarse para hablar, vió en la tribuna de periodistas, que
tenía enfrente, a su jurado enemigo, de pie, en primer término, con el
lápiz en una mano y el papel en la otra, mirándole con ojos de
basilisco. Más que a tomar nota de las palabras del diputado, parecía
dispuesto a dibujar su caricatura. Las demás tribunas, llenas como
siempre. Felizmente su familia se había quedado en casa, por no querer
Julieta salir de ella.
Pálido como la muerte, y trémulo de espanto, se levantó don Simón de su
banco, y se apoyó con ambas manos en el delantero. Quiso hablar y le
faltó la voz. Pidió por señas un vaso de agua, y mientras se le traían,
se limpió la boca con el pañuelo; tosió e hizo cuanto es de rigor en
casos de angustia semejante. Un ujier se le acercó con dos vasos llenos
en una bandeja. Bebióse el contenido de uno sin resollar. Poco después
halló voz en su garganta, y dijo: «Señores diputados....» ¡Nueva
dificultad! No se le oía. Quiso decirlo más recio, y lo dijo a gritos.
(_Risas_.) Bajó de tono, pero no se puso en el conveniente. Así recorrió
todos los de la escala, y no dió con la _tessitura_ hasta la séptima
embestida. Pero había perdido en el tanteo la poca serenidad que le
quedaba. Entonces se tragó el segundo vaso de agua; y al ver desocupados
los dos, el ujier puso a su lado otra bandeja con otros tres.
(_Carcajadas en escaños y tribunas_.) Don Simón sintió entonces trocarse
su angustia en desesperación. Hizo un esfuerzo supremo, y se tiró de
pechos al asunto, como pudiera haberse tirado desde un balcón a la
calle, si junto a sí le hubiera tenido abierto. ¡Así salió ello! En su
vértigo desatentado, trocó todos los frenos; y viendo las cosas del
revés, pidió que se abriera un canal en cada habitante de su provincia,
y que se eximiera del pago de la contribución a todas las carreteras de
aquel país, como era justo... y _contingente_, según pensaba
demostrarlo. Pero la ebullición del Congreso llegó entonces a parecerse
a una tempestad, y el _honorable_ diputado, sintiendo hundirse el suelo
bajo sus plantas y desplomarse el techo sobre su cabeza, cortó de pronto
el hilo de su enmarañado discurso, y concluyó en seco. Levantóse en
seguida en el banco azul su amigo el ministro de la Gobernación, a
asegurar al aturdido diputado que el Ministerio estaba dispuesto a
secundar, en cuanto le fuera dable, el propósito contenido en la
proposición que acababa de apoyarse; mas a pesar de esto y de haber sido
tomada en consideración por el Congreso, don Simón no pudo consolarse.
La corrida que acababan de darle había sido mayúscula, y temblaba
también por la que le daría «el país» si leía su discurso tal cual había
sido pronunciado.
Por ver si tenía enmienda, se fue más tarde a la redacción del _Diario_,
y allí le tranquilizaron un poco. Siguiendo la costumbre establecida,
se le dijo que se pondría lo que él quisiera, para lo cual dejó sobre la
mesa todo su discurso, tal como se le había corregido Arturo cuando aún
era su amigo.
Del mal, el menos.
Aquella noche se acostó temprano y no durmió; pero, en cambio, sudó
copiosamente.
Al otro día no tuvo valor para hojear los periódicos de oposición; pero
una fuerza irresistible le hizo fijarse en _El Ariete_. Primero leyó su
discurso en el extracto de la sesión, y se admiró al ver _qué bonito_
estaba. En seguida clavó su vista en la _Crónica parlamentaria_; y
entonces estuvo a pique de morirse de repente, al leer, entre otros,
nada lisonjeros para él, estos renglones:
«La proposición del diputado Peñascales, célebre desde ayer en los
fastos parlamentarios, es una verdadera monstruosidad en la forma y en
el fondo; y bien seguro es que no hubiéramos dicho de ella lo que
dijimos al anunciarla, si la hubiéramos conocido entonces como la
conocemos ahora. Esa misma monstruosidad hace muy difícil, si no
imposible, que se la pueda presentar a la Cámara como hija de una
verdadera necesidad de los pueblos, a cuyo beneficio se encamina. Para
empresa tan colosal no bastan las fuerzas del más hábil tribuno. ¡Qué
efecto había de causar ante las Cortes, apoyada por un ignorante
ridículo, que cree que es lo mismo sumar columnas de guarismos qué
hablar ante la representación del país! Responda por nosotros la sesión
de ayer. Y cuenta que no sentimos lo ocurrido en ella por la gloria del
_orador_, corrido allí como una liebre, pues por muchas que sean
sus presunciones, no debe, en su estulticia ingénita, aspirar a mayores
triunfos; sino por el prestigio del Parlamento y por la dignidad del
Ministerio, que acogió bajo su amparo un asunto que pasó los límites de
lo grotesco.»
Cuando tales cosas decía de él un diario ministerial, que poco antes le
había puesto en los cuernos de la luna, ¿qué no dirían los que, amén de
ser de oposición, no tenían que guardarle miramiento alguno? Jamás supo
el pobre hombre hasta qué punto le maltrató aquel día la prensa de todos
matices. Y no fué poca su suerte en ignorarlo, pues la sospecha de ello
solamente le tuvo tres días en la cama, a caldo colado.
Cuando se levantó, entre la montaña de cartas que se le habían
aglomerado en la mesa de su despacho, halló tres que merecieron su
preferencia. La una era de sus amigos de la ciudad, que le felicitaban
por el _triunfo_ obtenido en las Cortes al defender tan _brillantemente_
los intereses de su país. «Con este _golpe_--le decían entre otras
cosas--, ha tapado usted la boca a los que aquí se permitían murmurar
de su ciego ministerialismo, bien probado con el voto que dió al
Gobierno en la cuestión del empréstito.»
Revivió con esta incensada el amortiguado espíritu de don Simón, y en el
acto se puso a contestar a sus amigos, dándoles las gracias y
asegurándoles que en la ya próxima discusión de los presupuestos
demostraría a sus murmuradores cuán leve era su adhesión al Ministerio,
comparada con su amor al país que representaba.
La segunda carta era de su apoderado. Le remitía letras por valor de
veinte mil duros, y ponía a su disposición cuarenta mil más para dentro
de quince días, y otros veinte mil para fin de mes, fechas en las cuales
tenía la casa esos vencimientos que cobrar de las acreditadísimas A...
y B..., y cubiertas todas sus atenciones del momento.
La tercera carta era del ministro, el cual le participaba, _en
confianza_, que el empréstito estaba a punto de abrirse.
El caso era de apuro para don Simón. Resuelto a hacer una hombrada en lo
del empréstito, los ochenta mil duros de que podía disponer le
parecieron poca cosa, y, por consiguiente, una miseria los veinte mil
del momento. ¿Qué valían éstos para aspirar él, como principal
suscriptor, a la ofrecida recompensa? ¡Habría tantos banqueros que le
aventajarían por triplicado! Podía ir comprando papel a medida que le
fueran remitiendo fondos; pero ¿y si se cubría el empréstito el primer
día? ¡Adiós título nobiliario entonces!... No le quedaba otro remedio
que _hacer dinero_ a todo trance; y lo más sencillo le pareció girar a
cargo de su casa las cantidades, y a las fechas marcadas por su
apoderado, y negociar las letras en la Bolsa.
Y así lo hizo.