En una de las tiendas iluminadas por farolillos y formada de verdes

ramas, cenaban dos hombres. Aquella parte era la más animada y

concurrida de la alameda: una de las muchas músicas con que los

galantes caballeros obsequiaban a sus damas enviaba al fondo de la

tienda sus armoniosos ecos, y las carcajadas y las risas penetraban

allí también como si quisieran alegrar a aquellos dos hombres, cuyo

continente, si bien no adolecía de melancólico, era extrañamente grave.

La mesa estaba servida con todo el lujo peculiar de una romería, y

brillantemente iluminada; los manjares que la cubrían eran sabrosos y

abundantes. El de más edad de los dos caballeros aparentaba treinta y

ocho años: era alto y de formas abultadas; sus cabellos, de un rubio

oscuro, bajaban formando ondas alrededor de su cara hasta tocar sus

hombros; sus ojos azules, rasgados y expresivos, veíanse veteados de

negro, dándoles esta circunstancia un seductor matiz.

Llevaba una riquísima ropilla de terciopelo azul bordada de oro; una

capilla de terciopelo granate, y su sombrero, adornado de una hermosa

pluma blanca, estaba colgado a su espalda.

Aquel caballero era don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado y

mayordomo mayor de S. M. el rey Felipe IV.

El que se veía sentado enfrente de él aparentaba unos treinta años; era

de estatura mediana y llena de gallardía; su tez morena, sus negros

y brillantes ojos, sus cabellos de azabache lustrosos y rizados le

daban a conocer por un hijo del mediodía de España; era su boca de una

admirable hermosura, que realzaba el negro y retorcido mostacho; su

nariz, recta e intachable, y en su ancha frente se veía radiar un genio

sublime.

Su traje era mucho más modesto que el de su compañero: reducíase a una

ropilla de terciopelo violado sin adornos, aunque cerrada por unos

preciosos herretes de diamantes; caían sobre su cuello de batista lisa

los luengos y espesos rizos de sus negros cabellos, cuya densa sombra

contrastaba con la azulada blancura de aquel.

La nobleza de su sangre se advertía claramente en sus afiladas y

nerviosas manos, y en sus pies de una pequeñez y delicadeza infinitas.

Llamábase don Diego Velázquez de Silva, y era pintor de cámara y

gentilhombre de la majestad de Felipe IV.

En el momento que presento a estos dos personajes a mis lectores, ambos

parecían casi hastiados ya de comer; a lo menos, sus platos medio

llenos atestiguaban que habían satisfecho cumplidamente su apetito.

—Veo que la expresión de mi admiración sincera os molesta, amigo don

Diego, y que os son enojosos mis elogios —decía el duque a Velázquez al

mismo tiempo que un gallardo caballero, pasando junto a la tienda en

que se encontraban ambos, echaba a su fondo una mirada indagadora.

—No lo creáis, señor don Juan —contestó el artista con aquella dulce

cortesía llena de dignidad que tan querido le hizo siempre de toda la

grandeza—, no lo creáis por vuestra vida: vuestros elogios me son más

caros que otros, porque me tenéis dadas pruebas verdaderas de ser muy

mi amigo.

—¡Oh!, y como que lo soy, Velázquez —exclamó el duque, cuya bella y

noble fisonomía se animó de una expresión de orgulloso cariño.

—Lo sé, señor don Juan; por lo mismo aceptaré vuestros elogios si

juzgáis que los merezco, después que os haya dicho de dónde bebía yo

antes la inspiración para mis cuadros.

—¿Cómo antes? —exclamó asombrado el duque—. ¿Pues qué, Velázquez,

carecéis ahora de inspiración en la época de vuestros trabajos más

admirables?

—¡Oh, no! —exclamó el pintor con ardimiento—, ¡no! Por el contrario,

ahora bebo mi inspiración en otro manantial más puro.

—¡Por Dios que no os comprendo! Vos habéis nacido pintor, como Quevedo

poeta.

—No lo creáis. Nadie nace pintor, poeta, ni músico: lo más que nos

acompaña, al nacer, es cierta predisposición o facilidad, más o menos

grande, para esta o aquella otra cosa, facilidad que desarrolla en

nosotros una pasión más o menos noble también.

—¿Qué es lo que ha desarrollado en vos vuestro sublime genio?

—Aun concediéndoos, señor don Juan, que yo naciese con genio, fue este

tan raquítico y menguado en su nacimiento que tuve que apelar a la

imitación para desarrollarle.

—¿Vos?

—Yo, sí; y contad con que ni a mi padre, Juan Rodríguez de Silva,[12]

ni a mi maestro y suegro, don Francisco Pacheco, he hecho nunca la

confesión que hoy hago a vuestra amistad.

[12] Velázquez usó siempre con preferencia el apellido de su

madre doña Jerónima Velázquez, por efecto de un uso introducido

en Andalucía.

El duque se inclinó del mismo modo que lo hubiera hecho al recibir una

merced de un príncipe real.

—He inquirido —continuó Velázquez— en Alberto Durero la simetría

del cuerpo humano; en Andrés Bexalio, la anatomía; en Juan Bautista

Porta, la fisonomía; la perspectiva, en Daniel Barbar; la geometría,

en Euclides; la aritmética, en Moya; la arquitectura, en Vitruvio y

otros autores; examiné la nobleza de la pintura en Romano Alberti; la

brevedad y presteza la aprendí en Micael Angelo Vedrido; el Vasari

me ha animado con las vidas de los pintores ilustres, y el Riposo de

Rafael Borghini, me ha enseñado erudición.[13]

[13] Palomino, Biografía de Velázquez.

—Eso no quiere decir otra cosa sino que habéis estudiado mucho, y con

mucha constancia, don Diego —dijo el duque pagando con un afectuoso

apretón de manos la noble y amistosa franqueza del artista.

—En efecto, señor don Juan —contestó este—; el estudio es lo que

desarrolla el talento, pero no anima ni acrece esa chispa que se

llama genio, con la cual Dios dota a muchas criaturas: por eso yo, no

obstante mis largos y asiduos estudios, he pintado hasta hace un año

_mi bodegón_ y _mi aguador_, que en tanta estima tiene la corte; por

eso me di a pintar _cosas rústicas, a lo valentón, con luces y colores

extraños_.

—Yo creí que habíais tomado ese rumbo conociendo que os imitaban ya el

Ticiano, Alberto Rafael y otros.

—Y no os equivocáis; esa fue una de las razones porque me abstuve de

pintar con suavidad asuntos más serios, pues aunque mis amigos me

decían que podría emular a Rafael de Urbino, _más quería yo ser primero

en aquella grosería, que segundo en la delicadeza_; la otra razón, y

más poderosa, era que, careciendo aún de genio, porque ninguna pasión

había venido a animarle, me era sumamente dificultoso pintar otra cosa.

El caballero que después de mirar al fondo de la tienda se había

alejado, volvía entonces, y tornó a pararse cerca de ella, medio oculto

entre el ramaje.

—¿Cómo, pues, habéis pintado con tanta perfección y maestría hace dos

meses ese sublime cuadro de la coronación de la Virgen?

—¡Oh, porque ya había aparecido mi genio! —contestó el artista elevando

a la bóveda celeste tachonada de estrellas una mirada de inefable y

ardorosa gratitud.

II

AMOR DE ARTISTA

El caballero que acechaba aplicó el oído con ávida atención al escuchar

la exclamación de Velázquez; este guardó silencio durante algunos

instantes: a la sublime expresión de su semblante había sustituido otra

de tristeza profunda y amargo desaliento.

El duque tomó cariñosamente una de sus manos, y le contempló por algún

tiempo con afectuoso interés.

—Vos tenéis alguna pena, don Diego —le dijo después de esperar en vano

por un momento a que el pintor rompiese el silencio—. ¿No soy —añadió—

bastante amigo vuestro para que me la confiéis?

—¡Ah, sí, señor don Juan! —contestó el artista volviendo de su

distracción y estrechando la mano que tenía asida la suya—; yo os diré

de dónde nace mi pesar.

—Presumo que será causado por el amor —dijo sonriéndose el duque.

—Y presumís harto bien —contestó Velázquez lanzando un suspiro, como

quien siente aliviado su corazón de un peso enorme.

—¿Y qué dice de esto mi señora doña Juana Pacheco, vuestra noble esposa?

—¡Juana nada sabe! —murmuró el artista con acento melancólico y

quedando de nuevo profundamente caviloso—. Escuchadme, señor duque

—continuó tras una leve pausa—: voy a confiar a vuestra lealtad el

secreto más importante de mi vida, y bastan estas palabras para que

vuestra hidalguía conozca lo que me importa.

Inclinose levemente don Juan Hurtado de Mendoza en señal de

conformidad, y el pintor de cámara habló así, mientras que el caballero

que rondaba la tienda escuchaba con la mayor atención, recatándose el

semblante todo lo posible con el ala de su sombrero.

—Cuando salí de la corte, a donde apenas hacía un año que había

llegado con objeto de viajar, quedaron en Sevilla mi esposa y mi hija,

y recorrí la Italia, la Alemania y Flandes, dejando este país para

lo último, porque quería conocer y tratar algún tiempo al rey de la

pintura, al célebre Pedro Pablo Rubens, por quien sentía una especie de

apasionada admiración.

»No pude, empero, lograr mi deseo. Rubens se hallaba en Inglaterra,

pues, tan hábil diplomático como pintor, estaba encargado por la

infanta gobernadora de Flandes de negociaciones de paz.

»Al ver fallida mi esperanza, determiné salir pronto de Amberes,

pero quise antes ver la ciudad con alguna detención; entonces estaba

devorado por tan negra melancolía que en nada encontraba solaz;

faltábame a veces la inspiración, que solo me asistía para pintar

escenas vulgares y groseras; ninguna imagen de belleza se había grabado

en mi alma, que lloraba como una esclava encerrada en una oscura

cárcel: casado en la aurora de mi vida con Juana Pacheco, a la que

siempre había amado como a una hermana, ninguna pasión había llegado a

animar mi corazón.

»Una mañana que daba vueltas al acaso por la ciudad, me encontré sin

saber cómo en una calle en extremo solitaria, y terminada por algunos

árboles: era una de las salidas de la población.

»Admirado del aislamiento del sitio, y complacido al mismo tiempo de

él, me senté al pie de un álamo, y me entregué a una de esas vagas

meditaciones inspiradas por la soledad, y que ningún fin tienen.

»Yo no sé cuánto tiempo permanecí allí: cuando levanté la cabeza, vi

enfrente de mí una pequeña casa, en cuya fachada se abrían cuatro

ventanas; en la más inmediata a mí estaba apoyada una joven, a la cual

creí una aparición celeste.

—¿Tan bella era? —preguntó Hurtado de Mendoza con benévola sonrisa.

—Tan bella, que jamás he visto nada que se le parezca: fingíos, señor

don Juan, un semblante de quince años, blanco como el alabastro e

iluminado por dos ojos azules tan rasgados y hermosos como solo los

poseen las flamencas; fingíos una cabellera dorada y sedosa, una boca

de ángel, una frente virginal, unas manecitas nevadas y unos pies

infantiles, y tendréis una idea aproximada de aquella hermosa niña.

—¿Y os la habéis dejado allí? —exclamó extrañado el duque.

—Perdonadme que no os conteste por ahora a esta pregunta, y que prosiga

mi historia —dijo Velázquez con mal seguro acento; luego continuó:

—Durante largo rato permanecí contemplando a aquella angélica criatura,

sin que ella separase de mí sus grandes e inocentes ojos, y solo tomé

el camino de mi casa cuando la luz de la tarde fue tan débil que ya no

podía distinguirla.

»—Adiós —me dijo entonces la desconocida con dulcísima voz, y como si

yo fuera un amigo antiguo.

»—Adiós —contesté yo—, hasta mañana —y me alejé lentamente.

»No bien la aurora del siguiente día iluminó el cielo, fui a situarme

enfrente de las ventanas de mi ángel, que tardó algún tiempo en llegar.

»—Yo no creí que vendrías tan pronto —me dijo sin embarazo ni rubor—;

no he dormido en toda la noche pensando en ti, y a la aurora me rindió

el sueño: perdóname.

»—¿Cómo te llamas, hermosa niña? —le pregunté pasmado de tal candor y

sencillez.

»—Ana.

»—¿Tienes padres?

»—No. Solo me acompaña una anciana dueña llamada Tadea; nunca he visto

a mis padres, y solo conozco a ella y a ti.

»Nuestra entrevista duró largo rato: nadie vino a interrumpirnos ni

acudiendo a vigilar por aquella inocente, ni cruzando por aquella

solitaria calle.

»Ana me dijo que a veces se pasaban meses sin que alma viviente

transitase por allí, y que por eso había sido tan viva su admiración al

verme.

»Díjome también que no salía nunca de casa, porque un anciano sacerdote

iba a decir misa todos los días a su oratorio; que su dueña recibía

para ambas la comida de un mesón por una rejilla practicada en la

puerta, y que nadie iba a verlas jamás.

»Despedime por fin. Durante quince días nuestras entrevistas se

repitieron, y muy en breve conocí que aquella niña era tan necesaria

a mi vida como el aire que respiraba. Bajo la influencia de mi amor,

diseñé el cuadro de la coronación que tanto habéis celebrado, y

entonces fue cuando advertí que había encontrado la inspiración que

antes huía de mí.

»Pero no seguí el ejemplo de Rafael de Urbino retratando a mi Ana en

todas las mujeres de mis cuadros, como él hacía con la Fornarina, y

a la verdad que hubiera podido hacerlo con más ventaja que él: sus

celebradas vírgenes son, por decirlo así, otras tantas profanaciones de

la purísima madre de Dios, puesto que todas ellas son retratos de la

desenvuelta cuanto bella panadera romana; mientras que, copiando yo la

angelical figura de Ana, no hacía ultraje alguno a María, puesto que la

pureza de aquella joven era un reflejo de la suya.

»Yo nací, sin embargo, con un extraño instinto de independencia, y soy

original hasta en mis ideas: por eso, pues, si bien tomé del semblante

de Ana la belleza y la candorosa expresión que le distinguen para mi

virgen coronada, di al semblante de la madre de Dios un tinte dorado

que contrasta con la tez de nieve de aquella; coroné la frente de María

de la copiosa y ondulante cabellera de mi amada, pero lejos de darle

el dorado matiz de los rizos de Ana, la vestí de oscura sombra, y de

esta suerte he respetado también la belleza de la Reina del cielo, no

haciéndola copia de la de una de sus criaturas.

—¡Ah, Velázquez! tenéis razón —exclamó el duque estrechando conmovido

la mano del artista—: ¡vos sois noble hasta en vuestros pensamientos!

—Llegó el día de mi partida —continuó Velázquez—; el rey Felipe IV

me llamaba a Madrid, ofreciéndome aposento en su propio palacio, y

un estudio en la galería del mismo llamada del _Cierzo_; yo no podía

permanecer ni un día más en Amberes, y con el corazón prensado de dolor

fui a despedirme de Ana.

»Ella me oyó sin pestañear: cuando hube acabado, me dijo tranquilamente:

»—Llévame contigo, Diego.

»Ante aquella petición, un mundo de alegría se abrió ante mis ojos.

»—¿Me seguirías? —le pregunté ebrio de gozo.

»—¿Por qué no? —me contestó—: yo no tengo quien me ame en el mundo más

que tú.

»—Esta noche a las doce vendré a buscarte, Ana mía —exclamé

preparándome a dejarla.

»—Pues toma esos papeles —dijo ella sacando del pecho un pequeño

paquete—. Hace tres años vino a verme por primera y última vez una dama

envuelta en un manto de terciopelo, y los puso en mis manos diciéndome:

«Ana, entrega estos papeles al primer hombre que te diga que te ama.»

Abrazome en seguida, y desapareció.

»—¿Sin decirte su nombre?

»—Nada más le oí que lo que te he repetido.

»—Hasta la noche, pues, Ana —le dije tomando pensativo los papeles.

»—Hasta la noche —repitió ella.

»No bien llegué a mi casa, rompí el nema, que tenía impresa una corona

de conde, y aparecieron a mis ojos dos pliegos pequeños de papel

vitela, perfumado y rico, y enteramente llenos de una letra clara y

menuda: entre sus dobleces había una larga trenza de cabellos rubios,

que despedían un penetrante aroma, y cuyo matiz era igual al de los

rizos de Ana.

»Puse en la mesa con religioso cuidado la hermosa trenza, y leí el

papel, de cuyo contenido voy a enteraros si me dais vuestra licencia.

El duque aproximó su silla a la de Velázquez como preparándose a

escuchar, y este sacó un pliego y empezó a leer lo que sigue.

III

EL RUEGO DE UNA MADRE

«Señor: quien quiera que seáis, debéis tener un corazón sensible,

puesto que se ha conmovido con la inocente belleza de mi hija: yo sé

que su hermosura no puede inspirar pasiones bastardas, porque hay en

ella algo de angélico que Dios, en su bondad infinita, ha querido

darle ya que carecía de toda guarda en el mundo.

»¡Plegue al cielo, señor, que no estéis unido con eternos lazos a

otra mujer cuando conozcáis a mi pobre Ana, y que sea el matrimonio

el puerto salvador que acoja su infortunada juventud! Pero si, por

desgracia mía, os habéis ya abrigado a él con otra compañera, os

suplico, por el amor de la madre de vuestros hijos, por la memoria de

la vuestra, que ni aun así la abandonéis.

»La infeliz niña está sola en el mundo: aunque de noble sangre, su

nacimiento fue un crimen, porque su padre y su madre estaban ligados

a otros dos seres con los lazos de una eterna unión: su padre la ha

olvidado en medio del cúmulo de honores que le abruma y su desdichada

madre teme la justa cólera de un esposo ultrajado y demasiadamente

noble.

»Si mi hija ha conseguido interesaros, velad vos por ella, señor:

si sois esposo y padre, ¡por el cielo!, no os hagáis reo del mismo

delito que el que le dio la vida: pero sed su hermano, y llevadla al

lado de vuestra esposa, que Ana la amará con todo su corazón, porque

es buena como los ángeles de Dios. Sea bastante poderoso el ruego de

una pobre madre para cambiar vuestros propósitos de seducción en una

resolución generosa; y acordaos, señor, de que la mujer que de este

modo os ruega ha caído en ese abismo de remordimientos que os quiere

evitar. ¡Sed fuerte, oh señor, sed fuerte al menos por compasión

hacia esa infortunada niña que no tiene otro amparo que el de vuestra

piedad!

»Si por su dicha fuerais libre, entonces os juro que no podéis

encontrar una compañera más dulce y angelical... ¡Oh, sí,... ella os

dará esa dicha doméstica que tan escasa es en la tierra!

»Salvad a mi hija de una perdición cierta, atendida su hermosura y el

abandono en que vive; sed su protector; os lo pide por vuestra fe de

caballero y de cristiano, su desdichada madre. — _Ana._

»P. D. — Dadle esa trenza que acabo de cortar de mi cabeza para ella,

y contestadme para tranquilizar mi ansiedad, que no puede cesar hasta

saber vuestra decisión.»

»Dirigid vuestra carta a Gante, cuartel de San Pablo, sin más señas

que estas: _A Ana S._»

—¡Es original la aventura! —dijo el duque así que Velázquez acabó de

leer el pliego.

—Cuando me enteré de esta carta —continuó el artista guardándola—,

un sentimiento de profunda y dolorosa piedad se apoderó de mí: la

desgraciada suerte de aquella mujer, que por lo poco que se vislumbraba

era una noble dama, me conmovió hasta el extremo de arrasar mis ojos en

lágrimas, y me afirmó en el propósito que tenía de llevarme conmigo a

España a mi inocente Ana.

»Pensaba conducirla al lado de Juana, según su madre me encargaba, y si

bien un sentimiento de amargura se abría paso en mi corazón al pensar

en lo dichoso que hubiera podido ser uniéndome a aquella angélica

criatura, puedo deciros con verdad que la memoria de los beneficios que

debía al padre de mi esposa, la grave y tranquila afección que esta me

inspiraba y el amor de mi hija, dominaron bien pronto aquel doloroso

pensamiento.

»Salí de mi casa, y dirigiéndome a la de un platero, compré un medallón

de oro pendiente de una cadena del mismo metal; encerré en él la trenza

de la madre de Ana, y lo guardé, esperando la hora de ir en su busca,

y haciendo activamente los preparativos de nuestra marcha, que debía

efectuarse al rayar la aurora.

»Dieron, por fin, en la gran catedral las once y media; tomé una escala

de seda preparada de antemano, y me dirigí a la vivienda de Ana.

»Ya me esperaba esta en la ventana; asegurando la escala, bajó con

pie firme, y mi mano tocó la suya por primera vez, para ayudarla a

descender.

»Cuando estuvo en el suelo, puse en su cuello la cadena de la cual

pendía el medallón.

»—Guarda —le dije—, guarda, Ana mía, este recuerdo de nuestra madre que

te ofrece la mano de tu hermano.

»—¡Ah, Dios mío! —exclamó con indecible alegría—. ¿Y eres tú mi hermano?

»—Sí —contesté con voz firme y pidiendo desde lo íntimo de mi alma

perdón a mi madre por aquel generoso engaño, que me recordaría mis

deberes—: sí, Ana, yo soy tu hermano, y esta feliz nueva la he

encontrado en los papeles que esta mañana me entregaste.

»—¡Ah! ¡Por eso quizá te amé desde la primera vez que te vi! —exclamó

apoyándose con abandono en mi brazo, y disponiéndose a seguirme.

»La inocente ni aun pensó siquiera en preguntarme quiénes eran nuestros

padres: su infantil inteligencia, ofuscada aún por su total ignorancia

del mundo, ni siquiera comprendía los lazos de la sangre.

»Llegamos, por fin, a mi posada: entonces rogué a Ana que se recostase

en mi lecho, lo que hizo dócilmente, y bien pronto su igual y dulce

respiración me dio a conocer que dormía.

»En seguida, y aprovechándome de su sueño, tomé la pluma y escribí a su

madre una carta concebida en estos términos:

«Señora: Ana está en mi poder, segura y amparada para siempre; soy

esposo y padre, y ella será la hermana de mi esposa.

»Vuestra hija y yo partimos para España dentro de dos horas: si algún

día queréis abrazarla, preguntad por el pintor del rey Felipe IV. —

_Diego Velázquez de Silva._»

»Dirigí esta carta y me acerqué al lecho de Ana: dormía como un niño

en su cuna; pero mi puro amor de artista había sido más santificado

todavía con la carta de su desdichada madre, y ni aun llegué mis labios

a su frente.

»Dos horas, empero, pasé contemplándola: la vista de su angélico

semblante, coronado de rubios rizos, llenaba mi corazón de una calma y

bienestar que jamás había experimentado. ¡Ay de mí! Era el amor, que

tomaba traidoramente la única forma con la cual podía subyugar mi alma.

»El primer rayo de la aurora brilló, por fin, en el oriente: desperté

a Ana, y un cuarto de hora después nos dábamos a la vela en un buque

español. Al desaparecer de nuestra vista los últimos edificios de la

hermosa ciudad de Amberes, de los ojos de Ana brotó copioso llanto.

»—¿Qué tienes? —le pregunté.

»—¡No lo sé, hermano mío! —dijo ella—; pero me parece que dejo aquí

alguna cosa que me es muy querida; y, sin embargo —continuó rodeando mi

cuello con sus brazos—, tú y el cabello de mi madre es lo único que me

inspira amor en el mundo.

IV

LA HILDALGUÍA ESPAÑOLA

Largo rato hacía que el duque del Infantado estaba absorto en un

profundo asombro: miraba a Velázquez como miramos a un ser de una

naturaleza superior, porque, si bien las licenciosas costumbres de la

corte de Felipe IV le habían estragado el corazón, era todavía bastante

capaz de comprender toda la nobleza del artista.

—¿Es, pues, esa joven que trajisteis de Flandes la que hoy pasa por

hermana vuestra, y que con tanto cuidado recatáis de las miradas de

todos? —preguntó al fin al pintor.

—Sí, señor don Juan —contestó este—; hace un año que Ana vive a mi lado

bajo la continua vigilancia de mi esclavo mulato Juan de Pareja; y

aunque habita dentro de palacio, no han profanado su belleza los ojos

atrevidos de ninguno de esos licenciosos y depravados cortesanos.

—¿Por qué no la habéis enviado, según ofrecisteis a su madre, a

Sevilla, al lado de doña Juana?

—¡No puedo! ¡Oh, no puedo separarme de ella!

—¿Luego la amáis?

—¡Más que a mi gloria! —exclamó el artista elevando al cielo una mirada

cubierta de ardientes lágrimas.

Un largo silencio siguió a aquel grito escapado del alma generosa

del pintor. El duque permanecía inmóvil y pensativo: mucho debía

amar a Velázquez aquel orgulloso cortesano, cuando de tal manera le

preocupaban sus dolores.

En aquel instante, el caballero que los acechaba se alejó con ligero

paso; mas a pesar del cuidado con que hasta entonces se había recatado,

cualquiera que le hubiera visto al pasar por delante de una de las

tiendas próximas, cuyas luces iluminaron de lleno su semblante, hubiera

reconocido en él las severas facciones de don Gaspar de Guzmán y

Pimentel, conde-duque de Olivares.

—Ya tengo una buena nueva que dar al rey —murmuró desapareciendo

rápidamente en las sombras de la alameda.

—Os confieso, don Diego —dijo al fin el duque rompiendo el silencio—,

que no concibo tanta nobleza y generosidad como encuentro en vuestra

conducta. Amáis a una mujer, la tenéis en vuestro poder sin trabas y

sin conocer a nadie que os pida cuenta de ella, y la respetáis por

la súplica de una madre que quizá sea ficticia, puesto que no tenéis

prueba alguna de que la autora de esa carta sea efectivamente la mujer

a quien Ana debe la vida.

Amor y llanto · 第 15 / 20 段