Para volver a encontrar al protagonista de esta verídica historia, no
nos bastaría ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la
huella de sus pasos en los quince años que van corridos (y perdonen
ustedes el modo de señalar) desde que le oímos hablar lo que fielmente
consta al final del capítulo anterior.
Pero es el caso que tenemos que hallarle; y como podría llevar muy a mal
que lo intentáramos indagando aquí y allá por los pelos y señales de su
vida pasada, lo cual, por otra parte, no nos conduciría al fin que nos
proponemos, ya que, por especial privilegio que gozo, me es posible dar
con él a la primera tentativa, véngase el lector conmigo para acabar más
pronto y evitar un mal rato a nuestro personaje.
Estamos en la ciudad, en una de sus calles principales y frente a un
portal no muy limpio, pero sí muy espacioso; subimos el primer tramo de
la ancha escalera que de él arranca; atravesamos, sin detenernos, la
puerta del entresuelo, en la cual se lee, sobre bruñida chapa metálica,
el siguiente letrero: SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES; prescindimos de cuanto
se halla a nuestro paso al entrar en un salón largo y estrecho;
cruzámosle en toda su extensión, y nos detenemos a la puerta de un
gabinete. Allí hay un alto escritorio de caoba, sobrecargado de libros y
papeles; algunas banquetas de gutapercha, dos mapas, un barómetro, un
aguamanil y pocas cosas más por el estilo. Adjunta al escritorio hay una
butaca, y embutido en ella, un hombre como de cincuenta años de edad,
frescote, de cara ancha y risueña, con recortadas patillas grises, gorro
de terciopelo azul, lujosa bata, blanca pechera y leve corbata de raso
negro sobre holgadas y relucientes tirillas. Ese hombre, lector amigo,
absorto a la sazón en el examen de algunos papeles llenos de números de
varios colores, es, para ti y para mí... (pero ¡cuidado con que se lo
cuentes a nadie!), Simón Cerojo; para la sociedad en que vive, _el señor
don Simón de los Peñascales_, y para la plaza mercantil en que figura en
primera línea, SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES. Aquella carpeta y aquel
gabinete son _su despacho_; y esas personas que trabajan silenciosas en
modestos atriles en el salón en que estamos, los dependientes de su
casa.
Pero aun hay más. Cuando don Simón suspende, dos veces al día, sus
tareas, sube al primer piso; y atravesando alfombradas estancias,
alfombradas, así como suena, entra en un gabinete lujosamente amueblado
también, y allí se cambia la bata por un elegante traje de calle; se
quita el gorro de la cabeza, en la cual ocasión puede vérsela coronada
por una calva nada aristocrática por cierto, y se pone el grave,
reluciente sombrero de copa. Antes de salir a la calle pasa a otro
gabinete frontero al suyo, con la aparatosa sala por medio; y allí
encuentra, ordinariamente solas, y rara vez con _visitas_, a una señora
tan gruesa como él, dura de semblante y rica aunque charramente vestida,
y a una joven como de veintidós años, ancha de hombros y caderas; bien
destacada de pecho; de ojos y cabellos negros como el azabache; de
blancos dientes y moreno cutis; bien proporcionada y airosa de talle, y
vestida con todo el rigor de la moda...; una buena moza en toda la
extensión de la palabra. Estas dos señoras son la esposa y la hija,
respectivamente, de don Simón; dícelas éste «adiós» desde la puerta, si
están solas, o saluda cumplidamente a las personas que las acompañan, y
sale en busca de sus amigos para dar el acostumbrado paseo. Si no se
trata de salir a la calle, sino simplemente de almorzar o de comer, usa
el mismo ceremonial, pero sin quitarse la bata ni el gorro; y cuando una
doncella avisa que está la sopa sobre la mesa, pasa la familia al
elegante comedor, y allí se hace servir una bien sazonada comida;
después de la cual, _echa_ don Simón una hora de siesta sobre la cama;
_descabeza_ el sueño su señora en una butaca, y medita, o lee, o mira
por los cristales a la calle la repolluda muchacha.
Y en este _tono_ todo lo demás inherente a la vida doméstica y social de
esta _respetabilísima_ familia.
* * * * *
Amigo lector, me cargan las digresiones; pero hay casos en que no puede
prescindirse de ellas, y éste es uno de esos casos. Tú serías el primero
en negar la verosimilitud de esta última transformación del _abacero_ de
marras; y yo quiero que no se dude de la realidad de mis personajes,
sobre todo cuando escribo historia pura. Conque ármate de paciencia, y
escucha, que yo procuraré ser breve y hasta entretenido.