Este permaneció de pie delante de ella, contemplándola con una mirada

ardiente y melancólica.

—¡Gracias, doña Luz! —dijo el conde con profunda emoción y rompiendo

al fin el silencio—. Gracias por vuestra bondad en acceder a mi ruego.

Esta condescendencia, por otra parte, en nada os compromete —prosiguió

con amargura—: ¡nadie extrañará que pasen en conversación, aunque sea

toda una noche, el paje y el amante de la reina!

—Creo, no obstante, conde, que para vos seré doña Luz de Luna, y no el

paje Fernando —repuso la doncella con acento grave y dulce a la vez.

—¡Oh, sí, sí! —exclamó don Beltrán—; mas nada temáis, Luz: ¡vos sois

para mí lo más sagrado que existe en la tierra; lo más santo que

conozco; sois lo que más amo en este mundo, mi más caro y apreciado

tesoro; el ángel que ilumina el áspero camino de mi vida! ¡Oh, Luz!

—prosiguió el conde, con tan honda emoción que las lágrimas brotaron de

sus ojos—. ¡Luz mía! ¿Cuándo daréis una esperanza a mi ardiente amor?

¿No sabéis que este cariño es puro y santo? ¿No os he rogado mil veces

que me permitáis pedir vuestra mano a don Fadrique?

—¿Y la reina, conde? —dijo Luz con doloroso acento—: ¿qué sería de la

reina el día en que os perdiese para siempre? ¿Qué porvenir le espera,

muertas las esperanzas de su amor?

—¡La reina! —repitió el conde—, ¡la reina! ¿Tengo yo la culpa acaso de

haberme engañado creyendo amarla? ¿Tengo yo la culpa de que ella se

haya apasionado de mí? ¡Por piedad, Luz, por piedad! ¡No mezcléis en

nuestro puro amor el recuerdo de esa pasión criminal!...

Detúvose el conde para mirar a la joven, que lloraba cubriéndose el

rostro con las manos.

—¡Llanto! —exclamó apasionadamente arrodillándose a sus pies—, ¡llanto,

amada mía! ¡Y lo viertes por mí! ¡Dime —prosiguió, buscando con sus

ojos la mirada de la doncella—: dime que te enternecen mis tormentos!,

¡dime que comprendes al fin la inmensidad de mi amor!... porque lo

comprendes ya, ¿no es verdad? ¿No es cierto que me has visto revivir

bajo la luz de tus divinos ojos, bajo la paz de tu sonrisa?, ¿que has

visto cómo recobraba la alegría de mi corazón y el sosiego de mi alma,

bajo la influencia de tu virtud? ¡Oh!... ¡Si supieras lo que pasó por

mí el día en que te me presentaste con la carta de tu padre!... ¡Creí

que el corazón iba a saltárseme del pecho!

Aquel hombre de hierro, cuyo valor se había hecho proverbial en toda

Castilla, cayó vencido y quebrantado por la emoción que experimentaba:

pálido, con la respiración anhelante, apoyó su frente en el brazo del

sillón de Luz.

—Yo también os amo, conde —dijo esta tomándole las manos y obligándole

a que se levantase—: sí, os amo, como ya no volveré a amar a pesar de

no tener más que dieciséis años. Dejadme concluir —añadió conteniendo

con imperioso ademán el trasporte del conde—: esta primera confesión

será también la postrera.

—¡La postrera!

—Sí, desde ahora os lo juro por el nombre que llevo: yo ahogaré

esta pasión, y si no puedo conseguirlo, moriré. Escuchadme, Beltrán

—prosiguió enternecida al ver la angustia que se retrataba en

las facciones del conde—: mi padre debe su vida a la reina, y su

bienhechora está rodeada de enemigos, abandonada de su esposo. Solo un

bien le resta: ¡vuestro amor!; y este bien, que compensaba para ella

todos los demás, ¡lo ha de perder también! ¡Y queréis, conde, hacerme

su enemiga! ¡Queréis que, en pago de la vida y de la libertad de mi

padre, clave en su corazón ese acerado puñal! ¡Queréis, en fin, que

desobedezca a mi padre, que me mandó oponer mi pecho como un escudo a

los golpes que asestasen al suyo! ¡Oh, no, no! ¡Jamás!

—¿Y creéis, Luz, que porque vos dejéis de amarme, renacerá mi cariño

hacia la reina? ¿Pensáis que humillaré de nuevo la frente a ese

vergonzoso yugo? ¿Imaginais que para conservar mi fortuna y elevación,

le fingiré de nuevo el sagrado sentimiento que solo vos en el mundo

habéis podido inspirarme? ¡Por Dios, que os equivocáis! ¡Voy a

renunciar esta noche todos mis cargos y títulos, y mañana seré otra vez

un pobre soldado! ¡Ya nada quiero de ella!

—Y yo, conde, os aborreceré como a mi más mortal enemigo, porque

habréis causado la muerte a la bienhechora de los míos —dijo la joven

con airado acento—; sí, os lo juro por el Dios que nos oye: si asestáis

ese golpe al corazón de la reina, mi amor se trocará en aversión,

porque la amo más que a vos.

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió a la puerta; mas el

conde la detuvo, poniéndose delante.

—¡Luz! —exclamó—, por piedad, no me dejéis así: decidme al menos que el

recuerdo de mi cariño os será grato; yo haré lo que queráis... no me

separaré del lado de la reina... la defenderé con mi vida... ¿estáis

contenta? —prosiguió clavando sus ojos con amarga tristeza en los ojos

de Luz.

—Sí, conde —contestó la doncella tendiendo al caballero su blanca

manecita—: ¡oh, sí, muy contenta! ¡Me habéis hecho tan feliz!... Vos

pagaréis de este modo a doña Juana la deuda de los Lunas, y yo... yo os

amaré... como a mi mejor amigo.

Temblaron los labios de la joven al pronunciar estas palabras, y una

espantosa palidez cubrió su semblante.

—Ahora —añadió haciéndose superior a su emoción—, ahora es ya de día,

conde; marchad a ver a la reina. Sé, por Inés, que está indispuesta, y

por eso fui a suplicaros que detuvierais vuestra partida.

—Os obedezco, Luz —dijo tristemente el conde—. ¡Quiera Dios que mi

vida, convertida desde hoy en un largo y doloroso sacrificio, pague

esa deuda terrible que me roba vuestro amor!

—Os engañáis, Beltrán; la satisfacción de esa deuda me liga a vos con

una tierna e inalterable amistad, y este puro sentimiento reemplazará

al amor, porque vuestro amor y el mío pertenecen a la reina de Castilla.

Al concluir estas palabras, abrió la puerta de su aposento y entró en

él, cerrando después de saludar al conde, quien tomó lentamente el

camino de las habitaciones de la reina.

En cuanto a Luz, se dejó caer de rodillas al pie de su lecho, y exclamó

con voz entrecortada por los sollozos:

—¡Gracias, Dios mío, gracias por las fuerzas que me habéis concedido en

tan ardua y dolorosa lucha! ¡Oh, Dios piadoso! ¡Oh, Virgen mía! ¡No me

desamparéis!

V

LA ENTRADA DE VILLENA

Cuatro días habían pasado desde estos sucesos y todavía no se había

dado orden ninguna para la partida del rey.

Doña Guiomar seguía indispuesta, obedeciendo tal vez los consejos de

don Juan Pacheco, marqués de Villena, su amante oculto, aunque nadie en

Castilla le conocía otro que Enrique IV.

La hermosa dama de honor de doña Juana tenía enteramente subyugado

el corazón del rey; pero ella no sentía hacia el monarca más que el

desprecio que necesariamente debía inspirar a una mujer de su temple,

porque doña Guiomar tenía talento y corazón.

A pesar de no contar más que treinta años, amaba con pasión al marqués

de Villena, que pasaba de los cincuenta. La energía de aquel hombre,

sus brillantes prendas y su elevado talento le inspiraban cariño y

admiración; aun su misma ambición era otro nuevo mérito a sus ojos,

porque era ambiciosa también.

La noche en que, a ruegos del paje, detuvo don Beltrán la marcha del

rey, recibió ella una carta de Toledo, concebida en estos términos:

«Es absolutamente preciso que detengáis al rey cuatro días más en

Segovia; al finar el último, os veré en vuestra misma casa, porque

entraremos victoriosos, llevando a nuestro frente al infante don

Alfonso. — _Villena._»

No bien leyó la dama de honor este billete, que le fue entregado al

desnudar a la reina, lo ocultó cuidadosamente entre los pliegues de

su brial; después extendió los brazos, y cerrando los ojos, se dejó

caer en un sillón, dando un ahogado grito que hizo acudir a la reina y

todas las damas; el desmayo duró media hora, al cabo de la cual pareció

reanimarse, y pidió permiso, con voz débil, para retirarse. Doña Juana

dispuso que se trasladase la enferma a su casa en una de sus carrozas,

y mandó a doña Blanca de Solís, la más joven de sus damas de honor, que

la acompañase y velase a su lado toda la noche.

Poco agradó, en verdad, esta orden a doña Blanca: odiaba, como todas

sus compañeras, a aquella orgullosa mujer, que las trataba muy mal;

pero se inclinó profundamente ante la reina, y abrigó ella misma, con

su capuchón de pieles, los hermosos hombros de doña Guiomar.

Despidiolas doña Juana, dispensando a la enferma de todo servicio en su

aposento mientras durase la indisposición, y asegurándole que sus damas

alternarían en su cuidada y asistencia; pero durante el camino, doña

Guiomar se animó y pareció casi buena al llegar a su casa.

—Doña Blanca —dijo a la joven con una dulzura extraña en ella—, no

quiero que os molestéis: yo estoy mucho mejor, y creo que mañana podré

asistir al alcázar a la hora de levantarse su alteza: voy a mandar

que os conduzcan a vuestra casa, quedando yo sumamente reconocida a

vuestros afectuosos cuidados.

—Pero, señora, tal vez os engañáis —repuso la sencilla joven, sin

comprender las miras de la altiva dama—: podéis poneros peor... no, no,

yo velaré con sumo gusto a vuestro lado.

—Os digo que me siento ya muy bien —repitió doña Guiomar, cuyas morenas

mejillas se encendieron con tan leve contradicción.

—La reina me reconvendrá... —murmuró débilmente la pobre niña, aterrada

como una paloma delante del milano.

—Yo os disculparé con S. A. mañana, cuando asista a su cámara: le diré

que os he rogado que os retiraseis. Ea, buenas noches, doña Blanca

—continuó bajando ligeramente de la alta carroza, y entrando en su casa.

No bien se halló en su aposento, escribió al conde de Ledesma

diciéndole que estaba bastante indispuesta, y rogándole que se lo

hiciera saber al rey. Mas don Beltrán, suponiendo la verdad, porque no

ignoraba la intimidad de Villena con la dama de honor, se guardó bien

de enseñar la misiva a don Enrique y la hizo pedazos en seguida que la

leyó.

Los ruegos del paje alcanzaron lo que deseaba doña Guiomar: el rey voló

a su casa así que tuvo noticia de la indisposición que la aquejaba y

que ella fingía por su parte a las mil maravillas.

Al volver al alcázar con don Enrique, Beltrán de la Cueva se dirigió

al salón amarillo, porque los dolores alejaban el sueño de sus ojos:

desde el día en que vio a Luz de Luna, la amó con pasión, y aquel fuego

devorador aniquilaba enteramente sus fuerzas morales.

Sin embargo, compadecía profundamente a la reina: a medida que él se

tornaba frío e indiferente, la pobre joven languidecía y su frente

se doblaba más pálida y abatida que la del conde; ella ignoraba, no

obstante, la causa de su desvío; no sabía que otro nuevo amor le

robaba el corazón de su amante, porque no sabía tampoco que su amoroso

pajecillo era una hermosa doncella.

En la corte de Castilla nadie más que don Beltrán conocía este secreto,

porque solo a su lealtad lo había confiado su anciano amigo don

Fadrique de Luna. ¡Dios, en su bondad, quiso evitar a aquella infeliz

princesa el más amargo de todos los dolores... los celos!

Era el día que Villena había señalado para entrar en Segovia: brillaba

el sol en todo su esplendor y el tibio viento de octubre traía en sus

alas los perfumes de las últimas flores.

Enrique IV, sin acordarse de que rugía sobre su cabeza una terrible

tempestad, pasaba casi todo su tiempo al lado de doña Guiomar, que

agravaba o disminuía su indisposición según convenía a sus planes:

Toledo y la conspiración que encerraba dentro de sus muros se habían

borrado completamente de la memoria del rey.

Espantoso desorden reinaba en la ciudad; muchos de los nobles

partidarios de Villena, y avisados por él, sabían que aquella noche

debían entrar los conjurados, y que don Enrique iba a ser arrancado del

trono para colocar en él a su hermano don Alfonso.

Otros, y estos eran los menos, adictos al rey, se aprestaban a la

defensa, y cruzaban en todas direcciones a la cabeza de sus compañías

francas.

En vano fue avisar al rey de lo que acontecía; en vano le pintaron el

riesgo que corría: su sagaz manceba le aprisionaba a su lado, y el rey

se contentaba con responder: _No se atreverán._

Tres días hacía que Luz había escrito a su padre llamándole a Segovia.

«La reina peligra, padre mío —le decía—. Villena está cerca de aquí,

y ya sabéis que es su enemigo mortal: venid, pues, a salvarla de la

prisión o de la muerte.»

Después de escrita esta carta, el pajecillo se situó al lado de la

reina, que esperaba sin impaciencia ni temor lo que iba a suceder:

sabía que si vencían los conjurados sería sepultada en un sombrío

castillo, porque sabía también hasta qué punto la odiaba don Juan

Pacheco, y presagiaba que su primer cuidado sería abrirle una prisión;

pero todo lo olvidaba, porque veía de nuevo tierno y amante a don

Beltrán y hacía dos días que era feliz, a pesar de los males que la

amenazaban.

El pobre pajecillo era dichoso también con la ventura de su señora,

aunque su rosado semblante había tomado la palidez del alabastro, y sus

espléndidos ojos azules se veían rodeados de un ancho círculo morado;

en aquellos cuatro días no se había separado un momento de la reina: en

pie, detrás de su sitial, estremecíase al menor ruido que sonaba en la

calle, y parecía escuchar constantemente con ansiedad.

Hacia las cuatro de la tarde creció el rumor en las calles, y se

oyeron pasos cautelosos en la escalera que daba a las habitaciones de

la reina; las damas de honor se estrecharon temblando unas a otras, y

el paje palideció más que ellas: los pasos, que sonaban ya junto a la

puerta principal, cesaron de repente, y un instante después se oyó dar

vuelta suavemente a la llave.

—¡Nos encierran! —gritó doña Juana—, ¡estamos prisioneras! —y se

acercó a otra puerta disimulada en los tapices, al mismo tiempo que la

cerraban también.

Un ahogado sollozo se escapó del pecho de la reina: no pensó en ella,

sino en la Cueva, en su esposo, en su pobre hija y en su reino perdido.

¡Ella, la reina de Castilla, tendría que morir en una prisión!... La

pobre joven se dejó caer de rodillas en su reclinatorio y oró con

fervor, imitándola sus damas y Fernando.

Ya había tendido la noche su denso manto, y aún permanecían postradas.

De súbito saltó uno de los cristales de colores del anchuroso balcón

de piedra, y tras de aquel todos los demás que componían la ojiva

vidriera, y un hombre se precipitó en la estancia. Las voces de la

reina, de sus damas y del paje, se confundieron en un solo grito de

terror; mas el aparecido, sin mirar a nadie, se dirigió al paje, a

quien acercó a su pecho con un apasionado movimiento y como para

protegerle del riesgo que le amenazaba.

—¡Don Beltrán! —exclamó la reina reconociéndole y tendiéndole sus manos.

—Nada tema V. A., señora —contestó el conde besando la diestra de doña

Juana—: he encontrado cerradas todas las puertas y he entrado por ahí

—continuó señalando el balcón—, para defenderos hasta mi último aliento.

VI

EL TRONO Y EL HONOR

Cuando don Enrique volvió al anochecer a su alcázar, no se notaba otra

señal de alarma que las rondas que se cruzaban en todas direcciones:

los conjurados aún no habían entrado; mas, careciendo de puertas la

ciudad, era imposible oponerles este obstáculo.

Don Beltrán sabía, no obstante, que Villena estaba con los principales

jefes dentro de Segovia: reunió a todos aquellos con quienes podía

contar y se aprestó a la defensa; porque su lealtad como soldado

era a toda prueba, y estaba decidido a perder mil vidas que tuviera

por defender a sus soberanos; tenía además que velar por Luz, cuya

existencia y honor le habían sido confiados por su padre, y que eran

mucho más caros a su corazón que todos los intereses de la tierra.

Don Enrique se acordó, por fin, de su esposa y de su hija, y al cerrar

la noche, salió de su cámara para dirigirse a las habitaciones de

la reina, acompañado de muchos cortesanos; mas quedaron atónitos al

encontrar todas las puertas cerradas.

Doña Juana estaba ya aprisionada: era la primera víctima de la venganza

de Villena.

El semblante del soberano se trastornó enteramente: en el fondo de

aquel corazón helado y endurecido había algún cariño hacia la joven y

hermosa princesa a quien llamaba esposa suya, y la idea de que se la

habían robado o de que otro se había anticipado a salvarla, le hizo

olvidar todo lo demás.

—¡Echad abajo esa puerta! —dijo con voz fuerte.

Los soldados de su guardia empuñaron las hachas de armas e hirieron con

un solo golpe la maciza puerta que no se conmovió lo más mínimo. Un

curioso observador hubiera visto aparecer una burlona sonrisa en los

labios de los cortesanos: las llaves de la habitación de la reina tal

vez no estaban lejos de allí.

La voz del rey se dejó oír de nuevo entre el estruendo.

—Llamad a la Cueva —gritó con airado acento, y aún no había expirado el

eco, salieron tres pajes en distintas direcciones.

—Señor —dijo don Diego Arias, que era el anciano de hermoso semblante a

quien vimos en el alcázar—, yo creo que debíamos bajar al jardín para

ver, si nos es posible, por entre los balcones, si la reina está dentro

de su habitación: el profundo silencio que se advierte me hace temer

que nos la hayan arrebatado, y en ese caso, juraría, por el nombre que

llevo, que hay traidores entre nosotros.

Y el noble caballero, en cuyo corazón ardía la indignación, tendió en

derredor suyo una mirada amenazadora.

—Tienes razón, Arias —dijo el rey—: vamos al jardín, y si tus temores

salen ciertos... ¡ay de los culpables!

Y echó a andar seguido de todos sus cortesanos.

Algunos soldados y escuderos iban detrás alumbrando con hachas.

Al llegar al jardín, mandó don Enrique que se detuviesen todos a la

puerta, y se adelantó él solo con don Diego Arias, hasta colocarse

enfrente de los balcones de la cámara de la reina: la luna derramaba

una tenue claridad a través de la espesa cortina de nubes que la

ocultaba, y que permitían distinguir, no obstante, hasta las más

pequeñas plantas.

En tanto que don Enrique y el anciano don Diego miraban con ansiedad

al fondo de la cámara de la reina, en la que se notaba el resplandor

lejano de una luz, la Cueva se dirigió a una puerta del alcázar por

donde acostumbraba a entrar; mas su angustia fue indescriptible al

encontrarla cerrada. De repente un confuso rumor de golpes y voces

llegó a sus oídos: era que los soldados del rey herían con las hachas

de armas la puerta principal.

—¡También cerrada aquella! —murmuró el conde, que adivinó la causa de

aquel estruendo; tendió en seguida en derredor suyo una mirada en la

cual radiaba una ráfaga de delirio, y echó a correr hacia el jardín.

—¿Qué voy a hacer? —murmuró parándose de repente—: ¡qué voy a hacer,

Dios mío! ¿Cómo salvarlas? ¡Salvarlas! ¿Y de quién? ¿Quién ha cerrado

las puertas del alcázar? ¿Villena? ¿Quién las manda abrir? ¿El rey? ¿O

ha sido Enrique IV quien las ha aprisionado, y don Juan Pacheco el que

intenta derribar esas mismas puertas?

Calló el conde y se apoyó contra el muro casi desfallecido.

—¡Luz! —murmuró al cabo de algunos instantes—. ¡Luz mía! ¿Qué va a ser

de ti? ¿Pagarás tú, pobre ángel, los odios que nacieron alrededor del

trono? ¡Y yo... yo no puedo salvarte... no puedo!...

Un amargo sollozo desgarró la garganta de don Beltrán: pálido como un

cadáver, cerró los ojos y quedó inmóvil.

Un golpe más fuerte que los otros le hizo estremecer: rápido como un

relámpago echó a correr y salió del alcázar.

En aquel mismo instante miraban con mayor ansiedad que nunca el rey

y don Diego al interior de la cámara de la reina: el anciano hacía

ya rato que escuchaba atentamente con la cabeza inclinada; hubo un

instante en que don Enrique fue a hablar, mas el caballero le apretó

fuertemente el brazo haciéndole señas de que callase, y olvidando la

etiqueta en una ocasión tan importante.

De súbito levantó también la cabeza el rey; se oían claramente sobre

la arena del jardín los pasos de un hombre, y al mismo tiempo estalló

un horrible tumulto en la plaza del alcázar; por detrás de las paredes

del jardín se percibía el choque de las armas y los gritos de los

combatientes.

Por un movimiento involuntario, don Enrique iba a precipitarse hacia la

puerta; mas don Diego le detuvo.

El hombre, cuyos pasos se oían, entraba entonces en la calle de árboles

en que ellos estaban.

Sin detenerse, llegó al pie de los balcones de la reina y sacó una

larga escala de seda que sujetó al de enmedio, afianzándola a la parte

inferior con largos garfios de hierro.

—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron muchas voces en la plaza del

alcázar.

—¡Abajo los traidores! ¡Muera Villena! —respondió otra inmensa gritería.

Don Enrique hizo un segundo e impetuoso movimiento y se lanzó a la

puerta; mas el anciano don Diego le sujetó fuertemente por el brazo.

—En la calle quieren quitaros el trono, señor —le dijo con voz

profunda—; pero aquí os roban vuestro honor —añadió señalando al hombre

que acababa de escalar el balcón.

Mas apenas pudo vérsele, porque dio con mano fuerte un golpe en la

ojiva vidriera, que cayó hecha mil pedazos, y se precipitó de un salto

en la cámara real.

Por un momento vieron el rey y don Diego, a través de los cristales

mutilados, a la reina y sus damas postradas: los blancos trajes se

extendían en amplios pliegues como una alfombra de nieve en el mármol

del pavimento; el grito de espanto lanzado por la soberana y sus damas

llegó también a oídos de don Enrique y don Diego; mas en el instante

mismo se cerraron de golpe ambos postigos y desapareció el luminoso

cuadro.

—Vamos, Arias —dijo don Enrique con sordo acento—: vamos a lavar el

honor, y después defenderemos el trono.

Y el rey y don Diego salieron del jardín con precipitado paso.

VII

¡CASTILLA POR DON ENRIQUE!

Al volver el rey a la habitación de su esposa, acababa de saltar la

puerta, deshecha por los golpes de los soldados.

—Nadie se mueva hasta que yo lo mande —dijo don Enrique con severo

acento—: ¿habéis encontrado al conde de Ledesma? —preguntó a los que

había enviado a buscarle.

—No, señor.

—Seguidme, Arias —dijo el rey, y entró en la cámara de su esposa.

Pero en el mismo instante, un rumor confuso se oyó al otro lado de las

habitaciones; acababan de echar abajo otras puertas del alcázar que

daban a distintas calles; un momento después se abrió la puerta oculta

entre los tapices, y apareció Villena con la espada desnuda y seguido

de gran número de los suyos. Encontráronse frente a frente el rey y su

enemigo, mas la primera mirada de ambos fue para buscar a la reina: los

semblantes de los dos se encendieron con un subido carmín, y brotaron

de sus ojos relámpagos de furor.

Vestida doña Juana con un largo traje blanco, estaba arrodillada en

su reclinatorio; sus largos cabellos negros caían en rizos medio

deshechos alrededor de sus hombros y garganta; tenía cruzadas las manos

fuertemente, y sus grandes ojos se fijaban en Villena con profundo

terror. Don Beltrán estaba de pie a su lado, y su presencia fue la que

trastornó de rabia los semblantes del rey y de Villena: el uno veía en

él a su rival, el otro a su enemigo. La vidriera rota, que el rey fue a

abrir, dejaba penetrar una corriente de aire frío que hacía vacilar la

luz de la única lámpara que alumbraba el aposento.

El rey se acercó a la Cueva y le cogió del brazo.

—¿Por dónde habéis entrado en la cámara de la reina, conde? —le

preguntó con una terrible mirada.

—Por la misma puerta que V. A., señor, contestó el favorito con voz

firme.

—¿Y a qué hora?

—Hace apenas media.

—¿Por qué, en vez de venir aquí, no estuvisteis a mi lado?

—¡Oh, señor! —repuso don Beltrán con tan serena sonrisa que ocultó del

todo la angustia retratada en sus facciones—: vine aquí porque vos

estabais rodeado de valientes caballeros, y la reina estaba sola y

expuesta a la furia del marqués.

—¡Vive Dios, don Enrique, que no sé cómo tenéis calma para escucharle!

—exclamó Villena, cuya furia se aumentó al ver malograda su esperanza

de encontrar a la reina sola—. El conde acaba de entrar por ese balcón,

puesto que no había otra entrada, porque todas las llaves de esta parte

del alcázar se recogieron por orden mía.

—¡Mentís como un villano, marqués! —gritó entonces el paje de la reina,

saliendo al frente de todos—: quien ha entrado por ese balcón he sido

yo.

Al oír el mentís del niño, trastornose enteramente el semblante de

Villena, y se arrojó a él, en tanto que muchos de los suyos rodearon al

conde.

Ninguno, empero, se atrevió a llegar al soberano.

—¡Favor al rey! —gritó don Enrique, y todos los nobles, que esperaban

sus órdenes, precipitáronse de tropel en la estancia con las espadas en

la mano.

Amor y llanto · 第 11 / 20 段