CAPÍTULO XIV

Lo que resta de la presente historia, con ser lo más importante por lo

que al protagonista afecta, ha de ser lo más soporífero para el lector,

que, de seguro, conoce a palmos el terreno que vamos a pisar, y ha de

anticiparse con la memoria a mucho de lo que yo le refiera. Y no será

poca mi suerte si no me interrumpe más de una vez para decirme: «Y a mí

¿qué me cuenta usted? ¡Si me lo sé de corrido mucho ha! ¡Si ese tipo y

cuantos con él se rozan viven en mi calle!...» ¡Desdichado inconveniente

que toca todo aquel que falto de ingenio, como yo, para inventar

personajes y escenas _del otro mundo_, busca el asunto de sus prosaicas

relaciones en los hechos vulgares y tangibles de la vida real y práctica

de los hombres y de los pueblos!

Pero ¿ha de impedirme esta razón, que en mí pesa mucho, seguir narrando

los sucesos hasta el fin de la comenzada historia? No a fe; que, después

de todo, no está mandado por ninguna ley que siempre que se cuente algo

hayan de ser maravillas.

Prosiguiendo, pues, sin más preámbulo el suspendido relato, encontramos

ya a Periquito hecho fraile; es decir, a don Simón en Madrid con su

_augusto_ carácter de diputado a Cortes, y a su familia acomodada con él

en una de las principales calles, y no en la peor de sus casas.

Pero aún no había tomado asiento en el Congreso el flamante político, y

ya estaba convencido de una, para él, triste verdad, a saber: que para

brillar en Madrid como brillaba en su provincia, no bastaban el caudal

del rico negociante y las demás preeminencias que sobre éste habían ido

recayendo una tras de otra.

_La Correspondencia_ había anunciado su llegada a Madrid, no solamente

como diputado, sino como una de las personas más importantes y

beneméritas del país; y no se había sacudido el polvo del viaje, cuando

el ministro de la Gobernación, en un atento _B.L.M_., le había citado a

su despacho. Allí, S.E. le había llenado de incienso, asegurándole,

entre otras cosas, que con el concurso de hombres tan respetables e

ilustrados como el señor de los Peñascales, todos los conflictos

políticos y económicos se conjuraban, y España estaba de enhorabuena.

Y a pesar de estas y otras deferencias que, dicho sea de paso, él creía

merecer, don Simón se echaba a la calle, de intento a pie, y nadie le

saludaba ni le miraba con curiosidad.

Iba al Congreso en los días que precedieron a su solemne apertura, y en

sus alfombrados salones y pasillos, y en cada uno de los infinitos

grupos de diputados, periodistas, altos funcionarios y otras gentes de

mucha nota, que se formaban aquí y allá, hablábase de todo menos de su

llegada, de su caudal o de su _importancia_. Y, sin embargo, allí no

había muchos gabanes más flamantes que el suyo, ni muchas camisas más

limpias, ni muchas botas más aplomadas. Al contrario, abundaban los

paños raídos, los pantalones con rodilleras, las camisas de tres días y

los tacones de medio lado.

¿En qué consistía, pues, la indiferencia con que se le miraba allí y

fuera de allí? Quizá se necesitase en Madrid algo más que dinero para

brillar; tal vez un poco de osadía, o muchas conexiones de familia, o

algún triunfo ruidoso; elementos todos hijos del tiempo y las

circunstancias, que él adquiriría indudablemente. Pero lo cierto era, y

esto le contristaba hondamente, que su _caída_ en Madrid no había hecho

el menor efecto en el público. Tenía, pues, que ganar en la corte, grado

a grado, la altura que en la ciudad ganó de un brinco. La empresa, a la

verdad, era superior a las fuerzas de don Simón; pero él no lo creía

así, y esto le consolaba un poco.

Entretanto, se regodeaba con las distinciones que le correspondían por

su investidura. Mientras las puertas del Congreso estaban cercadas por

una multitud de papanatas, a quienes se prohibía hasta aproximarse a la

acera, él las atravesaba erguido entre las reverencias de los porteros,

que, al abrirle respetuosamente la mampara de rojo terciopelo, le

decían:

--Pase _Usía_.

Una vez adentro, podía tocar el botón eléctrico que se le antojase, para

pedir a un ujier lo que tuviera por conveniente; pasear en el salón que

mejor le pareciese; sentarse en el diván más cómodo; escribir en los

gabinetes al efecto; pedir en secretaría el expediente más difícil de

hallar, y en el archivo el libro más extraño; en fin, hasta beber, de

balde, un vaso de agua con azucarillo en la _cantina_ de la casa.

El ministro continuaba citándole frecuentemente a su despacho con otros

diputados de la mayoría, y allí, mano a mano y como en familia, se

contaban las fuerzas y se discutían las batallas que, por de pronto,

necesitaba dar el Gobierno, sin perjuicio de otras más rudas que tendría

que librar más adelante.

No se apuraba don Simón por esto, pues no paraba mientes en tan poca

cosa. Fijábase únicamente en las distinciones con que se le honraba en

aquella alta región. El ministro le pasaba la mano por el lomo; le

llamaba «mi excelente don Simón», y hasta le daba un cigarro o se le

pedía; y los porteros del Ministerio, esos proverbiales cancerberos,

bruscos y desabridos hasta la ferocidad con todo _simple mortal_, con él

se descoyuntaban a reverencias y cortesías.

Muy envanecido con estas y otras parecidas distinciones, a falta de las

más populares y solemnes que aguardaba para más adelante, considérese el

efecto que le causaría la noticia que se le dió una vez en los pasillos

del Congreso, de que las oposiciones iban a hacer una guerra implacable

a las actas ministeriales, y que la suya figuraba en primer término como

la más escandalosa. Don Simón no había perdido aún la fe en el, para

entonces, desacreditado aforismo: «de la discusión nace la luz». No

contenía el acta una mala protesta, ni él creía lo que se contaba de su

elección sobre atropellos cometidos por sus auxiliares; pero tales cosas

podrían decirse en el Congreso; de tal modo podrían presentarse los

hechos, que al fin vacilaran los ánimos y se pusiera todo el mundo de

parte del vencido, lo cual equivalía a echarle a él de allí y obligarle

a volverse a su cosa, como un Juan particular, sin haber llegado a ser

_inviolable_. Esta consideración le aterró; y sin pérdida de un solo

momento, acudió con la noticia y sus temores al ministro.

--¡No haga usted caso, santo varón!--díjole riendo S.E.

--¡Es que se asegura mucho!

--¿Y qué?

--Que si realmente me la atacan, tales cosas podrán decir, aunque sean

inventadas, que extravíen la opinión.

--¿Y para qué sirve la mayoría?

--No entiendo...

--Fíjese usted bien. La comisión será nuestra.

--Bueno.

--Y presentará el acta entre las más limpias.

--Bien; pero luego la atacarán...

--Corriente; y hablarán contra ella una hora, dos horas..., ¡tres

meses, si usted quiere!

--¡Canastos!

--Pero vendrá al cabo la votación, y como

somos tantos contra tan pocos....

--¡Ah, ya!.. Pero como yo creía que al discutirse una cosa, para algo

serviría esa discusión...

--¡Medrado estaba el Gobierno entonces, amigo mío!... ¡Cómo se conoce

que usted es nuevo en la _casa_!

--Todo eso es verdad; pero yo tendré que defenderme.

--¡No, señor! Eso sería dar importancia a un asunto que no la tiene. La

comisión se basta y se sobra para dejarle a usted en buen lugar.... Para

que usted _debute_, ya le buscaremos un motivo verdaderamente digno de

su carácter y de su talento.

--¡Oh!, mil y mil gracias, señor ministro--dijo don Simón cayéndosele la

baba--; pero yo no merezco ese concepto...

--¡Vaya si le merece usted!--replicó S.E. con una sonrisilla y un

retintín que acabaron de emborrachar a don Simón; retintín y sonrisa que

en aquel personaje y en aquella ocasión venían a significar un

pensamiento que podía traducirse en estas palabras:--¡Qué hermoso

_suizo_!

A todo esto, doña Juana y su hija Julieta, luciendo cada día un traje

nuevo en paseos y espectáculos, no pasaban de ser, en espectáculos y

paseos, _dos señoras más_, muy bien vestidas, lo cual halagaba poco la

vanidad de la ex tabernera, que aspiraba a mayores triunfos.

Los Hombres de Pro · 第 42 / 54 题