aquel hermoso cuadro. Palideció de pronto, y sus labios temblaron
convulsivamente; pero, haciendo un violento esfuerzo, presentó
sonriendo su mano al joven Demetrio que la esperaba.
—Conducidme a la tienda del rey, príncipe —dijo con dulce voz al
caballero.
Y pasó con semblante sereno, e inclinando la cabeza para saludar, por
delante de las filas de soldados, que doblaban ante ella sus picas y
ballestas.
La carroza quedó rodeada de la guardia de la princesa, a la cual siguió
Estratón con Teane hasta el umbral de la tienda de Alejandro; allí se
detuvieron con los príncipes y cortesanos que iban en pos de la joven.
Hermione se quedó inmóvil y como petrificada al levantar dos heraldos
las amplias cortinas de la tienda real.
Recostado el monarca en una otomana, tenía a su lado a su joven esposa.
Cerca de ellos se veía a la anciana reina de Persia, Sisigambes, madre
del rey Darío, en cuyas rodillas estaba sentada la niña Aspasia,
hermana de la desposada.
La regia abuela contemplaba a sus nietas con entrañable amor, y de vez
en cuando acercaba sus labios a los dorados y perfumados bucles de la
niña que tenía en su regazo; aquella venerable anciana era el único
apoyo que el cielo había dejado a las huérfanas de Darío.
Todos los historiadores convienen unánimes en elogiar la maravillosa
belleza, aunque de género diferente, de las princesas de Persia.
La esposa de Alejandro contaba entonces diecisiete años, y su talla
elevada era esbelta y débil, como las jóvenes palmeras de su nación;
tenía los ojos extremadamente grandes, negros y brillantes como el
azabache bruñido, pero melancólicos y pensativos; la dirección natural
de su mirada era de frente, pero notábase en ella una ligera inflexión
hacia el cielo, como si mirase más allá de este mundo; por eso, sin
duda, sus larguísimas y ensortijadas pestañas se unían casi a sus
arqueadas cejas de suave y delicado dibujo. En aquellos hermosos ojos
se encerraba una historia entera de amor y tristeza.[9]
[9] Sabida es la entrañable pasión que la joven Estatira
alimentaba por el príncipe de Escitia, y bien notorio es también
que solo consintió en ser reina de Macedonia, por evitar a su
anciana abuela y a su joven hermana el cautiverio de Alejandro.
Jamás habían crecido sus cabellos más que hasta el extremo del cuello
que se une a la espalda, y a la que las criollas de las Antillas
—únicas mujeres que poseen estas cabelleras cortas y espesas— llaman
collar de Venus; pero allí se ensortijaban en gruesos y lustrosos
anillos de un negro azulado, como el plumaje que viste las alas del
cuervo. Tal vez, inspirados los macedonios por la sublime hermosura de
aquella cabeza de querubín, apellidaron a su joven soberana _el ángel
triste_.
El resto de sus facciones era de una belleza tal, que al ver a Estatira
se experimentaba un vago sentimiento de melancolía, y parecía imposible
que aquella divina criatura pudiese vivir en el mundo.[10]
[10] La reina de Macedonia vivió, no obstante, largos años, y su
existencia, tan frágil al parecer, fue combatida por terribles
dolores.
Cuéntase que al formar Praxíteles la célebre estatua de la princesa,
que se conserva en Atenas como una maravilla de arte y hermosura, tachó
de demasiado débiles y delicadas las formas del modelo, y que notándolo
ella, le dijo con dulce y triste sonrisa: _El pan del cautiverio,
amigo mío, me ha hecho crecer, pero no ha podido nutrirme_; y a la
verdad que no le faltaba razón, porque sus manos eran delgadas hasta la
transparencia, delgada también su garganta como la de una niña, y en su
seno, blanco como el lirio de los valles, se dibujaban con claridad sus
azuladas venas.
La princesa Aspasia contaba dos años menos, y era pequeña, rubia,
rosada y gruesa, como una de esas jóvenes que ha reproducido el pincel
de Boucher; sus ojos azules eran dulces y alegres; la blancura de
azucena de su frente, sienes y garganta hacía un precioso contraste
con el sonrosado de sus mejillas; sus cabellos, de un rubio dorado y
brillante, bajaban en sedosos y largos bucles hasta tocar su cintura,
y su sonrisa era encantadora, y admirable la perfección de todas sus
formas.
Tenía puesta una túnica blanca, y su manto era azul lo mismo que la
banda que ceñía su cabeza.
La esposa de Alejandro llevaba un traje de brocado de oro, aunque
con dificultad podía asegurarse por la profusión de pedrería de que
estaba cubierto; formaban el dibujo de la tela los rubíes, topacios y
amatistas, y el ramaje las más ricas y brillantes esmeraldas; su rizada
y negra cabellera estaba sujeta con un ancho cintillo de diamantes, y
llevaba semicubiertos los hombros con el manto real.
En cuanto al rey de Macedonia, su belleza era de ese género que no se
puede olvidar jamás cuando se ha visto una vez. Tenía su tez ese moreno
de ámbar que ejerce una seducción tan poderosa cuando es realzado por
unos grandes ojos negros, de azulado globo; por una boca de subido
carmín, sombreado por un negro bigote y por una abundante cabellera
de color castaño. No era alto, aunque su estatura pasaba algo de los
límites regulares, y sus formas, esbeltas y nerviosas, eran perfectas
como las del joven Apolo. Estaba armado enteramente; llevaba, como
Estatira, el manto real, bajando sus largos pliegues hasta besar el
pavimento, y ceñía sus sienes la doble corona de Macedonia y de Persia,
cuyos imperios estaban simbolizados en florones de oro y pedrería.
La princesa, inmóvil en el umbral, miraba atónita al interior de la
tienda. Asemejábase a un pobre pájaro fascinado por los ojos de un
halcón; detrás de ella esperaban Teane y Estratón a que penetrase para
seguirla.
Al aparecer la joven, el rey y la reina se pusieron de pie: habían oído
batir marcha, y conocido que la persona que se acercaba era de elevada
jerarquía, adquiriendo esta certeza al ver el majestuoso continente de
la recién llegada.
Aspasia bajó de las rodillas de su abuela, la cual se incorporó con
trabajo en la pila de cojines en que estaba recostada. Hermione no
avanzó un paso, sin embargo; muda, helada, seguía embebida contemplando
al rey y a las princesas; la presencia de Alejandro la sumergía en un
éxtasis delicioso; pero la vista de su esposa, tan bella y adorable,
desgarraba su corazón.
Alejandro recordó al fin haber visto otra vez a aquella hermosa y
melancólica joven, y al cabo de breves instantes de reflexión, se
presentó vivamente a su memoria la hija de Crádates arrodillada a sus
pies, como la había contemplado un año antes.
—Los dioses os den paz, princesa —dijo adelantándose para recibirla—:
bienvenida seáis.
Aquella voz vibrante y sonora sacó a Hermione de su doloroso letargo;
pero sus rodillas se doblaron y cayó de hinojos a los pies del rey:
diríase que una fatalidad implacable obligaba a la infeliz a doblar
siempre la frente a las plantas del hombre a quien tanto amaba.
—Alzad, princesa —dijo Alejandro, tomando en sus torneadas y nerviosas
manos las yertas de Hermione—. Alzad, os lo ruego —añadió con seductor
acento.
Mas como viese que la joven no abandonaba su postura:
—¿Queréis algo? —prosiguió—: ¿en qué puedo serviros?
De súbito se nubló su frente, y sus cejas se contrajeron con un
movimiento nervioso.
—¿Y vuestro padre? —preguntó después vivamente y dirigiéndose a la
princesa—: ¿qué es de él y de vuestros hermanos?
—¡Han muerto, señor! —contestó Hermione con voz baja y temblorosa.
—¿Han... muerto?... —repitió Alejandro, cuyo corazón sensible como el
de una mujer saltó en su pecho con violento latido—. ¡Han muerto!...
¿quién los ha muerto, Hermione?
—¡Este traidor!... —exclamó Teane abriéndose paso entre la multitud
que obstruía la puerta; y mostrando en la mano la ensangrentada cabeza
que sacó de la capa en donde la llevara envuelta, se precipitó también
a los pies del rey—. ¡Sí! —prosiguió la vengativa anciana—: Efestión
es el verdugo de Crádates, de sus hijos y del mío. Efestión —repitió
enjugando con fiereza las lágrimas que aquel doloroso recuerdo le
arrancara—, Efestión, que iba a ser también vuestro asesino, porque
quería ceñir a su frente vuestra corona; pero su esposa, ¡oh gran rey!,
os ha salvado y me ha vengado, vengándose a la vez a sí misma.
—¡Su esposa! —gritó Alejandro con un acento que estremeció a todos; y
cubriéndose el rostro con las manos, huyó al extremo más lejano de la
estancia.
Hubo un largo silencio interrumpido únicamente por los sollozos de la
princesa, que inclinaba la frente hasta el suelo. ¡Ay, desventurada,
aquel grito le decía bien claro que habían muerto todas sus esperanzas!
Alzó por fin el monarca la frente, cubierta de lívida palidez, y sus
ojos brillaron con un fulgor sombrío.
Nadie ha puesto en duda la rígida virtud de Alejandro, porque dio de
ella tan evidentes y poderosas pruebas que la envidia o la calumnia
han sido siempre impotentes para herir su glorioso renombre; a la fama
de sus hechos de armas iba unida la de sus rasgos de generosidad y de
su severa justicia; perdonó en todas ocasiones sus propias ofensas,
por graves que fuesen, pero se manifestó inflexible para castigar
delitos y hasta leves faltas si argüían crueldad de corazón o bajeza de
sentimientos.
Efestión era reo de los más odiosos crímenes: traidor y asesino de
Darío, traidor a Alejandro y asesino de Crádates y de sus hijos,
merecía mil muertes; mas todo se borró de la memoria del rey: al oír
que había muerto por la mano de su esposa, no pensó siquiera en que
debía su corona y su vida a aquel crimen, no; vio el crimen solo con
todo su horror y en toda su desnudez, y para él, Efestión era la
víctima, Hermione era el verdugo.
—¿Conque esta mujer —dijo lentamente—, ha asesinado al hombre a quien
unió su destino? ¿Quién te mandó castigar las ofensas que me había
hecho, monstruo de iniquidad? ¿Por qué exceso de maldad has querido
manchar tus manos con la sangre de tu esposo? ¡Oh, Crádates! —prosiguió
alzando su vista al cielo—: ¡no me es dado castigar tu muerte! ¡No
puedo vengar las vuestras, Casandro, Tolomeo!... ¡Esta furia, a la
cual llamasteis hija y hermana, me ha robado con su horrible crimen el
derecho de hacer justicia!
—¡Yo no he sido quien le mató!... No... ¡no he sido yo!... —gritó
Hermione en el vértigo del dolor más agudo, y retorciendo sus manos.
El rey lanzó a la infeliz joven una mirada que ahogó su voz y aniquiló
sus fuerzas.
—Quitad de mi presencia a esa mujer —dijo dirigiéndose a su guardia, y
que jamás vuelva a parecer ante mis ojos.
—¡Bárbaro!... —gritó la princesa, en cuya mirada azul y brillante
radiaba una ráfaga de delirio—. ¡Hombre cruel! Ya que me arrojas de tu
presencia para siempre, oye al menos el secreto que hace tanto tiempo
destroza con su peso mi corazón. ¡Yo te amo!... y esta fatal pasión
no la han podido apagar la ausencia ni el dolor. ¡Ah! ¿Y tú piensas
que la que ha sabido conocerte y amarte haya sido capaz de clavar un
puñal en el pecho de su marido? No me opuse a ello, porque sabía que
iba a robarte la corona y la vida, y quise salvarte una y otra, pero
mis manos no se han teñido de sangre, e ignoraba que traían a tu vista
este sangriento despojo. ¡Mírame, Alejandro! —prosiguió la pobre joven
arrastrándose de rodillas por el duro pavimento—. ¡Mírame, y verás mi
frente marchita por el dolor! ¡Mírame, y encontrarás mis ojos secos y
abrasados a fuerza de llorar!... ¡Ya no tengo padre, ni hermanos!...
¡No tengo a nadie que se compadezca de mí!... ¡Ten tú, al menos,
piedad, por lo que más ames!
Calló la princesa, quebrantada por aquel horrible dolor; dobló la
cabeza sobre el pecho, y una espantosa convulsión recorrió todo su
cuerpo.
Sus ojos no derramaban una lágrima siquiera; fijos e inmóviles,
parecían los de una sonámbula o los de una muerta. La reina había
dejado su asiento y acercádose a ella poco a poco; cuando la vio
próxima a desfallecer, dobló una rodilla en tierra y apoyó piadosamente
en su regazo la cabeza de la infeliz Hermione, que cerró los ojos
exhalando un doloroso y profundo gemido.
—¡Llevaos de aquí a esa mujer! —repitió Alejandro, sin volverse a mirar
a la joven que yacía inanimada.
—¡Piedad, señor! —exclamaron a la vez la reina y su hermana, juntando
las manos con suplicante ademán y con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Piedad, hijo mío! —repitió la anciana Sisigambes con alterada voz.
—¡Arqueros! —gritó Alejandro, en cuya bella y majestuosa fisonomía se
pintó una terrible expresión, capaz de intimidar a los hombres más
valientes—, ¡preparad las armas para dar muerte a la culpable!
Los soldados, obedientes, montaron los arcos; pero los detuvo un
terrible grito de la reina.
—¡Soldados! —dijo cubriendo a Hermione con su cuerpo—: mi pecho es
el escudo de esta joven; si os atrevéis, pues, asestad esos dardos a
vuestra reina.[11]
[11] La angélica bondad de la reina Estatira, y su piedad
por todo el que sufría, le atrajeron terribles desgracias,
y los beneficios que dispensó esta princesa fueron siempre
recompensados con la ingratitud de los que los recibieron.
Desapareció súbitamente la expresión de furor que trastornaba el
semblante del rey, y quedó más pálido que la piel de cisne que
guarnecía su manto real; adelantose rápidamente y puso una mano sobre
la cabeza de su esposa, como si de ese modo quisiera protegerla del
peligro que la amenazaba. Al mismo tiempo hizo una imperiosa señal a
los soldados, que permanecieron inmóviles con las flechas en los arcos.
—Llevaos a esta joven, Demetrio —dijo Estatira en voz baja al príncipe
de Epiro, y ponedla en salvo de la ira del rey.
Con un rápido movimiento cogió el joven a Hermione, y la sacó de la
tienda dejándola en los brazos de su nodriza como si fuera un niño
dormido.
—Alejaos sin perder tiempo de las trincheras de los macedonios —dijo el
príncipe a Estratón, en tanto que clavaba en el hermoso semblante de
Hermione una mirada ardiente y melancólica. Después exclamó:
—¡Pluguiese a los dioses, desventurada Hermione, que jamás te hubiera
conocido, o que al menos me fuese dado el consuelo de morir junto a ti!
La infortunada princesa quedó yerta e inmóvil sobre la húmeda campiña.
Teane se sentó a su lado llorando amargamente, mientras Estratón, que
se había subido a una pequeña eminencia, parecía escuchar con ansiedad.
—¡Vienen!... —gritó percibiendo el galope de muchos caballos—, ¡nos
persiguen!... Teane, ¡huid con la princesa!
Pero antes de expirar en sus labios estas palabras, se precipitaron los
soldados del rey en la llanura.
—¡El culpable es ese hombre! —exclamó Teane rodeando con sus brazos a
la princesa, y señalando a Estratón—: ¡matadle!... ¡él es el asesino!
La anciana, al ver amenazada de muerte a su querida hija, se olvidó de
todo y solo pensó en salvarla.
—No temas nada, buena vieja —dijo el que parecía mandar a los demás—:
solo venimos a buscar a ese hombre; el rey no quiere nada con las
hembras.
—¡Me buscáis a mí!... —exclamó el capitán elevando al cielo sus negros
ojos con una indefinible expresión—. Voy a seguiros —añadió—, pero
dejadme antes dar el último adiós a la princesa.
Arrodillose Estratón y pegó sus labios a la helada mano de la joven;
mas irguiéndose de pronto, y con un rápido movimiento, apoyó en tierra
la empuñadura de su espada, y se atravesó el pecho de parte a parte,
bañando el suelo con su sangre y dando el postrer aliento en un hondo
gemido.
Los arqueros se encogieron de hombros, como satisfechos de ahorrarse el
trabajo de conducir al capitán, y volvieron grupas, tomando otra vez al
trote el camino que conducía a sus trincheras.
Hermione continuaba tendida en la yerba, pálida e inanimada; únicamente
velaban aquel letargo mortal una anciana que sollozaba y un cadáver
tendido a sus pies.
La luna alumbraba, apacible y plateada, aquel cuadro desolador.
VI
EL CAMPAMENTO
Pocos días después de los acontecimientos que acabamos de referir, y
el mismo en que se dio a orillas del Ganges la batalla que derrotó
al ejército sublevado por Efestión, sometiendo de nuevo al poder de
Alejandro a Maracanda y Edesa, presentaban las llanuras de Babilonia un
espectáculo hermoso e imponente a la vez.
Humeaban a un tiempo cien altares, dispuestos para los sacrificios con
que el ejército vencedor daba gracias a sus dioses.
Cien inocentes y blancos corderillos fueron inmolados, y sus entrañas
se observaron prolijamente por los sacrificadores, sin que encontrasen
en ellas otra cosa que indicios de ventura.
Aquellos altares iluminados con teas y bañados por el sol; los
sacerdotes con sus blancas vestiduras talares; el incienso que se
elevaba en nubes hacia el azulado firmamento; los cien guerreros
prosternados, en cuyas armaduras de brillante acero reflejaba su luz
la antorcha de los cielos; el sonido de los atabales e instrumentos
bélicos; todo, en fin, contribuía a formar un cuadro magnífico y
deslumbrador.
Los heridos que resultaron de la refriega habían sido conducidos a las
tiendas, donde eran cuidadosamente asistidos.
Solamente un guerrero, cuyo pecho se veía atravesado por una daga,
había quedado tendido bajo un árbol, por temor de que perdiese la vida
al trasladarlo: otros dos personajes velaban su agonía, de los cuales
el uno era un anciano, y el otro un joven que parecía sumido en la más
viva aflicción.
Pero mirando con cuidado a aquellas tres personas, fácilmente se
hubiera conocido que dos de ellas ocultaban su sexo de mujer bajo la
ruda vestidura del soldado; patentizábanlo así sus largas cabelleras,
negra como el azabache, en la que tenía la daga clavada en el pecho,
y blanca en la que lloraba. En cuanto al otro personaje, se adivinaba
claramente que era un hombre al observar sus cabellos cortos, la
enérgica belleza de sus facciones, y la pasión que ardía en sus negros
ojos, aunque velados a la sazón por una profunda tristeza.
—¡Hermione!... —decía aquel hombre sosteniendo la cabeza de la
joven herida—. ¡Es posible que me abandones cuando he vuelto a
encontrarte!... ¡Es cierto que he podido clavar mi daga en tu corazón!
¡Es verdad que soy yo quien te da la muerte!
—No os aflijáis... así... Demetrio —contestó ella con débil y cortada
voz—. Os soy deudora de la única dicha que apetecía en la tierra... la
de morir... porque únicamente para buscar la muerte me disfracé de este
modo, y corrí a mezclarme con los enemigos de Alejandro...
Calló Hermione bajo el peso de su fatiga, y llevó una mano a su pecho;
mas este movimiento le produjo un dolor tan agudo, que cerró los ojos
exhalando un lastimero gemido.
—¡Hermione! ¡Hermione!... —exclamó el príncipe de Epiro inclinándose
hasta tocar la frente de la desventurada princesa—. ¡Miradme por lo que
más améis... volved en vos... tened piedad de mí!...
El desgraciado joven deliraba por la fuerza del dolor: había amado a la
princesa desde el instante en que la vio, y hallándola en el combate
disfrazada de guerrero y entre los enemigos de su rey, la había herido
mortalmente sin conocerla.
No creáis en las inspiraciones del corazón de los hombres. Demetrio
tuvo delante a la mujer a quien como un loco amaba; a aquella con quien
soñaba dormido, y cuya imagen tenía incesantemente ante sus ojos; y sin
embargo, levantó su puñal sobre aquella mujer y derramó su sangre, sin
que su corazón le avisase con un latido de que aquella infeliz, a quien
sacrificaba, era el único ser que le inspiraba tanto amor.
Poned delante de una mujer a su amante; disfrazadle como queráis,
decidle que el hombre que ve es su más mortal enemigo; obligadla a que
le hiera, y veréis cómo palpita su seno, cómo tiemblan sus labios,
cómo asoma a sus ojos el llanto; veréis, por fin, que se desprende el
puñal de sus manos y que no hiere, porque su corazón le avisará y le
gritará más fuerte que vuestra voz.
* * * * *
La princesa abrió los ojos al oír los dolorosos gritos de Demetrio, y
aun pudo sonreír con dulzura.
—¿Por qué os atormentáis de ese modo, amigo mío? —dijo con lentitud
dolorosa—, ¿no os he dicho que la muerte es... la única dicha que puedo
alcanzar en este mundo?... ¿Qué importa que sea vuestra mano la que me
hace tanto bien?...
—¡Morir ahora, Hermione!... —gritó el príncipe con desesperación—; ¡y
morir por mi causa, cuando daría yo mi existencia toda por una sola
mirada vuestra!... ¡Morir, cuando sin cesar os he buscado para deciros
que os amaba!... ¡Cuando tal vez podía esperar vivir siempre junto a
vos y llamaros mía!... ¡Ah!... ¡Sería el cielo injusto, y eso no es
posible!...
Mas, como si el mismo cielo hubiera querido aniquilar hasta la última
esperanza del enamorado joven, vio que se agitaba Hermione en una
última convulsión, y que cubría sus grandes ojos el velo de la muerte.
—¡Padre!... ¡Hermanos míos!... Ya voy... esperad... También tú me
llamas... Efestión... espérame, pues... el cielo va... a juzgarnos a
los dos...
Incorporándose, por último, hizo un doloroso esfuerzo; estrechó entre
las suyas las manos del príncipe, y después extendió los brazos a Teane.
—Demetrio,... olvidadme... y sed feliz... —murmuró todavía—; defended a
Alejandro... y decidle... que muero... amándole, y que le bendije... al
expirar... ¡Madre mía!... ¡Adiós!
Su postrer suspiro se exhaló en su último acento; quedó inmóvil su
cabeza en las rodillas del príncipe, y yertas sus manos en las de Teane.
La desdichada princesa únicamente columbró el amor feliz al borde de la
tumba.
El sol alumbró su agonía, como iluminaba los sacrificios que celebraban
en la llanura, y lo mismo que iluminó la luna su largo desmayo en el
campo de los macedonios.
Trascurrido un corto espacio de tiempo, murió Alejandro en un banquete
que le dio uno de sus favoritos; pero como no es mi ánimo narrar
ahora un acontecimiento que conocerán gran parte de mis lectores, y
que pienso contar en otra historia a los que lo ignoren, me limitaré
a terminar esta leyenda del mismo modo que Eugenio Sue finaliza su
_Marquis de Létorière_:
ALGUNOS AÑOS DESPUÉS CASÓ EL PRÍNCIPE DEMETRIO CON UNA PRINCESA GRIEGA.
Confieso que esta conclusión no es de mi gusto; pero es histórica, y
yo, novel escritora, tengo un indecible placer en plagiar algo del
célebre novelista francés: la he preferido además porque demuestra
hasta la evidencia la constancia de los hombres en el amor.
LA HERMANA DE VELÁZQUEZ
I
LA VELADA DE SAN JUAN
Serena y bella era la noche del 24 de junio de 1629. La alameda, que
aún hoy se extiende a orillas del tranquilo Manzanares, era entonces
más frondosa y se llamaba _Alameda del río_: en las noches de verano,
allí era donde tenían lugar las citas misteriosas de los galantes
caballeros de la corte de Felipe IV con las bellas tapadas, aunque en
verdad no se concebía el motivo de tal secreto, atendida la libertad de
las costumbres de la corte.
En la noche de que voy hablando, la concurrencia era mucho más numerosa
aún que de costumbre; la alameda, iluminada por multitud de farolillos
de colores, presentaba el aspecto más alegre y animado por los gritos
de los vendedores de rosquillas, panales y aloja; veíanse aquí y allá
tiendas formadas en la enramada, en cuyo fondo cenaban amantes parejas
o alegres amigos, entre los cuales no faltaba algún poeta de los muchos
que florecieron durante el reinado de Felipe IV.
La alameda estaba poblada de gentes de ambos sexos: al pasar las
damas por delante de las luces de los faroles, lucían, a despecho del
misterioso y engañador manto que las cubría, los brocados de sus
trajes, las joyas que adornaban sus cabellos y la hermosura de sus
negros y rasgados ojos.
Oíanse por todas partes palabras perdidas, suspiros de amor o
advertencias recatadas, formando todo tan extraño rumor que en vano
uno de los muchos observadores recelosos que se hallaban allí hubiera
querido analizarlo.
—Junto al álamo grande señalado con una cruz —decía una dama que
pasaba, apoyada en el brazo de otra, al oído de un caballero que
permanecía parado e inmóvil como quien espera algo.
—¡Mi marido está aquí! —murmuraba otra volviéndose al galán que la
seguía.
—¡Cuánto te amo, Leonor mía! —suspiraba un apuesto marqués pegando su
boca al manto de la rubia y encubierta duquesa que se apoyaba en su
brazo con provocativo abandono.
Y palabras, suspiros y recatados avisos iban a perderse entre las auras
perfumadas de aquella hermosa noche de estío.