Había en aquella ciudad, como hay en casi todas, un centro o círculo o
_casino_ para esparcimiento del espíritu de ciertas personas que pasaban
la vida bregando por enderezar la varia suerte de los negocios de lucro;
y había entre los socios muchos que, no gustando del juego, aunque
lícito, ni de otras recreaciones toleradas en el establecimiento,
formaban una camarilla _sui generis_, especie de senado moderador de la
ebullición que reinaba constantemente en gabinetes y pasillos; el cual
senado, _auctoritate propria_, se instalaba siempre en el salón
principal. Componíanle los hombres más _serios_ de la banca, del foro y
de la propiedad urbana; y con decir que eran _muy serios_, dicho queda,
conforme al rigorismo de la moderna _bourgeoisie_, hasta qué punto era
entre ellos poco menos que un pecado mortal la risa franca y
desenvuelta. Pero no así la sonrisa, que la conocían y la usaban,
aunque sobriamente, en todos sus caracteres y expresiones. Porque es de
advertir también que aquellos señores no aceptaban más que el _justo
medio_ de todas las cosas.
Con esto creo excusado decir que en político eran todos «hombres
_desapasionados, de orden y de progreso racional_», implacables enemigos
de toda afirmación absoluta, o según su lenguaje, «_de toda
exageración_». De esto se desprende, a su vez, que esa misma política
sólo la aceptaban como un motivo más de conversación en sus expansiones
amistosas. Y para que la tarea les fuera aún más fácil, tomaban por base
de sus disertaciones los ingeniosos conceptos de cierto periódico, al
cual habían subordinado ciegamente su criterio. El tal periódico no
asentaba jamás un principio sin un _pero_; no mostraba un color que no
pudiera confundirse con otro a la más leve interposición de una frase
artificiosa, que nunca faltaba a la mano. Pasaba por reaccionario entre
los liberales, y entre los reaccionarios por liberal; no había situación
política _bastante_ buena para él mientras imperasen sus ideas, ni
_bastante_ mala cuando no imperaban. Era su estilo ampuloso, sonoro,
claro en apariencia, turbio en el fondo, meloso siempre y seductor por
estudio; y saltaban a la vista, en el momento de fijarla en sus
columnas, las palabras _orden, progreso, paz, religión y patria.._.
Era, en substancia, la representación escrita del espíritu yerto de la
época en que se daba a luz; pero hasta el punto de dudarse si procedía
de tal padre, o, al contrario, si era él quien había formado ese
espíritu; quien alimentaba y nutría el alma de esa nueva raza, verdadera
plaga del siglo que corre; raza sin convicciones, sin fe, sin
entusiasmo; que llaman _orden_ a todo cuanto le garantiza una tranquila
digestión, y _progreso_ a cuanto redunda en aumento de su caudal; que
entiende por _patria_ su hogar doméstico, y por _sociedad_, un conjunto
de ciudadanos _matriculados_ para vender y comprar, tranquilamente,
fardos de algodón, harinas de Castilla o papel del Estado; raza que
transige con todo, menos con que se suba un cuarto la libra de pan.
A esta raza pertenecían los hombres de la citada camarilla, en la cual
se daba siempre a don Simón la butaca de preferencia, no tanto por la
importancia mercantil de éste, cuanto porque nadie leía mejor que él,
con voz más recia y sonora, ni con mejor _sentido_, los artículos de
fondo del periódico, todas las noches, a los congregados.
Pero vamos al caso. Aquellos hombres, que habían visto sin alarmarse,
durante muchos años, cómo cundían y se propagaban ciertas tendencias
_niveladoras_, y cómo se iba rebajando poco a poco el carácter
nacional, corrompiendo aquel conjunto de cualidades que un día hicieron
del tipo español «el modelo proverbial de los caballeros»; aquellos
hombres, digo, que habían visto todo esto y mucho más, sin temblar por
el día siguiente, observaron una vez que las predicaciones, que las
tolerancias, que las concesiones, que toda aquella política de _ancha
base_ que encomiaban a destajo y en la cual creían sin conocerla, estaba
dando ya sus frutos naturales y lógicos; que aquellas _muchedumbres_ por
las que nada habían hecho ellos nunca, y de las que jamás se habían
acordado sino para explotar su trabajo a cambio de un mezquino pedazo de
pan, se alzaban imponentes, en virtud de las alas que les prestara una
libertad mal entendida; que aquella _canalla_, como ellos llamaban a la
multitud desheredada cuando ésta era dócil, se aprestaba, con la tea en
la mano, a imponerse al mundo entero y a transformar, en un instante
dado, el modo de ser de la familia y de la sociedad.
¡Y allí fué el temblar de la voz y el crujir de los dientes!... Porque
temieron por sus casas, por sus campos, por sus fábricas, por sus
tesoros; es decir, su Dios, su patria, su alma.
--¡Pero es preciso defenderse!--exclamaron, resueltos a hacer una
hombrada.
Y ¡poder del egoísmo! Aun en aquella triste situación, pensaron, ante
todo, en sacar la sardina con la mano del gato.
Nada diré del temple del arma que eligieron para tan ruda batalla. El
lector va a conocerle, y dirá de él lo que mejor le parezca. Yo, mero
historiador, a los hechos me atengo, y ésos voy a referirle.
Abríase, a la sazón, una campaña electoral para padres de la patria; y,
según los sujetos de quienes vamos tratando, nada más eficaz contra la
tormenta que les amenazaba, que enviar al Parlamento _hombres de orden,
de progreso racional, enemigos implacables de toda exageración_, y ricos
e independientes, por contera.
Pero, concretándose a aquella localidad, ¿quién, entre todos ellos, era
bastante rico, bastante abnegado, bastante generoso, y aun bastante
elocuente, para aceptar tamaño compromiso con buen éxito, y capaz de
abandonar, sin partírsele el alma, la dirección de los propios negocios
y las comodidades de su casa?
Ni siquiera se puso en tela de juicio: don Simón, y nadie más que él.
Una noche se le hizo la proposición en plena tertulia; y, francamente,
no podía habérsele hecho otra que más le halagara. Quizá se anticipaban
sus amigos a un deseo que le embriagaba el alma mucho tiempo hacía. No
se olvide que don Simón se creyó siempre capaz de todo; y téngase
presente que cuando llegó a la posición social en que ahora le
hallamos, los límites de sus aspiraciones se perdieron de vista. Por lo
demás, que en el fondo de su conciencia se creía agudo, elocuente, sutil
y travieso, ya lo sabemos. ¿Cómo dudar que fué el primero en comprender
que nadie era más digno de ejercer el cargo que quería confiársele? Pero
se guardó muy bien de darlo a conocer.
Al contrario, hízose el pequeño y el indigno, y hasta pidió toda aquella
noche para reflexionar.
Cuando volvió a su casa, llamó a su mujer y le dijo solemnemente:
--Juana: la patria reclama mi cooperación, y necesito hacer por ella el
sacrificio de prestársela.
--¿Que la patria te reclama..., qué?...--preguntó la oronda señora,
dudando si la palabrilla se comía o se sembraba.
--Que _el país_ desea que yo le represente en las Cortes--añadió don
Simón con parsimonia.
¿Y qué es eso?
--Pues bien claro está, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta
provincia.
--¡_Carácholes_!--exclamó, fuera de sí, la _gran dama_, olvidándose en
aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que
era rica.
Frunció el entrecejo el marido al oír aquella interjección espontánea
en boca de su mujer, y dijo a ésta severamente:
--Te _alvierto_ que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una
señora de tus... contingencias.
--Déjate ahora de eso, que ya se arreglará--repuso doña Juana con un
desdén admirable--. Y dime: si llegas a ser diputado, ¿te sentarás en
aquellos bancos de terciopelo que veíamos desde la trebuna?
--Es claro.
--¿Y te llamarán _de_ Usía?
--Naturalmente.
--¿Y te codearás con los ministros?
--Es de razón.
--¿Y viviremos en Madrid?
--Regularmente.
--¿Y nos publicarán en los papeles?
--Puede que sí.
--¿Y casaremos a Julieta con un embajador?
--No te diré que no, si a mano viene.
--¡Ajaá! Y con eso espantaremos de una vez tanto moscón como nos zumba
aquí alreguedor de las talegas de tu hija.
--Ese será uno de los motivos que más me animen a llevaros conmigo.
--Pues mira, Simón: por si se vuelve atrás y no te ves en otra, coge a
ese país por la palabra.
Y como don Simón opinaba lo mismo que su mujer, no durmió aquella noche,
contando las horas que faltaban hasta la en que pudiera presentarse _al
país_ para decirle que aceptaba su proposición... «por no desairarle».
Amaneció al cabo; y como los instantes son preciosos en tales ocasiones,
nuestro personaje no esperó a la noche para ver a sus amigos. Buscólos
en sus casas acto continuo; citáronse para el mediodía en la del
candidato, y en ella se discutieron ampliamente los preliminares de la
batalla.
Para darla con mejor éxito se eligió un distrito rural; designóse a cada
uno el puesto que le correspondía, conforme a sus relaciones en aquellos
pueblos, o a sus influencias, y se disolvió el cónclave, a fin de poner
en práctica, sin pérdida de un solo momento, el discutido plan.