cerca por una turba de muchachos: la infeliz llevaba los pies descalzos
y ensangrentados, y cuando se aproximó a los nobles, todos ellos
pudieron ver que estaba flaca y pálida en extremo.
Los traviesos muchachos la seguían cada vez más de cerca, gritando
descompasadamente:
—¡La loca...! ¡La loca...!
Por fin llegó la desdichada a las puertas del alcázar: casi muerta de
terror y de fatiga, fue a refugiarse en el grupo de ricos-hombres que
tenía más próximo y, dejándose caer de rodillas, gritó con voz lenta y
sofocada:
—¡Tened piedad de mí...! ¡Me arrojan tantas piedras...! ¡Me lastiman
tanto...! ¡Van a matarme...!
—¿Quién es esta mujer? —preguntó don Pedro González de Mendoza a don
García de Albornoz.
—No sé —contestó el interpelado—. No la conozco... ¡Calle!.. Se ha
desmayado, aquí, a nuestros pies... ¡Estamos bien, por Dios!
—¿Cómo bien? Vámonos y...
—¿Dejándola así?
—¡Pues no! ¿Qué queréis hacer con ella?
—¡Pobre infeliz! —murmuró don Pedro Gutiérrez—: veamos siquiera qué
cara tiene.
El caballero levantó la cabeza de aquella desgraciada, la apoyó en sus
rodillas, y la luna iluminó de lleno el semblante que quería ver.
—¡Por Dios Santo, que es el ángel más hermoso que puede hallarse en la
tierra! —exclamó don Pedro—. ¡Qué cabellera tan sedosa, negra y rica!
¡Qué ojos, aun cerrados! ¡Qué tez! ¡Qué facciones todas! ¡Este divino
rostro tiene un conjunto de sublimidad, sencillez y misterio, que yo no
he visto jamás!
Bien hubiera podido seguir en sus alabanzas durante largo rato el
caballero, sin que nadie le interrumpiese; los cortesanos contemplaban
absortos la soberana belleza de aquella joven, a quien los muchachos
llamaban _la loca_.
Parecía no pasar de esa dichosa edad en que el corazón vive solo de
ilusiones: su traje de luto era el de las villanas de Castilla, pero
destrozado y hecho giras; sus piececitos, que cabían en una sola mano
de aquellos grandes señores, y que parecían formados de mármol de
Carrara, estaban descalzos, y cruzados por sangrientos surcos; sus
brazos y sus manos eran delgados en extremo, sin que por eso hubieran
perdido sus suaves y hermosos contornos; sus largos cabellos negros,
lucientes y rizados, estaban destrenzados, envolviéndola como en un
manto de seda, y se veían ceñidos por una riquísima joya de extraña
forma: era una diadema de tres hilos de gruesas perlas, abrazadas en
medio por un joyel de diamantes de incalculable valor.
—¡Soberbia alhaja! —dijo uno de los prelados—: mirad qué divino
contraste hacen esas perlas, con el azabache de su cabellera.
Un movimiento de la joven fijó la atención de todos: abrió los ojos y
dirigió en torno suyo una mirada de asombro y de aflicción; levantando
después la cabeza, apartó los abundantes rizos que cubrían su frente y
observó medrosa toda la extensión de la plaza.
—¡No están ya...! ¡Gracias a Dios que se han ido! —murmuró, exhalando
un suspiro de consuelo.
—¿A quién buscáis, niña? —preguntó don García de Albornoz.
—Miraba, señor —contestó con voz dulce y triste, si me esperaban aún
aquellos muchachos que tanto me han maltratado.
—No los temáis, ya los hemos hecho huir.
—¡Ah, gracias, señores, gracias! —exclamó ella cruzando las manos—.
¡Dios os lo pague!
—¿De dónde venís, niña?
—De Burgos.
—¿Cómo os llamáis?
—Berenguela.
—¿Berenguela de qué?
—Creo que no tengo apellido: a lo menos no lo conozco yo.
—¿Qué edad tenéis?
—Diecinueve años.
—¿Qué venís a hacer a Toledo?
—He venido a buscar a Florestán.
—¿Quién es Florestán?
—Un hombre que me amaba mucho, y a quien yo amo con toda mi alma.
—Para estar loca —dijo un obispo—, habla con demasiado concierto.
—¡Loca! —repitió Berenguela estremeciéndose—. ¿Verdad que no estoy
loca, señor? ¡Oh, decidme, por Dios, decidme todos que no! ¡Loca,
loca! Mi madre aseguraba que lo estaba, y por no perder la razón, a
fuerza de oírselo decir, huí de Burgos... y ahora en los tres días
que voy recorriendo todas las calles de Toledo en busca de Florestán,
las gentes que me ven ¡me llaman también la loca, me persiguen y me
maltratan...!
—¡Pobre joven! ¿y a dónde os dijo Florestán que se iba?
—Él se fue con el rey de Castilla cuando salió de Burgos, hace trece
meses: con el rey debe estar, y yo he oído decir que S. A. está en
Toledo. ¿Podéis, buenos señores, decirme dónde vive?
—¿Quién?
—El rey.
—Aquí —dijo sonriendo y señalando al alcázar uno de los cortesanos.
—¡Ah, pues entonces aquí encontraré a Florestán! —gritó Berenguela,
precipitándose hacia la puerta y penetrando en el primer patio.
—¡Buena la habéis hecho, don Nuño! —dijo González de Mendoza—: por
culpa vuestra va a armarse un escándalo en el alcázar.
—No la dejarán pasar —dijo otro noble—; pero sigámosla de cerca: esa
pobre niña me interesa.
Los nobles siguieron a Berenguela y se detuvieron observando en el
patio primero, donde, en efecto, ya la habían detenido los primeros
guardias del rey.
II
Los cortesanos no quisieron avanzar, a fin de que su presencia no
embarazase a los soldados.
—Se acabó —dijo uno al ver que el coloquio entre estos y la joven se
prolongaba—; de ahí no pasa.
No fue así, sin embargo: quitose la doncella su riquísima diadema, y la
mostró a los soldados diciendo algunas palabras; a la vista de aquella
joya, se apartaron, abriéndole paso y pudo llegar hasta la suntuosa
escalera, tapizada e iluminada.
Allí había otra guardia: Berenguela presentó la diadema que conservaba
en la mano, y pasó también, llegando hasta el peristilo. Su talismán le
abrió paso igualmente por enmedio de los soldados, escuderos y pajes
que llenaban las galerías y que la miraban asombrados.
En el momento en que Berenguela ponía el pie en la primera antecámara,
el reloj del alcázar dio lentamente las nueve de la noche: el eco de
los clarines y atabales que retumbó en los patios se confundió con las
últimas vibraciones de la campana, y anunció a los nobles que habían
llegado las embajadas, y que estaba abierta audiencia.
Consternados los cortesanos por haber faltado a la etiqueta, aceleraron
su marcha y penetraron en la cámara real, a fin de rodear el trono
antes que llegasen los embajadores, que ya subían la escalera.
Berenguela los vio pasar uno a uno tranquilamente, y siguió en pos de
ellos, abriéndole paso su corona de perlas.
Enrique II recibió a los cortesanos con su grata y benévola sonrisa, a
pesar de su tardanza: estaba sentado en el solio, y vestía un riquísimo
traje de ceremonia; su túnica de púrpura, larga hasta la garganta de
sus pequeños pies calzados con borceguíes de brocado bordados de
oro, estaba bordada igualmente en su derredor de riquísima pedrería,
y sujeta con un ceñidor de oro; llevaba el manto real prendido en el
hombro derecho con un broche de diamantes, y su corona era de una
riqueza deslumbradora.
Sentada junto a Enrique II estaba su esposa, vestida con un suntuoso
traje de seda y oro, y recogidos sus rubios cabellos en una redecilla
de corales, que remataba, junto a la frente, en una corona de oro y
pedrería.
Ya que hemos hecho el retrato del rey cuando enamoraba a Berenguela
bajo el fingido nombre de Florestán, digamos algo de la reina, de esa
bella y virtuosa princesa, tan injustamente olvidada por casi todos los
historiadores.
Llegaría apenas doña Juana a los veinte años: era de estatura más
bien baja que alta, y de formas delicadas y esbeltas; la pura y
suave blancura de su semblante oval estaba animada por sus grandes
ojos azules y límpidos que brillaban bajo los tendidos arcos de sus
cejas pobladas, sedosas y de un hermoso color castaño; sus cabellos,
también castaños y abundantes, estaban peinados en gruesas trenzas, y
se escapaban por debajo de la red en numerosos rizos; formaba su boca
un arco de coral, y su nariz parecía robada al rostro de una estatua
griega.
En su bella y simpática fisonomía solo se descubría el sello de la más
dulce bondad, cuando estaba tranquila; no obstante, el orgullo era la
pasión dominante en el alma de aquella joven, y al más leve choque,
chispeaban sus ojos, encendíanse sus mejillas, y su frente se cubría de
un subido carmín.
Sabía que don Enrique se había casado con ella por razones de estado,
una de las cuales fue el deseo de procurarse el auxilio de su padre don
Fernando Manuel, poderoso señor, que más de una vez le libró de las
asechanzas del rey su hermano, y aunque a la sazón solamente contaba
doña Juana doce años, no se escaparon a su perspicacia las miras del
infante al unirse a ella.
La hija de don Fernando Manuel, retirada en uno de los castillos de
su padre desde el día de su casamiento, no pensó en su esposo durante
los tres primeros años de su matrimonio: mas al cumplir quince, su
orgullo de mujer y su dignidad de princesa se rebelaron, y escribió
a don Enrique que quería reunirse a él. Sabido es que, al ir a donde
su esposo la esperaba, cayó en manos del rey don Pedro, y que este la
retuvo en su poder hasta que uno de sus camareros se la robó, seducido
por el oro de don Enrique, y la acompañó hasta Aragón, donde se hallaba
el infante.
Poco tiempo después volvió a separarse de ella por el nuevo giro que
tomaron los negocios políticos. Doña Juana permaneció en la corte
de Pedro IV _el del Puñal_, y en vano todos los magnates de Aragón
rindieron un tributo de amor a su belleza: la condesa de Trastamara,
que ya había dado a luz al infante don Juan, se mantuvo fiel a su
esposo, escudada por su austera virtud, no obstante su tierna edad,
y permaneció en Zaragoza hasta la muerte de don Pedro I de Castilla.
Entonces marchó a Burgos para asistir a la coronación de su esposo por
rey de Castilla y de León; mas aunque sospechaba todas las intrigas
amorosas, en que tan fecunda fue la juventud de don Enrique, y aun
llegó a saber algunas con certeza, no le habló, a fuer de mujer
orgullosa, de ninguna de ellas, y siguió amándole, no con pasión, pero
sí con el tranquilo cariño que siempre le había profesado; además, nada
sabía de los amores de Berenguela, que era realmente la única mujer,
inclusa la suya, que había logrado conmover hondamente el corazón del
versátil Enrique II.
Perdónesenos esta digresión, necesaria para dar a conocer algún tanto a
la reina de Castilla en el momento de presentarla a nuestros lectores,
y volvamos a ocuparnos de la cámara real.
A la derecha del rey estaba en pie un rico-hombre, que tenía en los
brazos al infante don Juan, vestido de gala.
No bien acababa de colocarse cada uno en el sitio marcado por la
etiqueta, cuando se oyó a lo lejos un confuso murmullo, mezclado con
voces de mujer. Era que la guardia de la antecámara no dejaba pasar a
Berenguela.
Miráronse los cortesanos haciéndose señas de inteligencia; mas el rey,
absorto en acariciar a su hijo, que reía a carcajadas, no se apercibió
de ello. Divertíase el monarca en golpear con su cetro las tiernas
mejillas de su hijo, y el frío contacto del oro redoblaba la risa del
infante, en vez de hacerle llorar: diríase que el regio niño adivinaba
que aquel juguete era el signo de su futura grandeza.
Pero, al fin, creció tanto el tumulto y se percibieron tan claros los
sollozos de una mujer, que el rey levantó la cabeza, y doña Juana
escuchó con atención.
—Id a ver qué sucede, Hernández —dijo don Enrique a un joven
gentilhombre, que salió al instante.
Mas aún no había tenido tiempo de llegar a la antecámara, cuando se oyó
la severa voz de Álvar Pérez de Guzmán, capitán de guardias del rey.
—Yo os mando que la dejéis pasar —gritó con acento que no admitía
réplica—. Hace once meses que S. A. me dio terminantemente esa orden, y
yo ni olvido ni contravengo jamás las órdenes del rey.
El murmullo cesó, y un instante después se precipitó Berenguela en la
cámara real.
Venía la infeliz pálida y desmelenada; sus desnudos y heridos pies
dejaban en pos de ella sangrientas huellas; sus delicadas muñecas
estaban enrojecidas por los bruscos estrujones de los soldados, y su
espalda, que pudiera servir de modelo para una Venus, estaba macerada
y llena de manchas cárdenas, muestra clara de los golpes con que la
habían maltratado; en su hombro izquierdo se veía una ancha y profunda
herida, que, por su forma particular, atestiguaba haber sido hecha por
una daga.
Solo el semblante se conservaba puro, hermoso, sublime: aquella
criatura, arrojada así en medio de aquella regia magnificencia, entre
aquellos torrentes de seda, luz y pedrería, parecía el ángel del dolor,
enviado por Dios para advertir a los grandes de la tierra lo engañoso
de los goces mundanos.
Berenguela llegó al centro del salón de embajadores y no se inmutó, ni
dio muestra alguna de asombro; tendió su vista por toda la estancia,
y dio algunos pasos más hacia el grupo que rodeaba el trono, el cual
estaba situado en el extremo de la cámara que daba frente a la puerta
de entrada.
Entonces sus grandes y tristes ojos se fijaron en el solio y en la
persona que le ocupaba como el punto más culminante; durante algunos
momentos, clavó sus miradas con indefinible afán en el rostro del
monarca, que se había puesto en pie al verla entrar, y por fin se dejó
caer en sus brazos, gritando con un acento arrancado a lo más íntimo de
sus entrañas:
—¡¡Florestán!!...
Los nobles se miraron unos a otros, atónitos y consternados: habían
adivinado quién era el amante de la desdichada niña, y cuál era la
causa de su enajenación mental; habían visto a la reina levantarse ante
aquella aparición, con los ojos espantados, y su fisonomía descompuesta
les presagiaba que pronto debía estallar el huracán que destrozaba su
alma.
En cuanto al rey, la sorpresa le había dejado inmóvil al ver entrar
a Berenguela; mas al eco dulce de aquella voz, un mundo de profundas
sensaciones y de tiernísimos recuerdos se levantó en su alma, y abrió
sus brazos a la doncella, que reclinó en el pecho del rey la abatida
cabeza.
—¿A qué has venido aquí, pobre niña? —murmuro don Enrique al oído de
Berenguela.
—He venido a buscarte, Florestán... —dijo la joven con el acento
débil, lento y dulcísimo que le era peculiar—, ¡te he esperado tanto
tiempo!... y luego... cuando perdí la esperanza de que volvieras, creí
que enviarías a buscarme y torné a esperar con paciencia... pero me
sentía morir y he querido verte... ¡antes de dejar este mundo!...
Apenas se percibieron las últimas palabras de la doncella, su palidez
se hizo más intensa, y quedó inmóvil y yerta entre los brazos del rey.
—¡Don García de Albornoz! —gritó la reina dirigiéndose a su capitán de
guardias—: ¡quitad de mi vista a esa mujer!
—¡Sus señorías, los enviados de la buena ciudad de León! —anunciaron
los camareros, levantando los tapices de la puerta, para dar paso a
una brillante comitiva de arrogantes caballeros, con los blasones de
León en las vestas.
—¿No me habéis oído, don García? —repitió doña Juana irguiéndose
altanera al ver que el capitán permanecía inmóvil y que los embajadores
de todos los países, que ya llenaban el salón, contemplaban suspensos
el extraño espectáculo que ofrecía aquella mendiga en los brazos del
rey—. ¡De orden mía detened presa a esa mujer!...
Adelantose don García con inseguro paso hasta las gradas del trono, y
esperó a que el rey le entregase a Berenguela.
—¡Atrás, señor capitán! —gritó con imperiosa voz un caballero leonés
que salió del grupo de los enviados—. ¡Paso al conde de Carrión! ¡Nadie
más que él puede guardar a la infanta de Castilla!
—¡La infanta de Castilla! —repitió la reina con temblorosa voz, y
dejándose caer en su asiento.
Entonces, aprovechándose el conde del asombro que esta revelación
produjo en el rey, tomó a Berenguela en sus brazos, y atravesó con ella
el salón por enmedio de la asombrada multitud.
III
Eran las doce de la noche en que Enrique II había recibido a los
embajadores de las naciones aliadas; la luna, que había alumbrado
la entrada de las comitivas en el alcázar, se había ocultado ya,
y únicamente un sucio farolillo, que ardía ante una imagen del
crucificado, daba alguna claridad a la plaza en que estaba situado el
regio edificio.
Acababa de sonar la hora de las apariciones cuando se abrió
cautelosamente la puerta del alcázar, y dos hombres salieron a la
calle, cerrándose inmediatamente la morada de los reyes.
Uno de aquellos hombres era el mismo Florestán, que algunos meses antes
vimos salir del alcázar de Burgos, en una helada tarde de invierno, y
dirigirse a casa de la señora Urraca para ver a Berenguela. Llevaba el
mismo modesto traje gris, y el mismo ancho manto negro que aquel día lo
cubría; solo su cabeza estaba resguardada esta noche por un sombrero de
anchas alas.
El otro era un personaje de elevada y robusta estatura, bigotes canos y
altanero semblante; llevaba un manto gris, una gorra sin pluma, y una
larga espada pendiente de un ancho talabarte.
—¿Nos abrirán, Nuño? —preguntó don Enrique a su acompañante.
—Espero que sí, señor —contestó el interpelado—: llamaré yo, y creo
que el conde de Carrión nos recibirá, a pesar de que siempre nos hemos
odiado recíprocamente.
—¡Por Dios, que si no aclaro pronto este misterio, voy a volverme loco,
Sandoval! —exclamó el rey con doloroso acento.
—Yo ayudaré a V. A., señor: según mi pobre inteligencia, no hay aquí
misterio alguno; el ambicioso don Álvaro, que reinó absolutamente en
el ánimo de vuestro padre, brama ahora de furor porque no domina del
mismo modo a su hijo; pero su rabia no le ofusca hasta el extremo de
impedirle urdir alguna trama que le conquiste el puesto que ambiciona.
—Sin embargo, Nuño, el conde era el mejor amigo de mi padre, y tiene
dadas pruebas de que no es ambicioso, como tú le llamas; cuando murió
don Alonso, en vez de hacerse partidario de don Pedro para medrar,
vino a mis tercios, y defendió bravamente mi causa, aunque yo, pobre
y errante, nada podía darle; más de una vez he tenido que recurrir a
sus rentas, en medio de mi escasez, y su bolsillo y su vida han sido
siempre del bastardo desvalido.
—Es que adivinaba que el infante errante y perseguido sería antes de
mucho el poderoso rey de Castilla y de León —dijo el pérfido Sandoval,
evitando, con una astucia llena de delicadeza, el repetir a don Enrique
el título de bastardo con que él mismo acababa de nombrarse.
El débil monarca guardó silencio algunos instantes, convencido a
medias por las traidoras razones que empleaba, en daño del conde de
Carrión, su actual privado don Nuño de Sandoval.
—¿Qué podía inducirle a tal creencia? —dijo al fin—. ¿Cómo podría
prever don Álvaro que llegaría a ser mío el trono de mi padre?
—El conde de Carrión, señor, ha estado siempre demasiado informado de
cuanto pasa en el reino para que le fuese desconocido el odio que todo
él profesaba al cruel y sanguinario don Pedro; y su buen juicio le
decía que, tarde o temprano, este odio acabaría por derribar del trono
a vuestro hermano.
—¿Luego concedes talento, al menos, al conde de Carrión?
—Le concedo tanto, señor, que os encargo, con todas las veras de mi
alma, que estéis muy sobre aviso y que no cedáis un punto ante él.
—En efecto —murmuró el rey—: si hay trama aquí, debe ser colosal,
porque no se toma en boca como quiera la sangre real de Castilla.
El silencio no volvió a interrumpirse, hasta que ambos personajes
llegaron a una casa de gran apariencia, situada cerca de la plaza mayor.
—Aquí es, señor —dijo don Nuño deteniéndose y preparándose a llamar—.
Esta casa tiene todas las señas que me ha dado el escudero de don
Álvaro.
—Llama pues, y ya sabes lo demás.
Sandoval sacudió fuertemente el aldabón, y a poco, una voz vigorosa
preguntó desde adentro:
—¿Quién va?
—Dos caballeros que desean ver al conde de Carrión para un asunto muy
importante —contestó don Nuño.
Notose que se alejaba la persona que había preguntado, y un instante
después volvieron a sentirse pasos próximos; la puerta se abrió, y dos
escuderos precedieron con bujías a don Enrique y su privado, hasta la
estancia del conde.
Este se levantó cortésmente para recibir a su visita, y a una seña
suya desaparecieron los servidores. El rey se despojó del manto y del
sombrero, imitándole don Nuño, y ambos mostraron sus fisonomías al
conde.
—¡Ah, señor! —exclamó este—, ¡cuán grande merced me hace V. A.
dignándose honrar mi casa!
—Esta honra no debe ser nueva para ti, Álvaro, porque sabes que te la
he concedido muchas veces —dijo el rey con dulce gravedad—; además,
el caso que ahora motiva mi visita es harto importante también, y yo
hubiera dejado a un lado toda clase de consideraciones, aun cuando no
te amase como te amo.
—Ya sé yo que, en otro tiempo, me amaba mucho V. A. —dijo el conde con
ternura, y fijando en los ojos del monarca los suyos humedecidos.
—Hoy te amo lo mismo, Álvaro, créeme: tu quebrantada salud te impidió
permanecer a mi lado, pero hoy, que la creo recobrada, vengo a rogarte
que vuelvas a él.
La frente de Sandoval enrojeció de ira, en tanto que la de don Álvaro
brilló con un rayo de dicha.
—¡No volverá a ocupar sitio tan alto, por quien yo soy! —murmuró el
primero.
—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó el segundo con toda la efusión de su
alma.
—Pero antes, Álvaro —continuó el rey—, antes es preciso que me aclares
un terrible misterio que en vano me afano por comprender. ¿Dónde está
esa joven que sacaste desmayada de mi alcázar esta noche?
—Cerca de nosotros, señor.
—¿Por qué le diste el título de infanta de Castilla?
—Permítame V. A. —dijo el conde—, que no le conteste hasta que estemos
solos.
Y su severa mirada se posó en don Nuño, que la sostuvo con altanería.
—¿Por qué? —preguntó el monarca, en cuyos ojos chispeaba ya la ira.
—Por razones que luego aprobará V. A.
—Salid, Sandoval —dijo el rey a su favorito, que se mordió los labios
hasta hacerse sangre.
—La joven a quien esta noche di el título de infanta de Castilla, lo es
efectivamente, señor —dijo el conde así que la puerta se hubo cerrado,
y después de asegurarse por sí mismo de que don Nuño no podía oírle—.
Es hija, como V. A., de don Alonso XI y de doña Leonor de Guzmán.
—¡Mientes, miserable! —gritó el rey, levantándose con los puños
crispados y los ojos brillantes de furor, al oír las terribles palabras
que acababa de proferir el conde—. ¡Mientes, sí, y tu solo designio es
apartar de mí a esa mujer, que te juro ha de ser mía!
—Berenguela es hermana de V. A., señor, y por la memoria de su padre os
juro yo también que jamás será vuestra manceba.
El rey y el anciano conde se encontraron en pie, frente a frente, en
actitud amenazadora y lanzándose miradas iracundas.
—¡Pruebas de lo que dices! —murmuró don Enrique con voz sofocada.
—Ninguna existe: vuestro padre me confió la infanta, fiando solo en mi
honradez.
—¿Quieres hacerme creer que un padre abandona a su hija, sin darle una
seguridad para el porvenir?
—Don Alonso no abandonó a su hija, confiándola a mi cuidado.
—Escúchame, Álvaro —dijo el rey, haciendo un violento esfuerzo para
serenarse—: basta lo que has dicho para que yo desista del propósito
de hacer mía a esa joven; basta, sí, el haberte oído decir que era
hermana mía, para cambiar la naturaleza de mi pasión... Pero nada hay
en el mundo capaz de apagarla. Ella es la única mujer que ha hecho
latir mi corazón... la única que ha despertado mis pasiones dormidas...
Cuando la encontré en mi camino, ya estaba próximo a desistir del
propósito de apoderarme del trono de mi hermano, porque ningún monarca
cristiano quería ayudarme en mi empresa; pues bien, por esa mujer
doblegué mi altivez hasta pedir auxilio a la Francia; por esa mujer,
sin dinero, y casi sin soldados, me propuse ser rey: sí, por ornar su
frente de grandeza, ambicioné el trono de Castilla, y para conseguirlo
hundí mi daga en el pecho de mi hermano. Por ella he arrostrado los
remordimientos que sin cesar me persiguen, y estos remordimientos,
Álvaro... ¡solo en su presencia se aduermen o se acallan!...
—¡Desdichado! —murmuró el conde de Carrión, cubriéndose el semblante
con las manos.
—Sí, tienes razón, Álvaro, soy muy desdichado: no intentes, pues,
quitarme el único bien que me resta... Dame esa mujer, Álvaro, dámela;
yo te juro que, aunque no creo que es hermana mía, la respetaré como a
la madre de Dios: ni aun mi mano tocará a la suya... Solo quiero que
viva bajo el mismo techo que yo; tan solo ansío hablarle todos los
días, ver cerrar sus párpados al sueño, verla despertar... beber en
sus ojos la vida, y en su dulce sonrisa la tranquilidad que falta a mi
conciencia... ¡Álvaro, Álvaro..., yo necesito a esa mujer!...
—Yo no puedo dárosla, señor.
—¡Vive Dios!...
—Es vuestra hermana.
—¿Quién me lo asegura?
—Mi palabra de cristiano y caballero.