deseaba hablarme algo más y que sufría por no poder hacerlo delante de
tantos testigos.
»Entonces me volví al conde de Trastamara, que lloraba siempre
arrodillado.
»—Haced despejar, señor —le dije—: el rey quiere hablarnos sin testigos.
»Levantó el niño su doliente rostro, e hizo a los cortesanos una señal
llena de gracia y majestad. Instantáneamente se ensanchó el círculo de
los nobles, que retrocedieron hasta llegar a los tapices que cerraban
la tienda.
»—Leonor —dijo el rey tomando una de las manos de vuestra madre—,
Leonor mía, tú sabes lo mucho que te he amado, y Dios es testigo de que
muero amándote con la misma intensidad; sí, en este instante supremo
en que estoy próximo a comparecer ante su divina presencia, no siento
en mi corazón remordimiento alguno al hacerte esta confesión. Dios te
formó para que te amase y, amándote, he cumplido su santa voluntad.
»Detúvose el rey, y sus cadavéricas facciones retrataron un profundo
dolor.
»—No llores así, hijo mío —dijo aproximando a su pecho la negra y
rizada cabeza del maestre de Santiago, que sollozaba cubriéndose el
rostro con el manto—; no te desconsueles, Juana, añadió tendiendo los
brazos a su hija la marquesa de Villena, niña rubia y angelical; y tú,
Enrique, mi hermoso y adorado Enrique, consuélate por Dios. Os dejo una
buena madre, y un amigo fiel, y desde el cielo velaré por vosotros: mi
solo dolor, al morir, es el no poder dejaros a cada uno un dilatado
reino... pero la corona que heredé de mi padre pertenece a mi heredero
legítimo, el infante don Pedro...
»Un movimiento del conde de Trastamara cortó al rey su discurso: al oír
las últimas palabras de su padre, la frente del infante se cubrió de
palidez y brotaron relámpagos de sus rasgados ojos.
»—Mi corona es de mi hijo el infante don Pedro —repitió el rey que
advirtió aquel movimiento, con voz lúgubre, pero con acento severo—: no
lo olvidéis, hijos míos, para que merezcáis su amistad y protección...
no lo olvides, Leonor, para que procures captarte su benevolencia...
sois vasallos suyos... amadle y... respetadle como a vuestro rey...
»Calló don Alonso debilitado por la energía con que había hablado, y su
cabeza cayó lívida y exánime sobre los ricos almohadones de brocado.
Mas, incorporándose por un último y poderoso esfuerzo, y apoyándose en
mis brazos, pudo bendecir a Leonor y a sus hijos y recomendármelos con
una expresiva mirada.
»Luego alzó la cabeza, radiante de sublime majestad, brilló en sus ojos
un rayo de luz, y dejó oír de nuevo su voz:
»—¡Ricos-hombres!... —gritó con acento sepulcral—; ¡prelados de mis
reinos!... ¡Yo os... mando... que llevéis mi cetro y mi corona... al
infante mi hijo!... ¡¡Larga vida... al rey don Pedro...!!
»En este último y supremo grito lanzó Alonso onceno su postrer suspiro.
»Al escucharle, cayó Leonor desmayada sobre el cadáver del rey; la
marquesa de Villena y el maestre de Santiago rompieron en llanto
amargo, y el conde de Trastamara puso mano a la espada, mirando con
ojos secos y furiosos a los nobles que rodeaban el lecho de su padre;
mas aquel iracundo movimiento fue dominado pronto por un intenso dolor:
el infante lanzó un gemido penetrante y cayó con la cara contra el
suelo; el golpe le abrió la frente, y anchas gotas de sangre salpicaron
el blanco manto de maestre de su hermano.
»Era la primera sangre de la infinita que la temprana muerte del gran
Alonso onceno hizo verter.
»Entre tanto, un heraldo abrió las cortinas de la tienda real.
»—¡El rey Alonso onceno ha muerto! —gritó—. ¡Castellanos! ¡Leoneses!
¡Larga vida al rey don Pedro!
V
Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de don Sancho al escuchar los
tristes pormenores de la muerte de don Alonso.
—¡Ay! —exclamó—. ¡Mi padre no tuvo un solo pensamiento para sus dos
últimos hijos! ¡Nada para ella, ni para mí!... Todo para Enrique
entonces, y ahora... ¡todo también!...
El conde de Carrión besó la mano del infante, profundamente afectado
por tan justo dolor, y continuó después:
»—El día 28 de marzo formó en batalla todo el ejército castellano para
despedir al cadáver de su real caudillo. Iban al lado del féretro los
infantes, rodeados de todos los nobles del reino: yo marchaba al lado
de vuestra madre, que cabalgaba en un potro cordobés e iba enteramente
vestida de luto.
»Caminamos hasta cerrar la noche, y entonces, a una señal del conde de
Trastamara, se detuvo la comitiva: algunos ricos-hombres se aproximaron
a los infantes, quienes, después de abrazar a su madre, partieron a
Algeciras, con un corto número de parciales. Leonor temía las iras del
rey don Pedro para sus hijos, y los enviaba a aquella ciudad, que sabía
les era adicta; yo seguí con la comitiva hasta Sevilla, en cuyo alcázar
moraban la esposa y el hijo del rey difunto.
»Las exequias de don Alonso se celebraron con regia pompa en la
catedral, siendo depositados sus restos en la capilla llamada _de los
Reyes_. Doña María de Portugal concedió habitación a vuestra madre en
su alcázar, y la marquesa de Villena fue a reunirse con su esposo, de
cuyo lado bien pronto debía ser arrebatada.
»En cuanto a vos y a Berenguela, solo vuestra madre y yo sabíamos dónde
estabais, y en vano la reina os buscó por todas partes; vos, señor,
seguíais guardado por Dulcelina, y vuestra hermana permanecía bajo la
custodia de mi buena madre, que la hizo bautizar con su mismo nombre, y
la amaba con el mayor extremo.
»La noche misma del día en que concluyeron las fiestas con que se
celebró la coronación de don Pedro, fue presa vuestra madre y conducida
por los ballesteros de maza del rey a la cárcel pública. En vano pedí
audiencia al joven rey, para implorar por ella: se me negó, y la grave
enfermedad que le sobrecogió a pocos días imposibilitó toda tentativa
de salvación, porque la reina hizo trasladar a la infeliz cautiva a las
prisiones del alcázar para tenerla más segura.
»Una carta, que recibí entonces de León, me avisaba que mi anciana
madre se encontraba en la agonía y que quería verme; os confieso,
señor, que todo lo olvidé con tan triste nueva: sin pensar en Leonor,
ni en vos mismo, salí aquella noche, reventando caballos, a recoger la
bendición materna.
»Mas, ¡ay, que llegué muy tarde! ¡Ya no pude abrazar más que su cadáver
helado!
Guardó algunos instantes de silencio el conde, para reponerse de tantas
emociones, y luego continuó:
»—Con la muerte de mi madre quedaba desamparada la tierna Berenguela:
no atreviéndome a llevarla conmigo, y no sabiendo qué partido tomar en
tan apuradas circunstancias, me determiné a confiarla a los cuidados de
una mujer que tenía fama en la ciudad de muy religiosa, y cuyo nombre
era Urraca: fijo ya en mi proyecto, esperé con ansia la noche; escribí
dos pergaminos iguales, puse en un bolsillo trescientos doblones, y
atando uno de los pergaminos al cuello de la niña, con un cordoncito de
seda, esperé el momento favorable.
»La señora Urraca vivía enfrente de la casa de mi madre; al toque de
ánimas, la vi salir y encaminarse a la iglesia; entonces tomé en mis
brazos a la infanta, que dormía apaciblemente, y me dirigí a casa de
la anciana: coloquela con cuidado en el portal, sin que despertase de
su dulce sueño, y puse a su lado el bolsillo que contenía el dinero,
retirándome luego a la esquina de un callejón inmediato.
»Poco tardó en volver la señora Urraca: la noche había cerrado, y al
entrar tropezó ligeramente con el cuerpo de Berenguela, que despertó
y se echó a llorar; la anciana llamó a una vecina y le pidió una luz;
bajaron ambas, y comenzaron a hacer exclamaciones, al ver a aquella
hermosa criatura abandonada.
»Perplejas estaban, pues que ninguna de ellas sabía leer el pergamino
que la infanta llevaba al cuello, y que le habían quitado, cuando
acertó a pasar por allí un caballero: entonces Urraca le llamó y le
rogó que descifrase el pergamino.
»No pude entender lo que hablaron: solo vi que la anciana tomó en sus
brazos a la niña, haciéndole mil caricias, y se subió con ella, sin
dejarse olvidado el bolsillo.
»Presa del más agudo dolor, por dejar a la infanta en manos
desconocidas, pero al mismo tiempo dando gracias a Dios por haberme
deparado un medio de ponerla a salvo del rencor de la reina, volví a
Sevilla y di cuenta a vuestra madre de la suerte de su hija.
»Escuchome ansiosa, mas no bien acabé cuando exclamó llorando
amargamente:
»—¡El asilo de don Sancho ha sido descubierto, y la reina va hoy mismo
a apoderarse de él!... ¡Corre, Álvaro, corre, sálvale de una muerte
segura!
»Volé a casa de Dulcelina, que nada sabía: os tomé en mis brazos, y
os llevé al mesón donde me hospedaba, diciendo que erais mi hijo, y
siguiendo hasta hoy en esta ficción es como he podido salvar vuestra
vida.
»Tres días después, partió don Pedro I para Burgos, acompañado de toda
la corte para ser jurado rey por las cortes de Castilla; y antes de
regresar a Sevilla se supo que el infante don Enrique había salido de
Algeciras con dirección a Asturias donde iba a alzar pendones. Doña
María, que había quedado en Sevilla, mandó conducir a vuestra madre a
Talavera de la Reina, llamada así por ser ciudad cuyo señorío le había
regalado Alonso XI en el primer año de su casamiento, y dio orden de
que se la encerrara en la cárcel.
»¡Oh! ¡Con cuán intenso dolor la vi salir de Sevilla! No me permitió
que la siguiera, temblando por vuestra vida, y me hizo jurar que me
quedaría para guardaros... ¡Oh, señor, ya no debía yo volverla a ver!...
»Diez meses sufrí, lejos de ella, todos los tormentos de la
desesperación: mi cariño, en vez de amenguarse con el tiempo, había
llegado a formar una parte de mi existencia, y lejos de Leonor faltaba
el aire a mi pecho y la luz a mis ojos.
»No pudiendo vivir más sin verla, tomé una resolución desesperada.
»El esposo de Dulcelina había sido nombrado, por mi influjo con el
rey difunto, alcaide del castillo de Carmona, y estaban confiados a
su custodia vuestros hermanos don Juan y don Fernando, víctimas ya de
las iras de la reina viuda: llamé al alcaide y le pregunté si podría
guardarme a mi hijo Fernando, mientras iba a hacer un viaje; prometió
que velaría por mi hijo como por los suyos y la buena Dulcelina se os
llevó loca de alegría.
»Yo la seguí con su marido: elegí para vos una de las prisiones más
seguras, pero cómoda y espaciosa; dejé mucho dinero para vuestro decoro
y mantenimiento, y después de ver a vuestros infelices hermanos,
condenados ya a muerte, os abracé con lágrimas; y partí seguro acerca
de vuestra suerte.
»Llegué a Talavera en una hermosa mañana del mes de febrero de 1351, y
me dirigí apresuradamente a la cárcel; pero la encontré rodeada de la
guardia de la reina, la cual no me permitió pasar: desesperado y muerto
de fatiga, me dejé caer en un asiento de piedra que había en la puerta
del fúnebre edificio, donde permanecí inmóvil y absorto en tristísimas
reflexiones.
»De repente, un fuerte rumor me hizo abrir los ojos: levanteme y me
dirigí de nuevo a la puerta de la cárcel, pudiendo penetrar en ella
entre el tropel que ya no se cuidaban los soldados de contener; la
multitud invadió en breve la escalera, pero se apartó para dejar paso
a un hombre que bajaba escoltado por los guardias de la reina y que
blandía en la mano un puñal ensangrentado hasta el pomo. Era Alonso
Fernández de Olmedo, uno de los escuderos de doña María.
»Con la muerte en el alma acabé de subir la escalera, y corriendo como
un loco llegué hasta un calabozo a cuya puerta se detenían las olas del
gentío; yo entré desatentado, y la luz faltó a mis ojos ante el cuadro
de desolación que se me presentaba.
»Leonor de Guzmán, tendida en el suelo, tenía el pecho traspasado con
cinco puñaladas: su cuerpo, cubierto por un vestido de terciopelo
negro, nadaba en un lago de sangre que manaba de sus anchas heridas,
y que empapaba sus largos cabellos castaños, cuyos espesos bucles
llegaban a sus pies.
»Arrodillado sobre la misma sangre de su madre, estaba el conde de
Trastamara con los ojos fijos y dilatados, los labios cárdenos y
erizado el cabello; tenía entre sus manos crispadas una diadema de
perlas, manchada con sangre, lo que probaba que acababa de ser quitada
de la cabeza de su infeliz madre; en todos los ángulos de la estancia
había centinelas de los tercios de don Enrique, en cuyas vestas se
veían los blasones del infante.
»—¿Quién se atreve a llegar hasta el cadáver de mi madre?... —gritó
iracundo, levantándose al oír mis pasos, y blandiendo furioso su daga—.
¡Álvaro!... —exclamó reconociéndome y arrojándose sollozando entre mis
brazos—. ¡Álvaro... eres tú!... ¡Bendito seas, pues que tu vista ha
hecho brotar mi llanto!
Don Sancho soltó un largo gemido, y el conde de Carrión dio también
rienda suelta a sus lágrimas al recordar la cruel y sangrienta venganza
de doña María de Portugal.
Luego que el infante hubo desahogado un tanto su dolor, hizo seña al
narrador para que continuase, el cual lo hizo del modo siguiente:
»—¡Mira —me dijo don Enrique—, mira, Álvaro, lo que ha encontrado el
hijo que ha venido desde Asturias a salvar a su madre!... ¡Al mismo
tiempo que el infame Olmedo salía por esa puerta, después de hundir
el puñal de la reina en ese noble pecho, entraba yo por la otra para
sacarla de la prisión!...
»—¿Quién ha recogido su último suspiro? —le pregunté.
»—¡Yo! —me contestó el infante, con una indescriptible expresión
de orgullo y hasta diré de alegría—; ¡sus ojos han perdido la luz
mirándome, y su mano se ha helado entre las mías, después de entregarme
esta joya húmeda con su sangre!
»Al decir estas palabras besó don Enrique la corona de perlas que tenía
en la mano, y la guardó en su limosnera.
—¡Ah, maldición sobre ti, Enrique! —gritó levantándose con rabia el
infeliz don Sancho—: ¡para ti fueron las últimas caricias de mi padre;
para ti también las últimas de mi madre y el amor de entrambos mientras
vivieron; para ti el cariño de Berenguela, su vida y su razón, porque
ambas cosas pierde por ti!... ¡maldito seas!
—Calmaos, por Dios, señor —dijo el conde—; os lo suplico, pues toca ya
a su término esta amarga historia.
Después, aprovechándose del abatimiento en que el infante había vuelto
a quedar, continuó:
»—Conseguí, por fin, arrancar al conde de aquel funesto lugar:
arrastrábalo ya hacia la puerta por donde había entrado, y sus
ballesteros nos seguían, cuando vino mi escudero bañado en sudor y
cubierto el semblante de palidez.
»—¡Huid, señor! —exclamó dirigiéndose a don Enrique—: ¡huid, que vienen
a prenderos las tropas del rey! Ya han degollado a los infantes en el
castillo de Carmona, y quieren que la venganza se cumpla a un tiempo en
todas partes.
»Yo arrastré al infante por la puerta por donde había salido el asesino
sin encontrar resistencia; montamos a caballo y seguidos de su guardia,
salimos a escape de Talavera.
»Aquella misma noche, don Enrique se dirigió a Aragón y yo partí
precipitadamente a Carmona, temblando por vuestra vida: os encontré
bueno, y cada vez más hermoso; los infantes don Juan y don Fernando,
el uno de edad de dieciocho años y el otro de catorce, habían sido
bárbaramente degollados en su prisión, sin que vos supierais siquiera
que cerca de vos habían existido.
»Ya teníais entonces diez años, y me pedisteis muchas veces que os
llevase conmigo; pero pude engañaros, y marché a Aragón ansioso de
pelear en los tercios de vuestro hermano don Enrique, para vengar la
muerte de vuestra desventurada madre.
»Siete años permanecí a su lado, errante como él, y dividiendo su
azarosa suerte: al cabo de este tiempo y pensando con razón que ya
podríais soportar los peligros de la guerra, le pedí su venia para
presentarle a mi hijo, y obtenida, partí para Carmona llevándoos
después conmigo.
»Vos sabéis, señor, el entrañable amor que el infante os profesó desde
luego: mil veces, al ver la afección que os unía, estuve a punto de
declararle el misterio de vuestro nacimiento; pero un secreto impulso
me contenía, sin que yo mismo supiera darme cuenta de su causa. ¡Erais
tan dichoso a mi lado! Os amaba tanto yo, que tenía celos de que otro
tuviera derechos sobre vos.
»Por aquel tiempo, supe por las gentes que tenían encargo en León de
velar sobre la anciana Urraca, que esta había abandonado la ciudad, por
las continuas vejaciones que sus habitantes tenían que sufrir de las
tropas de ambos bandos, y que había fijado su residencia en Burgos,
población muy pacífica entonces. Berenguela tenía trece años y seguía
en compañía de la anciana.
—¿No te dolía la suerte de esa desdichada niña? —preguntó don Sancho
con acento severo.
—Yo daba cada año una gruesa suma para que de nada careciese. Urraca
pasaba por una buena y cristiana mujer: solo hoy he podido comprender
la dureza de su corazón y la horrible suerte de la pobre niña.
—Cuando yo la vi en su casa, el día que Enrique entró a curar su
herida, parecía muy feliz —observó don Sancho.
—Tal vez es su sola desdicha el que esa mujer no conoce la inmensidad
de su pena, ni el amor que la vuelve loca: desde aquel día, amó a don
Enrique, y él, que por razones de política estaba casado con doña Juana
Manuel, le ocultó su nacimiento y su posición, fingiéndose un simple
escudero para poderla ver.
»Cuando las fatigas de la guerra y lo avanzado de mi edad me obligaron
a buscar el reposo en esta ciudad, vos, señor, enamorado también de
esa niña desde el día mismo en que se prendó de ella don Enrique,
alcanzasteis de él permiso para venir a acompañarme, y la habéis visto
todos los días bajo el nombre de don García, hijo de un hidalgo de
Lerma.
—¿Por qué no declaraste al rey que yo era su hermano, después de su
coronación?
—¡Ah, señor! Yo sabía que don Enrique había clavado su daga en el pecho
de su hermano: herido don Tello, muertos don Fadrique, don Juan y don
Fernando, ¡solo vos podíais hacerle sombra y temblé por vuestra vida!
»Hoy he visto a la infanta: la desdichada ha perdido casi enteramente
la razón, y estoy persuadido de que la causa de esta desgracia es el
invencible amor que profesa al rey. Yo puedo reclamar a vuestra hermana
con el pergamino que escribí y que tengo en mi poder, del todo igual al
que puse a su lado cuando la deposité en casa de Urraca. ¿Qué debemos
hacer, señor? Decidlo vos, mandad.
Calló el conde de Carrión, esperando la contestación del infante: mas
este, con la frente apoyada en la mano, permaneció silencioso e inmóvil.
—¡Muera yo! —dijo por fin el generoso joven, levantándose de súbito,
y clavando sus ojos en el cielo—; muera yo, si no puedo dominar ese
fatal amor, pero al menos sálvese la honra de mi hermana, y sálvese mi
hermano de cometer el más horrible de los crímenes.
Luego, mirando de nuevo al anciano, preguntó:
—¿Tienes alguna prueba que atestigüe el nacimiento real de Berenguela y
el mío?
—Ninguna, señor: vuestro padre confiaba enteramente en mi lealtad, y no
me dio documento ni escrito alguno para la seguridad de sus hijos; lo
rápido e inopinado de su muerte no le dio lugar a tomar ninguna medida
acerca de este punto.
—En cuanto a mí, nada me importa; pero ¿es posible que no ha de haber
un medio de probar al rey que Berenguela es hermana suya, para contener
su pasión?
—No existe medio en lo humano para convencerle de ello, a no ser que él
me crea por mi palabra.
—¡Dios tenga piedad de mí! —murmuró don Sancho—. Busca el pergamino,
conde —prosiguió—, búscale y ve inmediatamente a reclamar a la infanta.
Y como advirtiese un movimiento de espanto que don Álvaro no pudo
contener, añadió con tristísima sonrisa:
—Nada temas, conde; no la veré: por la memoria del rey, mi padre, te
juro que sabré ser, como tú, mártir de mi propio corazón.
Nada contestó el conde, contentándose con inclinarse profundamente
delante del infante; después tomó la lámpara de plata y acompañó a don
Sancho a su propia estancia, decorada ya con la suntuosidad conveniente
al rango del infante, profusamente iluminada y custodiada por una
guardia de honor de los hombres de armas de don Álvaro.
La primera luz del alba empezaba a aparecer cuando llegaron a la puerta
del aposento: los soldados presentaron las armas al regio huésped, y no
bien se hubo cerrada la puerta tras él, fuese el conde precipitadamente
a su aposento, abrió un armario secreto y tomó un pergamino enrollado,
igual al que le mostrara en su casa la señora Urraca. Embozose en su
manto, y se dirigió a la morada de aquella.
La puerta abierta le dio fácil acceso hasta su miserable estancia; pero
la anciana dormía, y el conde tuvo que esperar algunos instantes.
—Vengo a buscar a Berenguela, señora Urraca —le dijo—: ahí tenéis el
pergamino que me autoriza a llevármela, y doscientos doblones, como
una última prueba de la generosidad y reconocimiento de sus padres.
—¡Cómo! ¿Venís a buscarla? —dijo la anciana, en cuya fisonomía se pintó
claramente el disgusto que experimentaba en perder la crecida suma
que le daban cada año, por atormentar a la desdichada niña—; pues en
verdad, en verdad que me alegro en el alma, porque está loca de remate.
¡Berenguela, Berenguela! —gritó ocultando codiciosamente en su bolsillo
el oro que acababa de recibir—. ¡Berenguela!... ¡despierta, muchacha!
Al decir esto, abrió la cortina que servía de puerta al dormitorio de
la doncella; mas el conde y la infame guardadora arrojaron un agudo
grito.
La infanta no estaba en el dormitorio. Había desaparecido.
PARTE SEGUNDA
EL MÁRTIR DEL CORAZÓN
La fatalidad abre heridas en el corazón que solo puede cerrarlas
la muerte.
Casi siempre el mundo castiga inhumano a la virtud; pero el martirio
que esta sufre en la tierra, es la llave de las puertas del cielo;
y es que la virtud tiene rasgos que las mezquindades humanas hacen
que se escapen a la débil penetración del hombre, y no pudiendo
apreciarlos más que Dios, tan solo a Dios le es posible darles la
recompensa.
(JOSÉ MARCO, _Cartas a la autora._)
I
Era cerca del anochecer, y un frío intenso se dejaba sentir en las
calles de Toledo. Elevábase soberbio el alcázar de los reyes de
Castilla, y sus estancias se iban iluminando poco a poco.
Aquel suntuoso edificio, tan silencioso y lúgubre durante el reinado
de Pedro I, como todos los que este habitaba, veíase ahora risueño
y animado: a los terribles ballesteros de maza, había sucedido la
elegante guardia de Enrique II _el Dadivoso_; a las sombrías figuras
de los escuderos de don Pedro, los hermosos pajes y los gallardos
donceles, algunos de los cuales llevaban su laúd para divertir los
oídos de la hermosa reina, que se solazaba en extremo con sus trovas, o
para acallar el llanto del infante don Juan, niño de pocos años.
A través de los tapices mal corridos de los balcones se dibujaba de
cuando en cuando la esbelta y graciosa figura de una dama de honor
que pasaba al tocador de la reina; otras veces un camarero atravesaba
los salones con una lámpara encendida en cada mano, despidiendo la
brillante llama mil chispas, al reflejarse en el oro luciente del
pebetero que la contenía.
Aquella noche había gran recepción en el alcázar. Enrique II recibía a
todos los embajadores de la naciones aliadas, y a todos los enviados
de las ciudades de sus reinos que no habían podido aún felicitarle por
su advenimiento al trono, a causa de su vida errante; además, él mismo
había aplazado esta ceremonia para cuando se reuniese con su muy amada
esposa doña Juana Manuel, bella y angélica criatura, que solo contaba
veinte años de edad.
Tres días después de llegar la reina y el infante a Toledo, a donde
habían ido desde Burgos, se reunió con ellos don Enrique, dejando a
Sevilla después de convocar cortes en aquella ciudad, y de hacerse
reconocer por ellas.
En la tarde de que vamos hablando hacíanse grandes preparativos en el
alcázar: la audiencia estaba señalada para las nueve de la noche, y
el salón de embajadores quedó a las siete magníficamente decorado e
iluminado.
Era el día 4 de marzo: la luna clara y hermosa iluminaba los góticos
torreones del alcázar, que se dibujaban en el empedrado pavimento.
A las ocho empezaron a llegar los cortesanos, prelados y ricos-hombres
del reino, cada uno con lucido séquito de pajes, donceles y escuderos;
algunos se detuvieron a las puertas del alcázar, formando grupos y
entreteniéndose en varias conversaciones.
De súbito, un confuso rumor los hizo enmudecer, y bien pronto no fue
solo el oído el sentido que les quedó suspenso, porque fijaron todos
sus ojos en el extraño espectáculo que se les presentaba.