A la muerte de Alfonso el Católico y de Ormesinda, acaecidas ambas con

cortos meses de intervalo, volvió Sancha al lado de Eurico sin conocer

apenas a los infantes huérfanos, porque Fruela guerreaba contra los

infieles en las fronteras de Galicia, y Bimarano y Aurelio, además de

ser niños, habitaban el extremo opuesto del real castillo.

El conde de Cangas asistió con su hermana a todas las fiestas de la

coronación de Fruela I; y cuando el nuevo rey fijó su corte en Pravia,

la proximidad del castillo real con el que habitaban Eurico y Sancha

hizo mayor la intimidad de ambos jóvenes con el rey y sus hermanos.

Adosinda, en particular, se acogió a la amistad de Sancha con el más

tierno entusiasmo: la pobre niña se hallaba aislada desde que había

perdido a su madre, y su dulce corazón se volvió entero a la condesa,

porque ella le recordaba los serenos y apacibles días de su infancia.

Sancha, por su parte, le pagaba su cariño en cuanto permitía su corazón

helado y egoísta, y es seguro que jamás profesó a nadie tan apasionado

afecto como a la infanta.

Llegó por fin un día en que la llama del amor penetró en su alma,

alumbrándola no con la luz purísima que derrama en las almas

privilegiadas, sino con un resplandor desconocido: la hermosura de

Bimarano la deslumbró, y sus dulces y apasionadas palabras hicieron

latir su corazón con una fuerza insólita; pero ya hemos dicho que no

bien conoció los designios del rey renunció a unirse con su hermano,

anidando solo en su pecho el amor sensual, único durable en su

pervertida naturaleza.

Poco, pues, tuvo que hacer el infante para triunfar de la virtud de

Sancha: cuando dio esta a luz a su hijo, ni uno solo de los músculos de

su rostro se animó con una expresión de dicha; supo que su hermano se

había apoderado de él sin derramar una lágrima, y cuando Eurico entregó

el niño a Antar para ponerle bajo la salvaguardia de la reina Munia,

ni siquiera pidió que le dejasen imprimir un beso en su frente, ni se

informó de cuándo le volvería a ver.

A pesar del amor que Eurico profesaba a su hermana, su indignación fue

viva y profunda al advertir en ella tanta dureza: resolvió guardar

aquel niño, que era una prenda de alianza con la familia real, y para

ello no halló medio más seguro que encomendarlo al cuidado de la reina,

aparentando además, sin embargo, favorecer la pasión que el rey don

Fruela alimentaba por Sancha.

Cuando Bimarano, en la fuerza de su desesperación, arrebató a la

condesa del castillo, los dos hermanos obraron según sus designios:

Eurico creía así libre a Sancha de la culpable pasión del rey, y,

persuadiéndose de que estaba sinceramente enamorado del infante, pensó

que el mejor medio de apresurar la unión de los dos jóvenes era no

oponerse a su fuga. Pero el decoro de su nombre le obligó a salir a

la poterna de su castillo a la cabeza de sus hombres de armas, no sin

dejar antes lugar a los fugitivos para que se alejasen.

Por lo que hace a Sancha, fingió acceder a las apasionadas súplicas

de su amante y se dejó llevar sin resistencia; mas su propósito era

negarse después obstinadamente a su enlace con Bimarano y escribir al

rey poniéndose bajo su amparo. Para ella no era nada que el infeliz

y leal príncipe pagase su amor con la prisión y la muerte; su genio

infernal había columbrado una corona y un ataúd, en el cual dormía el

sueño eterno la noble esposa de don Fruela I; más de una vez, cuando

iba en los brazos del infante, durante su desesperada fuga, había

llevado sus manos a la frente como para cerciorarse de que podría

sostener la diadema real de Asturias y Galicia.

Pero al verse cercada de mortíferas jabalinas, cuando por una caída

de su amante logró Eurico, aunque bien a su pesar, llegar hasta

ellos, quedó desmayada, porque aquel demonio no carecía, para ser más

tentador, de la debilidad que hace tan atractiva a la mujer.

VII

ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS

Sentada Adosinda enfrente de la condesa de Ribadeo, tenía cogida una de

sus manos y clavaba en su semblante sus grandes y hermosos ojos azules.

Sancha, por el contrario, miraba con indiferencia la pendiente montaña

sobre la cual se asentaba su castillo, y sus fogosos y apasionados ojos

negros vagaban inciertos por los picos de las rocas que algunos días

antes, y en medio de las tinieblas de una medrosa noche, había saltado

Bimarano llevándola en sus brazos.

Los sitiales de entrambas estaban colocados junto a la ojival ventana

de la cámara de la condesa, y el sol moribundo de la tarde, resbalando

por los espesos y lucientes rizos negros de Sancha, hacía brillar

los fúlgidos destellos de algunas sartas de gruesos corales que se

enredaban en ellos.

Un brial rojo, de lana fina como la púrpura de Alepo, se plegaba en

derredor de su talle robusto y voluptuoso descubriendo su redondo

cuello y la mitad de sus torneados brazos, blancos y puros como

apretada nieve.

Su boca pequeña, y de labios finos y delicados, era más roja y fresca

que el coral que fulguraba en sus cabellos; su nariz recta y también

pequeña se dilataba a cada aspiración, como absorbiendo el aire que

parecía preciso a su seno alto, palpitante y tentador.

La infanta, vestida con una larga túnica blanca y ceñidos sus rubios

cabellos, que se recogían en riquísimas y apretadas trenzas, con una

banda azul, se asemejaba a una visión angélica.

Un suave sonrosado, comparable al matiz de una rosa blanca, cubría sus

mejillas, cuya nitidez tenía algo de diáfana: su boca suspirante no

ostentaba el lascivo carmín que vestía los labios de Sancha, y su puro

y rosado arrebol la hacía más dulce e inocente.

La hermosura de la condesa, ataviada de púrpura, era un tanto siniestra

e infernal; la belleza de Adosinda, velada por su blanco ropaje, era

celeste y santa.

En el instante en que presento las dos jóvenes a mis lectores, fijaba

la primera sus rasgados y hermosos azules en el semblante helado e

impasible de Sancha, al mismo tiempo que estrechaba su mano entre las

suyas con tierno cariño.

—Sancha, amiga mía —decía la infanta con su voz dulce y juvenil—,

prométeme que irás conmigo esta noche a la prisión donde yace mi pobre

hermano para que siquiera tu presencia pueda consolarle.

—Ya te he dicho, señora mía, que eso es imposible —contestó la condesa

mirando serena y fríamente a Adosinda.

—¡Imposible! ¡Oh, Sancha! —exclamó la infanta dolorosamente—: ¡No

dirías eso si conocieras el afán con que me pedía mi infeliz hermano

que te llevase a verle aunque fuese solo por un instante!

—Yo no puedo verle, señora; no debo exponerme a la cólera del rey, tu

hermano.

—Su cólera caerá sobre mí; no temas, Sancha: si llega a su noticia

esa entrevista, yo me arrojaré a los pies de Fruela y le diré que

únicamente has cedido a mis instancias. ¿No estamos además bajo la

protección de la reina?

—¡De la reina! —replicó la condesa, en cuya bella y enérgica fisonomía

se pintó, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de odio profundo.

—Sí, de mi buena hermana... ¡si supieras, Sancha, cuánto te ama!

La condesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada por algunos

instantes: una persona que hubiera conocido su carácter se hubiera

estremecido ante aquella inmovilidad, precursora siempre de algún

proyecto cruel; pero la inocente Adosinda esperó pacientemente a que

saliera de su meditación, halagada con la esperanza de verla ceder a su

ferviente ruego.

Sancha levantó por fin la cabeza: brillaban sus ojos con resplandor

siniestro, y en su ancha frente se veía reflejado un gozo sombrío.

—¡Iré! —dijo con voz segura—: indícame la hora en que debo estar en tu

cámara, señora.

—¡Oh, gracias, gracias por mi hermano y por mí, Sancha! —exclamó la

infanta estrechando amorosamente las manos de la condesa.

Y levantándose, añadió:

—Te espero en mi aposento esta noche a las once.

Adosinda abrazó a Sancha y salió acompañada del fiel Antar, que la

esperaba en la puerta.

Media hora después, Fruela I, disfrazado con un sayo montañés, se

encontraba en la estancia de la condesa que, sentada en sus rodillas,

le refería la visita y la pretensión de Adosinda.

—¡Yo castigaré a esa imprudente niña! —exclamó el rey, rojo de furor y

apretando los puños.

—¡Aguarda, señor, aguarda! —contestó Sancha con una sonrisa, helada

como el filo de un puñal, pero que enloqueció aún más al enamorado

monarca—. Si yo he consentido en llegar hasta la prisión del infante,

ha sido porque por medio de la reina me ha amenazado con publicar mi

deshonra.

—¿Cuándo?

—Hace dos días.

—¡Oh! —barbotó don Fruela con ojos chispeantes y voz sorda—. ¡Todos

contra mí! ¡Bimarano, a quien he encarcelado por traidor a mi trono,

y porque me roba tu amor! ¡La reina, que me parecía inofensiva!

¡Adosinda, que era a mis ojos el ángel cuyas blancas alas escudaban mi

palacio! ¡Y Aurelio, que, según dicen mis condes, ha huido a alzar

banderas para derribarme del solio de mi padre!...

La condesa sabía mejor que nadie que Aurelio había ido a salvar a su

hijo, pero se guardó bien de decir ni una palabra al rey.

—¿Y tu hijo? —prosiguió don Fruela con furor creciente—. ¿Quién me

ha robado ese niño, que era el objeto de todo mi odio, pero que al

mismo tiempo me aseguraba la fidelidad de Bimarano? ¡Sancha! ¡Sancha!

—continuó oprimiendo el brazo de la condesa—. ¡Tú debes saber lo que se

ha hecho de tu hijo, y es preciso que me lo digas!

—Pregúntalo a su padre y a la reina, señor —contestó Sancha haciendo

un gesto de indiferencia desdeñosa, no obstante que sentía prensado su

brazo entre los dedos del rey—; en cuanto a mí —prosiguió—, nada sé de

esa criatura, a la cual no consagro ni un pensamiento siquiera desde

que me cercioré de que jamás había amado a su padre.

—¡Oh!... ¡Será posible, Sancha! —exclamó el rey soltando el hermoso

brazo que estaba martirizando, y ciñendo con los suyos a la condesa—:

¡dime que no has amado a mi hermano!... ¡que te engañó tu corazón!...

—¡Yo no he amado más que a un hombre! —murmuró la condesa en voz tan

baja que semejaba un suspiro de amor, y reclinando su rizada cabeza en

el hombro de don Fruela de modo que los riquísimos bucles de sus negros

cabellos acariciasen la mejilla del monarca.

—¡Oh! —se apresuró a decir este—; y... ¿ese hombre?... ese hombre...

¿quién es?

—¡El rey de Asturias y de Galicia! —volvió a murmurar la condesa a

la vez que se rizaban sus hechiceros labios con una sonrisa burlona,

excitada por el sarcasmo que estas palabras encerraban.

Ellas constituían, sin embargo, la única verdad que en toda la vida de

Sancha había brotado de su boca: porque, en efecto, amaba, no a Fruela,

sino al _rey de Asturias y de Galicia_.

El rey advirtió aquella sonrisa de inmensa ternura sin comprender su

amarga burla, y besó mil veces los rizos de seda de la infernal sirena.

—Yo amo —continuó Sancha, recogiendo la anchurosa manga de su túnica y

mostrando al rey su brazo redondo, torneado y blanco como el marfil,

pero en el cual habían formado cinco surcos sangrientos los dedos de

don Fruela—, yo amo de tal modo al hombre que ha puesto su mano en mi

brazo, que hasta sus heridas me han arrobado como las caricias del amor

primero.

Don Fruela besó con delirio aquel brazo magullado: cuando alzó la

cabeza, corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas que fueron a

perderse en la espesura de su barba. Aquel hombre frío y duro para el

ángel que Dios le había dado por compañera, para la madre de sus hijos,

amaba con locura a aquel demonio, y la pasión que le inspirara debía

ser la única fuerte y poderosa de su vida. Los misterios del corazón

humano han sido los mismos en todos los tiempos.

—¿Por qué, ya que tan intenso es tu cariño, no cedes a mi amante ruego?

—exclamó Fruela mirando a Sancha con tristeza.

—Porque no quiero manchar por segunda vez la casa de mi hermano

—contestó esta con entereza, y desprendiéndose de los brazos del rey.

—¡Déjame sacarte de ella! —gritó anhelante el enamorado monarca.

—Jamás la dejaré yo voluntariamente —repuso Sancha clavando en el rey

una mirada profunda.

—¿No la dejaste por mi hermano?

—Por eso no volveré a hacerlo.

Don Fruela guardó silencio por un breve rato y pareció reflexionar. La

condesa le devoraba con una mirada ávida y torva, como si quisiera leer

en el fondo de su alma.

—¡Sancha! —dijo de repente el rey, levantándose y acercándose a ella—.

¿Estás decidida a ir esta noche a la prisión de mi hermano?

—¡Sí! —contestó la condesa con voz sombría, al mismo tiempo que radiaba

en sus ojos una expresión de gozo—. ¡Sí, iré! ¡No quiero que publique

mi deshonra al cobrar su libertad!

—¡Quizás no la cobre nunca! —murmuró don Fruela en voz muy baja, pero

que, sin embargo, llegó claramente al oído avizor de la condesa; y

luego, sacando de una vesta una llave:

—Toma —dijo presentándola a Sancha—: esta es la llave del calabozo de

Bimarano. En vano la buscaría Adosinda, porque la guardo yo: ve a verle

y consigue saber de él el paradero de tu hijo.

La condesa echó los brazos al cuello del monarca, y murmuró un

¡_adiós_! melancólico y tierno, que se confundió con el rumor de un

beso.

El rey salió de la estancia ebrio y trastornado, pero llevando impresa

en sus facciones una alegría siniestra.

Sancha le siguió con los ojos y luego lanzó un suspiro de felicidad.

—¡Yo no le amo! —murmuró al verse sola—. ¡Oh, no, le aborrezco por su

brutal fiereza! ¡Pero ostenta una corona y su brillo deslumbra mi vista

y conmueve mi helado corazón!

Al decir estas palabras, se aproximó a una mesa y roció con bálsamo las

heridas de su brazo.

* * * * *

Mientras tenía lugar la escena precedente, Adosinda había contado a la

reina su entrevista con la condesa. Cuando Munia oyó que consentía en

ver a Bimarano, brilló en sus ojos una lágrima de ventura.

—¡Bendita seas, hermana mía! —exclamó abrazando amorosamente a la

princesa—. ¡Bendita seas tú que haces tanto bien! ¡Yo os acompañaré a

Sancha y a ti a la prisión del infante, y mi presencia os servirá de

escudo si os amenaza el enojo del rey!

VIII

LA SANGRE EN LA FRENTE

Las once y media de aquella misma noche señalaba la luna clara y

serena, brillando en el ancho firmamento, cuando la reina Munia entraba

en una espaciosa cámara del castillo real, precedida del anciano y

fiel Antar, que la alumbraba con una tea; un instante después entraban

también en ella Adosinda y Sancha, envueltas en largos mantos negros.

Antar sacó un gran manojo de llaves, que llevaba pendiente de la

cintura, y abrió una puerta, apareciendo una escalera tortuosa,

estrecha, abierta en la roca viva, e iluminada con una tea colocada en

una estaca fija en la pared; el anciano, obedeciendo a una señal de la

reina, bajó el primero.

—¿No era mejor cerrar esta puerta, señora? —dijo Adosinda a la reina.

—¿Para qué? —contestó Munia—. Nadie puede venir por aquí.

Ambas bajaron la escalera precedidas de Antar, y Sancha las siguió

sombría y silenciosa.

Al final de los mohosos peldaños, se veían dos anchas puertas de

hierro, y la comitiva se detuvo junto a una de ellas.

—¿No me has dicho que tenías la llave del calabozo, Adosinda? —dijo la

reina dirigiéndose a la joven.

—Aquí está, señora —contestó esta sacando una que presentó a la reina,

y echando a la condesa una mirada de inteligencia.

Sancha, por no comprometerse a los ojos de la reina, había entregado

la llave, que había recibido del rey, a la infanta, sin que esta en su

inocencia se hubiese detenido a pensar de qué manera se la podía haber

procurado.

La reina dio la enorme y enmohecida llave a Antar, y no bien este abrió

la puerta, se encontraron todos cara a cara con el preso.

El infeliz príncipe había conocido por el eco de las voces a las

personas que se acercaban: juzgando por su propio corazón tan amante,

tan leal, no dudó un momento que Sancha, accediendo a las súplicas de

Adosinda, iría a verle, y no bien se apercibió de la voz de su hermana,

se lanzó a la puerta para acelerar de este modo el ansiado instante de

volver a estrechar contra su pecho a la madre de su hijo.

—¡Sancha mía! —exclamó al verla, con voz temblorosa por la emoción y

tendiéndole sus brazos; pero esta permaneció inmóvil y helada en tanto

que la reina y la infanta sentían prensados sus corazones al solo

aspecto de aquella horrible y reducida mazmorra.

Estaba abierta en la cavidad de una de las rocas sobre que se asentaba

el castillo real, y no tenía más que un pequeño agujero, que transmitía

aire y luz; pero era tan estrecho que, a través de él, con dificultad

había podido un solo lucero recrear y animar los ojos del prisionero.

Aquel lucero, sin embargo, había sido el único consuelo del infante;

aquel lucero debía estar bendito por Dios, porque resplandecía más que

ningún otro de los infinitos que bordaban el ancho firmamento.

No había en el calabozo otro mueble que un gran banco de madera, que

así debía servir al preso de asiento como de lecho: veíase además en un

rincón un jarro de hierro lleno de agua y un enorme pan negro, que aún

no había sido empezado.

Gruesas lágrimas se deslizaban de los ojos de las dos princesas, no

obstante que no era ya la primera vez que bajaban a aquel sepulcro: la

fisonomía ruda y leal de Antar estaba también profundamente alterada;

solo la condesa permanecía helada e impasible.

—He accedido a tus deseos, señor —dijo esta en voz alta y aproximándose

al infante—, he accedido a tus deseos viniendo aquí, con la esperanza

de saber de tu boca el paradero de mi hijo.

Al escuchar aquel acento, frío y duro como el hierro, una generosa

indignación cubrió de carmín las bellas facciones de la reina, en tanto

que el blanco rostro de Adosinda se vestía de una mortal palidez.

También palideció el infante, pero dominando en lo posible su emoción,

contestó con voz temblorosa:

—Yo ignoro, como tú, la suerte de mi hijo, Sancha.

El infante acababa de conocer lo que valía la mujer, a quien tanto

había amado, y se abstuvo de decirle que el niño estaba bajo la

protección de la reina.

—Yo quiero saber dónde se halla mi hijo —dijo fríamente la condesa,

después de asegurarse con una rápida mirada de que el rey don Fruela

estaba en la escalera.

—Tu hijo está en salvo, Sancha.

—¿Dónde?

—No lo sé —repuso Bimarano, cuya expresiva fisonomía se había

descompuesto de una manera horrible—. Pero ¿cómo es posible, Sancha,

que tan poco interés te inspire la desdichada suerte del padre de ese

hijo? ¿Acaso —prosiguió temblando convulsivamente—, acaso ya no me amas?

—Nunca te amé, señor —dijo la condesa mirando siempre hacia la escalera

y sin reparar en la alteración de las facciones de Bimarano, que quedó

como herido de un rayo.

Sus grandes ojos negros, engrandecidos aún más por la extremada flacura

de su rostro, despidieron centellas, y la sangre ardorosa de su padre

Alfonso el Católico se inflamó de súbito en sus venas.

—¡Traidora! —exclamó precipitándose sobre la condesa—, ¡traidora! Ya

que por ti me veo hundido en este sepulcro, ¡ven a partirle conmigo!

Y el infante, extraviado por la fiebre, que habían producido en él el

hambre, el horror del calabozo y el golpe que acababa de destrozar su

corazón, arrastró a la condesa al fondo de su prisión.

Sancha lanzó un grito penetrante, retorciéndose como una leona furiosa

entre los brazos del infante; pero antes que expirase su voz, el rey

don Fruela se precipitó en el calabozo con el puñal desenvainado.

El rey arrancó a Sancha de los brazos del príncipe. Luego cogió a este

por el cuello y con horrorosa rapidez le descargó tres golpes en el

pecho.[2]

[2] La muerte a puñaladas, que Fruela I dio por su propia mano al

infante, su hermano, es un hecho histórico e incontestable.

Cayó Bimarano sin lanzar un gemido, pero sus ojos, empañados ya con el

velo de la muerte, se fijaron en el rey.

—¡Rey... don Fruela!... —dijo con voz agonizante ya, pero honda y

lúgubre, como si saliese de un sepulcro—. ¡Rey... don Fruela!...

¡Mi sangre... será borrada con... la tuya... mas hasta el día de la

venganza... estará impresa en... tu frente!...

El rey llevó maquinalmente a sus ojos la diestra, que aún empuñaba el

hierro fraticida, y una mancha roja se imprimió en su frente al tocarla

su mano salpicada con la sangre del infante.

—¡Dios te perdone... Sancha!... ¡Adiós... hijo mío!... hermanas...

¡adiós! —murmuró Bimarano, cerrando los ojos para siempre.

Fruela tomó a Sancha en sus brazos y corrió como un loco a encerrarse

con ella en su cámara.

Adosinda cayó desmayada junto a la reina, que, blanca como su manto,

pero serena al parecer, la sostuvo sacándola después del calabozo con

la ayuda de Antar.

Al salir de allí, un sollozo seco y profundo desgarró el pecho de

Munia: sintió que las fuerzas la abandonaban y tuvo que dejar el cuerpo

de Adosinda en los brazos de Antar.

El anciano condujo a la joven hasta la cámara de la reina, que les

siguió como si fuera la estatua muda del dolor.

Mas, al llegar a ella, su desesperación rompió en un llanto histérico y

desgarrador.

—¡Hijos! —murmuró entre sollozos—, ¡hijos míos! ¡Vais a quedar sin

madre, y tenéis por padre a un verdugo maldito de Dios!...

IX

LA VÍCTIMA

Pasó la noche funesta en que Fruela I manchó su corona con un

detestable fratricidio, y pasó también el siguiente día, triste y

lluvioso, como si Dios, en su cólera, hubiera querido negar la luz del

sol al castillo real de Pravia.

Ya extendía sus sombras el crepúsculo sobre los montes de Asturias

cuando la reina salió del estupor en que parecía sumergida desde la

noche anterior.

Adosinda, que al recobrar el uso de sus sentidos, había encontrado a

la reina yerta e inmóvil, se apresuró a socorrerla a su vez; mas su

cuidado fue inútil, y la infeliz Munia permaneció todo el día muda y

exánime como la imagen del dolor.

Cerca de las dos primeras veíanse dos niños, que se entretenían en

jugar sobre el grueso tapiz que cubría el pavimento.

Eran Alfonso el Casto y su hermana Jimena.

El infante contaba ya diez años, y era alto y hermoso. La princesa no

había cumplido uno, y su angélica hermosura era un trasunto fiel de la

de su tía.

La reina se levantó y se dirigió con lento paso a una cámara inmediata,

saliendo de ella pocos instantes después con un frasco de plata en la

mano.

Acercose a una mesa, y, tomando una copa del mismo metal, vertió en

ella parte del rojizo licor que contenía el frasco.

Mas, al llevarle a sus labios, se detuvo, y corrió hacia sus hijos, a

los cuales abrazó entre sollozos.

—Llévatelos, Antar —dijo al montañés, que inmóvil a alguna distancia la

contemplaba con desconsuelo.

El anciano tomó en sus brazos a la pequeña Jimena, dio la mano a

Alfonso, y salió con ellos lentamente.

—¡Señora!, ¡hermana mía! —exclamó Adosinda acercándose a la reina y

juntando sus manos con suplicante ademán—: ¡no persistas, por Dios, en

tan desesperado propósito!

—¡Es preciso! —contestó la reina con acento triste, pero tan firme,

que fácilmente se conocía por él que su resolución era hija de maduras

reflexiones—. ¡Es preciso, Adosinda! ¡Quiero desaparecer del mundo,

porque no puedo ya ver con serena frente a ese hombre a quien amé

tanto, y que ahora se ha convertido a mis ojos en un monstruo manchado

con la sangre de su hermano y del tuyo!

—¡Pero ese hombre, señora, ese hombre es el padre de tus hijos!

—exclamó Adosinda con acento ahogado por los sollozos—. ¡No te mueve a

perdonarle este pensamiento!

—¡Mis hijos no tienen padre, Adosinda, ni tendrán desde hoy otra madre

que tú!

—¡Y yo —murmuró Adosinda—, yo también les abandonaré bien pronto! ¿Cómo

vivir en este abismo de crímenes, huérfana, sola, y sin otro amparo que

ese hombre a quien tú, señora, ni aun por la fuerza de tu amor puedes

perdonar?

—¡Oh, no, no! —exclamó Munia retorciendo sus manos con dolor—. ¡Vive

para mis hijos, hermana mía! ¿Quién les queda si tú les faltas? ¡Tú

puedes vivir, porque tu sangre no se ha mezclado con la del asesino!

¡Tú, ángel inocente, conservas inmaculada tu blanca corona de pureza!

¡Tú, lejos de maldecir a tu hermano, puedes alcanzar del cielo su

perdón!... ¡Pero yo estoy maldita, como él, y toda mi raza!

La reina ocultó el semblante entre sus manos, y durante algunos

momentos permaneció llorando.

El ruido que produjo Antar al aparecer en la estancia, le hizo levantar

la cabeza; acercose en seguida a la mesa en que estaba la copa de

plata, que contenía parte del líquido rojo del frasco, y con mano

segura la llevó a sus labios.

—¡Conque no hay remedio! —exclamó Adosinda juntando las manos con

profundo dolor—. ¡Oh, señora! ¡Conque te voy a perder para siempre!

—¡Sí! —dijo Antar que contemplaba impávido a Munia—. ¡La pierdes ahora,

señora, pero volverás a encontrarla en el cielo!...

Amor y llanto · 第 2 / 20 段