se dejó caer desplomada en un sitial. Adosinda, presa de la aflicción
más amarga, cayó llorando a sus plantas.
* * * * *
Pasadas cuatro horas, un jinete, cubierto de polvo y de sudor, se
apeaba en lo más hondo de la quebradura de la sierra, al fin de la cual
se elevaba el castillo real, como una gaviota sobre las rocas. Ató su
poderoso corcel de batalla a un árbol con las cadenas que le servían de
bridas, y se dirigió con apresurado paso a la vivienda de los reyes.
No obstante, pasó sin detenerse por delante de la puerta principal, y
sin hacer señal alguna para que se abriese.
Era un gallardo y apuesto mancebo, cuya fisonomía alumbraba la luna
pura y hermosa de aquella noche de mayo.
Llegó, por fin, a una pequeña poterna que abrió con una llave que sacó
de su vesta, y entró cerrando tras sí y desapareciendo como una sombra.
Ya no volvió a oírse en la sierra otro rumor que el del ruiseñor,
que trinaba sus acentos de amores; el canto dulce de la desvelada y
solitaria alondra, y el arrullo de las tórtolas que anidaban en los
huecos de las rocas.
El caballero subió la misma escalera por la cual había huido Aurelio
con el niño Bermudo, y se encontró en la estancia misma donde se lo
entregó la desgraciada Munia. Cruzola con paso firme y presuroso, pero
recatado; atravesó otras tres, y llegó por fin a las habitaciones de la
esposa de don Fruela.
Pero sus pies quedaron enclavados en el umbral de la cámara, y sus
labios dejaron escapar un grito agudo y penetrante.
Aquel espacioso aposento estaba alumbrado por teas de resina: en el
centro, y tendida en un lecho, dormía el sueño eterno de la muerte la
reina de Asturias y Galicia, vestida con su blanca túnica, triste y
hermosa como la imagen del amor postrero.
Arrodillada a sus pies, lloraba Adosinda, asemejándose por su actitud
al ángel de las tumbas solitarias.
Al otro lado del lecho funerario permanecía inmóvil el viejo Antar,
empuñando una hacha de armas y con el rostro sereno y bravío, pero
profundamente pálido.
Aquella era toda la guardia de honor que custodiaba el cadáver de la
esposa santa del rey don Fruela I.
Al grito que lanzó, al entrar, el caballero, volvió el semblante la
princesa.
—¡Aurelio! —exclamó tendiendo hacia él sus manos unidas.
—¡Hermana! —gritó el príncipe lanzándose hacia ella—. ¿Quién ha causado
la muerte de la reina?
—Don Fruela I —murmuró Antar en voz baja, pero con acento sombrío y
profundo.
—¡No, no! ¡Dios ha sido! —exclamó entre sollozos la princesa.
—¡Al asesinar don Fruela al infante Bimarano, ha asesinado de dolor a
la reina! —repitió el montañés con lúgubre voz.
—¡¡Muerto!!... —gritó desesperadamente Aurelio llevando sus dos manos
al corazón—. ¡¡Muertos los dos!!...
Luego dio los tres pasos que le separaban de Antar, y exclamó:
—¿Dónde está Fruela?
—¡Ha huido a Cangas con la condesa de Ribadeo! —contestó el montañés
con su acento fatídico y ronco.
Aurelio besó los yertos pies de la reina, y salió presuroso de la
estancia; pero, al verle, hubiérase dicho que estaba ebrio: tanto
era lo que hacía vacilar su paso la negra desesperación que se había
apoderado de su alma de fuego.
X
LA ERMITA
A algunas leguas de Oviedo, y en medio de uno de los hermosos y
extensos bosques que se extienden a enormes distancias de aquella
alegre y feliz ciudad, había en el siglo VIII una ermita, no blanca y
graciosa como las que se ven en nuestros días, sino vieja, triste y
casi derruida: estaba consagrada a la Madre de Dios, y, a pesar de su
austera sencillez, era un asilo para los pobres montañeses extraviados
o acosados por la tormentas, porque su puerta se cerraba durante muy
pocas horas, y esto, cuando la noche estaba ya muy avanzada.
Nadie se acordaba de la época en que se había construido la ermita:
durante muchos años había permanecido cerrada, pero dos meses antes del
día en que la doy a conocer a mis lectores, llegó a ella un anciano,
cubierto con el tosco sayo de los montañeses de Asturias, y la abrió,
encendiendo una lámpara de hierro ante su pobre y único altar, erigido
a la hermosa y pura imagen de la Virgen María, a cuyos pies se veían
dos jarros de madera con flores que perfumaban aquel sagrado recinto.
El anciano lavó la iglesia y la dejó brillante de limpieza. Aquel día
la bendijo un sacerdote, y desde la misma noche la campana de la ermita
llamó a la oración, con su clara y argentina voz, a los pastores del
bosque.
Los buenos y honrados asturianos acudieron a aquel consolador
llamamiento, como si fuese una emanación del cielo; y los pastores
sintieron refrescadas sus frentes, que el ardor estival había calcinado
durante todo el día: aquellos infelices olvidaron allí su hambre, su
miseria y las vejaciones que les hacían sufrir los árabes que llegaban
a sus costas en las galeras del poderoso califa de Córdoba; y desde
entonces, todos los días, al toque de la campana, acudían presurosos a
la ermita a rogar al cielo que consolase sus aflicciones.
Nunca, empero, veían al encargado de cuidar de la ermita: el anciano,
propietario de ella sin oposición de nadie, salía de la iglesia para
tocar la campana, y no volvía mientras permaneciese orando una sola
persona; pero aquellas sencillas gentes creyeron semejante retraimiento
hijo de algún voto, y pronto se olvidaron de él como se olvida el
origen de un bien, si este es tan grande que sus efectos nada dejan que
desear a nuestro egoísmo. ¡Tal es la ingratitud humana!
El anciano les franqueaba su iglesia limpia, fresca y perfumada, y
ellos no pensaban en la mano bienhechora que abría a sus pobres almas
aquella mansión de eterno consuelo.
Era la caída de una tarde calurosa de junio; los postreros rayos del
sol doraban ya apenas las cumbres de los altos montes de Asturias, y
las colinas, cubiertas de verdor, mostraban en sus faldas bosquecillos
floridos y olorosos, regados por arroyos de diáfana plata.
El guardián de la ermita se encontraba entonces en la iglesia renovando
las flores del altar, y animando la luz de la lámpara.
Cuando terminó su tarea, se cruzó de brazos y permaneció inmóvil y
meditabundo.
—¡No! —murmuró en voz baja y como hablando consigo mismo—. ¡No! Es una
imprudencia llevarle su hijo... un niño de diez años hablará... ¡Oh,
no, no! ¡No quiero que la vea!
Calló el anciano y dobló sobre el pecho su cabeza, meditando de nuevo.
—Por otra parte —continuó—, ella me hizo darle palabra de que se lo
llevaría... ¡Virgen de Covadonga! ¿Y cómo negárselo, si se muere... si
su vida se extingue como esa lámpara cuando le falta mi cuidado?
—¡Oh! —exclamó el montañés alzando al cielo sus ojos, en los cuales
se pintaba un fanático ardor—. ¡Oh, Dios de justicia! —prosiguió
arrodillándose a los pies del altar—: ¡déjala vivir hasta que luzca el
día de la venganza! ¡Conserva el aliento de esa infeliz mártir hasta
que la semilla que yo deposite en el corazón de Aurelio dé por fruto la
muerte del verdugo y de la infame manceba, origen de las desgracias de
su santa esposa!...
Durante algunos instantes se agitaron los labios de aquel hombre en una
oración ferviente: rogaba por la venganza del único ser que amaba, como
hoy rogamos nosotros por la ventura de nuestros hijos y de nuestros
padres.
—¡Sí! —dijo levantándose—; ¡sí, le llevaré su hijo, y esto quizá
reanimará sus abatidas fuerzas!
Al acabar de pronunciar estas palabras, abrió la puerta de una pequeña
estancia contigua al altar, y penetró en ella, dulcificada ya la
expresión sombría de su semblante.
XI
LA AGONÍA
Sentado en un arcón de roble, estaba un hermoso y robusto niño, que
aparentaba doce años, aunque apenas contaba diez; sus formas gallardas
eran enérgicas y desarrolladas; tenía la tez morena, los ojos negros,
grandes y pensativos, la cabellera oscura, rizada y abundante, y la
boca de expresión melancólica y severa.
Era el infante don Alfonso, que después reinó con el nombre de _Alfonso
el Casto_, y de cuyo exterior nada más digo, porque trato de presentar
de lleno su figura en otra historia, escrita ya en mi mente con
bastante claridad.
La soledad que le rodeaba no parecía inquietarle en lo más mínimo: al
ruido que hizo el anciano que ya conocemos al abrir la puerta, alzó sus
grandes ojos y le miró tranquilamente.
—¿Cuándo veré a mi madre, Antar? —preguntó sin levantarse.
Y aunque su voz era serena y reposada, viose brillar una lágrima en sus
largas pestañas.
—Cuando te plazca, señor —contestó el anciano inclinándose con el mismo
respeto que si hablase a un monarca encanecido.
—Vamos ahora mismo —dijo don Alfonso poniéndose de pie con ademán
resuelto.
—Antes de conducirte a la presencia de la reina, debo hacerte una
advertencia, señor —observó Antar volviendo a inclinarse.
—Habla.
—El mundo entero cree muerta, desde hace un mes, a la reina de Asturias
y de Galicia, y un voto sagrado la obliga a permanecer oculta para
siempre a los ojos de todos los vivientes, como si ya morase en el
sepulcro: prométeme, señor, no confiar a nadie el secreto de su
existencia.
El niño salió a la iglesia, cuya puerta principal aún estaba cerrada
para los buenos montañeses. Antar siguió a don Alfonso y se detuvo a su
lado junto al altar.
Abrió el príncipe el libro de los Evangelios y puso sobre él su diestra
blanca y hermosa, pero musculosa y fuerte como la mano de un guerrero.
—Juro —dijo con voz solemne—, juro no revelar, ni aun al rey mi padre,
ni a la princesa mi hermana, el secreto de la existencia de la reina,
mi madre y señora, que hoy se confía a mi lealtad de caballero. Empeño
mi palabra de guardar este arcano hasta el sepulcro; y si a ella falto,
que Dios me castigue en su justicia según de su agrado sea.
La voz del niño resonó clara y vibrante en las bóvedas del templo:
cuando terminó la fórmula de su juramento, volvió a entrar majestuosa y
acompasadamente en el aposento que pocos momentos antes abandonara.
Antar abrió otra pequeña puertecilla situada en un ángulo de la
estancia, y mostró al infante una escalera mezquina, húmeda y oscura,
pero por la cual, sin embargo, se lanzó el niño sin vacilar: al final
de ella había un estrecho corredor tortuoso y sombrío, y en él otra
escalera, que subieron igualmente, y que remataba en una puertecilla
desvencijada y carcomida.
El anciano tocó suavemente a ella y a poco abrió una mujer, o más bien
una sombra; al ver al infante, escapose de su pecho un grito de júbilo,
pero inmenso, indescriptible: parecía que el corazón de aquella mujer,
comprimido largo tiempo hacía, se dilataba al fin con una alegría santa
e infinita.
La mujer que abrió era la reina Munia, o hablando con más propiedad, el
espectro de aquella noble y hermosa reina, que hemos conocido en otro
tiempo llena de vida y juventud.
Parecía más elevada su estatura a causa de la extrema demacración de su
cuerpo; una túnica blanca la cubría del cuello a los pies; sus largos
cabellos negros la envolvían como en un manto de terciopelo, pero sus
prolongados rizos estaban matizados de muchas hebras de plata; sus
grandes y oscuros ojos se habían hundido y apagado; sus labios, tan
hermosos y encarnados en más remotos días, veíanse entonces blancos
como las hojas de un jazmín arrebatadas por el viento; el matiz
moreno y satinado de su tez había desaparecido para dar lugar a la
palidez marmórea de un cadáver, y su paso era débil y su respiración
entrecortada y penosa, como la de un ser consumido por la fiebre.
El grito que al ver a su hijo le arrancara la alegría, de que se inundó
su alma, aniquiló todas sus fuerzas: no obstante, permaneció inclinada
rodeando con sus descarnados brazos el cuello del niño, besando sus
cabellos y su frente, y murmurando con voz ahogada estas breves
palabras que parecían el eco de su corazón:
—¡Hijo mío!... ¡hijo mío!
El niño, de cuyos grandes y serenos ojos brotaron gruesas lágrimas,
miraba a su madre con una ternura ávida e insaciable, y le devolvía sus
caricias con amoroso delirio.
Dirigiose, por fin, la reina, sin soltar a su hijo, a una tarima de
madera cubierta con un paño de sayal que le servía de cama; un gran
crucifijo clavado en la pared, y debajo de él un reclinatorio y un
libro de oraciones, componían todo el mueblaje de aquella reducida e
ignorada celda, situada en el hueco de la torre.
—¿Dónde está tu hermana, hijo mío? —fue la primera pregunta que hizo la
reina, pero con voz tan débil que apenas podía distinguirse.
—En Pravia con la infanta, madre mía.
—¡Oh! ¡Conque Adosinda no os ha abandonado!
—No se aparta de Jimena y de mí un solo instante, pero siempre está
llorando.
—¡Dichosos los mortales que aún tienen lágrimas que verter! —murmuró la
reina; y luego, alzando la voz, añadió con acento tembloroso:
—¿Y el rey, tu padre?
—Hace mucho tiempo que no lo he visto, madre mía: mas dícese que está
en Cangas.
Un ahogado gemido desgarró el pecho de la pobre penitente.
—¿Y el infante Aurelio?
—Tampoco veo a mi tío.
La reina dobló la cabeza y permaneció largo rato sumergida en una
meditación profunda.
—Oye el último consejo y el ruego postrero de tu infeliz madre, hijo
mío —dijo al fin con una voz casi ininteligible—; óyelo, y vete
con Antar, porque necesito estar sola con Dios. He querido verte
para pedirte que ames y ampares siempre a tu hermana Jimena, y para
encomendarte que huyas, mientras vivas, de todas las demás mujeres...
¡Oh, Alfonso mío! —prosiguió Munia—: ¡Una mujer ha perdido a la familia
entera que cobijaba el dosel de Asturias y de Galicia!... ¡Una mujer ha
empapado en sangre tu corona!... ¡Una mujer te ha dejado sin padres!...
¡Prométeme, pues, que huirás siempre de ellas!...
—¡Te lo prometo, madre y señora mía!
—Júrame que jamás abandonarás a tu hermana.
—En el nombre de Dios, lo juro.
—¡Gracias, hijo mío!... Ahora recibe mi bendición.
El niño se arrodilló a los pies de su madre, que le bendijo
solemnemente; luego le abrió sus brazos y Alfonso se arrojó en ellos.
Pero de repente se aflojó el lazo que estos formaban; rompiose un
instante después, vaciló la reina y fue a caer por último en su duro y
pobre lecho de madera.
—¡Llévate al infante... Antar! —dijo Munia, cuya agonía empezaba; y
luego añadió con acento imperioso y breve:
—¡Alfonso!... ¡jura a los pies de tu madre... ser un buen... rey de tus
pueblos!...
—¡Lo juro!
—¡Gracias... hijo mío... y... adiós!
En seguida incorporose la reina por un último y poderoso esfuerzo, y
estrechó a su hijo contra su pecho: sin duda que el niño comprendió con
el instinto del corazón todo el valor de aquel abrazo postrero, porque,
para separarlo de su madre fue necesario que Antar le tomase en sus
brazos y le sacase fuera de aquella celda sombría.
—¿Qué tiene mi madre? —preguntó el infante al anciano, no bien
estuvieron en la estancia contigua a la iglesia.
—Tu madre, señor, se ha condenado a una vida de penitencia y a una
muerte de martirio por una culpa ajena —contestó Antar con voz
solemne—; tu madre es la víctima expiatoria de las culpas de otra
mujer. ¡Señor, señor! ¡Ruega a Dios por su alma!
Al decir estas palabras llegaban a la iglesia don Alfonso y Antar;
el niño, pálido de emoción, dobló la frente y oró largo rato con una
angustia visible solo a los ojos de Dios.
Luego se levantó, y el anciano se dirigió a la puerta de la ermita,
la abrió, y dos escuderos, en cuyas vestas se veían las armas reales,
rodearon al infante, mientras un tercero le aproximaba un poderoso
caballo, que montó el niño con graciosa ligereza.
Entonces hizo este al montañés una leve y majestuosa señal de
despedida, y sacando al trote su corcel, partió seguido de algunos
soldados, sombrío y silencioso.
Aquella noche terrible no se borró jamás de la memoria de don Alfonso
el Casto; fue tan fiel en cumplir el juramento que hizo a la reina, que
jamás amó a mujer alguna, concentrando todo su cariño en el recuerdo de
su moribunda madre.
El martirio de la reina de Asturias y de Galicia hizo un santo del hijo
engendrado en su seno por un padre asesino.
* * * * *
Cuando el infante desapareció a los ojos de Antar, volvió este a la
celdilla; la reina agonizaba ya, y el montañés aproximó a sus labios el
crucifijo que pendía de la pared.
Incorporose un tanto Munia, y tomó las manos del anciano.
—¡Dios te bendiga... Antar... por el bien que... me has hecho!... —dijo
con voz agonizante.
Luego imprimió sus labios en los pies del crucificado, y cayó exánime
sobre la tarima, exhalando su último suspiro.
El montañés cerró piadosamente sus ojos: la cubrió con su manto blanco,
y se arrodilló para besar sus plantas.
En seguida salió de la celda y agitó la campana que convocaba a los
pastores, que no tardaron en llegar.
—¡Rogad, hermanos, por un alma que Dios acaba de llamar a sí! —dijo de
súbito una voz en medio de ellos.
Un ardiente y fervoroso rezo se elevó de todos los ángulos de la
iglesia, y sus ecos acompañaron a la morada celeste al alma santa de la
reina mártir.
—Ahora —murmuró Antar—, solo hay en el mundo dos esperanzas para mí...
¡La venganza... y la muerte después!...
Y subiendo de nuevo a la celdilla, se arrodilló junto al cadáver de
Munia, a cuyo lado pasó orando toda la noche.
XII
EL VENGADOR
A la hora misma en que la reina Munia exhalaba el último aliento, un
hombre se apeaba de un brioso corcel a la puerta del castillo real de
Cangas, y pedía que le permitiesen ver al rey don Fruela, que hacía
un mes había fijado su residencia en este punto, acosado, según se
afirmaba, de los remordimientos que le devoraban en Pravia, su corte,
desde la muerte del rey su padre.
En efecto, no obstante el carácter fiero de don Fruela, era creíble
este aserto, porque el castillo real de Pravia había sido testigo
de dos muertes: la del infante Bimarano, asesinado a puñaladas por
el mismo monarca, y la de la reina Munia, muerta de dolor por tan
horroroso crimen.
Nadie, empero, sabía la dura penitencia con que por espacio de un mes
aniquiló su vida aquella generosa reina, porque de su existencia,
durante aquel corto plazo, solo el fiel Antar tenía noticia: su hijo
la había visto en la agonía, pero el niño no había tenido tiempo de
revelar este secreto, que, por otra parte, jamás salió de su corazón.
Los remordimientos que se atribuían a Fruela no debían ser, sin
embargo, muy intensos, puesto que había llevado al castillo de su noble
padre y de su santa madre a la mujer causa de todos sus crímenes.
Sancha de Ribadeo vivía con él, gozosa de que el destino, al arrebatar
la vida a la reina, le hubiera ahorrado el crimen de quitársela por su
propia mano, como lo hubiera hecho sin vacilar.
La bella condesa de Ribadeo era completamente feliz: amaba a Fruela,
como las mujeres de su temple aman al hombre que las vence en crueldad
y fiereza. Para esta clase de mujeres no hay más que una alternativa,
dominar o ser dominadas; avasallar al hombre a quien se entregan o
ser el can humilde que lame la mano que le castiga; insaciables en su
amor, en su ambición, en todas sus pasiones, son reinas o esclavas, y
jamás han tenido atractivo para ellas la dulce intimidad, la recíproca
tolerancia de los corazones tiernos, del mismo modo que no tiene
entrada en su corazón ninguna pasión noble y generosa.
A Sancha, pues, le había tocado la suerte de ser esclava: amaba al
rey con todo el poder de su corazón de fuego y de su voluptuosa
organización; le adoraba por su hermosura, por su valentía, por su
fiereza; y aquella leona, indomable hasta entonces, se convirtió de
súbito en un humilde corderillo desde que encontró a un tigre que le
superaba en fuerza y en crueldad.
Cuando el caballero de que hemos hablado se apeó en la puerta del
castillo real, una nube de escuderos y hombres de armas acudió a tomar
las bridas del caballo, mientras uno de ellos corrió a avisar al rey
de su llegada, trayendo después orden de conducirlo en seguida a su
presencia.
El caballero se dirigió inmediatamente a la cámara real, a cuya puerta
esperaba ya don Fruela.
—Bienvenido, Aurelio —dijo dándole su mano para que la besara.
Mas el infante, lejos de tomar aquella mano, retrocedió dos pasos, y en
sus negros ojos brilló un sombrío resplandor.
—Vengo —dijo dominándose—, vengo, señor, a que me des hospitalidad por
esta noche en tu castillo.
—Preparad una habitación para el infante —dijo el rey en alta voz
dirigiéndose a sus condes.
Y luego, volviéndose a él, añadió:
—¿Dónde has estado que nada he sabido de ti? ¿Cómo vienes tan flaco y
pálido?
En efecto, Aurelio parecía su sombra: el dolor que devoraba su corazón,
desde la muerte de la única mujer a quien había amado y de su hermano
querido, había tornado huraños y feroces sus ojos y amarga su sonrisa:
una lívida palidez cubría sus facciones, y sus cabellos, tan hermosos
en otro tiempo, estaban enmarañados y cubiertos de polvo.
—He estado recorriendo toda la Galicia para descansar de las fatigas de
la guerra, señor —contestó con sordo acento—, y ahora vengo de Pravia,
porque quería ver a mi hermana.
—¡Ah, vienes de Pravia! —exclamó el rey, cuyo corazón de padre saltó al
recuerdo de sus hijos—. ¿Has visto a los infantes y a Adosinda?
—Acabo de verlos.
—¿Y mis hijos?... ¿se acuerdan de mí?
—Don Alfonso está peligrosamente enfermo; en cuanto a doña Jimena...
—¡Mi hijo enfermo! —exclamó don Fruela cortando la palabra a Aurelio,
porque, no teniendo en su corazón otro sentimiento puro que el amor a
sus hijos, se acogía a él con afán—. ¡Enfermo!... ¿Desde cuándo?...
—Desde hace muchos días.
—¡Un caballo, pronto! —gritó don Fruela que, al oír aquella nueva, se
olvidó hasta de la condesa.
Un escudero le presentó un soberbio alazán, y el rey, montando
presuroso, partió sin pensar siquiera en mandar a sus soldados que le
siguiesen.
—¡Aurelio! —gritó el rey, que desde que había manchado sus manos en
sangre, no había vuelto a pronunciar la palabra _hermano_—. ¡Aurelio,
di a la condesa la causa de mi partida!
Y desapareció como un relámpago.
Entonces los escuderos iban a aprestarse para seguir a don Fruela, mas
una voz del infante los detuvo, enclavándolos en sus sitios.
—¡Dejad solo al rey! —gritó con imperioso acento—. Siguiéndole os
exponéis a su enojo.
Los soldados permanecieron inmóviles, y el infante se dirigió con
precipitado paso a la cámara de la condesa.
La noche había cerrado clara, serena y estrellada: las ojivales
ventanas, abiertas de par en par, daban libre entrada a los rayos de
la luna, que amortiguaban la rojiza luz de las teas con que estaba
alumbrado el aposento de Sancha.
La hermana del conde de Cangas, vestida de una amplia túnica de lino
blanco y fino como la seda, estaba dormida; su cabellera, recogida en
gruesas y apretadas trenzas, caía fuera del lecho, descansando sobre
el pavimento; y su brazo derecho, desnudo y torneado, colgaba también
abandonado sin que la postura alterase su marmórea blancura.
La pasión había hecho palidecer más todavía la blanca tez de la
condesa: al verla se dudaba si corría sangre por sus anchas y azuladas
venas, visibles, sobre todo, en su redonda y voluptuosa garganta:
sus grandes ojos, guarnecidos de negra seda, estaban rodeados de un
círculo oscuro que los hacía más hermosos.
Servíale de almohada su brazo izquierdo, y sus desnudos pies, blancos
como el mármol de Paros, se cruzaban como los de una estatua dormida en
una tumba.
Al ruido de los pasos del infante, entreabrió los ojos y los volvió a
cerrar dulcemente sin haberle visto siquiera y creyendo que era el rey
la persona que acababa de entrar.
Mas Aurelio la movió rudamente obligándola a que despertase.
—¡Qué es esto! —exclamó sentándose en el lecho y mirándole con furiosos
ojos—. ¿Quién eres? ¿Qué intentas?
—¿No me conoces? —dijo el infante aproximándose más a ella.
—¡El infante! —murmuró la condesa temblando instintivamente.
—¡Sí, el infante vengador del que murió por ti, ramera infame! —guturó
Aurelio, ronco de furor—. ¡El hombre a quien has arrebatado un hermano
querido y la mujer en quien adoraba!...
—¡Yo no maté a la reina! —murmuró la condesa yerta de terror y
adivinando quién era la mujer de cuya muerte la acusaba Aurelio.
—¡Tú la has muerto, haciendo asesino a su esposo! Pero —continuó el
infante arrastrando fuera del lecho a la condesa—, pero ha sonado la
hora de mi venganza, y si tú, por ser una débil mujer, te libras de
ella, ¡has de presenciarla al menos!...
—¡Socorro! —quiso gritar la condesa; mas su voz fue ahogada por la
diestra vengadora del infante.
—¡Calla, o mueres! —dijo blandiendo un puñal sobre su cabeza.
Y buscando una puertecilla oculta en los tapices, que encontró
enseguida, salió por ella, llevándose a la aterrada joven.