gravedad que sentaba a su situación--. Porque va a acabar mal.
--¡Quiá! Él la entiende y sabe que coloca su capital a buen rédito.
--¿Y Ambrosio?
--Ahí le tienes.
En efecto, en una mesa cercana discutían varios socios acerca de una
proposición, y era que el municipio de Sideria pagara dos mozos al
Arca, bonita combinación para acabar de escandalizar a los pobres
_filisteos_ de la ciudad ducal.
--¡Hay que dar que hablar a esa mano de cerdos que trabajan como
imbéciles y ahorran para que se lo coman sus hijos y creen en el
sentido común!
Un tímido objetaba al pensamiento y pedía cuando menos barniz de
legalidad.
--¡Tiene razón!--exclamó uno.
--¡Pss!, y qué, tener razón o no tenerla, ¿qué más da?--replicó con
desdén Ambrosio, que pasaba por uno de los oráculos del Arca.
La frase dejó a todos suspensos de admiración y en un momento corrió
por toda el Arca.
Anastasio llamó a Ambrosio, les enteró a él y a Herminio del asunto y
acabó diciéndoles:
--¡Una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas... y si
no... a sable!
Dicho esto se fué a casa de un maestro de armas, donde se estuvo
ensayando quites y posturas.
Cuando quebrantado por tantas emociones llegó a su casa, se puso a
pensar en el traje que convendría para el lance.
Lo sacó, se lo puso y estuvo ensayando quites con el bastón. Después se
puso a escribir a Enriqueta, su arreglito. La cosa era tranquilizarla,
no fuera que cualquier indiscreto le diera un sofoco con una noticia de
sopetón.
Cuando despertó en la butaca clareaba el día. Empezó a pasearse por la
sala hasta que dieran las siete, hora convenida con el maestro de armas
para continuar la lección.
Sus amigos fueron a buscarle a la sala de armas cuando más absorto
estaba en un quite.
--Nada de esto--le dijeron--, la cosa se ha zanjado satisfactoriamente.
--Entre caballeros...--empezó a decir el otro.
¡Pero si no usa tarjetas!... pensó Anastasio.
--Una cumplida rectificación, una rectificación de honor, como lo
deseabas. La traerá el próximo número de _El Abejorro_, el del domingo.
El maestro de armas le dió la mano diciéndole:
--Espero nos volvamos a ver. Un joven como usted, de la crema, no debe
descuidar estas cosas. Usted muestra felices disposiciones y el manejo
de las armas da la prudencia del fuerte y a la vez hace que se nos
respete.
Anastasio le dió una fuerte propina y salió con sus dos amigos, que
sonriendo le llevaron a una fotografía.
--Pero...
--Déjate hacer. Confiaste tu honor en nuestras manos.
* * * * *
_El Abejorro_ del siguiente domingo alcanzó una venta tan nutrida como
no la había alcanzado con la caricatura de Anastasio. En la primera
plana publicaba en fotograbado un hermoso retrato de Anastasio en traje
de mañana, una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas.
Los lectores que no conocían a Anastasio cotejaron el retrato con la
caricatura, mientras el satisfecho ofendido se prodigaba en traje de
mañana por todos los paseos de la ciudad ducal.
Un redactor de _El Abejorro_ fué a darle la enhorabuena, que la recibió
con dignidad, oliendo la rosa, mientras se decía: hoy no te ríes.
--Aquí viene él--oyó que decían en un grupo.
Pero el mayor bromazo fué en el Arca. El suceso fué el regocijo de
los socios, que armaron un banquete con sus borracheras y brindis,
presidido por Anastasio, en holocausto al Honor, del que se reían por
dentro, gracias al portentoso Ambrosio, aunque por fuera fuesen sus más
celosos sacerdotes.
El número rectificación de _El Abejorro_ figuraba como centro de mesa.
Anastasio no podía con su honor y con las copas que le hacían beber. Al
cabo vino al suelo.
Desde entonces visitó con frecuencia la sala de armas.
UNA VISITA AL VIEJO POETA
En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo
radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba
la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas
callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde
me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan largo tiempo
enmudecido, di a la aldaba del portalón, que lo era de la única casa de
la calleja. Resonó el aldabonazo, quebrando el soñoliento silencio, en
los muros que formaban la calleja, flanqueada, como un foso, de un lado
por el tapial de la huerta de un convento, y por agrietadas paredes del
otro.
Me pasaron, y al cruzar un pequeño jardincillo emparedado, uno de esos
mustios jardines enjaulados en el centro de las poblaciones, vi a un
anciano regando una maceta. Se me acercó. Era su conocidísima figura.
--Ahora mismo subo--me dijo.
--No; prefiero hacerle aquí la visita, ¿qué más da?
--Como usted quiera... Rosa, baja unas sillas. Desprendíase una calmosa
melancolía de aquel pedazo de naturaleza encerrada entre las tapias de
abigarradas viviendas. Dos o tres arbolillos se alzaban al arrimo de
ellas, en busca de sol, y en ellos se refugiaban los pájaros. En un
rincón, junto a un pozo, sombreaba a un banco de piedra una higuera. La
casa tenía un corredor de solana, con balaustrada de madera, que miraba
al jardinillo. El vertedero de la cocina servía para regar la higuera.
Y todo ello parecía ruinas de naturaleza abrazadas a ruinas de humana
vivienda.
Allí encima se alzaba la airosa torre de la Colegiata, a la que
doraba el sol con sus rayos, muy inclinados ya; la torre severa, que
contribuía a dar al pedazo de cielo desde allí visible su anguloso
perfil. Unas gallinas picoteaban el suelo.
--Es mi retiro y mi consuelo--me dijo.
--Yo creí que preferiría usted el campo verdadero... el aire libre...
--No. Voy a él de vez en cuando, muy de tarde en tarde; pero es para
volver al punto a encerrarme en esta jaula, con estos mis arbolillos
presos, a la vista de esa torre, en este bosquecillo enjaulado, que
me parece un enfermo cachorro de la selva que, cautivo y nostálgico,
me lame el alma y a mis pies se tiende humilde. Aquí no les sacuden
tormentas, ni el vendaval los agita; aquí crecen al arrimo de estas
tapias. Mire la higuera, mi higuera doméstica, ¡qué lozana! Me recoge
el sol y en dulzura me lo guarda. Al través de su verdura contemplo
la dorada torre, árbol frondoso también del arte, con su exuberante
follaje arquitectónico. ¡Si oyese usted cómo resuena entre estas viejas
tapias el son pausado de sus campanas! Cuando sus vibraciones se
dilatan derritiéndose en el sereno ambiente, parecen bañarse en el eco
derretido estos mis pobres arbolillos... Esta casa me recuerda la de mi
niñez, a la que ha arrasado el inevitable progreso. Tenía un jardinillo
así. Aquí me baño el alma en mis recuerdos infantiles; reanudo mi dulce
vigilia después de años de sueño...
--¿Y no ha sentido usted nunca pruritos de salir, de volver al mundo...
no le ha tentado la gloria?
--¿Qué gloria?--me preguntó con dulzura.
--¡La gloria!...
--¡Ah, sí, la gloria! Dispénseme, me olvidaba de que hablo con un joven
literato.
Se levantó para quitar una oruga de uno de los arbolillos, miró un rato
a la erguida torre, dorada por el sol poniente, y prosiguió:
--¿Cree usted acaso que cuando ha finado, derretido en la serena
calma del ámbito, el eco de esas lenguas de bronce, no vive aun en
el silencio su dulce ritmo muerto? Sí, posa en el mar del silencio,
en su eterno lecho, donde descansan las voces y los cantos todos que
han sido, y donde esperan tal vez la suprema evocación que haya de
resucitarlos para entonar la gloriosa sinfonía eterna. Cantan en el
silencio...
Yo, más que le oía, contemplaba su hermosa cabeza de vidente.
--Sí--continuó--, mi nombre va olvidándose; casi nadie lo cita ya; pero
es ahora, en que se olvida mi nombre, cuando obra acaso mi espíritu,
difundido en el de mi pueblo, más viva y eficazmente. Prodúcese un
pensador o un artista, y mientras su obra no posa en el alma de su
pueblo, mientras le es extraña a éste y en él choca, necesita llevar
el nombre de su padre. Mas cuando se hace nuestro pensar, pensar de
los que nos rodean; cuando nuestro sentir se aúna al sentir de nuestro
pueblo, haciéndolo más complejo; cuando nuestra voz se acuerda al coro
enriqueciendo la común sinfonía..., entonces nuestro nombre se hunde
poco a poco. Nuestras ideas lo son ya de todos; el busto de nuestra
moneda se ha borrado, y con él la leyenda, y la moneda corre porque es
de oro de ley. Cuando menos se habla de un escritor, suele ser muchas
veces cuando más influye.
--Tal vez...--empecé, y él, sin oirme, continuó:
--¡Mi nombre! ¿Para qué he de sacrificar mi alma a mi nombre?
¿Prolongarlo en el ruido de la fama? ¡No! Lo que quiero es asentar en
el silencio de la eternidad mi alma. Porque fíjese, joven, en que
muchos sacrifican el alma al nombre, la realidad a la sombra. No, no
quiero que mi personalidad, eso que llaman personalidad los literatos,
ahogue a mi persona (y al decirlo se tocaba al pecho). Yo, yo, yo,
este yo concreto que alienta, que sufre, que goza, que vive, este yo
intrasmisible..., no quiero sacrificarlo a la idea que de mí mismo
tengo, a mí mismo convertido en ideal abstracto, a ese yo cerebral que
nos esclaviza...
--Es que el yo que usted llama concreto...
--Es el único verdadero; el otro es una sombra, es el reflejo que
de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil
espejos..., nuestros semejantes. ¿Ha pensado usted alguna vez, joven,
en la tremenda batalla entre nuestro íntimo sér, el que de las
profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de
la niñez lejana, y ese otro sér advenedizo y sobrepuesto, que no es más
que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone
y al fin nos ahoga?
--Alguien llamaría egoísmo a eso...--me atreví a insinuarle de prisa,
antes de que, arrepentido, recogiese mis palabras.
--¿Egoísmo?--me contestó con calma--. ¡Oh, sí; ahora han inventado eso
del altruismo! ¡Altruismo! Eso sí que es inmoral e inhumano; sacrificar
a _mí_ idea, porque no es más que a una idea a lo que se sacrifica;
sacrificar a mi idea, a la mía, entiéndalo, a todos mis prójimos,
incluso a mí mismo, mi primer prójimo, el más prójimo o próximo a mí.
Pareció hundirse en algún recuerdo remoto, de esos de fuera del tiempo,
y prosiguió:
--No quiero devorar a otros; ¡que me devoren ellos! ¡Qué hermoso es ser
víctima! ¡Darse en pasto espiritual... ser consumido... diluirse en las
almas ajenas! Así resucitaremos un día, cuando se unan todas, y sea
Dios todo en todos, como San Pablo dice...
No daba ya la luz mas que en la cresta de la torre; parecían espesarse
la calma y el silencio, interrumpidos tan sólo por algún vencejo que
cruzaba chillando el anguloso cacho de cielo del jardinillo enjaulado.
--¡Mire usted, mire usted al gato cómo trepa por ese arbolillo a la
ventana de la cocina! Arriba caza ratones; aquí, entre los árboles,
pajarillos. Y me entretiene mucho. ¡Qué vida!, dirá usted. ¡Aquí, con
sus arbolillos, su higuera triste, su concierto de pájaros, su gato,
sus gallinas, sus flores..., regando sus recuerdos y cultivando su
tristeza!... Después de aquel triste suceso que usted conoce, me retiré
al campo a bañar mi enfermo espíritu en su quietud sedante. Iba a
curarme a la vez de los estragos del urbanismo, de esa corea espiritual
en que nos hunde la diaria descarga de impresiones de la ciudad, Allí,
en el campo, supe lo que es dormir, y el que no sabe dormir no vive.
En la ciudad, miradas, vaho de ansiosos alientos, de impuros deseos,
de rencores, sonrisas equívocas, saludos, retardos, paradas... ¡todo
nos electriza! Es una serie continua de insignificantes punzadas, de
cosquilleos imperceptibles, que nos galvanizan la vida y al fin nos
rinden. Y fuí a recibir el gran baño, la inmersión en aire libre, en
luz libre, en libre calma, en el remanso de las horas tranquilas. Y
allí a pensar rítmicamente, con calma, con todo el cuerpo y con el alma
toda, no con el cerebro tan sólo, asiento de lo que ustedes llaman
personalidad.
Interrumpióle la voz sonora de la campana de la Colegiata, que tocaba a
la oración de la tarde. Miró a sus arbolillos, que parecían escucharle,
y calló un rato. Respeté su silencio. Y luego, con calma, dijo:
--Del campo vine a este asilo. He renunciado a aquel yo ficticio y
abstracto que me sumía en la soledad de mi propio vacío. Busqué a Dios
a través de él; pero como ese mi yo era una idea abstracta, un yo frío
y difuso, de rechazo, jamás di con más Dios que con su proyección al
infinito, con una niebla fría y difusa también, con un Dios lógico,
mudo, ciego y sordo. Pero he vuelto a mí mismo, al pobre mortal que
sufre y espera, que goza y cree, a aquel a quien despiertan los
sobresaltos del corazón enfermo, y aquí, en este pobre jardinillo,
junto a estos mustios y silenciosos amigos, me dedico a la más honda
filosofía, que consiste en repensar los viejos lugares comunes. Medito
las palabras de la señora Paula, una buena vecina, inagotable en las
tan conocidas reflexiones del vulgo acerca de la caducidad de la dicha
y de la necesidad de la resignación. Y otras veces, a la sombra de esa
higuera, armonioso órgano de pardales y becafigos, leo el Evangelio.
Y en él se me muestra el Hijo del Hombre, el Hombre mismo, palpable,
concreto, vivo, y por Cristo, con quien hablo, subo a su Padre, sin
argumentos de lógica, por escala cordial...
--¡Qué vida!--murmuré.
Y él, que me lo oyó:
--Sí--dijo--, ya sé que ustedes disertan mucho acerca de la vida, y
dicen que hay que amarla; pero la tienen de querida y no de esposa.
¡La vida! ¡En ella me he enterrado, he muerto en vida en ella misma!
¡Hay que vivir! ¿Y para qué?... Esto es, ¿para qué?... ¿Para qué todo?,
dígamelo. ¿Para qué?... ¿Para qué? No quiero inmolar mi alma en el
nefando altar de mi fama, ¿para qué?
Cuando salí, de noche ya, parecía que al son de mis pisadas, que
retumbaban en el tenebroso silencio de la solitaria calleja, vagaba
por ella con quebrado vuelo, cual invisible murciélago, esta pregunta:
¿Para qué?
EL ABEJORRO
--La verdad, no le creía a usted hombre de azares--le dije.
--¿Por qué? ¿Por lo del abejorro?--me preguntó.
Y a un signo afirmativo mío, añadió:
--No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si
investigáramos las últimas raíces de las superaciones mismas que nos
parecen más absurdas, aprenderíamos a no calificarlas de ligero.
Figúrese usted que mis hijos, de verme a mí, adquieren mi horror al
abejorro, y de mis hijos lo toman mis nietos, y va así trasmitiéndose.
Se convertirá en un _azar_. Y, sin embargo, el tal horror tiene en mí
raíces muy hondas y muy reales.
--Hombre, eso...
--No lo dude usted. Soy de los hombres que más se alimentan de su
niñez; soy de los que más viven en los recuerdos de su lejana infancia.
Las primeras impresiones que recibió el espíritu virgen, las más
frescas, son las que forman su lecho, el rico légamo de que brotan las
plantas que en el lago de nuestra alma se bañan.
Fué mi niñez--siguió diciendo--una niñez triste. Casi todos los días
salía con mi pobre padre, herido ya de muerte entonces. Apenas lo
recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada, confinante
con el ensueño. Sacábame de paseo al anochecer, los dos solos, al
través de los campos, y apenas recuerdo otra cosa si no es que aquellos
paseos me ponían triste.
--¿Pero no recuerda usted nada de sus palabras o conversaciones?
--Sí, sí; algunas me han quedado grabadas con imborrables caracteres.
Me hablaba de la luna, de las nubes y de cómo se formaban; de cómo se
siembra y crece y se recoge el trigo; de los insectos y de su vida y
costumbres. Estoy seguro de que aquellas enseñanzas, hasta las que
he olvidado, son las más sustanciosas que he recibido, la roca viva
de mi cultura íntima. Hasta las olvidadas, se lo aseguro a usted, me
vivifican el pensar desde el olvido mismo, porque el olvido es algo
positivo, como el silencio y la oscuridad lo son.
--Por lo menos--le interrumpí--son el olvido, la oscuridad y el
silencio los que hacen posibles la memoria, la luz y la voz.
--De pronto le entraban arrebatos súbitos y me cogía en brazos y me
besaba y besuqueaba, preguntándome a cada momento: «Gabriel, ¿serás
bueno siempre?». Y yo, más que conmovido asustado, le respondía
siempre: «Sí, papá». Lo recuerdo bien; me daba miedo aquella pregunta
de «¿serás bueno siempre?»; miedo, miedo era lo que me daba. Alguna
vez llegó hasta a llorar sobre mis mejillas; y yo recuerdo que rompí
entonces a llorar también con un llanto silencioso, como el suyo, con
un llanto hondo que me arrancaba de las entrañas del espíritu toda la
tristeza con que ha sido amasada nuestra carne, pesares de ultracuna...
¿Quién sabe?, dolores heredados tal vez.
--¡Qué teorías!...--dije yo.
--No son teorías--me contestó--, son hechos. Se fatigaba mucho, y tenía
que sentarse a cada paso; y una tarde, puesto ya el sol, me habló,
mirando hacia el dorado poniente, de su cercana muerte. Y acabó con su
pregunta de siempre: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». Nunca me dió la
pregunta más miedo, más religioso terror que entonces. Ni sé si supe
contestarle.
--Veo que recuerda usted más de lo que decía...
--Sí, cuando me pongo a pensar en ello. Todos estos recuerdos son el
fondo sobre que he recibido mis ulteriores impresiones en la vida, y
todas están teñidas de su color. Todo lo he visto a través de ellos;
pero de él, de mi padre mismo, de su figura, recuerdo poco. Otras veces
me hablaba del Padre, que es como llamaba siempre a Dios, y allí, en
medio del campo, mientras la luz se derretía en la noche, me hacía
rezar el Padrenuestro, explicándome cada una de sus palabras. Solía
detenerse en el _hágase tu voluntad_, y al concluir de explicármelo me
abrazaba sofocado, diciéndome: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
Calló un momento, como recogiendo sus lejanos recuerdos, y prosiguió:
--Lo que sí recuerdo es su último día, el día de su muerte, el día del
abejorro. Estaba ya muy débil; tenía que sentarse a cada momento, y
cuando se ponía a explicarme algo lo hacía con tal lentitud, tantas
pausas y tantos anhelos, que me infundía un vago terror. Aquel
anochecer se sentó en un tronco de árbol derribado, y al poco tiempo,
uno de esos abejorros sanjuaneros que revolotean como atontados,
tropezando con todo, después de puesto el sol empezó a revolotear en
torno de nosotros. Mi padre le ahuyentaba con la mano, y hasta este
esfuerzo le era penoso. «Échale», me dijo. Y yo, con mi gorra, le
ahuyenté. «Hoy no hay luna, papá», recuerdo que le dije; y él, con una
calma terrible, mascullando cada palabra, me respondió: «Luna sí hay,
hijo mío; es que está apagada, y por eso no la ves; luna hay siempre;
cuando la ves como una hoz, es que no le alumbra el sol por entero...
Otras veces sale casi de día...». Volvió el abejorro, y ya ni se
entretuvo en ahuyentarlo. «¡Qué mal estoy, hijo!», exclamó. Yo callaba,
y el abejorro zumbaba en torno nuestro. Se adelantó entonces mi padre
un poco, y le brotó un chorro de sangre de la boca. Yo quedé aterrado,
y a mi terror acompañaba con su revoloteo el abejorro. «¡Yo me muero,
Gabriel, dijo mi padre; adiós! ¿Serás siempre bueno?». No pude ni
responder. Mi padre cayó muerto; y yo, frío, solo con él en medio
del campo, de noche ya, no recuerdo lo que pensé ni lo que sentí. No
recuerdo más de aquellos momentos que al abejorro, al tenaz abejorro,
que parecía repetirme: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?», y que fué a
posarse en la cara misma de mi padre.
--Ahora se comprende todo--le dije--; pero ¿cómo le aterraba a usted
esa sencilla pregunta, tan natural, tan dulce?
--¿Cuál? ¿La pregunta de mi padre? ¿Su última pregunta? ¿La que me
dirigió poco antes de nacer a la muerte? No lo sé; pero lo que sí
puedo asegurarle es que cuando me pongo a escarbar en mi conciencia
y a rebuscar el porqué del terror que desde entonces me inspiran los
abejorros que al anochecer revolotean como atontados, encuentro que no
se debe tanto este terror a que me recuerden la muerte de mi padre como
a que me traen la fatídica pregunta: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
Es una pregunta que me parece venir de la tumba...
--Creo que usted se equivoca. La impresión de una muerte, y de la
muerte de un padre, sobre todo, y más en las circunstancias en que
usted me la ha narrado, deja una huella indeleble en el alma de un
niño. Es una revelación tremenda, es una fuente de seriedad para la
vida.
--Puede ser; pero yo le aseguro a usted que pienso en la muerte con
relativa tranquilidad; que alguna vez me ejercito en representármela al
vivo y en representarme mi propia muerte, y afronto tal imagen. Pero
cada vez que traigo a mi memoria aquella insistente pregunta paternal,
incubada con todas las misteriosas melancolías del anochecer, aquello
de «¿Serás siempre bueno?», me pongo a temblar, a temblar como un
azogado. Porque, dígamelo, ¿sé yo acaso si seré siempre bueno?
--Con proponérselo...
--¡Oh!, sí, lo de todos y lo de siempre... ¡Con proponérselo! ¿Sé yo si
seré siempre bueno? ¿Sé siquiera si lo soy?
--¡Hombre!
--Esperaba esa expresión de asombro; con ella me han respondido casi
siempre. Sí, ¿sé si lo soy?
--¡Hombre, la voz de la propia conciencia!...
--¿Y si está muda?
--Quien no tiene conciencia de obrar mal es que no obra mal, porque la
intención...
--¡La intención! ¡La intención! ¿Conocemos nuestras propias
intenciones? ¿Sabemos si somos buenos o no? Créame usted que es esa
tremenda cuestión lo que nos hace temblar cuando zumba en tomo de
nosotros el abejorro evocador de la muerte. Sin esa pregunta, nadie
creería en la muerte.
--Extrañas teorías...
--No, no son teorías; son hechos.
EL POEMA VIVO DEL AMOR
Un atardecer de primavera vi en el campo a un ciego conducido por
una doncella que difundía en torno de sí nimbo de reposo. Era la
frente de la moza trasunto del cielo limpio de nubes; de sus ojos
fluía, como de manantial, una mirada sedante, que al diluirle en las
formas del contorno las bañaba en preñado sosiego; su paso domeñaba
a la tierra acariciándola, y el aire consonaba con el compás de su
respiración, tranquila y profunda. Parecía aspirar a ella todo el
ambiente campesino, de ella a la par tomando avivador refresco.
Marchaba a la vera de los trigales verdes, salpicados de encendidas
amapolas, que se doblaban al vientecillo, bajo el sol incubador de
la miés, aun no granada. En acorde con las cadencias de la marcha de
la joven palpitaba, al pulsarlo la brisa, el follaje tierno de los
viejos álamos, recién vestidos de hoja, aún en escarolado capullo e
impregnados de la lumbre derretida del crepúsculo.
Apagóse de súbito su marcha a la vista de un valle rebosante de
quietud. Posó sobre él la doncella su mirada, una mirada verdaderamente
melodiosa, y depurado entonces el pobre terruño de su grosera
materialidad al espejarse en las pupilas de la moza, replegábase
desde ellas a sí mismo, convertido en ensueño del virginal candor de
su inocente contempladora. Humanizaba al campo al contemplarlo ella,
más bien que mujer, campestre naturaleza encarnada en femenino cuerpo
virginal.
Cuando se hubo empapado en la visión serena, inclinóse al ciego, e
inspirada de filial afecto, con un beso silencioso le trasfundió el
alma del paisaje.
--¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!--exclamó el padre entonces, vertiendo en
una lágrima la dicha de sus muertos ojos. Y se volvió a besar los de su
hija, en que perinchía inconsciente piedad.
Reanudaron su camino, henchido el ciego de luz íntima, de calma su
lazarilla.
--¡Dios le bendiga!--dijo al cruzar con ellos un cansado caminante,
sintiendo sobre sí la espiritual limosna de la mirada aquella.
--¡Vi vida, mi eternidad, mi luz, mi gloria, mi poema!--rezaba al oído
de su hija el ciego, en tanto que de la rítmica pulsación de la mano
que cogido le llevaba recogía la vida de la campiña toda.
Era, sí, su vida, el cáliz en que apuraba con ansia el jugo de la
creación; era su eternidad, la eternidad sobre que rodaban pausadas
sus horas a romperse en el olvido en espumosa crestería de dulces
recuerdos; era la luz que alumbraba sus tinieblas con lumbre de amor;
era la gloria en que se proyectaba al infinito; era, en fin, su poema,
el poema vivo de sus entrañas, amasado con su carne y con su espíritu,
con su sangre y con su meollo, con sus potencias y con sus sentidos.