ingenioso, frío, un cerebral producto de la ciudad donde pocos van al
paso y donde nunca se oye el silencio. Había sido un destilador de
sentimientos quintesenciados en el alambique del ingenio, un alquimista
del amor hermano de la muerte, un erótico impotente para amar con
fruto. Había sido el cantor de las opulentas rosas de cien hojas, sin
perfume ni fruto, todo pétalos encendidos, nacidas al borde del graso
estercolero.
Enfermo de la ciudad, después de haber vertido en estrofas intrincadas
la espuma del amor cerebralizado, tuvo que recogerse al campo a renovar
en su fuente la vida del cuerpo. Y allí sintió por momentos volverse
idiota, que el filtro en que cernía sus exquisitas sensaciones se
le enturbiaba, que la carne se le hacía tierra. No podía sufrir el
contacto con el aldeano receloso, egoísta y zafio; no podía resistir
a Tajuña, el molinero, el héroe popular, un borracho perdido; a
Martinillo, cuyas farsas grotescas desataban la risa, siempre pronta
a estallar, de sus convecinos; a Panchote, el bruto del herrero, que
trabajaba como un buey sin dársele de nada un ardite, un egoísta que
jamás pensó en el prójimo. Dolorido del ámbito, recorría valles,
encañadas y collados recitando sus propias rimas, cual conjuro al
maleficio de la naturaleza que le envolvía. Se asfixiaba falto de
sociedad. Su prima Eustaquia, la hija de la familia de que era huésped,
sólo pensaba ante él en no aparecer cándida.
Mas poco a poco íbale ganando el campo, invadiéndole el espíritu
gota o gota, a la vez que, enriquecida su sangre, barría de sutileza
su cerebro y regalaba a su corazón empuje. Iba gustando la salud, y
con ella vergüenza de su pasado al ver que la naturaleza, impasible,
sonreía desdeñosa a toda su postura de afectación y fingimiento.
Llegó el día de la fiesta y se fué al monte, de romería, con su prima
Eustaquia. De todo el contorno concurrían a la famosa fiesta. Al borde
de la senda canturriaban quejumbrosamente sus patéticas súplicas los
pordioseros. «Consideren, almas cristianas, la triste oscuridad en
que me veo»... Más allá: «No hay, hermanitos, como el don precioso
de la salud»... Más lejos, junto a un árbol, mostraba un muchachuelo
enclenque el vientre enorme, lustroso y tostado al sol. Apartó Julián
su vista de tanta miseria para descansarla en los humildes escaramujos
que vestían al zarzal que festoneaba el otro lado del camino.
Llegaron a la esplanada de la ermita, en que entró a rezar un momento
Eustaquia, cubriéndose antes la cabeza con el blanco pañuelo. Olía a
frescura de campo preñado de cosecha, y a guisos suculentos; de entre
la fronda subían al cielo columnas de humo.
En el ahumado hueco de un castaño centenario aprestaban como todos los
años una merienda, y como todos reverdecía el viejo. Junto al carro del
vino estaba Tajuña, el molinero, infatigable sangrador de pellejos,
taza va, taza viene y él tan arrecho. Flaquearíanle las piernas, pero
la cabeza no. Y Julián admiró con el pueblo al héroe. Salió a bailar
Martinillo, cuya carucha parecía siempre que iba a llorar y no lloraba,
y se rió Julián con el pueblo de los brincos y cabriolas felinas del
gracioso. Vió con qué recogimiento merendaba Panchote y entendió que
nunca es egoísta el que trabaja. Aquellas gentes eran naturaleza, y la
naturaleza es también sociedad.
Metióse con su prima por entre los corros, donde los aldeanos
bailaban con toda el alma, vertiendo en saltos y piruetas y en
gritos desbordamiento de vida, el limpio goce de la libertad de los
movimientos, el disfrute del propio cuerpo. Bailaban con ellos las
notas claras y estridentes del pito, repletas del agrete del vinillo
viejo de las montañas aquellas, notas que estrumpían de consuno con
las risas francas que hacían vibrar de alegría al aire, mientras
bailoteaban al viento las hojas de los castaños bebiendo luz. Era
aquella danza común, danza litúrgica, acción de gracias de la vida
desnuda y pura, holocausto de energía vital.
Palpitáronle a Julián las entrañas, empezaron a cantarle la canción
de la salud que rebosaba, y tomando a Eustaquia de la mano se puso a
bailar en un corro con ella entre los aldeanos. Era el campo mismo
quien con él bailaba. «¡Bien, bien por el señorito!», le decían;
«¡alza, Julianete, alza!», le azuzaba Martinillo, provocando risa
general. Batían con ritmo los pies de Eustaquia sobre el suelo; oreaba
con rozagancia al aire su florecido cuerpo; esplendían arreboladas
en sus mejillas rosas de salud; eran sus labios fuente de júbilo, e
irradiaban sus ojos vida anhelosa de derramarse.
Cuando al terminar la danza embrazó Julián por el talle a su prima,
cuyos ojos decían vida, fundióle la sangre las entrañas, derritiendo
sobre su corazón a su cerebro. Sentáronse con otros en el suelo sobre
la mullida alfombra a comulgar en la merienda, a beber del mismo vaso,
a respirar del mismo aire y a calentarse al mismo sol.
Entonces sintió Julián el abrazo de la montaña y que al beso de la
brisa se le apagaba en el alma el eco de las exóticas rimas ciudadanas.
Zumbábale en la cabeza la campiña y se sentía esponjado en la alegría
de vivir que le rodeaba. Era el amor que le nacía del campo, el amor
fructuoso, cogüelmo de vitalidad.
A la vuelta volvían en parejas los más de los romeros, cogidos de las
manos o de la cintura, bajo el derretimiento de la luz crepuscular.
De cuando en cuando se escapaban de algún pecho fresco relinchidos
potentes, que volaban como alondras sobre el valle para morir
lánguidamente en la garganta de que como de nido salieron. Julián
sintió un escalofrío vivificante al recibir el suspiro con que
Eustaquia respondió al beso apretado y lento gozado en un recodo de
la senda, y entonces intuyó el curado ciudadano que es el erotismo la
impotencia del querer.
Cuando un año después volvió a la ciudad llevaba a ella con Eustaquia
una hija, flor aromática del amor cordial, una obra del cuerpo y del
alma, del sér entero y uno; inspiración del campo en que dan en el
agabanzo fruto las sencillas rosas del zarzal, los humildes escaramujos
de cinco pétalos; un poema engendrado en el desmayo del cerebro, poema
de amor hecho carne viviente, su vida, su eternidad, su luz, su gloria,
su poema.
Y cuando más tarde, perdida su compañera y olvidadas sus rimas, le
cegó el cerebro, de antiguo herido, quedáronle aquellos filiales ojos
que serenaban todo ambiente en que descansara con paz su mirada de
inocencia.
EL CANTO ADÁMICO
Fué esto en una tarde bíblica, ante la gloria de las torres de la
ciudad, que reposaban sobre el cielo como doradas espigas gigantescas,
surgiendo de la verdura que viste y borda al río. Tomé las _Hojas de
yerba_--_Leaves of grass_--, de Walt Whitman, este hombre americano,
enorme embrión de un poeta secular, de quien Roberto Luis Stevenson
dice que, como un perro lanudo recién desencadenado, recorría las
playas del mundo ladrando a la luna; tomé esas hojas y traduje algunas
a mi amigo, ante el esplendor silencioso de la ciudad dorada.
Y mi amigo me dijo:--¿Qué efecto tan extraño causan esas enumeraciones
de hombres y de tierras, de naciones, de cosas, de plantas... ¿Es eso
poesía?
Y yo le dije:--Cuando la lírica se sublima y espiritualiza acaba en
meras enumeraciones, en suspirar nombres queridos. La primera estrofa
del dúo eterno del amor puede ser el «te quiero, te quiero mucho, te
quiero con toda el alma»; pero la última estrofa, la del desmayo, no
es más que estas dos palabras: ¡Romeo! ¡Julieta! ¡Romeo! ¡Julieta!
El suspiro más hondo del amor es repetir el nombre del ser amado,
paladearlo haciéndose miel la boca. Y mira al niño. Jamás olvidaré una
escena inmortal que Dios me puso una mañana ante los ojos, y fué que
vi tres niños cogidos de las manos, delante de un caballo, cantando
enajenados de júbilo no más que estas palabras: ¡Un caballo!, ¡un
caballo!, ¡un caballo! Estaban creando la palabra según la repetían; su
canto era un canto genesíaco.
--¿Cómo empezó la lírica?--preguntó mi amigo--, ¿cuál fué el primer
canto?
--Vamos a la leyenda--le dije--, y oye lo que dice el _Génesis_ en su
segundo capítulo, cuando dice: «Formó, pues, Dios de la tierra toda
bestia del campo y toda ave de los cielos y trájolas a Adán para que
viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales
vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de
los cielos, y a todo animal del campo; mas para Adán no halló ayuda que
estuviese delante de él». Éste fué el primer canto, el canto de poner
nombre a las bestias, extasiándose ante ellas Adán, en el alba de la
humanidad.
¡Poner nombre! Poner nombre a una cosa es, en cierto modo, adueñarse
espiritualmente de ella. Este mismo Walt Whitman, cuyas _Hojas de
yerba_ aquí tenemos, al decir en su «Canto a la puesta del sol», estas
palabras: «Respirar el aire, ¡qué delicioso! ¡Hablar! ¡pasear! ¡Coger
algo con la mano!», pudo añadir: Dar nombre a las cosas, ¡qué milagro
portentoso!
Al nombrar Adán a las bestias y aves se adueñó de ellas, y mira cómo
el salmo octavo, después de cantar que Dios hizo que el hombre se
enseñorease de las obras de las divinas manos, que le pusieron todo
bajo los pies, ovejas y bueyes y asimismo las bestias del campo y las
aves de los cielos y los peces del mar y todo cuanto pasa por los
senderos de éste, acaba diciendo: «Oh Jahvé, Señor Nuestro, ¡cuán
grande es tu nombre en toda la tierra!». Habla de la grandeza de ese
nombre, que millones de lenguas de hombres piden día a día que sea
santificado. Si supiéramos dar nombre adecuado, nombre poético, nombre
creativo a Dios, en él se colmaría como en flor eterna toda la lírica.
En el _Génesis_ también y en los versillos 24 a 30 de su capítulo XXXII
se nos cuenta cómo al pasar Jacob el vado de Jacob, cuando iba en busca
de Esaú, su hermano, se quedó a hacer noche solo y luchó hasta rayar el
alba con un desconocido, con un ángel de Dios o con Dios mismo, y lleno
de angustia le preguntaba por su nombre, cómo se llamaba. En aquellos
tiempos aurorales, declarar un viviente su nombre era declarar su
esencia. Su nombre es lo primero que nos dan los héroes homéricos.
Y estos nombres no eran dichos, eran cantados en un empuje de
entusiasmo y de adoración. Y tengo, por indudable, lector, que el himno
que más adentro del corazón se te ha metido fué cuando viste tu propio
nombre, tu nombre de pila, el doméstico, desnudo y puro, suspirado en
la penumbra. Es la corona de la lírica.
La forma de letanía es acaso la más exquisita que las explosiones
líricas nos ofrecen: un nombre repetido en rosario y engarzado cada vez
en epítetos vivos que lo realzan. Y entre éstos hay el epíteto sagrado.
En los poemas homéricos brillan los epítetos sagrados; cada héroe lleva
el suyo. Aquiles, el de los pies veloces; Héctor, el agitapenachos. Y
en todo tiempo y lugar, cuando alguien encuentra el epíteto sagrado que
casa poéticamente con un hombre, todos lo adoptan y todos lo repiten. Y
lo que sucede con los hombres sucede con los animales y con las cosas y
las ideas. La astuta zorra, el perro fiel, el noble corcel, el paciente
burro, el tardo buey, la arisca cabra, la mansa oveja, la tímida
liebre... y los designios de la Providencia, ¿pueden ser otra cosa que
inescrutables?
Cantar, pues, el nombre, realzándolo con el epíteto sagrado, es la
exaltación reflexiva de la lírica, y la exaltación irreflexiva, la
suprema, es cantarlo solo y desnudo, sin epíteto alguno, es repetirlo
una y otra y otra vez, como sumergiendo el alma en su contenido ideal y
empapándose en él sin añadido.
--No me sorprende--le dije a mi amigo--que te produzcan extraño efecto
estas enumeraciones, y te confieso que pueden ellas no tener nada de
poético. Pero han de extrañarnos más a nosotros que, con palabras
muertas, reducimos la lírica a algo discursivo y oratorio, a elocuencia
rimada.
--Observa, además--añadí--, que una palabra no ha cobrado su esplendor
y su pureza toda hasta que ha pasado por el ritmo y se ha visto
ayuntada a otras en su cadencia. Es como el trigo, que no está limpio y
pronto para ir a la muela hasta que no ha sido apurado aventándolo al
aire de la era.
--Ahora recuerdo--dijo mi amigo, interpolando un intermedio cómico--,
ahora recuerdo cierto chascarrillo yanqui, y es que dicen que cuando
Adán estaba poniendo nombre a los animales, al acercarse el caballo,
dijo Eva a su marido: Esto que viene aquí se parece a un caballo;
llamémosle, pues, caballo.
--El chascarro no carece de gracia--le dije--, pero es el caso que
cuando Adán puso nombre a las bestias del campo y a las aves de los
cielos, aún no había sido creada la mujer, según el _Génesis_. De
donde se saca que el hombre necesitó hablar aun estando solo, hablar
consigo, es decir, cantar, y que su acto de poner nombres a los seres
fué un acto de pureza lírica, de perfecto desinterés. Se los puso para
extasiarse con ellos. Sólo que una vez que así los cantó y les puso
nombres, sintió la necesidad de un semejante a quien comunicárselos;
una vez que de la grosura de su entusiasmo brotó aquel himno de
nombramiento, sintió la necesidad de un auditorio, de un público, y
así, agrega el texto, que Adán no halló ayuda que estuviese delante
de él. Y a seguida de esto es cuando el relato bíblico nos cuenta la
creación de la primera mujer, hinchándola de una costilla del primer
hombre, y como si éste hubiese sentido más vivamente la necesidad de
una compañera a raíz de haberse adueñado de los seres mediante los
nombres. Sintió el hombre la necesidad de alguien con quien hablar, y
Dios le hizo la mujer. Y apenas surge la mujer ante el hombre, luego
de decir éste lo de «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi
carne», lo primero que hace es darle nombre, diciendo: «Ésta será
llamada varona, porque del varón fué tomada». Y este nombre, en efecto,
no ha prevalecido, sino que los más de los pueblos cultos tienen para
la mujer nombre de otra raíz que el nombre del hombre, y como si fuesen
dos especies.
--Excepto el inglés, por lo menos--dijo mi amigo.
--Y algún otro--añadí yo.
Y recogiendo las _Hojas de yerba_, de Walt Whitman, dejamos el
esplendor de la ciudad cuando se derretía en el atardecer.
LAS TIJERAS
Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del
café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las
tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del
otro era esto:
Don Francisco era soltero, jubilado, vivía solo con una criada vieja y
un perrito de lanas muy goloso, que llevaba al café para regalarle el
sobrante de los terroncitos de azúcar. Don Pedro era viudo, jubilado,
tenía una hija casada, de quien vivía separado a causa del yerno. No
sabían más. Los dos habían sido personas ilustradas.
Iban al café a desahogar su bilis en monólogos dialogados, amodorrados
al arrullo de conversaciones necias y respirando vaho humano.
Don Pedro odiaba al perro de su amigo. Solía llevarse a casa la sobra
de su azúcar para endulzar el vaso de agua que tomaba al levantarse de
la cama. Había entre él y el perrillo una lucha callada por el azúcar
que dejaban los vecinos. Cuando don Pedro veía al perrillo encaramarse
al mármol relamiéndose el hocico, retiraba temblando sus terroncitos de
azúcar. Alguna vez, mientras hablaba, pisaba como al descuido la cola
del perrito, que se refugiaba en su dueño.
El amo del perro odiaba sin conocerla a la hija de don Pedro. Estaba
harto de oirle hablar de ella como de su gloria y de su consuelo; mi
hija por aquí, mi hija por allí, ¡siempre su hija! Cuando el padre se
quejaba del sinvergüenza de su yerno, el amo del perro le decía:
--Convénzase, don Pedro. La culpa es de la hija; si quisiera a usted
como a padre, todo se arreglaría... ¡Le quiere más a él! ¡Y es natural!
¡Su mujer de usted haría lo mismo!...
El corazón del pobre padre se encogía de angustia al oir esto, y su pie
buscaba la cola del perrito de aguas.
Un día el perro se comió, después de los terroncitos de su amo, los de
don Pedro. Al día siguiente éste, con dignidad majestuosa, recogió,
después de sus terrones, los del perro. Tras esto hablaron largo rato
de la falta de justicia en el mundo.
Terribles eran las conversaciones de los viejos. Era un placer
solitario y mutuo en las pausas del propio monólogo: oía cada uno los
trozos del otro monólogo sin interesarse en el dolor petrificado que lo
producía; lo oía, espectador sereno, como a eco puro que no se sabe
de dónde sube. Iban a oir el eco de su alma sin llegar al alma de que
partía.
Cuando entraba el último empezaba el tijereteo por un «¿qué hay de
nuevo?», para concluir con un «¡miseria pura! ¡Todo es farsa!». Su
placer era _meneallo_, emporcarlo todo para abonar el mundo.
No reproduciré aquellos monólogos como se producían; prefiero exponer
su melodía pura.
--Sea usted honrado, don Francisco, y le llamarán tonto...
--¡Con razón!
--¡Resignación!, predican los que se resignan a vivir bien. ¡Por
resignarme me aplastaron!...
--¡Y a mí por protestar!
--¡La vida es dura, don Pedro! Siempre oculté mis necesidades y me
hubiera dejado morir de hambre en postura noble, como un gladiador que
lucha por los garbanzos... ¡Oh!, hay que saber lucir un remiendo cosido
con arte... Yo no he sabido lloriquear a tiempo. Siempre soltero, jamás
hubiera cumplido deseos santos, porque me quitaban el pan padres de
hijos que tenían las lágrimas en el bolsillo. Yo me las tragaba...
--Yo he sido casado, los solteros eran una sola boca, corrían sin
carga, se contentaban con menos... Nada pude contra ellos...
--Pude ser bandido y no lo quise.
--Yo quise serlo y no lo pude conseguir, se me resistía...
--Dicen ahora que en la lucha por la vida vence el más apto. ¡Vaya una
lucha! ¿El más apto? ¡Mentira, don Pedro!
--¡Verdad, don Francisco! Vence el más inepto porque es el más apto.
Todos luchan a quien más se rebaja, a quien más autómata, a quien más
y mejor llora, a quien más y mejor adula. ¿Tener carácter?... ¡Oh!
¿Quién es éste que quiere salir del coro y aspira a partiquino? Hay que
luchar por la justicia, que no baja, como el rocío, del cielo; el que
no llora, no mama. Apenas quedan más que dos oficios útiles, ladrón
y mendigo, o la amenaza o las lágrimas. Hay que pedir desde arriba o
desde abajo.
--¡Ah, don Francisco! El que para menos sirve, es el que mejor sirve.
--Aunque lo digan, yo no soy pesimista. No tiene la culpa el mundo si
hemos nacido dislocados en él.
--No hay justicia, don Francisco; que aunque a las veces se haga lo
justo, es a pesar de serlo.
--¡Mire usted, don Pedro, cómo le paga su hija!
El pobre padre buscaba la cola del perrito de aguas, mientras decía:
--¡La caridad! ¡Otra como la justicia! ¡A cuántas almas fuertes mata la
lucha por la caridad!... «Ah, éste sabe trabajar, no necesita», y todos
pasan sin darle ni trabajo ni pan.
--¡La caridad, don Pedro! ¡Los pobres necesitaban el pan, me dieron
palabras de consuelo..., les cuestan tan poco..., las tienen para su
uso! ¡Los ricos me echaron mendrugos..., les cuesta tan poco..., los
habrían echado a los perros! Nadie me ha dado pan con piedad; sobre el
pan del cuerpo, miel del alma. He vivido del Estado: esa cosa anónima a
la que nada agradezco.
--¡Ah, don Francisco! Pegan y razonan la paliza. No me duele el
pisotón, sino el «usted perdone». La paliza basta, la razón sobra... Me
decían: «Te conviene, es por tu bien, lo mereces»; mil sandeces más:
echar en la herida plomo derretido.
--Tiene usted razón. Nadie me ha hecho más daño que los que decían
hacérmelo por mi bien. Yo nací hermoso, como un gran diamante en bruto,
me cogieron los lapidarios; a picazo y regla me pulieron las facetas;
quedé brillante, ¡hermoso para un collar!... No quise ensartarme con
los otros, ni engarzarme en oro; rodé por el arroyo; libre, el roce me
gastó, he perdido el brillo y los reflejos, y hoy, opaco, achicado,
apenas sirvo para rayar cristales.
--Corrí yo, tropezando en todas las esquinas para llegar al banquete.
«No te apresures, me decían al fin de cada jornada: aún tienes tiempo y
no te faltará en la mesa, si no es un sitio, otro». Cuando llegué era
tarde; el cansancio y el ayuno habían matado mi apetito, el resorte de
mi vida; llegué a la ilusión desilusionado, harto en ayunas... ¡Se me
había indigestado la esperanza!
Un día unos estudiantes hicieron una judiada al pobre perrito. Su amo
se incomodó, los chicos se le insolentaron y se armó cuestión. En lo
más crudo de ésta, una ola de pendencia ahogó al padre que oía todo
callado, se levantó, gruñó un saludo y se fué, dejando al amo del perro
que se las arreglara. Pero al siguiente día volvió como siempre.
--Yo he sido siempre progresista--decía el amo del perro--; hoy no soy
nada.
--¡Yo siempre moderado!...
--Pero progresista suelto, desencasillado, fuera de comité... ¡Eso me
ha perdido!
--¡Eso nos ha perdido a los dos!
--¿Qué escarabajo es éste, don Pedro, que no tiene mote en los cuadros
de la entomología política y social?
--Y mire usted, don Francisco, mire cómo viven Trigonidium
cicindeloides, Anaplotermes pacificus, Termes lucifugus, Palingenia
longicauda y tantos más de la especie tal, género cual, familia tal del
orden de los insectos.
--Las ideas, don Pedro, no son mas que lastre... La única verdad es
la verdad viva, el hombre que las lleva... Cuando quiere subir las
arroja...
--El hombre, don Francisco, es una verdad triste. Los buenos creen
y esperan chupándose el dedo; los pillos se ayudan..., y al cabo,
todos concluyen lo mismo. Yo creo en un Limbo para los buenos y en un
Infierno para los malos.
--¡Feliz usted, don Pedro! ¡Feliz usted que tiene el consuelo de creer
en el Infierno!
--Mi mayor placer después de estos parrafitos es dormir como un lirón.
Me gustaría acostarme para siempre con la esperanza de encontrar a
la cabecera de mi cama mi vasito de agua azucarada un día que nunca
llegue... ¡Dormir para siempre arrullado por la esperanza dulce!
--¡Mi único consuelo, don Pedro, es el pensamiento puro, y aun éste, en
cuanto vive se ensucia!...
Así, aunque en otra forma, discurrían aquellos viejos que, arrecidos de
frío, miraban con desdén la vida desde la cumbre helada de su soledad.
Amaban la vida y gozaban en maldecir del mundo, sintiéndose ellos, los
vencidos, vencedores de él, el vencedor. Lo encontraban todo muy malo
porque se creían buenos y gozaban en creerlo. Era la suya una postura
como otra cualquiera. Creían que el sol es farsa, pero que calienta, y
en él se calentaban.
Salían juntos y bien abrigados, y al separarse continuaba cada uno por
su camino el monólogo eterno. Todas las noches murmuraban al separarse:
¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
Un día faltó don Pedro al café, y siguió faltando con gran placer
del perrito de aguas. Cuando el amo de éste supo que el padre había
muerto, murmuró: «Pobre señor. ¡Algún disgusto que le ha dado su hija!
¿Si encontrará algún día el vaso de agua azucarada a la cabecera de
la cama?». Y siguió su monólogo. El eco de su alma se había apagado,
¿quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Ni lo supo ni intentó
saberlo; quedó solo y no conoció su soledad.
Sigue yendo al rinconcito del café del Occidente. Los parroquianos le
oyen hablar solo y le ven gesticular. Mientras da un terroncito de
azúcar al perro que agita de gusto su colita rematada en un pompón,
murmura: «¡Miseria pura, don Pedro, todo es farsa!». Y los parroquianos
dicen: «¡Pobre señor! Desde que perdió la otra tijera, esa cabeza no
anda bien. ¡Cuánto le afectó! ¡Se comprende..., a su edad!».
El amo del perro sale sin acordarse del padre de la hija, y sólo sigue
tijereteando: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
Y VA DE CUENTO...
A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe,
sí! Y ¿por qué?--preguntará el lector--. Pues, primero, porque casi
todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser
héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.
P.--¿Qué es un héroe?
R.--Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico,
un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una
gacetilla o una mera frase.
Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer
la _Ilíada_. Somos, pues, los escritores--¡oh, noble sacerdocio!--los
que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría
heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es una
mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser _cantado_!