Era un día hermoso de estío, víspera de aquel en que debía partir el

anciano Crádates; hallábanse en los extensos y perfumados jardines la

princesa y sus damas, todas casi tan niñas y hermosas como su joven

soberana; veíase entre ellas a la armenia de dorados cabellos y velados

ojos; a la odalisca de esbeltas y torneadas formas; a la georgiana

de tez rosada y luciente mirada negra; a la ateniense de virginal

perfil y pies de niña; a la persa de purpurina boca, estrecha frente y

dulce sonrisa; a la escita de celestes ojos, enhiesto cuello y manos

de nieve; y todos los tipos, en fin, más bellos y perfectos de los

imperios del Asia.

Sentada Hermione a la orilla de un azulado arroyuelo, hablaba con su

nodriza Teane, cuyo amor hacia ella rayaba en adoración; las damas se

habían quitado los mantos y saltaban como cervatillos en las anchas

praderas de flores, cuyos débiles tallos se tronchaban bajo la tenue

presión de sus lindos pies, calzados con sandalias.

El jardín estaba además lleno de guardias de la princesa, deudos de

Crádates y esclavos negros.

De súbito se oyó un extraordinario ruido a las puertas del palacio, y

las damas corrieron despavoridas al lado de la princesa y de la anciana

Teane.

—Anda a ver que sucede, Orontes —dijo Hermione con serena voz a un

eunuco negro, que salió al instante a cumplir esta orden; pero un

momento después volvió pálido y trastornado.

Seguíanle de cerca dos caballeros armados a medias, pues al uno le

faltaba una manopla, y dejaba ver una mano horriblemente mutilada

aunque no por eso había abandonado la espada; y el otro traía la cabeza

descubierta, y su yelmo, perdido tal vez en alguna refriega, no había

sido suficiente a librarle de recibir en ella una profunda herida.

Al ver a aquellos hombres, se puso en pie la princesa; dilatáronse sus

grandes ojos azules, y cubrió su rostro una palidez mortal.

—¡Casandro!... ¡Tolomeo!... —exclamó al fin tendiéndoles los brazos,

en tanto que se iba llenando el jardín de soldados y deudos de los

príncipes, tan heridos y desfigurados como ellos—. ¡Hermanos míos!,

¿qué os ha sucedido?, ¿qué es esto? —gritó dando un alarido desgarrador

al ver caer a Casandro privado de conocimiento.

—¡Hermana!... —exclamó Tolomeo asiéndola del brazo—, ¡hermana!... antes

de todo, respóndeme... ¿eres ya esposa de Efestión?

—Sí —contestó la joven con temblorosa voz.

—¡Ah! —gritó el príncipe—. ¡Maldición sobre nosotros!...

Y soltó el brazo de la infeliz Hermione, la cual fue a abrazar a

Casandro, que permanecía desmayado todavía en los brazos de sus

escuderos.

A poco llegó al jardín el anciano Crádates. Al ver a su querido Tolomeo

horriblemente herido y ensangrentado, y a su hermoso Casandro, al

parecer sin vida, el desgraciado padre quedó yerto de espanto.

—¿Qué habéis hecho, señor? —exclamó el príncipe—, ¿conque habéis

entregado a Hermione al asesino de nuestro rey? ¿Sabéis que Darío

rindió su vida a los golpes del puñal de ese monstruo de iniquidad?

¿Sabéis que se ha rebelado contra Alejandro y que está en Maracanda

el foco de la rebelión? ¿Sabéis que pasáis en el campo macedonio por

un traidor como él? ¡Oh, padre! —prosiguió el infeliz Tolomeo en el

paroxismo del dolor más violento—, ¿sabéis que me cuesta la vida de

Casandro haber podido penetrar hasta aquí?

Nada respondió el anciano, y fue lentamente a postrarse ante Casandro,

cuya cabeza abierta sostenía Hermione sollozando amargamente.

Crádates separó los hermosos rizos de ébano que cubrían aquella frente

ensangrentada, y sin derramar una lágrima, pero más pálido que el

herido, puso en ella sus labios, dominando por un momento el amor

paterno a todos.

—¡Yo te vengaré, hijo mío, yo te vengaré! —exclamó levantándose en

seguida.

—¡Venganza, sí! —gritó Tolomeo—. Yo he venido, de parte de Alejandro,

a averiguar la verdad de lo que aquí sucede, porque no se resuelve a

creeros culpable y prefiere juzgaros engañado. «Id —nos ha dicho—;

a los hijos toca salvar el honor del padre; la alianza que me han

anunciado va a efectuarse entre Crádates y Efestión es una prenda de

traición. Volad, pues, a impedir que la inocente Hermione se una al

asesino de vuestro rey, y traedme al regicida para que expíe como

Besso, no su rebelión contra mí, que desde luego le perdono, sino el

horrible crimen que cometió al derramar, con sus miserables manos, la

augusta sangre de Darío.»

Casandro había vuelto de su desmayo; echó los brazos al cuello de

Hermione, teniéndola largo rato oprimida contra su pecho, y después se

sentó con firmeza en un banco de césped.

Crádates y Tolomeo se aproximaron a él, en tanto que algunos vendaban

sus heridas.

—Padre mío —dijo con débil voz—, no perdáis tiempo: el cuerpo de

ejército, que el rey nos dio para batir las tropas de Efestión, ha sido

deshecho, y el traidor cuenta con muchas fuerzas dentro de Maracanda.

Huid, por el cielo, con Hermione, y salvadla... a favor de un disfraz

podréis llegar a Babilonia... presentaos al rey, decidle que envíe

al momento los soldados necesarios para sofocar la sedición. El

esclavo que presenció el asesinato del rey Darío, y que fue arrojado

a las ondas del Éufrates, no murió como se creía, y ha descubierto a

Alejandro todos los crímenes de Efestión... huid, huid, por los dioses,

y llevaos a mi hermana. ¿Qué pueden hacer aquí un anciano y una niña?

—¡Morir! —contestó una voz bien conocida de todos.

Era Efestión que había penetrado en el jardín seguido de un gran número

de parciales.

—¡Sí! —prosiguió el traidor—, morirán como vosotros, y como todos los

que no se unan a mi causa; ya no es tiempo de retroceder; juego mi

vida, y haré todo lo posible para no perderla. Yo te engañé, Crádates

—continuó dirigiéndose al príncipe—; sí, yo sublevé las tropas que

existen en Maracanda, y vine aquí únicamente para que secundaras mi

rebelión contra Alejandro.

—¿Y creíste que yo?... —tartamudeó Crádates temblando de ira y lanzando

una mirada de desprecio al miserable Efestión—. ¡Oh!, decidme —continuó

juntando las manos—, decidme que habéis mentido, aseguradme que,

convencido de vuestro error, desistís de vuestros horribles planes.

—¡Imposible! —contestó Efestión con estoica calma—. Si cuando el rey de

Macedonia me favorecía me rebelé contra él, juzga tú mismo lo que debo

hacer ahora que pide mi cabeza.

—¡Traidor! —gritó el príncipe tirando de la espada y arrojándose a él—.

¡Infame regicida!... ¡Te juro, por los dioses, que no has de salir vivo

de aquí!...

El acero de Efestión cortó el aliento al desgraciado anciano, que cayó

con el pecho atravesado a los pies del asesino de Darío sin poder hacer

otra cosa que tender los brazos a sus hijos.

Dos terribles golpes sintió al mismo tiempo el malvado. La espada de

Tolomeo, aunque manejada por su mano izquierda, le partió el hombro,

y la de Casandro le produjo una profunda herida en la espalda;

mas los infelices príncipes rindieron muy pronto sus vidas a los

furibundos golpes de una nube de soldados que los rodearon de repente,

inmolándolos sin piedad.

La desdichada Hermione lanzó un penetrante alarido, y cayó sin sentido

inundada en aquella sangre, que era la misma que corría por sus venas.

Efestión, sin turbarse en lo más mínimo, y con un valor admirable

digno de más noble causa, mando hacer una señal, convenida sin duda,

porque en pocas horas fue pasada a cuchillo por los sediciosos toda la

guarnición de Maracanda que no quiso secundar la rebelión.

III

EL REGICIDA

La hija de Crádates pasó muchos días entregada a una furiosa demencia:

encerrada en sus habitaciones con su nodriza Teane, llamaba a su padre,

a sus hermanos, y maldecía a su inhumano verdugo, sin consentir en

tomar alimento alguno ni ver a nadie.

Cuando se calmó su doloroso delirio, cayó en una melancolía profunda;

la infortunada joven se sentía desfallecer y se rendía quebrantada al

peso de su amarga pena. A no ser por los amorosos cuidados de la buena

Teane, hubiera muerto sin duda.

Una noche que, sentada junto a una ventana, lloraba pensando en su

desgraciada familia, entró de improviso Efestión en su aposento; al

verle, Hermione se estremeció de horror, helose el llanto en sus yertas

mejillas, y en su hermoso semblante se pintó, con la mayor energía,

todo el odio que aquel hombre le inspiraba.

—¡Verdugo de mi padre! —exclamó con indecible vehemencia la irritada

princesa—. ¡Asesino de mis hermanos! ¿Qué buscas aquí? ¿Vienes a

gozarte en mis tormentos? ¿Acaso es tu designio quitarme también

la vida? Hiere —prosiguió descubriendo su seno—, hiere sin piedad;

traspasa este corazón, enemigo de esa mano parricida que hace pocos

días me alargaste en señal de tu amor, y que diste a mi buen padre en

prueba de fidelidad. No te detengan los aborrecibles lazos que nos

unen; no alimentes para tu ruina una serpiente que te devorará, si no

la ahogas primero.

—Escúchame, Hermione —dijo Efestión con voz dulce y reposada—. Si

para conservar mi fortuna y mi vida tuve que envainar mi puñal en el

pecho de tu padre, para conservar la tuya y hacerte feliz no perdonaré

sacrificio alguno; yo te amo —prosiguió cruzando sus manos con una

indescriptible mezcla de pasión y de dolor—, yo te amo, Hermione, y

este amor es el único sentimiento dulce que ha surgido en mi corazón:

no siento remordimiento alguno por haber dado muerte a los tuyos,

mas tu dolor traspasa mi alma. ¡Oh, Hermione! —continuó Efestión

arrojándose a los pies de la princesa—: ¡mi adorada Hermione!...

perdóname y dime que no me aborreces, que me miras sin horror, que

podrás amarme algún día...

—¡Ah! —gritó la princesa rechazando a su esposo, quien, arrodillado,

todavía sollozaba amargamente—. ¡Verdugo de mi padre! ¡Quieran los

dioses descargar sobre tu cabeza todos los rayos de su venganza!

Hermione salió del aposento.

El príncipe de los ismenios permaneció como helado de estupor; su alma

indómita jamás se había humillado, y tan solo el vehemente amor que

Hermione le inspiraba había podido ablandar su fiereza.

Cuando le volvió la espalda la princesa, la siguió con la vista sin

variar de postura, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas,

pálidas con la fuerza del dolor.

—¡Nunca me amará! —murmuró después con ahogado sollozo, y cubriéndose

el semblante con las manos.

Imposible era, en efecto, que la joven princesa amase ya a aquel

hombre. Con su presencia despertose en el alma de Hermione una ardiente

sed de venganza, y, al huir de él, corrió a encerrarse en otro aposento

para poner por obra un proyecto que hacía algunos días meditaba.

¿Habéis amado, lectoras mías, para olvidar después? ¿No os ha sucedido,

en alguna época de vuestra vida, tener que dejar de querer a un ser

digno de vuestra adoración, para amar a otro ser que valía mucho

menos, ya por conveniencias sociales, ya por exigencias del mundo, ya

en fin, por caprichos del corazón? ¿Y no habéis sido engañadas por el

mismo a quien dabais un cariño que no merecía? ¡Ah! ¿Qué habéis hecho

entonces? Pero ya lo adivino: habéis vuelto vuestros ojos, cansados de

llorar, hacia aquel objeto que debisteis amar eternamente, a pesar de

las exigencias de la sociedad y de las hipócritas fórmulas del mundo;

tal vez por orgullo no le habéis dicho: «Te amo como antes.» Vuestros

deberes quizá os habrán retenido lejos de él, ¿pero no es verdad que a

él habéis vuelto sin cesar el pensamiento y la mirada? ¿No es verdad

que habéis consagrado a su recuerdo todos los instantes de vuestra

vida, como el único consuelo de vuestra amargura?...

Esto fue, pues, lo que sucedió a Hermione: dormía en su alma,

debilitada por largos combates, una violenta pasión que despertó de

súbito al rudo choque de su infortunio; y, como vosotras, volvió de

nuevo los ojos y el corazón hacia aquel hermoso y benéfico recuerdo,

único bien que le restaba en el mundo.

Sola y sin amparo, quiso escribir al magnánimo Alejandro para pedirle

venganza de la muerte de su padre y de sus hermanos. No tuvo que

combatir esta resolución; odiaba a Efestión como verdugo de los suyos,

como regicida del anciano Darío y como traidor al rey de Macedonia, y

con mano firme y sin remordimientos trazó la siguiente carta:[6]

[6] Esta carta está copiada casi literalmente del antiquísimo

volumen de donde he tomado los datos necesarios para escribir

esta leyenda; únicamente me he limitado a poner más en claro

algunos conceptos.

«No es, ¡oh, señor!, la esposa del infiel Efestión, es la hija del

noble Crádates la que se dirige a vos; si el nombre del primero os es

aborrecible, creo que la memoria del segundo os debe ser de alguna

estimación.

»El venerable anciano a quien debí la vida, ha rendido la suya a

los golpes del puñal del hombre que hoy me llama su esposa. En vano

fue, ¡oh señor!, en vano fue que enviaseis a mis hermanos para que

impidiesen el sacrificio de la infeliz Hermione. En vano, ¡ay!, pues

que ya estaba unida con lazos eternos al miserable que tan cruelmente

ha derramado la sangre de mi inocente familia... Tolomeo, vuestro

amado Tolomeo, ha muerto destrozado por las lanzas de los soldados

de Efestión; y Casandro, el joven y hermoso escudero que nunca

se apartaba de vuestro lado, ha expirado horriblemente mutilado,

pronunciando el nombre adorado de Alejandro.

»¡Venganza, señor, venganza! Yo la invoco de vuestra justicia contra

el matador del rey Darío, padre de la princesa que habéis elegido por

esposa; contra el verdugo de los míos; contra el infame que ha osado

hacer a su bienhechor y su rey la más horrible de las traiciones.

»¡Que muera, ya que ha derramado tanta sangre noble e inocente!...

Que expire al rigor de los tormentos más crueles, y así plegue a

los dioses prolongar y hacer felices los días de vuestro reinado. —

_Hermione._»

Escrita esta carta, fue entregada y recomendada mil veces al hijo de la

anciana Teane, que partió sin dilación al campo macedonio.

Hermione quedó sola con su nodriza, entregada a la más cruel ansiedad.

Dotada de un alma generosa, aunque, como ya hemos dicho, enérgica y

altiva, tardó poco en aparecer el remordimiento; había demandado con

ansia la muerte de su esposo, y la sola idea de que era muy probable

que Alejandro le hiciese justicia, la helaba de terror.

—¿Por ventura —se decía—, podrán devolver la vida a las víctimas que

lloro los suplicios que hagan sufrir a su verdugo?

Además, por culpable que este fuese, ¿no era también su esposo?

Hermione lloraba amargamente, cuando se abrió con estrépito la puerta

de su aposento, y el más horrendo espectáculo se presentó a sus ojos.

Acababa de ver entrar pálido, cubierto de sangre y brotando fuego por

los ojos, a Efestión, que traía en una mano la carta que ella había

escrito pocas horas antes, y en la otra la cabeza del desgraciado

mensajero.[7]

[7] Histórico.

Fría e inmóvil como la estatua de la desesperación, clavó la princesa

sus extraviados ojos en Efestión.

—Mira —dijo este aproximándose a su esposa y mostrándole el sangriento

despojo—, mira, Hermione, la recompensa que das a los que pretenden

servirte con fidelidad —y al pronunciar estas palabras, arrojó la

lívida cabeza a los pies de Teane, que cayó al suelo desmayada dando un

prolongado grito.

—¡Bárbaro! —exclamó Hermione en el paroxismo del furor más violento—.

¡Execrable verdugo! Aún no lo sabes todo: esa carta no te ha revelado

más que una parte muy pequeña de lo que pasa en mi alma. Yo te

aborrezco, Efestión, te odio, y para que sea doblado tu tormento,

sabe que amo, que adoro al rey Alejandro, aunque nada le digo en este

escrito. Mátame ahora —prosiguió la princesa con terrible vehemencia—;

mátame, Efestión, porque te juro que trabajaré incesantemente para

perderte mientras tenga vida.

Calló la joven; su esposo, mudo y helado, fijó en ella sus ojos secos

y dilatados; pero poco a poco fuese encendiendo su semblante, y el

trastorno de sus facciones patentizó bien pronto la borrasca que hervía

en su alma.

—¡Ja!... ¡ja!... ¡ja!... ¿Conque amas al rey, Hermione? —exclamó

soltando una amarga carcajada—. ¿Y cómo paga él tu amor? ¿Acaso con la

ciega idolatría con que yo te he adorado?

Interrumpiose al decir esto, y sus labios temblaron convulsivos, en

tanto que sus rasgados ojos despedían relámpagos de furor.

—¿No sabes —gritó después con ronca voz, acercándose impetuosamente a

la joven y asiéndola de un brazo—, no sabes que va a casarse con la

princesa de Persia? ¿Ignoras que dilata mi castigo, que es lo que más

anhela en el mundo, para no pensar más que en su bella Estatira? ¿Y se

te oculta, Hermione, que yo le odio hasta el extremo de intentar darle

la muerte por mi propia mano?

—¡La muerte!... —exclamó la princesa con un alarido de dolor—, ¡la

muerte!... Entonces, Efestión, una misma losa nos cubrirá a entrambos.

—Calla —le interrumpió el príncipe—; calla, insensata, dentro de tres

días habrá cortado la vida de Alejandro el filo de mi puñal, y tú serás

la esposa de Efestión III, rey de Persia y Macedonia.

IV

EL PUÑAL DE ESTRATÓN

Dos días han trascurrido desde que tuvo lugar la última entrevista de

los dos esposos; el príncipe de los ismenios se prepara a partir, en

cuanto raye la aurora, para el campo macedonio, a fin de llegar de

incógnito al cerrar la noche; pocas personas van en su compañía, pero

le sigue de cerca un formidable ejército.

Señor de Maracanda, y teniendo a su devoción las dilatadas costas de la

Bactriana, va a dirigirse, con ánimo sereno y a favor de un disfraz,

a dar el golpe mortal en el corazón de su rey y señor, el magnánimo

Alejandro, en la noche misma de sus regias bodas.

Efestión odiaba al monarca porque ambicionaba su corona; pero le

aborrecía mucho más desde que sabía que le había robado el corazón de

Hermione.

Así, pues, muerto Alejandro, se hacía proclamar rey inmediatamente, se

deshacía de un poderoso aunque inocente rival, y recogía de una vez el

fruto de todos los crímenes de su vida.

Tendiose en el lecho, y bien pronto el sueño cerró sus fatigados ojos.

Dejémosle dormir, y vamos en busca de Hermione, cuya triste suerte es

harto digna de compasión.

Sentada la joven, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas; su

semblante, hermoso hasta el grado más sublime, estaba pálido como el

mármol; sus grandes ojos azules, serenos como el cielo de un día de

estío, estaban ahora fijos e inmóviles; y sus largos cabellos negros,

sueltos, la envolvían como un manto de seda y bajaban a ensortijarse en

sus diminutos pies. Una túnica de lana fina y blanca, a la manera de

las de las sacerdotisas druidas, y un manto de púrpura de Tiro, sujeto

en el hombro con un broche de pedrería, componían su traje, que llevaba

desceñido y en el mayor desorden.

La pobre Teane, sentada a sus pies, lloraba amargamente sin que

interrumpiese el sepulcral silencio que reinaba en la estancia otro

rumor que el que producían los sollozos de la anciana.

De repente levantó la princesa la frente y sacudió la cabeza con un

fiero movimiento de arrogancia.

—Basta de llorar, madre mía —dijo dirigiéndose a Teane—: muera el

asesino de mi padre: él me inspira desde el cielo, donde mora en

compañía de los dioses. ¡Oh, padre mío! ¡Oh, hermanos! ¡Voy a vengaros

para dar paz a vuestras sombras irritadas!

Calló la princesa sin atreverse a formular el pensamiento que dominaba

a todos los demás en su alma; el amor tenía no pequeña parte en su

resolución; pero Hermione no quería confesarse a sí misma lo que

juzgaba una innoble flaqueza.

En su alma fuerte existía el germen de todas las virtudes, y la

desgraciada princesa hubiera sido una mujer sin igual si hubiera nacido

en nuestro siglo y bajo el cielo de nuestra hermosa España.

Levantose Hermione, imitándola Teane, que abrió en seguida la puerta.

Eran las once de la noche; la nodriza encendió una linterna sorda y

salió para llamar al capitán de guardias de la princesa, que entró un

momento después seguido de aquella.

—¿Está la carroza prevenida, Estratón? —preguntó la joven.

—Sí, señora —contestó este.

—¿Y mi guardia?

—Os espera.

—Seguidme, pues —dijo Hermione—; pero no me obliguéis a dar el golpe

fatal, añadió con temblorosa voz.

Nada respondieron sus taciturnos compañeros, y siguieron caminando por

las largas galerías que conducían al aposento del príncipe.

Al pasar por la antecámara, encontraron dormida a toda la guardia,

menos a Nearco, su capitán, que se paseaba junto a la puerta que daba

paso a la estancia de Efestión; la débil luz de una tea, colocada en un

pebetero de oro, iluminaba el semblante del joven guerrero al pasar por

delante de ella, volviendo a dejarle en la sombra cuando se alejaba con

mesurado paso.

Solamente el acompasado ruido de su armadura turbaba el silencio que

reinaba en aquel aposento.

Al divisar Nearco a la joven princesa, descubrió su cabeza y se

adelantó a recibirla con el yelmo en la mano; mas Estratón se abalanzó

sobre él, y cubriéndole la cabeza con una capa, le hundió su puñal en

la garganta.[8]

[8] Histórico.

El capitán cayó sin lanzar un gemido, y en su rostro juvenil apareció

la inmovilidad de la muerte.

—¡Adelante, señora! —dijo Estratón—: tened valor.

—¿No pudierais ir solo? —dijo Hermione, más pálida que el cadáver que

yacía tendido a sus pies, y pasando una mano por su frente bañada de

helado sudor.

—Imposible —respondió Estratón—: si vos no me acompañáis, yo también me

retiro.

—Y mañana —murmuró Teane—, mañana morirá sin remedio el rey a manos de

Efestión.

Entonces brillaron los ojos de la princesa con una ráfaga de delirio, y

abrió la puerta que la separaba del aposento de su esposo, que dormía

tranquilamente.

Estratón echó sobre la cabeza del príncipe la capa fatal y envainó tres

veces en su pecho el puñal, rojo aún de la sangre de Nearco.

Un grito, sofocado por los anchos pliegues del manto de púrpura, llegó

a los oídos de la nueva Judith; después nada se oyó... Se agitó el

sudario, y siguió el silencio de la muerte.

Teane sacó un largo y afilado cuchillo, cortó la cabeza de Efestión

y la guardó envuelta en la horrible capa, en tanto que Estratón se

acercaba a Hermione, que retrocedió espantada.

—¡He vengado a vuestra familia, señora! —dijo el capitán de guardias

con amarga sonrisa.

—¡Y has salvado a la vez la vida y la corona de Alejandro! —contestó la

princesa tendiendo sus manos al asesino—. ¡Gracias, Estratón!

* * * * *

Pocos momentos después, subían Hermione, Teane y Estratón a la carroza

de la princesa, escoltados por una numerosa guardia.

Estratón poseía toda la confianza del príncipe de los ismenios, e hizo

creer a todos muy fácilmente que, por orden de este, sacaba del campo a

Hermione.

V

JUSTICIA DE ALEJANDRO EL GRANDE

Al finar aquel día, es decir, a la misma hora en que debía penetrar

Efestión, según sus designios, en el campo de los macedonios, llegó a

él la princesa: los arqueros del rey divisaron la crecida escolta que

acompañaba la carroza, e inmediatamente dieron la voz de _alerta_.

Todas las tropas se formaron delante de las tiendas.

Apeose la princesa, habiéndole tenido el estribo el príncipe de Epiro,

joven el más apuesto y arrogante de todos los que componían la corte de

Alejandro el Grande.

El campamento presentaba un espectáculo de que no podemos tener idea en

nuestros días: la anchurosa llanura, en la cual se habían construido

las tiendas, se veía iluminada por el resplandor de mil hogueras que

habían encendido los soldados en señal de regocijo; brillaba la luna en

el firmamento, derramando sus plateados rayos que iban a quebrarse en

las lucientes armaduras de los guerreros.

Aquellas dos luces hacían un magnífico y sorprendente contraste, y

sus fulgores luchaban en brillantez, venciendo, no obstante, a los

rojizos resplandores de las hogueras los puros y argentinos rayos de la

antorcha celeste.

Veíase en primer término una larga fila de tiendas, tan profusamente

alumbradas en su interior que parecía que un radiante sol les prestaba

sus fulgores; sus cortinas eran de tisú de plata recamadas de pedrería;

en todas ellas tremolaban los estandartes de Persia y Macedonia,

columpiados por el suave viento de la noche, y en su parte más elevada

se ostentaban, formados con flores, los nombres de Alejandro y Estatira.

La primera de aquellas tiendas estaba ocupada por la familia real;

las demás por los príncipes confederados de toda el Asia, que habían

acudido a la gran solemnidad que se celebraba con motivo de las regias

bodas.

Los pajes, escuderos y soldados tenían un poco más retiradas sus

tiendas, pero su número era tan grande, que hubiera sido una locura el

intentar contarlas.

Amor y llanto · 第 13 / 20 段