Don Simón de los Peñascales, como todo diputado, y a mayor abundamiento
ministerial, recibía por docenas y cada día las cartas de sus amigos y
electores, y en todas ellas le pedían algo estos apreciables caballeros,
desde un destino hasta un sombrero; desde una recomendación para el otro
mundo, hasta la colocación de una nodriza[5]. Porque a un diputado se le
considera en su distrito capaz de los imposibles, y, por ende, se le
cree, y se le hace, el mejor y más barato agente de negocios en Madrid.
El de nuestra historia, que creía darse importancia correspondiendo a
tantas y tan raras exigencias, destinaba dos días de la semana a
aquellas que tuvieran que ver con los centros oficiales, y encomendaba
las de más baja estofa al cuidado de doña Juana.
[5] Histórico.
¡Era de ver lo que pasaba en los Ministerios cuando don Simón entraba en
ellos, a las horas marcadas por los Ministros para recibir a los
diputados, cargado de pretensiones y atacados sus bolsillos de
memoriales!
Sus compañeros que siempre madrugaban más que él, habían caído ya sobre
el terreno como nube de langostas. Uno quería un gobierno de provincia
para su hermano; otro, una alcaldía en la isla de Cuba para sí mismo;
otro, un juzgado para su pueblo; otro, una administración de aduanas
para un primo arruinado por la causa de la libertad; otro, la
destitución de un funcionario probo que se oponía tenazmente a ciertas
pretensiones de su familia; otro, un ascenso; otro, una cátedra...; en
fin, por pedir, se pedia allí hasta la luna; y el Ministro, o el
Subsecretario en su deseo de complacerlos a todos, tecleaba sin cesar
sobre los botones de las campanillas, a cuya música iban apareciendo los
altos empleados que podían entender en aquel cúmulo de solicitudes.
--Es imposible--se oía decir en un lado.--No hay plaza vacante.
--Pues créela usted.
--No lo consiente el presupuesto.
--Haga usted un cesante en tal parte.
--Es un empleado antiquísimo e inteligente.
--Mi recomendado es un consecuente liberal.
--Tiene siete hijos.
--Que los mande a una casa de Caridad.
--_En fin_, le complaceremos a usted.
* * * * *
--¿Y de que procede esa cantidad que se reclama?
--De inicuas cesantías sufridas en tiempos de gobiernos reaccionarios.
--No es bastante motivo; y aun cuando lo fuera, no estamos facultados....
--Es una friolera todo ello.
--¿A cuanto asciende la _indemnización_?
--A setenta mil reales.
--Imposible.
--¿Por qué?
--Porque no hay fondos de qué sacarlos.
--Yo digo que sí.
--¿De cuál?
--Del de calamidades públicas, por ejemplo.
--Está agotado; y además, tenemos al clero y a los maestros de escuela
sin pagar, medio siglo hace.
--Y a mí ¿qué me importa? Lo que usted debe tener presente es que mi
recomendado es en su pueblo el mejor agente de la política del Gobierno;
que es un incansable propagandista de ella, y que tal vez a sus
esfuerzos heroicos debo yo mi elección.
--_En fin_, hablaré con el jefe, y trataremos de complacerle a usted.
* * * * *
--¿Y cómo va mi asunto?
--Regularmente.
--No basta eso.
--Hay un obstáculo muy difícil de vencer.
--¿Cuál?
--El fallo del Consejo de Estado, enteramente contrario...
--¡Demonio! ¿De cuándo acá?
--Desde esta mañana. Aquí está a la aprobación de S.E.
--¡Es preciso que se revoque ese fallo!
--No lo veo fácil.
--Pero yo lo veo necesario. Con él se perjudican los intereses de mi
familia hasta un punto que usted no puede concebir.
--Todo eso está bien; pero...
--No hay pero que valga.
--_En fin_, hable usted con el jefe, que, si quiere, mucho puede hacer.
* * * * *
Todos estos diálogos, y otros muchos por el estilo, oía don Simón a su
entrada en los Ministerios, mientras se abría paso entre aquel
enmarañado laberinto de pretendientes y otorgantes; y en semejante
ocasión, como era bastante novel en el tráfico para haber perdido el
rubor por completo, solían saltarle a la cara algunas chispas de él...,
lo cual no le impedía llegar con sus peticiones al punto en que habían
de ser atendidas. Verdad es que él no iba a pedir nada para sí ni para
su familia; pero también es cierto que pedía para sus amigos o
protegidos, y que jamás, al pedir, preguntaba: ¿_es justo_?, sino ¿_es
posible_?
El rubor, pues, de don Simón no dejaba de ser algo farisaico.
Pocas de estas visitas a aquellas verdaderas _casas de contratación_
necesitó para conocer el _ingrediente_ con que se adherían de una manera
tan tenaz las huestes ministeriales al poder. Ciego hubiera sido para no
verlo, y aun para no distinguir entre la nube invasora más de un rabioso
oposicionista que tocaba el cielo con las manos cada vez que, fuera de
allí, oía hablar de destinos concedidos al favor, o del caudal de la
patria despilfarrado. Porque resulta que los gobiernos al uso, ya porque
se les defiende, ya porque no se les pegue con mucha fuerza, lo mismo
necesitan ser rumbosos con sus huestes que con las enemigas.
Lo que nunca vió bien claro don Simón fué lo repugnante del papel que él
mismo desempeñaba entre aquellos hombres, de cuya conducta, y con razón,
se escandalizaba. Muchos de ellos no vivían, sin embargo, de otra cosa,
ni adivinar les era fácil de qué vivirían cuando en el cargo cesaran, o
_los suyos_ cayeran.
Pero él, hombre rico, mucho más, infinitamente más de lo que necesitaba
para el sostenimiento, muy lujoso, de su corta familia, ¿por qué
cobraba en credenciales y en preferencias de los Ministerios un apoyo _a
todo trance_ que daba al Gobierno, sin más criterio ni mayor dignidad
que si fuera un _suizo_ asalariado?
Y no es extraño que no lo viera. Merced a esos procedimientos, se
plantan de un salto junto al poder supremo, y son dueños de echar por la
ventana la casa de la nación, muchos hombres que, fuera de ella, no
tienen una triste buhardilla en qué albergarse, y otros que, teniendo
mucho más, necesitan subir a grande altura para conseguir que alguien
los contemple y acaso los envidie. Don Simón, como sabemos, era de estos
últimos. En él podía la vanidad lo que la ambición o el hambre en otros
muchos.
Y si esto no fuera cierto, ¿por qué habían de hacerse las elecciones a
garrotazos casi siempre? ¿Por qué un diputado, cuantas más veces lo es,
con más afán desea volver a serlo?
Pues qué, ¿tanto abunda el verdadero patriotismo que sea necesario
conquistar a tiros la _molestia_ y el _pesar_ de abandonar la propia
casa y la familia y los negocios, por ir a cuidar de los ajenos?