—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acent

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sido modernizada en algunos lugares.

* Se han introducido rayas en los diálogos —separadas del texto

adyacente según los usos ortotipográficos actuales en castellano—

para que sea más fácil distinguir lo dicho de quienes lo dicen.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el

párrafo en que aparece su llamada.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES.

TOMO XXI

AMOR Y LLANTO.

COLECCIÓN DE LEYENDAS HISTÓRICAS ORIGINALES

DE

MARÍA DEL PILAR SINUÉS DE MARCO.

[Ilustración]

LEIPZIG

F. A. BROCKHAUS

—

1883.

ÍNDICE

LA CORONA DE SANGRE

Pág.

I.—LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA 3

II.—ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO 9

III.—LOS AMORES DE DON FRUELA 12

IV.—UNA SANTA Y UN ÁNGEL 16

V.—LA MUJER FUERTE 20

VI.—UNA MUJER SIN CORAZÓN 24

VII.—ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS 30

VIII.—LA SANGRE EN LA FRENTE 36

IX.—LA VÍCTIMA 40

X.—LA ERMITA 44

XI.—LA AGONÍA 46

XII.—EL VENGADOR 51

XIII.—QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE 56

XIV.—LA LOCA 59

LA DIADEMA DE PERLAS

PARTE PRIMERA

LOS BASTARDOS DE ALONSO ONCENO 63

PARTE SEGUNDA

EL MÁRTIR DEL CORAZÓN 97

LUZ DE LUNA

I.—TRISTEZA 141

II.—EL PAJE DE LA REINA 147

III.—LA CORTE DE ENRIQUE IV 150

IV.—AMOR 155

V.—LA ENTRADA DE VILLENA 159

VI.—EL TRONO Y EL HONOR 164

VII.—¡CASTILLA POR DON ENRIQUE! 168

VIII.—LOS LUNAS 171

IX.—EL SACRIFICIO 173

LA PRINCESA DE LOS CASPIOS

I.—HERMIONE 177

II.—DOLORES SIN CONSUELO 185

III.—EL REGICIDA 189

IV.—EL PUÑAL DE ESTRATÓN 194

V.—JUSTICIA DE ALEJANDRO EL GRANDE 197

VI.—EL CAMPAMENTO 207

LA HERMANA DE VELÁZQUEZ

I.—LA VELADA DE SAN JUAN 213

II.—AMOR DE ARTISTA 218

III.—EL RUEGO DE UNA MADRE 223

IV.—LA HIDALGUÍA ESPAÑOLA 227

V.—REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO 230

VI.—ISABEL DE BORBÓN 235

VII.—EL RAPTO 239

VIII.—JUAN DE PAREJA 244

IX.—EL EMBAJADOR 247

X.—ANA 252

XI.—EL RETRATO DE LA REINA 260

XII.—EL TALLER 263

XIII.—EL ESCLAVO 269

XIV.—LA CRUZ DE SANTIAGO 272

XV.—ÁNGEL Y MÁRTIR 276

XVI.—LA DOBLE TUMBA 285

LA CORONA DE SANGRE

I

LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA

En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan

bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de

diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una

sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas,

abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo

mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y

oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja,

en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de

Asturias y Galicia.

Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos

que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos,

capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos

objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes

montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias

con los destrozados restos del imperio godo.

El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y

diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la

melancolía que en él se advertía.

A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del

monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en

aquella época los únicos caminos de Asturias.

Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en

aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España,

a la sazón ocupado casi todo por los árabes.

Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos

descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la

mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su

blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.

Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba

de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima

era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero

melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada

como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto

y turgente, y su talle esbelto y flexible.

Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes

y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo,

plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias

su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía

contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se

replegaban en el asiento del sitial.

Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo,

que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era

superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su

compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en

vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente

tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto

indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que

es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a

una criatura humana.

Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su

esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña

daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas

de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus

hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas

oscuras, lucientes y ensortijadas.

Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra

en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la

tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose

en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en

una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban

_castillos roqueños_ por estar edificados en la cumbre de una roca;

la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo

cerraba este los puños como dominado por un violento furor.

Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo

espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión

violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a

poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.

La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un

momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo

de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a

colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.

—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten

esperanza... ¿quién sabe?

—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las

manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...

—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate

de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas

sangre real!

—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me

olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede

olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su

memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble

padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de

mi dignidad?

—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—;

si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro

padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del

sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.

—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas

las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal

hermano, es también el verdugo de su esposa.

—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los

labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no

recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!

—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa

virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es

que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!

—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No

temas por tu hijo, Bimarano!

Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una

puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente

severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de

una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida;

sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente

trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes,

envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias

cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII

coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de

los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían

secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no

encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.

La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco,

de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus

espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban

su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.

—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.

—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.

—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano

el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más

piadosa, le ha puesto ya en salvo.

—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios

te bendiga, señora y hermana mía!

—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la

cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta;

nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que

cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá

—prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre

del tuyo; pero no me es dado hacerlo!

—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede

oponerse a tu voluntad?

—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos

suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre

niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia.

¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso

secreto cuesta la paz del corazón!

La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo

contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el

castillo roqueño, que se descubría en lontananza.

—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la

inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es

necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu

hijo.

Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia

la puerta que le había dado entrada.

—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano

deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?

Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se

entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por

la puerta principal.

—¡Aurelio! —exclamó la reina.

—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey

me sigue!

Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una

bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.

—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha

echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...

Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.

—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu

hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de

Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...

El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana,

desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y

tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.

—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio

y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.

Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela,

fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su

furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la

sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que

adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.

II

ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO

Fruela I, rey de Asturias y de Galicia, parecía frisar en los treinta

y cuatro años; su atlética estatura era corpulenta y forzuda; tenía la

tez roja y curtida porque su única diversión era la caza de montería,

distracción que estaba muy en armonía con su carácter fiero y casi

salvaje; su cabello rojo, fuerte y ensortijado cubría a medias su

frente, bajando por detrás hasta el nacimiento de su robusta espalda;

sus ojos verdosos no hubieran carecido de belleza, si en vez de

fulgurar con una luz bravía, hubieran estado animados por la dulzura

y la benevolencia; su boca, que tenía un hermoso corte, era encendida

como el coral, haciendo resaltar el esmalte nacarado de su magnífica

dentadura; era imponderable la riqueza de sus oscuras cejas y pestañas,

y tenía la nariz pronunciada y aguileña, pero recta y movible.

Vestía una fuerte armadura, ni más ni menos que si estuviese aprestado

para dar una batalla; sus hercúleas formas, aunque cubiertas de pesadas

escamas de acero, eran hermosas e intachables; una clámide goda, de

blanquísima lana, encubría la mitad de su figura, bajando, hasta

doblarse en el pavimento; llevaba un pequeño casco o capacete de acero

y en el pecho la gran cruz de los godos.

Fruela, al entrar, tendió por el salón una mirada iracunda y brava,

despidió con la mano a la escolta de rústicos montañeses que formaban

su guardia, y luego se fijaron sus ojos centelleantes en la reina que,

inmóvil y serena, sostuvo su sombrío resplandor.

—¿Dónde están mis hermanos? —le preguntó con su voz fuerte,

enronquecida además por la cólera.

—No lo sé, señor —contestó Munia con reposado acento.

—¡Reflexiona bien lo que dices, señora!

—No lo sé —repitió la reina con el mismo tono sereno y reposado.

—¡Conque también conspira con ellos la reina! —exclamó Fruela con una

voz que hizo temblar las altas bóvedas del salón—; ¡conque también la

reina es traidora a mi trono!

—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había

sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te

ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace

más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a

quienes tan injustamente llamas conspiradores.

—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?

—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.

—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres?

—prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a

cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.

—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con

que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones

hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida

para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir

en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he

querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela!

—continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano

Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo

de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel

castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...

La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su

esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán

el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había

seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la

enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.

De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se

cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la

mano de Munia.

Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con

la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus

brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.

La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino

velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió

al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe

Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del

conde de Cangas.

Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero

sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la

poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de

un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña

del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los

fugitivos.

Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz

Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que

convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.

El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se

había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e

inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le

estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la

montaña.

—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por

debajo de su ventana.

Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al

hermano de su rey contuvieron su brazo.

—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de

indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu

hermano!

El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de

hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un

brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su

hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo

el cuerpo de la reina.

—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio

no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose

imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y

me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar

que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será

más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...

El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble

figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste;

poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta

soltó el puñal.

Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana,

y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido

en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de

este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.

—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los

montañeses, que desaparecieron con el príncipe.

Fruela I abandonó el salón precipitadamente, y la reina ocultó entre

las manos su semblante, mientras Aurelio la sostenía, viéndola próxima

a desfallecer, a pesar de la fortaleza de su alma.

III

LOS AMORES DE DON FRUELA

El rey don Alfonso el Católico murió en Cangas a la edad de sesenta

y cuatro años; dejó de su mujer Ormesinda cuatro hijos: Fruela,

Bimarano, Aurelio y la muy hermosa niña Adosinda, retrato fiel de

la suavidad y dulzura de su madre. Alfonso el Católico dejó también

otro hijo, habido en sus relaciones amorosas con una esclava árabe de

peregrina belleza, el cual se llamó Mauregato, y ocupó algunos años

después, para mal de España, el trono de Asturias y Galicia.

Alfonso y Ormesinda fueron sepultados juntos en el monasterio de Santa

María de Cangas, por mandato expreso del monarca. Aquel hombre, a

pesar de sus frecuentes infidelidades, había amado tanto a la hermosa

y dulce Ormesinda, que quiso partir con ella su último lecho y su losa

funeraria.

La corona pasó a las sienes de Fruela, hijo primogénito de Alfonso

el Católico, pero el menos a propósito para gobernar un reino tan

combatido y destrozado; desconociendo absolutamente la marcha política,

que es siempre el timón de un buen rey, y que en aquellos tiempos se

hacía tan necesaria para contrarrestar los hábiles manejos de los

árabes, que inundaban toda la España; nulo para oponer la resistencia

del talento a las negociaciones de los poderosos califas de Córdoba y

Damasco; enteramente desposeído de dulzura y prudencia, el infante don

Fruela no sabía hacer más que reñir, y no bien tuvo noticia de que los

navarros intentaban rebelarse contra él, marchó en su busca a la cabeza

de todos los feroces montañeses que pudo armar con arcos y jabalinas,

y los redujo a obediencia combatiéndolos bárbaramente, aun antes de

informarse de la causa de su descontento.

Una noche, después de saquear un pueblo, y al cruzar, seguido de sus

numerosas huestes, una árida llanura para volver a su campamento, se

sintió desfallecido de sed y de cansancio; tenía una anchurosa herida

en la cabeza cuya sangre no había sido posible restañar, a pesar de

los esfuerzos de los suyos, y la vista iba faltando ya a sus ojos y el

aliento a su pecho; cuando divisó una lucecilla que fulguraba no muy

lejos, dio orden a sus gentes de dirigirse hacia ella, y él mismo tomó

el camino que le pareció más corto.

Poco tardaron en llegar, y la esperanza reanimó los abatidos ánimos

de los guerreros: la luz partía de una pequeña lámpara que, encerrada

en una grosera verja de hierro, ardía delante de la puerta de un

monasterio.

El rey llamó; dijo su nombre, y muy pronto le fueron franqueadas las

puertas; pero no bien la anciana abadesa se presentó a recibirle al

frente de la comunidad, cayó desmayado en el pórtico mismo del templo.

Cuando volvió en sí, se encontró recostado en un blando y mullido

lecho; sus capitanes y sus condes llenaban la estancia, y la anciana

abadesa, de pie junto a él, esperaba el instante de que abriese los

ojos para vendarle la herida y darle una bebida, preparada ya de

antemano.

Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos

de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una

joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro,

rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por

consiguiente, parienta suya.

El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que

fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya

busca salió la abadesa.

Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la

doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable

y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una

toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una

estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más

noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.

—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.

—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y

sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre

de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]

[1] Unos historiadores llaman _Menina_ a la esposa de don Fruela;

otros, _Memorana_; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama

_Munia_, y la crónica general, _Munina_.

—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más

cariñoso.

—No, señor rey.

—¿Por qué?

—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes

comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.

—¿Quieres ser mi esposa?

—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente

para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no

retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un

trono.

Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a

preguntar:

—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?

—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—.

Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si

no lo consigo, me uniré a Dios.

El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió

a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y

vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el

mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados

dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.

Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban

infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y

compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a

su destino.

IV

UNA SANTA Y UN ÁNGEL

La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón

duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo

carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel

ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y

bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o

hijas de sus condes.

Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la

mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable

fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del

matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara

vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la

princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a

corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un

sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría

ocasiones de ejercitar su dureza.

Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente,

tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos

anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos:

espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de

caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a

sufrir, mucho antes de que sufriese.

A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o

frialdad del objeto de su amor.

Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón

juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su

amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la

energía, que la pasión enervara sin destruir.

El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente

que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del

sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de

cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que

heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su

padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en

la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.

Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio,

hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela:

acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían

cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad,

pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba

dieciocho.

La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de

Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración

profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy

seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano,

y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su

esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para

recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como

jamás se vería en el mundo.

La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían

la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz

celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria

inmortal.

Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y

dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue

bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana,

despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.

Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía,

como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en

Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la

caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre,

participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano;

como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos

sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus

afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su

vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había

separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su

carácter irascible.

Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento

desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho

el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en

su alma juvenil y enérgica.

No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a

Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase

culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina,

único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío

de su esposo le hacía sentir.

Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto

amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos

esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha,

porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y

la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del

fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en

un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera,

se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el

camino sembrado de abismos de la juventud.

Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del

conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda

impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo

la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.

Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento

a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la

atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada

a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su

corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.

Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz

cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus

puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.

Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor

que ambos jóvenes se profesaban.

Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y

arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una

de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces

pláticas mientras dormían sus perseguidores.

Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en

la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento

descubrió a los amantes.

El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo,

aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el

nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un

príncipe real.

Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió

del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el

rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.

La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio

había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más

profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y

por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión

se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de

este modo a ceder a sus deseos.

Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su

esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se

puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado

conde de Saldaña.

Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a

sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este

cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le

escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al

niño, amparándolo en sus propias habitaciones.

El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina

nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el

silencio, sufría los tormentos de un condenado.

Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha

desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban

todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con

entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y

a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela

encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de

bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su

alma.

Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable

pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de

la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente

el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto

el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado

cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su

insensata pasión.

Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.

V

LA MUJER FUERTE

Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror

que le había producido la horrible escena que describimos al final de

nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que

con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas

para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al

infante para que la siguiera.

Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en

la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y

cubiertos de acero.

La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta

disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia

en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una

indicación de aquella.

En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase

un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de

fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte

de su blanco y suave rostro.

Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina

preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien

claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría

arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.

—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés,

que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de

lana burda de su sayo.

—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello

tus órdenes, señora —contestó el anciano.

—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.

La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que,

al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó

con él al lecho.

—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.

—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del

semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.

—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a

la cólera del rey?

—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.

—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos

brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio

de tan noble acción!

Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la

pared para no caer.

—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras

a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen.

¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado

a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de

un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para

vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su

vida en una prisión!...

Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos

pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes

después levantó de nuevo su frente pálida y serena.

—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a

la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de

Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis

libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre

vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga

de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para

él.

El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que

hubiera podido emplear su madre.

—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo

entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si

su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.

Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una

estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en

una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.

—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al

oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera

formada por las mismas rocas.

Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las

sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su

pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.

En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra

arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano

montañés.

—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra

prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo

mejor que poseo.

El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo

salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.

—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque

soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte

servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te

pediría... si me atreviese.

—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.

—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!

—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un

caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!

Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con

adoración.

—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido

besar la mano de una santa!

—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis

hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.

El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a

la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.

VI

UNA MUJER SIN CORAZÓN

Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su

hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la

habitación de la primera.

La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no

se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se

asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados

ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y

hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza

sensual.

Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas;

leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus

negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus

labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y

disimulo de su carácter.

Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime

hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón

helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su

carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe

real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que

esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó

en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le

inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco

antes acariciara.

Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya

defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre;

por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que

en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer

mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no

alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio

tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la

que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con

el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá

dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.

La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho;

pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y

careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela

de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los

vicios.

Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos

amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer

que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por

escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a

la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó

la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano

previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.

Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario

amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las

zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus

mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte,

orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los

licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a

sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de

los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo

de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble

doncella.

Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes

de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre

los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno

solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus

dedos.

Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo

tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y

su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos

había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer

cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más

halagüeñas y seductoras ventajas.

Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta

lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de

su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera

desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca

hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.

Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y

habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para

morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala

franca por su noble padre pocos años antes.

Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que

su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues

no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba

dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían

en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora

al harén del califa.

Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le

hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.

—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa,

yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.

—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido

carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?

Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo

que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado

tampoco.

Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el

natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar:

ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el

Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña

locura.

Aquel buen rey le consoló y le dijo que volviese a su castillo; algunas

horas después que él llegó una litera, escoltada por guardias del rey,

y seguida de otra en la que iban dos damas ancianas de la servidumbre

de la reina. El capitán de los guardias sacó de su vesta un pergamino

enrollado y sellado con el sello real, y lo presentó a la condesa que

lo leyó rápidamente.

Mandábasele en él partir a Cangas inmediatamente, por estar nombrada

dama de la princesa Adosinda, niña de muy corta edad.

—Di al rey y a la reina que yo no quiero ser dama de su hija, ni servir

a nadie —contestó volviendo la espalda al mensajero.

—Entonces, señora, no tomes a ofensa el que te conduzca en mis brazos a

tu litera —contestó el anciano capitán—, porque tengo orden de llevarte

de grado o por fuerza.

—¡Eso no! —exclamó Sancha echándose hacia atrás—: ¡primero morir, que

consentir que tus feas y callosas manos toquen a la condesa de Ribadeo!

Y envolviéndose en su manto, salió serena e impasible sin abrazar a su

hermano que, llevado de su ciego cariño, partió en seguimiento de su

litera.

La dulce y amorosa Ormesinda recibió a Sancha como la más cariñosa

madre; pero apartó de ella todo lo posible a la princesa su hija: el

nombramiento de dama, hecho en favor de la condesa, era solo honorario,

pues apenas veía esta a Adosinda, que permanecía siempre junto a la

reina.

En el castillo real fue en donde la joven condesa adquirió las primeras

nociones de religión y de virtud; pero su corazón, naturalmente duro

y viciado además por perniciosos ejemplos, se mantuvo cerrado a las

santas máximas que Ormesinda se esforzaba por infiltrar en él: la viva

inteligencia y el perspicaz talento de la joven debían, sin embargo,

sacar algún fruto de aquellas lecciones, y el fruto fue proporcionado

a la bondad de la tierra donde la mano piadosa de Ormesinda sembraba

la semilla. Sancha adquirió una profunda y sorprendente hipocresía y

aprendió a revestirse de las formas de la virtud de una manera tan

perfecta, que engañó no solamente a la cándida y santa reina, sino

también a su hermano, lo cual era algo más difícil, por lo bien que la

conocía.

Amor y llanto · 第 1 / 20 段