engañado!
Y dejando la lámpara en el primer peldaño, se apoyó en el brazo del
conde, y lo arrastró tras sí precipitadamente.
—¡Oh, qué noche! —murmuró la reina.
—¡Noche de tormentos —añadió el anciano—, que va a abrir a dos mártires
las puertas del cielo!
VII
La reina de Castilla pudo vencer todas las dificultades que los
ballesteros del rey oponían para permitirle la entrada en la casa del
conde. Sabían ellos bien que los caprichos de doña Juana eran acatados
por su esposo mismo, el cual le profesaba un afecto tranquilo, pero
tiernísimo.
Al fin penetraron en la cámara de la infanta: esta había saltado del
lecho al volver de su desmayo, y se había puesto únicamente una túnica
blanca; estaba sentada en un sitial, y sus pies desnudos se apoyaban en
el helado mármol del pavimento.
Sus largos cabellos, cuyas gruesas trenzas estaban medio deshechas,
caían en desorden sobre su frente cubierta de intensa palidez; todas
sus facciones, desencajadas hasta un extremo increíble, habían
perdido su expresión dulce y débil, y sus grandes ojos, casi siempre
melancólicos e impregnados de ternura infinita, se veían brillantes de
fiebre y giraban a todos lados llenos de espanto.
Cuando vio aparecer a la reina y al conde, se levantó, y de un salto se
puso cerca de ellos.
—¿Dónde está Florestán? —preguntó con ansia, devorando al anciano con
su ardiente mirada.
—Florestán ha muerto para vos —dijo don Álvaro con voz hueca, y
conduciéndola de nuevo a su asiento.
—¡Ha muerto! —gritó la desdichada—: ¿le has muerto tú o tu hijo?...
porque ese caballero que me guardaba, me dijo que don García era hijo
tuyo... sí... sí... ¡él fue!, yo le vi sacar la espada... y luego...
creo que me desmayé...
—¿Queréis venir conmigo, Berenguela? —preguntó la reina acercándose a
ella.
—¿Salir yo de este cuarto regado con su sangre? —exclamó la infanta que
acababa de arrodillarse en la sangre todavía caliente de don Sancho—.
¿Quién eres tú que me haces esa pregunta? —prosiguió volviendo hacia la
reina sus extraviados ojos y mirándola atentamente.
Mas, reconociéndola al instante y poniéndose en pie, la llevó cerca de
la lámpara de plata que ardía en su dormitorio, abandonado ya por los
ballesteros, desde el momento en que la reina se presentó.
—¡Ah! —dijo Berenguela mirándola con fijeza—. ¡Es la joven de los rizos
rubios, que me dijeron era la esposa de Florestán!... ¿Y no llora?...
¿Es que tus ojos se han secado como los míos? ¿Es que no tienen
lágrimas que verter? ¿O vienes acaso a morir conmigo sobre esa sangre
que derramó por mí?
—¡Oh, Dios mío! ¡Está loca! —exclamó la reina cubriéndose el rostro con
las manos.
—¡Loca! —repitió amargamente la infanta, cuyo desvarío crecía por
instantes—. ¿También dices tú como mi madre y como aquellos muchachos
que me pegaban tanto? Mira... yo huí del lado de mi madre porque me
llamaban loca... ¿y sabes por qué?... porque llevaba siempre estas
perlas que Florestán ciñó a mi cabeza, y porque todos los días salía
al campo a esperarle... luego vine a buscarle a Toledo, ¡y las gentes
me maltrataban y me llamaban loca también!... después encontré a
Florestán, a mi querido Florestán, a tu lado... y yo... no te aborrecí,
ni dejé de amarte... por eso... pero tú mandaste que me arrancaran de
sus brazos... tú, que eres tan hermosa... y tienes el rostro tan dulce
como los ángeles de mis sueños... ¿por qué fuiste tan cruel conmigo?...
¿por qué me separaste de él si yo no te había hecho ningún daño?...
—¡Oh, desgraciada niña!
—Luego —continuó Berenguela, tomando en sus manos abrasadas las manos
de la reina—, luego ese hombre me trajo a esta casa... y me dio por
carcelero a su hijo... que me había perseguido un año con su amor,
cuando estaba en Burgos... y cuando volvió Florestán a buscarme,...
¡padre e hijo sacaron las espadas y le mataron... ahí... donde está ese
charco de sangre!...
Y la infanta señalaba el sitio donde se había arrodillado.
—¡Ah! —gritó desesperadamente el conde—. ¡Mirad ya la luz del día! ¡Nos
hemos equivocado en la hora!
En efecto: una blanca cinta empezaba a dibujarse en el horizonte,
empujando rápidamente las tinieblas.
—Es menester concluir —dijo la reina con amargo desaliento—. ¡Y esa
guardia que se ha doblado en las puertas!... ya es imposible salir...
imposible... ¡yo estoy vendida también!
Hubo un rato de solemne silencio: la reina, cubierto el rostro con las
manos, sollozaba amargamente; el conde, apoyado en la pared, permanecía
yerto e inmóvil. Berenguela, en pie, les miraba alternativamente, sin
comprender nada de aquella desesperación.
—¡Ven! —dijo después de un largo rato, queriendo llevar a la reina
al sitio donde se había arrodillado—; ¡ven... aquí debemos morir las
dos... porque aquí ha muerto él!...
Un confuso sonido de atabales y de trompetas, que desembocaba en la
Plaza Mayor, cubrió la debilitada voz de la joven, y poco después se
oyó la de un pregonero.
—«¡Oíd, oíd, oíd!» —decía con fuerte acento—: «esta es la justicia
que manda hacer nuestro buen rey Enrique II con el traidor y rebelde
conde de Carrión, que ha roto su honor, como el verdugo rompe ahora
sus blasones, y como, al mediarse el día de hoy, romperá el hilo de su
vida.»
Un golpe fuerte y metálico resonó en todos los ángulos de la plaza:
era el hacha del verdugo que chocaba contra el blasonado escudo de los
condes de Carrión y contra sus armas siempre victoriosas y aún teñidas
con su sangre.
El anciano se enderezó como un león herido: hubiérase dicho que el
hacha del verdugo había partido su corazón. La reina, olvidando su
propia aflicción, le tendió una mano, que él se cuidó de tomar.
—¡Salvémosla, por Dios, conde! —exclamó doña Juana señalando a
Berenguela, que permanecía inmóvil.
—Es inútil pensar en salir; la guardia se ha doblado y tenemos que
atravesar la Plaza Mayor, donde están levantando mi cadalso, y la
cual estará llena de soldados del rey... ¡Oh! —gritó de repente el
conde, acercándose a Berenguela que parecía una estatua de mármol, y
desprendiéndole de la frente su diadema de perlas.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó la reina.
—¡Salvarla! —contestó el anciano con entereza.
La pobre loca no hizo movimiento alguno; ni siquiera advirtió que le
quitaban aquella riquísima alhaja; arrodillada sobre la sangre de
su hermano, que ya empapaba su blanca túnica, tenía la boca seca y
entreabierta, y tiritaba de calentura.
La reina se acercó a ella y tocó sus manos heladas.
—Va a perder el sentido, conde —dijo volviéndose al anciano, que se
había quedado enfrente de la infanta, mirándola con desencajados ojos—.
¡Una copa de agua... pronto, si no, esta pobre joven se muere!...
—continuó la reina al ver que Berenguela desfallecía por momentos.
El anciano se acercó impávido a una mesa, tomó una copa de oro con agua
que había pedido aquella misma noche para recobrar a Berenguela de su
desmayo al volver del alcázar, y se la presentó después de contemplarla
cerca de la lámpara. La desdichada apuró ansiosa hasta la última gota
el agua que contenía la copa, y luego, por un movimiento natural en su
carácter apasionado, besó dulcemente la mano que se la había presentado.
—¡Oh... ya se ha salvado!... —exclamó don Álvaro respirando con fuerza
y clavando en el cielo una mirada de ardorosa gratitud.
—¿Qué decís?... —preguntó la reina asombrada; pero el acento expiró en
sus labios, y sus ojos retrataron un profundo terror.
Un gran ruido de pasos y de armas se dejó oír en la antecámara: poco a
poco fueron aproximándose, y breves instantes después se oyó la voz de
Enrique II que gritaba con imperio:
—¡Abrid al rey!
Don Álvaro sacó la llave del aposento, que pocos momentos antes se
guardara, y abrió; entonces aparecieron en la puerta el rey y don
Sancho, escoltados por una fuerte guardia; el primero estaba pálido y
tembloroso; el segundo venía sostenido por dos soldados, envuelto en un
ancho manto blanco, y parecía un cadáver escapado de la tumba.
VIII
Algunos momentos después de dejar la reina el aposento del infante,
entró el rey en él a tiempo que don Mendo registraba sus heridas. Don
Enrique había profesado siempre un entrañable afecto a don Sancho, por
la hermosura de su índole, la ternura de su corazón, y su valor a toda
prueba.
Al oír decir al conde que Berenguela era hermana suya, su funesto amor
se rebeló contra aquella terrible e insuperable barrera; al saber que
el hombre a quien creía hijo de don Álvaro quería arrebatarle aquella
joven, tomando también el título de hermano suyo, su furor no conoció
límites, y se arrojó a él con la espada desnuda; mas al ver que a pesar
de su valentía permanecía inmóvil, al mirarle tendido a sus pies,
exánime, y al parecer sin vida, un sentimiento desconocido se alzó en
su corazón; su afección hacia aquel hermoso joven renació más fuerte
que nunca, y ya se ha visto que le mandó conducir al alcázar, y que
encargó que llamasen a un médico. Luego que salió de casa del conde, y
se aseguró de que este quedaba en la prisión, fue a informarse por sí
mismo del estado del herido.
Don Mendo reconocía las heridas con sumo cuidado; al ver al rey
quiso incorporarse el pobre joven, mas aquel le hizo señas para que
permaneciese quieto, y mandó a don Mendo que prosiguiese la operación,
tomando él mismo una luz para alumbrarle.
De repente el rey dio un grito: acababa de ver en el costado derecho
del joven, y junto a la herida que don Mendo reconocía, una mancha
rosada que él tenía también en el mismo sitio, y que distinguía a todos
los bastardos de Alonso XI, que la habían heredado de su madre Leonor
de Guzmán; el mismo conde de Carrión ignoraba esta circunstancia, y
ninguno de los infantes sabía que cada uno de sus hermanos estaba
marcado así.
Don Enrique, con el corazón anegado de ternura, rodeó con sus brazos
el cuerpo de don Sancho, y al mismo tiempo exclamó con voz vibrante de
emoción:
—¡Hermano mío!
El infante le miró con asombrados ojos, y pasó la mano por su frente
para convencerse de que no soñaba.
—¡Perdón, perdón, Sancho! ¡Oh, perdóname! —continuó don Enrique
apoyando en su pecho la cabeza de su hermano.
—¿Y Berenguela? —preguntó tímidamente el infante.
—¡Ah! ¡No sé! Yo la dejé desmayada y vine a verte a ti.
—¡Pobre hermana mía! —murmuró don Sancho con temblorosa voz.
—¡Tu hermana! —repitió don Enrique cuyos ojos lanzaron relámpagos
sombríos—. Pues entonces, ¡tú no eres hermano mío!... ¡entonces la
señal que yo he visto miente!... ¡Oh, sí, sí... miente... miente!...
¡Porque si ella fuese mi hermana, no hubiera puesto Dios en mi corazón
el germen de este fatal amor!...
—¡Es vuestra hermana como yo!
—¡Ven, pues! —exclamó el rey—. ¡Ven, Sancho, o Fernando, o como quiera
que te nombres! ¡Quiero que me acompañes a cerciorarme de esta horrible
verdad!...
Don Enrique, con el semblante desencajado, llamó al escudero del
infante, y le ordenó que le vistiese en cuanto don Mendo acabase
de vendar sus heridas; dio orden de preparar una litera, y después
de que don Sancho estuvo vestido, le envolvió él mismo en su ancho
manto blanco y mandó a dos soldados que lo condujesen a la litera,
encaminándose todos a casa del conde.
Su aparición produjo muy diferente sensación en las tres personas que
ocupaban la cámara de la infanta: la reina miró a don Enrique con
terror, y a don Sancho con asombro. Don Álvaro permaneció sereno e
inmóvil, y en cuanto a Berenguela, se precipitó hacia su amante con
indecible afán; mas antes que pudiera salvar la distancia que les
separaba, cayó exánime a los pies del infante.
—¡Qué veo! —exclamó el rey—. ¡A qué han venido aquí la reina y ese
traidor!
—He venido a salvar el honor de esa desdichada —contestó el anciano con
firmeza.
En cuanto a la reina, se había arrodillado junto a la infanta, y no se
cuidó de contestar a su esposo.
—¡Berenguela! ¡Berenguela! —gritó el rey acercándose a la joven
que yacía inmóvil en el suelo, sin hacer caso de las palabras que
pronunciara el conde.
—No turbéis los últimos momentos que restan de vida a esa desgraciada
—dijo el conde con acento severo.
—¿Qué?... ¡Oh!... ¿Qué has pronunciado? ¿Acaso... habrás sido tú su
verdugo?...
—No he sido más que el salvador de su honra.
—¡Tú! ¡Mientes... miserable! —gritó el rey con ronca voz y cogiendo por
un brazo al conde; y luego continuó con acento lastimero y suplicante:
—Pero ¡oh, no... no! ¡Eso no puede ser!... ¡Álvaro... dime que me
engañas!...
—Un veneno activo, que yo vertí en esa copa, cuyo contenido acaba de
beber, circula ahora por sus venas.
—¡Ah!... ¡qué horror!... —exclamaron la reina y don Sancho, que cayó
también de rodillas junto a la pobre niña.
El rey lanzó un sordo gemido; levantó a Berenguela entre sus brazos, y
fue a sentarse con ella en el sitial en que estaba apoyado don Álvaro.
—¡Llevad a este hombre al cadalso, y que caiga su cabeza
inmediatamente! —dijo con lenta y oprimida voz.
La escolta, que había acompañado a los regios hermanos, rodeó al
anciano conde, que fue a situarse enfrente del rey.
—Óyeme, Enrique —dijo con su grave y reposada voz—: yo amé a tu madre,
como solo se ama una vez en la vida, y, sin embargo, fui el mejor
amigo de tu padre, torturando sin piedad mi corazón; a ti y a todos
tus hermanos os recibí en mis brazos y oculté el nacimiento de los
dos últimos, porque el rey tu padre me lo mandó así; he sido el genio
bienhechor de tu familia, y un segundo padre para vosotros... y, sin
embargo, ¡he tenido el valor suficiente para matar a esa pobre niña sin
sentir el más leve remordimiento!
»Pero lo que más debe asombrarte, rey de Castilla —continuó el
anciano—, es saber que tú mismo has puesto en mis manos el medio de
darle la muerte. ¡Sí, el joyel que cerraba las sartas de perlas de esa
diadema, que tú le diste, contenía el veneno que le quita la vida!
El rey apoyó su frente en la frente helada de la infanta, ceñida aún
con la fatal diadema, y dejo escapar un sollozo desgarrador. Don Álvaro
continuó tranquilamente:
—Nadie más que yo sabía en el mundo este terrible secreto, porque solo
yo estaba presente cuando Alonso XI lo dio a tu madre: «Si alguna
vez —le dijo— te ves próxima a perecer bajo el puñal de un asesino,
bebe el veneno que contiene esta joya: tu muerte así será más dulce e
instantánea.» ¡Oh, al dar esa diadema a tu hermana, debiste saber que
ponías en mis manos la defensa de su honor!
El anciano se acercó al infante, que le abrió los brazos sollozando;
luego se inclinó sobre Berenguela, y besó sus manos heladas murmurando:
—¡Duerme en paz, ángel de Dios!
—¡Perdón para él, señor! —exclamó el infante volviéndose hacia el rey.
—¡No le quiero! —repuso el anciano pasando el umbral rodeado de
soldados—. ¡Dios nos juzgará a los dos!
Salió de la estancia con paso firme, y el rey se quedó como
petrificado, con la infanta en los brazos, en tanto que ella le
contemplaba sumida en un éxtasis delicioso: la animación de la fiebre
había desaparecido de su fisonomía, y sus ojos, dulces como en los
tiempos en que conoció a Florestán, se fijaban en los del rey con
entrañable amor; empero su palidez crecía a cada instante, y un círculo
azulado rodeaba ya aquellos grandes ojos.
—¡Cuán bien estoy así... Florestán!... —murmuró con voz dulcísima, pero
tan débil ya, que apenas podía percibirse—; ¡qué dichosa soy... mirando
ese hermoso sol!... ¡así lucía... el día primero que te vi!...
El rey ahogó un sollozo; en cuanto a la reina, se ocupaba en sostener
la cabeza del infante, que había caído desfallecido en un sitial,
situado en frente del que ocupaba el rey con Berenguela.
De repente, la mirada de la joven se apagó, como la luz próxima a
extinguirse.
—¡Tengo sueño! —murmuró reclinando su cabeza en el hombro del rey—;
¡déjame... dormir... aquí, Florestán!...
Cerráronse sus ojos; apareció en su boca una sonrisa inocente, y su
boca despidió el postrer suspiro.
El rey no lanzó ya un solo gemido: breves instantes permaneció mirando
con sombríos ojos el cadáver de Berenguela; de repente exclamó:
—¡Oh, quiero desgarrar yo mismo mi propio corazón! ¡Quiero apurar hasta
las heces el amargo cáliz de mi dolor!
Al pronunciar estas palabras, depositó el cadáver en el lecho y rasgó
con su daga la túnica de la infanta, apareciendo bien pronto la señal
del costado.
—¡Hermana mía! —gritó besando en la frente a Berenguela; después,
levantándose con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió:
—¡Ruega al señor que me perdone, el no haberte arrancado tu postrera
ilusión de amor!
La reina cerró piadosamente los ojos de la joven, y besó sus mejillas,
frías ya, en tanto que don Sancho ocultaba sollozando su frente entre
las ropas del lecho.
—¡Valor, hermano mío! —dijo el rey abrazándole—; ¡yo la amé con locura,
y me consuelo al pensar que está a los pies de Dios!
—¡Valor, hermano! —repitió la reina cubriendo el cadáver con su manto
real—; ¡yo la amaba también, y sabré consolar tu dolor!
—¡Oh, Dios mío! —murmuró aquel mártir del corazón, alzando al cielo sus
abatidos ojos—: ¡no les hagáis saber nunca hasta qué extremo la amaba
yo!
IX
Algunos meses después, presentó Enrique II una batalla a los ingleses,
en la cual quedó prisionero el infante don Sancho que mandaba uno de
los cuerpos del ejército de su hermano.
El rey de Castilla pagó por el infante un fuerte rescate, y envió a
buscarle al primer puerto a una brillante comitiva de los señores más
jóvenes y apuestos de su reino.
Pocos días después, llegaron dos heraldos a las puertas del alcázar,
solicitando una audiencia del rey, para decirle que habían adelantado a
la comitiva con el objeto de prevenirle que su señoría el infante don
Sancho venía muy enfermo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el rey, en cuyo semblante se retrató un agudo
dolor al oír esta triste nueva—; ¿y debe llegar pronto?
—Solo le precedemos algunos instantes, contestaron aquellos.
Diéronse inmediatamente órdenes para que se preparasen las habitaciones
de don Sancho, y no bien se dejaron oír las trompetas y atabales de la
guardia del rey, anunciando que ya se divisaba la comitiva del infante,
bajó don Enrique la escalera para abrazar a aquel hermano con tanto
extremo querido.
El infante no pudo ya doblar la rodilla para saludar al rey que le
estrechó contra su pecho; dos escuderos le subieron en sus brazos, y le
depositaron en su magnífico lecho.
Estaba don Sancho pálido y demacrado: la terrible enfermedad de
languidez que hacía tres meses le consumía, había llegado a minar todos
los órganos de su vida.
El rey y la reina se retiraron muy tarde a sus habitaciones, y
poco después, los ballesteros, que dormitaban en las galerías,
vieron deslizarse a un fantasma, envuelto en un largo manto azul:
santiguáronse todos devotamente, porque, a su modo de ver, era el
alma de una mujer, que según se aseguraba con sumo misterio, salía
cada noche de uno de los sepulcros del panteón, coronada de perlas y
abrigada con un manto azul: decíase también que era una joven muy amada
del rey, a la cual habían enterrado con aquella alhaja, presente sin
duda de Satanás, según afirmaban las reverendas dueñas, y que no podía
morar en el panteón de los reyes, por ser solo una villana que había
venido de la muy noble ciudad de Burgos.
Al rayar el día, las personas encargadas de velar al infante vieron con
sumo terror que, durante su sueño, había aquel desaparecido: en vano
registraron todo el alcázar antes de avisar al rey, al cual tuvieron
por fin que dar parte de tan extraño acontecimiento.
Al día siguiente murió uno de los infantes, de muy corta edad,
que estaba enfermo hacía algún tiempo. El rey, dominado por el
profundo dolor que le causara la muerte de su hijo, y atraído por un
inexplicable presentimiento, quiso acompañarle hasta el sepulcro:
envolviose en un manto negro, se dirigió al panteón, y se ocultó tras
una columna: de repente lanzó un grito de angustia, y los cortesanos,
atónitos, reconocieron a don Enrique, al precipitarse sobre una figura
humana, que yacía tendida sobre una tumba recién cerrada, y que solo
tenía grabado el sencillo nombre de _Berenguela_.
El rey había reconocido un magnífico manto de seda azul bordado de oro:
era de la reina, y bajo él descansaba don Sancho dormido con el sueño
eterno.
El mártir del corazón quiso que le sirviese de sudario el manto real,
que cubrió el cadáver de la infanta.
Un rayo de luz brotó en la mente de Enrique _El de las mercedes_, que
dobló la frente y oró con fervor...
* * * * *
La reina doña Juana empezó a padecer desde aquel día la misma
enfermedad de languidez que mató al infante.
¿Qué pasaba en el corazón de la reina de Castilla? ¡Solo Dios pudiera
decirlo!
El día mismo que se cumplían seis meses desde la muerte del infante,
cuatro condes de Castilla velaban el cadáver de su soberana, espada en
mano y en pie, a los cuatro ángulos de su suntuoso lecho mortuorio.
El cadáver de la reina fue colocado, por orden del rey, en la tumba
inmediata a la que ocupaba el de don Sancho.
Dícese que Enrique II no volvió a dormir desde aquella época fatal: que
desterró al ambicioso don Nuño de Sandoval, y que ni aun el amor de sus
hijos pudo consolar el hondo pesar que le devoraba el corazón.
¿Había adivinado el monarca cuál era el mal que cortó los días de la
bella y adorable criatura a quien llamó su esposa?
¡Tal vez Dios le advirtió en sueños que las purísimas almas de la reina
y del infante moraban juntas en el cielo!
LUZ DE LUNA
I
TRISTEZA
El segundo tercio del siglo XV iba a expirar. Era el oscurecer de un
hermoso día de otoño, y las campanas de Segovia tocaban a la oración:
las damas de la corte, pues la corte estaba entonces en esta ciudad,
se dirigían al templo cubiertas con largos mantos negros y acompañadas
de reverendas dueñas, lo que no impedía que algunas de ellas trocasen
una frase amorosa, pronunciada a media voz, con los gallardos donceles
que de cerca las seguían, o recibiesen un billete, que ocultaban con
rapidez maravillosa entre los anchos pliegues del manto.
Triste estaba entonces la ciudad. Enrique IV había abierto una tregua
a sus continuas diversiones; y en cuanto a la reina, no parecía desear
tampoco los saraos y festines que tanto la hacían gozar en otro tiempo;
murmurábase entre sus damas que una profunda tristeza la consumía,
aunque ninguna de ellas podía adivinar ni remotamente la causa: y, en
efecto, no existía al parecer.
Don Beltrán de la Cueva estaba a sus pies todo el tiempo que le
dejaban libre sus ambiciosos planes; al penetrar en la regia cámara,
desaparecía en el umbral el hondo pliegue que unía sus pobladas cejas,
animábanse sus negros ojos y asomaba a sus labios la sonrisa; mas
aunque esta sonrisa era triste también, parecía que don Beltrán era
feliz al lado de doña Juana.
¿Qué tenía, pues, la reina? ¿Sería acaso que la aquejaba el
presentimiento de alguna desgracia? ¿Soñaría con dolores lejanos
todavía? ¿O por ventura la entristecía el remordimiento de su culpable
pasión?
Todos estos comentarios se hacían en palacio. ¡Terrible mansión son las
cortes!
Las crónicas me han enseñado que en las antiguas se murmuraba
despiadadamente, y he oído decir también que en las de ahora hay la
misma cruel murmuración.
Pero entonces, como hoy, se erraban también los juicios: formábanlos
equivocados los que, dotados de una imaginación activa, anhelaban darle
alimento con tan vano trabajo; y al oírlos emitir a estos, se encogían
de hombros con frialdad e indiferencia las personas dotadas de un
generoso corazón.
Solo el conde de Ledesma podía saber la causa de aquella tristeza: solo
él podía decir por qué se apagaban los ojos de la hermosa soberana, por
qué palidecía su frente, por qué lloraba, y don Beltrán no lo decía a
nadie.
Las siete de la noche acababan de sonar en el reloj del alcázar real:
los balcones de la cámara de doña Juana, abiertos aún, permitían ver
la ancha plaza que atravesaban los pacíficos habitantes de Segovia
al dirigirse al templo; la reina había dado orden de que no entrasen
luces hasta que ella llamase, y la estancia, débilmente alumbrada por
el crepúsculo, se iluminaba ya con el blanco fulgor de la luna, que
aparecía llena y purísima en el azulado cielo sembrado de estrellas.
Ya no hacía calor; pero un ambiente templado todavía iba a aliviar con
sus caricias la agonía de las flores que morían en soberbios jarrones
de oro y plata.