llama _El Entierro_.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó el embajador dirigiéndose al grupo de
los discípulos.
Nadie contestó.
—¿Quién de vosotros ha hecho esto, señores? —preguntó a su vez
Velázquez.
—Yo no, yo no —contestaron casi a un tiempo todos los jóvenes.
—Yo lo tomé, sin saber lo que contenía, del cuarto de Juan —respondió
otro—: desde que el pobre Juan se fue, me acordaba tanto de él que
guardé ese rollo de lienzo para memoria suya.
Al oír el nombre de Juan, una terrible palidez invadió el rostro del
pintor de cámara, y sus ojos lanzaron relámpagos.
De súbito fijó Rubens la mirada en otro caballete contiguo, y palideció
también: contenía el admirable cuadro de _La coronación de la Virgen_.
—Velázquez... —exclamó con voz ahogada y llevando al pintor de cámara
cerca del cuadro—: Velázquez... decid... decid... ¿dónde habéis visto
las facciones de esa Virgen?...
La palidez de Velázquez se hizo más y más intensa.
—¡Por el amor de vuestra madre, por lo que más caro os sea en el mundo,
don Diego, respondedme! —continuó angustiosamente Rubens.
Velázquez pasó maquinalmente su enflaquecida mano por la abrasada
frente, y contestó en voz tan baja y temblorosa, que solo pudo llegar a
oídos del embajador.
—El semblante de esa virgen es una copia.
—Pero no es exacta, ¿no es verdad? —prosiguió Rubens cuya ansiedad
iba en aumento—; ¿no es cierto que no es exacta, Velázquez?... ¿no es
verdad que el original tenía cabellos rubios y ojos azules como los de
un ángel?...
—¡No lo sé!...
—¡No lo sabéis! Pues acordaos, por vida vuestra... —exclamó Rubens
cogiendo a Velázquez violentamente por un brazo—; acordaos, porque yo
necesito que me lo digáis, ¿lo oís?... lo necesito...
Al oír estas violentas palabras, alzó Velázquez la cabeza: su generoso
valor se rebeló contra aquel duro lenguaje, y brotó un relámpago de ira
de sus negros ojos.
—¡Velázquez! —exclamó el embajador, que adivinaba lo que pasaba en su
alma—; ¡Velázquez, perdonad la desesperación de un padre que os pide su
hija!...
—¡Su hija!... —gritaron a un tiempo tres voces.
Eran las del rey y del favorito, que en aquel instante entraban
despavoridos, y la de Velázquez, que cayó a los pies del embajador con
la frente inclinada hasta el suelo.
—¡Mi hija... sí... sí... mi hija Ana que me robasteis de Amberes, don
Diego!... —exclamó Rubens, para cuya inteligencia había sido un rayo de
luz la acción de echarse Velázquez a sus pies—. ¡Mi hija que busco por
todas partes!...
La voz del embajador fue sofocada por el fúnebre tañido de la campana
del monasterio que tocaba a fuego, y bien pronto se vio, a través de
las ventanas del taller, una inmensa columna de humo que salía del lado
en que estaban situadas las habitaciones de la reina y del conde-duque.
—¡Tu hija está allí... allí, donde está el fuego, Rubens —exclamó el
rey tendiendo desesperadamente sus brazos hacia el sitio de donde
partía el humo—, y allí va a perecer con la reina y con mi hija!...
¡Oh, mi hija, yo quiero salvar a mi hija y a su madre!...
Y el rey se lanzó a la puerta.
El sagrado cariño de esposo y padre había triunfado de la pasión que
Ana le había inspirado.
En aquel momento se abrió con estrépito la puertecilla que daba a la
cámara del rey, e Isabel de Borbón se precipitó en el taller llevando
en los brazos a su hija.
Imposible parecía que aquella delicada y esbelta joven hubiera podido
conducir a la infanta María Teresa, que estaba desmayada.
—¡Señor, mi hija se muere!... —exclamó la pobre Isabel poniendo en los
brazos del rey a la niña y dejándose caer, casi falta de sentido, en
una banqueta.
Felipe IV reclinó en su pecho la pálida cabeza de su esposa; el
conde-duque tomó en sus brazos a la infanta María Teresa, y aplicó a
la nariz de la aterrorizada niña su pomito de espíritus, en tanto que
Rubens y Velázquez se lanzaban a la puerta en busca de Ana.
Pero retrocedieron dando un grito de angustia y de alegría a la vez:
habíase precipitado en el umbral, al tiempo de pasarle ellos, el mulato
Juan de Pareja llevando en sus brazos, al parecer cadáver, a la joven
Ana, cuya larga cabellera rubia tocaba al suelo.
En el momento mismo en que el esclavo se precipitaba en el taller, cesó
de tocar a fuego la campana del monasterio, y un instante después entró
pausadamente don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado.
XIV
LA CRUZ DE SANTIAGO
Juan de Pareja se asemejaba mejor a un demonio escapado del infierno
que a un ser humano: estaba horriblemente flaco, y su palidez era
tan intensa que, a pesar del bronceado matiz de su tez, se advertía
claramente la descomposición de todas sus facciones; su cabello, que
formaba gruesos y lustrosos anillos de un negro hermoso y azulado,
estaba quemado por mil partes, lo mismo que su traje, que traía
desgarrado y en el mayor desorden.
Su frente ancha y hermosa veíase cubierta de sudor; su nariz, dilatada
como la de la fiera que ha vencido al cazador tras una larga y
desesperada lucha; y su labio superior, contraído levemente por una
sonrisa de orgulloso triunfo, dejaba ver el hermoso esmalte de sus
blancos y menudos dientes.
Al entrar, depositó a Ana a los pies de Velázquez, y la pobre niña
quedó como una masa inerte y helada tendida sobre el duro pavimento.
—¡El fuego... el fuego! —exclamó el rey señalando al lado de donde aún
salía una columna de humo—. Es necesario ver si se ha apagado.
—No tema V. M. —contestó el duque del Infantado, en cuyas severas y
hermosas facciones brillaba una viva expresión de contento—: yo ayudé a
encender el fuego; pero yo cuidé también de que se apagara.
Al decir esto, miró fijamente a Velázquez; mas el pintor se había
recostado contra una pared, quebrantado por la honda emoción que la
vista de Ana le había producido.
Don Juan Hurtado de Mendoza levantó del suelo el cuerpo inanimado de la
joven, y colocó a esta en el sillón, en tanto que el favorito, confuso
con su derrota, huía lo más cautelosamente posible, jurando venganza a
Velázquez y al duque.
El pintor de cámara se acercó con lento paso a la pobre niña y tomó una
de sus manos.
Estaba helada como el mármol.
—¡Muerta!... —exclamó retrocediendo dos pasos.
—¡Muerta y deshonrada!... —gritó Rubens, que aún no se había acercado
a su hija, porque hasta entonces había estado sumergido en un letargo
doloroso.
—¡No! —exclamó con voz firme el duque del Infantado—. ¡No! ¡Viva, y
digna, muy digna de su padre!
El embajador flamenco clavó una ansiosa mirada en el que le hacía
aquella revelación tan consoladora, y llegó hasta su hija como atraído
por un imán irresistible.
—¡Sí! —continuó el duque del Infantado—, creedme, Rubens... por el
nombre que llevo, por mi fe de caballero, ¡os juro que vuestra hija
está pura como la luz del sol!... Velázquez, para cumplir los deseos de
la madre de Ana, hizo creer a esta que era su hermana, sacrificando su
amor por compasión a la que le dio el ser y por respeto a sus deberes
de esposo y padre.
—¡Dios os bendiga, hijo mío! —exclamó Pedro Pablo abriendo sus brazos
al pintor de cámara, que se arrojó sollozando en ellos.
Durante algunos momentos, los hermosos y melancólicos ojos del joven
monarca se fijaron con un profundo enternecimiento en los dos pintores,
que confundían sus lágrimas; y por fin el llanto empañó también las
negras pupilas de Felipe IV.
—¡Ya vuelve... ya vuelve!... —dijo el duque del Infantado que sostenía
la cabeza de Ana apoyada en su pecho.
El rey se aproximó entonces al embajador.
—Rubens —dijo con acento firme y vibrante—, Rubens, yo os aseguro, bajo
mi palabra real, que no he visto a vuestra hija más que una sola vez
en el taller de Velázquez, del cual la creía hermana, hasta que una
mano funesta vino a arrancarme aquella creencia, que hubiera sido un
antídoto saludable para...
Felipe IV iba a decir «para mi pasión», pero volvió la vista a la
reina, y la palabra se ahogó en sus labios.
En cuanto a Isabel, se ocupaba en acariciar a la infanta María Teresa
que acababa de volver de su desmayo.
Rubens besó la mano de Felipe con vivísima expresión de gratitud, y se
lanzó hacia su hija a la cual estrechó entre sus brazos.
Aquel padre debía su hija a una falta, y sin embargo no había querido
imprimir un beso en su frente hasta no cerciorarse de que era pura de
la misma falta, origen de su ser. ¡Terrible egoísmo humano!
Rubens se separó de su hija, la cual, aunque se había recobrado un
tanto, había vuelto a cerrar sus fatigados ojos sin conocer a nadie. En
seguida se dirigió a buscar a Juan, que, parado enfrente del cuadro del
_Entierro_, le contemplaba con desencajados ojos.
El embajador abrazó estrechamente al mulato.
—¡Gracias —dijo—, gracias, salvador de mi hija! ¿Qué es lo que puedo yo
hacer para recompensarte?... habla... ¿quieres ser libre?...
—No puedo dejar a mi señor mientras me dure la vida —contestó Juan
separando del cuadro sus extraviados ojos—: mi vida es verle y servirle.
—¡Ese lienzo está pintado por Juan! —gritó en aquel instante el
discípulo Pablo de Astudillo señalando al cuadro del _Entierro_—: lo he
conocido en lo asustado que ha quedado al verlo aquí.
Ante la declaración del niño, palideció el mulato densamente y cayó a
los pies de Velázquez murmurando la palabra:
—¡Perdón!
Velázquez le levantó en sus brazos, y al mismo tiempo Felipe IV apoyó
su real mano en el hombro del siervo.
—_El hombre de genio_ —dijo con voz solemne—, _no puede ser esclavo;
alza la frente: eres libre._[15]
[15] Don José Muñoz y Gaviria.
Al concluir de pronunciar estas palabras, tomó Felipe IV un pincel, lo
humedeció en color rojo, y se acercó a Velázquez.
—Recibe —dijo dando pinceladas sobre su costado izquierdo—, recibe esta
cruz en memoria del heroísmo con que has conservado el honor de la hija
de Rubens; ese honor —añadió bajando la voz— que yo he estado a punto
de empañar para siempre.
Y Felipe IV se desvió a un lado dejando ver, bajo el corazón de
Velázquez, la cruz de Santiago que se destacaba sobre el terciopelo de
su ropilla.
—Adiós, comendador —dijo tendiendo la mano a su pintor de cámara—; sois
libre durante seis meses para acompañar a Flandes a Rubens y a su hija;
pero no olvidéis que, al cabo de este tiempo, os necesito a mi lado.
El monarca lanzó una mirada de dolor y de tristeza sobre Ana, y salió
con la reina, su hija y los cortesanos.
—¡Ay, señor! —exclamó Juan de Pareja besando respetuosamente la cruz
de Santiago—: soy tan dichoso al veros comendador que no podía haberme
dado el rey mejor premio por haber puesto fuego a su palacio para
salvar a doña Ana.
Al oír su nombre, abrió la joven los ojos y los clavó en Velázquez,
como si a él solo viese de las personas que la rodeaban.
—¡Diego!... —gritó con una inefable expresión de gozo.
Velázquez quería lanzarse en sus brazos, pero se detuvo desalentado
mirando a Rubens.
—¡Mi hija se muere! —murmuró el embajador con voz firme, aunque sus
facciones retrataban la agonía del dolor más hondo—. ¡Oh, hija mía!
—continuó oprimiendo fuertemente las manos de Velázquez—: ¡hagamos más
dulce su agonía prolongando tu piadoso engaño!
—¡Diego! —repitió Ana con voz más débil.
—¡Hermana! —exclamó este con un esfuerzo que rompió todas las fibras de
su generoso corazón—. ¡Hermana mía! ¡He aquí a nuestro padre!
XV
ÁNGEL Y MÁRTIR
Es una hermosa mañana de septiembre. La casita que Ana habitaba en
Amberes, antes de su partida para España con Velázquez, aparece
silenciosa y solitaria como en la época en que la joven vivía en ella
en compañía de la anciana dueña Tadea.
Sin embargo ahora, además de las dos mujeres que la ocupaban en otro
tiempo, está habitada por tres personas más.
El aspecto del cuarto de Ana no ha variado en nada del que tenía hace
dos años, cuando la joven dormía aún en él los sueños de su infancia.
Aún está adornado con la misma riquísima y callada sillería de marfil
con asientos de terciopelo.
Y en las ventanas están las mismas grandes cortinas de damasco blanco.
Y el mismo crucifijo de nácar vela a la cabecera del lecho entoldado
también de una tela igual.
Pero en aquel lecho está tendida Ana, más blanca que el alabastro de
sus columnas y relieves.
Sobre una mesa de plata maciza, colocada en el centro del aposento, se
ven frascos y medicinas.
La joven duerme.
Empero, sus angélicas facciones, demacradas por largos días de dolor y
sufrimiento, tienen ya impreso el sello de la muerte.
Una túnica de seda blanca envuelve los enflaquecidos contornos de su
cuerpo.
Sus pies, diminutos y blancos como el mármol, están desnudos y medio
velados entre los pliegues de su túnica.
Sus pequeñas y ebúrneas manos, delgadas hasta la transparencia, se
cruzan sobre su seno.
Se ha quedado dormida rezando a una imagen de María que se destaca
sobre un reclinatorio colocado a los pies del lecho.
Un rayo de luz va a resbalar sobre las bellas y suaves facciones de la
madre de Dios, que parece mirar y sonreír a la niña dormida.
En pie y junto al lecho, tres hombres contemplan el sueño de Ana con
una angustia indefinible.
El primero es un hombre de continente altivo: la nieve, que matiza su
espléndida cabellera, es harto luciente para que no sea prematura; un
hondo pliegue de dolor se ha formado enmedio de su frente.
Es Rubens.
A su lado hay un joven pálido y enflaquecido; sus grandes ojos negros
hundidos patentizan largos días de sufrimientos.
Es Velázquez.
Junto a él está Juan el mulato, esmeradamente vestido con un traje
igual al de su antiguo amo.
La humildad y la aflicción, que en otros días retrataban las facciones
del pobre esclavo, han desaparecido.
Ahora es libre y artista; pero, amigo fiel de Velázquez, no ha querido
abandonarle.
Sus facciones contraídas pintan, sin embargo, un violento pesar, y dos
gruesas lágrimas se deslizan por sus doradas mejillas.
Tiene detrás de sí un caballete, donde ya está pintada admirablemente
la pobre Ana dormida en su lecho, con el sueño que precede a la agonía.
Largo rato hacía que reinaba el silencio.
De súbito se abrió una puerta, y una mujer, vestida de terciopelo negro
y cubierta con un largo velo, negro también, entró en la estancia.
Arrojose sobre el lecho de Ana, y besó repetidas veces su frente y sus
cabellos, sin que la joven se despertase.
—¡Gracias!... —dijo después aquella mujer tomando la mano de Rubens—;
¡gracias, Pedro Pablo, por haberme enviado a buscar para recoger el
último aliento de mi hija!
Los ojos de Ana se abrieron en aquel instante.
Parecía más diáfano y hermoso el azul de sus pupilas, pero sus
facciones se descomponían por momentos.
—¡Diego! —fue su primera palabra.
El artista iba a acercarse; mas la encubierta sacó de su seno una carta
y se la mostró, estrechándole la mano silenciosamente.
Era la misma que don Diego Velázquez había escrito a la madre de Ana,
participándole que marchaba a España con su hija.
—¡Diego! —volvió a murmurar Ana con lenta y débil voz—; ¡Diego!...
¡Padre! Venid... porque me muero.
Los dos pintores se acercaron: Juan se enjugó el llanto que corría por
sus mejillas, y se sentó delante del caballete, para dar en él las
últimas pinceladas.
La incógnita se arrodilló a los pies del lecho, y ocultó la cabeza
entre las ropas sollozando con íntima amargura.
—Diego —continuó Ana con una voz tan débil que casi no se oía ya—.
¡Diego... el amor que te he tenido ha aniquilado mi vida!... Cuando en
aquella carta fatal me dijeron que no eras mi hermano... y que tenías
una esposa... y una hija a quien amar... la desesperación se apoderó de
mí... cuando supe que era un engaño... ya estaba herida... de muerte...
Calló Ana, y durante algunos instantes solo se oyeron los sollozos de
sus padres y los gemidos de Velázquez.
El mulato había terminado su cuadro, y lloraba silenciosamente.
De repente se incorporó Ana sobre un brazo y miró profundamente la
inclinada cabeza de aquella mujer.
—¡Madre!... —gritó extendiendo los brazos y conociendo, con ese
instinto admirable de los moribundos, que aquella mujer solo podía ser
la que le había dado la vida.
—¡Hija mía! —gritó ella lanzándose hacia su hija y estrechándola en sus
brazos.
Ana levantó el velo de la incógnita, y apareció un semblante del cual
era el suyo una copia fiel.
La desconocida tenía los cabellos de igual color, y el matiz de los
ojos de Ana parecía haber sido robado a los suyos, advirtiéndose la
misma semejanza en todo el resto de sus facciones.
—¡Adiós... madre mía... padre... Diego, adiós! —murmuró Ana—. El
supremo juez me llama desde el cielo, y me enseña la gloria... ¡Juan,
os ruego que no abandonéis jamás a Diego!
Ana cayó desplomada sobre el lecho, y sus labios dejaron escapar el
último suspiro.
Las cuatro personas que rodeaban el lecho cayeron de rodillas, y
volvieron a oírse en aquella estancia secos y amargos sollozos.
La madre de Ana levantó la primera la cabeza, púsose en pie y se
envolvió en su manto.
—Don Diego —dijo dirigiéndose a Velázquez con voz quebrantada, pero
con firme acento—: os suplico que me dejéis ese cuadro que contiene la
imagen de mi hija y que vuestro amigo acaba de pintar.
Ante aquella demanda, palideció el pintor de cámara de Felipe IV.
—¡Señora! —dijo con mal segura voz.
—¡Me lo negáis! —repuso la dama con honda amargura.
—Señora —contestó Velázquez—, he hecho ya el doloroso sacrificio de
cederlo al padre de Ana... pedídselo a él...
Los sollozos cortaron las palabras al infeliz don Diego, que fue a
postrarse a los pies del lecho.
En cuanto a la dama, se irguió altanera y miró arrogante la inclinada y
doliente faz de Pedro Pablo.
—Yo, que soy su madre —dijo lentamente—, tengo derecho a ese retrato, y
desafío a Rubens a que me lo arrebate si se cree con razón para ello.
El ciudadano de Amberes guardó un doloroso silencio.
—Antes de que os deje para siempre, don Diego —continuó la madre de
Ana—, quiero justificarme ante vos de mi conducta, en presencia del
cadáver de mi desventurada hija.
Nada contestó don Diego, y ella continuó de esta suerte:
—Mi nombre es Ana, y soy hija del noble y valeroso conde de Egmont,
de la rica y dilatada familia de este nombre: a los quince años me
casé con un primo hermano mío que heredó el título de mi padre por
fallecimiento de este último.
»Enrico era gallardo, joven, bueno, y me adoraba.
»Yo le amaba también, y dos años después de mi matrimonio le había dado
dos hijos, cuando mi esposo fue a suplicar a Pedro Pablo Rubens que le
hiciese mi retrato.
»Quiero pasar en silencio los progresos de mi seducción, y llegaré al
día en que, conociendo Enrico mi estado, me llamó a su gabinete.
»—Ana —me dijo echando sus brazos a mi cuello—: vas a darme por tercera
vez la ventura de ser padre, ¡y nada me has dicho!...
»Yo bajé los ojos: cubrió mi frente el carmín de la vergüenza, y rompí
a llorar.
»Nunca supe mentir.
»La frente de Enrico, tan serena de ordinario, se cubrió de una nube de
dolor.
»—¿Me has hecho traición, Ana? —me preguntó, tomando cariñosamente mis
manos.
»Entonces me arrojé a sus pies y le referí todos los detalles de mi
falta, menos el nombre de mi cómplice.
»—¿Quién es el padre del hijo que llevas en tu seno? —me preguntó
entonces.
»—Mátame, Enrico —exclamé—, pero no me hagas una pregunta a la cual no
puedo contestarte.
»—¿Luego le amas mucho?
—¡Oh, no, Enrico! —exclamé con tal acento de verdad que quedó casi
convencido—. No le amo, no... mi falta fue la consecuencia de un
vértigo... pero no quiero decir su nombre, porque querrás batirte con
él, ¡y puede matarte!
»—Está bien —dijo Enrico con calma—: desde hoy, señora, habitaréis la
parte del palacio opuesta a la que habite yo con mis hijos, y ni a
ellos ni a mí nos volveréis a ver. Este es vuestro castigo.
»Callé: tampoco sabía doblegar mi altivez hasta el ruego.
»Desde aquel día viví aislada, sin más compañía que una doncella para
mi servicio, que recibía el alimento para ambas del comedor de palacio.
»Cuando di a luz mi hija, la hice bautizar con mi nombre y la mandé
a Rubens con mi camarera Gisela: aunque rechazada por mi esposo, no
intenté profanar su casa abrigando en ella el fruto de su deshonor.
»Rubens no quiso ofender tampoco el decoro de su mujer y de sus hijos
con la presencia de la desgraciada criatura, y la depositó en la casa
donde la visteis, con una nodriza y la anciana dueña que conocéis.
»Luego no volvió a pensar en ella: abrumado de honores y dignidades, la
gloria embargó su alma. Yo, por el contrario, ¡iba sola y encubierta
todas las noches a imprimir un beso en la frente de mi hija!
»Cuando la luz de su razón pudo ya hacer que me reconociese con la
continuidad de verme, esperé a que el sueño cerrase sus ojos para verla
yo.
»De este modo pasaron algunos años.
»Un día supe por Gisela que mi hija Duyweque,[16] que ya contaba quince
años, estaba enferma del pecho, y que mi esposo se disponía a llevarla
a Gante.
[16] Significa _Paloma_ en lengua flamenca.
»Espié el día de su salida, y lo supe el anterior; envié a Gisela a que
mandase disponer un coche muy modesto de camino, y escribí una carta;
por la noche fui a ver a Ana y la puse en sus manos, encargándole que
la entregase al primer hombre que le dijese amores.
»Después la abracé y partí.
»Seguí en mi coche al que llevaba a Enrico y a Duyweque enferma, y al
llegar a Gante me hospedé en el mesón de San Pablo, que era el mismo
que ellos habían elegido.
»Un mes pasé pegada a la pared del cuarto donde mi hija sufría.
»Una noche oí gritos dolorosos que se escapaban del pecho de mi esposo.
»—¡Se muere! —gritaba—, ¡se muere!... ¡socorro!...
»Yo me lancé en el cuarto... Duyweque agonizaba ya.
»La mirada de mi marido se fijó en mí, no obstante su dolor: una
lágrima empañó el brillo de sus grandes ojos, y se arrodilló junto a mí
al lado del lecho de nuestra hija, sin hablarme una palabra.
»Duyweque abrió los ojos y gritó:
»—¡Madre mía!...
»Luego, como si Dios la inspirase en aquel momento, puso mi mano en las
de su padre... ¡¡y expiró!!...
Un sollozo desgarrador cortó la palabra a la condesa, que permaneció
llorando durante algunos instantes.
Los tres oyentes de su lastimera historia lloraban también.
La condesa continuó así:
—Tres días después, y acabados los funerales de mi hija, entró Enrico
en mi cuarto.
»—Ana —me dijo—: quiero que Duyweque descanse en el panteón de mis
padres que, como sabéis, está en esta ciudad. La joven condesa de
Egmont debe reposar junto a sus abuelos.
»Yo incliné la cabeza en señal de conformidad, y Enrico continuó:
»—Vivid junto a su tumba si queréis; de este modo veréis cada año a
vuestro hijo Yans cuando venga a traer una corona de flores a la tumba
de su hermana.
»Enrico era inflexible: yo me incliné ahogando en mi corazón el llanto
que arrancara de él su dureza, y mi esposo desapareció sin estrechar mi
mano.
»Pero Duyweque dormía ya el sueño de los ángeles, y yo volví a Amberes
para velar por Ana.
»No obstante, el palacio de mi esposo me ahogaba: yo me sentía revivir
junto a la tumba de la hija, fruto de mi primero y santo amor; por
otra parte, yo amaba mucho a Enrico, y la idea de que cumplía su deseo
viviendo en Gante y rezando cada día en el sepulcro de su hija, era un
consuelo para mi destrozado corazón.
»Fijeme, pues, en Gante, y allí fue, don Diego, donde vino vuestra
carta a darme la alegría primera que he sentido hace dieciséis años.
»Ana estaba en salvo y sería feliz, porque la fama de vuestra hidalguía
había llegado hasta nuestro suelo.
»Mas, ¡ay!, que no fue así: la infeliz niña, privada de todo cariño
en la tierra, concibió por su bienhechor una pasión tan vehemente,
que ha aniquilado su vida aun creyéndoos su hermano. ¡Pobre azucena
destrozada por el vendaval de una pasión que ni ella misma ha podido
comprender!
Calló de nuevo la condesa y regó con llanto amargo los pies helados de
su hija.
—La conciencia —prosiguió tras una larga pausa—, la conciencia alzó,
al fin, su grito en el alma de Rubens... buscó a su hija y la encontró
agonizante ya... ¡Malditas... malditas sean las pasiones de los
hombres!...
»Ahora —continuó poniéndose en pie—, me vuelvo a mi casa de Gante
construida al pie del panteón donde descansa Duyweque... Cuando recibí
la carta en la cual Rubens me avisaba que viniese a recoger el último
aliento de Ana, mandé preparar la tumba, que va a recoger sus restos,
y que muy pronto guardará los míos; pero hasta entonces quiero que me
acompañe el retrato de mi hija moribunda.
Al decir estas palabras, se aproximó la condesa a una ventana e hizo
una seña.
Dos criados, de luto, subieron un ataúd de terciopelo blanco, colocaron
en él el cuerpo de Ana y bajaron con lento paso.