Según lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del tránsito no había
necesidad de apearse, pues no ofrecían la menor dificultad; a lo sumo,
detenerse un momento a saludar, por una atención que sería muy
agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, había que echar el
resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo.
Y con estos propósitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo
permitía, o en hilera si el sendero no daba más de sí, pero ocupando
siempre don Simón el puesto de preferencia, ensanchábasele el pecho al
pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas
aquellas deferencias con él guardadas eran hijas de una adhesión
espontánea y desinteresada a su persona. ¡Y estaba cansado de oír hablar
de ciertos caciques de aldea, perpetuos muñidores electorales, para
quienes es una fiesta acompañar candidatos, y comer acá, y cenar allá, y
desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente
un negocio cada elección después de cada _paseo_! Pues de todo esto se
olvidaba don Simón al verse rodeado de tanto _caballero_.
Dirigía la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno,
largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en
viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra.
Conocía, uno a uno y con sus méritos, vicios, resabios y necesidades, a
todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de
interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que más fuerza y
realce le daba como muñidor incomparable e irresistible. Era, además,
alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de
Municipios limítrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de
Madrid, que le debían favores semejantes al que estaba dispensando a don
Simón. Llamábase don Celso Lépero, y era el autor de la carta que
dejamos reproducida más atrás.
Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni
tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso.
Y volvamos a la historia.
Al pasar cerca de un pueblecillo, después de tres horas de marcha
continua, dijo Lépero a don Simón:
--Aunque a esta gente la conceptúo nuestra por completo, será muy
conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja
a su gusto. El tal Mayorazgo, que así se le llama, es hombre algo bruto,
pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un
cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que
lleva usted en la petaca para su uso particular.
Sin fijarse don Simón en la indirecta de don Celso, púsose a sus
órdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la
casa del Mayorazgo, que estaba en lo más escondido del pueblo. Salió a
abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asustó al
ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse
las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el
cierro.
Dióle las señas de éste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que
desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la
meseta de una montaña, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la
roturación de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas
alturas. Era hombre joven todavía y de rostro desengañado. No mostró
gran curiosidad al verse acometido por el pequeño escuadrón. Limitóse a
contestar fríamente al caluroso saludo que le dirigió don Celso en
nombre de los demás, y especialmente de don Simón, a quien presentó al
impávido, diciendo:
--El señor es _nuestro_ candidato, don Simón de los Peñascales; persona
ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene
exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en
las elecciones, mientras tiene ocasión de pagarle su atención de otra
manera.
--Para servir a usted--dijo lacónicamente el Mayorazgo, mirando hacia el
presentado.
--Muy señor mío--respondió don Simón, descubriéndose la cabeza y
tendiendo su diestra al del cierro--. ¿Está usted bueno?
--Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.
--¿Usted fuma?--le preguntó el candidato sacando la petaca.
--Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondió el otro.
--Pues ahí va uno de la Vuelta de Abajo.
--Se estima--refunfuñó el obsequiado mordiendo la punta.
--Y ¿qué tal andamos por acá?--preguntóle el candidato, deseando
arrancar siquiera un gesto de interés a aquel pedazo de bárbaro.
--Pues... allá veremos--contestó éste, gastando media caja de fósforos
en encender el puro al aire libre.
--Eso no hay que preguntarlo, don Simón--observó Lépero--, que de cuenta
del señor corre dejar a usted satisfecho.
--Pues en ese caso--repuso don Simón comprendiendo a don Celso--, y toda
vez que nos falta mucho que andar hoy todavía, ya que he tenido el gusto
de conocer al señor, sólo me resta ofrecerme a sus órdenes para cuanto
desee, ahora y siempre.
--Lo mismo digo--murmuró el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la
que le tendió don Simón, y volviendo a mirar a sus cavadores.
Cuando la cabalgata se alejó de allí, don Simón no pudo menos de decir a
don Celso, con desencanto:
--Si éste es de los que me apoyan en el distrito, ¿cómo serán los que me
combaten? ¿Qué puedo prometerme de los dudosos?
--No haga usted caso de palabras ni de semblantes, señor don
Simón--respondió don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone
la intención mete la cabeza. Esté usted seguro de que en este
Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. ¡Algo más duro
de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo
que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni
se decide hasta el último momento.... Y a propósito: ¿tiene usted alguna
buena recomendación para la Audiencia del territorio?
--Absolutamente ninguna.
--¿No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?
--Le digo a usted que no.
--¿Ni siquiera a un mal portero?
--Aguarde usted.... ¡Pero quiá!
--Siga usted, siga usted...
--Calle usted, hombre, ¡qué majadería! Recordaba ahora que estando
paseando, tres meses hace, con un amigo, llegó a saludarle un forastero;
y al separarse éste de nosotros, supe que era un primo tercero de la
cuñada de un amigo del regente.
--Pues tenemos cuanto nos hace falta.
--¿Para qué, don Celso?
--Ya lo verá usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a
saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a
todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos más.
--¿Y de qué procede esa influencia?--preguntó don Simón con curiosidad.
--De que el sujeto ése vende vino y tabaco; razón por la que no hay un
vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo
deba a éste por razón de arrendamiento o de préstamos..., o de otra
cosa peor. Así se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con
ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted irá viendo poco
a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que
se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se
desabroche las solapas para que relumbre la cadena.
Don Simón comenzó a obedecer como un recluta, y luego dijo:
--¿Y cree usted que será conveniente que yo pronuncie algún discursito?
--¿Trae usted alguno bien estudiado?
--¡Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simón un tanto
resentido--. Pero creo que no me saldría del todo mal.
--Pues si es bueno, diga usted poco.
--¿Y el cigarro?
--También de los de la petaca; que para malos, ya los tiene él, como
estanquero.
En éstas y otras, y después de trasponer un breñal casi inaccesible y de
vadear un río y de saltar tres estacadas, llegó la comitiva a la primera
casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, más
bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rótulo
ilegible que se había trazado con almazarrón y alguna escoba, en un
lienzo de la fachada.
--Aquí es--dijo don Celso.
Al mismo tiempo apareció a la puerta de la taberna, y la tapó casi toda,
un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamaño y aseo.
Hundía los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus
mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios
las húmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba,
por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba
el tal, con expresión estúpida, sus ojuelos verdes en los recién
llegados.
--Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simón.
Y mientras éste se echaba las solapas hacia atrás y destacaba cuanto
podía sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apeándose, abrazó al
tabernero, que apenas se movió del sitio en que estaba, ni sacó las
manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra también los otros cinco de
la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simón, tomóle don Celso de la
mano, y dijo, mostrándosele al hombre gordo de la puerta:
--El señor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del
distrito. Se llama don Simón de los Peñascales; es de arraigo, como a
usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y además
mucho talento.
--¡Ya, ya!--gruñó por toda respuesta el tabernero.
--El señor--dijo don Celso, señalando a éste y hablando con don
Simón--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su
amistad íntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y
fuera de él cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por
eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el señor es el jefe
electoral de toda esta comarca.
--¡Ya, ya!--volvió a gruñir el tabernero.
--Muy señor mío y mi dueño--díjole don Simón, doblándose, descubriéndose
y tendiéndole una mano; atenciones a las cuales correspondió Cuarterola
tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad
del índice de su diestra, que sacó perezosamente del bolsillo, volviendo
a hundirla en él en seguida.
--Nosotros--añadió don Celso, atropellando la humanidad de don
Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su
casa. Conque venga la mejor habitación y el mejor vino, y síganme todos,
caballeros.
Siguiéronle, en efecto, los aludidos, después de amarrar afuera, como
mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola,
instaláronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostenía mal
en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no
había más que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla;
una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_;
dos vasos para aguardiente, y un botellón de cristal conteniendo vino
tinto. Detrás del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con
media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza;
algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas.
Mientras los recién llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos
contiguos a la mesa, don Zambombo entró en la bodega, de la que salió al
cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano,
y en la otra un vaso de vidrio sucio.
--Aquí hay que hacer un esfuerzo, don Simón--dijo Lépero mientras el
tabernero volvía--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y
beber de largo.
--Pero, hombre--respondió don Simón asustado--, ¡si yo no pruebo jamás
el vino!
--Es que nunca ha sido usted candidato.
--En fin, haremos un esfuerzo--exclamó éste con heroica resignación.
Llegó al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y
el vaso. En seguida volvió a meter las manos en los bolsillos, y se
colocó de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el
tablero.
Entretanto, don Celso escanció el primer vaso de vino y se le presentó
al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebió sin resollar. El
segundo fué para el tabernero, a quien dijo, mientras éste apuraba el
líquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa:
--Señor don Jeromo, el mundo está perdido; los tunantes se nos suben a
las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso
que la cosa cambie, ¡y cambiará! Para conseguirlo, contamos con usted.
--¡Ya, ya!--gruñó por tercera vez don Zambombo.
--En efecto, señor de Cuarterola--dijo don Simón enredando con su larga
y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo ésta y los
anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le
busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos más
insoportables; la familia está amenazada de un cataclismo, porque las
leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y
sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de
recta voluntad, de posición; hombres verdaderamente..., ¿cómo lo diré
más claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan allí a
hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora
bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre sí carga tan
pesada, no basta la abnegación más patriótica; se necesita también el
concurso de los demás hombres que como él piensan. Yo, señor don Jeromo,
no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi país la
tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares;
pero será estéril mi abnegación si los hombres influyentes, de arraigo,
de convicciones sólidas y saludables, de contingencia, en fin, como
usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho.
--¡Bravo! ¡Bravo!--gritó a coro su estado mayor.
--¡Ya, ya!--gruñó por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del
bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.
--¡Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclamó Lépero--. ¡Que
vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como él, y España se
pone camisa limpia!
--¡Ya, ya!... _Pero_...--murmuró Cuarterola.
--Pero... qué, ¡hombre de Dios! ¿Acabará usted de romper a hablar?--le
dijo Lépero ya exasperado.
--Vamos a ver qué tiene que objetar el bueno de don Jeromo--añadió don
Simón afablemente.
--Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz
aguardentosa--que todo lo que usted dice está muy bien dicho...
--En tal caso...
--Sólo que--continuó don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos
los candidatos que me han pedido el voto.
--Sin embargo...--replicó don Simón algo resentido.
--Y luego que han sido diputados--concluyó Cuarterola--, si te he visto,
no me acuerdo.
--Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de
mi carácter y de mi posición nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos
a que sea una verdad el sistema representativo.
--¡Ya, ya!--volvió a gruñir Cuarterola.
--Conque, amigo don Jeromo--saltó aquí don Celso, persuadido de que toda
preparación era ociosa con aquel bárbaro--, estamos al cabo de la calle
y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana,
le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes más.
--¡Ya, ya!...
--Díganos usted cuántas candidaturas impresas necesita, para que se las
enviemos oportunamente; y no se hable más del asunto.
--¡Ya, ya!...
--Y antes que se me olvide: ¿cómo va el pleito?
--¿El pleito?... ¡Ya, ya!
--¿Está en segunda instancia?
--¡Ya, ya!... Ya va para tiempo.
--Pues ¿en qué consiste la parada?
--A la vista está.... Soy pobre, no tengo arrimos...
--¡Y me habían asegurado a mí que se le había ofrecido a usted la
absolución libre a cambio de sus votos para el candidato del
Gobierno!...
--¡Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero...
--¿Pero qué?
--Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el día
siguiente.
--Justo, para dejarle a usted en blanco, después de haberlos servido...
¡Si anda ahora una pillería!...--concluyó Lépero, fingiendo cierta
indignación, como si quisiera conmover al tabernero.
--Y ¿qué pleito es ése?--preguntó don Simón.
--¡Una verdadera infamia!--le respondió Lépero guiñándole el ojo--. Un
_supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre
hombre, y le están arruinando miserablemente.
--¡Eso digo yo!--suspiró don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro
su monstruosa cabeza.
--Pues, amigo mío--dijo don Celso--, jamás hallará usted mejor ocasión
que ésta para salir airoso en su empeño. Cabalmente tiene usted delante
al mejor amigo del regente de la Audiencia.
Al oír esto, don Zambombo abrió los ojos cuanto se lo permitía la carne
de los párpados, y clavó la mirada en don Simón.
Este se quedó como quien ve visiones. Y no era extraño.
--Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, ¿cómo es eso?...
--En efecto--repuso Lépero atajándole--: no es el mismo regente a quien
usted conoce, sino a la persona que más le domina.
--Repare usted, don Celso...
--Nada, nada, amigo don Jeromo--continuó Lépero desentendiéndose de los
escrúpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como
favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos años
hace, y esto nos basta al señor don Simón y a mí para prestarle de buena
gana este ligerísimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que
vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.
Como nada perdía en ello el tabernero, movióse perezosamente para
complacer a don Celso.
Entretanto, dijo éste a don Simón:
--Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que saludó a su
amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuñada de un
amigo del regente.
--¡Pero don Celso!...
--¡Pero don Simón!...
--¡Si ni siquiera sé cómo se llama!
--¡Diablo!
--¡Ni dónde reside!
--¡Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor así.
--¿Cómo que no importa?
--Lo dicho. Escriba usted a Juan Pérez o a Luis Fernández, y háblele
como si realmente existiera.
--¡Don Celso!... Y ¿he de firmar yo una superchería semejante?
--Y ¿por qué no? Sobre que la carta no ha de salir de la administración
adonde vaya a parar.... ¡Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un
Juan Pérez, sin más señas! El asunto es engatusar a este bodoque.
--¡Pero eso es indigno de una persona seria como yo!
--¡Ay, ay, ay!--exclamó con sorna don Celso--. ¿Esas tenemos? ¿Con
escrúpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que
le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si
usted está resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su
casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso.
--La verdad es que ser diputado a ese precio...
--¿Pues a qué precio cree usted que son diputados los demás?
Terciaron en la porfía, auxiliando a don Celso, sus cinco camaradas; y
al cabo lograron reducir a don Simón, en el instante en que ponía
Cuarterola sobre la mesa un tintero de cuerno con pluma de ave, y medio
pliego de papel con lamparones de aceite.
Entregóselo todo a don Simón, que, a regañadientes, tuvo que escribir lo
que sigue, dictado muy recio por don Celso, no tanto para que lo oyera
bien Cuarterola, cuanto para llenar una exigencia del candidato, que de
este modo creía echar menor responsabilidad sobre su conciencia:
«Señor don Pedro Gutiérrez.
Madrid.
Mi queridísimo amigo y pariente: Como sé que también lo eres del señor
regente de la Audiencia de este territorio, y que es raro el paso que da
en el cumplimiento de sus altos deberes sin oír tu dictamen, espero que
le recomiendes con todo empeño la pronta y favorable resolución del
pleito que pende ante aquélla, contra don Jeromo Cuarterola, de esta
vecindad, y persona de todo mi aprecio, sobre un supuesto contrabando.
Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas,
valga, en cuanto deseo, la recomendación de tu afectísimo amigo y
pariente,