Firme en sus manifestados propósitos de abandonar la villa tan pronto
como le fuera posible, Simón Cerojo, desde el día en que le oímos hablar
de ello con su mujer, se consagró exclusivamente a realizar, pero con
mucho pulso, sus existencias y créditos; indispensable tarea que le
ocupó algunos meses.
Cuando tuvo su caudal entero en el bolsillo, como quien dice, y después
de haber sacado a la vergüenza pública a algunos de sus deudores que más
le habían atormentado el amor propio; después, repito, de haber puesto
en evidencia ante la villa entera los apuros de unos y las perpetuas
trampas de otros, dejando, de este modo, encendida una guerra civil
entre muchas de aquellas encopetadas familias, tomó de su caudal una
pequeña parte, y se dijo:--Esto (el caudal) _para las alas_, y esto (el
pico) _para pintar__las_.--En seguida se metió con su familia y con su
tesoro en la diligencia, y se largó a Madrid; buena escuela, como él
decía, para tomar aire y tono que lucir después en la ciudad.
Ya en la corte, puso a su hija en un buen colegio, con promesa de no
sacarla de él mientras no estuviera completamente instruida en cuanto
podía saber la señorita más encopetada; y con este fin, pagó
rumbosamente, por adelantado, las estancias de un año, y prometió hacer
lo mismo en los sucesivos.
Libre de este cuidado, consagróse a recorrer con Juana paseos, teatros y
toda clase de espectáculos, estudiando aquí las exigencias de la moda, y
allá la manera de lucirlas. Pero su entretenimiento favorito era el
Congreso; y ya con su mujer, ya solo, rara era la sesión que él no
presenciara desde la tribuna pública.--No se habrá olvidado que Simón
era muy dado a la política y a la elocuencia.--Por eso buscaba allí una
buena escuela en que nutrir sus inclinaciones; no precisamente porque
esperase utilizarla algún día desde aquellos lujosos escaños, como padre
de la patria, sino porque _un buen decir_ le juzgaba él indispensable
para entrar con desembarazo en el terreno al cual pensaba trasplantarse
en breve.
Y como si la suerte se complaciera en allanarle todos los caminos que
emprendía, dale la corazonada de jugar un billete a la lotería, y le
_cae_, como quien nada dice, más de medio millón.
Este golpe inesperado le puso a pique de desbaratar sus maduros
proyectos, excitándole a darse por satisfecho de los mimos de la suerte,
y a quedarse a vivir de sus rentas en Madrid. Pero como en Simón había
algo ingénito que le obligaba a caminar siempre, aunque sin fijarse en
el punto de parada, desechó la tentación fundándose en que Madrid era
demasiado grande para que nadie reparara en un hombre como él; y él
quería, por más que no lo intentara en una forma concreta, descollar, un
poquito siquiera, sobre el común de las gentes que le rodearan.
Lo único que hizo, que no había pensado hacer al salir de la villa, fué
permanecer en Madrid cuatro meses en lugar de uno, y adquirir esos tres
grados más de civilización que lucir en la ciudad.
Cuando, tanto él como su mujer, creyeron bastante borrados en sus
personas los rastros de la taberna, tomó Simón letras sobre la capital
de su provincia; y bien provistos de ropa los baúles, salió con Juana de
Madrid, dejando muy recomendada a la niña en el colegio.
Su única pena al abandonar la corte fué el no haber podido encontrar en
ella a _su general_, que, sin duda, se hubiera alegrado al conocer la
rápida transformación ocurrida últimamente en la fortuna del humilde
asistente; pero _Su Excelencia_ había andado aquella vez más torpe que
de costumbre en el pronunciamiento que fraguaba para adquirir
honradamente el segundo entorchado; sorprendióle el Gobierno, y le
desterró a Filipinas, pocos días antes de llegar Simón a Madrid.
Calculen ustedes el efecto que causaría en una plaza mercantil de
segundo orden la aparición de un hombre que se anuncia con letras de
cambio, a cargo de las principales casas de comercio, por valor de
ochenta mil duros, pagaderos a tocateja. Excitada vivamente la pública
curiosidad, hablóse largamente del suceso, suponiéndose, no sin
fundamento racional, que persona que tales recursos traía _a la mano_,
mucho más debía de tener en reserva. Hubo quien, puesto ya el caso en el
terreno de las indagaciones, aseguró haber _oído algo_ muy parecido a lo
que el lector y yo sabemos de la historia de nuestro personaje; pero
como los nombres de uno y de otro no coincidían exactamente, y había
quien aseguraba muy formal que el recién llegado era un rico negociante
de Madrid que había trasladado su residencia, calló la murmuración y
tomósele de buena gana, a pesar de ciertos resabios de mal género que de
vez en cuando le asomaban, y sobre todo a su mujer, por un señor de
importancia, muy rumboso además y muy atento.... Y esto sí que era la
verdad pura.
Veamos ahora por qué no coincidían los nombres del Simón de la ciudad y
los del Simón de la aldea.
Observó éste, viviendo en la villa, que cuando su apellido Cerojo
(sinónimo de _ciruelo_ en el país) se pronunciaba recio en ciertas
solemnidades, causaba en el público un efecto desgraciadísimo; y
queriendo evitar en lo sucesivo los inconvenientes a que esta
circunstancia pudiera dar lugar, resolvióse, al salir de la villa, a
firmar en adelante con otro apellido que, sin dejar de ser de su
familia, fuera menos vulgar que el primero de los de su padre. Tarea
harto difícil, en verdad; pues al pasar revista, de memoria, a toda su
ascendencia por ambas líneas, se encontró con que ésta parecía formada
en un bosque virgen, según eran sus antepasados _Carrascas, Bardales,
Cajigas y Abedules_. Al cabo, entre lo más remoto de su progenie, halló
ciertos _Peñascales_ que le convinieron, pues sobre salirse este
apellido de la rutina forestal de los demás, amén de ser muy sonoro,
tenía sus ribetes de empingorotado. Pero no era cosa de prescindir
totalmente del que había usado hasta entonces, por más de una razón que
tuvo presente. Así es que, en sus propósitos de conciliario todo,
resolvióse a adoptar en adelante, para todo documento de carácter
particular y privado, la firma a secas de _Simón de los Peñascales_; y
para los que tuvieran relación con su vida pública, es decir, para
_nombre de guerra_, el más aparatoso de _Simón C. de los Peñascales_.
Como el ya _don_ Simón no conocía bien al pormenor el carácter de la
plaza mercantil en que se había establecido, dedicóse el primer año, y
mientras la estudiaba a fondo, a descuentos ventajosos y préstamos sobre
fincas; negocios que le proporcionaron cómodas y pingües utilidades. Al
siguiente, ya se matriculó como comerciante capitalista. Al tercero,
_botó_ dos barcos a la mar. Al cuarto, todo lo anterior, más dos
magníficas casas en construcción en lo mejorcito de la ciudad. Al
quinto, era su firma una de las más respetables de la plaza, y de las
más respetadas fuera de ella.
Entonces le avisaron de Madrid que su hija estaba al corriente de
cuantas materias de utilidad y adorno podían enseñarse a una joven de la
_buena sociedad_, y fué con su señora a recogerla. Mas en lugar de
volver directamente a casa, hicieron los tres un rodeo por París; y con
la disculpa de que el padre deseaba resarcir a su hija de la larga
reclusión en que la había tenido, estuvo la madre un invierno entero
_perfeccionando_ su civilización en la capital de Francia, escuela que
no desaprovechó el marido para tomar nuevas tinturas de _hombre del
día_.
De retorno de este viaje es cuando, verdaderamente, se ve darse a luz a
la familia de don Simón.
Éste, muy afecto siempre a estudiar en el libro de su experiencia,
recordando lo ocurrido en la villa con las intemperancias de su mujer,
trató de que, en lo posible, no se reprodujera en la ciudad. Y digo en
lo posible, porque demasiado conocía el ex tabernero que, a pesar de
todas las podaderas de la civilización, _doña_ Juana había de soltar las
bellotas en cuanto se la sacudiera un poco. Proponíase don Simón sacar
partido del caudal de nociones de cultura que indudablemente traería su
hija del colegio para dar a sus salones y a su señora cierta entonación
que doña Juana no podía prestarles, y tener siempre en la joven una
especie de tribunal de consulta para los casos de apuro.
Quiero decir que hasta la vuelta de París de toda la familia, no se
estableció ésta a la altura de sus recursos, ni don Simón consintió a su
mujer que abriese sus salones ni adquiriese otras visitas que las más
indispensables. Por supuesto que, así y todo, por debajo de los damascos
de la _gran dama_ asomó más de una vez el mandil de la taberna. Pero
¿qué se le había de hacer? En cambio, se declaró aquella casa, desde
entonces, el centro de la buena sociedad del pueblo; y a doña Juana se
le caía la baba de placer con las atenciones de que era objeto: sinceras
unas, es verdad, por tratarse de gentes no mucho más avisadas que ella,
e hijas otras de la diabólica intención de dar pábulo a las majaderías
de la encumbrada lugareña; pero interesadas todas, porque, al cabo, en
aquella casa se bailaba mucho y se cenaba bien, lo cual en ninguna parte
se desdeña en estos tiempos.
Felizmente, Julieta (no sé si he dicho antes de ahora que así se llamaba
la niña) era sumamente precoz en su desarrollo físico, y no atrasada en
el intelectual; de modo que su madre tuvo en ella, no sólo un auxiliar
activo, sino un prudente consejero para _hacer los honores_ de su casa
desde el momento en que ésta se declaró, como se ha indicado, centro del
_buen tono_ de la ciudad.
Y así fueron corriendo los años. Don Simón, acrecentando en cada uno
prodigiosamente su caudal, sin duda por aquello de «dinero llama
dinero»; doña Juana, sudando placer y vanidades por todos los poros de
su cuerpo, y Julieta transformándose en una arrogante moza,
desesperación de imberbes, codiciada de talludos y obsequiada de todos.
En esta época floreciente es cuando el carácter de don Simón _hace
crisis_; o mejor, cuando don Simón _entra en carácter_.
Ya no es hombre que ama las situaciones _eminentemente_ liberales
«porque en ellas cada uno puede hablar de cuanto le acomode, aunque no
lo entienda»; al contrario, es apasionado defensor de los gobiernos _de
orden_, que sin negar al tiempo las libertades que le corresponden,
sostengan a cada uno en su esfera, y no alimenten, en _ciertas clases,
insensatas ambiciones_. Odia toda suerte de tiranías; y por lo mismo,
no dejándose imponer de sus braceros y empleados, después de regatearles
cuarto a cuarto sus jornales, les paga _religiosamente_ lo convenido.
También es filántropo; y si no se le ve pródigo con los pobres que
llegan a su puerta, no es por falta de buen deseo, ni por sobra de
economía, sino porque no quiere alimentar vicios ni fomentar la
vagancia. Cree en el progreso moral de los pueblos; pero bajo la
dirección _paternal_ de los gobiernos, y con el esfuerzo... de los
años. En cuanto al progreso material, le protege rumbosamente; pero
alrededor de su casa, como, en su concepto, debe hacer todo ciudadano, a
fin de que el progreso llegue a sentirse y a palparse en todas
partes.--Ha comprado muchas tierras en su aldea, y las ha distribuido
entre sus antiguos convecinos... a renta; pero dispensando a éstos el
favor de no embargarles la manta de la cama cuando, por bien probada
necesidad, dejan de pagarle... un año; al segundo ya varía de conducta,
si el _abuso_ se repite; y esto, únicamente por respeto a su derecho, no
porque necesite para nada las míseras economías de aquellos pobres
campesinos. No ha reformado con una mala teja su antigua casita de la
plaza, ni ha vuelto a poner en ésta los pies; y se comprende en un
hombre de sus circunstancias; muerto el señor cura, don Justo, ¿qué otra
persona quedaba allí con quien «pudiera entenderse» él?
Por lo demás, continúa siendo el hombre dado a las grandes frases y al
aplomo en el decir, y no ha enriquecido su erudición ni reformado su
ortografía; pero aquélla no la necesita en la vida que trae, ni ésta le
es indispensable, dictando, como dicta, hasta su correspondencia
particular. Y en cuanto a sus peroraciones frecuentes, ¡vayan ustedes a
conocer que aquellas palabras _culminantes_ de su oratoria, que son su
delicia, las escribe con _q_!
Lejos de perjudicarle esto en su importancia, todo el mundo se la
concede para todo; así es que, al creer lo que afirma la opinión
pública, don Simón es _una gran persona_, es decir, prudente en el
consejo, elocuente en emitirle, rico de hacienda, honra del comercio,
provecho de la ciudad, benemérito patricio, y cuanto ustedes quieran.
Añádase a esto que sonríe muy poco, y que jamás se ríe; que se afeita
todos los días, y gasta una ropa muy fina y muy holgada; muy destacados
el pecho, los cuellos y los puños de su camisa, y muy abarquilladas las
alas del sombrero; añádanse, digo, estas gravísimas circunstancias, y se
comprenderá mejor por qué don Simón ha llegado a ser, en la región que
habita, el hombre indispensable: indispensable en las juntas,
indispensable en las comisiones de dentro y fuera, e indispensable en el
Municipio, que ya no sabe qué hacerse si él no lo preside.
Don Simón, pues, es ya todo UN HOMBRE DE PRO; y para que nada le falte,
hasta tiene la conciencia de su importancia.
Y la tiene, no porque se lo dicen los que le inciensan, sino porque una
vez, viéndose tan alto, dió en mirar a su alrededor, y observó que así
en la plaza como fuera de la plaza, los hombres que daban vida a los
pueblos modernos e imprimían carácter a la época, ni eran de más noble
estirpe, ni más sabios ni más ricos, ni tenían mejor ortografía que el.
Entonces, penetrado de la grandeza de su alta jerarquía, perdió hasta
aquellos pocos arranques que le quedaban de expansiva franqueza, y se
hizo solemne y ceremonioso aun en los actos más triviales de su vida.
Y aquí enlaza, lector amigo, el asunto de que tratábamos en el capítulo
anterior; es decir, concluye la digresión y continúa la historia.