Hecho el primer estudio del terreno por medio de estos y otros datos
parecidos y no más lisonjeros; oído el dictamen del centro electoral, y
corridos los indispensables propios con las necesarias cartas e
instrucciones, arregló don Simón la maleta; rellenó todos sus huecos con
cigarros del estanco; vistióse un traje coquetón de camino, hecho _ad
hoc_; adornó las manos con sus sortijas más voluminosas; echó sobre el
pescuezo la cadena más larga, más gorda, más relumbrante de cuantas
tenía; y cabalgando en un rocín de mal pelo, pero de mucha resistencia,
partió de la ciudad al amanecer de un día, quince antes del en que
habían de dar comienzo las elecciones.
Llegó al primer pueblo del distrito, y allí le esperaban, a la puerta de
un viejo mesón, a cuyos postes y rejas estaban atados otros tantos
caballejos enjaezados a la usanza del país, hasta seis agentes
electorales _de nota_. Recibiéronle los seis sombrero en mano; alargó
don Simón la suya a cada uno, con el aditamento de afectuosa sonrisa; y
abriéndole después ancha y respetuosa calle, obligáronle a pasar,
delante, al comedor, donde había una mesa preparada para docena y media
de convidados, y hasta doce nuevos personajes envueltos en burdas capas,
que, al ver entrar al candidato, se levantaron y se descubrieron. Estos
doce eran los edecanes, como si dijéramos, de los otros seis, que bien
pudieran llamarse el _estado mayor_ del aspirante a diputado.
Olía el salón aquel punto peor que una caballeriza; pues de esencia de
ella, de aguardiente, de tabaco _de hoja_ común y de otras no más suaves
ni voluptuosas, se componía el ambiente que allí se mascaba; pero de
ámbar y ambrosía le pareció a don Simón, juzgándose ya electo con el
esfuerzo de aquellos auxiliares, todos famosos en el país por sus
gloriosas campañas electorales.
Dióse al candidato, por aclamación, la presidencia de la mesa, y
sentáronsele a cada lado tres de su estado mayor y seis de los
subalternos. Cumplido este requisito, y dichas las indispensables
_agudezas_, y hechos los acostumbrados restregones de manos, sirvió una
Maritornes, en abismo de sopera, media arroba de fideos; vertióse negro
y abundante mosto en los vasos al efecto; circuló el cucharón de estaño
de plato en plato; y entre sorbos, resoplidos, eructos y taconazos,
dióse comienzo a la discusión del punto que allí reunía a tan insignes
personajes.
Según las noticias traídas por los doce encapotados, que conocían el
distrito como la palma de la mano, y acababan de recorrerle todo,
cumpliendo previas y acertadas instrucciones de los seis jefes,
presentes también, la batalla iba a ser muy reñida, y ofrecía un éxito
muy dudoso.
Tres eran los candidatos que habían de luchar. Uno ministerial, otro de
oposición radical, y otro, don Simón, indefinido, _independiente_. El
primero, aunque desconocido en el país y sin arraigo en ninguna parte,
era el más temible, porque con la tenaza del Gobierno tenía cogidos por
los cabezones a casi todos los Ayuntamientos. El de oposición se llevaba
las grandes masas _inconscientes_; y en cuanto a don Simón, no contaba
en aquel instante más que con lo que le rodeaba; pero así y todo, bien
sabía él que no era el más desamparado de los tres. Había sonrisas a su
lado que valían media elección, y gestos y caras y, sobre todo,
antecedentes que, cuando menos, le garantizaban una lucha a muerte y una
derrota gloriosa.
Hízosele saber, como dato muy importante, que el candidato de oposición
daba, a cada elector que le votara, media libra de pan y un trago de
vino. Del ministerial nada se sabía, porque corría la elección por
cuenta de los Ayuntamientos, al decir de la fama. Era, pues, necesario,
para ganarse simpatías y prosélitos, hacer por los electores un poquito
más que el más rumboso de los candidatos; y como don Simón era rico, y
en ciertas ocasiones no se paraba en barras, autorizó a sus agentes para
que hiciesen saber en el distrito que él daba a sus votantes lo mismo
que el candidato de oposición, más dos docenas de castañas, y, en caso
de apuro, un cigarro de dos cuartos.
Estas larguezas, en opinión de sus auxiliares, podían facilitar algo más
el triunfo. Pero si, en último caso, la batalla ofrecía ciertas
dificultades, ¿no era don Simón candidato _independiente_? ¿No podía,
sin mengua de su dignidad, declararse, _in extremis, adicto_, y obtener
de este modo los auxilios del poder, que se los daría con preferencia al
otro candidato, simple aventurero político?
En éstas y otras, y devorados por los comensales, amén de los pucheros
bien atacados, dos docenas de pollos en salsa, media arroba de carne
estofada y una calderada de arroz con leche, repartió entre ellos don
Simón un mazo de puros del estanco; encargó a cada uno de los doce
subalternos el mayor esmero en el cumplimiento de la comisión que se les
había dado; los favoreció con un afectuoso apretón de manos; pagó la
comida a los diez y ocho, y los piensos de otros tantos caballos, más
algunas herraduras que hubo que poner a tres o cuatro de los últimos; y
seguido de la consabida media docena de personajes que formaban su
estado mayor, bajó al corral. Allí montaron los siete, y partieron a
trote menudito, entre las sombreradas de los que quedaban en el mesón y
la afanosa curiosidad del vecindario, que había acudido en masa a las
inmediaciones de la venta para conocer al candidato, de cuya riqueza se
contaban maravillas en el pueblo.
Allí empezaba para don Simón, si no lo más difícil, lo más penoso de la
campaña electoral.