La condesa desprendió el lienzo del caballete sin que nadie se opusiera

a ello, lo enrolló bajo su manto y, estrechando la helada mano de

Velázquez, salió.

Un instante después se oyó el pesado paso de los dos servidores que

llevaban en una litera enlutada el cadáver de Ana.

La condesa seguía sombría y envuelta en su manto negro al fúnebre

convoy.

¡La infortunada hija del gran Rubens llevaba por todo acompañamiento a

su última morada a su pobre y desolada madre!

XVI

LA DOBLE TUMBA

No me detendré yo a hablar de la vil privanza que siguió ejerciendo aún

durante largos años el conde-duque sobre el débil y voluble corazón de

Felipe IV.

Ni de las glorias de Rubens, quien, algunos años después y muerta su

primera esposa, casó con Elena Froment, célebre por su hermosura.

Ni de la muerte desastrosa de Juan de Pareja, acaecida en tiempo más

remoto, por salvar de una puñalada al esposo de la hija de Velázquez,

el paisista Juan del Mazo.

Todos estos hechos son de tanto bulto que apenas existirá una persona

que no los conozca.

Voy a conducir al lector, un año después de la muerte de Ana, al

pintoresco cementerio de Gante, y a la espalda del grandioso panteón de

los condes de Egmont.

Allí hay una tumba con dos lápidas: una de mármol blanco; otra de jaspe

negro.

Las dos tienen inscrito encima el sencillo y dulce nombre de _Ana_.

La blanca está rodeada de rosales blancos también: un árbol de azahar

le da flores y sombra, y algunos búcaros de pórfido, llenos de

azucenas, rodean la nevada lápida.

Pósanse en ellas pintadas mariposas, y los pajarillos cantan a porfía

amores en el azahar y en los rosales, porque son los últimos días del

estío.

La losa negra está rodeada de adelfas, y le da sombra un ciprés, cuyo

tronco está rodeado de una yedra.

La amorosa yerbecilla quiere, al parecer, consolar a la sombría tumba

con sus humildes hojas y con sus florecillas azules.

Era la caída de una tarde de septiembre.

Un caballero, joven aún y vestido de riguroso luto, llegó acompañado

de un hermoso adolescente que aparentaba diecisiete años, veinte menos

que su padre.

Porque padre, a no dudarlo, era el caballero que le acompañaba.

Tenía, como él, los ojos negros y hermosos, rizados y negros los

cabellos y morena la tez.

Depositaron una corona blanca de rosas, que el joven llevaba en la

mano, sobre el panteón, y ambos rezaron largo rato, besando después el

helado mármol.

—¡Pobre Duyweque mía! —exclamó el joven ardorosamente—; ¡cuánto te

amaba yo!

Y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.

—Tu hermana murió porque le faltó su madre para que velase por su

delicada constitución —dijo sombríamente el caballero.

—¿Murió mi madre antes que ella, padre?

—¡Mucho antes, hijo mío!

—Padre, si yo creo que hace dos meses la vi una mañana al

despertarme... sí... sí... me abrazaba llorando...

—¡Soñarías, hijo mío!... tu madre murió cuando tú no tenías aún un año.

—Puede ser que soñase yo —murmuró el joven ya casi convencido—: lo

cierto es, padre, que desapareció como un sueño.

—Vamos a rezar sobre su tumba, hijo mío.

Ambos se arrodillaron en la tumba negra, y rezaron largo rato.

Al levantarse, el niño cortó una rama de adelfa, besola, y la guardó en

su pecho.

—Padre mío —dijo después mirando la blanca tumba—, ¿quién descansa en

este sepulcro?

Calló el conde confuso.

—¡Mi hermana! —contestó a su espalda una voz varonil, pero de timbre

suave y melancólico.

Volviéronse Enrico y su hijo: un caballero con traje español, de

riguroso luto, estaba en pie detrás de ellos. Tenía en la mano su

chambergo, y su hermosa cabellera negra, que caía en largos rizos, se

veía mecida por la brisa de la tarde.

—¿Cómo es, pues, que descansa junto a mi madre? —preguntó Yans con su

sencilla curiosidad.

—Joven —contestó el caballero enlutado—, no os afanéis jamás por

comprender lo que se os presente oscuro en vuestra vida; todos los

arcanos, hasta los de la ciencia, disecan el corazón y marchitan el

alma: bajo esa blanca tumba está encerrado un drama que todos ignoran

que haya tenido lugar en mi vida, pero que Dios sabe cuánto dolor ha

derramado en lo que me resta de existencia.

—¿Quieres, padre mío, que rece sobre ese sepulcro? —preguntó Yans.

—Reza, hijo mío —contestó noblemente Enrico—: todos los jóvenes sois

hermanos ante Dios.

Arrodillose Yans y cruzó las manos.

Los dos caballeros se dejaron caer de hinojos a su lado.

—¡Oh, Ana mía! —exclamaron a un tiempo—. Pide a Dios que libre a este

niño de dar el primer paso en la carrera de las pasiones que te han

causado la muerte.

Volviéronse ambos asombrados: sus labios acababan de formular idénticas

palabras.

—¿Cómo os llamáis? —preguntó el conde al caballero español.

—Diego Velázquez de Silva, pintor de cámara del rey Felipe IV de España.

El conde de Egmont se inclinó con una política llena de deferencia y

cortesía.

—Mi nombre es...

—Sé vuestro nombre, señor conde —contestó Velázquez sonriendo con

tristísima expresión.

Y besando de nuevo, arrodillado, los dos sepulcros, añadió ya en el

umbral del cementerio:

—Si alguna vez vuestro hijo se separa del camino de la virtud, venid

aquí a buscarme en el aniversario de este día, y le contaré mi historia

y la de mi hermana, junto a esos dos sepulcros.

Velázquez se alejó lentamente, y el conde y su hijo abandonaron también

el cementerio, porque la luna había ya aparecido como una soberana en

el palacio diáfano y azul del firmamento, y las aves cantaban un himno

de despedida a la doble y solitaria tumba.

Leipzig. — En la imprenta de F. A. Brockhaus.

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