En el instante mismo en que Villena se lanzaba al pajecillo,

retrocedió: Don Juan Pacheco era muy valiente, y la espada cayó de sus

manos al contemplar de cerca el puro y bellísimo semblante del niño.

—Sí —prosiguió Fernando yendo a postrarse a los pies de la reina, que

se había dejado caer en un sitial—: yo fui el que escaló ese balcón, al

ver que las puertas me vedaban la entrada; porque —añadió, cubriendo de

besos las manos de doña Juana—, no podía acostarme sin ver a mi señora.

Los cortesanos se miraron atónitos. ¿Sería aquel niño el nuevo amante

de la reina? Su lenguaje lo hacía suponer así.

La refriega se había empeñado en aquella estancia: combatían junto a la

Cueva algunos caballeros, en tanto que el rey contemplaba con mirada

sombría al lindo paje, que ocultaba su frente en los pliegues del

vestido de la reina para no ver aquella desastrosa escena.

De repente, lanzó un agudo grito: acababa de caer la Cueva herido, y

aquel golpe produjo, aunque sin verlo, un doloroso choque en todo su

ser. Volviose, arrodillado como estaba, y cruzó sus manos sobre el

pecho con una desgarradora expresión de dolor; después, como atraído

por una fuerza superior a su debilidad, se levantó trabajosamente y

quiso correr hacia don Beltrán, mas el rey le detuvo.

—Niño —dijo—, ya que tanto amáis a la reina, es preciso defenderla,

porque os la quieren robar —añadió con fiera y maligna sonrisa—. Vamos,

desenvainad esa preciosa daga, regalo suyo sin duda... ¡Vamos!

Tembló el paje: su brazo se rompía entre los dedos del rey.

—Sí, sí, que combata —gritaron muchas voces. Mas la de la Cueva dominó

todas las demás.

—¡Señor —gritó—, piedad, ese paje es una mujer!

—¡Una mujer! —repitieron en coro el rey y todos los cortesanos.

—¡Sí —dijo la pobre niña, cuyo semblante estaba blanco como el mármol—;

sí, don Enrique, el amante de la reina, ya lo veis, es una mujer!

Y en sus labios se dibujó una angélica sonrisa, en tanto que sus ojos

se cerraban cayendo desvanecida en los brazos del rey.

—¡Castilla por don Enrique! —gritaron en la plaza mil voces en una.

—¡Castilla por don Enrique! —repitieron en la escalera del alcázar.

—¡Castilla por don Enrique! —resonó por tercera vez en la puerta de

la cámara real, y don Fadrique de Luna, seguido de su hijo y de gran

número de soldados, entró por la puerta principal de la cámara, en

tanto que Villena y los suyos huían vergonzosamente por la puertecilla

secreta que les había dado paso.

VIII

LOS LUNAS

La primera mirada de don Fadrique se dirigió en busca de la reina; al

descubrirla desmayada en el ancho sillón, se arrodilló delante de ella

y besó una de sus manos.

Gonzalo, entre tanto, había visto a su hermana sin sentido en los

brazos del rey.

—¡Luz! —exclamó extendiendo los suyos para recibirla.

Al eco de esta voz amiga, abrió la joven los ojos y los fijó en el

semblante del caballero.

—¡Hermano mío! —murmuró con débil voz—. ¿Y nuestro padre? —preguntó en

seguida.

Pero don Fadrique llegaba ya, y la estrechó amorosamente contra su seno.

—Al fin te veo, hija mía —exclamó el anciano con los ojos llenos de

lágrimas—, ¡si supieras cuánto sufría lejos de ti!

—¡La hija de Luna! —murmuró el rey—: es más noble, más niña y mucho más

hermosa que doña Guiomar.

Y sus ojos se fijaron con amor en la pobre doncella a quien había

estado a punto de matar pocos momentos antes.

Comenzaba a volver en sí la reina y Luz iba a acercarse a ella, mas su

padre la contuvo suavemente.

—Señor —dijo en voz baja y aproximándose al rey—, prometedme que no

diréis a nadie jamás que el paje Fernando era mi hija Luz; y vosotros,

caballeros —prosiguió volviéndose a los nobles—, concededme, os ruego,

el mismo favor.

—¿Pero de qué servirá esto, cuando la han de ver aquí todos los días?

—dijo el rey—; y además, ¿por qué ocultar todo lo que vale este ángel

de paz?

—Nadie la verá, señor —contestó el de Luna—, porque antes de amanecer

tomaremos el camino de Aragón, sin que mi Luz deje su vestido de paje.

—¡Cómo, don Fadrique! ¿Conque me dejáis de nuevo? —exclamó el rey con

doloroso acento—: ¿me dejáis, sin que pueda pagaros todo lo que os debo?

—Si algo vale el servicio que he tenido la dicha de hacer a V. A.,

señor —contestó don Fadrique—, no pido más recompensa que el permiso

para marchar.

—Idos, pues —dijo tristemente el rey—: ahora, al menos, añadió bajando

la voz, dejad a Luz al lado de la reina.

—¡Imposible, señor! —respondió con acento firme el anciano—: he

consentido en separarme de mi hija mientras sus servicios han hecho

falta a mi bienhechora —continuó besando una mano de la reina, quien,

recobrada ya y comprendiendo lo que pasaba, le dio gracias con una

dulce sonrisa—. Ahora —concluyó don Fadrique—, no puedo consentir en

alejarme de aquí sin mi Fernando.

—¡Cómo! —exclamó doña Juana—, ¿os lo lleváis?

—Sí, señora; pero os dejo un buen amigo en el conde de Ledesma —dijo

don Fadrique estrechando entre las suyas las manos de don Beltrán—: a

no ser por él, hubierais caído en poder de Villena antes de llegar yo.

—Venid aquí, la Cueva —dijo el rey—: desde hoy sois duque de

Alburquerque, y os damos además los señoríos de Atienza y Roa. Quedad

con Dios, don Fadrique —prosiguió dirigiéndose al anciano—; adiós,

Gonzalo; ya que os obstináis en partir, no me opongo a vuestro deseo;

pero jamás olvidaré que os debo mi corona y mi vida.

Inclináronse los Lunas, pero no besaron la mano del rey; para aquellos

nobles caballeros era un imposible amar ni respetar a aquel hombre:

únicamente acataban la corona que ceñía sus sienes.

—Adiós, Fernando —prosiguió el rey tomando en las suyas las blancas

y delicadas manos de doña Luz—: si alguna vez sufrís o deseáis algo,

acordaos del rey de Castilla.

Después besó la mano de la reina y salió de la estancia apoyado en el

brazo de don Beltrán y seguido de todos los cortesanos.

IX

EL SACRIFICIO

Al rayar el día siguiente, salió Beltrán de la Cueva de su casa y se

dirigió al alcázar, mas los Lunas habían partido ya y no encontró de

ellos otro resto que esta carta escrita de mano de doña Luz.

«Adiós, conde: os he amado y os amo como a nadie en el mundo; pero

amo más que todo la ventura de la que salvó la vida de mi padre.

»Voy a encerrarme en el convento de Santa María, y en él rogaré al

cielo que os haga feliz. — _Luz._»

Palideció el duque al leer esta carta y ocultó el rostro entre las

manos, permaneciendo largo rato en esta postura.

Aquel golpe cruel aniquiló para siempre sus facultades de amar: la

ambición ocupó exclusivamente su alma, y volvió a fingir con la reina

un cariño que ya no podía sentir.

Sus miras se cumplieron: don Enrique, enteramente subyugado por él,

lo elevó a la cumbre del poder, lo que no impidió que el inconstante

monarca le aborreciese y desterrase un año más tarde.

En cuanto a doña Juana, gracias al sublime sacrificio de su paje,

recobró la tranquilidad de su espíritu con la certeza de ser

amada: aquella pasión, culpable en verdad, pero excusable por las

circunstancias que la acompañaban, era toda la parte de ventura que

Dios había querido concederle en este mundo de dolor.

Luz de Luna profesó al año de entrar en el convento: en el fondo de su

alma y junto al amor de Dios, vivió siempre el recuerdo de don Beltrán;

quizás aquella pasión dolorosa alcanzó del Señor el perdón de los

extravíos del conde de Ledesma; tal vez el largo martirio de la pobre

joven borró del libro de la justicia divina las culpas del favorito de

la reina. ¡Felices aquellas que, como Luz, lo alcancen! ¡Felices, sí,

por mucho que hayan sufrido!

Varias veces, al contemplar la blanca antorcha del firmamento cuyo

nombre llevaba la hija de don Fadrique, se deslizaba una lágrima de

las negras pupilas del conde, y sus labios murmuraban estas palabras:

«¡Ruega al cielo por mí!...»

Y al mismo tiempo una joven religiosa del convento de Santa María

fijaba sus azulados ojos en el astro de la noche y decía en voz tan

baja que se perdía en las auras perfumadas de su jardín: «¡Oh, Dios

de bondad, hacedle feliz!... pero ¡no arranquéis mi recuerdo de su

corazón!...»

Antes de cumplir veinte años, murió Luz de Luna: las buenas religiosas

la acostaron para que durmiese el sueño eterno en una urna de mármol

rodeada de flores, y decían que todas las noches una paloma blanca iba

a posar su vuelo sobre el sepulcro.

Era el alma de Luz que iba a pedir al astro, que le dio su nombre, un

recuerdo del poderoso duque de Alburquerque, proscrito ya y desterrado.

¡Alma bendita e inocente!

LA PRINCESA DE LOS CASPIOS

I

HERMIONE

La historia de los pueblos de Oriente, de ese pedazo de mundo que no

ha mucho ha sido teatro de una guerra que ha fijado la consideración

del resto del universo, se pierde en la noche de los tiempos. Hay, sin

embargo, en ella episodios que conmueven profundamente el ánimo, y de

esta especie es el que sirve de base a esta leyenda.

En aquella nación idólatra, donde falta el freno más fuerte y poderoso

de las pasiones humanas, que es la religión, se han desarrollado estas

siempre con terrible vehemencia: las mujeres, que entre nosotros parece

han nacido únicamente para el sufrimiento, la dulzura y la resignación,

dan allí rienda suelta a sus impetuosos sentimientos, y son, no pocas

veces, víctimas de ellos.

El amor y la venganza, sobre todo, han producido terribles desastres:

no conociéndose el honor, la probidad, ni ninguna de las virtudes

sociales, el asesinato venga las más leves diferencias como las ofensas

más graves.

Hubo un tiempo en que el Asia, aunque dividida en reinos, estaba

dominada por príncipes o gobernada por sátrapas, cuya vida licenciosa y

llena de desórdenes hundió al fin su poder.

Principalmente en Persia, en aquel reino, el más hermoso y dilatado de

todo el Oriente, existían multitud de soberanos a quienes el bondadoso

y anciano rey Darío no tenía fortaleza bastante para castigar; esta

culpable debilidad fue la causa de su ruina, porque en breve perdió

su prestigio, y el día de la memorable batalla que se dio a orillas

del Éufrates, se vio vendido por los poderosos, cuyos excesos había

tolerado, y abandonado de los débiles, a los cuales estos mismos

excesos habían hecho sufrir todo género de vejaciones.

Uno solo, sin embargo, permaneció fiel al anciano rey hasta que rindió

el último aliento.

Crádates, soberano de los Caspios, era vasallo de Darío, y el más

amado entre todos los príncipes de su corte; sirviole con inviolable

fidelidad durante su vida, mas cuando la perdió en el combate que puso

a la Persia en manos de Alejandro el Grande, el anciano Crádates se

sometió, como el reino todo, al vencedor, y fue con el resto de sus

tropas y su familia entera a postrarse a los pies de Alejandro.

Recibiole este con bondad suma, y de este modo derramó un saludable

bálsamo en la herida que había abierto en el corazón del príncipe la

muerte de su señor: el noble anciano cedió, como todos, al influjo

de aquel hombre extraordinario y se dispuso a servirle con la misma

lealtad que a su amado rey.

Tenía Crádates dos hijos valientes y gallardos, cuyos nombres eran

Tolomeo y Casandro, y una hija más joven que estos, llamada Hermione.

La belleza de las mujeres persas ha sido proverbial en toda el Asia,

pero la de Hermione era superior a todo encarecimiento.

Nacida de madre escita y de padre persa, el cruzamiento de las

dos razas produjo el tipo más perfecto y seductor; tenía la tez

de alabastro, el cuello de cisne y los azulados ojos de su madre,

Berenice, y las luengas pestañas negras, las pobladas cejas, la

espléndida cabellera de azabache, la boca de púrpura y el leve talle de

las hijas de Persia.

Nada había comparable a la hermosura de su frente de mármol; nada tan

bello como sus manos de marfil y como sus torneados brazos; nada, en

fin, tan esbelto y majestuoso como su elevada estatura, que sobresalía

como una palmera entre las mujeres que la rodeaban, pequeñas como lo

son comúnmente todas las de aquella nación.

Quince años contaba la princesa cuando Crádates fue con ella y sus

hermanos a postrarse a los pies de Alejandro.

La imaginación entusiasta de la joven, vivamente impresionada por

la relación de las hazañas de este gran monarca, se enardeció mucho

más cuando pudo verle y contemplar su juventud y belleza unidas a su

nobleza y heroísmo, y aquel instante decidió de su vida.

Concibió por el rey una vehementísima pasión, y la arrogante Hermione,

objeto de la adoración de casi todos los príncipes del Asia, se

convirtió en esclava del rey de Macedonia.

El joven monarca no reparó en el efecto que había producido: vio a sus

pies a una hermosa y esbelta joven, vestida de un largo traje blanco,

y cuyos marmóreos hombros, más blancos que el cendal de su vestido,

estaban medio cubiertos con un manto de púrpura recamado de oro; miró

por un instante aquella angélica cabeza poblada de rizos negros, y

aquellos piececitos que aparecían torneados a través de las cintas

de sus sandalias de grana, y después volvió los ojos a otro lado con

frialdad.

En cuanto a Hermione, solo la palidez de su semblante y el temblor de

sus labios pudieron dar a conocer lo que pasaba en su alma.

El príncipe Crádates siguió por algún tiempo la marcha del ejército

real; pero queriendo Alejandro ligar al anciano con beneficios y

manifestarle a la vez la confianza que de él hacía, le envió a

Maracanda, nombrándole gobernador de esta ciudad y de su dilatada

provincia, y trasmitiéndole un poder igual al que tenían los sátrapas

en tiempo de Darío, el desgraciado rey de Persia.

El príncipe recibió esta gracia con un vivo reconocimiento y con un

deseo ardiente de dar un testimonio de él al generoso vencedor. Mas la

desdichada Hermione, cuya pasión había hecho rápidos progresos, vio en

esta nueva su sentencia de muerte.

¡Perdía a Alejandro! ¡Se alejaba de él sin poderle decir que

le amaba!... y para colmo de su desgracia, tenía que encerrar

cuidadosamente este amor en el fondo de su alma y ocultar a su padre un

sentimiento que hubiera reprendido quizá con demasiada severidad.

Jóvenes que amáis sin esperanza; vosotras, que os veis precisadas a

mostrar la sonrisa en los labios cuando tenéis desgarrado el corazón;

vosotras, en fin, que sabéis lo que es pasar mil veces por delante del

hombre a quien amáis sin que sospeche siquiera lo que sufrís: imaginaos

por un momento que os arrebatan el triste consuelo de verle; pensad

cuán intenso y amargo sería vuestro dolor, y tendréis una idea del

tormento de la desventurada Hermione.

Con la muerte en el alma partió con su padre y sus hermanos para

Maracanda, que se sometió al rey sin resistencia, siguiendo el ejemplo

de los demás pueblos del Asia Menor, y aquella pobre niña cayó en una

profunda melancolía.

Todos los delirios de la pasión más fuerte se apoderaron de su

espíritu; llamaba a Alejandro, acariciaba un retrato suyo que había

podido procurarse, y que jamás separaba de su seno; veíasela, en

medio del sueño, pálida y agitada, derramando abundantes lágrimas, y

solamente despertaba de tan dolorosa pesadilla para sentir un martirio

mil y mil veces más cruel.

Hermione no tenía madre; la hermosa Berenice, hija del rey de Isedón y

esposa de Crádates, murió al darla a luz, y el cielo arrebató con ella

a la infeliz princesa el apoyo mejor y más seguro.

Cierto es que su padre la amaba con ciego cariño, y que la adoraban sus

hermanos, sobre todo Casandro, que era de natural muy dulce; pero nunca

pudo Hermione resolverse a declararles su fatal secreto, encerrándolo,

por el contrario, con cuidadoso afán en lo más íntimo de su alma.

Cerca de un año hacía que vivían en Maracanda, cuando Alejandro llamó

a los jóvenes príncipes, hermanos de Hermione, confiándoles cargos

muy importantes en el ejército y sin desperdiciar una ocasión en que

pudiera manifestar al anciano Crádates su amor y estimación.

Entonces fue cuando llegó Efestión a aquel reino: Efestión el malvado,

Efestión el regicida, puesto que, cómplice del traidor Besso, hicieron

ambos expirar, a los golpes de sus puñales, al magnánimo rey de Persia;

Efestión, cuya sangrienta memoria ha quedado para siempre grabada en

todos los pueblos que bañan el Éufrates y el Termodonte.

Después del detestable regicidio, que quedó oculto por entonces a favor

de las tinieblas de la noche en la agitación de aquella memorable

batalla, que decidió la suerte de dos grandes naciones e hizo a la

una esclava de la otra, siguieron Efestión y Besso toda la Bactriana,

asolando a los pueblos y apoderándose de las riquezas de aquel

desdichado territorio; mas cuando Alejandro llevó hasta allí sus armas

vencedoras, Efestión vendió a su amigo, y queriendo contraer méritos

con el soberano, prendió a Besso por su propia mano y le condujo sujeto

a la tienda del rey.

El gran Alejandro ignoraba todavía quiénes eran los asesinos del

anciano Darío, al cual amaba tanto, no obstante ser su enemigo y

haberle conquistado casi todo su reino.

Besso le fue presentado con la lengua cortada, y Efestión urdió una

fábula que nadie podía desmentir.

Imposibilitado Besso de hablar, solo un esclavo podía descubrir al

infame regicida; pero el infeliz siervo fue muerto y arrojado al

Éufrates así que se cometió el crimen.

Por lo tanto, todo el rigor de Alejandro cayó sobre el desgraciado

Besso, que fue colgado de un árbol, asaeteado y descuartizado antes de

expirar por cuatro caballos,[5] y Efestión fue recompensado con mano

pródiga por el rey, que le agradeció que le hubiera proporcionado la

ocasión de ejercer aquel acto de justicia; pero el malvado regicida,

abusando de los favores del monarca, sembró nuevas sediciones en el

campo; y obligando a los daheses a que se sublevasen con siete mil

caballos bactrios, partió con ellos en dirección a Maracanda, a fin de

obligar al príncipe Crádates, con quien le unía una estrecha amistad, a

levantarse contra su rey y señor.

[5] Histórico.

Al pronto ocultó sus designios, haciendo creer a Crádates que venía por

orden de Alejandro; y el príncipe, engañado con esta treta, le recibió

en su mismo palacio y le trató como enviado del rey, dando órdenes

para que se alojase parte del ejército en la ciudad, y el resto en los

lugares más cercanos, pero con la mayor comodidad posible.

Efestión había tomado muchas precauciones para que el anciano no

descubriese la verdad. Cubrió los caminos de guardias para detener a

todo el que pudiese venir de parte del rey o de cualquiera otro lado, y

de este modo pudo ocultar al príncipe su infamia.

Aquel hombre, de corazón de hierro hasta entonces, tenía a la sazón en

sí mismo el más peligroso enemigo: amaba a Hermione, y la amaba con

toda la energía de la primera pasión; la bella y melancólica niña le

hacía olvidar todos sus proyectos con una sola mirada, y delante de

ella desaparecía a sus ojos el resto del mundo.

Un presentimiento oculto le aconsejó no declararle su amor: adivinaba

que Hermione no correspondería jamás a su indomable pasión, y prefirió

entenderse con el príncipe y pedirle la mano de su hija.

El engañado Crádates prestó oídos a la proposición que Efestión le

hiciera; y creyendo a este en un alto favor con el rey, supuso que no

podía esperar un partido más ventajoso para su hija, y prometió su mano

a Efestión, sin consultarla en atención a su corta edad.

Mas al participar su resolución a Hermione, encontró en ella una

resistencia que no esperaba: nacida la joven con un carácter generoso

pero altivo, se rebeló contra esta violencia y habló a su padre con

energía.

En aquellos pueblos poco civilizados e idólatras, la educación

y la religión no podían ser frenos para contener el ímpetu de

los sentimientos, y la pobre niña, agotado su valor, se entregó

completamente al exceso de su pena.

—Padre —exclamó postrada a los pies del anciano—, ¡quieran los

dioses, ya que no tenéis piedad de vuestra hija, que halléis en su

obediencia el castigo de vuestra crueldad!... Mas no creáis —prosiguió

levantándose con fiereza—, no creáis, señor, que cedo todavía: voy

a escribir a mis hermanos, y después me arrojaré a las plantas de

Efestión, le haré saber que no le amo, que no quiero, que no puedo

ser suya, y si no se compadece de mí, si mis hermanos no vienen en mi

socorro, imploraré el favor del rey.

Al pronunciar estas últimas palabras, temblaron los labios de la

princesa, y su semblante se cubrió de una mortal palidez: aquel

pensamiento atravesó su corazón como un dardo de fuego, y trajo ante

sus ojos, con más viveza que nunca, la imagen de Alejandro.

Crádates no advirtió lo que pasaba en el corazón de su hija, y creyó

efecto de su impaciencia o de su dolor el trastorno que notara en su

rostro.

—Escucha, hija mía —le dijo con ternura—, si yo no supiera que ibas

a ser feliz, no me verías hoy tan obstinado; te ruego, pues, que me

obedezcas, y no me obligues —continuó cambiando de voz—, a que haga

uso de la autoridad que los dioses me han concedido sobre ti; no

pidas auxilio a nadie contra tu padre, Hermione; tus hermanos, lejos

de aprobar tu rebeldía, te obligarán a obedecerme, y Efestión te ama

demasiado para que consienta en perderte; en cuanto al rey —prosiguió

el príncipe sin poder calcular el daño que causaba a su hija—, en

cuanto al rey, está harto entretenido para pensar en ti; todos los

príncipes del Asia estamos convocados en Babilonia para dentro de

quince días, con el fin de asistir a sus bodas. En este pliego, escrito

de mano del monarca, me lo participa, añadiendo que se casa con la

princesa de Persia, prisionera suya con toda su familia desde la muerte

del rey su padre.

Un rayo no hubiera aturdido menos a la joven que esta noticia; Hermione

lanzó un agudo grito, extendió los brazos y cayó desplomada a los

pies de Crádates. El anciano la tomó en sus brazos y la condujo a su

aposento, encargándola a los cuidados de su nodriza Teane.

Cuando la joven volvió a abrir los ojos, vio a su padre, sentado junto

al lecho, que estrechaba una de sus manos cubriéndola de besos y de

lágrimas; algo apartado Efestión, en pie y silencioso, la contemplaba

con una mirada de dolor.

Pocos hombres había entonces comparables a él: de elevada estatura y

modelada como el Apolo antiguo, se olvidaba su gallardía para admirar

la belleza de su semblante; era notable el contraste que ofrecía su

dorada cabellera, naturalmente rizada, con sus rasgados ojos de un

negro afelpado; el resto de sus facciones completaba ese magnífico tipo

oriental que tan perfecto se conserva todavía en Atenas o en la isla

de Delos. Su edad no llegaba a veintiséis años, y jamás un alma más

horrible se ha albergado en un cuerpo más hermoso; en aquel bárbaro

corazón no imperaba más que un solo sentimiento: su pasión a Hermione.

Al verla extendida en el lecho, y al parecer sin vida, la más cruel

desesperación se apoderó de él, y al verla abrir los ojos, una inmensa

alegría sacudió a aquella fiera naturaleza.

Apenas Hermione volvió en sí, se sentó en el lecho; apartó de su

frente los numerosos bucles, negros como el ébano, que la cubrían, y

permaneció silenciosa algunos instantes.

—Padre —dijo al fin con voz firme—, os obedeceré, y vos, señor

—prosiguió tendiendo sus manos a Efestión, que las estrechó entre las

suyas—, recibid el juramento que os hago de ser vuestra... Yo no os amo

ahora —añadió la joven—, pero de nuevo os juro, por los dioses, que os

amaré muy pronto, Efestión, o que moriré de lo contrario.

La desdichada no sabía aún quién era el hombre a quien acababa de

ligarse para siempre. Apoyose en el brazo de su padre, y ambos bajaron

al jardín seguidos de Efestión, que habiendo conseguido lo que más

deseaba en el mundo, fijó otra vez su pensamiento todo en la ejecución

de sus tenebrosos planes.

II

DOLORES SIN CONSUELO

Algunos días después de los sucesos que acabamos de referir, la hija de

Crádates se unió para siempre a Efestión, príncipe de los ismenios, a

cuya dignidad le había elevado el magnánimo Alejandro en recompensa de

haber puesto en sus manos al matador de Darío.

Crádates se preparó para ir a Babilonia con el objeto de asistir a las

bodas reales, sin que los jóvenes esposos consintieran en acompañarle,

aunque por motivos muy diversos.

Hermione hizo al deber el sacrificio de su amor, y la imagen de

Alejandro empezaba a borrarse de su memoria, como su retrato había

desaparecido de su pecho; su amarga melancolía había degenerado en una

calma triste, pero que le proporcionaba algún reposo; insensiblemente

se iba acostumbrando a Efestión, y sin duda alguna le hubiese amado con

el tiempo si su enemiga suerte no lo hubiera dispuesto de otro modo.

Amor y llanto · 第 12 / 20 段