Así que la niña descalabrada en la alameda notó la presencia del perro
entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los
gritos de las otras, contuvo su llanto, y con íntima complacencia, se
volvió para presenciar los destrozos que el enfurecido animal parecía
estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas
criaturas. Fuera aquél el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo
cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba
vengando a ella cumplidamente.... Pero ¿no era posible que después de
concluir con las seis desventuradas niñas la emprendiese con la séptima,
por lo mismo que a nadie conocía ni en remilgos se paraba?
Esta consideración tan cuerda, que asaltó de pronto la mente de la pobre
chica, hízola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y
tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, llegó a la villa y
no paró de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entró
momentos después que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba también,
aunque por distinto sendero, Simón Cerojo, demudado el semblante y
apretando los puños de ira. Tanta, que ni siquiera reparó en la niña,
que, por haberse limpiado las lágrimas con las manos después de
oprimirse con ellas la cabeza, tenía la cara manchada de sangre. Pero
Juana sí, y al punto arrojó la obra en que se ocupaba; saltó por encima
del mostrador sobrecogida de espanto, y tomando a la niña en sus brazos,
--¡Hija mía!--gritó--. ¿Qué sangre es ésa?
Entonces se fijó Simón en la niña; y olvidando por un momento sus
disgustos, corrió también hacia ella.
--¿Te has caído?--la preguntó con cariñoso anhelo--. ¿Te han pegado?
¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por Dios!...
La niña, después de sollozar un rato, refirió, punto por punto, cuanto
la había ocurrido.
--¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del
alcalde--exclamó Simón en seguida, con rencoroso acento--son las que más
te han injuriado, porque tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de
esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de
duros para comer aquel día, o media docena de onzas para apuntarlas a
una carta, o pagar una trampa que podría ponerlos en vergüenza..., si
alguna les queda!... ¡Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de
sacársela a la cara..., y a algunos más también!
Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a lavar con agua
fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.
Y tranquilo ya sobre este punto, Simón refirió a su mujer cuanto había
ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de
Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen
más justificado su enojo y de más efecto sus _discursos_, que repitió al
pie de la letra.
--¿Y qué piensas hacer después de tanto desengaño como vas sufriendo y
de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de
levita?--preguntó Juana, que no desperdiciaba ocasión de hablar de su
pleito.
--¿Qué pienso hacer?--dijo Simón con su poquito de rescoldo--. Lo que
estoy pensando tres años hace, desde que conocí que en esta recua
siempre había de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a
tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a más de
cuatro fachendosos a la vergüenza pública, y largarme en seguida con la
música a otra parte.
Juana vio el cielo abierto.
--¡Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!--exclamó, retozándole la
alegría en el semblante--. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de sufrir lo
que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, ¿cuánto
no podríamos ganar estableciéndole en la ciudad?
--¡No, Juana, no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en la
ciudad, _taberneros_ seríamos hasta el fin de los siglos. Y si con ser
taberneros, aunque ricos, nos conformáramos, yo no saldría de esta
villa, donde he ganado en cuatro años una riqueza, y podría ganarla
mayor en poco más. Pero hay una _noble ambición_ que manda en ti y en mí
con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa
ambición está reñida con las manos manchadas de vino tinto y con las
ropas que huelen a anisado. Así, pues, ya que las alas me lo permiten,
saldremos de aquí _volando por alto_, para que en la ciudad se vea _cómo
caemos_, pero no _de dónde venimos_. Este es el modo; que, según yo
llevo observado, desde _nada_ a _bastante_ están los ascos y los
reparos; desde _bastante_ para arriba, ya todos somos iguales, y todo
nos está bien.... Nosotros tenemos _lo bastante_: ¿quién será capaz de
probar que no tenemos hasta _de sobra_? No sé lo que diría a esto el
cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados muchos
hombres, y a mi experiencia me agarro.
Lo que Simón ignoraba con respecto al señor cura, lo sabemos nosotros.
Cuando alguno de sus feligreses le decía:
--¿Sabe usted, don Justo, que Simón se va saliendo con la suya?..., ¿que
ya es hombre rico?
--No lo dudo--contestaba el santo varón--. Pero ¿le dan más
importancia?..., ¿es más feliz que aquí? Este es el problema.