porque tu ambición actual ha ahogado tu antigua hidalguía!...
—¡Ah!... —exclamó el conde, llevando ambas manos al corazón, como si
hubiera recibido en él un golpe mortal. Y el infeliz anciano rompió a
llorar amargamente.
Mas el rey no pudo reparar en el efecto que su cruel injuria había
producido: furioso como el león encerrado en una jaula, daba vueltas
por la estancia lanzando sonidos inarticulados.
—¡Berenguela! —gritó al fin—, ¡Berenguela...! ¿Dónde estás que no oyes
mi voz...?
Y arrojándose casi falto de razón a la puerta de la estancia, la abrió
impetuosamente, y echó a correr por las largas galerías llamando a la
infanta con voces descompasadas.
—¡Deteneos...! —gritó el conde que le seguía de lejos, y que le vio
pararse junto a una puerta cerrada que ocupaba el extremo de una
galería. Pero era tarde: la puerta, sacudida por el frenético Enrique,
se abrió de par en par, presentando a la vista el aposento de la
infanta.
—¡Hola, Sandoval! ¡Mis ballesteros aquí! —gritó el rey antes de
penetrar en la estancia.
Don Nuño salió de otro aposento cercano, atravesó la galería, y
desapareció en la escalera, alumbrado por teas de resina.
IV
Dormía la infanta tan profundamente que no oyó entrar al rey, ni a don
Álvaro. Su lecho virginal, blanco como las paredes y el pavimento de su
dormitorio, estaba débilmente alumbrado por una lámpara de plata; su
negra cabellera, recogida en dos gruesas trenzas, hacía inclinar hacia
atrás su cabeza; pálido como un busto de mármol estaba su semblante,
y solo animado por la riquísima y poblada franja de sus largas
pestañas negras; su maltratada espalda y sus magullados brazos estaban
modestamente velados por una almilla de finísima tela, al través de
la cual se divisaba el vendaje que cubría su hombro herido; veíase
en su semblante el sello de un sufrimiento desgarrador, y estaba tan
descolorida como la triple diadema de perlas que ceñía su frente.
Don Sancho velaba recostado en un sitial que había a la puerta del
oratorio, y medio oculto entre los tapices; el hermoso rostro del
infante estaba horriblemente pálido: diríase que en el tiempo que había
pasado, desde la revelación de su nacimiento, había vivido una larga
existencia de dolor y de pesares.
Ya no tenían brillo sus grandes ojos, ni color su seductora boca;
fruncidas sus cejas convulsivamente, formaban una ancha cinta de
terciopelo y hacían más amarga su desoladora mirada.
Al ver a don Enrique, que se precipitó impetuosamente en la estancia,
se levantó, y su hermosa fisonomía se animó con una terrible expresión
de ira; temblaron sus labios y aumentó su intensa palidez; pero no dio
un paso para acercarse al rey, y permaneció silencioso e inmóvil.
No así el conde, que fue a situarse junto al lecho de la infanta, en
actitud amenazadora: esta había hecho un movimiento, sin despertar de
su letárgico y doloroso sueño.
En cuanto al rey, detúvose atónito al ver a don Sancho, porque estaba
muy lejos de esperar encontrarle en aquel sitio; creíale en Burgos, en
el palacio de su padre, porque para él todavía era don Fernando Garcés,
hijo del conde de Carrión.
Su sorpresa, pues, al encontrarle allí, fue tan viva que solo se disipó
algún tanto cuando el aguijón de los celos hirió su corazón: su mente
se iluminó súbitamente, y el amor de aquel joven por Berenguela fue tan
claro para él como el motivo que movía a don Álvaro a disputarle la
posesión de la doncella. A su modo de ver, el conde la guardaba para su
hijo único y querido, para aquel hijo a quien sabía que amaba con tan
entrañable pasión que no pocas veces se había admirado de afección tan
fuerte, no obstante la que él mismo había debido a su padre, el buen
Alonso XI, de quien era el hijo predilecto.
En su terrible obcecación, vio también el motivo de que el anciano
conde hubiere imaginado la impostura de asegurar que Berenguela era
su hermana; aquel hombre, que había sido el hermano de armas, el
confidente y el mejor amigo del rey su padre; que había sido casi un
igual de los infantes bastardos, por haber crecido estos a su lado y
haberlos tenido siempre encomendados a su guarda, quería, valiéndose de
su omnímoda influencia, robar al corazón de Enrique a aquella joven,
para satisfacer el corazón de su hijo; y para satisfacer al mismo
tiempo su orgullosa ambición, había imaginado hacerle creer que era
hermana suya, a fin de que la dotase regiamente y de que los reinos de
Castilla y de León supiesen que el joven conde de Carrión se enlazaba a
una infanta real.
El alma de Enrique II era noble, aunque su corazón, siempre ligero e
inconsecuente, estuviese a la sazón extraviado por la profunda pasión
que profesaba a Berenguela; el tejido de infamias que creyó columbrar,
iluminado ya de antemano por las pérfidas sugestiones de Sandoval;
el recuerdo punzante del escándalo ocasionado aquella noche por el
conde, al publicar ante los embajadores su odiosa impostura, y la ruin
ingratitud a la sagrada memoria de su padre que patentizaba la conducta
de don Álvaro, todas estas consideraciones, en fin, exaltaron más el
ánimo del rey, ya furiosamente irritado, y levantaron en su alma un
huracán tan horrible que forzosamente debía arrollar cuanto se le
pusiera delante.
—¿Qué hacéis aquí, Fernando? —gritó deteniéndose en frente del joven
que le contestó solo con una mirada de amargo desdén—. Responded a
vuestro rey, villano —exclamó don Enrique poniendo mano a la espada.
—Ya lo veis —contestó fríamente el infante—: guardar a Berenguela.
Al oír aquel nombre, precipitose el rey en el dormitorio: la joven
había despertado al ruido de sus voces; pero incapaz de sentarse en el
lecho a causa del lastimoso estado en que la habían puesto sus pasados
sufrimientos, se incorporaba sobre un brazo al entrar don Enrique en el
dormitorio.
—¡Ah... ya sabía yo que vendrías, Florestán! —exclamó, mientras el rey
la abrazaba con indecible frenesí.
—Mira —continuó—, ese hombre fue el que me sacó de tu casa y me trajo
aquí... ¿por qué me separó de tu lado?
—Nadie volverá ya a separarte de él, Berenguela mía.
—¿No me engañas? ¿Verdad que seré siempre tuya, solo tuya? Porque yo
no tenía más que a mi madre, y la abandoné por ti... llévame, llévame
contigo, Florestán...
De repente, como herida por un extraño pensamiento, se echó hacia atrás
y clavó sus grandes y ardientes ojos en los ojos del rey.
—¿Por qué llevabas ayer un manto de púrpura? —preguntó—. ¿Por qué te vi
en la cabeza una corona de oro... y estabas sentado en aquel estrado, y
por qué había una hermosa joven de largos rizos rubios, sentada junto a
ti?
—Porque este hombre —dijo el conde con voz ronca— es Enrique II, rey de
Castilla, y aquella joven que visteis es su esposa.
El rey no pensó siquiera en mostrar cólera al anciano, por su terrible
revelación: con los ojos clavados en el rostro de Berenguela, espiaba
ansioso el efecto que aquellas palabras producían.
Mas la infanta no tembló, ni su palidez tomó aumento: sus ojos, tristes
y radiantes de fiebre, no se empañaron con una lágrima ni separó sus
brazos del cuello del monarca.
—¡Conque te llamas Enrique! —dijo sin que se notase alteración en el
eco dulce de su voz—. ¿Y eres rey? ¿Y tienes esposa a quien amar?...
Pero... ¿qué importa?... yo solo pido que me dejes amarte, como
amamos al sol que nos ilumina, sin que él nos lo agradezca ni lo sepa
siquiera... tú quiérela a ella mucho, Enrique, porque dicen que es una
gran falta el que un esposo no ame a su esposa, y yo no quiero que
cometas faltas por culpa mía... solo con verte seré muy feliz, porque
lejos de ti me moriría.
—¿Me perdonas, amor mío, que sea rey y te lo haya ocultado?
—¿Qué es un rey? —preguntó ella posando sus manos en los hombros de don
Enrique y clavándole cándidamente los ojos.
—Un rey es un desdichado a quien está vedada toda ventura; un rey es un
hombre a quien casan sin amor, a quien aprisionan, a quien rodean mil
ingratos, a quien privan de toda libertad; un rey es el ser más infeliz
que existe.
—Pues yo te amaré más ahora que sé que eres rey; en cuanto al nombre,
¿qué me importa que te llames Florestán o Enrique?
—¡Ea, atrás ya, rey de Castilla! —gritó don Sancho, desenvainando su
espada, ciego de furor y poniéndose delante de don Enrique—. ¡Paso al
infante don Sancho, que guarda a la hermana que vos queréis infamar...
Atrás os digo, o envaino mi espada en vuestro ruin corazón!
—¡Viven los cielos, canalla infame! ¿Hasta cuándo vais a sacar ramas
del tronco soberano? ¿Pensáis que así se toma en boca mi sangre? —rugió
el rey cerrando contra el infante, que paró el golpe con el brazo,
recibiendo en él una profunda herida. El noble joven se horrorizó ante
la idea de herir al rey, y no hizo otra cosa que defenderse harto
débilmente.
Un segundo golpe de don Enrique le hizo caer exánime; la espada había
entrado por el costado izquierdo, y un raudal de sangre saltó hasta el
pecho del monarca.
Este retrocedió espantado hasta la puerta; mas solo un momento le bastó
para recobrarse, y abriéndola gritó:
—¡Ah, de mi guardia!
Don Nuño de Sandoval asomó por la galería a la cabeza de cien
ballesteros, y bien pronto se encontraron cerca del rey.
—Rodead ese dormitorio con diez soldados, Nuño —dijo don Enrique
señalando el camarín en que yacía Berenguela, rendida a un mortal
desmayo desde que don Sancho desnudó la espada.
—¡Atrás, canalla! —gritó el conde apareciendo entre los tapices con la
espada en la mano—. ¡Solo pasando por encima de mi cadáver llegarás
hasta esa mujer!
—¡No le matéis! —exclamó el rey—. Desarmadle y llevadle maniatado a los
calabozos de mi alcázar.
Mas el valeroso anciano blandió su espada, resuelto a perder la vida
antes que consentir que llegasen al dormitorio. Durante algún tiempo,
se defendió como un león furioso, mas al fin le derribó un golpe de
maza que recibió en la cabeza de mano de un soldado. Cuando intentó
levantarse, estaba desarmado y maniatado fuertemente.
—Conde de Carrión —dijo el rey con voz lenta—. Todos tus bienes quedan
desde este momento confiscados y sujetos a mi corona, por lo que esta
casa me pertenece ya; al amanecer, serán rotos tus blasones por la
mano del verdugo, y a las doce te cortará la cabeza, por traidor y
rebelde a tu rey.
—Y yo te juro, rey de Castilla y de León, a quien tantas veces mecí en
mis brazos, que no conseguirás deshonrar a tu hermana —repuso el conde
con acento firme.
—¡Llevadle! —gritó el rey.
Don Álvaro salió entre un buen número de soldados que le rodearon con
sus largas alabardas.
—En cuanto a ese joven, Nuño, continuó el rey, señalando el cuerpo
inmóvil de don Sancho, hazle conducir a una habitación desocupada de
mi alcázar, haz llamar inmediatamente a mi médico para que le asista,
y que le guarden con cuidado. Tú rodea esta casa de una buena guardia
y quédate al lado de esa joven, teniendo presente que me respondes de
ella con tu cabeza.
El rey salió, dicho esto, escoltado por algunos soldados, y se dirigió
al alcázar al tiempo que el reloj de la catedral daba las dos de la
mañana.
V
Don Enrique, al llegar al alcázar, se encerró en sus habitaciones al
mismo tiempo que la reina se hacía vestir por sus damas, siéndole
imposible conciliar el sueño; la escena que había presenciado en el
salón de embajadores había impresionado fuertemente su ánimo y afligido
su corazón, por más que su amor al rey no tuviese el carácter de una
pasión acendrada.
Arrodillose, pues, en su reclinatorio, y se puso a rezar las oraciones
de la mañana, segura de conseguir alguna calma para su agitado
espíritu; su orgullo era lo que más padecía, y todo orgullo se depone a
los pies del monarca de los cielos.
Sus damas arreglaron las luces, pusieron en orden algunos objetos, e
iban a salir silenciosamente para no turbarla; mas, al abrir la puerta
de la cámara, se oyó una voz en la galería exterior que llamaba a la
reina.
Doña Juana se levantó y escuchó atentamente, haciendo una señal a las
damas para que se detuvieran: todas permanecieron inmóviles en el
umbral de la regia cámara, y solo la reina salió hasta la puerta que
daba a la galería.
Algunos soldados avanzaban por ella, rodeando un grupo formado por
cuatro de ellos, que conducían a un caballero herido, al parecer,
porque un reguero de sangre iba marcando su camino; el desdichado se
retorcía entre sus brazos y gritaba con voz desfallecida y congojosa:
—¡La reina!... ¡Quiero ver a la reina!... ¡Llevadme a su cámara, por
Dios!
—Vamos al torreón de la derecha —dijo el que parecía que los mandaba,
sin hacer caso de las súplicas del herido—, que es donde me ha dicho
don Nuño que depositemos a este loco.
Y luego añadió dirigiéndose al herido:
—Os prevengo que si no calláis, voy a poneros una mordaza; la reina
duerme, y aunque no fuera así, tampoco consentiría en veros a tales
horas.
—¿Qué queréis de la reina, pobre joven? —dijo doña Juana dejando el
umbral de la antecámara y adelantándose hacia el herido—. Aquí está
para consolaros.
Y dirigiéndose a los ballesteros continuó:
—Id al torreón y colocadle en un lecho, que ya os sigo.
Los soldados prosiguieron su camino, a través de las anchas galerías,
mal alumbradas por alguna que otra lámpara, y la reina volvió a su
aposento. Echó sobre su blanco traje un largo manto de seda azul
recamado de oro, y después de mandar a sus damas que la esperasen hasta
su vuelta, se dirigió sola al torreón.
Doña Juana pensaba encontrar alivio al dolor que la afligía en la
buena acción que iba a practicar: era noble, sincera y piadosa hasta
el extremo. Viviendo sin otro amor que el de sus hijos, porque ya
hemos dicho que no amaba al rey, solo aquel tiernísimo afecto podía
libertar a su corazón apasionado de sentir un gran vacío: aquella joven
dotada de un talento distinguido, de una colosal imaginación y de
una sensibilidad exquisita, pasaba la primavera de su vida haciendo
castillos en el aire, o entregándose a peligrosos ensueños que hacían
más amargo su despertar.
Sin embargo todavía se consideraba feliz, porque su orgullo, ese noble
sentimiento que, bien entendido y conducido con tacto, es el origen
de todo lo bueno, no había sido lastimado: los amores del rey habían
estado rodeados siempre de cierto pudor y velados a veces por un
profundo misterio. Don Enrique, hasta que vio a Berenguela, le había
profesado el afecto más tierno, afecto que ni aun después se desmintió
un solo instante.
Pero entonces el corazón de la reina estaba profundamente herido: la
desoladora escena que había presenciado aquella misma noche, había
dejado en él una huella que no podía borrarse jamás.
Al llegar doña Juana al extremo de la galería que comunicaba con la
escalera, oyó en el patio rumor de armas; asomose a una ventana y vio,
entre un gran número de soldados, a un caballero anciano que creyó
reconocer; en aquel momento, uno de los que le conducían abrió una
puerta por la que salió una bocanada de aire que hizo oscilar la luz
fúnebre de las teas que llevaban los soldados.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la joven reina juntando las manos—. ¡Van a
sepultar a ese infeliz en una prisión...! ¿Cuál será su delito?
Y volvió a aproximarse a la ventana, pero ya no pudo ver más que la
espalda del preso, que desaparecía por la tortuosa escalera seguido de
los soldados.
Doña Juana murmuró una corta oración a la madre de Dios para que
tuviese piedad de aquel desgraciado, y siguió su camino transida de
horror.
Al llegar a la cámara del herido, la vio guardada por muchos soldados
que le hicieron los honores, mirándose sorprendidos de ver a la reina
sola a tales horas.
Doña Juana penetró en la estancia fría y húmeda, débilmente alumbrada
por una lámpara de bronce; acercose al lecho y descorrió los tapices,
sentándose a la cabecera.
—¡Despejad! —dijo a los centinelas que había en los cuatro ángulos del
aposento.
—Señora —se aventuró a decir uno—: V. A. ignora sin duda que el rey nos
ha dado orden de no perder de vista a su señoría el señor conde.
—¡Despejad, os digo! Y si el rey os reconviene, respondedle que la
reina os ordenó dejarla sola con el preso.
Los soldados obedecieron, y la joven se volvió al herido.
—¿Qué queréis de mí, conde? —dijo con dulce voz.
—Señora... —balbuceó el infante al que ya faltaba la vista y el
aliento—; señora... en una prisión del alcázar... debe haber... sí;
debe haber un hombre preso... un anciano...
—¡Sí... sí lo hay! haced un esfuerzo, conde —exclamó la reina—. ¿Ese
hombre es vuestro padre?
—¡No... no, señora... mi padre... no...! es aquel que esta noche... en
la audiencia...
—¡Ah! —exclamó la reina, dándose una palmada en la frente—; ¡ahora
recuerdo, sí, sí; ese preso es el que se llevó a aquella mujer
desmayada...!
—¡Sí, ese... mismo, señora... corred a verle... por Dios... abridle la
prisión para que salve a mi hermana... que el rey quiere deshon...!
La voz del infante expiró en sus labios: su cabeza cayó yerta y lívida
sobre los almohadones, y sus ojos quedaron abiertos y sin luz.
—¡Ha muerto! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la reina más pálida que el
herido, precipitándose hacia la puerta al mismo tiempo que esta se
abría para dar paso al médico del rey.
—¡Ha muerto, don Mendo, ha muerto! —repitió juntando las manos.
Aproximose al lecho el médico y puso las suyas en el pecho del herido.
—Vive, señora —dijo—, y tal vez sus heridas no sean mortales; pero
necesito reconocerlas al momento.
La reina fijó la intensa mirada de sus grandes ojos azules en el
hermoso rostro de don Sancho, y se envolvió en su manto.
—Si le salváis, don Mendo, os haré pesar en oro, —dijo al salir.
Inclinose el médico sin contestar, y la reina salió del aposento.
—Id a decir al capitán de ballesteros que le aguardo en mi cámara —dijo
al pasar por delante de los soldados.
Dos de ellos salieron presurosos, y la reina se dirigió a sus
habitaciones, llegando casi al mismo tiempo que ella el capitán.
—¿Tenéis las llaves de las prisiones, don García? —preguntó doña Juana.
—Sí, señora.
—De orden del rey, venid a abrirme la que acaba de ocuparse.
Salió el capitán y poco después volvió a buscar a la reina: una escolta
de diez ballesteros les esperaba a la puerta, y bajaron inmediatamente
la escalera.
—Esperadme aquí fuera, don García —dijo la reina, abierta ya la puerta
del calabozo—, y quedad todos al alcance de mi voz.
—¿Pues qué, señora, va a quedar sola vuestra alteza con un reo,
condenado a sufrir la última pena dentro de algunas horas?
—Sí.
—¡Oh, por Dios, señora mía! —exclamó el leal capitán con acento
suplicante—. ¡Por Dios, no haga V. A. tal cosa!
—No temáis por mí, don García —dijo la reina con dulce sonrisa—; nada
debemos temer cuando ejecutamos una buena acción.
Doña Juana entró en el calabozo, y cerró tras sí la puerta.
VI
Una pequeña lámpara de hierro daba a la prisión una débil claridad, más
fúnebre y aterradora que la oscuridad más completa: las columnas de
piedra, que sostenían la bóveda, asemejábanse a otros tantos colosales
fantasmas de negras y horribles formas; la tenue luz estaba colocada
ante una imagen del crucificado fija en la pared y al alcance de la
vista de don Álvaro, y una pequeña mesa, situada debajo y cubierta
con un paño blanco, indicaba que en breve iba a recibir el preso los
sagrados sacramentos de la confesión y comunión.
El valeroso conde estaba sentado en un escaño de madera, único asiento
que allí había, y fuertemente maniatado; sus manos, sujetas con gruesos
cordeles, no podían moverse, y su cana y venerable cabeza, abierta
por la maza del feroz soldado, estaba vendada con un paño blanco, que
salpicaban anchas gotas de sangre.
Absorto en amargas meditaciones, o tal vez orando, ni siquiera se
apercibió de la entrada de la reina; su cabeza permaneció inclinada
sobre el pecho, y sus ojos fijos e inmóviles.
Doña Juana se adelantó silenciosamente: al ver a aquel anciano
venerable, conmoviose hondamente su joven y tierno corazón y el llanto
se agolpó a sus ojos.
—¡Señor! —dijo con tanto respeto que era imposible reconocer en su
acento la voz de la mujer altiva que pocas horas antes había mandado
quitar a la infanta de su presencia.
El anciano levantó la cabeza y se puso en pie, reconociéndola al
momento.
—¡V. A. aquí! —dijo cediendo a la reina el grosero asiento que acababa
de dejar, con la misma grave cortesía que si estuviera en uno de los
salones de su magnífico palacio.
—Vengo de parte de... de un joven, que han traído al alcázar hace media
hora, mal herido y en calidad de preso —dijo la reina aceptando el
asiento, porque sentía que no podía sostenerse.
—¡De parte del infante! —exclamó don Álvaro con indecible alegría—.
¡Conque vive!
—¡Del infante! —repitió la reina llevándose ambas manos a la frente,
porque sentía desvanecerse su cabeza con tantas emociones—. Pero,
¡Dios mío!, ¿quiénes son esos infantes, a quienes yo no conozco, y
quién sois vos?
—Yo, señora, soy don Álvaro Garcés, conde de Carrión, y el segundo
padre de los dos jóvenes que habéis visto esta noche, herido y preso
el uno, y la otra maltratada y casi demente: en cuanto a ellos, son
hermanos de don Enrique.
—¡Hermanos de mi esposo!...
—¡Sí! —repitió el anciano, cuya calva frente se enrojeció de ira—.
¡Hermanos de don Enrique; hijos, como él, de Alonso XI y de Leonor de
Guzmán! ¡Hermanos desdichados, a quienes no quiere reconocer!... ¡Dos
infelices criaturas que han vivido bajo mi amparo, para que pierdan
la vida el uno, y la otra, además, la honra, que es mil veces peor!
¡Honra y vidas, que con tantos afanes conservé! ¡Es posible que habéis
de perecer ahora por ese ingrato a quien tanto he amado, y por quien
derramé mi sangre en cien combates!
—¿No sabe el rey que son sus hermanos?
—No quiere creerlo, señora, porque hasta hoy no lo había sospechado
siquiera, y porque yo no tengo otra seguridad que darle que mi palabra.
—¡Oh, qué horrible misterio! —murmuró la reina pasando sus manos por la
abrasada frente; y luego añadió en voz alta:
—¿Dónde conoció a su hermana?
—En Burgos, y desde entonces la amó con locura.
—¿Y a su hermano?
—Don Sancho pasaba por don Fernando Garcés, mi hijo.
—¿Dónde está la infanta?
—En la que fue mi casa, que ahora está guardada por los soldados del
rey.
—¿Luego esa desdichada —dijo la reina con espanto— está en poder de don
Enrique?
—¡Sí! —exclamó el conde, retorciendo con delirante dolor sus manos
atadas—. ¡Sí, está en poder de don Enrique, sin que nadie más que yo
pueda librarla de él! Y yo... yo estoy aquí atado... yo voy a morir
dentro de pocas horas... ¡Oh, si yo pudiese abandonar durante algunos
instantes esta prisión!...
—Pero, ¿qué podríais hacer, desdichado anciano? —repuso doña Juana, por
cuyas blancas mejillas se deslizaban gruesas lágrimas.
—¡Oh, yo tengo medios para salvarla, si pudiese llegar hasta ella!
—exclamó el conde con tanta confianza que la joven reina se levantó
involuntariamente.
—¡Oh! —murmuró—: ¡si ella quisiera seguirnos, yo la salvaría también,
como a mi querida hermana, y la haría feliz!
Y luego añadió como asaltada por una idea repentina:
—¿Vamos a verla, conde?
—¡A verla! ¿Olvida V. A. que va a amanecer, y que dentro de algunos
instantes vendrá a buscarme el confesor?
—No, todavía no: tenemos aún hora y media... mirad —añadió—, mirad,
esa puerta de tablas desunidas... debe comunicar con una escalera que
da al jardín... una vez allí, la salida es segura, porque yo tengo una
llave... vamos, vamos a salvar a esa desdichada.
Y la reina se quitó su toca de encajes, que retorció haciéndola una
mecha y humedeciéndola en el aceite de la lámpara; luego la encendió
y se arrodilló a los pies del conde, prendiendo fuego a la gruesa
cuerda que los sujetaba y que sus delicadas manos jamás hubieran podido
desatar.
Cuando los pies del anciano quedaron libres, hizo lo mismo con las
manos, sirviéndole de mecha la cuerda que acababa de romper.
—Ea —dijo apartando de su frente los profusos bucles de su rubia
cabellera, que había quedado libre de toda sujeción, y echando sobre
los hombros su recamado manto—. Vamos, conde; vos, que tenéis mucha
fuerza, quitad uno de esos tablones... no perdamos tiempo.
—¡Bendito seas, ángel de Dios! —exclamó don Álvaro, besando las manos
de la reina.
—¿Podremos convencerla para que nos siga, conde?
—¡Oh, si nos dejan llegar hasta ella, os juro que la salvaré! —dijo el
anciano, al mismo tiempo que echaba abajo de un vigoroso empuje una de
las tablas de la puerta; luego descolgó la lámpara, y una oscura y
tortuosa escalera apareció, en efecto, a la vista de entrambos.