ímpetu de la silla y cruzando a grandes pasos el aposento—. ¡Llevarte
donde va el rey!... ¡Oh, jamás, jamás!...
—¿Por qué no quieres llevarme donde está el rey, Diego? ¡Es tan galán y
parece tan bueno!...
Al escuchar estas palabras, levantó Velázquez la cabeza, y se hizo un
paso atrás como si hubiera recibido un golpe mortal en el corazón:
clavó en Ana una mirada de extravío, y sus cabellos se erizaron en su
frente, y sus sienes se cubrieron de un helado sudor.
En aquel momento sonó la una, y el ruido de un golpe, que dieron en la
puerta del aposento, se confundió con la vibración de la campana.
Velázquez fue a abrir con inseguro paso, y un camarero apareció en el
umbral.
—Vengo a avisar al señor don Diego Velázquez, de parte de S. M., que la
hora de partir se ha adelantado y que le espera ya en su real cámara.
Una llamarada de alegría iluminó los ojos del artista; la noticia de
que el rey iba a alejarse de Ana inundó de gozo su corazón.
—Ya os sigo —dijo al camarero, que se inclinó respetuosamente y
desapareció en seguida.
Entonces se abrochó rápidamente su ropilla, alisó sus cabellos, se
puso su sombrero adornado de una larga pluma y tendió los brazos a su
hermana.
—Dentro de dos días —le dijo oprimiéndola contra su pecho—, dentro de
dos días tendré para ti un asilo seguro y vendré a buscarte para que no
te separes ya de mi lado.
La niña no respondió nada: los sollozos ahogaban su voz.
—¡Juan! —gritó Velázquez abriendo una puerta que daba frente a la de
entrada.
Un joven mulato de elevada estatura apareció al instante.
—Escucha, Juan —dijo Velázquez tomándole por la mano—; escucha, y si es
cierto que me quieres, cumple exactamente lo que voy a decirte.
—Mandadme, señor —contestó el mulato con sonoro acento.
—Cuida de mi hermana, Juan: no dejes llegar a su lado ni aun al mismo
conde-duque si, como temo, vuelve mañana a Madrid; duerme a la puerta
de esta estancia, y dentro de dos días, cuando vuelva a buscar a Ana,
que la encuentre yo más alegre que hoy la dejo.
—Seré la sombra de doña Ana, señor; y, cuando volváis, os la entregaré
risueña y contenta.
—Gracias, Juan: tu corazón encierra el valor indomable de los leones
de tus bosques, y tu alma toda la ternura de una mujer. Juan, en ti
confío; adiós.
Y Velázquez abrazó de nuevo a su hermana, apretó la mano de Juan y se
lanzó fuera de la estancia.
* * * * *
Media hora después, y aprovechando las últimas de la noche, salió la
comitiva real: en uno de los primeros coches que seguían al rey, iban
don Diego Velázquez y el conde-duque.
Todavía se oía el rumor de las ruedas del último carruaje, cuando
llamaron a la puerta de la estancia de Ana.
—¿Quién va? —preguntó el esclavo mulato, que en pie enfrente de su
señora, la contemplaba melancólico.
—Abrid para que yo pueda dar a doña Ana un mensaje de parte de S. M. la
reina —contestó la voz de una dama de honor.
El mulato quitó la vuelta de la llave y se retiró con respeto para dar
paso a la ilustre enviada.
Mas en el instante mismo cuatro hombres le derribaron en tierra, y
cerraron sus labios con una mordaza antes de que pudiese dar un grito,
dejándole fuertemente maniatado.
Entretanto otros dos se habían acercado a Ana y, tapándole la boca con
un pañuelo, la sacaron desmayada del aposento.
El infeliz esclavo hizo tan violento esfuerzo para romper sus ligaduras
que su bronceado semblante se cubrió de púrpura y cada uno de los
cordeles que le oprimían trazó en sus manos un sangriento surco.
Al oír el rumor del coche que se llevaba a su señora, una amarga
desesperación se pintó en sus facciones y dos gruesas lágrimas se
deslizaron por sus mejillas.
Ana fue depositada en una casita de pobre apariencia situada en la
parte más honda de la calle de los Autores. Al bajarla del coche,
privada de sentido, la recibió en sus brazos una joven de rostro
risueño y picaresco; pero su alegre y avispada fisonomía se entristeció
profundamente al ver a aquella hermosa niña blanca y helada como una
estatua de alabastro.
Colocola suavemente en un sillón, y desató el pañuelo que habían
apretado bárbaramente a su boca.
Entretanto decía el conde-duque a Velázquez, al mismo tiempo que el
coche en que iban entrambos corría por el camino del Escorial:
—Guardad a vuestra hermana de las asechanzas del rey, don Diego. Le veo
tan furiosamente enamorado, que de todo le creo capaz.
VIII
JUAN DE PAREJA
Una hora después del rapto de Ana, fue desatado el mulato por los demás
servidores de Velázquez, que entraron para informarse de aquella si
quería que se le sirviese el desayuno.
El esclavo no contestó a ninguna de las preguntas que se le hicieron,
ni pareció poner atención ninguna en las lamentaciones de sus
compañeros por la desaparición de su joven señora.
Dio tres o cuatro vueltas por la habitación como un león enjaulado, y
luego se lanzó a la calle pálido y desgreñado como quedara después de
sus inútiles y desesperados esfuerzos para romper sus ligaduras.
«Juan de Pareja —dice un aventajado escritor[14] de nuestros días— era
esclavo del célebre almirante Pareja, cuyo retrato hizo Velázquez.
Encantado el marino de ver su retrato tan maravillosamente parecido y
tan perfectamente concluido por el pintor más célebre de España, vino a
darle las gracias acompañado de Juan, joven mulato que había comprado
en Indias, y que llevaba para el pintor una magnífica cadena de oro.
Cuando se marchó el almirante, Juan fue a seguirle, empero el áspero
marino le dio un puntapié.
[14] Don José Muñoz Gaviria.
»—¿Piensas —le dijo— que cuando yo ofrezco una cadena de oro no deje
también el estuche? Perteneces desde este momento al señor Velázquez.
»Y salió con altivo paso apenas hubo dicho estas palabras.
»El pobre mulato, con el rostro afligido y el aire asustado, se quedó
allí, y los discípulos de Velázquez le tomaron como un ser estúpido con
el que podrían divertirse. La manera con que había entrado en el taller
fue para ellos un manantial inagotable de chanzas. Quisieron darle el
gran nombre de su primer amo, y le llamaron Juan de Pareja, nombre que
conservó siempre. Velázquez, a quien causaba lástima, le encargó el
cuidado y el aseo del taller, cosa que tenía poco trabajo, pero que
debía ejercitar su paciencia.
»Juan se hallaba muy contento siempre que el artista estaba allí;
pero en cuanto salía, el esclavo tenía que sufrir de los discípulos
una porción de incomodidades que cada día iban en aumento. Cansado,
en fin, de las burlas de los discípulos tomó el partido, para
evitarlas, de huir, cuando no se hallaba Velázquez, a una especie de
camaranchón desconocido en donde se escondía y ponía al abrigo de sus
perseguidores.
»No había podido Juan ver pintar dos años seguidos, ni oír durante
estos dos años a los más grandes personajes ensalzar hasta el cielo
la pintura, sin concebir un invencible deseo de manejar también los
colores. Para distraer las largas horas de soledad en que aguardaba
la vuelta de su amo, intentó Juan el pintar. Allí tenía pinceles de
desecho y restos de colores que reunía ya en un lado, ya en otro.
Conocía él mismo que no hacía más que emborronar; pero hallaba gusto y
diversión en ello, guardando un silencio absoluto sobre esta diversión
secreta, que nadie sospechó.»
Hasta aquí habla el autor de la linda e interesante leyenda _Rubens en
casa de Velázquez_: yo he creído que no podía dar a conocer mejor a
Juan de Pareja que copiando el párrafo en el cual mi amigo, el señor
Muñoz Gaviria, le presenta a sus lectores. Ahora acabaré de pintar a
este personaje, según le he comprendido.
Juan de Pareja sentía por Velázquez una especie de adoración
apasionada, adoración que se extendía a todo lo que pertenecía al
artista; nada había para él tan bello, tan grande, tan santo como
Velázquez, y se hubiera dejado matar por evitarle el dolor más leve.
Había en el esclavo hacia su amo el tierno y solícito amor de una
madre y la adhesión sublime y fiel de un viejo sabueso; cuidaba con
extraordinario esmero de su servicio, de su alimento, y de su tocador,
y no se fiaba de ningún doméstico, en lo que pertenecía a su señor;
cuidaba de los detalles más minuciosos de su comodidad y bienestar,
graduaba la luz del taller, preparaba los colores, arreglaba los
caballetes, y pasaba horas enteras mirándole pintar extasiado en una
fanática contemplación.
Velázquez, por su parte, le amaba mucho también; confiábale los más
importantes secretos, y conversaba con él mientras le servía a la mesa;
la viva inteligencia de Juan le agradaba en extremo, y admiraba la
exquisita sensibilidad de su corazón, la generosidad de su carácter, y
su ilimitada lealtad.
Su pena, al dejar en Madrid a su querida Ana, se amenguó en su parte
mayor al pensar que la dejaba bajo la custodia de Juan, y el corazón
del mulato latió de gozo al recibir aquel encargo.
¡Oh, qué amarga desesperación se apoderó del alma de fuego del mulato
al ver que le arrebataban a su joven señora! Todos los tormentos del
infierno desgarraron su corazón al convencerse de que eran inútiles sus
esfuerzos para rasgar las fuertes ligaduras que le sujetaban.
Cuando los otros criados le desataron, se arrancó la mordaza con tan
furioso y desesperado movimiento, que sus labios se enrojecieron de
sangre.
Dio como un loco algunas vueltas por la estancia, y luego se lanzó a la
calle, cruzando muchas en su desesperada carrera.
¿Cuál era su designio?, ¿cuál su esperanza? Ni él mismo lo sabía. En su
abrasada cabeza se revolvía candente el pensamiento fijo de encontrar
a Ana antes de los dos días que debía tardar Velázquez en regresar a
Madrid, y el de darse la muerte si no podía conseguirla: estas dos
ideas le hacían sonreír por intervalos, con una risa en que entraba por
mucho la locura.
IX
EL EMBAJADOR
Dos días después, y a eso de las siete de la tarde, un coche cerrado
conducía a Madrid a Velázquez al trote de sus magníficas yeguas tordas.
El artista iba tan preocupado que no fijó la atención en otro coche
cerrado también, pero mucho más escrupulosamente, que pasó junto al
suyo.
Ni oyó, por consiguiente, una dulce voz que le era muy conocida y que
preguntaba con ansiedad:
—¿Llegaremos pronto a donde está mi hermano, señor conde?
Aquella voz era la de Ana, que ocupaba el coche cerrado con el
conde-duque, y que marchaba con dirección al Escorial.
Velázquez prosiguió su camino, y a las siete y media se apeó delante
del palacio.
Una multitud inmensa se agolpaba a sus puertas: veíase estacionada
delante de ellas una larga fila de lujosas carrozas vacías, sin
duda por estar sus dueños dentro de la morada real; algunos señores
flamencos permanecían a caballo, erguidos e inmóviles, luciendo sus
bordadas gorras, sus ropillas cuajadas de pedrería, y sus colosales
figuras.
Una guardia flamenca rodeaba la comitiva, conteniendo con mesura, pero
con una gravedad inalterable, al pueblo que se arremolinaba murmurando:
—¡El embajador, el embajador!
El coche de Velázquez entró en las caballerizas de palacio, y el
artista, sin detenerse ni aun a preguntar quién era el embajador, subió
ansioso a su habitación, encontrándose al final de una galería al duque
del Infantado.
—¿Habéis visto a Rubens, don Diego? —preguntó el duque, tendiendo una
mano al pintor.
—¿Está aquí Rubens? —exclamó Velázquez admirado y deteniéndose a pesar
de su ansiedad.
—Es el embajador que acaba de llegar, enviado por la infanta
gobernadora de Flandes.
—¿Dónde está?
—En audiencia con la reina, que quedó encargada por el rey de recibirle
a su llegada.
—Os dejo, señor don Juan —dijo Velázquez, estrechando de nuevo la mano
del duque y poniendo el pie en la escalera.
—¿A dónde vais, y de dónde venís?
—Vengo del Escorial, y así que amanezca mañana me vuelvo a él con Ana.
—¡Cómo! —exclamó don Juan Hurtado haciéndose un paso atrás—. ¡Cómo,
Velázquez, lleváis a esa niña a la corte! Permitidme que os repruebe
tal propósito.
—Quiero que todos ignoren que se halla en el Escorial.
—¿Y cómo lo lograréis, acompañándola vos mismo?
—No lo sé —dijo Velázquez inclinando tristemente la cabeza—, ¡no lo sé,
pero Dios me ayudará!
—¿Tenéis confianza en mí, para fiarme a doña Ana? —preguntó el duque,
fijando en la abatida fisonomía del artista sus leales y arrogantes
ojos.
—¡Oh, sí! —exclamó este levantando la frente y mirando al duque con
profunda gratitud—: ¡solo a vos y a Juan, mi mulato, la fiaría yo!
—Vamos, pues, a vuestra habitación, Velázquez —dijo el duque pasando
su brazo por debajo del del artista—: Juan y yo la acompañaremos, y
quedará segura en mis habitaciones, donde la encontraréis.
Diego Velázquez llegó a su aposento con el duque, y llamó suavemente a
la puerta.
El criado que la abrió palideció y retrocedió dos pasos al ver a su amo.
—¿Y doña Ana? —preguntó ansiosamente Velázquez.
El doméstico, con los ojos fijos en el suelo, parecía la estatua del
asombro.
—¿Y doña Ana? —tornó a preguntar Velázquez sacudiendo el brazo del
criado.
—¡Señor!...
—¡Habla!...
—¡La han robado!
—¡La han robado!...
Este grito se escapó angustioso y desgarrador de los labios del
artista, que permaneció durante algunos momentos anonadado y mudo.
De súbito echó a correr hacia el aposento de Ana, siguiéndole el duque.
Los desatentados ojos de Velázquez recorrieron la estancia en un
segundo; pero el artista hubo de apoyarse en un sillón para no caer: el
aposento conservaba todas las señales de la reciente presencia de la
pobre niña.
—¡Juan! —gritó Velázquez con ronca y sofocada voz.
—También ha desaparecido.
—¡Vendido por él! —barbotó Velázquez, quien, al oír la contestación
del doméstico, no pensó siquiera en preguntarle cómo había sido la
desaparición de Juan.
Después se precipitó a la puerta, vacilante como una persona ebria.
El duque le siguió, quebrantado de aquella terrible desaparición.
—¡Le han comprado para que me la robe!... —murmuró el artista—; ¡se ha
vendido al oro... del rey!... pero... ¡yo le mataré!
El desgraciado Velázquez cayó desplomado, en el suelo, y su hermosa
cabeza negra y rizada rebotó en el pavimento de la galería.
En aquel momento entraba en ella, por la parte opuesta, un caballero
como de cincuenta años, de elevada estatura y gallardo continente, bien
que lleno de nobleza y dignidad.
Su traje, de damasco azul a la flamenca, estaba ricamente bordado de
oro, y en su sombrero se veía prendida, con un joyel de diamantes y
rubíes, una hermosa pluma de garza real.
Las insignias de muchas órdenes cubrían su pecho; sus manos blancas y
de hermosa forma salían de entre una nube de encajes iguales a los que
bajaban hasta sus borceguíes.
Seguíale una inmensa comitiva de nobles españoles y flamencos, y una
guardia de honor, ni más ni menos que si fuese una persona real.
Era, en efecto, el rey de la pintura, Pedro Pablo Rubens, artista
distinguido, eminente diplomático y embajador de la infanta doña
Isabel, gobernadora de la Flandes y los Países-Bajos, cerca de la
majestad de Felipe IV.
Rubens se dirigió a los aposentos de Velázquez para visitar su taller,
ya que no podía verle por hallarse en el Escorial, según le había dicho
la reina.
Al ver al duque del Infantado, que le había sido presentado en la
recepción por la misma reina; al verle, repito, sostener en sus
rodillas la cabeza de otro hombre desmayado, detúvose Rubens.
—¿Queréis que os ayude, señor duque? —preguntó el ciudadano de Amberes
con la dulce amabilidad que, no obstante la arrogancia de su aspecto,
le era tan habitual.
—Gracias, señor embajador, gracias... ya vuelve —contestó el duque,
poniendo junto a la nariz del artista su perfumado pañuelo—.
¡Velázquez! —añadió en seguida moviéndole suavemente.
—¡Velázquez! —repitió Pedro Pablo inclinándose para contemplar al
artista cuyas manos tomó.
Don Diego abrió sus grandes ojos negros, y los fijó ansiosamente en las
personas que le rodeaban: cuando su mirada chocó con la de Rubens, dos
lágrimas brotaron de sus ojos.
Diego Velázquez poseía el mejor retrato que el rey de la pintura había
hecho de sí mismo.
Rubens abrió sus brazos al desgraciado joven, que se arrojó sollozando
en ellos.
—Vuestra vista, señor embajador, es lo único que pudiera prestar algún
consuelo a Velázquez en la desgracia que le aqueja —dijo el duque
ayudando al desdichado joven a ponerse en pie.
—¡Oh! murmuró Rubens, ¡la desgracia! ¿no basta, ¡oh, Dios mío! que me
acompañe a mí, sino que la he de encontrar también donde quiera que
vaya?
Algunos momentos permaneció su fisonomía sombríamente triste,
apareciendo en su noble frente un pliegue de dolor.
Mas sus móviles y hermosas facciones recobraron pronto su serenidad, y
sus ojos se fijaron de nuevo en Velázquez, con acariciadora expresión.
—¡Para el amanecer, los trenes de S. M. la reina y de su señoría el
señor embajador, que salen para el Escorial! —gritó en aquel instante
la voz del jefe de las caballerizas.
—¿Queréis acompañarme, Velázquez? —preguntó Rubens a don Diego—. Deseo
que permanezcáis a mi lado los breves días que he de vivir bajo vuestro
cielo.
—¡Doña Ana debe estar en las garras del de Olivares! —murmuró el duque
del Infantado al oído del artista—. ¡Partamos!
—Soy vuestro —murmuró Velázquez débilmente y con acento acongojado.
—Pues hasta dentro de cuatro horas, Velázquez: os espero en mi cámara
con el señor duque, y os ofrezco a entrambos dos asientos en mi coche.
Rubens hizo un afable saludo, y se retiró seguido de su comitiva.
—¡Valor, Velázquez! —dijo el duque, cerrando tras ellos la puerta de la
cámara donde habían penetrado.
El pintor se dejó caer en un sitial, y murmuró con ronca y apagada voz:
—¡Vendido por él!... ¡Vendido!... ¡Vendido!...
X
ANA
Dos días habían pasado desde aquel en que Isabel de Borbón, Pedro
Pablo Rubens y Diego Velázquez de Silva habían llegado al palacio del
Escorial.
Las cuatro de la tarde acababan de dar en el reloj de San Lorenzo
cuando se entreabrió una ventana, perteneciente a las habitaciones
del conde-duque, situadas muy cerca de las del rey; la otra ala del
palacio estaba habitada por la reina, la infanta María Teresa, y las
servidumbres de ambas.
La ventana en cuestión estaba guarnecida de espesas celosías; pero,
no obstante, un rayo de sol que iba a quebrarse en sus cristales hizo
brillar con dorados reflejos una cabeza cubierta de abundantes y rubios
rizos.
Aquella cabeza era la de Ana.
Permaneció durante breves instantes silenciosa e inmóvil, cual si fuera
una estatua de alabastro, con la mirada fija en las dilatadas campiñas
que se extendían al frente de sus ojos.
Luego apoyó los brazos en el antepecho, dejose caer en un sitial
colocado detrás de ella, y sepultó la cabeza en sus manos.
No era ya la misma Ana que Velázquez conoció en Amberes, ni siquiera la
misma que robaron al artista las tramas del conde-duque de Olivares:
en los dos días pasados desde la vez primera que la presenté a mis
lectores, se habían hundido sus mejillas y apagado sus ojos; los suaves
y purísimos contornos de su boca habían perdido toda su gracia cándida
y juvenil, adquiriendo, en cambio, esa laxitud que es siempre signo
seguro de la total ruina de la salud.
Parecía más elevada su estatura a causa de su extrema delgadez; sus
rasgados y espléndidos ojos azules eran más grandes, y, aunque sus
brazos y manos conservaban sus seductoras formas, estaban en extremo
enflaquecidos.
Largo rato permaneció en la actitud abatida en que la dejamos, al cabo
del cual se abrió cautelosamente la puerta de la estancia, dando paso a
la joven que vimos socorrer a Ana cuando se desmayó en la casa donde la
depositaron sus raptores.
Aquella joven adelantó lentamente algunos pasos, andando de puntillas e
inclinando graciosamente la cabeza hacia adelante, creyendo dormida a
la pobre Ana.
La recién llegada era una de esas criaturas robustas, hermosas y
risueñas: sus facciones, un tanto gruesas, eran bellas en extremo;
sus grandes ojos negros y sus cabellos de azabache armonizaban
deliciosamente con su tez trigueña y sonrosada, y su boca parecía
formada únicamente para la sonrisa, pues al más leve movimiento
mostraba, no obstante su pequeñez, dos sartas de menudas perlas
engastadas en coral.
Llevaba un lindo traje de seda de colores subidos, y su gola dejaba
ver, a despecho de la moda de aquel tiempo, la parte superior de una
garganta suave, redonda y satinada.
El aposento en el cual se encontraba Ana armonizaba bien con la figura
de la recién llegada, por la suntuosidad vistosa de sus adornos: las
colgaduras, de damasco blanco, estaban guarnecidas de anchos flecos de
oro y sujetas con gruesos cordones y borlas de lo mismo; la sillería,
de damasco granate de color subido, se ostentaba recargada de iguales
adornos; y cuatro soberbias lunas de colosales dimensiones reproducían
los objetos.
La joven llegó, por fin, junto al sillón de Ana y se apoyó suavemente
en el respaldo; luego bajó su cabeza al nivel de la de la flamenca para
ver si efectivamente dormía.
—¡Dios mío, estáis despierta, señora! —exclamó alzándose de nuevo,
porque acababa de ver lucir como dos estrellas los grandes ojos de Ana.
—No duermo —contestó esta con acento lento y melancólico—; sin embargo,
no os oí entrar, Estrella.
—Lo creo muy bien —dijo la joven, cuya risueña frente se había cubierto
de una nube de tristeza—; ¿cómo me habíais de oír si estabais en una de
esas peligrosas meditaciones que os convierten en estatua?
La flamenca sonrió tristemente y nada contestó.
—Y a pesar de eso —continuó Estrella—, el señor conde me dice todos
los días: «No permitáis a doña Ana ni un instante de soledad y de
cavilación, porque esto la mata.»
—¡Pluguiese a Dios que así fuese! —murmuró Ana elevando al cielo una
mirada empapada en lágrimas.
—¡Ay, Dios mío! Pero, ¿por qué queréis morir, doña Ana? Sois una niña,
sois bella hasta el extremo y tenéis amigos poderosos que velan por vos
y se interesan por vuestra suerte... ¿Cómo es posible que os canse la
vida?
—No lo sé, Estrella —contestó la joven con acento triste—: no sé por
qué, pero yo deseo la muerte con todo mi corazón.
—¿Sentís acaso la separación de vuestro hermano?
—¡Oh, sí!... —repuso Ana llevando al corazón sus dos manos, como si
Estrella hubiese tocado en él una herida dolorosa y profunda.
—Pero solo hace dos días que carecéis de su vista, y además tenéis la
esperanza de verle muy pronto.
—¡Esa esperanza la voy perdiendo ya, Estrella! Cuando el conde me
sacó de Madrid, me aseguró que me llevaba a la nueva casa de mi
hermano... y todavía no he podido verle... Luego... —continuó la
pobre niña vacilando—, luego... estos últimos días me suceden cosas
tan extrañas... ¿Por qué me sacaron a la fuerza de nuestra habitación
del palacio de Madrid?... ¿Por qué me llevaron a vuestra casa durante
algunas horas para traerme luego aquí?... ¿Por qué me aseguró ese
caballero, a quien llamáis el señor conde, que vería muy pronto a Diego
si todavía no he podido lograrlo? ¡Estrella, Estrella!... Ese conde...
lo confieso... ¡me da miedo!...
Ana ocultó de nuevo el semblante entre las manos, y un doloroso temblor
recorrió todo su cuerpo.
Estrella la contempló por algunos instantes pintándose en sus facciones
una profunda expresión de piedad: a la verdad, la figura de Ana, velada
por su larga túnica blanca, se asemejaba a esas imágenes de santas
mártires que todavía nos conmueven y admiran en nuestro descreído siglo.
Lo enflaquecido de su cuello, brazos y manos patentizaba bien los
sufrimientos de la desdichada niña, y su cabeza, inclinada y cubierta
por una cascada de gruesos rizos rubios que se extendían hasta sus
rodillas, tenía una admirable expresión de sumo e intenso padecer.
—Vamos, doña Ana —dijo por fin Estrella con acento dulce y cariñoso,
y apoyándose de nuevo en el respaldo del sillón—; vamos, buen ánimo:
quizá no acabe el día de hoy sin que veáis a don Diego.
Ana permaneció silenciosa durante un momento: luego alzó la cabeza
lentamente, y Estrella contuvo con trabajo un grito de terror al ver el
semblante de la pobre niña.
Lejos de retratar las facciones de Ana el gozo que debía infundirle
la esperanza formulada por los labios de Estrella, se veía pintada
en ellas una expresión de agudo dolor: levantose como una sonámbula,
y tomó las manos de Estrella oprimiéndolas con una fuerza convulsiva
entre las suyas secas y abrasadoras.