Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido

uno. Aquél a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de

pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos.

Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era

héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando este

que escribo. Es decir,

burla burlando, van los dos delante.

Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos

en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos

sobre la mesilla de trabajo--y con esta descripción, me parece que el

lector estará viéndole mucho mejor que si viniese _ilustrado_ esto--,

se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me

pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista

de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos,

tres o más al año, y el hombre que las escribe, cuando ellas le vienen

de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...

Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso

los hacía, sacábalos, o de algo que visto u oído habíale herido la

imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar

cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura

las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores

de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho

tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos

queda ya muy poco por decir.

Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de

cuentos--los cuales forman una clase especial dentro de la general de

los lectores--un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no

había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia

a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector

de cuentos lo importante es la _hilación_, así, con hache, de hilo,

y no _ilación_, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o

menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese

vocablo deriva de _infero_, _fers_, _intuli_, _illatum_. (No olviden

ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque

alguna vez merienden de un cuento perdido).

Y estoy a la mitad de otro cuarteto.

Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para

observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas,

etc., etc. Y esto, francamente, es rebajar la dignidad del cuento, que

tiene un valor sustantivo--creo que se dice así--en sí y por sí mismo.

Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que

el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: ¿y

ahora qué vendrá?; o bien: ¿y cómo acabará esto? Sabía, además, que hay

quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en

las últimas páginas el desenlace y ya no lee más.

Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como

no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos

a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le

agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo

más arbitrario que darse puede.

En un buen cuento lo más importante son las situaciones y las

transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y

respecto a aquéllas es lo que decía el famoso melodramaturgo D'Ennery:

«En un drama (y quien dice drama dice cuento) lo importante son las

situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e

importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público

cuando llora no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público

cuando llora no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor

Antonio Vico me decía que representando éste una vez _La muerte civil_,

cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban

con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas, y los caballeros

hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos

estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él,

al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber

hacer llorar!

Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reir,

puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando llora

o cuando se ríe, no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la

perniciosa y petulante manía de que el público--¡su público, claro

está!--se enterase de lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión

semejante!

Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración

de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad

del cuentista (véase la _Correspondance_, de Flaubert, en cualquiera

de sus cinco volúmenes _Oeuvres completes_, París, Louis Conard,

libraire-éditeur, MDCCCCX), para protestar de esa pretensión rídicula

del héroe de mi cuento, de que su público se enterase de lo que él

escribía. ¿Es que no sabía que las más de las personas leen para no

enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios

pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo,

a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es

para distraerme, para pasar el rato. Y sabido es el aforismo de aquel

sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio,

bilbaíno éste y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos

serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer

el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de

reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me

distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo

para no enterarme...

Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para

que se enterasen, y es natural, así no puede ser, no le resultaba

cuanto escribía sino paradojas.

¿Que qué es esto de una paradoja? Ah, yo no lo sé, pero tampoco lo

saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido;

pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja,

como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos

y sepa lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir

compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo

de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?

Yo, que como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de

griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de

la preposición _pará_, que indica lateralidad, lo que va de lado o se

desvía, y _doxa_ opinión; y sé que entre paradoja y herejía apenas hay

diferencia; pero...

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él.

Dejamos a nuestro héroe--empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector

amigo, y mío, esto es, nuestro--de codos sobre la mesa, con los

ojos fijos en las blancas cuartillas, etc.--, véase la precedente

descripción--, y diciéndose; «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».

Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado

asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles

a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes,

por lo tanto, ellos mismos. Porque ¿cuál, sino el de hacer héroes, el

de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a

su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi

_Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra_,

explicada y comentada; Madrid, librería de Fernando Fe, 1905[1]--y

sirva esto, de paso, como anuncio--, obra en que sostengo que fué Don

Quijote el que hizo a Cervantes, y no éste a aquél. ¿Y a mí quién me ha

hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí,

yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento.

¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo

que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así es el de la

vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.

Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la

brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual

daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre

el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir.

Porque el Arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una

_Moraleja._--Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y

la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar.

NOTAS:

[1] Para mi conciencia de bibliógrafo debo decir que antes de 1905

pone: Carrera de San Jerónimo, 2; pero desde entonces el señor Fe se ha

trasladado a la Puerta del Sol, 15. y ahora añado que esa edición se ha

agotado y que prepara otra la _Biblioteca Renacimiento_.

El espejo de la muerte · 第 10 / 10 段