CAPÍTULO VIII

Había en aquella ciudad, como hay en casi todas, un centro o círculo o

_casino_ para esparcimiento del espíritu de ciertas personas que pasaban

la vida bregando por enderezar la varia suerte de los negocios de lucro;

y había entre los socios muchos que, no gustando del juego, aunque

lícito, ni de otras recreaciones toleradas en el establecimiento,

formaban una camarilla _sui generis_, especie de senado moderador de la

ebullición que reinaba constantemente en gabinetes y pasillos; el cual

senado, _auctoritate propria_, se instalaba siempre en el salón

principal. Componíanle los hombres más _serios_ de la banca, del foro y

de la propiedad urbana; y con decir que eran _muy serios_, dicho queda,

conforme al rigorismo de la moderna _bourgeoisie_, hasta qué punto era

entre ellos poco menos que un pecado mortal la risa franca y

desenvuelta. Pero no así la sonrisa, que la conocían y la usaban,

aunque sobriamente, en todos sus caracteres y expresiones. Porque es de

advertir también que aquellos señores no aceptaban más que el _justo

medio_ de todas las cosas.

Con esto creo excusado decir que en político eran todos «hombres

_desapasionados, de orden y de progreso racional_», implacables enemigos

de toda afirmación absoluta, o según su lenguaje, «_de toda

exageración_». De esto se desprende, a su vez, que esa misma política

sólo la aceptaban como un motivo más de conversación en sus expansiones

amistosas. Y para que la tarea les fuera aún más fácil, tomaban por base

de sus disertaciones los ingeniosos conceptos de cierto periódico, al

cual habían subordinado ciegamente su criterio. El tal periódico no

asentaba jamás un principio sin un _pero_; no mostraba un color que no

pudiera confundirse con otro a la más leve interposición de una frase

artificiosa, que nunca faltaba a la mano. Pasaba por reaccionario entre

los liberales, y entre los reaccionarios por liberal; no había situación

política _bastante_ buena para él mientras imperasen sus ideas, ni

_bastante_ mala cuando no imperaban. Era su estilo ampuloso, sonoro,

claro en apariencia, turbio en el fondo, meloso siempre y seductor por

estudio; y saltaban a la vista, en el momento de fijarla en sus

columnas, las palabras _orden, progreso, paz, religión y patria.._.

Era, en substancia, la representación escrita del espíritu yerto de la

época en que se daba a luz; pero hasta el punto de dudarse si procedía

de tal padre, o, al contrario, si era él quien había formado ese

espíritu; quien alimentaba y nutría el alma de esa nueva raza, verdadera

plaga del siglo que corre; raza sin convicciones, sin fe, sin

entusiasmo; que llaman _orden_ a todo cuanto le garantiza una tranquila

digestión, y _progreso_ a cuanto redunda en aumento de su caudal; que

entiende por _patria_ su hogar doméstico, y por _sociedad_, un conjunto

de ciudadanos _matriculados_ para vender y comprar, tranquilamente,

fardos de algodón, harinas de Castilla o papel del Estado; raza que

transige con todo, menos con que se suba un cuarto la libra de pan.

A esta raza pertenecían los hombres de la citada camarilla, en la cual

se daba siempre a don Simón la butaca de preferencia, no tanto por la

importancia mercantil de éste, cuanto porque nadie leía mejor que él,

con voz más recia y sonora, ni con mejor _sentido_, los artículos de

fondo del periódico, todas las noches, a los congregados.

Pero vamos al caso. Aquellos hombres, que habían visto sin alarmarse,

durante muchos años, cómo cundían y se propagaban ciertas tendencias

_niveladoras_, y cómo se iba rebajando poco a poco el carácter

nacional, corrompiendo aquel conjunto de cualidades que un día hicieron

del tipo español «el modelo proverbial de los caballeros»; aquellos

hombres, digo, que habían visto todo esto y mucho más, sin temblar por

el día siguiente, observaron una vez que las predicaciones, que las

tolerancias, que las concesiones, que toda aquella política de _ancha

base_ que encomiaban a destajo y en la cual creían sin conocerla, estaba

dando ya sus frutos naturales y lógicos; que aquellas _muchedumbres_ por

las que nada habían hecho ellos nunca, y de las que jamás se habían

acordado sino para explotar su trabajo a cambio de un mezquino pedazo de

pan, se alzaban imponentes, en virtud de las alas que les prestara una

libertad mal entendida; que aquella _canalla_, como ellos llamaban a la

multitud desheredada cuando ésta era dócil, se aprestaba, con la tea en

la mano, a imponerse al mundo entero y a transformar, en un instante

dado, el modo de ser de la familia y de la sociedad.

¡Y allí fué el temblar de la voz y el crujir de los dientes!... Porque

temieron por sus casas, por sus campos, por sus fábricas, por sus

tesoros; es decir, su Dios, su patria, su alma.

--¡Pero es preciso defenderse!--exclamaron, resueltos a hacer una

hombrada.

Y ¡poder del egoísmo! Aun en aquella triste situación, pensaron, ante

todo, en sacar la sardina con la mano del gato.

Nada diré del temple del arma que eligieron para tan ruda batalla. El

lector va a conocerle, y dirá de él lo que mejor le parezca. Yo, mero

historiador, a los hechos me atengo, y ésos voy a referirle.

Abríase, a la sazón, una campaña electoral para padres de la patria; y,

según los sujetos de quienes vamos tratando, nada más eficaz contra la

tormenta que les amenazaba, que enviar al Parlamento _hombres de orden,

de progreso racional, enemigos implacables de toda exageración_, y ricos

e independientes, por contera.

Pero, concretándose a aquella localidad, ¿quién, entre todos ellos, era

bastante rico, bastante abnegado, bastante generoso, y aun bastante

elocuente, para aceptar tamaño compromiso con buen éxito, y capaz de

abandonar, sin partírsele el alma, la dirección de los propios negocios

y las comodidades de su casa?

Ni siquiera se puso en tela de juicio: don Simón, y nadie más que él.

Una noche se le hizo la proposición en plena tertulia; y, francamente,

no podía habérsele hecho otra que más le halagara. Quizá se anticipaban

sus amigos a un deseo que le embriagaba el alma mucho tiempo hacía. No

se olvide que don Simón se creyó siempre capaz de todo; y téngase

presente que cuando llegó a la posición social en que ahora le

hallamos, los límites de sus aspiraciones se perdieron de vista. Por lo

demás, que en el fondo de su conciencia se creía agudo, elocuente, sutil

y travieso, ya lo sabemos. ¿Cómo dudar que fué el primero en comprender

que nadie era más digno de ejercer el cargo que quería confiársele? Pero

se guardó muy bien de darlo a conocer.

Al contrario, hízose el pequeño y el indigno, y hasta pidió toda aquella

noche para reflexionar.

Cuando volvió a su casa, llamó a su mujer y le dijo solemnemente:

--Juana: la patria reclama mi cooperación, y necesito hacer por ella el

sacrificio de prestársela.

--¿Que la patria te reclama..., qué?...--preguntó la oronda señora,

dudando si la palabrilla se comía o se sembraba.

--Que _el país_ desea que yo le represente en las Cortes--añadió don

Simón con parsimonia.

¿Y qué es eso?

--Pues bien claro está, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta

provincia.

--¡_Carácholes_!--exclamó, fuera de sí, la _gran dama_, olvidándose en

aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que

era rica.

Frunció el entrecejo el marido al oír aquella interjección espontánea

en boca de su mujer, y dijo a ésta severamente:

--Te _alvierto_ que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una

señora de tus... contingencias.

--Déjate ahora de eso, que ya se arreglará--repuso doña Juana con un

desdén admirable--. Y dime: si llegas a ser diputado, ¿te sentarás en

aquellos bancos de terciopelo que veíamos desde la trebuna?

--Es claro.

--¿Y te llamarán _de_ Usía?

--Naturalmente.

--¿Y te codearás con los ministros?

--Es de razón.

--¿Y viviremos en Madrid?

--Regularmente.

--¿Y nos publicarán en los papeles?

--Puede que sí.

--¿Y casaremos a Julieta con un embajador?

--No te diré que no, si a mano viene.

--¡Ajaá! Y con eso espantaremos de una vez tanto moscón como nos zumba

aquí alreguedor de las talegas de tu hija.

--Ese será uno de los motivos que más me animen a llevaros conmigo.

--Pues mira, Simón: por si se vuelve atrás y no te ves en otra, coge a

ese país por la palabra.

Y como don Simón opinaba lo mismo que su mujer, no durmió aquella noche,

contando las horas que faltaban hasta la en que pudiera presentarse _al

país_ para decirle que aceptaba su proposición... «por no desairarle».

Amaneció al cabo; y como los instantes son preciosos en tales ocasiones,

nuestro personaje no esperó a la noche para ver a sus amigos. Buscólos

en sus casas acto continuo; citáronse para el mediodía en la del

candidato, y en ella se discutieron ampliamente los preliminares de la

batalla.

Para darla con mejor éxito se eligió un distrito rural; designóse a cada

uno el puesto que le correspondía, conforme a sus relaciones en aquellos

pueblos, o a sus influencias, y se disolvió el cónclave, a fin de poner

en práctica, sin pérdida de un solo momento, el discutido plan.

Los Hombres de Pro · 第 33 / 54 题