Corrieron los días, y se aprobó el acta de don Simón, como se lo tenía
prometido el ministro; se constituyó el Congreso, y dieron comienzo los
primeros debates políticos, apareciendo en escena los _guerrilleros_
parlamentarios, como en avanzada de los expertos capitanes que habían de
salir más tarde a dar las batallas decisivas. Ya para entonces nuestro
diputado había conseguido vencer el estupor en que vivió los primeros
días, efecto de la alta idea que se había formado del mérito de cuantos
le rodeaban en el salón; idea que le acoquinaba hasta el punto de no
atreverse a mirar a nadie a la cara, por si le aludían y le obligaban a
tomar la palabra _de repente_, lo cual le hubiera hecho el efecto de un
rayo sobre la mollera. Sereno, pues, y en completa posesión de sí mismo,
todo se volvió ojos y oídos.
Podía ver y oír de cerca a aquellos hombres _extraordinarios_ que sabían
pronunciar discursos como los que él había leído tantas veces en las
reseñas de las sesiones; discursos llenos de substancia y elocuencia;
discursos que le revelaban oradores de majestuosa apostura y de
irresistible autoridad, hasta en el menor de sus ademanes. De sus labios
estaría pendiente el Congreso entero, unas veces convencido, otras veces
indignado; pero siempre bajo la influencia poderosa de aquel chorreo de
elocuencia.
¡Inútil afán el suyo! Cuanto más miraba y más quería oír, menos hallaba
lo que iba buscando. Había allí verdadera fiebre habladora; pero ¿quién
de los que hablaban valía el trabajo de ser oído diez minutos con
paciencia? De aquí que no se sorprendiera maldita la cosa al observar
que mientras un orador de mala facha y peor estilo se desgañitaba
echando pestes por la boca, manoteando sobre el banco delantero y
tragando vasos de naranjada, entre consulta y repaso a sus apuntes, los
poquísimos diputados que quedaban en el salón se entretuviesen en hacer
pajaritas de papel, en despachar su correspondencia o en chupar los
caramelos del presidente; _dulzuras_ de que provee a este personaje
abundosamente el Estado, teniendo en cuenta, quizá, que para soportar la
amargura de ciertas horas, no basta un muelle sitial de terciopelo, por
muy elevado que se ponga.
De vez en cuando oía don Simón conceder la palabra a un diputado cuyo
nombre le era bastante conocido. «Vamos--pensaba--, ahora irá lo bueno.»
Pero tampoco le salía la cuenta, porque se levantaba una figura ruin y
mal trajeada, que, con voz de grillo mal emitida, soltaba un aluvión de
párrafos enmarañados que nadie se tomaba la molestia de desenredar; o un
finchado presuntuoso, que entre período y período de su discurso ponía
una eternidad de paseos en corto, estirones de chaleco, montaduras de
lente y mares de agua con azúcar; ya un perezoso desaplomado Adán, que
parecía _sacar_ las pocas y desmadejadas frases que decía a fuerza de
restregarse contra el banco y de tirar de sus bragas hacia arriba; o un
mozo encanijado y presumido, que sin ciencia, sin virtudes, sin voz y
sin palabra, quería convencer como los sabios y convertir como los
justos; ya un osado boquirrubio, cuyo único afán era medir sus fuerzas
con las de los _padres graves_ del Parlamento, que se guardaban muy bien
de replicarle; ya un viejo atrabiliario, cuyos furores causaban risa y
cuyos chistes hacían llorar de compasión; ya una especie de cuáquero
mugriento, demagogo impenitente, que vociferaba sobre justicia y amor al
prójimo, no en nombre de Dios, a quien negaba, blasfemo, sino de una
razón que parecía faltarle a él, ya que no a los que en santa calma le
escuchaban.... De todo, en fin, veía y oía, menos lo que era de
esperar, dada la reputación de ciertos nombres aceptados por la opinión
pública, si no como tribunos de primera fuerza, cuando menos como
_oradores distinguidos_. ¡Qué valdrían cuando don Simón se creía capaz
de terciar en un debate con el más guapo de todos ellos!
Verdad es que el afán, que empezaba a comerle, de echar su cuarto a
espadas, le hacía ver las cosas más a su alcance de lo que en rigor
estaban.
Desde luego era para él evidente, y en esto no se equivocaba, que la
redacción del _Diario de Sesiones_ se encargaba de convertir en un
discurso perfecto la más completa sarta de desatinos. Y suplida con este
auxiliar su carencia absoluta de nociones retóricas y hasta
gramaticales, ¡quedábanle tantos estímulos que le aguijoneaban! ¡Había
en el Parlamento unos detalles tan seductores para él!... Aquellos
galoneados ujieres, llevando sobre la argentina bandeja el vaso de agua
azucarada para el orador, tan pronto como éste comenzaba a hablar;
aquellos taquígrafos, anotando, escrupulosos, cuanto se dijera y se
accionara; aquellos diálogos entre la presidencia y el diputado, sobre
la intención de cierta frase; aquellos discreteos entre las mismas dos
_potencias_, con los cuales terminaba siempre el altercado; aquellas
tribunas atascadas constantemente de _aficionados_, que seguían sin
pestañear todos los incidentes de una sesión; aquellas señoras tan
elegantes, entre las que podían figurar su mujer y su hija; aquellos
diplomáticos, que tal vez se apresuraran a comunicar por telégrafo a sus
respectivos Gobiernos el efecto de un discurso pronunciado a tiempo y de
cierta manera..., no imposible para él, si se le daba _punto_
conveniente y no mucha prisa, y por último, y sobre todo, aquel _país_
que le contemplaba, y que al día siguiente había de comenzar a
pronunciar su nombre y a enterarse del asunto y a tomarle por lo serio....
¡Cielos, y cómo envidiaba a los que, más osados o más prácticos...,
o más apremiados por las circunstancias, se lanzaban desde luego a la
pelea! ¿Qué importaba allí el temple de los argumentos? ¿Qué más daba
que fuesen éstos de acero que de cartón? ¿Decidían acaso las razones
aquellos debates? Mal podía ser así, cuando sólo se enteraban de ellos
los taquígrafos y algún que otro curioso por observar, no _lo que_ se
dijera, sino _el modo_ de decirlo.
--¿_Qué se vota_?--era la pregunta obligada de todo diputado al entrar
en el salón de sesiones, después de oír la campanilla que anuncia fuera
a los dispersos que ha concluido de discutirse un asunto y va a comenzar
una votación nominal; y según que el sustentante fuera de _los suyos_ o
del _enemigo_, se le respondía:
--«Vote usted que SÍ», o «vote usted que NO.»
¡Con semejante criterio se resolvían (y continúan resolviéndose) los
asuntos de más trascendencia para la patria!
¿Tan insensatas eran, teniendo esto en cuenta, las pretensiones de
nuestro diputado?
Poco a poco, aquella mar ligeramente agitada comenzó a encresparse
rugiendo; soplaron los huracanes de la pasión política, y se desencadenó
la tempestad. Entonces se dejaron ver los _dioses mayores_ de aquel
Olimpo, los cuales, como Júpiter en el de la Mitología, nunca aparecen
sino entre rayos y centellas. ¡Peregrina _misión_ la suya!
Durante aquel período turbulento, ¡qué escenas presenció don Simón!,
¡qué refriegas!, ¡qué motines!, ¡qué escándalos!
Una vez eran dos atletas del Parlamento, que del uno al otro lado del
salón se lanzaban mutuamente los dardos más agudos y los dicterios más
envenenados: _partido sin pudor, grupo faccioso, hombre funesto,
pandilla hambrienta_...
Tales piropos eran lo menos que se decían, entre el silencio más
absoluto de la Cámara y la curiosidad febril de las tribunas, de las
cuales se desbordaban racimos de humanas cabezas con los ojos fijos en
los combatientes, las cejas arqueadas y la boca abierta. Y cuando don
Simón, pasada la tempestad, los veía salir del salón por diferente
puerta, «esos hombres--pensaba--van a matarse ahora». Y salía tras ellos
azorado; y se los hallaba... comiendo, en un mismo plato, sendos
pasteles de crema en el ambigú de la casa.
Lejos de continuar allí la batalla empezada adentro, parecían, con sus
cáusticas sonrisas, decir de la nación entera lo que del público
aquellos dos cómicos al pararse jadeando entre bastidores, después de
haber cruzado en la escena sus aceros, y de salir el uno persiguiendo al
otro, entre frenéticos aplausos y gritos de indignación:
--«¡Estúpidos! ¡Veinte veces nos han visto hacer lo mismo, y todavía no
se convencen de que todo ello es una farsa!»
Otra vez eran dos fracciones políticas que, bramando de ira, se
levantaban en masa, la una contra la otra.--¡_Facciosos_!--gritaba la de
la derecha.--¡_Pancistas_!--respondía la de la izquierda. Y los gritos y
las amenazas, y el estruendo de doscientas voces y de dos mil porrazos
llenaban el _Santuario de las leyes_, y hasta las figuras pintadas en el
techo parecían temblar y querer despegarse del lienzo para romperse el
cráneo contra los mármoles del hemiciclo. Pero aquella tempestad no se
había revuelto porque la fracción de un partido inutilizara propósitos
de otro, encaminados a proporcionar algún bien a los pueblos. Cuando de
esto se trataba, ya sabía don Simón que los bancos se quedaban
desiertos y el presidente dormitando. Semejantes tumultos siempre eran
provocados por alguna palabra suelta que no era del agrado de la
fracción a la cual se dirigía.
En ocasiones se discutían hechos, o se desenterraban expedientes, tras
de los cuales aparecía la honra de algún diputado enemigo en el
mismísimo traje que llevar suelen a la cárcel o a presidio los reos
vulgares. Y aquellas discusiones provocaban otras parecidas en son de
represalias; y siempre acusando los unos y respondiendo los otros «más
eres tú», llegaba a dudar don Simón si aquello era el patio de un
correccional, o, como se le aseguraba, una _respetable Asamblea de
legisladores_.
Entretanto, ¿era el noble afán de purgar aquella atmósfera de ciertas
impurezas lo que movía a los acusadores a descubrir tales gatuperios? No
por cierto: era siempre el espíritu de partido; o mejor, el odio de
_partida_; pues frecuentemente se promovían estos edificantes debates
entre dos agrupaciones que, juntas y en amigable inteligencia, habían
saboreado poco antes las dulzuras del presupuesto. Probábalo también la
curiosa circunstancia de que, pasada la refriega, quedábanse en sus
bancos los acusados tan padres de la patria como el más caballero; y tan
frescos y descansados como la madre que los parió.
Lo que estos escándalos y aquellos tumultos y los otros motines
atolondraban a don Simón, no hay para qué decirlo, conociendo, como
conocemos, su sencilla buena fe.
Pero más que los mismos sucesos le admiraba el poco rastro que dejaban
en aquella casa. Buscándole con afán, se iba el buen hombre de pasillo
en pasillo y de salón en salón; mas no hubiera dado con él ni la nariz
de un sabueso. Se gritaba en unos corrillos, se cuchicheaba en otros y
se agitaban todos..., y bullía entre ellos el redactor de _La
Correspondencia_ con el lápiz en una mano y las cuartillas de papel en
la otra, apuntando lo que se decía, lo que se pensaba y hasta lo que no
se había soñado; y don Simón, tomando de cada grupo las frases
necesarias, sólo sacaba en limpio que todo aquel hervidero humano era un
puro cabildeo para tirar un día más en el poder los que mandaban, o para
hacérsele soltar los que le querían. En cuanto a la nación, en cuanto a
la moralidad, en cuanto a lo ocurrido adentro..., ¡como si habláramos
de la China! Ya nadie se acordaba de esas _pequeñeces_.
--Me parece--se atrevía a decir entonces don Simón a algún compañero más
viejo que él en el oficio, pero no más entusiasta del sistema--que no se
observa aquí la mayor formalidad.... Quiero decir que con estos enconos
políticos, el país no gana cosa mayor.
--¡El país va al abismo, señor de Peñascales!
--¿Qué me cuenta usted?
--La verdad, compañero. Esto es una farsa, créalo usted.
--¡Hombre!..., no me atrevía yo a decir tanto.
--Pues atrévase usted, aquí que no nos oye la patria.
--Luego, es decir, que todo esto de Parlamento...
--Es una calamidad. Aquí no hay más que ambiciones personales, con las
que es imposible todo gobierno.
--Tiene usted mucha razón.
--¡Y siempre sucederá lo mismo!
--De manera que si _esto_, que es notoriamente malo, se suprimiese...
--¡Jamás!--gritaba entonces el veterano enardecido.--¡Yo soy muy
liberal!
--¡Oh, en cuanto a eso, también yo!--replicaba el novel,
contoneándose, y hasta mirando con cara de lástima al primer
tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotándose las manos.
--¡Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo!, ¡caer en la
abyección!
--¡Y en la _iznorancia_!--concluía, ahuecando la voz, el _ilustrado_
Cerojo, que en su vida había gastado media peseta en libros que no
fueran «rayados, para cuentas».