—¡Ah!, examinad esa carta —exclamó Velázquez mostrando al duque la

que leyera pocos momentos antes—; examinadla y os convenceréis de

que solo una madre pudo dejar así la huella de esas anchas lágrimas

tan ardorosas como las gotas que preceden a una tempestad... de que

solo la mano de una madre tiembla del modo que debía temblar la de la

mujer que ha trazado estas líneas... Pero, ¡ay! —continuó Velázquez

guardando de nuevo la carta, y llevando a su frente sus manos cerradas

con un desesperado movimiento—, ¡ay de mí!, nada he conseguido con mi

sacrificio: el rey ha visto a Ana hace tres días, y he comprendido

demasiado que está ciegamente enamorado de ella.

Al escuchar estas palabras, se levantó el duque y miró con recelo a

todas partes; algunas enamoradas parejas cruzaban por la enramada, y no

era difícil que oyesen las palabras del pintor.

—Volvamos a Madrid, Velázquez —dijo acercándose de nuevo a este—.

Nuestra conversación se ha hecho muy seria para que podamos continuarla

aquí, por el grave riesgo que corremos de ser oídos.

En seguida tomó familiarmente el brazo del artista, y se dirigió con él

a su coche, cuyos caballos tomaron al trote el camino de Madrid así que

el duque y Velázquez se hubieron acomodado en él.

—¿Cómo ha visto el rey a esa joven? —preguntó el duque, no bien el

ruido del carruaje pudo apagar un tanto su voz.

—Mil veces me había preguntado por mi hermana, exigiéndome que se

la presentase, pero yo había conseguido excusarme con diferentes

pretextos. Hace tres días entró de improviso en mi estudio, del cual

tiene llave desde que me concedió el título de pintor de cámara, y nos

sorprendió estando yo haciendo el retrato de Ana: a su vista quedó mudo

de asombro, y apenas acertó a pronunciar una palabra. La inocente niña,

por el contrario, no manifestó la menor sorpresa.

—¿Quién es este señor tan hermoso? —me preguntó.

—S. M. el rey —le contesté—, casi sin saber lo que decía.

Entonces el rey le tendió la mano, que ella, completamente ignorante

de toda etiqueta, no se cuidó de besar, contentándose con estrecharla

levemente como si fuese la de un antiguo amigo.

—Voy a nombrar a tu preciosa hermana dama de honor de la reina,

Velázquez —me dijo el rey poco después, sin apartar sus ojos de Ana.

—Suplico a V. M. que no haga tal cosa —contesté yo rojo de indignación.

—¿Por qué?

—Porque nunca consentiré en que admita semejante merced.

La mirada con que acompañé estas palabras debió traducir al rey mi

pensamiento, porque la dulce expresión de sus ojos dejó lugar a otra

llena de cólera. Un instante después salió de mi estudio cerrando la

puerta con violencia.

Todo lo temo —continuó el artista—, todo lo temo del carácter del rey,

y solo confío en la vigilancia del mulato, que es para Ana y para mí un

perro fiel.

—Confiad también en mi amistad, don Diego —dijo el duque estrechando

afectuosamente la mano del pintor.

—¡Gracias, señor don Juan! —contestó este—. Pero lejos de que yo me

valga en esta ocasión de vuestra amistad, os suplico, con todas las

veras de mi alma, que aparentéis que se ha enfriado la vuestra, o que

me la negáis por completo. Sospecho que voy a caer del pedestal en

que momentáneamente me colocó la fortuna, y os amo demasiado para

envolveros en mi ruina.

El coche llegaba entonces al palacio del duque; mas este, embargado por

la honda conmoción que le causaron las generosas frases de Velázquez,

no lo advirtió siquiera hasta que los caballos se detuvieron.

—¡Alma noble! —exclamó rodeando con sus brazos el cuello del artista—:

no temáis las iras de la suerte; no haré en público nada por vos,

porque, como decís muy bien, sería envolverme en vuestra ruina; pero yo

os conservaré en ese pedestal que tan honrosamente habéis conquistado,

y del cual quiere arrojaros una mano.

En aquel instante fijó su mirada por casualidad en un caballero que

pasaba a la sazón junto al coche: era el conde-duque de Olivares, que

marchaba apresuradamente hacia palacio y que, al escuchar las últimas

palabras del duque, redobló el paso hacia el alcázar real.

El duque entró en su casa, y ordenó a su cochero que condujese al

artista a palacio, donde, según se ha dicho ya, tenía aposento.

Velázquez se dirigió a su habitación: diez minutos después de entrar en

ella, don Gaspar de Guzmán y Pimentel penetraba, sin anunciarse, en la

cámara de Felipe IV.

V

REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO

Escribía el rey sentado delante de una pequeña mesa cubierta de

papeles, y su obra debía ser en verso, según lo atestiguaban sus

desiguales renglones, y el cuidado que ponía en medirlos contando sus

sílabas con los dedos.

Al sentir los pasos del conde-duque, levantó la cabeza y mostró su

gracioso semblante, pálido y marchito como si estuviera falto de

reposo.

En efecto, Felipe IV hacía tres noches que no cerraba los ojos,

pensando en la hermana de su pintor de cámara.

El rey de España tendría unos veinticinco años, era de estatura

mediana, tez trigueña y hermosos ojos; su nariz, un tanto encorvada,

era, quizá por este mismo defecto, la facción más graciosa de su

rostro; sus cabellos castaños bajaban en ondas brillantes hasta su

cuello de batista lisa, y su bigote retorcido, acababa de dar a su

fisonomía aquel carácter de época que en vano se ha procurado después

imitar.

Su pie, encerrado en un zapato de alto tacón y cubierto con un gran

lazo, era lindo, pequeño y arqueado; sus manos, blancas y delicadas,

salían de entre ricos encajes, y su ropilla de terciopelo negro marcaba

bien su alto y hermoso pecho, y su talle gallardo y redondo.

Llegaría apenas el de Olivares a su noveno lustro, y sus facciones,

severas y duras, retrataban bien su carácter dominante, pero estaban

dotadas al propio tiempo de tan admirable flexibilidad, que cambiaban

instantáneamente de expresión sin que pareciese costarle el más pequeño

esfuerzo.

Vestía con mucha mayor suntuosidad que el rey, y era más corpulento y

de estatura más elevada. Hasta la puerta de la cámara real, sus cejas,

violentamente contraídas, y la iracunda expresión de sus ojos hubieran

patentizado al observador menos inteligente la ira que fermentaba en su

alma; mas, al aparecer ante el rey, retrataron sus facciones un gozo

tan sincero que hubiera engañado al más sagaz.

A la primera mirada que el rey fijó en el semblante del de Olivares, a

la alegría de las facciones que este reflejó en las del monarca, como

en un espejo, se levantó presuroso.

—¿Me traes alguna buena nueva? —preguntó ansiosamente.

—La mejor que puedo dar a V. M.

—¿Cuál?

Don Gaspar fue afectando sumo cuidado a la puerta secreta del

dormitorio, y la cerró sin causar el menor ruido; hizo otro tanto

con la que comunicaba con el tocador del rey y con la que daba a la

antecámara, y luego volvió cerca del monarca.

—Siéntate —dijo este al de Olivares, señalando un sillón a su lado y

volviendo a ocupar el suyo.

—¡Señor! —murmuró el conde-duque afectando gran confusión.

—Siéntate —repitió el rey en cuyos ojos brillaba la ansiedad.

Obedeció don Gaspar de Guzmán: luego se aproximó al rey, y dijo

recalcando las palabras, y escudriñando con una mirada profunda el

efecto que producían en su semblante:

—Señor, la joven que pasa por hermana de Velázquez no lo es.

—¿Qué?, ¿cómo? —exclamó el rey impetuosamente.

—Que la joven y linda Ana es la querida de Velázquez.

Una viva alegría iluminó el semblante del rey, pero aquella expresión

fue borrada bien pronto por otra de amargo y profundo desaliento.

Felipe IV amaba sinceramente a la joven, y la noticia de su degradación

le causó tan intenso dolor que ahogó la esperanza que aquella misma

degradación le hizo concebir de hacerla suya.

—¡Conque no es su hermana! —murmuró sin pensar quizás en lo que decía.

—Es una joven que se trajo de Amberes, cuando, llevado por el deseo de

conocer a Rubens y de estudiar sus obras, fue a aquella ciudad.

—¡Ah!, a propósito... —exclamó Felipe IV con la ligereza de carácter

que le era habitual—, Rubens viene.

—¡Que viene Rubens! —repitió el conde-duque que, acostumbrado a dominar

enteramente a Felipe IV, no podía sufrir junto al rey a ninguna persona

que ejerciese en su ánimo la influencia más leve—. ¡Que viene Rubens!

¿Y a qué?

—Le envía mi tía, la infanta gobernadora de Flandes, para que le dé

mis instrucciones acerca de las negociaciones de alianza entre España

e Inglaterra, y creo que le trae también el deseo de conocer a Diego

Velázquez, cuya fama se ha extendido ya por todo el mundo, y a quien

solo conoce por la correspondencia que sostiene con él, desde que a su

vuelta a Amberes supo que Velázquez había ido allí solo por verle y no

había podido conseguirlo. Mi tía, la infanta doña Isabel, me encarga en

su carta que procure divertirle, pues hace un año que le consume una

melancolía profunda.

Al hablar el rey de la tristeza de Rubens, la nube de dolor que por

un momento había desaparecido de sus facciones, volvió a invadir su

semblante; el favorito guardó silencio algunos instantes como para dar

lugar a que el desaliento se apoderase de su alma por completo.

—Creo, señor —dijo por fin—, que el amor de V. M. por esa joven es más

serio que ninguno de los que V. M. ha sentido hasta aquí.

—Tienes razón: mis pasados galanteos solo merecen el nombre de

caprichos, comparados con lo que siento ahora... ¡Ah... es tan bella,

tan joven, tan adorable!...

El favorito sonrió con desdén: iguales elogios había escuchado mil

veces de la boca del rey tratándose de otras mujeres olvidadas ya desde

hacía mucho tiempo; por cuya razón jamás fundó su privanza en los

amores del monarca: sabía que ninguna mujer reinaba más de un mes en el

voluble corazón de Felipe IV.

De súbito un pensamiento más grave frunció sus espesas cejas; pero su

meditación duró breves instantes, volviendo a aparecer en su fisonomía

la expresión de calma desdeñosa que le caracterizaba.

—El corazón de esa niña será muy pronto de V. M. —dijo al rey, que

levantó la cabeza al oírle, meciéndola tristemente.

—¡Quizá no! —murmuró—. Mucho debe amar a Velázquez cuando tan fielmente

guarda el secreto de su fingida hermandad.

—¡Bah!, ¿no hemos conquistado otras beldades tan enamoradas como esa

niña pudiera estarlo? Y digo pudiera, porque no lo está: ella se cree

verdadera hermana de Velázquez, y como tal vive con él.

Al escuchar las palabras del infame favorito, levantose Felipe

como impulsado por un resorte, y con el rostro radiante de alegría

aproximose al conde-duque y tomó sus manos, que estrechó con frenesí.

—¿Cómo has hecho para adquirir esas noticias? —exclamó—. ¡Oh, habla...

habla... dímelo y luego pídeme lo que quieras para recompensar tu

celo!...

—No se tome V. M. el trabajo de indagar el que me ha costado a mí

adquirir esas nuevas que tan agradables son a V. M. —contestó el

privado siguiendo la provechosa costumbre que había adoptado de hacer

sus servicios todo lo posible misteriosos—; en cuanto a mi recompensa,

es sobrado grande con la alegría que he proporcionado a V. M.

—Acepta, sin embargo, esta sortija como una prenda de mi gratitud —dijo

el rey sacando de su dedo anular un magnífico cintillo de diamantes y

perlas, y poniéndole él mismo en el del conde-duque.

Inclinose don Gaspar profundamente, y el rey continuó:

—Estoy decidido a hacer mía a esa joven; pero, te lo confieso, no

quisiera romper con Velázquez a quien amo de veras.

—Sin que rompa con él V. M., y sin romper yo, que le amo también,

mañana a estas horas estará en mi casa la joven Ana.

—¿Pero no sabes que mañana al amanecer salimos para el Escorial?

—Saldremos todos, incluso Velázquez: pero Ana se quedará aquí, en mi

casa, según he dicho a V. M.

—Mas la reina se queda también en Madrid, porque la delicada salud de

mi hija María Teresa le impide acompañarnos.

—Lo sé; pero nada tema V. M.: no bien quede la corte instalada en el

palacio de San Lorenzo, volveré yo aquí y me llevaré a la flamenca

en un coche cerrado, conduciéndola a las habitaciones que allí me ha

señalado V. M.

—¿Cómo podré yo pagarte tanto celo?

—Conservándome un lugar en el corazón de V. M.

—¡Siempre, siempre será tuyo!

El favorito no hizo, al parecer, gran caso de la protesta real:

inclinose fría y ceremoniosamente, y salió de la cámara con paso grave

y mesurado.

VI

ISABEL DE BORBÓN

—Resumamos —decía para sí el de Olivares, en tanto que se encaminaba

lentamente a la cámara de la reina—, resumamos: el rey queda

enteramente alucinado por mí, y le parece que nada ha hecho para

probarme su gratitud, aun después de haberme dado un tesoro en este

anillo; la reina me va a servir para robar a la niña sin que yo

intervenga en nada, y de este modo consigo guardar pura a la pobre Ana,

a la cual tanto ama mi querido Velázquez, y librarme de mi rival el

duque del Infantado, que quiere proteger a la flamenca. Mis negocios

van perfectamente.

Al decir estas palabras, llegaba a la puerta de la cámara de la reina,

y se hizo anunciar por un ujier: sin duda no le era tan fácil penetrar

en aquellas habitaciones como en las del rey.

Cuando el conde-duque penetró en la cámara de la reina, serían las

diez de la noche. La cámara, poco iluminada, tenía abiertos los dos

balcones, que enviaban dos rayos de luna al lecho de la infanta María

Teresa, colocado en el centro de la cámara a causa del gran calor.

Pero el lecho estaba vacío: la regia enferma, que contaba muy pocos

años, se entretenía formando un castillo de naipes en un sillón próximo

a la reina, que la contemplaba con amor.

Isabel de Borbón acababa de cumplir veintitrés años. Su semblante,

dulcemente ovalado, era más que hermoso, agradable y simpático; sus

ojos oscuros eran muy rasgados y veíase en ellos ese ligero cambiante

azul que se asemeja a la pizarra, y que tal encanto presta a la mirada

que le posee; sus cabellos, levantados con el mismo peinado que luego

hemos llamado _a la Fuoco_, eran sedosos, abundantes y de un hermoso

color castaño; no se podían llamar perfectas su nariz ni su boca,

la cual era de una extrema pequeñez; pero la fresca palidez de su

semblante, el gracioso corte de su frente y su dulce sonrisa le daban

un encanto inexplicable y más seductor que el que presta una acabada

hermosura.

Tenía puesto un vestido blanco y liso, y su gola de batista, lisa

también, hacía resaltar el agradable trigueño de su tez.

La infanta María Teresa era el retrato fiel de su madre; pero sus ojos

eran de un azul más claro y transparente, su tez más blanca y sus

rizados cabellos tenían los brillantes matices del oro. Aquella dulce,

tierna y apacible niña fue después la desdichada esposa de Luis XIV de

Francia.

Cuando vio al conde-duque, hizo un gesto de disgusto levantando sus

blancos y delicados hombros, y le gritó:

—¡No te acerques aquí!... Como eres tan grande, vas a derribarme el

castillo con el aire que haces al andar.

Pero la advertencia llegó tarde: al movimiento que hizo el favorito

para besar la mano de la niña, llevó un soplo de viento a los naipes, y

el edificio vino al suelo.

—Está visto que donde tú estás no puede haber palacios —exclamó María

Teresa retirando con rabia su mano—. Me voy a volverle a hacer en la

mesa de mármol de mi padre, y cuidado con que vengas allí, ¡cuidado!

Al escuchar las frases de su hija, «está visto que donde tú estás no

puede haber palacios», una dolorosa sonrisa entreabrió los labios de la

reina: la pobre Isabel debía todos sus pesares a la fatal influencia

que el conde-duque ejercía en el ánimo de su esposo.

La infanta recogió sus naipes y, precedida y seguida de dos damas, se

encaminó a la cámara de su padre.

La dolencia de la pequeña princesa era tan leve, o mejor dicho, tan

habitual, que la reina no se opuso a que aquella fuese a la cámara del

rey, deseosa de proporcionarle alguna distracción.

—Tengo que hablar a V. M. de un asunto reservado, señora —dijo el

conde-duque volviéndose imperiosamente hacia las damas, que sin

esperar una señal de la reina se retiraron en seguida a la antecámara:

decididamente el verdadero rey era don Gaspar de Guzmán.

—Ya os escucho —dijo Isabel recostándose en su sitial, y apoyando en la

mano su mejilla con aire entristecido.

—He venido —empezó el de Olivares—, he venido a rogar a V. M. que me

ayude a salvar a una infeliz niña del amor del rey.

Ante aquellas inhumanas palabras, palideció Isabel; llevó sus manos al

corazón como si hubiese recibido en él una profunda herida, y luego dos

gruesas y abrasadoras lágrimas corrieron por sus mejillas.

—¿Qué puedo yo hacer? —murmuró con tanto desaliento, que el duro

corazón del favorito se conmovió a pesar suyo.

—Esa joven se salvará si V. M. me permite que la traiga esta noche a

sus habitaciones.

—¡Nunca! —exclamó la reina con vehemencia—. Creo que obro más

dignamente aparentando que ignoro los desórdenes del rey, que

oponiéndome a ellos con inútiles escándalos.

—Aquí no puede haber escándalo alguno; yo me he visto obligado a

ofrecer al rey que la tendría esta noche en mi poder, pero al mismo

tiempo quiero salvar el honor de esa infeliz criatura y librar a don

Diego Velázquez de un pesar que le costará la vida, porque ama a esa

joven con toda su alma.

—¿Y quién os obligaba a fomentar así la licenciosa pasión del rey por

esa joven? —exclamó Isabel de Borbón irguiéndose indignada y altanera—.

¿Quién sino vuestra infame ambición tiene la culpa de los extravíos del

padre de mis hijos? ¿Quién es la causa de todos mis pesares? ¿Quién

empobrece y pierde el reino? ¡Vos... sí... solo vos, favorito venal

de un rey demasiadamente crédulo!... ¿Y queréis que yo os ayude en

vuestras inicuas tramas? ¿Queréis que yo sea el dócil instrumento de

vuestros ambiciosos planes, para acabarme de perder luego en el ánimo

del rey? ¡No lo esperéis jamás!

—¿Se niega V. M.? —preguntó el favorito, quien, no obstante los

violentos apóstrofes de la reina, la miraba con una calma provocativa.

—Me niego, sí.

—Iré, pues, a avisar a Velázquez.

Una llamarada de cólera cubrió de púrpura el dulce y poético semblante

de la reina. Levantose esta del sitial en que había permanecido

sentada, y se aproximó lenta, rígida y amenazadora al conde-duque.

—Si hacéis eso —murmuró en voz baja, pero enérgica, y acentuando cada

palabra—; si hacéis eso, yo seré quien os hunda para siempre en un

abismo sin fondo. ¡Entendedlo bien, don Gaspar de Guzmán! ¡Si tomáis

en boca el nombre del rey, Isabel de Borbón, os lo jura por su nombre

real, será quien descubra a Felipe IV la petición que habéis venido a

hacerle esta noche! ¡Salid!

La reina señaló la puerta al de Olivares con ademán severo, y este, a

pesar de su insolencia, salió maquinalmente, asombrándose de haber sido

cogido por la primera vez de su vida en sus propios lazos.

Cuando se halló en la segunda antecámara, la rabia ocupó en su alma el

lugar del asombro, y golpeó furioso su frente con su apretado puño.

—¡Vive Dios —murmuró roncamente— que es inútil que yo quiera ser

bueno! ¡La primera vez desde que vivo que me ha ocurrido atenuar una

mala acción con otra buena, he salido vergonzosamente derrotado...!

¡Adelante, pues! La flamenca será del rey, y Velázquez... a Velázquez

ya le he recompensado sobrado bien mi magnífico retrato con el bolsillo

que por él le di... ¡Ah, vamos a ver quien vence a quien, señor duque

del Infantado!...

VII

EL RAPTO

Eran las doce de la noche del 25 de junio, y Diego Velázquez de Silva,

acompañado de la linda Ana, se hallaba en su estudio, absorto, al

parecer, en hondas cavilaciones.

Sentada la joven a la ventana abierta, pasaba su blanca mano por la

cabeza de un hermoso perro de corpulenta talla y largas lanas negras;

también ella estaba pensativa y triste, cual si su lindo rostro hubiera

sido un espejo del de Velázquez.

A pesar de haber hecho ya don Diego el retrato de Ana cuando hablaba en

la enramada con el duque del Infantado, la daré a conocer por mí misma

al lector.

Apenas rayaba esta preciosa criatura en los dieciséis años de su edad;

sus ojos azules, guarnecidos de larguísimas pestañas de oro, eran

grandes, rasgados y serenos, y su apacible luz patentizaba el dulce

candor de su alma; bajaban sus cabellos en luengos rizos hasta tocar

en sus hombros, derramándose como una cascada de oro por su blanca

espalda; su rostro, que formaba un óvalo prolongado, estaba ligeramente

enflaquecido hacia las sienes y la parte inferior de las mejillas,

presentando señales infalibles de esa terrible enfermedad de consunción

que se apodera de tantas jóvenes al salir de la adolescencia, y que las

hunde en el sepulcro antes de ver colorar sus infantiles ensueños.

Aquellos desoladores síntomas daban a la fisonomía de Ana el encanto

mayor que poseía, imprimiéndose un triple carácter de melancolía,

sufrimiento e inocencia, que conmovía hondamente el corazón más duro.

Su vestido blanco, de escote cuadrado y mangas perdidas a la flamenca,

marcaba los contornos perfectos, pero poco desarrollados de su talle:

eran sus formas de tan extrema delicadeza que tenían, no obstante su

morbidez, una indecisión enteramente infantil.

El gran perro _Medoro_, sentado a sus pies, levantaba su enorme

cabeza a la dulce presión de la linda mano que se posaba sobre ella

acariciándola, y clavaba sus grandes e inteligentes ojos en el

semblante de Ana.

Velázquez estaba pálido, y sus negros ojos aparecían tristes y rodeados

de un ancho y azulado círculo: conocíase bien que hacía largas horas

que no cerraba sus párpados el sueño.

En efecto, la noche precedente no había encontrado un instante de

reposo, atormentado por el devorador cuidado que la suerte de Ana le

inspiraba: aquella criatura era para él su único bien, y harto sabía de

lo que era capaz el rey Felipe IV cuando se veía contrariado en alguno

de sus caprichos amorosos.

Sin embargo de este convencimiento, Velázquez no culpaba de los

desórdenes del rey al rey mismo; a pesar de la amistad que el

conde-duque le manifestaba desde que hizo su célebre y magnífico

retrato, el leal corazón de Velázquez no había creído en la sinceridad

de la afección que le mostraba el favorito, y el elevado talento y buen

criterio del artista habían adivinado cuanto de falso y maligno existía

en el carácter de don Gaspar de Guzmán; había comprendido que la

ambición era la pasión dominante de su alma, y sabía que no perdonaba

medio alguno de fomentar las pasiones del rey y que era capaz de todo

por satisfacerlas, si de este modo podía levantar algo más el pedestal

de su fortuna.

Por eso le inspiraba tantos temores la suerte de Ana: temblaba ante el

pensamiento de que pudieran despertar en su pecho un amor nuevo, y que

él creía enteramente desconocido, en el cándido corazón de la doncella.

—A mí me ama como a un hermano solamente —se decía Velázquez—, y este

amor, que llena su existencia tan abandonada y solitaria hasta el día

que me conoció, basta para hacerla dichosa... pero si el rey logra

hablarla y despertar su corazón, ese corazón inocente que debe a mi

abnegación el estar dormido... ¡oh!, entonces ella amará a Felipe

IV... ¡sí, le amará... y entonces... entonces mi genio, mi gloria de

artista se hundirán en el sepulcro!...

Estos amargos pensamientos traspasaban el corazón de Velázquez: su

razón fluctuaba combatida por su dolor y sus crueles temores.

Sola una esperanza consoladora venía a darle algún alivio, aunque

era en verdad harto débil: la idea de que el rey, el favorito y toda

la corte creían a Ana hermana suya le tranquilizaba algún tanto y le

infundía aliento.

—Al menos —pensaba—, respetarán los derechos que creen tengo sobre Ana,

y podré hacer uso de una autoridad que atropellarían si supiesen que no

me unen con ella los lazos de la sangre.

El desdichado ignoraba que el favorito había sorprendido su secreto

cuando lo confiaba a don Juan Hurtado de Mendoza, la noche anterior en

las alamedas del río.

El reloj de palacio dio las doce y media sin que ni Ana ni Diego

hubiesen roto el silencio que reinaba en la estancia. La vibración de

la campana sacó a la doncella de sus meditaciones: levantose esta y fue

a apoyarse en el respaldo del sillón que ocupaba su hermano.

—¿Qué tienes, Diego? —dijo poniendo al nivel de la negra y rizada

cabeza del artista su cabeza rubia y perfumada.

—Estoy triste, Ana —contestó Velázquez estremeciéndose al sentir

resbalar en su frente el suave aliento de la joven—. Estoy triste

—repitió—, porque dentro de dos horas voy a partir para el Escorial y

no puedo llevarte conmigo.

—¿Por qué no quieres que te acompañe, Diego? —preguntó la niña pasando

sus hermosos y afilados dedos por los rizos del pintor.

—Es inútil que te molestes en salir de Madrid para tan pocos días

—contestó con apresuración Velázquez—; quedarás aquí bajo la protección

de la reina, que permanece en palacio también.

—Sea como tú quieras, hermano —contestó Ana, dulce, pero tristemente—;

yo creía, sin embargo —añadió con los ojos llenos de lágrimas—, que

jamás me separaría de ti.

Amor y llanto · 第 16 / 20 段