CAPÍTULO X

Según lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del tránsito no había

necesidad de apearse, pues no ofrecían la menor dificultad; a lo sumo,

detenerse un momento a saludar, por una atención que sería muy

agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, había que echar el

resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo.

Y con estos propósitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo

permitía, o en hilera si el sendero no daba más de sí, pero ocupando

siempre don Simón el puesto de preferencia, ensanchábasele el pecho al

pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas

aquellas deferencias con él guardadas eran hijas de una adhesión

espontánea y desinteresada a su persona. ¡Y estaba cansado de oír hablar

de ciertos caciques de aldea, perpetuos muñidores electorales, para

quienes es una fiesta acompañar candidatos, y comer acá, y cenar allá, y

desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente

un negocio cada elección después de cada _paseo_! Pues de todo esto se

olvidaba don Simón al verse rodeado de tanto _caballero_.

Dirigía la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno,

largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en

viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra.

Conocía, uno a uno y con sus méritos, vicios, resabios y necesidades, a

todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de

interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que más fuerza y

realce le daba como muñidor incomparable e irresistible. Era, además,

alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de

Municipios limítrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de

Madrid, que le debían favores semejantes al que estaba dispensando a don

Simón. Llamábase don Celso Lépero, y era el autor de la carta que

dejamos reproducida más atrás.

Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni

tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso.

Y volvamos a la historia.

Al pasar cerca de un pueblecillo, después de tres horas de marcha

continua, dijo Lépero a don Simón:

--Aunque a esta gente la conceptúo nuestra por completo, será muy

conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja

a su gusto. El tal Mayorazgo, que así se le llama, es hombre algo bruto,

pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un

cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que

lleva usted en la petaca para su uso particular.

Sin fijarse don Simón en la indirecta de don Celso, púsose a sus

órdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la

casa del Mayorazgo, que estaba en lo más escondido del pueblo. Salió a

abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asustó al

ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse

las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el

cierro.

Dióle las señas de éste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que

desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la

meseta de una montaña, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la

roturación de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas

alturas. Era hombre joven todavía y de rostro desengañado. No mostró

gran curiosidad al verse acometido por el pequeño escuadrón. Limitóse a

contestar fríamente al caluroso saludo que le dirigió don Celso en

nombre de los demás, y especialmente de don Simón, a quien presentó al

impávido, diciendo:

--El señor es _nuestro_ candidato, don Simón de los Peñascales; persona

ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene

exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en

las elecciones, mientras tiene ocasión de pagarle su atención de otra

manera.

--Para servir a usted--dijo lacónicamente el Mayorazgo, mirando hacia el

presentado.

--Muy señor mío--respondió don Simón, descubriéndose la cabeza y

tendiendo su diestra al del cierro--. ¿Está usted bueno?

--Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.

--¿Usted fuma?--le preguntó el candidato sacando la petaca.

--Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondió el otro.

--Pues ahí va uno de la Vuelta de Abajo.

--Se estima--refunfuñó el obsequiado mordiendo la punta.

--Y ¿qué tal andamos por acá?--preguntóle el candidato, deseando

arrancar siquiera un gesto de interés a aquel pedazo de bárbaro.

--Pues... allá veremos--contestó éste, gastando media caja de fósforos

en encender el puro al aire libre.

--Eso no hay que preguntarlo, don Simón--observó Lépero--, que de cuenta

del señor corre dejar a usted satisfecho.

--Pues en ese caso--repuso don Simón comprendiendo a don Celso--, y toda

vez que nos falta mucho que andar hoy todavía, ya que he tenido el gusto

de conocer al señor, sólo me resta ofrecerme a sus órdenes para cuanto

desee, ahora y siempre.

--Lo mismo digo--murmuró el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la

que le tendió don Simón, y volviendo a mirar a sus cavadores.

Cuando la cabalgata se alejó de allí, don Simón no pudo menos de decir a

don Celso, con desencanto:

--Si éste es de los que me apoyan en el distrito, ¿cómo serán los que me

combaten? ¿Qué puedo prometerme de los dudosos?

--No haga usted caso de palabras ni de semblantes, señor don

Simón--respondió don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone

la intención mete la cabeza. Esté usted seguro de que en este

Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. ¡Algo más duro

de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo

que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni

se decide hasta el último momento.... Y a propósito: ¿tiene usted alguna

buena recomendación para la Audiencia del territorio?

--Absolutamente ninguna.

--¿No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?

--Le digo a usted que no.

--¿Ni siquiera a un mal portero?

--Aguarde usted.... ¡Pero quiá!

--Siga usted, siga usted...

--Calle usted, hombre, ¡qué majadería! Recordaba ahora que estando

paseando, tres meses hace, con un amigo, llegó a saludarle un forastero;

y al separarse éste de nosotros, supe que era un primo tercero de la

cuñada de un amigo del regente.

--Pues tenemos cuanto nos hace falta.

--¿Para qué, don Celso?

--Ya lo verá usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a

saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a

todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos más.

--¿Y de qué procede esa influencia?--preguntó don Simón con curiosidad.

--De que el sujeto ése vende vino y tabaco; razón por la que no hay un

vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo

deba a éste por razón de arrendamiento o de préstamos..., o de otra

cosa peor. Así se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con

ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted irá viendo poco

a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que

se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se

desabroche las solapas para que relumbre la cadena.

Don Simón comenzó a obedecer como un recluta, y luego dijo:

--¿Y cree usted que será conveniente que yo pronuncie algún discursito?

--¿Trae usted alguno bien estudiado?

--¡Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simón un tanto

resentido--. Pero creo que no me saldría del todo mal.

--Pues si es bueno, diga usted poco.

--¿Y el cigarro?

--También de los de la petaca; que para malos, ya los tiene él, como

estanquero.

En éstas y otras, y después de trasponer un breñal casi inaccesible y de

vadear un río y de saltar tres estacadas, llegó la comitiva a la primera

casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, más

bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rótulo

ilegible que se había trazado con almazarrón y alguna escoba, en un

lienzo de la fachada.

--Aquí es--dijo don Celso.

Al mismo tiempo apareció a la puerta de la taberna, y la tapó casi toda,

un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamaño y aseo.

Hundía los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus

mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios

las húmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba,

por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba

el tal, con expresión estúpida, sus ojuelos verdes en los recién

llegados.

--Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simón.

Y mientras éste se echaba las solapas hacia atrás y destacaba cuanto

podía sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apeándose, abrazó al

tabernero, que apenas se movió del sitio en que estaba, ni sacó las

manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra también los otros cinco de

la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simón, tomóle don Celso de la

mano, y dijo, mostrándosele al hombre gordo de la puerta:

--El señor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del

distrito. Se llama don Simón de los Peñascales; es de arraigo, como a

usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y además

mucho talento.

--¡Ya, ya!--gruñó por toda respuesta el tabernero.

--El señor--dijo don Celso, señalando a éste y hablando con don

Simón--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su

amistad íntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y

fuera de él cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por

eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el señor es el jefe

electoral de toda esta comarca.

--¡Ya, ya!--volvió a gruñir el tabernero.

--Muy señor mío y mi dueño--díjole don Simón, doblándose, descubriéndose

y tendiéndole una mano; atenciones a las cuales correspondió Cuarterola

tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad

del índice de su diestra, que sacó perezosamente del bolsillo, volviendo

a hundirla en él en seguida.

--Nosotros--añadió don Celso, atropellando la humanidad de don

Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su

casa. Conque venga la mejor habitación y el mejor vino, y síganme todos,

caballeros.

Siguiéronle, en efecto, los aludidos, después de amarrar afuera, como

mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola,

instaláronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostenía mal

en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no

había más que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla;

una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_;

dos vasos para aguardiente, y un botellón de cristal conteniendo vino

tinto. Detrás del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con

media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza;

algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas.

Mientras los recién llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos

contiguos a la mesa, don Zambombo entró en la bodega, de la que salió al

cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano,

y en la otra un vaso de vidrio sucio.

--Aquí hay que hacer un esfuerzo, don Simón--dijo Lépero mientras el

tabernero volvía--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y

beber de largo.

--Pero, hombre--respondió don Simón asustado--, ¡si yo no pruebo jamás

el vino!

--Es que nunca ha sido usted candidato.

--En fin, haremos un esfuerzo--exclamó éste con heroica resignación.

Llegó al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y

el vaso. En seguida volvió a meter las manos en los bolsillos, y se

colocó de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el

tablero.

Entretanto, don Celso escanció el primer vaso de vino y se le presentó

al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebió sin resollar. El

segundo fué para el tabernero, a quien dijo, mientras éste apuraba el

líquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa:

--Señor don Jeromo, el mundo está perdido; los tunantes se nos suben a

las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso

que la cosa cambie, ¡y cambiará! Para conseguirlo, contamos con usted.

--¡Ya, ya!--gruñó por tercera vez don Zambombo.

--En efecto, señor de Cuarterola--dijo don Simón enredando con su larga

y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo ésta y los

anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le

busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos más

insoportables; la familia está amenazada de un cataclismo, porque las

leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y

sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de

recta voluntad, de posición; hombres verdaderamente..., ¿cómo lo diré

más claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan allí a

hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora

bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre sí carga tan

pesada, no basta la abnegación más patriótica; se necesita también el

concurso de los demás hombres que como él piensan. Yo, señor don Jeromo,

no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi país la

tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares;

pero será estéril mi abnegación si los hombres influyentes, de arraigo,

de convicciones sólidas y saludables, de contingencia, en fin, como

usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho.

--¡Bravo! ¡Bravo!--gritó a coro su estado mayor.

--¡Ya, ya!--gruñó por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del

bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.

--¡Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclamó Lépero--. ¡Que

vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como él, y España se

pone camisa limpia!

--¡Ya, ya!... _Pero_...--murmuró Cuarterola.

--Pero... qué, ¡hombre de Dios! ¿Acabará usted de romper a hablar?--le

dijo Lépero ya exasperado.

--Vamos a ver qué tiene que objetar el bueno de don Jeromo--añadió don

Simón afablemente.

--Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz

aguardentosa--que todo lo que usted dice está muy bien dicho...

--En tal caso...

--Sólo que--continuó don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos

los candidatos que me han pedido el voto.

--Sin embargo...--replicó don Simón algo resentido.

--Y luego que han sido diputados--concluyó Cuarterola--, si te he visto,

no me acuerdo.

--Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de

mi carácter y de mi posición nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos

a que sea una verdad el sistema representativo.

--¡Ya, ya!--volvió a gruñir Cuarterola.

--Conque, amigo don Jeromo--saltó aquí don Celso, persuadido de que toda

preparación era ociosa con aquel bárbaro--, estamos al cabo de la calle

y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana,

le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes más.

--¡Ya, ya!...

--Díganos usted cuántas candidaturas impresas necesita, para que se las

enviemos oportunamente; y no se hable más del asunto.

--¡Ya, ya!...

--Y antes que se me olvide: ¿cómo va el pleito?

--¿El pleito?... ¡Ya, ya!

--¿Está en segunda instancia?

--¡Ya, ya!... Ya va para tiempo.

--Pues ¿en qué consiste la parada?

--A la vista está.... Soy pobre, no tengo arrimos...

--¡Y me habían asegurado a mí que se le había ofrecido a usted la

absolución libre a cambio de sus votos para el candidato del

Gobierno!...

--¡Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero...

--¿Pero qué?

--Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el día

siguiente.

--Justo, para dejarle a usted en blanco, después de haberlos servido...

¡Si anda ahora una pillería!...--concluyó Lépero, fingiendo cierta

indignación, como si quisiera conmover al tabernero.

--Y ¿qué pleito es ése?--preguntó don Simón.

--¡Una verdadera infamia!--le respondió Lépero guiñándole el ojo--. Un

_supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre

hombre, y le están arruinando miserablemente.

--¡Eso digo yo!--suspiró don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro

su monstruosa cabeza.

--Pues, amigo mío--dijo don Celso--, jamás hallará usted mejor ocasión

que ésta para salir airoso en su empeño. Cabalmente tiene usted delante

al mejor amigo del regente de la Audiencia.

Al oír esto, don Zambombo abrió los ojos cuanto se lo permitía la carne

de los párpados, y clavó la mirada en don Simón.

Este se quedó como quien ve visiones. Y no era extraño.

--Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, ¿cómo es eso?...

--En efecto--repuso Lépero atajándole--: no es el mismo regente a quien

usted conoce, sino a la persona que más le domina.

--Repare usted, don Celso...

--Nada, nada, amigo don Jeromo--continuó Lépero desentendiéndose de los

escrúpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como

favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos años

hace, y esto nos basta al señor don Simón y a mí para prestarle de buena

gana este ligerísimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que

vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.

Como nada perdía en ello el tabernero, movióse perezosamente para

complacer a don Celso.

Entretanto, dijo éste a don Simón:

--Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que saludó a su

amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuñada de un

amigo del regente.

--¡Pero don Celso!...

--¡Pero don Simón!...

--¡Si ni siquiera sé cómo se llama!

--¡Diablo!

--¡Ni dónde reside!

--¡Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor así.

--¿Cómo que no importa?

--Lo dicho. Escriba usted a Juan Pérez o a Luis Fernández, y háblele

como si realmente existiera.

--¡Don Celso!... Y ¿he de firmar yo una superchería semejante?

--Y ¿por qué no? Sobre que la carta no ha de salir de la administración

adonde vaya a parar.... ¡Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un

Juan Pérez, sin más señas! El asunto es engatusar a este bodoque.

--¡Pero eso es indigno de una persona seria como yo!

--¡Ay, ay, ay!--exclamó con sorna don Celso--. ¿Esas tenemos? ¿Con

escrúpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que

le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si

usted está resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su

casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso.

--La verdad es que ser diputado a ese precio...

--¿Pues a qué precio cree usted que son diputados los demás?

Terciaron en la porfía, auxiliando a don Celso, sus cinco camaradas; y

al cabo lograron reducir a don Simón, en el instante en que ponía

Cuarterola sobre la mesa un tintero de cuerno con pluma de ave, y medio

pliego de papel con lamparones de aceite.

Entregóselo todo a don Simón, que, a regañadientes, tuvo que escribir lo

que sigue, dictado muy recio por don Celso, no tanto para que lo oyera

bien Cuarterola, cuanto para llenar una exigencia del candidato, que de

este modo creía echar menor responsabilidad sobre su conciencia:

«Señor don Pedro Gutiérrez.

Madrid.

Mi queridísimo amigo y pariente: Como sé que también lo eres del señor

regente de la Audiencia de este territorio, y que es raro el paso que da

en el cumplimiento de sus altos deberes sin oír tu dictamen, espero que

le recomiendes con todo empeño la pronta y favorable resolución del

pleito que pende ante aquélla, contra don Jeromo Cuarterola, de esta

vecindad, y persona de todo mi aprecio, sobre un supuesto contrabando.

Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas,

valga, en cuanto deseo, la recomendación de tu afectísimo amigo y

pariente,

Los Hombres de Pro · 第 37 / 54 题