LÍQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES

Penetrando por aquella puerta, se veía la razón del letrero en un

mostrador sobrecargado de cacharros menudos; en una gran aceitera con

canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras

tantas denominaciones; en una estantería espaciosa, ocupada con

paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, libritos de fumar, grandes

pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros

artículos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en

algunas mesas simétricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual

barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la obscuridad del

fondo..., y en otros mil detalles propios de semejantes

establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo.

Detrás del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua

conocida Juana, la mujer de Simón Cerojo. Como éste, había engordado y

echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso.

Pero, al revés que en su marido, su entrecejo se había ido frunciendo, y

todo su semblante agriando, a medida que la suerte fué favoreciéndolos.

Porque la suerte los había favorecido. Para convencerse de ello, bastaba

echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones

había más capital empleado que el que representaba toda la antigua

abacería..., y permítaseme una corta digresión a este propósito.

Merced al estanco que obtuvo Simón sin dificultad, a los ahorros que

trajo de la aldea y al crédito, aunque muy limitado, que no tardó en

abrírsele en algunos depósitos al por mayor, en el primer año de

establecido en la villa duplicó su capital. En el segundo se dedicó,

por extraordinario, a hacer ligeros préstamos, bien garantidos, a un

interés variable, según las personas y las circunstancias: entre una

peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de afición

bien puesta, y treinta por ciento al año, si era _artista_ establecido

convenientemente. Esta nueva industria le permitió ensanchar un tanto

sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos

años de su estancia en la villa, se encontró con un capitalito de más de

seis mil duros, libre y desempeñado. Entonces se hizo _caldista_ de

veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y

aguardiente, sino que surtió de estos artículos su establecimiento, por

mayor; lo cual le permitió hacer préstamos más en grande, más a menudo y

en condiciones de mayor atractivo.--Resultado de estas y otras

combinaciones: que el día en que nos hallamos con Simón en las Casas

Consistoriales y con Juana en su establecimiento, eran dueños de la casa

que éste ocupaba, de lo que la tienda contenía y de un respetable

sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de

muchos miles de duros.

Por este lado, pues, los asuntos de Simón y de Juana habían marchado

viento en popa. No así los demás; es decir, aquellos que se relacionaban

íntimamente con la vanidad de Juana, y las no más cortas, aunque más

disimuladas, aspiraciones de Simón.

Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus

desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los

sitios más públicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de

relumbrones, no lograron colocarla en jerarquía más alta que la

correspondiente al nombre de _la tabernera_, con el cual se la designó

desde el primer día en que se hizo notar por sus humos estrafalarios.

Aunque poco avisada, no desconoció que este descalabro la alejaba para

siempre, en aquel centro, de la altura a que había querido trepar de un

salto. El primer efecto de una presentación jamás se olvida en la

sociedad, máxime cuando ésta es reducida y presuntuosa.

Bien penetrada de esta verdad, Juana la sintió en su alma, como un toro

siente en el morrillo el primer par de banderillas; hízose más áspera y

brutal que de costumbre, y se prometió arrollar cuanto hallara por

delante, creyendo demostrar así, mejor que con dulzura y sencillez, que

era tan digna como la más encopetada de ocupar el puesto que no se le

concedía.

Con esto consiguió adquirir en la villa cierta celebridad que acabó de

exasperarla. Un solo ejemplo dará la medida de la altura a que había

llegado la insensatez de Juana. Menudeaban allí los bailes y las

_recepciones_ entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se

acordaba de invitar a _la tabernera_. Pues estas _desatenciones_ sacaban

de quicio a Juana.--Yo bien conozco, decía, que no estoy _todavía_ al

corriente de esas ceremonias, y me guardaría mucho de concurrir a ellas;

pero la voluntad es lo que se agradece. ¿Por qué no se tiene para mí un

mal recado de atención, por lo mismo que soy forastera? ¿Se les caería

la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de mí, que soy más

rica que muchas de ellas? ¡Pues no parece sino que todas son marquesas!

¡Y el marido de la una vende paño de Munilla y sogas de esparto, y el de

la otra _pecajuana_ y _engüento_ de soldado, y me debe a mí hasta la sal

con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabón vende mi marido.

¿Qué más da lo uno que lo otro?

Saturada también de estas máximas su hija, apenas comenzó a concurrir al

entonado colegio en que quiso darle educación su madre, hubo que

retirarla de él. Era ya la niña medio montuna por naturaleza, y con las

predicaciones de Juana llegó a hacerse indomesticable.

En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos más inocentes de

sus compañeras, veía burlas y desprecios; y en esta creencia, las ponía

a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y concluía por

volver a su casa, todos los días, llorando soñados agravios hasta de

sus maestras. De este modo la niña se hizo tan antipática a sus

condiscípulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la

retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pública, donde, según

el parecer de Juana, no la enseñaban tanto, pero se la miraba «con el

respeto debido».

Más de tres años de martirio llevaba la mujer de Simón al encontrarnos

con ella de nuevo, no porque se fijase en que en la villa se hacía con

ella lo que ella había hecho con los demás en la aldea, ni porque

suspirara por volver a recuperar su pequeño trono abandonado; no, en

fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano

señor cura, sino porque deseaba un campo más ancho en que explayarse,

otro mundo más revuelto en que campar por lo que se era y no por lo que

se había sido. Y un día y otro día predicaba a su marido la conveniencia

de establecerse _en grande_ en la capital de la provincia, donde, según

ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos.

Oíala Simón sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oía; pero

la verdad es que en el fondo de su corazón detestaba de la villa tanto

como su mujer.

Simón no podía perdonar a aquella gente el que se le tratase como a

persona de poco más o menos, «en los momentos más críticos para la vida

de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos», como él

decía en más de un monólogo que no llegó a oír su mujer. Se pagaba muy

poco de que no se acordasen de él para invitarle a un baile particular,

o a una tertulia de más o menos tono; pero que nunca hubiera para su

nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase

jamás a una comisión de respeto que había de representar ciertos

intereses del pueblo en el Gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante

el Municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de

buena gana, su opinión en tal cual corrillo formado en la plaza por

personas de importancia, en que no entraba él sino a fuerza de brazo,

como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un

tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le hacía perder su

serenidad habitual, y le ponía a pique de echarlo todo a trece, aunque

no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas

«miserias de aldea». Pero Simón, que no era tan insensato como su mujer,

guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entretanto, iba

ocupándose en adquirir alas con que volar.--Por eso se le veía atender

con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus préstamos

garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, sólo

trataba de redondearse lo preciso para darle un adiós de despedida y

caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo

más mínimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba

convencido de que, sin una precaución por el estilo, en todas partes

serían él y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran

sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestión, estaban

perfectamente de acuerdo Juana y su marido.

Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo

de nuestra historia.

Los Hombres de Pro · 第 29 / 54 题