En aquel instante apareció detrás de uno de los árboles del jardín una

cabeza negra y erizada, alumbrada por dos ojos grandes y calenturientos

que fueron a fijarse en el rostro desencajado de doña Ana.

Un segundo después se oyó un grito de alegría frenética, y el mulato

Juan de Pareja salió de detrás del árbol y cruzó el jardín corriendo

desesperadamente.

A pesar de sus esfuerzos, su carrera avanzaba poco: el infeliz esclavo

hacía tres días que no había probado alimento ni cerrado al sueño

sus ojos, ocupado solo en vagar como una sombra durante la noche por

los alrededores del palacio, porque su buen instinto le decía que la

tenebrosa infamia que lamentaba solo podía haberla urdido la mano del

conde-duque.

Llegó por fin a una de las puertas excusadas del jardín, y desapareció

por ella.

Doña Ana continuó largo rato oprimiendo las manos de su compañera.

—Escuchad —dijo al cabo de algunos instantes con voz lenta y ahogada—;

escuchad, Estrella, antes de que Dios me llame a su seno, una confesión

que a nadie he hecho todavía... pero que necesito hacer porque me

ahoga...

—Hablad, hablad, doña Ana.

—Yo creo... creo que vos me amáis un poco, Estrella...

—Os amo mucho, mucho —dijo Estrella estrechando con afecto las manos de

la infeliz joven.

—Entonces a nadie confiéis mi secreto... ¿lo oís?

—Sí, no temáis.

—Pues bien, Estrella: la vista de Diego no aliviará mi padecer... no...

—¡Qué decís!...

—¡Me matará más pronto!...

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Ana, al pronunciar estas

palabras, y se deslizaron por sus mejillas de alabastro.

En cuanto a Estrella, creyó que deliraba, y dijo solamente con dulce

voz:

—La vista de vuestro hermano os pondrá buena: creedme, doña Ana.

—¡Yo no tengo hermano!... —gritó con angustia desgarradora la

desdichada niña.

—¡Qué decís!

—¡Diego no lo es!

—¿Queréis acostaros, doña Ana? —dijo Estrella persistiendo siempre en

creer que un acceso de fiebre hacía delirar a la joven.

—¡Mirad!... —exclamó Ana sacando de su seno una carta, que, por lo muy

arrugada que estaba, decía bien claro que los ojos de Ana la habían

devorado muchas veces—. ¡Mirad, Estrella!

La atónita joven desdobló el papel y leyó lo siguiente:

«Don Diego Velázquez de Silva os engaña, pobre niña, diciéndoos que

es vuestro hermano: vos sois sola en el mundo, y vuestro raptor os

hizo creer que os unían a él los lazos de la sangre para sustraeros a

las miradas de todos los hombres, a fin de evitar así que, casándoos,

os roben de su lado.

»Vos, pobre niña, sois el origen de su gloria, pues harto sabéis

que os toma para modelo de sus celebradas vírgenes, si bien para

disimularlo cambia en sus pinturas el color de vuestros ojos y de

vuestros cabellos, y os oculta a la vista de todos.

»Empero, vos podéis libertaros fácilmente de la esclavitud en

que os tiene el odioso egoísmo de Velázquez: el rey Felipe IV os

ama; recurrid a él cuando dentro de dos días vaya a visitaros, y

conseguiréis de su cariño la protección que necesitáis.

»No temáis por Velázquez: está casado con una dama noble y hermosa a

quien ama mucho, y de la cual tiene una hija.»

La carta no tenía firma.

—¡Dios mío, qué extraño es esto! —murmuró Estrella devolviendo la carta

a la flamenca.

Esta no respondió; apoyada en el marco de la ventana, tenía doblada la

cabeza sobre el pecho.

—Vamos, doña Ana —continuó Estrella tomando una de sus manos—; vamos,

no os abatáis así: puesto que, según esa carta, debe venir el rey a

veros, declaradle la villanía de Velázquez, y él os amparará.

—¡Acusar yo a Diego! —exclamó Ana con una indescriptible vehemencia—.

¡Yo, que le amo con todas las fuerzas de mi alma! ¡Yo, que daría mi

vida por volver a verle una sola vez!...

—¡Cómo! ¿Le amáis?

—¡Que si le amo! —repitió la joven; y ante el pensamiento de su cariño

pareció fundirse su dolor en un delicioso arrobamiento que se significó

instantáneamente con una sonrisa de dicha—; ¡que si le amo! —repitió

cruzando las manos, y con un acento impregnado de dulzura infinita—:

le amo tanto, que solo temo dejar la vida, porque la muerte me privará

de verle. ¿No me veis —continuó con una vehemencia que hizo colorear

sus mejillas—, no me veis pálida y casi moribunda? Pues bien, ¡lo que

aniquila mi vida, lo que me mata, es ese amor que ardía en el fondo de

mi corazón sin que yo misma lo sospechase!... Cuando Diego se separaba

de mi lado, la luz huía de mis ojos... y mi pecho se oprimía como si

le faltase aire que respirar... Cuando me dormía, su imagen aparecía

delante de mí... y no pocas veces he soñado estar sentada sobre sus

rodillas... ¡Cuántas veces, viéndole dormido, han caído mis lágrimas

sobre su frente al imprimir en ella un beso! ¡Cuántas, al estrechar

su mano, he sentido que un fuego devorador circulaba por mis venas!

¡Cuántas he sentido oprimirse mi corazón al despedirse de mí, aunque

fuera por breves instantes!...

—Pero...

—No sé lo que sentía yo entonces... —prosiguió Ana cuya vehemencia

iba en aumento—: solo sí puedo asegurar que aquel padecimiento que no

comprendía aniquilaba mi vida, que tan feliz debiera haber sido. Yo

amaba mucho a Diego... por ventura, ¿no era él la primera persona

que me había amado en el mundo?, ¿no fue su mano la que me sacó del

abandono en que yacía?, ¿no ha sido él hasta hoy quien ha velado por mi

suerte?...

—Es verdad —dijo Estrella ansiosa de calmar a la joven—: según me

habéis dicho anoche, vos vivíais sola y abandonada... pero, según veis

por esa carta, don Diego es casado y además no os ama.

—¡Ah! —exclamó Ana con un penetrante alarido de dolor—: ¡es verdad...

es casado... y no me ama!...

La desventurada vaciló como el tierno arbolillo que hiere el hacha del

leñador; cerró los ojos, y cayó hacia adelante, yendo a descansar en

los brazos de Estrella.

En aquel momento, se abrió una puertecilla disimulada en los tapices y

apareció en el umbral la sombría figura del conde-duque.

—¡Por piedad, señor! —exclamó Estrella que sostenía a la joven, rendida

a un desmayo mortal—: ¡por piedad, libradme del cargo de guardar a esta

desdichada! ¡No quiero, no puedo verla morir!...

—Vos podréis todo cuanto yo os mande, Estrella —contestó fríamente el

favorito—, puesto que solo de esto depende el que conceda la libertad a

vuestro amante.

—¡Oh, Dios mío, padece tanto!...

—En efecto, no lo dudo, porque solo con ver a esta niña se concibe que

hay en ella más corazón que materia... ea, acostadla y hacedla volver

en sí.

Y el favorito ayudó a la joven a que colocase en el lecho el inanimado

cuerpo de Ana, a cuya nariz aplicó Estrella un pomito de sales.

—Decididamente —murmuró el conde-duque saliendo de la estancia—,

decididamente hoy tiene que verla el rey, porque mañana puede morir, y

no sé qué extraño presentimiento me avisa que su muerte será la señal

de mi ruina.

XI

EL RETRATO DE LA REINA

En el momento en que el de Olivares salía de la estancia de Ana, Diego

Velázquez entraba en la cámara del rey.

Un instante después entró también en ella el favorito sin precederle

anuncio, según su costumbre.

Al ver entrar al conde-duque, Felipe IV clavó en su rostro una mirada

de ansiosa interrogación, que fue contestada con otra de satisfacción

arrogante, y con una sonrisa llena de promesas.

Velázquez, pálido, enflaquecido, sombrío, se apoyaba maquinalmente

en el respaldo de un sillón; sus ojos hundidos por tres días de

desesperación y tres noches de insomnio, miraban vagamente a un objeto

impalpable; sus mejillas socavadas, el desorden de sus cabellos, y su

barba, que empezaba a brotar en su tez morena y pálida, acababan de

darle un aspecto huraño, violento y doloroso.

Bastaba fijar la mirada una sola vez en aquel hombre para conocer que

desgarraba su alma un pesar sin consuelo.

Al ver entrar al conde-duque, sus grandes ojos adquirieron fijeza y se

clavaron chispeantes de furor en el rostro del favorito.

El rey, que se había conmovido hondamente al notar el aspecto de

Velázquez, sintió que la ira dominaba su enternecimiento al descubrir

la rabia que trastornaba el semblante del pintor.

En cuanto al de Olivares, sostuvo fríamente la iracunda mirada de

Velázquez.

—Señor —dijo este dirigiéndose a Felipe IV—, vengo a pedir a V. M. que

me devuelva a una hermana que tenía, y que me ha sido robada.

Aturdido el rey por tan violento exordio, se volvió a mirar a su

privado.

—Esa mirada —continuó Velázquez con voz más concentrada y sorda—, esa

mirada me dice, señor, que el ladrón de Ana es el conde-duque...

Y Velázquez, con el rostro trastornado, puso la mano en el puño de su

espada, y avanzó dos pasos hacia el de Olivares.

—¡Velázquez, tú estas loco!... —exclamó el rey asombrado de tanta

audacia, pero al mismo tiempo hondamente conmovido por tan intenso

dolor.

—Tengo aún toda mi razón, señor —contestó el pintor de cámara,

separando su mano de la empuñadura de su espada—: pero aseguro a V. M.

que la perderé, si ese hombre continúa en mi presencia.

Calló Velázquez esperando que Felipe IV mandase salir al conde-duque:

mas el débil monarca no se atrevió a formular una orden a cuya sola

indicación había visto encender como dos ascuas los ojos del que debía

cumplirla.

Una sonrisa de desdén plegó los delgados y astutos labios de don Gaspar

de Guzmán y Pimentel.

—S. M. —dijo acentuando lentamente sus palabras—, S. M. parece que no

tiene dificultad en que yo oiga que demandáis a vuestra querida.

—¡Mentís como un villano! —gritó el pintor de cámara rojo de cólera;

y sacándose un guante, que hizo pedazos en su rabiosa apresuración,

lo arrojó al rostro del privado—. ¡Ea! —continuó con voz sorda—,

¡salid si no queréis que os escupa en el rostro, señor conde-duque de

Olivares!... ¡salid, y vive Dios que he de arrancaros con mi espada, el

precio por el cual habéis comprado a mi mulato Juan, y el sitio en que

habéis ocultado, no a mi querida, sino a mi hermana!

—Antes, señor don Diego —contestó el conde-duque, recogiendo fríamente

el guante de Velázquez—, antes será preciso que me probéis el derecho

que os asiste para querer ser el dueño absoluto de esa infeliz niña a

la que teníais sumida en el más odioso cautiverio.

—¡Salid, os digo!... —volvió a gritar Velázquez desnudando la espada.

El privado se dirigió lentamente a la mesa de escribir del rey, y agitó

la campanilla de oro que se veía sobre ella.

—¡El capitán de guardias de S. M. el rey! —dijo don Gaspar con una

calma glacial al ujier que se presentó.

—¡Sois un infame, señor conde-duque de Olivares! —guturó don Diego al

mismo tiempo que entraba el capitán de guardias.

—De orden del rey —dijo el favorito sin mirar siquiera al pintor—, de

orden del rey arrestad a don Diego Velázquez de Silva.

El capitán se acercó a Velázquez, y esperó la espada que este retuvo

con mano trémula de furor.

En aquel momento se descorrió estrepitosamente el tapiz de terciopelo

que cubría una puerta situada a espaldas del rey.

—¡S. M. la reina! —anunció un ujier de toda gala.

E Isabel de Borbón, vestida con un largo traje de ceremonia, apareció

en el umbral.

—¡Ejecutad las órdenes de S. M.! —gritó imperiosamente el de Olivares

dirigiéndose al capitán de guardias, al mismo tiempo que echaba una

mirada recelosa sobre la reina.

Isabel contestó a esta mirada con otra de desprecio.

—Vengo, señor —dijo dirigiéndose enseguida al rey—, vengo a buscar a

don Diego para que concluya hoy el retrato mío que hace días empezó,

porque nuestra hija María Teresa lo desea para su cámara.

Un rayo de alegría iluminó las abatidas facciones del noble artista, al

mismo tiempo que el del favorito aparecía trastornado por el furor.

Felipe IV miró vacilante al favorito y a la reina: el trance se iba

haciendo cada vez más embarazoso.

De súbito se oyó un gran rumor de pasos y espadas, y un instante

después anunció un paje:

—¡Su señoría el embajador de Flandes!

Levantose Felipe IV para recibir al que, para él, representaba a la

infanta su tía, y muy contento interiormente de que su presencia le

evitase la explosión de la tormenta que hacía media hora bramaba en su

derredor.

El conde-duque salió al encuentro de Rubens maldiciendo en aquella

ocasión la etiqueta.

La reina dejó asomar a su linda boca una sonrisa de orgulloso triunfo.

—Señor embajador —dijo dirigiéndose a Pedro Pablo—, nuestro pintor de

cámara os convida por mi boca a que visitéis mañana su taller, donde

estará expuesto mi retrato que ahora mismo va a concluir.

Inclinose Rubens profundamente y besó la suave y blanca mano de

la reina, en tanto que esta le miraba asombrada de la palidez y

decaimiento de sus facciones.

Sin duda el rey de la pintura estaba devorado por algún secreto e

intenso pesar.

Cuando Pedro Pablo Rubens levantó la cabeza, Isabel presentó su mano a

Velázquez quien, después de inclinarse delante del rey y del embajador,

volvió la espalda con desprecio al favorito, y salió con la reina.

XII

EL TALLER

Confusos y afanados andaban los discípulos de Velázquez: era el día en

que Rubens debía ir a visitar el taller del maestro.

Los pobres muchachos habían ido llegando de Madrid en los tres días que

hacía se encontraba Velázquez en el Escorial, porque su amor al arte

era tan grande, y admiraban tanto a su maestro, que no habían escaseado

ruegos para que sus familias les permitiesen continuar las lecciones en

el real sitio de San Lorenzo.

En el día a que nos referimos, tercero de la estancia en el Escorial

de Velázquez, los discípulos andaban asaz preocupados quitando el

polvo minuciosamente a los caballetes, colocándolos en hileras según su

tamaño, con una igualdad escrupulosa, y poniendo en orden cada uno de

esos mil objetos que se ven en la habitación de un pintor.

—¡Qué falta nos hace Juan! —dijo un hermoso muchacho de tez morena y

negros ojos pasando con una paleta cargada de colores.

—En verdad que sí —contestó otro de tez blanca y ojos azules como un

inglés—: desde que él ha desaparecido, me aburro. ¡Oh!, si él estuviera

aquí, ya lo tendríamos todo arreglado desde hace largo rato.

—¡Pobre Juan! ¡cuántas veces me ha pesado lo mucho que le he hecho

rabiar! —dijo otro con aire triste—: de seguro que se ha ido porque le

hacíamos perder la paciencia.

—Yo —añadió un cuarto— fui ayer a nuestro estudio de Madrid, y tomé del

camaranchón algunas cosas que él cuidaba con esmero.

—¿Para qué?

—Porque quiero tener algún recuerdo del pobre mulato, que tan bueno

era, a pesar del cruel martirio que le hacíamos pasar con nuestras

burlas. Mirad ese gran lienzo enrollado que hay en aquel rincón, junto

al caballete del maestro: es uno de los objetos que él guardaba con más

cuidado.

—Veámosle.

—¿Qué hemos de ver? Ese lienzo estará en blanco: quizás el pobre Juan

quería que le sirviese para formar letras... ¡tenía un empeño de

aprender por sí solo a escribir!

—¡Yo lo creo! ¡No tenía nadie que le enseñase!

—¡Callad! —dijo de repente uno de los discípulos—: ¡callad!... ¡se me

figura que ya oigo pasos!

—A ti no te deja resollar el miedo de que vengan... y al fin han de

venir.

—Ya lo sé.

—Pues si lo sabes, ¿por qué tiemblas?

—¿Yo tiemblo?

—Tú.

—¡Pues en verdad que no lo había notado! Te confesaré, sí, que me

espanta ver a Rubens mucho más que ver al rey.

—¡Lo creo! Otro tanto me sucede a mí.

—¡Y a mí!

—¡Y a mí!

—Pero callad, callad... ¡Ahora sí que vienen!...

En efecto, un gran rumor de pasos y de confusas voces anunció a los

jóvenes la llegada de los dos reyes: el de España, y el de la pintura;

y un instante después aparecieron ambos en el umbral seguidos de gran

número de cortesanos.

Los pobres muchachos quedaron pegados a la pared, apiñándose unos

contra otros, y sin atreverse a levantar los ojos ni a respirar apenas.

Felipe IV se apoyó familiarmente en el brazo de Rubens, y ambos,

seguidos de su lucido acompañamiento, empezaron a dar vuelta al taller.

—¿Cómo va de trabajar, hijos míos? —preguntó Rubens con su noble y

digna bondad, dirigiéndose al grupo de los aturdidos discípulos.

—Bastante... bastante bien... señor... contestaron vacilando dos o tres.

—Yo desearía ver vuestras obras, continuó Rubens; sí: tendré sumo

placer en verlas, si es que Velázquez me lo permite.

—¡Ay, Dios mío! —murmuró a media voz el más joven de los discípulos—:

¡qué desgracia que no esté el maestro!

—¿Me permite V. M. —dijo Rubens dirigiéndose a Felipe IV—, que le mande

llamar?

—Con mucho gusto, mi querido Rubens —contestó el rey saliendo de la

preocupación dolorosa en que le tenía sumergido el recuerdo de Ana—.

¡Hola! —continuó dirigiéndose a un paje—, id a buscar a don Diego

Velázquez.

—Aquí estoy, señor —dijo el artista apareciendo en el umbral de la

puerta de entrada, al mismo tiempo que el conde-duque penetraba en el

taller por la puertecilla que comunicaba con la cámara real.

—Venid acá, Velázquez —dijo el embajador, en tanto que el rey,

obedeciendo a una seña del conde-duque, se acercaba a este último.

—Deseo —continuó Rubens—, deseo ver las obras de estos jóvenes.

—¡Oh, señor! —exclamó el pintor de cámara con efusión—, creed que

agradezco con el alma el generoso interés que mis discípulos os

inspiran. Don Juan —continuó dirigiéndose a un gallardo mancebo que

apenas contaría dieciséis años, y que por lo elegante y esmerado de su

traje patentizaba que pertenecía a la más elevada nobleza—. Don Juan,

traed vuestro caballete ante su señoría.

El gallardo niño iba a obedecer con el rostro radiante de júbilo, pero

le detuvo un ademán de Rubens.

—Yo iré pasando revista a todos los caballetes, dijo, y así no habrá

que moverlos de sus sitios.

El embajador se apoyó entonces en el brazo de Velázquez del mismo modo

que el rey se había apoyado en el suyo, y ambos pintores se llegaron al

primer caballete, sobre el cual había un lienzo con una Magdalena casi

concluida.

Rubens se quitó el guante blanco y perfumado que encerraba su mano

derecha, mientras contemplaba la pintura con profunda atención.

—Este cuadro revela que tenéis un gran genio, don Juan —dijo

dirigiéndose al joven—: os aconsejo, sin embargo, que no hagáis un uso

tan frecuente de los tonos fuertes.

El joven artista se inclinó.

—Hacedme la merced de darme una paleta y un pincel, señor don Juan

—continuó el embajador—: voy a dar una pincelada en vuestro cuadro, y

en el de cada uno de vuestros compañeros.

Una exclamación de júbilo brotó de todas aquellas bocas entusiastas y

juveniles, y dos gruesas lágrimas de gratitud aparecieron en las negras

y tristes pupilas de Velázquez.

Rubens tomó el pincel que le presentaba don Juan, y mojándole en el

color correspondiente, dio tres o cuatro pinceladas en él, dando una

admirable sombra en los brazos de la Magdalena, que aparecían duramente

iluminados.

—¡Oh, qué feliz soy! —murmuró el niño siguiendo a Rubens con la paleta

al caballete inmediato.

—Entregad la paleta al dueño de este lienzo, don Juan —dijo el rey de

la pintura con suave y benévola sonrisa—: deseo que cada uno me vea

trabajar mientras lo hago para él.

Un niño como de catorce años, muy pobremente vestido, tomó la paleta de

manos de don Juan.

—¿Cómo os llamáis, amiguito? —preguntó Rubens.

—Pablo Astudillo, señor.

—Tenemos, pues, al mismo santo por patrono: ea, buen ánimo —continuó

Rubens dando pinceladas en el lienzo con sumo cuidado—, habéis pintado

una Níobe admirable en vuestros pocos años, y, por lo tanto, nada os

pido; no obstante, cuando esté concluida, os la embargo para la cámara

de mi esposa Elena. Escribidme a Amberes en cuanto la terminéis.

El niño se retiró llorando de gozo, y Rubens pasó al caballete

inmediato: el lienzo que contenía ofrecía a la vista el retrato del

pintor de Felipe IV.

—¡Oh, qué magnífico retrato! —exclamó el embajador deteniéndose delante

de él; y haciendo a Velázquez una seña para que se acercase al mismo

tiempo que humedecía su pincel, empezó, no a enmendar nada, sino a dar

a las risueñas y hermosas facciones del retrato el tinte melancólico y

amargo que entonces anublaba el expresivo y hermoso rostro del original.

—Cuando se haya pasado el dolor que os aqueja, Velázquez —dijo en

voz baja—, os será grato ver esta imagen, porque compararéis vuestra

felicidad con los pesares olvidados ya; quiero grabar en vuestro

retrato la imagen del dolor presente, para que bendigáis a Dios, al

verle, cuando seáis feliz.

Don Diego meció tristemente la cabeza.

En aquel momento, la conversación, que hacía un cuarto de hora

sostenían en voz baja el rey y el conde-duque en un ángulo de la

estancia, se animó de repente, sin que nadie se apercibiese de ello;

los cortesanos, enteramente embebecidos en ver trabajar a Rubens en

los caballetes de los jóvenes, nada echaron de ver.

—Más tarde iré —decía Felipe IV con aire embarazado—: no puedo dejar

ahora a Rubens; la etiqueta...

—Por el contrario —contestó el privado con una impaciencia que en vano

se esforzaba en disimular—, por el contrario, V. M. debe ir ahora:

la niña está en la mejor disposición de ánimo que se puede apetecer;

antes de anoche puse, mientras ella dormía, en su mesa de tocador, una

carta anónima por medio de la cual le hacía saber que Velázquez no era

su hermano; que había forjado este vil engaño para obligarla a vivir

a su lado; pero que, lejos de amarla, está vivamente apasionado de su

esposa doña Juana Pacheco, de la cual tiene una hija; que solo desea

tenerla por modelo, porque su extremada hermosura es necesaria para sus

cuadros, y que por esta razón la recataba a los ojos de todos.

—¿Y qué efecto ha hecho en ella esa carta?

—El más terrible: ha caído en una profunda desesperación, y hay

momentos en que la vehemencia del dolor la priva del conocimiento.

—¡Desdichada!

—Nunca, pues, serán más eficaces los consuelos y el amor de V. M., y es

menester ganar instantes.

El rey, medio decidido, echó una mirada embarazosa sobre los dos

pintores que, seguidos por los discípulos y los cortesanos, continuaban

revisando los caballetes.

—Acabo de verla en este instante —continuó el favorito con una calma

que hasta entonces no había usado y que decía bien claro la esperanza

que tenía de que sus últimas palabras fuesen el golpe decisivo en el

ánimo del rey.

—¿Y cómo está, cómo está? —preguntó este ansiosamente.

—Su vida se apaga por la fuerza del dolor, y creo firmemente que, si V.

M. dilata una hora más esta entrevista, la perdemos para siempre.

—Vamos —dijo el rey, en cuyos grandes ojos apareció un rayo de dolor

intenso—: vamos ahora mismo.

En los labios del privado se dibujó una sonrisa de triunfo, y abriendo

cautelosamente la puertecilla que acababa de darle paso, desapareció

con el rey, sin que nadie se apercibiese de su salida.

XIII

EL ESCLAVO

Rubens acabó por fin de dar vueltas a todos los caballetes, corrigiendo

en ellos algún defecto más o menos leve, y dando alabanzas a todos los

jóvenes relativamente a su mérito.

Al concluir, dirigió a los discípulos en general algunas palabras

graves y afectuosas, exhortándoles al trabajo y a la perseverancia, y

se detuvo ante un gran caballete, que ostentaba un magnífico retrato de

la reina Isabel de Borbón.

Al ver aquella pintura, enmudeció el gran artista, y solo pudo juntar

las manos con una expresión muy pronunciada de admiración apasionada,

grave e intensa.

—Nada he visto jamás que pueda compararse a esta pintura —dijo al fin

dirigiéndose a Velázquez, y señalando el retrato de la reina—: las

palabras, don Diego, no bastan a expresar aquí lo que siente mi alma.

Y el embajador echó sus brazos al cuello del pintor de cámara.

Luego volvió a mirar el retrato con profunda, ávida y sostenida

atención; diríase que aquella pintura tenía imán para su mirada.

—¿No me concederéis a mí la misma honra que han logrado estos jóvenes,

señor? —dijo Velázquez presentando al embajador la paleta y el pincel.

—¡Líbreme Dios de tocar tan divina obra! —contestó Rubens, separándose

del caballete respetuosamente—; sin embargo —añadió—, quiero haceros un

ligero boceto para memoria mía, sin que por eso renuncie a ver después

todas las pinturas vuestras que tengáis a bien enseñarme.

Bajose al decir esto, tomó un lienzo enrollado, que había en el suelo

junto a él, y le colocó en un caballete que Velázquez acababa de

acercarle: aquel lienzo era el que, según dijo uno de los discípulos,

había tomado del camaranchón del mulato Juan de Pareja.

Mas no bien se hubieron desplegado sus dobleces, escapose un agudo

grito del pecho de Rubens, que permaneció mirando el lienzo como

petrificado.

Jamás se ha presentado a las miradas humanas una obra más perfecta

que el cuadro pintado en el lienzo que Rubens había tomado del suelo,

creyéndole en blanco.

Amor y llanto · 第 18 / 20 段