pronto con él, que me estará esperando con impaciencia!
—No seas loca, muchacha —dijo la señora Urraca ásperamente—. A donde
tú vas es a acostarte, porque hoy te devora la calentura, y no pienses
mañana, ni nunca ya más, en salir al campo; los ardores del sol te
trastornan el cerebro.
—¡Iba a esperarle..., madre! —dijo la pobre joven con desgarradora
tristeza, pero con dulcísima voz, en tanto que la despiadada vieja le
desprendía bruscamente los pliegues del manto.
Luego cruzó las manos, mirando dolorosamente al anciano, y se dejó caer
en el banco murmurando al verle salir:
—¡Se va sin mí!
La señora Urraca le acompañó, y Berenguela, doblando la frente, quedó
inmóvil y abismada de dolor.
III
Algunas horas más tarde se encontraba don Álvaro Garcés, conde de
Carrión, en una suntuosa estancia de su palacio de Burgos, en compañía
de un joven de hermosa presencia y lujosamente vestido.
Tenía este veintidós años, a lo sumo: su fisonomía era melancólica y
apasionada; sus rasgados ojos, negros como sus cabellos, armonizaban
con su tez muy morena; era de estatura elevada y de talle esbelto, y
lleno de gentileza.
Su traje estaba ricamente bordado de oro; llevaba una espada cuyo puño
resplandecía de pedrería, y su toca, que se veía sobre la mesa, estaba
adornada de una hermosa pluma.
Ambos ocupaban dos sillones iguales, dorados y de alto respaldo: junto
al joven se veía una mesa cubierta con un tapete bordado de oro, en la
cual apoyaba su brazo izquierdo.
Iluminaba la estancia una lámpara de plata, pendiente de tres cadenas
del mismo metal; ambos caballeros parecían absortos en una profunda
meditación, porque guardaban silencio: las fisonomías de los dos
retrataban un intenso pesar.
—¿Conque eres tú, Fernando, el rendido y desdeñado adorador de esa
joven? —dijo don Álvaro, después de mirar por largo rato la inclinada
frente de su hijo—. ¿Eres tú el que se finge llamarse don García y ser
hijo de un hidalgo de Lerma?
—¡Oh, perdón, padre mío, perdón! —exclamó el joven cruzando sus manos
con ademán de súplica—. ¡La amo tanto, y hace ya tanto tiempo! Cuando
vine aquí hace un año, acompañando a don Enrique, entramos en su casa,
para que el infante restañase la sangre que corría de sus heridas,
recibidas en el último encuentro con las tropas de don Pedro; nada
advirtió a Berenguela que era el hermano del rey, el hombre a quien
ella vendaba la cabeza, ni pudo conocer la condición de las personas
que la acompañaban; nos creyó soldados de los tercios de don Enrique y
nada más; además, su anciana madre se hallaba ausente de su casa, y,
viviendo sola con ella, nadie podía reconocernos.
Una triste sonrisa plegó por un momento los labios de don Álvaro, mas
su hijo, sin apercibirse de ello, continuó:
—Desde aquel día, la imagen de Berenguela no se apartó un instante de
mi pensamiento, y cuando, ya coronado rey don Enrique en esta ciudad,
os decidisteis a fijaros en ella para descansar de las fatigas de
la guerra, pedí su venia a S. A. para venir a pasar algún tiempo en
vuestra compañía y restablecer mi salud, más quebrantada por el amor
que me consumía que por la sangre perdida en los combates.
Detúvose aquí Fernando, porque era llegado el instante de revelar a su
padre el ardid que había usado para encubrir su nombre y el sitio de
su residencia; cubriose su frente de encendido rubor, y bajó los ojos
enteramente falto de aliento.
Mas aunque su confusión fue harto visible a los perspicaces ojos del
anciano, guardó este un severo silencio, dejándole apurar toda la
amargura de su primera mentira.
—Cuando llegué a Burgos —continuó el joven tras de un largo y
angustioso silencio—, mi principal cuidado, no bien os abracé, fue ir a
ver a Berenguela. Díjele, ¡perdón, padre mío!, díjele que me llamaba
don García, que era hijo de un hidalgo de Lerma, y que acababa de
retirarme a descansar a mi casa durante las treguas que abría la guerra.
Berenguela me escuchó con su sonrisa de ángel; mas ni una chispa de
la pasión que ardía en mi corazón vi reflejarse en sus ojos; dulce y
tranquilamente me oyó, y cuando le rogué que diese alguna esperanza a
mi amor, me contestó fijando en mi semblante su apacible mirada:
—Don García, amo a otro, y solo puedo ya corresponder a vuestro amor
con el cariño de una hermana.
Una súbita expresión de alegría iluminó las abatidas facciones de don
Álvaro, pero se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.
—Nada más he podido lograr —prosiguió Fernando con amarga tristeza—;
hace algún tiempo que se abatió mucho más, y que su salud se alteró
visiblemente; después, una dolorosa enajenación mental la preocupaba de
continuo, y últimamente he creído columbrar que su razón está herida, y
que la demencia clava sus garras de fuego en las sienes de Berenguela.
Un ahogado sollozo cortó al joven la palabra y ocultó el rostro entre
sus manos. Don Álvaro pasó las suyas por su abatida frente, y alzó al
cielo los ojos como demandándole valor.
—Olvida a esa joven, Fernando —dijo tras un largo silencio—; olvídala,
porque jamás podrá ser tuya.
—¡Olvidarla! —gritó el joven saltando en su asiento, como si un dardo
le hubiese herido—. ¡Olvidarla, padre! Arrancadme el corazón con
vuestra propia mano, si queréis que yo olvide a Berenguela.
—¿Prefieres que vuelva a encerrarte en el castillo de Carmona, de donde
te saqué para que pelearas en los tercios de don Enrique?
—Nunca os he pedido cuenta de la prisión en que he pasado la aurora de
mi vida, padre mío: volvédmela a abrir; sepultad de nuevo en ella mi
infeliz juventud, ¡y Dios os bendiga, si así me aceleráis la muerte!
—¡Conque tanto la amas! —exclamó con amargura don Álvaro—. ¿Conque ni
mis ruegos podrán hacer que la olvides?
—Nada podrá hacer que yo deje de amarla, y de consagrarle mi vida.
—¡Matadme, pues, señor —gritó don Álvaro, arrojándose a los pies del
joven, y descubriendo su noble pecho lleno de cicatrices—. Vos no sois
mi hijo, como yo os hice creer; sois don Sancho, el anteúltimo hijo
del rey Alonso onceno y de doña Leonor de Guzmán, y esa joven es la
infanta doña Berenguela, postrer fruto de aquellos desgraciados amores!
¡Matadme, señor —repitió el anciano doblando hasta el suelo su calva
frente—, porque solo hundiendo en mi pecho vuestra espada, conseguiréis
acercaros a ella!
Calló don Álvaro, y un profundo silencio siguió a su terrible
revelación: cuando se atrevió a levantar los ojos, vio a don Sancho,
inmóvil delante de él, lívido, erizado el cabello y cubierta la frente
de helado sudor. No de otro modo debió aparecerse a _Hamlet_ la sombra
de su padre en su palacio de Dinamarca.
Cuando las miradas de aquellos dos hombres se encontraron, los ojos
del infante perdieron algo de su horrible fijeza; llevó al pecho ambas
manos, y dejó escapar un gemido desgarrador.
—¿Quién es entonces... el otro amante de... mi... her... mana?
—articuló con voz honda y lúgubre.
Estremeciose el anciano conde, que aún permanecía arrodillado; inclinó
la cabeza, y contestó con voz temblorosa:
—¡Enrique II, rey de Castilla y de León!
IV
Un ahogado grito del infante apagó el eco de estas últimas palabras.
Don Álvaro seguía postrado delante del joven, que se dejó caer casi
exánime en su asiento.
—Levántate —dijo al fin rompiendo el penoso silencio que hacía tiempo
reinaba—; levántate, conde, y explícame el hondo misterio que ha
envuelto hasta hoy mi nacimiento y el de esa infortunada.
La actitud y el acento de don Sancho, al pronunciar estas palabras,
nada tenían de semejantes con los del joven Fernando, que pocos
momentos antes era el hijo amante y sumiso de don Álvaro. Con la mano
apoyada en la mejilla, y el codo en la mesa, se preparó a escuchar las
palabras del anciano: un rayo de augusta majestad iluminó sus dulces
ojos, irguió la frente, y la sangre de los reyes de Castilla se animó
en sus venas, dando a toda su figura un carácter de imponente grandeza,
que nunca había obtenido.
El conde, obedeciendo el mandato de don Sancho, se puso de pie y
permaneció inmóvil y confundido.
—Habla —repitió el infante—: dime por qué he ignorado yo hasta este
momento que era hijo de Alonso onceno, y por qué lo ignoraba también
Berenguela.
—¡Ah, señor! —exclamó el anciano—. ¡Señor mío, perdón! Solo el expreso
mandato de vuestro padre ha podido obligarme a guardar silencio; solo
el juramento que le hice ha podido sellarme los labios.
—¿Mi padre te encargó que nos ocultases nuestro nacimiento?
—Sí, señor; cuando vuestra madre os dio a luz, ya vuestros hermanos y
ella eran terriblemente perseguidos por el odio de la reina doña María,
legítima esposa de vuestro padre. Ya no sabían los que os dieron el ser
dónde ocultaros. En tal angustia, el rey acudió a mí pidiéndome, con
el mayor encarecimiento, que os hiciese criar secretamente y pasar por
hijo mío. «Leonor —me dijo— morirá si le matan sus hijos: yo salvaré a
los otros; pero tú, Álvaro, tú, sálvame este.»
Bien sabía el rey que nada podía conmover mi corazón como estas
palabras: «Salva este hijo a Leonor, porque si no, va a morir.» Para él
no era un misterio la pasión que yo profesaba a vuestra madre, y que me
mataba lentamente.
—¿Tú has amado a mi madre?
—La amé, señor, desde que mis ojos vieron la primera luz: deudo su
padre del mío, y unidos por la más sincera y entrañable amistad, juntos
nos criamos y crecimos; mi madre nos abrigó a un tiempo en su regazo,
y la misma cuna nos meció; juntos corrimos por los floridos pensiles
de Sevilla, y el primer latido de mi corazón fue de amor para aquella
hermosa niña, que solo me profesaba el tranquilo cariño de una hermana.
»Quince años tenía Leonor cuando se casó con un poderoso hidalgo:
desesperado yo, me vestí la coraza y marché a buscar la muerte en las
batallas; pero la muerte huye siempre del que la busca, y yo no pude
encontrarla.
»Algunos años después, llamó la atención de Alonso XI la fama de mis
hechos de armas y me hizo capitán de su guardia. Juzgad cuál quedaría
cuando hallándonos en Córdoba, corte a la sazón de los monarcas de
Castilla, me mandó una noche acompañarle a una hora muy avanzada:
envueltos en nuestros mantos, y caminando con gran sigilo, cruzamos
muchas calles, deteniéndonos al fin en la puerta de una hermosa casa;
abrió el rey con una llave que sacó de su limosnera, y penetramos en
ella.
»Una dueña nos esperaba: después de atravesar varios aposentos
ricamente adornados, nos encontramos en una estancia amueblada con
regia suntuosidad. Recostada en un sitial, había una joven que, por
lo esbelto de su figura y delicado de sus formas, no podía pasar de
los dieciocho años; estaba vuelta de espaldas a la puerta, y tenía
puesto un riquísimo brial de terciopelo azul, bordado de perlas, cuya
larga cola se extendía como una alfombra en derredor de su sillón
dorado; no tenía en la cabeza otro adorno que los largos rizos de sus
cabellos castaños, que besaban lascivos el cuadrado escote de su traje:
al ruido que hicimos al entrar, volvió la cabeza, y sus grandes ojos
negri-azules brillaron de contento.
»—¡Don Alonso!... ¡Álvaro!... —exclamó corriendo hacia nosotros: pero
estos dos gritos tuvieron en sus labios distinta entonación; el
primero revelaba pasión inmensa; el segundo la alegre sorpresa de la
hermana que ve a su hermano tras una larga ausencia.
»—¿Conoces al conde de Carrión, Leonor? —preguntó el rey admirado.
»—¡Que si le conozco, señor! —exclamó ella—. ¡Que si le conozco, cuando
he nacido casi al mismo tiempo que él! ¡Que si le conozco, cuando he
dormido en la misma cuna, he mirado el mismo cielo y he aspirado el
perfume de las mismas flores! ¿No os he hablado muchas veces de un
hermano a cuyo lado crecí, y a quien amaba en extremo? Pues bien, ¡aquí
le tenéis!
»Contrajéronse algún tanto las espesas cejas del rey, al oír hablar a
Leonor con tanta vehemencia, y mi frente se inundó de un helado sudor,
al escuchar aquellos acentos. Don Alonso, celoso como lo son todos los
seres que abrigan una gran pasión, hasta de las plácidas expansiones
de la amistad, vio en el afecto que su amada me manifestaba la primera
nube que empañaba el cielo azul y sereno de su recíproco amor: en
cuanto a mí, la vista de aquella mujer tan tierna y constantemente
amada, y los dulces recuerdos de lo pasado, que ella evocaba con acento
conmovido, me hicieron casi sucumbir al exceso de mi emoción.
»Ella, empero, puso fin a una situación tan embarazosa tomando de la
mano al rey y conduciéndole a un camarín que ocupaba el extremo de una
estancia; abrió las cortinas y luego descubrió los preciosos tapices
que ocultaban una lindísima cuna de estructura gótica, labrada de
marfil y plata, y en cuyo centro descansaba un niño de pocos meses.
»Era don Enrique, conde de Trastamara, y hoy Enrique II rey de Castilla.
Un temblor convulsivo recorrió el cuerpo del infante al oír pronunciar
el nombre de su hermano: la palidez que cubría sus hermosas facciones
se hizo más intensa, y cerró los ojos como para sujetar dentro de su
abrasada frente el delirante pensamiento.
Don Álvaro, a cuyos penetrantes ojos no pudo ocultarse la sorda
tempestad que bramaba en el alma de aquel desventurado, continuó tras
una breve pausa:
—Dos horas después de haber entrado, salimos de aquella casa que
encerraba lo que más amaba yo en el mundo, y desde aquella fatal
noche, ni una sola dejé de acompañar a vuestro padre a ver a Leonor,
ni un solo día pasó sin que sintiese crecer en mi pecho la ardiente
hoguera de mi funesto amor; supe, sin embargo, encerrarlo en lo más
recóndito de mi corazón, porque quería al rey con toda mi alma y no me
era posible causarle el más pequeño dolor, y porque anhelaba conservar
el único bien que me hacía soportar la vida: el amargo placer de
ver a Leonor todos los días, aunque fuese en los brazos de otro; de
este modo me hice yo mártir de mi propio corazón, y ninguno de los
que sacrificaron los inicuos emperadores de la antigua Roma sufrió
tormentos comparables a los míos.
»Don Alonso, empero, leía en el fondo de mi alma; vuestro padre, señor,
era un gran rey, y un hombre de corazón magnánimo y generoso: para
todos recto y justiciero, su única falta fue el amor que me arrebató
la felicidad de mi vida; para todos sensible, solo con mis dolores fue
inexorable, no obstante que comprendía su amargura.
»Y por otra parte, ¿qué hubiera conseguido usando de generosidad
conmigo, y abandonándome la mujer que tanto amaba él, y a la que yo
adoraba con tanta locura? Leonor, ciegamente apasionada del rey, le
idolatraba con la vehemencia del primer amor. Casada sin conocer a su
esposo, ningún afecto le unía a él, y cuando enviudó, quedó en poder de
un anciano tío suyo, que, al saber la pasión del rey por su sobrina,
la persuadió para que correspondiese a ella. ¡Ay, solo podía, pues,
resignarme a ver a Leonor en brazos del rey, para no verla morir de
dolor en los míos!
»Algunos años pasaron así: hubo una época en que el rey, compadecido
de la triste suerte de su esposa, le propuso que viviría a su lado, si
consentía en que viviesen también vuestros hermanos bajo los muros del
alcázar real; más doña María contestó siempre que renunciaba a la dicha
de vivir con su esposo, si había de comprarla con el dolor de ver a
los bastardos.
—¡Oh, qué injusta dureza! —exclamó don Sancho.
—La medida del sufrimiento de la reina se llenó por fin —continuó don
Álvaro—. Ocho días después de daros a luz, tuvo que huir Leonor de
su casa, disfrazada de hombre y acompañada del rey, para no caer en
manos de los espías de doña María que constantemente la asediaban.
Antes de marchar, vuestro padre os puso en mis brazos, me rogó que
ocultase a todos, y aun a vos mismo, vuestro nacimiento, y me ordenó
que me reuniese a él en un lugarcillo cerca de Gibraltar, a cuya
villa, ocupada por los moros, iba a poner sitio; después marchó
apresuradamente con Leonor, débil aún y quebrantada.
»Entonces, señor, os conduje a Sevilla, mi patria, y os confié a los
cuidados de una hija de mi nodriza, casada con uno de mis escuderos
hacía pocos meses, la cual me ofreció cuidaros con la mayor ternura; le
dije que erais hijo mío, y fruto de unos infelices amores, y la buena
Dulcelina me creyó con la inocencia propia de su carácter, jurándome
que ocuparíais en su corazón el lugar del hijo que acababa de perder, y
el del esposo que yo me llevaba a la guerra.
»Marché a Gibraltar tranquilo con respecto a vuestra suerte, y volví a
ocupar mi sitio al lado del rey, como capitán de su guardia. Don Alonso
puso cerco a Gibraltar, y se preparó bien para no abandonar la empresa
hasta ganar la villa, a pesar de la terrible epidemia que se introdujo
en sus reales. ¡Ay, qué mucho que su corazón no desmayase, si tenía
consigo a la mujer que amaba y a sus hijos!
»Leonor no quiso separarse del rey durante las terribles pruebas a que
se veía expuesto, y vivía con los bastardos en una tienda de campaña
construida con toda comodidad, inmediata a la del rey: yo fui el
encargado por S. A. de guardar aquellas prendas tan caras a su corazón;
yo, a la cabeza de una numerosa guardia de castellanos, recibí la orden
de no perder de vista un solo instante ni a la madre ni a los hijos.
»¡Cuántas veces me sorprendió la aurora arrodillado a los pies del
lecho de vuestra madre! ¡Cuántas la despertaron de su apacible sueño
el rumor de mis sollozos, o las exclamaciones que dejaba escapar en mi
delirio! Entonces poníame en pie precipitadamente, tomaba la espada que
había dejado caer, y volvía a ocupar mi sitio detrás de las cortinas
de su lecho. Incorporábase ella, miraba a todas partes, y concluía por
llamarme.
»—¿Qué me mandáis, señora? —decía yo acercándome después de haber
tragado mi amargo llanto.
»—¡Señora!, ¿por qué me llamas así, Álvaro?
»—Perdonadme, Leonor... ¿qué queréis?
»—¿No has oído ruido?
»—Todo yace tranquilo.
»—Me ha despertado yo no sé qué extraño rumor.
»—Eso es que habéis soñado.
»—Tal vez... pero dime, ¿qué tienes? ¡Estás pálido!
»—Lo harán las luces...
»—¿Y el rey y mis hijos?
»—Duermen... procurad dormir también.
»Leonor corría las cortinas, y mi corazón, más henchido que antes de su
fogosa y desesperada pasión, se refugiaba en lo más hondo de mi pecho,
destrozado por un amor que lo aniquilaba hacía veinte años.
—¡Pobre mártir! —exclamó don Sancho, tendiendo al conde su mano. ¡Dios
te premiará en el cielo!
El anciano miró al infante con profunda gratitud, y prosiguió así su
lastimera historia:
—Diez meses sostuvo don Alonso el sitio de Gibraltar. Durante este
tiempo, comenzaron a correr voces de que había en el campo espías de la
reina y de don Pedro, cuyo único objeto era apoderarse de los bastardos
y de su madre; estas nuevas afligieron en extremo el espíritu del rey,
tanto más cuanto que Leonor estaba en vísperas de darle otro hijo, y no
se atrevía a alejarla de su lado en semejante estado. Dobló la guardia
de los infantes vuestros hermanos, y determinó no separarse un instante
de vuestra madre hasta recibir en sus brazos al hijo que iba a nacer,
y que pensaba entregarme para que lo pusiese en salvo como a vos.
»Llegó la hora del parto, y terminado que fue, el rey corrió los
tapices de la tienda, tomó de mis manos la espada desnuda, con que
hacía mi guardia, y me puso en los brazos a la infanta que acababa de
nacer.
»—Sálvala, conde —me dijo—; sálvala como a su hermano: tal vez, de
entre todos mis hijos, serán los únicos que conserven la vida los dos
que confío a tu cuidado.
»Al acabar de pronunciar estas palabras, mandó S. A. acercar a uno de
sus escuderos que tenía de la brida un alazán ensillado; me echó él
mismo su manto sobre los hombros, y yo, después de requerir mi daga y
de envainar mi espada, salté sobre él sin tener más tiempo que de besar
la mano del rey, y partí llevando entre mis brazos a la infanta recién
nacida.
»Bien pronto el ardiente galope de mi caballo me puso fuera del
campamento: a la luz de la aurora, divisé un blanco pueblecillo, y me
dirigí a él para buscar, no reposo, sino una nodriza que me acompañase;
dejé el caballo en la posada, oculté a la infanta entre los pliegues
del manto, y salí a dar la vuelta al lugar; al fin de él vi a una mujer
joven que mecía a un niño como de un año, sentada al lado de otra
anciana.
»—¿Queréis ganaros trescientos doblones cada año, buena mujer? —le dije.
»—¡Ah, señor caballero!, ¿qué decís? —exclamó atónita.
»—Que si queréis amamantar a esta niña, os daré esa suma.
»—Tengo un hijo, señor, y no puedo.
»—Pero no tienes pan que darle, Aldonza —dijo tristemente la anciana—,
ni el pobre tiene padre que se lo busque: solo cuenta con el cariño de
su abuela, que lo cuidará mucho si tú quieres ganar honradamente para
todos.
»—¡Si vos lo cuidáis, madre!...
»—Sí, hija mía, no me separaré un instante de él.
»Un vagido de la pobre niña que yo tenía en los brazos acabó de decidir
a la joven, que la tomó en los suyos.
»—Hacedme la merced, buena mujer —dije a la anciana—, de buscar una
mula para vuestra hija; tiene que acompañarme a la ciudad de León.
»Obedeció aquella, y media hora después caminábamos a buen paso,
llevando Aldonza entre sus brazos a la infanta.
»Al llegar a aquella ciudad, encomendé a la niña y la nodriza a los
cuidados de mi anciana madre, la cual habitaba allí: encargué que
hiciese bautizar a la infanta inmediatamente con el mayor secreto; dejé
pagada por un año a Aldonza, y volví apresuradamente al campamento.
»Era el día 26 de marzo de 1350, y las once de la noche, cuando entré
en él: la luna, que brillaba con todo su esplendor, iluminaba las
relucientes armaduras de los soldados, e iba a quebrarse en sus yelmos
de acero; muchas hogueras encendidas patentizaban que todo el ejército
castellano estaba en vela, y lo confirmaba así yo no sé qué extraño
rumor que se advertía en el campo.
»Con la seña _Alonso y Castilla_ llegué hasta las tiendas reales, y
penetré en la que habitaba vuestro padre... mas, ¡oh, gran Dios!, ¡cuán
terrible cuadro se ofreció a mi vista!
»Tendido en su magnífico lecho de campaña estaba Alonso onceno, ya
casi exánime: la terrible epidemia, que había diezmado al ejército
castellano, era la que conducía al sepulcro al vencedor en la batalla
del _Salado_. Arrodillados junto al lecho, se veían los infantes don
Enrique, conde de Trastamara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago,
casi niños ambos, que derramaban amargo llanto: rodeábanles muchos
prelados y ricos-hombres de Castilla y de León, contándose entre estos
últimos el infante don Fernando de Aragón, sobrino del monarca; don
Juan Nuñez de Lara y don Juan Alonso de Alburquerque.
»Nada más suntuoso e imponente que el lecho mortuorio de Alonso
onceno. Componíalo _una tarima de campamento, cuya cabecera era de
ricas maderas oscuras hábilmente combinadas, terminando en dos agujas
angulares del más limado gusto gótico; en medio, y formando contraste
con los ya referidos adornos, se destacaba, dibujando mil caprichosos
pliegues, el célebre pendón de Santiago que dio a don Alonso la
victoria en la batalla del Salado. El primer cuidado del expirante
monarca, al caer en el lecho de la agonía, fue colocar sobre su cabeza
aquella bandera, gloria y orgullo de Castilla; cerca del lecho, y al
alcance de su brazo, se encontraban, en forma de trofeo, las armas que
vistiera en el sitio de Gibraltar, ciudad que deseó arrancar del poder
sarraceno, tanto por aumentar sus dominios y disminuir el de los moros,
como porque su padre Fernando IV la conquistó años atrás valerosamente,
aunque a costa de un soldado que valía por ciento y cuyo nombre era_
GUZMÁN EL BUENO.[4]
[4] Bolangero.
»Detrás de los suntuosos tapices que formaban pabellón, y junto al
lecho del rey, estaba Leonor de Guzmán, con el rostro oculto entre
las manos y el pecho desgarrado por los sollozos, que procuraba en
vano contener. Hermosa como nunca, parecía aún más embellecida por su
intenso dolor.
»Ella fue la primera que se apercibió de mi llegada: apartó del rostro
sus manos bañadas en llanto, y me las tendió como si solo de mí
esperase algún consuelo.
»—Señor —dijo aproximándose conmigo al lecho del rey—, señor, ya está
de vuelta el conde de Carrión.
»Abrió los ojos don Alonso, y me alargó una mano que yo besé de
rodillas.
»—¿Y la infanta? —preguntó con voz sofocada.
»—Con mi madre, señor.
»—¿Me traes nuevas de don Sancho?
»—El infante está bueno y sigue al cuidado de Dulcelina.
»—¡Gracias, Álvaro! —murmuró don Alonso estrechando débilmente mis
manos.