apresuró el paso Aurelio, arrastrando con mano fuerte a la condesa,
cuyos pies destrozaban las piedras del camino.
Cualquiera que, en el silencio de aquella hermosa noche, hubiera visto
a la luz de la luna correr a Aurelio, cubierto de relumbrante acero, y
llevando por la mano a la blanca y pálida figura de la condesa, hubiera
creído ver a Satanás que se llevaba a sus dominios a una alma condenada.
XIII
QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE
Durante una hora corrieron sin descanso la condesa y el infante;
la desgraciada había perdido la voz y las fuerzas; ni un acento se
escapaba de sus labios, ni una lágrima de sus ojos; cada instante más
pálida, seguía corriendo, sin embargo, obedeciendo maquinalmente a
aquella mano de hierro que la conducía, fuerte como la fatalidad, e
implacable como el destino.
De súbito llegó a sus oídos, como los ecos de un sueño, el rumor de
muchas voces, y luego todos aquellos acentos fueron dominados por uno
solo, que la arrancó de su estupor: aquella voz poderosa resonó en su
corazón, porque era la del rey.
—¡Villanos! —decía—, ¿conque os empeñáis en detenerme? ¡Viven los
cielos que habéis de pagar cara tan infame traición!
—¡No tendrás tiempo para castigarla, execrable verdugo! —gritó el
infante precipitándose con la condesa en un espeso bosque rodeado
de soldados, y en el cual se encontraba don Fruela, desmontado ya y
guardado por seis feroces montañeses que le amenazaban con los arcos
preparados.
—¡Sancha! —exclamó el rey precipitándose hacia la condesa y olvidando a
su vista todo lo demás.
—¡Sí! ¡Sancha, que viene a presenciar tu muerte, porque su mayor
castigo será verte expirar a sus pies!
Al decir estas palabras, desenvainó el infante su puñal, y se arrojó
sobre el rey. Sancha dio un grito penetrante y quiso cubrir a don
Fruela con su cuerpo, mas este, empuñando su espada, la rechazó con
fuerza.
—¡Fuera ese acero! —gritó el infante desarmando a su hermano con un
vigoroso quite—: ¡el que asesina con puñal, a puñal debe morir!
Y antes de que Fruela pudiera desenvainar el suyo, le hundió el
cuchillo en el pecho.[3]
[3] Este hecho es histórico y tan verídico como el asesinato del
infante Bimarano por su hermano el rey Fruela I.
El rey cayó al suelo, lanzando un doloroso gemido; y Aurelio, menos
cruel que lo había sido Fruela con el infeliz Bimarano, arrojó a lo
lejos su puñal ensangrentado, no teniendo fortaleza bastante para
herirle de nuevo.
Pero la herida era mortal: el acero fraticida había penetrado hasta el
corazón del rey.
El infante, pálido y aterrado, fijó sus ojos extraviados en el cuerpo
de su hermano, que yacía tendido a sus pies casi sin vida; vio a Sancha
precipitarse sobre el rey, y oyó, aunque confusamente, los hondos y
secos sollozos que desgarraban el pecho de aquella desgraciada.
—¡La sombra de Bimarano... me llama!... ¡Adiós, Sancha mía!...
—murmuró el rey pasando su brazo en derredor del talle de la condesa—.
¡Aurelio!... ¡te perdono!... ¡Munia!... ¡Bimarano!... ¡perdonadme...
vosotros... a mí!... ¡Piedad... para mis... hijos!
Y el rey de Asturias y de Galicia rindió el último aliento.
La condesa de Ribadeo sintió que el corazón que tenía bajo su mano
dejaba de latir; acercó su boca a la boca entreabierta del rey, y
no percibió ni el hálito más leve; entonces se puso en pie, rígida,
desesperada, fatídica, delirante; lanzó un grito salvaje, y huyó
perdiéndose entre la espesura del bosque.
Entretanto, los soldados acampados allí formaron un ancho círculo,
dejando en medio a los condes y nobles del reino, convocados de
antemano en aquel punto; el infante había empleado el tiempo que medió
desde la muerte de Bimarano y de Munia en ganar para sí a los soldados
y la nobleza, sublevándolos contra su hermano el tirano y asesino
Fruela.
Poco trabajo le costara realizar su intento, porque nobles y pecheros
lloraban sus honras holladas por el rey, oprobio de la dinastía de
Pelayo, y para el cual no hubo jamás segura hacienda ni mujer, como
aquella fuese rica y esta hermosa.
En tanto que la condesa corría desatinada por el bosque, sin que nadie
se cuidase de contener su desesperación, dos nobles desnudaron a Fruela
de su manto real y desciñeron la corona de su yerta frente, poniéndola
en las sienes de Aurelio que, sombrío e inmóvil, se dejó envolver
también en el manto; luego le colocaron sobre un arnés y alzándolo en
hombros cuatro condes y tremolando los demás sus pendones, tomaron el
camino de Cangas seguidos de todos los soldados.
Los mensajeros, que precedían a la comitiva, habían andado de prisa
porque la ciudad estaba iluminada y las calles llenas de gente; el
cortejo, a cuya cabeza iba Aurelio en hombros de sus condes, la
atravesó con los pendones desplegados entre los gritos de la multitud,
que aclamaba frenética al nuevo rey.
Al llegar al castillo real, los nobles agitaron los pendones y uno de
ellos gritó con voz fuerte y sonora:
—¡Asturias! ¡Asturias! ¡Asturias por el rey don Aurelio!
—¡Asturias por el rey don Aurelio! —contestó la muchedumbre en un
inmenso grito de júbilo.
Y el nuevo rey olvidó con la algazara el espanto de su crimen, y con
los ojos radiantes de alegría saltó del arnés y entró en el real
castillo seguido de sus condes y soldados.
XIV
LA LOCA
Trascurridos seis días, salió el rey con toda su corte para Pravia,
donde iba a fijar su residencia.
Apenas hubo llegado, llamó a su hermana Adosinda y la intimó su
voluntad de desposarla con Silo, el más poderoso de sus condes y
anciano honrado y venerable.
La desdichada joven, que se ahogaba en aquella atmósfera impregnada de
crímenes y sangre, aceptó la alianza que su hermano le propuso, con un
profundo reconocimiento hacia Silo, pidiendo solamente la gracia de
llevarse a los infantes hijos de Fruela a Viseo, donde iba a vivir con
su esposo.
Accedió a esta súplica el rey Aurelio, y Adosinda se desposó y salió en
seguida de Pravia en compañía de su esposo y sus sobrinos.
Aquella princesa fue dichosa al lado del venerable Silo, y cuando a
la muerte de Aurelio ocuparon el trono de Galicia, los montañeses
creyéronse regidos por la virtud y la inocencia, simbolizadas en el
anciano rey y en la hermosa y angélica reina.
El reinado de Aurelio fue corto y azaroso: solo reinó seis años, y
estos devorado de remordimientos; cada noche veía en sueños la imagen
santa de Munia que iba a pedirle cuenta de la sangre de su esposo y del
trono que ocupaba en perjuicio de su hijo Alfonso.
Siempre que salía a caza, se le aparecía delante una mujer descarnada,
pálida y desencajada, cuyas formas cubría apenas una andrajosa túnica
blanca. En vano Aurelio quería huir al verla; la visión le perseguía
corriendo y gritando entre insensatas carcajadas:
—¡Tu corona es de sangre!... ¡¡Tu corona es de sangre!!...
Aquella mujer era la condesa de Ribadeo, que vagaba loca, furiosa y
errante por los montes de Asturias desde la muerte de Fruela I.
El mismo día en que llegaron Adosinda y Silo a su castillo de Viseo,
una lucida comitiva de nobles, escoltada por cincuenta montañeses,
llegaba también al monasterio de Jesús, con una orden de la princesa
Adosinda, para recoger al infante don Bermudo, hijo de Bimarano y
Sancha, y depositado por Aurelio en aquel santo asilo.
Bermudo creció al lado de Alfonso el Casto y de Jimena, y este trato
íntimo ligó a los tres infantes con un profundo y tierno cariño.
Sabido es que el infante don Bermudo, después de ser ordenado de
diácono y abad del monasterio de San Salvador de Pravia, dividió con
don Alfonso II, el Casto, el trono de Asturias y Galicia.
El conde Eurico fue desterrado a Oviedo, y llegó a su destino dos días
después de tomar el rey Aurelio posesión de su castillo de Pravia;
pero, al atravesar un frondoso bosque que se extiende a espaldas de
la ciudad, se detuvo su caballo espantado ante una forma blanca: era
de noche y el conde se vio forzado a apearse para reconocerla; mas
sus labios lanzaron un grito de dolor al ver que tenía a sus pies el
cadáver de su hermana.
La desdichada había lanzado el último suspiro con la cabeza apoyada en
una cruz que señalaba una sepultura recién abierta.
¡La justicia de Dios la había llevado a morir a la tumba de Munia,
uniendo así, con el sueño de la muerte, a la víctima y al verdugo!...
Aquella tarde no oyeron los pastores la campana de la ermita;
pero, arrastrados por la costumbre, acudieron a ella sin embargo;
encontráronla cerrada y tendido delante de la puerta vieron el cadáver
del anciano montañés que la guardaba, el cual, después de la muerte de
la reina y viendo cumplida su venganza con el asesinato del rey don
Fruela, se había dejado morir de hambre, como el perro fiel que ha
perdido a su amo.
LA DIADEMA DE PERLAS
PARTE PRIMERA
LOS BASTARDOS DE ALONSO ONCENO
La familia del hombre no dura más que un día: el soplo de Dios la
dispersa como el humo; apenas conoce el hijo al padre, el hermano a
la hermana. La encina ve germinar sus bellotas en torno suyo: ¡no
sucede así con los hijos de los hombres!
(CHATEAUBRIAND, _Renato_.)
I
Acababa de ser jurado rey Enrique II, después de haber clavado su daga
en el pecho de su hermano don Pedro en los campos de Montiel.
La antiquísima ciudad de Burgos parecía rejuvenecida con las fiestas
reales: era el día postrero que pasaba el rey bajo sus muros, pues
marchaba a Sevilla, con el objeto de convocar cortes.
El monarca había oído misa aquella mañana en la suntuosa catedral,
y los buenos castellanos habían acudido en tropel de los pueblos
inmediatos para verle por la última vez.
Pero Enrique no salía: sin duda que el intenso frío de aquella tarde
de invierno no le dejaba gana de acceder a los deseos de su pueblo.
Las puertas del alcázar, guardadas por los soldados del rey, eran
inaccesibles a todos, y los curiosos tenían que contentarse con ver
pasear a los pajes y escuderos en el ancho patio, y con oír resonar sus
espuelas en el enlosado pavimento.
Sin embargo, todos los contemplaban, a falta de otra cosa mejor, y
aquellas buenas gentes admiraban las bordadas ropillas y las gorras
adornadas de plumas de los unos, y las brillantes armaduras de los
otros.
Mas, a pesar de la avidez con que la muchedumbre miraba el patio del
alcázar, nadie vio cruzar a un hombre envuelto en un ancho manto, y
cuya cabeza estaba cubierta por una holgada toca de terciopelo; bien es
verdad que lo atravesó con tanta rapidez que se asemejaba mejor a una
sombra que a un ser viviente.
Aquel hombre abrió una puertecilla situada cerca de la escalera
principal y salió a la calle, encontrándose en la cuesta de Santa
María, que empezó a subir precipitadamente, cubriéndose el rostro con
el embozo cuanto le fue posible.
Nevaba a la sazón furiosamente: bien pronto el manto del caballero
—pues sin duda lo era a juzgar por su apostura— se vio enteramente
calado, sin que por esta circunstancia se detuviera ni retrocediese en
su camino.
Llegó por fin a la calle de Fernán-González, una de las más solitarias
de la antigua ciudad; aún hoy existe el arco que la terminaba en
aquella época, y aún lleva hoy también el nombre del valeroso conde
castellano.
El hombre del manto se paró delante de una casita de pobre apariencia,
y llamó suavemente: pocos momentos después se oyeron pasos, abriose
la puerta, y una joven, vestida de negro, se arrojó en los brazos del
desconocido.
—¡Gracias a Dios que te veo, Florestán! —exclamó con voz dulce y
vibrante de ternura—. ¿Cómo has tardado tanto hoy? —continuó sin
deshacer el amante lazo que formaban sus brazos al derredor del cuello
del caballero—: mi madre quería llevarme a la plaza para ver a S. A.
por la última vez, mas yo he preferido quedarme, porque el corazón me
decía que vendrías... pero, ¡Dios mío!, ¡vienes calado! Vamos, vamos
arriba.
Y la joven separó sus brazos del cuello de su amante, y le tomó la mano
haciéndole subir en pos de ella.
Al llegar a la puerta de la habitación, Florestán deshizo el embozo de
su manto, le arrojó sobre una silla y se sentó con aire meditabundo y
melancólico; la hermosa niña permaneció en pie a su lado contemplándole
con amor.
Aquel aposento manifestaba suma pobreza: algunos viejos sitiales de
anticuada forma, una mesa dorada, enmohecida por el tiempo, y algunos
deteriorados cuadros con estampas de la Virgen componían todo su
ajuar; una estrecha ventana apenas dejaba pasar la luz por sus vidrios
de colores, y la nieve, que seguía cayendo a grandes copos, había
extendido un velo en la atmósfera que hacía más densa la oscuridad de
aquella habitación; pero, si mísero y triste era su aspecto, nada había
comparable a la belleza de las dos personas que a la sazón la ocupaban.
Tendría la joven de dieciocho a veinte años; su tez, de una pureza
deslumbradora, era blanca y mate como el nácar; dos gruesas trenzas
de cabellos negros nacían en sus cándidas sienes y bajaban hasta su
rodilla; la hermosura de sus negros ojos era admirable, y el delicioso
carmín de su pequeña boca la hacía asemejarse a una flor de húmedo y
brillante coral; tenía pobladas y sedosas cejas negras, riquísimas
y rizadas pestañas, y nariz pequeña y delicada; era pálida, y en su
blanca tez parecían aún más deslumbradores los reflejos de azabache de
su sedosa cabellera.
Vestía de negro, y su traje humilde era el de las jóvenes villanas de
Castilla: una ancha basquiña de lana negra dejaba ver sus piececitos,
calzados con zapatos de cordobán negro, semicubiertos con un ancho
lazo de cinta, y un corpiño de terciopelo negro también, con largas
haldillas, marcaba maravillosamente su esbelto y flexible talle; desde
el escote del corpiño salía una camiseta de batista, plegada, que
terminaba en un estrecho cuellecito bordado de lana negra, lo mismo
que las blancas mangas que salían de sus angostas hombreras y que no
llegaban a ocultar la hermosura de sus brazos.
Llevaba en el cuello una cruz de oro pequeña, pendiente de una estrecha
cinta de terciopelo.
Aquella joven tenía cierta apariencia de dulzura y debilidad que
encantaba: eran tristes sus hermosos ojos, triste también la expresión
de su pequeña boca, cuya sonrisa debía ser bien melancólica.
Su compañero aparentaba unos treinta y cuatro años: su talla, aunque
mediana, era gallarda y bien proporcionada; sus ojos pardos, grandes
y rasgados retrataban la altivez y la pasión; bajaban sus cabellos
castaños en luengos rizos hasta tocar sus hombros, y sus largos bigotes
se ensortijaban en sus mejillas.
Tenía la boca de corte gracioso, pero severa y desdeñosa; su ancha y
elevada frente pintaba bien la arrogancia de su carácter y una natural
costumbre de mandar.
Vestía una modesta ropilla gris, y una toca sin pluma, que dejó con el
manto antes de sentarse.
—¿Qué tienes, Florestán...? —preguntó la joven apoyándose cariñosamente
en su hombro—. ¿Por qué estás tan triste hoy?
—Porque me veo obligado a separarme de ti, Berenguela —contestó él con
voz alterada y atrayendo hacia sí a la joven, al mismo tiempo que ella
juntaba las manos con expresión de profundo terror.
—¡Separarte de... mí! —repitió como asombrada—... ¿Qué es lo que has
dicho, Florestán?
—La verdad: no he tenido hasta hoy valor bastante para declarártelo,
pero ya es forzoso, porque... debo partir mañana.
—¡¡Mañana...!!
—Este grito se escapó de los labios de la doncella, a la vez que caía
en un sitial, pálida y desfallecida.
—¡Berenguela, Berenguela mía! ¡Ten piedad de mí! —exclamó el caballero
cogiendo las manos de la infeliz joven—. ¡Tu dolor me mata! ¡Ah! ¿Por
qué no me es dado morir contigo?
Florestán inclinó la frente apoyándola en la blanca diestra de la
joven; su respiración anhelante hacía levantar su pecho, y parecía
quebrantado por un profundo dolor.
—Óyeme —dijo al cabo de algunos instantes—, óyeme, Berenguela: mi
honor, mi deber, mi conciencia me mandan salir mañana de Burgos con
la comitiva de S. A. Tú sabes que soy noble, y ya te he dicho muchas
veces que jamás he faltado a ninguno de los deberes que mi condición me
impone. Pero lo que no te he dicho nunca es que la voz del amor que te
tengo es más fuerte en mí que la de todas esas consideraciones: habla,
pues, Berenguela mía. ¿Quieres que nunca me separe de tu lado? ¿Quieres
que me quede? Habla, y yo te obedeceré ciegamente.
—¡Tu honor... tu conciencia... tu deber! —repitió la joven con voz
lenta y triste—. Parte, Florestán... —prosiguió haciendo un sublime
esfuerzo—, parte...
Y luego, arrojándose en los brazos del caballero, que la contemplaba
con amargo abatimiento, añadió:
—¡Pero no me olvides jamás!
Durante algunos instantes, latieron juntos aquellos dos corazones; la
joven fue la primera que levantó la frente, en la cual se veía pintada
una adorable resignación: más fuerte que su amante, quería alentar a
este en la dolorosa lucha que sostenía.
Entonces sacó Florestán de su limosnera una preciosa cajita de
marfil, y la abrió tomando de ella una estrecha diadema de perlas de
incalculable valor por su tamaño y su pureza, que se cerraba en medio
por un joyel de riquísimos diamantes.
—Guarda, amor mío, este recuerdo de nuestro cariño —dijo a Berenguela,
colocando la diadema en su hermosa frente—: mi madre la llevaba cuando
murió cobardemente asesinada, y su mano moribunda la puso en la mía
como un postrer don del amor que me profesaba. Es la prenda más cara
que puedo darte: ¿me prometes llevarla siempre, Berenguela?
—¡Siempre! Te lo juro.
—Adiós, pues: si alguna vez necesitas del rey de Castilla, preséntate
a las puertas de su alcázar con esa joya, y conseguirás llegar hasta
él; pero tú solamente, ¿lo oyes?
La desdichada no dio muestras de oír estas palabras.
Había vuelto a echar sus brazos al cuello de Florestán, y parecía
absorber en sus ojos la luz melancólica de la mirada de su amante.
—¿Volverás, Florestán? —preguntó en baja y trémula voz.
—¡No lo sé! —contestó él desviando sus ojos del semblante de la pobre
niña—; ¡no lo sé, Berenguela! Pero te juro que, si no vuelvo, te
enviaré a buscar para que vengas a mi lado.
Al pronunciar estas palabras, recogió el manto y la toca, y se lanzó a
la calle arrancándose de los brazos de la joven, que cayó desvanecida
en su asiento.
II
Un año después de estos sucesos, hallábanse dos personas en la mísera
estancia en que tuvo lugar la despedida de Berenguela y Florestán. Era
la una un caballero como de cincuenta años de edad, de frente calva,
ojos grandes y brillantes, y fisonomía pálida; denotaban bondad sus
abultados labios, y su sonrisa era a la par noble e inteligente; vestía
un riquísimo traje de terciopelo negro, bordado de oro, y pendía de
su cuello una gruesa cadena del mismo metal. Aún conservaba puesta su
toca, adornada de una larga pluma blanca.
La otra era una anciana de vulgar e impasible fisonomía: su humilde
traje, no menos que su postura respetuosa, decían bien claro que era
muy inferior en condición a su compañero.
—¿Conque decís, señora Urraca, que tanto ama a la niña don García?
—preguntó el caballero a la anciana, que permanecía en pie delante de
él.
—Tanto, señor, que desde que empezó a requerirla de amores ese otro
hombre, a quien Dios confunda, y ella, prendada de él, declaró a don
García que solo le amaba como una hermana, se le ve decaer de día en
día.
—Y Berenguela, ¿qué dice, al verlo?
—Nada: desde que partió su amante vive abismada en tan profundo dolor,
que nada advierte de lo que pasa en torno suyo; solo algunas veces, al
ver a don García, que la contempla con aire abatido, le toma la mano,
se sonríe tristemente, y dice con monótono acento: «¡Consolaos, don
García! Dios se apiadará de nosotros.»
—¿Y sabéis, señora Urraca, qué es ese don García?
—No sé más que lo que él me ha dicho: que es hijo de un hidalgo del
vecino pueblo de Lerma, y que ha peleado en los tercios de don Enrique;
ha un año entró en esta casa, cuando las tropas del maldito rey, que
Dios castigue, asolaban el país, para curar una herida de un compañero
suyo; vio a Berenguela, y ya no quiso abandonarla, pues aunque reside
en Lerma, viene aquí con frecuencia para verla.
—¿Y del otro amante sabéis?...
—De ese sí que no sé una palabra.
—¡Dos amantes incógnitos! —murmuró el caballero en voz baja; pero,
añadió alzándola—: ¿cómo no habéis tratado de apurar quiénes son esos
hombres que aman a vuestra hija?
—¡Mi hija! —repitió la señora Urraca—. ¿Acaso lo es? ¿No sabéis tan
bien como yo que hace dieciséis años encontré a una niña, que apenas
contaba dos, a la puerta de mi casa en la ciudad de León, donde yo
habitaba entonces? ¿No os he dicho ya que hallé atado a su cuello con
un cordoncito de seda negro, un pergamino rollado, en que me daban
instrucciones, y a su lado un bolsillo lleno de oro?
—Sí, me habéis hablado de ese pergamino... Y a propósito, ¿tenéis a
bien enseñármelo ahora?
Levantose la anciana y fue a sacar de un armario, incrustado en la
pared, un pequeño pergamino enrollado que presentó al caballero.
—Tomad —dijo—. Es el mismo que Berenguela llevaba al cuello.
Desdoblolo él, y se puso a leer: poco a poco su fisonomía se fue
animando; y un hondo pliegue se formó entre sus cejas pobladas y negras
aún como el ébano; después, sin saber quizás lo que hacía, volvió a
leer en voz alta casi todo el contenido del pergamino, en tanto que la
señora Urraca le escuchaba con la mayor atención.
«Esta niña —decía el escrito— es hija de padres nobles y poderosos;
cuidadla, buena mujer, y el cielo os recompensará en este mundo y en
el otro.
»No le digáis jamás que no es hija vuestra, y el día en que un
caballero se presente a reclamarla con un pergamino igual a este,
entregadla sin demora.»
Al acabar la lectura, plegó el anciano el pergamino con aire triste y
meditabundo.
—¿Cuánto os daban cada año por cuidar de esa desdichada niña? —preguntó
tras un breve silencio.
—Trescientos doblones, es decir, una suma igual a la que encontré en el
bolsillo.
El caballero devolvió el pergamino a la anciana, e iba a hablar cuando
esta, que estaba en pie junto a la ventana, hizo un brusco movimiento.
—¡Ya viene! —dijo señalando con la punta de su descarnado dedo a la
calle—. ¡Miradla, señor, qué abatida está!
—¿Qué es eso que lleva en la frente? —preguntó el anciano indicando la
magnífica diadema de perlas que ceñía los negros cabellos de Berenguela.
—Eso es un dije que le regaló su amante al partir, y que ella no ha
querido quitarse ni un instante.
—¡Ah!... —murmuró el caballero, que miraba a la joven con desencajados
ojos.
Largo tiempo la siguió con su sombría mirada: cuando Berenguela entró
en la casa, quedó inmóvil, como esperando verla aparecer.
Entró, por fin, en la habitación, y sin mirar a las personas que
estaban en ella, fue lentamente a sentarse en un banco de madera;
después cruzó las manos y dobló tristemente la cabeza, en tanto que el
caballero seguía contemplándola absorto.
Excusa tenía su distracción. Berenguela presentaba la imagen fiel del
ángel de los sepulcros: sus grandes ojos inclinados, su pálida frente,
sus largos cabellos negros, brillantes como el plumaje que viste las
alas del cuervo, y sus blancas manos cruzadas, le daban un aspecto
sublime y desgarrador.
Largo rato permaneció inmóvil y muda; luego levantó los ojos, pasó por
la frente su abrasada mano, y articuló débilmente estas palabras:
—¿Ha venido, madre mía?
—¿Quién? —preguntó la señora Urraca.
—Él... Florestán.
La anciana se encogió de hombros con aire estúpido, sin comprender
siquiera aquel inmenso dolor.
—¿Habéis dicho que no, madre mía? ¿No es verdad? —tornó a preguntar la
desdichada.
—No he visto más que al señor caballero.
Berenguela levantó la cabeza; miró con afán al anciano y se aproximó
a él lentamente: cuando llegó enfrente de él, puso las manos en sus
hombros y clavó sus grandes ojos en su semblante.
—No... no eres tú el que yo espero —dijo con el tono de voz lento y
triste que le era habitual—; no eres tú... pero ¿le has visto?, ¿sabes
dónde está?
De súbito brilló en sus ojos un rayo de alegría, batió las palmas
gozosa, y sus facciones se animaron con una radiosa expresión de
ventura.
—¡Ah! gritó; ya sé a qué vienes... sí... sí... ya lo sé... a buscarme
de parte de Florestán; porque él me lo dijo... «Te juro que si no
vuelvo, te enviaré a buscar...» Eso... eso me dijo... ¡Oh, con cuánta
alegría veo ahora que me cumple su promesa!
Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió apresuradamente a
un pequeño cuarto que le servía de dormitorio, y salió envuelta en un
amplio manto negro.