Sabemos ya que don Simón, aunque muy halagado con la importancia que le
concedía su propio cargo en las altas regiones en que éste pesaba algo,
no estaba satisfecho. Su ambición de _lustre_ abarcaba mucho más. ¿Qué
era él todavía en la corte? ¿Quién hablaba del señor de los Peñascales,
ni de la familia del señor de los Peñascales? ¿Qué periódico había
cantado su opulencia, o la _severa dignidad_ de doña Juana, o los
atractivos de Julieta? Por ventura, aquellas resmas de prospectos, o
aquellas circulares de industriales que «acaban de recibir el surtido
para la estación», o las esquelas mortuorias, o los folletos insulsos
que diaria y profusamente le llegaban por el correo interior y que al
principio creyó muestras de una especial deferencia a su persona, pues
le eran desconocidos los remitentes, ¿no se le enviaban a título de
diputado a Cortes? ¿No los recibían igualmente todos sus colegas, muchos
de los cuales no tenían sobre qué caerse muertos? Y fuera de estas
distinciones y las que también conocemos, ¿de qué otras había sido
objeto hasta allí?
Decididamente necesitaba hacer algo _extraordinario_ en sus dos
conceptos de hombre político y acaudalado personaje. Por ejemplo:
pronunciar un discurso en las Cortes y dar un baile en su casa.
Sumido en tales meditaciones, paseábase una tarde en el salón de
conferencias, solo y cabizbajo, cuando se le acercó un mozo de lustrosas
patillas y retorcido bigote, agradable de rostro y pulcramente vestido,
diciéndole con la mayor solemnidad:
--¡Saludo al señor de los Peñascales!
Volvióse éste y miró al otro atentamente; y como no lo conoció, quedóse
sorprendido.
--A los hombres públicos--añadió el intruso, viendo la sorpresa de don
Simón--les pasa mucho de esto. ¡Como son conocidos de tantos a quienes
ellos jamás han visto!... Pero a bien que a mí, el temor de una fría
respuesta no ha de quitarme el placer que recibo al estrechar la mano de
una persona digna de todo mi respeto.
--Un millón de gracias por mi parte--dijo entonces don Simón, un poco
envanecido con semejantes lisonjas, y aun recelándose si sería él más
popular de lo que creía.
--No las admito, señor mío--contestó el mozo quebrándose a cortesías--.
Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y
he elegido esta ocasión.... Y a propósito de cavilaciones, ¿va usted a
hablar mañana, quizá?
--¿Mañana?... ¿Mañana, dice usted?... Hombre, precisamente mañana,
no...--respondió don Simón desconcertado, por dos razones: porque le
habían leído parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se
le hacía desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba
sobre toda ponderación.
--Se me había figurado, no sé por qué--añadió el intruso--. ¡Como los
periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomías!...
--¿Conque es usted periodista?--exclamó don Simón más y más satisfecho.
--Hasta cierto punto, señor de los Peñascales.
--No comprendo...
--Quiero decir--continuó el otro, afirmándose los lentes sobre la
nariz--que soy periodista de devoción, no de profesión. Más claro: mato
mis ocios y mis hastíos escribiendo la parte de política palpitante en
un periódico batallador. Por lo demás, por inclinación y por carrera,
soy diplomático.
--¡Hola!--dijo don Simón abriendo mucho los ojos--. ¿Agregado, quizá, a
alguna embajada?
--Un poquito más.
--Secretario acaso...
--Un poquito más, si a usted le parece.
--¡Caramba!--gritó aquí Peñascales, acordándose hasta de su hija--. En
este caso--añadió--, ¿estará usted con licencia?
--No, señor: jubilado.
--¡Y tan joven!
--Señor de los Peñascales, la política no reconoce edades ni servicios.
--Verdad es.
--Sobre todo, cuando los funcionarios tenemos carácter y dignidad.
--También es cierto. Pero ¿no piensa usted volver a ejercer?...
--Lo veo difícil con este Gobierno, con el que no me reconciliaré jamás
mientras yo observe que da al favor lo que debe al mérito.
--Según eso, ¿se cree usted postergado?
--Sólo sé, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis
servicios prestados hasta el día en que cesé, me correspondía hoy una
embajada de primera clase...
--Y quizá le han ofrecido a usted...
--Una indignidad, señor de los Peñascales... lo que puede desempeñar un
cónsul de tres al cuarto.
--¡Qué atrocidad!--exclamó don Simón sinceramente escandalizado.
--Pues así va todo, amigo mío. Pero a bien que no me extraña, porque soy
viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos.
--Habrá usted sido diputado varias veces...
--No he querido serlo... o mejor dicho, han tenido siempre los
gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido.
¿No ve usted que a los gobiernos como los de España no les conviene en
el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero
era con el fin de hacerme olvidar, ¡mentecatos!, el desaire de la
embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa: pues ya
saben ellos que tienen cada día la existencia pendiente de mi pluma.
--¿Luego es usted de oposición?
--Le diré a usted: observo una actitud expectante. Amenazo de vez en
cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia.... Porque
conozco que el país no está para escándalos ni para caídas ruidosas.
¡Ah..., pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!...
Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras
volvía a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simón, que le creía como
artículo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de
tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar allí
como el más guapo. Bajo esta impresión le dijo, pasados breves instantes
de silencio:
--Pues volviendo a la pregunta con que me hizo el honor de saludarme, ha
de saber usted que me sorprendió, tanto más, cuanto que estuvo a dos
dedos de mi pensamiento.
--Naturalmente. Diplomático y periodista, ¡figúrese usted qué se me
ocultará a mí!
--No es esto decir que mañana precisamente...
--Es lo mismo, señor don Simón. Será pasado mañana, o dentro de unos
días...
--Podrá ser.
--Y ¿sobre qué va usted a hablar?--preguntó el periodista, sacando de su
cartera unas cuartillas y un lápiz.
Aquí se vio cogido don Simón, que aún no había madurado el cuándo ni el
asunto.
--Pues, hombre--respondió por decir algo--, pienso hablar... sobre...
Ya se ve, ¡son tantas las cosas que uno...!
--Vamos, ya le comprendo a usted. Versará el discurso sobre algún asunto
importante para la provincia que usted representa.
--Cabalmente--exclamó don Simón, mientras el otro escribía con el lápiz
en una cuartilla, sobre el mármol de la contigua chimenea.
--A ver si es esto--dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado
lo que había escrito.
«Dentro de algunos días tratará en las Cortes el opulento diputado don
Simón de los Peñascales un asunto de vital interés para el distrito que
representa. La autoridad de que, por su brillante posición social, está
revestido este digno miembro de la Cámara, y el talento que le
distingue, hacen creer que la discusión será una de las más interesantes
que, en su género, se promuevan en la presente legislatura.»
Don Simón se quedó extático. Cuando aquel párrafo se publicara, su
nombre comenzaría a sonar tan recio como él deseaba; _pero_, una vez
publicado, adquiría el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no
hablar mal del todo. Así es que no pudo menos de decir al periodista:
--¡Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero...
--¿Cree usted que le lisonjeo? ¡Bah!... Dejando aparte que usted se lo
merece, y mucho más, aquí no se gasta otra cosa.
--Ya lo observo; pero así y todo.... ¿Y cómo se llama su periódico de
usted?
--_El Ariete_.
--Muy conocido, en efecto.
--¡Oh!, de primer orden. Desde mañana lo recibirá usted en su casa.
--Tantas gracias.
--Cabalmente son subscriptores _también_ todos los hombres notables de la
política y de la Bolsa. Sólo usted nos faltaba, como quien dice.
--En ese caso--dijo don Simón comprendiendo entonces la intención del
periodista, que no era seguramente la de regalarle el periódico--,
envíeme usted el recibo.
--A su tiempo, señor de los Peñascales. Con hombres como usted guarda la
administración ciertos trámites de confianza. No los guardaría
ciertamente con muchos de sus colegas de usted. ¡Aquí hay que tener más
ojos que los de Argos!
--¡Hombre, usted exagera!
--¿Quiere usted que le trace algunas biografías? Le aseguro a usted que
serán deliciosas.
--No hay para qué, no hay para qué--se apresuró a responder don Simón,
como si temiera _comprometerse_ con la oficiosa espontaneidad del
diplomático; el cual añadió inmediatamente:
--Y su apreciable familia de usted, ¿se divierte en Madrid?
--Pshé.... Como todavía no conocen el terreno bien, por más que tenga
muchas y buenas relaciones...
--Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo,
ciertas reuniones de confianza.... Y a propósito: creo haber entendido
que pensaba usted dar algunas.
--¡Es usted el mismo demonio!--saltó don Simón, admirado de que también
le hubiese leído su segundo pensamiento.
--¿Luego es cierto?
--Pshé...--volvió a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto.
--¡Magnífico dato para la _Crónica de salones_!--dijo el periodista,
sacando sus avíos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de
papel.
Mientras esto hacía, admirábale más y más don Simón, no tanto por su
extraño desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que parecía
merecerle. Sin saber por qué, todo le interesaba en aquel hombre; por lo
cual ardía en deseos de saber cómo se llamaba, y (¡vean ustedes qué
curiosidad!) si era soltero.
Acabó de escribir el periodista, y leyó acto continuo a don Simón lo
siguiente:
«Muy en breve contará la buena sociedad de Madrid con otro centro de
amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don
Simón de los Peñascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir
a sus numerosos amigos en sus espléndidos salones de la carrera de San
Jerónimo.»
--¡Pero usted me compromete!--dijo don Simón, trémulo de gusto, al
recibir aquella rociada de piropos-. ¿Y si no llego a dar esas
reuniones?
--No habrá nada de lo dicho, y en paz. Pero ¿qué ha de hacer usted sino
darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen además
una señora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de
todos los hechizos imaginables...
--Pero ¿qué sabe usted de todo eso?--preguntó don Simón hecho ya un
caramelo.
--¿Ha podido usted acaso creer--respondió el diplomático, explotando a
su gusto la candidez del diputado--que personas de la significación de
usted pasan inadvertidas en ninguna parte? ¡Bah! Se le conoce a usted en
Madrid casi tanto como en su provincia.
--¡Cielos, si será verdad!--pensó el bolonio; y añadió en voz alta--:
Usted me lisonjea, sin duda.
--No es ese mi carácter, señor de los Peñascales--respondió el tuno
haciéndose el ofendido.
--Quiero decir...--se apresuró a rectificar el primero.
--Hagamos punto sobre ello, amigo mío.
--Puesto que usted lo desea, hagámosle. Y ¿podría saber _su gracia_?
--Arturo Marañas; y por añadidura, andaluz y soltero.
--¡Soltero también!--exclamó don Simón sin poder disimular su alegría.
--¿Y qué le choca?
--Nada, nada--rectificó, aturdido, el candoroso diputado--; sino que,
como lo decía usted a continuación de su apellido, ¡ja, ja, ja!, me
hizo mucha gracia.
--¡Ja, ja, ja!... Yo soy así--dijo el diplomático siguiéndole el
humor--. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte
cuando me preguntan cómo me llamo.... Pero observo--dijo,
interrumpiéndose de pronto y consultando su reloj--que con el placer de
estar a su lado, olvido uno de mis deberes. Así, pues, si usted me da su
permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesión de
hoy.
--¡Pues no faltaba más sino que yo...! Corra usted, amigo mío; y mil
gracias por tantas bondades.
--Señor don Simón...
--Señor don Arturo...
--Hasta la vista.
--Hasta la primera.
Marchóse el mozo, y quedóse Peñascales hecho un papanatas. Aquel
encuentro le parecía providencial. Un diplomático, y diplomático
soltero; un periodista que anunciaba su futura peroración y sus
reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la
prensa. Todo esto en una pieza y a sus órdenes. Porque ya le era
indispensable _echar_ el discurso y abrir sus salones. Cierto que el
nombre del diplomático, a quien tendría que convidar a las fiestas de su
casa, no le sonaba a conocido; pero ¿estaba él en la obligación de
conocer a todos los personajes políticos, hoy que tanto abundan?
En esto se oyó la campanilla de marras, y un su colega de la mayoría,
que, por su apresuramiento y cara de vinagre, más parecía cabo de
comparsas.
--¡Vaya usted a votar!--le dijo en tono desabrido.
--¿Qué voto?--le preguntó don Simón, disponiéndose a obedecer.
--Que _sí_--le respondió el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso
callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebaño.