Si el objeto exclusivo de estas páginas fuera pintar los azares y
fatigas de un candidato en vísperas de su elección, yo siguiera paso a
paso al de mi historia en su peregrinación por el distrito; pero como
son varios los asuntos que abarcan estos capítulos mal pergeñados, me
limitaré a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que
por dondequiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con
frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el más propicio
no pasaba del aspecto dudoso que ofrecía el del Mayorazgo. En todas
partes aparecían huellas de _la influencia moral_ del Gobierno. Aquí se
había ofrecido un juzgado de primera instancia; allá, una carretera; en
el otro pueblo, la aprobación de sus cuentas municipales, ¡que ya tenían
que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de
enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de
propios.
En vano don Simón saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de
cadena y adoquines de diamantes, y se desgañitaba don Celso para
demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas
elecciones, que el poder _oficial_ hace esas y otras muchas ofertas, y
jamás las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos
grupos electorales preferían ser engañados sirviendo al Gobierno, a ser
servidos a medias por un charlatán con el desacreditado título de
candidato _independiente_. En cuanto a las masas de electores, que eran
los verdaderos árbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su
parecer: irían como dóciles rebaños a depositar en las urnas una
candidatura que se les entregaría cerrada; y ni más sabían ni más sabrán
en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta
comedia.
Siempre que la expedición hacía un alto, y muchas veces mientras
caminaba, recontaba los votos seguros, añadía los _recaudados_
últimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una
tercera parte de los probables y añadiéndoselos al enemigo, para ponerse
don Simón en el peor caso imaginable. El último cómputo que se hizo
dejaba muy dudoso el éxito de la lucha; y tener duda en tales casos,
equivale a una derrota segura.
Bajo esta triste impresión, y, además, molido, sucio, desgarrado y con
la cara roja como un pimiento, volvió don Simón a su casa, ocho días
después de haber salido de ella.
Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas más tarde supo por don
Celso (que había quedado con sus cinco compañeros recorriendo el
distrito, el cual no abandonarían hasta que votará el último elector;
tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con qué
encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el
Mayorazgo se había pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no
sé qué ensanche que la administración le permitía dar al cierro que
conocemos; otra falange _segura_ de votos se iba detrás de cierto
cacique, seducido a última hora con la resolución favorable de un
expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres
Ayuntamientos, hasta entonces _seguros_, habían pasado a la categoría de
_muy dudosos_, merced a ciertas garantías de favores ofrecidas por el
candidato ministerial. Y lo peor de todo era que sólo faltaban tres días
para dar principio a la elección; y en tan corto plazo no podía
conjurarse el conflicto, aunque don Simón echara la casa por la
ventana.
Don Celso concluía su carta diciendo que había que decidirse o por la
derrota o por transigir con el Gobierno. Según él, esto último era lo
más conveniente; pues, bien mirado, el Gobierno no era mejor que otros
muy malos, pero tampoco era peor; y, al cabo, para hacer algo por el
país, mejor se estaba al calorcillo ministerial, que en el infierno de
la oposición o en el limbo de los independientes.
Repugnábale a don Simón perder este último carácter que tanto le
halagaba; pero no podía resignarse a no ser diputado, ya que estaba con
las manos en la masa. En tan apurado trance, consultó a sus amigos,
quienes, por unanimidad, opinaron como don Celso.
A consecuencia de este acuerdo, mediaron negociaciones en ciertos
centros oficiales, y don Simón fue admitido en ellos hasta con palio.
Jugó el telégrafo; supo el Gobierno que acababa de hacer la adquisición
de «uno de los personajes más importantes del país»; dijéronlo así al
punto los periódicos oficiosos de la corte; súpolo toda España;
desapareció la candidatura del pobre aventurero, a quien se dió en pago
una credencial _de primera_, que es cuanto él ambicionaba, y se le dijo
a don Simón:
--Puede usted ir a descansar tranquilo. Ya es usted diputado.
Y así fué. Verificadas las elecciones, y mientras se verificaban, se
habló mucho de palizas, de urnas suplantadas, de electores presos, de
muertos que votaban, y aun de algunos vivos que por votar murieron; de
casas que ardían, y de otros recursos tan usuales y lícitos como éstos,
empleados en beneficio de la candidatura de don Simón; pero lo cierto es
que a éste se le proclamó diputado electo por el distrito, y se le
entregó un acta que así lo declaraba, limpia como el oro.
Diéronsele, pues, las consabidas serenatas por todas las murgas de la
población; recibió las acostumbradas felicitaciones, y, ¡oh fuerza de la
vanidad satisfecha!, llegó a creerse merecedor de tanto obsequio, y
hasta legítimo representante de la libérrima voluntad de sus electores.
Y lo creía tanto, que, días después de elegido, se indignaba, con la
mejor buena fe, al hablar de las _coacciones_ ejercidas contra él por el
pobre candidato de oposición durante las elecciones. ¿Qué más podía
pedirse a don Simón?... Estaba en perfecto carácter de diputado
_independiente_.
A todo esto, doña Juana estaba como niño con zapatos nuevos. En cuanto
su marido recibió el acta de su elección, se lanzó a la calle y encargó
a la modista tres vestidos _de lo mejor_, y uno de _media cola_... Iría
al Congreso, a las tribunas de preferencia, muy a menudo; a palacio
alguna vez; daría rumbosas fiestas a los hombres de Estado;
obsequiarían a su hija ministros y embajadores...; ¡quizás obtendría un
título de Castilla!...
Todo esto, y mucho más que antes pasaba lentamente y como una ilusión
por su fantasía, vió en un momento, palpable y como ya realizado, ante
sus ojos. ¡Menudo sofocón iban a pasar las señoras _provincianas_ que
habían hecho mofa de sus resabios de lugareña! Pues ¿y cuando _La
Correspondencia_ anunciara sus idas y venidas? ¿Y cuando _La Época_
historiase sus recepciones entonadas?
Bajo impresiones tan embriagadoras, vestida con lo mejor que tenía, y su
hija con lo más elegante de su bien provisto ropero, estuvo una semana
haciendo visitas que siempre había desdeñado, y pagando otras que debía
de muy atrás, sólo por buscar ocasiones de anunciar su salida para
Madrid, adonde la llevaba el delicado cargo con que el país había
honrado a su marido.
Entretanto, ordenaba éste sus asuntos mercantiles, para dejarlos bajo la
dirección y al arbitrio de un dependiente de su confianza.