hermosos espejos, con marcos de recortado ébano y molduras de plata,
reproducían los sillones de elevado respaldo.
Recostada en uno más ancho que los otros, estaba doña Juana absorta
en una profunda meditación; la luna iba a quebrar sus rayos en la
pálida y hermosa frente de la reina, y en los gruesos bucles de sus
cabellos, de un negro brillante y azulado, radiaban como dos estrellas
sus rasgados y negros ojos, antes llenos de fuego y ahora velados por
la tristeza, pero siempre de una hermosura sin rival. Jamás Miguel
Ángel trazó un perfil tan severamente correcto: su boca pequeña y
soñadora estaba deprimida en ambos ángulos por un pliegue habitual de
melancolía, y sus manos, de una belleza soberana, aparecían pálidas y
enflaquecidas al cruzarse sobre el negro terciopelo de su vestido.
Sentado a sus pies sobre un rico almohadón, veíase un paje que podría
tener dieciséis años; su angélica hermosura era el tipo opuesto a la
severa belleza de la reina; de menos estatura que esta, era delgado y
esbelto como una doncella. Tenía, como doña Juana, grandes y rasgados
ojos, pero de puro y sombrío azul; su boquita purpúrea, su delicada
nariz, eran de una suavidad encantadora; caían sus dorados y abundantes
cabellos en espesos y largos rizos sobre la gola de encajes, y sus
manos, blancas como el marfil, eran más bellas y delicadas aún que las
de la reina.
Vestía una ropilla de raso azul celeste prolijamente bordada de plata
y sujeta con un cinturón de lo mismo que dibujaba su esbelto talle y
dejaba ver el puño de pedrería de una linda y pequeña daga, según el
uso de los pajes de aquel tiempo; sus calzas de seda blanca permitían
adivinar sus puras y juveniles formas, y sus zapatos, de raso blanco
también y adornados de un gran lazo celeste, encerraban unos pies
infantiles; divertíase en deshojar una rosa menos pura y blanca que su
serena frente.
—¿Qué tenéis hoy, señora mía? —dijo al fin, alzando la cabeza y fijando
en la reina sus azulados ojos—. ¿Por qué estáis tan triste?
La voz del paje tenía un eco dulce, sonoro y armonioso; era uno de
esos acentos que, una vez oídos, no se olvidan jamás y que conmueven
siempre, porque hacía vibrar las cuerdas más delicadas del alma; la
reina no le oyó sin duda, porque no se movió.
El pajecillo esperó algunos instantes la respuesta; pero, viendo que
no se la daba, alargó la mano a un florero y tomó la más marchita de
las rosas, volviendo a su primera ocupación.
Un suspiro que se escapó de los labios de doña Juana le hizo alzar
vivamente la cabeza.
—¿Qué tenéis, señora? —repitió el paje con más dulzura todavía; y
arrodillándose sobre el almohadón en que había estado sentado, buscó
con sus ojos la abatida mirada de la reina.
Estremeciose esta y pasó una mano por su frente, como para apartar un
triste pensamiento.
—No tengo nada, Fernando —dijo con alterada voz—. ¿Qué hora es? —añadió
levantándose—. ¿Por qué no pides luces?
—V. A. mandó que no iluminasen la cámara, porque penetraba tan hermosa
luna...
—¿Ha venido el conde? —interrumpió la reina con viveza.
A esta pregunta se inmutó la fisonomía del pajecillo: a haber luz en
la estancia, fácilmente hubiera visto doña Juana sus ojos llenos de
lágrimas.
—Don Beltrán no vendrá esta noche, señora —dijo al fin sobreponiéndose
a la emoción dolorosa que había hecho palidecer su frente; y añadió con
un profundo suspiro, y en voz tan baja que no pudo llegar a los oídos
de doña Juana—: ¡desgraciadamente no vendrá!
—¡No vendrá! —repitió la reina cuyo hermoso semblante se entristeció
mucho más—. ¿Y por qué?
—Porque dentro de dos horas, señora, debe salir con el rey para Toledo,
a donde los llaman los partes dados por Pedro López de Ayala. En la
conjuración del marqués de Villena están comprometidos muchos nobles
castellanos: cuéntanse entre ellos don Alfonso Carrillo, arzobispo de
Toledo; don Alfonso Fonseca, arzobispo de Sevilla; el condestable de
Castilla, don Manrique Lucas de Iranzu; don Gómez Solís, maestre de
Alcántara; don Diego de Arias, tesorero mayor, y otros muchos.
—¿Y los Lunas?
—¡Mi padre! ¡Mi hermano! ¡Oh, no! —exclamó fieramente el pajecillo,
cuya frente se cubrió de un subido carmín—. Antes morirán cien veces,
que ser traidores a su rey.
—Pero, ¿dónde se hallan?
—En Aragón, señora: no quieren rendir homenaje a vuestro esposo, porque
le aborrecen; pero respetan la persona del rey de Castilla.
—Mas la conspiración de Toledo está secretamente protegida por don Juan
de Aragón, Fernando. ¿Cómo don Fadrique no ha de ayudar al monarca que
le da asilo? Y tu joven hermano Gonzalo, ¿cómo ha de permanecer en
calma en la corte de Aragón?
—En calma estarán, señora, hasta el día en que peligre la vida del
rey o la de V. A.; entonces volverán a Castilla para castigar a los
traidores.
—¡Buenos y nobles caballeros! —exclamó doña Juana, en cuyas largas
pestañas negras brillaba una lágrima.
—¡Oh, sí!, muy nobles, señora —repitió el paje con profunda emoción—;
pero buenos aun más que nobles, y sobre todo para vos... ¡Oh, señora
mía! —continuó el niño con los ojos humedecidos de llanto—: si
hubieseis oído a mi buen padre el día en que me envió a vuestro lado,
comprenderíais hasta qué extremo os adoran los Lunas. «Ve —me dijo—,
hijo mío: la persona de la reina está amenazada, y yo te envío a su
lado para que veles por ella: muere si es preciso, pero que sea tu
pecho el escudo de su vida.»
—¡Oh, don Fadrique! —murmuró doña Juana—. ¡Felices los reyes cuyos
vasallos se os parezcan!
—Mi padre os debe la vida, señora, según él mismo me ha dicho, y la
vida de todos los Lunas os pertenece; más aun: os debe también su
libertad y su honor.
—Verdad es, Fernando —dijo doña Juana—, que tuve la fortuna de sacar
a tu padre de la prisión en que gemía: es cierto que le devolví la
libertad, y con ella el poder de deshacer la odiosa calumnia que pesaba
sobre él; pero ha satisfecho su deuda con usura, poniéndote a mi lado,
y dándome tu puro amor, único consuelo en los males que me agobian.
Al pronunciar estas palabras, prorrumpió en llanto la reina. El
pajecillo se arrodilló de nuevo a sus pies, y besó cien veces sus
manos, que humedecía también con sus lágrimas.
—No os aflijáis, por Dios, señora mía —dijo—. Yo estoy aquí para
instruir a mi padre y a mi hermano de los planes de don Juan Pacheco,
marqués de Villena, que es el jefe de los conjurados y vuestro más
cruel enemigo; no puede perdonaros el que dieseis libertad a mi padre,
que sabe os sostendrá, a vos y a vuestro esposo, a todo trance en el
trono de Castilla; ya están de vuelta en Toledo con el infante don
Alonso, al cual han sacado del castillo de Maqueda y proclamado rey;
pero nada temáis, señora —prosiguió el niño volviendo a acariciar las
manos de la reina—, yo velo por vos; si os veo en peligro, avisaré a
mi padre y a mi hermano, que vendrán con trescientas lanzas a vuestro
socorro; con nadie podéis contar aquí más que con el conde de Ledesma y
conmigo... pero don Beltrán y yo valemos más que todos esos villanos.
—¡Don Beltrán! —exclamó dolorosamente la reina, porque este nombre
avivó sus pesares—: ¿Acaso piensa ya en mí?
Nada contestó el paje: palideció, e inclinó tristemente la cabeza.
Durante algunos instantes, reinó en la estancia un profundo silencio;
levantose, por fin, doña Juana, y el paje la imitó.
—Pide luces, Fernando —dijo con voz alterada.
Obedeció el niño, y la cámara real quedó bien pronto iluminada.
—Ahora —dijo doña Juana— vete, Fernando: me siento enferma... quizá el
reposo me aliviará... deseo estar sola.
Y se dejó caer de nuevo en el sitial, pálida y quebrantada.
—¿No necesita ya V. A. de mis servicios? —preguntó el niño tristemente.
—Sí: antes de retirarte a descansar, lleva este billete a don Beltrán
—dijo la reina dándole un papel.
Fernando llevó a sus labios una mano de su señora, y salió.
En cuanto a doña Juana, reclinó su cabeza sobre el ancho respaldo de su
sillón, y dejó escapar un profundo gemido.
II
EL PAJE DE LA REINA
Al dejar Fernando la cámara de la reina, se dirigió a las habitaciones
de don Enrique; reinaba allí el más completo desorden, porque era la
hora de partir: en la antecámara muchos nobles, armados completamente,
esperaban conversando a que saliese el rey, y entretanto los pajes y
escuderos entraban, salían y cruzaban en todas direcciones.
Fernando entró, procurando no ser visto, pero no pudo ocultarse a las
miradas de un grupo de cortesanos que hablaban cerca de la puerta.
—¡Hola, el hermoso paje! —dijo uno haciendo una seña significativa al
que tenía más cerca.
—¡El favorito de la reina! —contestó otro con maliciosa sonrisa.
—¡El niño mimado! —añadió un tercero.
—Este será el sucesor de don Beltrán en el corazón de doña Juana —dijo
a su vez un joven y elegante obispo—; pero —añadió—, confesad, señores,
que es una hermosa criatura: miradle ruborizarse como una doncella
porque le miramos...
Y todos se echaron a reír.
En aquel momento, y haciéndose superior a su emoción, se acercó el
paje llevando en la mano su gorra, cuya larga pluma blanca besaba la
alfombra.
—¿Podríais decirme, señores —dijo con suave y argentina voz—, dónde se
halla don Beltrán, a quien no veo por aquí?
Todas las risas cesaron.
Había en aquel acento tanta dulzura, y al mismo tiempo tanta melancolía
y respeto, que no pudo menos de conmover a los satíricos cortesanos.
—Creo que estará con el rey, amiguito —contestó el obispo de Cuenca,
que era el hermoso joven y el mismo que notó el rubor del pajecillo.
—Vedle allí que sale con S. A. —dijo otro caballero señalando la puerta
de la cámara de don Enrique, en cuyo umbral aparecía este conversando
con el conde de Ledesma.
El paje se inclinó profundamente, y se dirigió a ellos deteniéndose a
una distancia respetuosa.
Enrique IV salía para montar a caballo y marchar inmediatamente; al ver
al paje se detuvo, y los cortesanos se volvieron para contemplar una
escena que adivinaban sería muy curiosa.
Había, en efecto, razones para creerlo así: el pajecillo era aborrecido
en la corte, aunque apenas conocido en ella, por el solo motivo
de amarle la reina y don Beltrán; es cierto que cuando alguna vez
aparecía, su encanto irresistible, su candidez y hermosura, subyugaban
a todos; mas el pobre niño, que se conocía harto débil para vivir entre
tantas maldades e intrigas, pasaba su vida a los pies de doña Juana,
y evitaba cuanto podía darse a ver: así pues, aunque llevaba cuatro
meses de estancia en la corte, había en ella muchas personas que no le
conocían aún, y de este número era el rey.
—¿Qué quieres, niño? —dijo este mirando al pajecillo, en tanto que el
conde de Ledesma le contemplaba también como arrobado.
—Señor —contestó doblando en tierra una rodilla—, solo besar la mano de
V. A. antes de su partida.
—¿Quién eres?
—El paje de S. A. la reina.
—¡Ah... ah! —exclamó el rey—. ¿Conque tú eres ese precioso niño que
tanto llama la curiosidad de todos? —Y tomando la mano de Fernando, le
hizo levantar y se aproximó con él a una de las lámparas que iluminaban
el salón.
—¡Oh, qué hermoso es, conde, qué hermoso! —exclamó el rey después de
haberle contemplado breve rato—: ¡jamás he visto criatura más bella! —Y
don Enrique clavó de nuevo sus ojos en el semblante del paje.
—¿Qué edad tienes? —preguntó sin soltar la mano del niño.
—Dieciséis años, señor.
El semblante de don Beltrán retrataba una angustia dolorosa, y sus
negros ojos estaban fijos en el paje con una indescriptible expresión
de dolor y de ansiedad.
—Dime, ¿te hallas bien al lado de la reina? —preguntó don Enrique al
pajecillo—: porque si no, te vendrías conmigo, y haría un magnífico
presente a Guiomar —concluyó acercándose al oído de don Beltrán.
Palideció el conde, y una nube pasó por delante de su vista; pero
haciendo un violento esfuerzo, dijo al rey con serena sonrisa:
—Advertíd, señor, que es extremada la beldad de este joven.
—¿Cómo te llamas? —tornó a interrogar el rey.
—Fernando, señor —contestó el niño con los ojos fijos en el semblante
del conde.
—De Acuña —añadió don Beltrán—: es descendiente de los valientes
aragoneses de este nombre.
—Adiós, hijo mío —dijo el rey—. A mi vuelta de Toledo, ven a verme
inmediatamente y pídeme lo que desees, que te doy mi palabra de
otorgártelo —y alargó su mano a Fernando, que la llevó a sus labios.
El rey echó a andar, y don Beltrán iba a seguirle, mas el niño le
detuvo por el brazo.
—Tomad este papel que me ha dado la reina para vos, señor conde —le
dijo en voz baja y precipitada—: y os ruego, en nombre de vuestro amor
—añadió clavando en los negros ojos de don Beltrán sus ojos azules—, os
ruego que detengáis por hoy la marcha del rey.
—¡Eso es imposible! —exclamó el favorito aterrado—. El rey baja ya la
escalera para montar a caballo.
—Pues corred a detenerle, por Dios santo, Beltrán —repuso el paje
tomando entre las suyas una mano del conde—: no es ya por vuestro amor
por el que os lo suplico... —añadió con infinita dulzura—, ¡es por el
mío!...
Aquellas palabras parecieron obrar una súbita reacción en el conde de
Ledesma, que estrechó entre las suyas las manos del pajecillo y salió
precipitadamente en pos del rey, a quien alcanzó al fin de la escalera.
—Señor —le dijo—, acaba de hablarme un paje de doña Guiomar: ha venido
a decirme de su parte que se halla indispuesta y desea veros ahora
mismo.
—Di que voy al instante, y prepárate para acompañarme —contestó
el rey, cuyo semblante se alteró al oír aquella nueva—; señores
—prosiguió volviéndose a los cortesanos—: suspendemos nuestra marcha
indefinidamente; con tiempo daremos nuestras órdenes.
Y apoyándose en el brazo de don Beltrán, entró en sus habitaciones,
de las que poco después salió por una puerta secreta, envuelto en una
larga capa negra y acompañado del favorito.
III
LA CORTE DE ENRIQUE IV
Al oír los cortesanos las palabras del rey: _señores, suspendemos
nuestra marcha indefinidamente_, quedaron mirándose unos a otros;
muchos de ellos eran más enemigos de Enrique que los mismos conjurados,
y solo esperaban llegar a Toledo para unirse al partido de Villena;
cruzábanse allí también odios y rencores personales, deseos de venganza
y anhelo de combates, en que cada uno de ellos quería o exterminar a su
enemigo, o a lo menos, alcanzar renombre y gloria.
Ni uno de ellos amaba sinceramente a Enrique IV. Pero, ¿cómo amar
a aquel monarca antojadizo e inconsecuente? ¿Cómo amarle cuando
anteponía un capricho suyo, por insignificante que fuese, a los
sagrados intereses del reino? ¿Cómo amarle, en fin, siendo esposo
infiel y padre desnaturalizado?
Aquellos hombres no eran tampoco afectos a la reina: aunque doña
Juana era una noble joven, de corazón sensible y alma elevada, nadie
reconocía en ella estas hermosas cualidades, de que descaradamente
se burlaban en aquella época de disolución y escándalos. Pero, ¡cosa
extraña!, lo que menos le perdonaban era su ardiente pasión por Beltrán
de la Cueva; ellos, sumidos en toda clase de desórdenes, ellos, que
cada día cambiaban de dama, culpaban aquel amor, criminal es verdad,
pero excusable por el abandono en que Enrique IV dejaba a su joven y
bella esposa.
Aquel rey, indigno de su estirpe, aquel hombre que corría de exceso en
exceso, arrastrando por el lodo la áurea corona de Castilla, no merecía
el amor de Juana; no había respetado en ella ni su orgullo de princesa,
ni su dignidad de mujer. De continuo la pobre joven se había visto
pospuesta a vasallas suyas, y no pocas veces a sus mismas camareras,
que ocupaban su lugar en el corazón de su esposo; y su alma enérgica
y altiva, bien que dotada de suma grandeza, se abrió al amor que le
brindara don Beltrán y le amó también con todo su corazón.
No detestaban los nobles aquel lazo por lo que era en sí: la mayor
parte de ellos eran incapaces de sentir una gran pasión, y, por
consiguiente, ignoraban su valor; su irritación nacía de celos por la
rápida elevación de don Beltrán, que de paje de lanza había llegado a
obtener las mayores dignidades y los más altos honores, y, sin embargo,
a ser posible que la reina se prendase de cualquiera de ellos, hubiera
ofrecido a sus pies el preferido, no un verdadero amor, sino un bajo y
degradante servilismo, con la esperanza de medrar.
Todos ellos acusaban de desleal la conducta del conde de Ledesma, y tal
vez con razón: don Beltrán se había hecho dueño del corazón del rey,
sirviéndole de tercero en todas sus intrigas amorosas y acompañándole
en sus nocturnas expediciones; y don Enrique, agradecido a tan
buenos oficios y enteramente subyugado por el encanto irresistible de
su amigo, cerraba los ojos para no ver la intimidad de este con su
esposa, aunque, para complemento de la murmuración, se aseguraba que
estas relaciones hacían en realidad sufrir al rey quien, a pesar de su
caprichoso carácter, amaba a doña Juana cuanto él podía amar.
Nada se habían cuidado la reina y don Beltrán de las hablillas de la
corte: absortos en su amor, olvidaban el universo entero; pero hacía
cuatro meses que el cielo de su dicha se hallaba cargado de negros
nubarrones, y doña Juana lloraba sin consuelo un pesar que ocultaba a
todos.
¡Pobre joven! ¿Cuál era la causa de su amarga aflicción? Ella buscaba
con empeño la soledad. Ya no la alegraban el canto de los pajarillos,
ni el radiante sol; la luz de sus ojos se apagaba lentamente, y sus
labios perdían su purpúreo matiz: ¡fatales síntomas en una mujer
enamorada! ¡Ellos dicen que fenecieron sus esperanzas de ventura!
Y era así: desde el día en que llegó a Segovia Fernando de Luna, don
Beltrán parecía preocupado y sombrío; ya no se animaban sus facciones
al ver a la reina; a veces pasaba días enteros lejos de ella, y hasta
parecía hastiado de su cariño.
¡Ay, este cambio, por lentamente que se opere, no se escapa jamás a los
ojos de la mujer que ama! Doña Juana le siguió con tristísima mirada;
pero ni una queja se escapó de sus labios, porque las almas nobles
guardan con cuidado sus dolores, y devuelven por cada uno una sonrisa:
cuando el sufrimiento la vencía, se arrodillaba junto a la cuna de su
hija, y pedía al cielo consuelo y fortaleza para sobrellevar sus penas.
Encontraba también algún alivio en el amor que profesaba a su hermoso
paje: el día mismo de su llegada le fue presentado por don Beltrán, y
el niño, al besarle la mano, le entregó una carta que decía así:
«Señora: Sin duda alguna me habrá olvidado V. A., porque las almas
nobles no recuerdan los beneficios que hacen; pero si el que los
recibe es merecedor de ellos, los graba de un modo indeleble en lo
más íntimo de su corazón y los paga cuando puede.
»Yo creo, señora, que satisfago ahora en parte la deuda de gratitud
y amor que contraje con V. A., enviándoos a mi hijo Fernando: parto
a Aragón con Gonzalo, mi hijo mayor; no quiero rendir más vasallaje
a Enrique IV, puesto que, a no ser por el ángel a quien llama esposa
suya, hubiera muerto en el calabozo en que me sepultó su padre; pero
no quiero tampoco serle traidor, y abandono mi hermosa Castilla para
no mezclarme en las intrigas de los nobles.
»Por el cielo, guardaos, señora mía: solo tenéis un amigo fiel, y ese
es don Beltrán; a él le envío mi hijo para que le ponga al lado de V.
A. Nadie desconfía de un niño: su adhesión no os atraerá mal ninguno,
y si corréis peligro, si vuestro esposo vacila en el trono, este
mismo niño llamará a su padre y a su hermano, que volarán al socorro
de sus soberanos.
»Yo sé que don Juan Pacheco no perdona a V. A. la libertad que me
dio, y de la que hice uso arrojándole del lado del rey; sé también
que quiere conduciros al castillo de Maqueda, de donde han sacado al
infante; pero por el nombre que llevo, juro a V. A. que no lo han de
conseguir.
»Dios guarde a V. A. y os conceda, señora mía, la dicha que tanto
merecéis. — _Fadrique de Luna._»
La reina acogió con amor al niño y le hizo su paje: la memoria de los
Lunas no se había borrado de su alma, porque sabía cuánto la amaban
aquellos buenos caballeros.
Aprisionado don Fadrique durante el reinado de don Juan II, por una
calumnia del marqués de Villena, gemía aún en una oscura prisión
al subir al trono su hijo Enrique IV; mas cuando doña Juana vino a
dividirle con él, el primer acto de piedad de esta princesa fue mandar
abrir todos los calabozos.
Una vez libre el de Luna, su más ardiente afán fue arrancar la máscara
a Villena: consiguiolo, y el rey, que ya empezaba a aficionarse a
Beltrán de la Cueva, le tomó tal aversión que se vio obligado a no
presentarse más en el alcázar; pero juró odio y venganza al rey, a don
Fadrique, y, sobre todo, a doña Juana.
Algunos días después, salió de Madrid como jefe principal de la
conspiración que se formaba en Toledo para destronar a Enrique IV, pero
casi al mismo tiempo salió también don Fadrique con su hijo Gonzalo
para la corte de Aragón: su única hija, Luz, quedaba, según se decía,
en un monasterio de Ávila; en cuanto a Fernando, por ser niño sin duda,
nadie le conocía ni había oído hablar de él.
Desde que vivía en el alcázar, el pajecillo apenas había salido de
las habitaciones de la reina: consolaba su dolorosa melancolía, y la
amaba tanto que la expresión de aquel ardiente cariño le hacía a veces
olvidar sus pesares.
La seductora belleza de aquel niño había llamado la atención de toda
la corte, y el rey mismo estaba impaciente por conocerla; pero todos
cuantos elogios le habían hecho de él, le parecieron muy débiles al
verle en su antecámara en la noche señalada para partir a Toledo.
El paje salió detrás del rey y se dirigió a su aposento, en tanto que
la cólera de los nobles estallaba en imprecaciones contra el conde de
Ledesma y doña Guiomar; porque sabían que solo la querida y el favorito
tenían el poder de dominar la voluntad del rey.
—¡Por el cielo —exclamó don Lope Barrientos—, que se me acaba la
paciencia! Esta misma noche marcho a Toledo a unirme con Villena.
—Y yo os acompañaré, don Lope —dijo don Pedro Gómez.
—Y yo con mi compañía franca —añadió don Nuño de Saavedra.
—Y yo, y yo —repitieron muchos nobles.
—Pues id con Dios, señores —repuso don Diego Arias, anciano de hermosa
y apacible fisonomía—: yo, por ahora, prefiero irme a acostar.
Los cortesanos fueron saliendo poco a poco, y en la gran cámara
quedaron solamente los pajes y escuderos del rey.
IV
AMOR
Las doce de aquella misma noche serían cuando el paje salió de su
aposento y se dirigió con silencioso paso a la puerta de la habitación
de doña Juana; escuchó breves instantes y después se dirigió a otra
puerta que abrió suavemente, encontrándose en el salón amarillo.
Aquella estancia, intermediaria entre las habitaciones de Enrique IV y
de su esposa, era llamada así por el color de sus tapices y sillería, y
no se abría casi nunca; pero Fernando, que no podía conciliar el sueño,
iba a buscar en ella la calma y la soledad; llevaba en la mano un rollo
de papel y un tintero, que formaba un cuerno de plata; en el centro de
la estancia se veía una mesa dorada, y pendiente del techo una lámpara,
suspendida de largas cadenas de plata, para que sus tibios rayos diesen
luz a la mesa; sin duda aquel aposento estaba preparado de orden del
paje o por él mismo para pasar en él la noche.
Fernando cerró la puerta sin ruido; se quitó la gorra, que dejó en un
sillón, y después se aproximó a la mesa para colocar en ella el papel
y el tintero; mas ambas cosas cayeron de sus manos, y retrocedió más
blanco que las olas de encaje de su gorguera al ver a un caballero que,
inmóvil y silencioso, estaba sentado en el sillón colocado delante de
la mesa, y que, al ruido que hizo en el suelo el tintero, levantó la
frente, estremeciose y se puso en pie.
—¡Doña Luz! —exclamó juntando sus manos con una especie de adoración.
Palideció el paje fijando sus ojos en aquel hombre; mas aquella mirada
cambió el alabastro de su semblante en un súbito carmín.
—¡Ah! —dijo—, ¡me habéis asustado, don Beltrán!... pero —prosiguió con
una sonrisa que desmentía su temblorosa voz—, ¿qué hacéis aquí? Yo
venía a escribir a mi padre en esta estancia, mucho más silenciosa que
la mía; pero, puesto que la habéis elegido antes que yo, me voy para
no molestaros —y diciendo esto, recogió su tintero y papel, y fue a
tomar su gorra.
—Deteneos por el cielo, Luz —dijo el conde de Ledesma con acento
suplicante—, ¡tened piedad de mí!
El fingido paje alzó al cielo sus ojos con tristísima expresión, como
pidiendo valor; pero cuando se volvió a don Beltrán, su habitual y
dulce sonrisa vagaba de nuevo por sus labios; dejó otra vez su gorra
sobre la mesa, y echó sus largos rizos dorados hacia atrás con un
movimiento infantil, sentándose en el sillón que acababa de dejar el
conde.