La entrada al registro parecía taquilla de expendeduría en día de

corrida mayor. Era tal el remolino de gente, tantos los empellones,

tanta la prisa que tenían todos por conocer su destino eterno y tal el

barullo que imprecaciones, ruegos, denuestos y disculpas en las mil y

un lenguas, dialectos y jergas del mundo armaban, que Juan Manso se

dijo:

--¿Quién me manda meterme en líos? Aquí debe de haber hombres muy

brutos.

Esto lo dijo para el cuello de su camisa, no fuera que se lo oyesen.

El caso es que el ángel del flamígero espadón maldito el caso que hizo

de él, y así pudo colarse camino de la Gloria.

Iba solo y pian pianito. De vez en vez pasaban alegres grupos, cantando

letanías y bailando a más y mejor algunos, cosa que le pareció poco

decente en futuros bienaventurados.

Cuando llegó al alto se encontró con una larga cola de gente a lo largo

de las tapias del paraíso, y unos cuantos ángeles que cual _guindillas_

en la tierra velaban por el orden.

Colócase Juan Manso a la cola de la cola. A poco llegó un humilde

franciscano y tal maña se dió, tan conmovedoras razones adujo sobre la

prisa que le corría por entrar cuanto antes, que nuestro Juan Manso le

cedió su puesto diciéndose:

--Bueno es hacerse amigos hasta en la Gloria eterna.

El que vino después, que ya no era franciscano, no quiso ser menos y

sucedió lo mismo.

En resolución, no hubo alma piadosa que no birlara el puesto a Juan

Manso, la fama de cuya mansedumbre corrió por toda la cola y se

trasmitió como tradición flotante sobre el continuo fluir de gente por

ella. Y Juan Manso, esclavo de su buena fama.

Así pasaron siglos al parecer de Juan Manso, que no menos tiempo era

preciso para que el corderito empezara a perder la paciencia. Topó por

fin cierto día con un santo y sabio obispo, que resultó ser tataranieto

de un hermano de Manso. Expuso éste sus quejas a su tatarasobrino y

el santo y sabio obispo le ofreció interceder por él junto al Eterno

Padre, promesa en cuyo cambio cedió Juan su puesto al obispo santo y

sabio.

Entró éste en la Gloria y, como era de rigor, fué derechito a ofrecer

sus respetos al Padre Eterno. Cuando hubo rematado el discursillo, que

oyó el Omnipotente distraído, díjole éste:

--¿No traes postdata?--mientras le sondeaba el corazón con su mirada.

--¡Señor!, permitidme que interceda por uno de sus siervos que allá, a

la cola de la cola...

--Basta de retóricas--dijo el Señor con voz de trueno--. ¿Juan Manso?

--El mismo, Señor, Juan Manso que...

--¡Bueno, bueno! Con su pan se lo coma, y tú no vuelvas a meterte en

camisa de once varas.

Y volviéndose al ángel introductor de almas, añadió:

--¡Que pase otro!

Si hubiera algo capaz de turbar la alegría inseparable de un

bienaventurado, diríamos que se turbó la del santo y sabio obispo.

Pero, por lo menos, movido de piedad, acercóse a las tapias de la

Gloria, junto a las cuales se extendía la cola, trepó a aquéllas, y

llamando a Juan Manso, le dijo:

--¡Tataratío, cómo lo siento! ¡Cómo lo siento, hijito mío! El Señor me

ha dicho que te lo comas con tu pan y que no vuelva a meterme en camisa

de once varas. Pero... ¿sigues todavía en la cola de la cola? Ea,

¡hijito mío!, ármate de valor y no vuelvas a ceder tu puesto.

--¡A buena hora mangas verdes!--exclamó Juan Manso, derramando

lagrimones como garbanzos.

Era tarde, porque pesaba sobre él la tradición fatal y ni le pedían ya

el puesto, sino que se lo tomaban.

Con las orejas gachas abandonó la cola y empezó a recorrer las

soledades y baldíos de ultratumba, hasta que topó con un camino donde

iba mucha gente, cabizbajos todos. Siguió sus pasos y se halló a las

puertas del Purgatorio.

--Aquí será más fácil entrar--se dijo--, y una vez dentro y purificado

me expedirán directamente al cielo.

--¿Eh, amigo, adónde va?

Volvióse Juan Manso y hallóse cara a cara con un ángel, cubierto con

una gorrita de borla, con una pluma de escribir en la oreja, y que le

miraba por encima de las gafas. Después que le hubo examinado de alto a

bajo, le hizo dar vuelta, frunció el entrecejo y le dijo:

--¡Hum, _malorum causa_! Eres gris hasta los tuétanos... Temo meterte

en nuestra lejía, no sea que te derritas. Mejor harás ir al Limbo.

--¡Al Limbo!

Por primera vez se indignó Juan Manso al oir esto, pues no hay varón

tan paciente y sufrido que aguante el que un ángel le trate de tonto de

capirote.

Desesperado tomó camino del Infierno. No había en éste cola ni cosa

que lo valga. Era un ancho portalón de donde salían bocanadas de humo

espeso y negro y un estrépito infernal. En la puerta un pobre diablo

tocaba un organillo y se desgañitaba gritando:

--Pasen ustedes, señores, pasen... Aquí verán ustedes la comedia

humana... Aquí entra el que quiere...

Juan Manso cerró los ojos.

--¡Eh, mocito, alto!--le gritó el pobre diablo.

--¿No dices que entra el que quiere?

--Sí, pero... ya ves--dijo el pobre diablo poniéndose serio y

acariciándose el rabo--, aún nos queda una chispita de conciencia... y

la verdad... tú...

--¡Bueno! ¡Bueno!--dijo Juan Manso volviéndose porque no podía aguantar

el humo.

Y oyó que el diablo decía para su capote:--¡Pobrecillo!

--¡Pobrecillo! Hasta el diablo me compadece.

Desesperado, loco, empezó a recorrer, como tapón de corcho en medio del

Océano, los inmensos baldíos de ultratumba, cruzándose de cuando en

cuando con el alma de Garibay.

Un día que atraído por el apetitoso olorcillo que salía de la Gloria

se acercó a las tapias de ésta a oler lo que guisaban dentro, vió que

el Señor, a eso de la caída de la tarde, salía a tomar el fresco por

los jardines del paraíso. Le esperó junto a la tapia, y cuando vió su

augusta cabeza, abrió sus brazos en ademán suplicante y con tono un

tanto despechado le dijo:

--¡Señor, señor! ¿No prometiste a los mansos vuestro reino?

--Sí; pero a los que embisten, no a los embolados.

Y le volvió la espalda.

* * * * *

Una antiquísima tradición cuenta que el Señor, compadecido de Juan

Manso, le permitió volver a este pícaro mundo; que de nuevo en él,

empezó a embestir a diestro y siniestro con toda la intención de un

pobrecito infeliz; que muerto de segunda vez atropelló la famosa cola y

se coló de rondón en el paraíso.

Y que en él no cesa de repetir:

--¡Milicia es la vida del hombre sobre la tierra!

DEL ODIO A LA PIEDAD

El viaje aquel de Toribio a Madrid fué un viaje terrible: no podía

quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta

guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que

estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más

odiaba, y se complacía en no suponerle mala intención ni perfidia.

«¿Pérfido? ¿Mal intencionado Campomanes? ¡Eso quisiera él, majadero,

nada más que majadero!», se decía Toribio sin poder pegar ojo.

Sacó los guantes y se los iba a poner; pero pensó entonces: «Unos

guantes así gasta Campomanes... Voy a parecer un elegante...». Y no se

los puso.

Llegó a Madrid, y con él, en su cabeza, la innoble figura de Campomanes.

Aquella misma tarde fué al antiguo café, allí, charlando de todo,

olvidaría sus penas y se olvidaría de Campomanes.

Cuando llegó él al café aún no habían llegado sus amigos. En la mesa

contigua estaba un hombre solo, fumando un puro. Toribio le contemplaba

pensando en Campomanes.

Llegaron sus amigos y los del vecino, se formó en cada mesa un corrillo

y se revolvió en una y en otra todo lo humano y lo divino.

Toribio continuó asistiendo al antiguo café. Casi todos los días era

el primero que llegaba, y casi todos encontraba en la mesa contigua al

mismo vecino, siempre solo y siempre fumando su puro. Le tomó una feroz

antipatía que se convirtió en odio feroz. No le conocía, no sabía quién

era, ni qué era, ni qué hacía, ni qué decía; no sabía de él nada, nada

más si no que él, Toribio, le odiaba con toda su alma.

«Pero señor, se decía, ¿por qué me carga este hombre?». Y para

razonar su odio y justificarlo fué inventando, sin darse cuenta de

que lo hacía, mil pretextillos. «¡Qué manera tan presuntuosa de

fumar el puro! ¡Qué desdén en la mirada! ¡Qué rostro abotagado! ¡Qué

sello de imbecilidad en el traje! ¡Cómo me mira..., me aborrece, nos

hemos comprendido!». Y todo esto era mentira, y Toribio lo sabía, no

había tal presunción, ni tal desdén, ni tal rostro, ni mucho menos

aborrecimiento alguno.

«¡Y ni saluda al entrar!»... Él tampoco saludaba.

En fuerza de repetirse los pretextos acabó por creerlos, se los

sugirió como verdaderos y se convenció de que el vecino le odiaba.

Entraba en el café... «Ahí está, ¡cómo me mira! Me odia, bien se conoce

que me odia...».

Empezó con sus amigos a hablar mal del otro, les dijo que se odiaban,

inventó mil mentirillas de ojeadas feroces, de gestos de desprecio,

acabó por creerlas él mismo.

A todo esto el vecino, impasible, acaso adivinaba lo que sucedía en el

alma de Toribio, pero no lo daba a entender.

Un día llegó Toribio al café un poco alegrillo, y lo primero que vió

fué a su vecino en la mesa de ellos, de Toribio y sus amigos.

«Ha ocupado nuestra mesa teniendo la suya vacía..., busca camorra...

Pero aquí las mesas son del primero que llega. No importa, tiene la

suya, ¿por qué no la ha ocupado?... No, pues yo voy y me siento en la

nuestra. ¿Busca camorra?, que empiece él... ¡Está claro! Como lo que él

quiere es que yo me siente junto a él dirá algo...».

Se sentó en la misma mesa, frente al vecino odiado. Pidió café. Vino el

mozo y fué a retirar la taza que estaba delante de Toribio.

¿Qué? ¿La vas a llevar a la otra mesa? ¡No, déjala aquí! Y miró a su

vecino.

--No es eso, señorito, contestó el mozo, es que esta taza está usada:

en ella ha tomado café otro señor que ha estado con el señorito Rafael.

Se llamaba Rafael, ¡qué nombre tan antipático!

Toribio empezó a tomar su taza, le latía el pecho y no sabía lo que le

pasaba. Concluyó el café y de un trago se bebió la copa de coñac. Pidió

otra copa y luego otra contra su costumbre. Le ardía la cara. Al fin se

dirigió a su vecino y le dijo:

--¿Cómo ha venido usted hoy a esta mesa, teniendo la de ustedes vacía?

El vecino le miró serenamente y pensó: «Ya decía yo, este pobre

muchacho es loco». No respondió nada.

--¿Por qué ha venido usted a esta mesa?

--¡Porque me ha dado la gana!

--¿No sabe usted que es la nuestra?

Rafael iba a contestar una crudeza, pero pensó: «Mejor será por lo

blando, ¡pobre chico!».

--Sabe usted, cuando he llegado estaba aquí un conocido y me he sentado

junto a él.

Era la verdad.

--Y cuando se ha ido el conocido, ¿por qué no ha dejado usted libre

nuestra mesa?

Toribio pidió otra copa. Rafael le miró con inquietud, como se mira a

un loco, y contestó:

--Porque deseaba estar con usted... ¡No beba usted tanto!

--¿Y a usted ¿qué le importa?

Rafael pensó: «Lo más prudente será retirarse». Se levantó y dijo a

Toribio:

--¡Cálmese usted!

Y salió.

Todo aquel día estuvo Toribio excitadísimo. ¡Ya se ve!, cuatro copas,

en él que nunca tomaba más que una.

Aquella noche reflexionó y comprendió lo imbécil de su conducta. «Tengo

que domarme».

Al día siguiente entró al café. Allí estaba Rafael, esta vez en su

mesa. Toribio se le dirigió. El otro pensó: «Otra vez el loco».

Le dió mil explicaciones, le pidió perdón, y acabó por convidarle.

Desde entonces se hicieron muy amigos, casi íntimos. Toribio le hablaba

de Campomanes.

Rafael era un alma de oro y de lo más simpático.

Cuando Toribio tuvo que volver a su pueblo sintió pena al despedirse de

Rafael.

Llegó a su pueblo y lo primero que se echó a la cara fué a Campomanes.

¡Cosa más rara! No sintió por él ni miaja de odio, al contrario, casi

simpatía. «Es un infeliz», pensó.

Desde entonces le dió no poco que pensar cómo se había derretido su

odio a Campomanes en un fondo de piedad.

Un día paseaba con uno de sus amigos de Madrid cuando encontraron a

Campomanes. Toribio se lo mostró y el otro le dijo:

--¿Sabes con quién le encuentro parecido?

--¿Con quién?

--Con Rafael.

¡Y era verdad! No lo había notado hasta entonces. Es decir, sí lo había

notado, pero sin darse cuenta de ello.

Entonces se explicó su odio a Rafael, y entonces se explicó por qué,

reconciliado con Rafael, mató el odio que tenía a Campomanes. «Cosa

más rara, se decía, el demonio averigua la verdadera razón de nuestros

odios y nuestros amores... El hombre es el bicho más extraño».

La verdad es que tiene el alma humana repliegues estrambóticos.

EL DESQUITE

Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz

galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que

nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta.

Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos

picados de internacionalismo belicoso.

* * * * *

Luis era el gallito de la calle y el chico más roncoso del barrio.

Ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado la

badana. Desde que dominó a Guillermo no había quien le aguantara.

Se pasaba el día cacareando y agitando la cresta; si había partida

la acaudillaba, se divertía en asustar a las chicas del barrio por

molestar a los hermanos de éstas, se metía en todas partes, y a callar

todo Cristo, ¡a callar se ha dicho!

¡Que se descuidara uno!

--¡Si no callas te inflo los papos de un revés!...

¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, vaya si era

pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle

papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber

tinta.

¡Le tenían una rabia los de la calle!

Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar cucurrucús

y roncas, esperando ocasión y diciéndose: ya caerá ese roncoso.

A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale,

chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja.

--Dice que le tienes miedo.

--¿Yo?

--¡Dice que te puede?

--¡Dice que cómo rebolincha!...

--¡Sí, las ganas!

Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había llovido

de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo,

les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los

corazones a sus acompañantes que barruntaban morradeo.

Sobre si fué el uno o fué el otro quien derribó un cochorro de una

pedrada, tuvieron palabras.

El cochorro estaba en el suelo, panza arriba suplicando paz con el

pataleo de sus seis patitas, esperando a que por él y junto a él se

decidiera la hegemonía del barrio.

--¡Sí!... ¡Tú, tú echar roncas nada más no sabes!...

--¿Roncas? ¿Roncas yo? ¡Si te doy uno!

Hacía como que se iba con desdén digno, y volvía.

--¡Calla y no me provoques!

--¡Ahí va! provoques--exclamó uno de los mirones--provoques...,

provoques... ¡Que farolín! ¡para que se le diga que sabe!

Los circunstantes les azuzaban.

--¡Anda, pégale!

--¡Chápale a ése!

--¿Le tienes miedo?

--¿Miedo yo?

--¡Mójale la oreja!

--¡Tírale saliva!

--¡Llámale aburrido!

--¡Provócale, anda, provócale!

Todos soltaron el trapo a reir al oir esto. Luis se puso como un

tomate, y se acercó a imponer correctivo al burlón.

--¡Déjale quieto!--le gritó Guillermo.

--¡Y a ti también si chillas mucho!

--¿A mí?

Luis le dió un empellón, se lo devolvió Guillermo, siguió un moquete y

se armó la gresca. Los mirones les animaban y saltaban de gusto. Uno de

éstos se puso a _rezar_ por Guillermo.

--Ojalá gane Guillermo. Ojalá amén... Ojalá gane... Ojalá gane...

Se separaban para dar vuelo al brazo y descargarlo con más brío. Al

principio llevaban la mano a la parte herida y tomaban tiempo para

devolver el golpe, después menudeaban los embistes sin darse reposo.

--Ojalá gane... Ojalá gane... Ojalá gane...

--¡Échale la zancadilla!

Cayeron al fin al suelo mojado, Luis debajo, y al caer aplastaron al

cochorro que imploraba piedad con sus patitas. Guillermo sujetó con las

rodillas los brazos del enemigo, y mientras éste forcejeaba, el otro,

resudado, roja la faz, irradiando alegría, feroz los ojos, le decía

entre resoplidos:

--¿Te rindes?

--¡No!

Y le descargaba un puñetazo en los hocicos.

--¿Te rindes?

--¡No!

Otro puñetazo más, y así siguió hasta que lo hizo sangrar por las

muelas.

En aquel momento uno de los mirones exclamó:

--¡Agua..., agua..., agua!

Era que venía el alguacil, el muy pillo cautelosamente, haciéndose

el distraído, como tigre de caza. Al verle abandonaron todos el

campo echando a correr. Y el alguacil, al escarpársele la presa, les

amenazaba desde lejos con el bastón.

Entraron en la calle, el vencedor rodeado de los testigos de su

triunfo y sin hacer caso a Eugenio que le repetía:

--¡He rezado por ti! ¡He rezado por ti!

Poco después entró el vencido sangrando por la boca, embarrado, hosco y

murmurando:

¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Qué corte rodeó desde aquel día a Guillermo!

En la calle bailaban todos de contento, ya no temían al roncoso, ya

podían decirle:

--Te ha podido Guillermo.

Quien más atenciones prodigó a éste fué Eugenio.

El cual tenía un hondísimo sentimiento de la dignidad humana. Si le

pegaban 6, 15 o 21 golpes, él devolvía 7, 16 o 22; cuando el maestro le

administraba una azotina, contaba él los zurriagazos, y si éstos eran

_n_, después, en desquite, tenía que tocar el faldón de la levita del

maestro _n_ + 1 veces. Siempre quedaba encima.

Luis no volvió a abrir el pico, pero ni cerró noche ni abrió día sin

que murmurara:

--¡Ya caerá! ¡Ya caerá!

¡Ardoroso alimento de su augusta majestad caída!

* * * * *

--¡Valiente chiquillería! ¡Mira con qué nos sale!

¿Dice esto el lector?

¡Bien!, pues ahí está el origen del sentimiento de justicia, porque

nació ésta del desquite. Toda la monserga de la vindicta social se

reduce a la revancha social, ni tilde más, ni tilde menos. ¿Me pega?

¡Le pego, y en paz!

¡Vaya una paz!

Los pueblos pasaron de la venganza al castigo. Ésta es una pura

reacción, como el estornudo. Entra un granillo de polvo en la

mucosa..., la laringe castiga al granillo estornudando.

Cuando veo a dos rapaces darse de mojicones en la calle, me digo:

Esa es la educación social y lo demás pamplina. Así, libre y al

aire libre, cada uno aprende así que frente a su voluntad hay otras

voluntades, y que no hay otro remedio que imponerse o someterse a

ellas, o concertarse todas o escapar bajo el ojo del alguacil.

Todavía nos ha de enseñar grandes cosas el «¡ya caerás!» internacional

que sale de lo hondo del pecho herido.

Pero ¡ojo, mucho ojo!, no hay que perder de vista al alguacil, que

avanza cautelosamente, como tigre de caza, que desde lejos amenaza con

el bastón y puede aguarnos la fiesta.

UNA RECTIFICACIÓN DE HONOR

NARRACIONES SIDERIANAS

--¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje!

Al oir lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para

olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo:

--Yo aplastaré a ese reptil... ¡Mozo!

Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro, y con él dos piezas de oro

que llevaba como fondo permanente e intangible; dió aquél al mozo y sin

esperar a la vuelta, tan distraído creía se debía estar en su caso,

salió del Arca.

El Arca era el nombre caprichoso, abracabrante, según uno de sus

socios, que en Sideria se daba al casino a que acudía el cogollito de

la elegancia, los hombres de mundo y de alta sociedad, los calificados

por el _chroniqueur_ modernista y bulevardizante de _El Correo

Sideriense_ de _gentlemen_, _sportmen_, _clubmen_, _bonvivants_,

_blasés_, _comme il faut_, _struggle-for-lifeurs_ y otro sin fin de

terminachos por el estilo; es decir, los caballeros más honorables de

la ciudad ducal.

Uno de ellos había importado de Alemania, donde residió año y medio, el

nombre de _filisteos_ que los socios aplicaban a todos los ramplones

burgueses de la ciudad.

Los envidiosos, y los pedantes, y los doctrinos sostenían que en el

Arca se reunían los espíritus más pedestres de la ciudad, empeñados en

sacarse del abismo de su ramplonería como el barón de Münchhausen del

pozo en que cayó, tirándose de las orejas hacia arriba, y no faltaba

mala lengua que clasificaba a los alegres compadres en memos y bandidos

sin disfrazar, memos disfrazados de bandidos y bandidos disfrazados de

memos.

Pero dejando estos ladridos de los impotentes a la luna, volvamos a

Anastasio, el cual, al salir a la calle, hizo como si reflexionara un

momento delante del coche y acabó diciéndose: No, en esta ocasión no

pega el coche. ¡A pie, a pie!

Un carruaje que pasaba le salpicó de barro el pantalón. El primer

efecto que tal desastre produjo en Anastasio fué el vivo dolor del

armiño ofendido en su cándida pureza; pero luego, volviendo sus ojos

a la afrenta que devoraba su corazón, se complugo en la providencial

pella de barro.

Si Anastasio hubiera tenido la debilidad, impropia de un caballero

perfecto, de ser algo filósofo, ¡uf!, se habría perdido en necias

divagaciones acerca del simbolismo de la naturaleza. Pero toda su

filosofía se reducía a la que estrictamente necesitaba: a saber que

Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre para el honor, y que todo

el universo era un arca inmensa.

Cuando llegó a la redacción de _El Abejorro_ se detuvo a su puerta,

sobre la que había dibujado un abejorro enorme.

Sacó Anastasio el pañuelo perfumado, que así lo llevaba a pesar de las

pullas de muchos socios, más _prácticos_ en lo del pañuelo, y se lo

llevó a las narices.

Dentro de la redacción se oían voces de disputa, y una, sobre todo, que

sobresaliendo de las demás, decía:

--Le digo a usted que de todas las imbecilidades que han inventado

los ociosos para pasar el tiempo y distinguirse, la más estúpida es

el honor. Todo el mundo habla de la nobleza del león, que es un bicho

dañino, y a mí me parece mucho más noble el burro. El león, que es

bestia de presa que se alimenta de carne, habrá inventado el honor;

pero el pobre burro, que es bestia de carga, ha inventado el deber.

Y sobre todo, señores, ¿de dónde sacan ustedes que sea noble el

defenderse con las garras y los dientes, como el león, y no lo sea con

la ligereza de pies, como la liebre; con la astucia, como la zorra; con

la pequeñez, como el mosquito; con la tinta, como el jibión? El mismo

Dios que ha dado garras y pico al águila ha dado pequeñez al mosquito y

al jibión tinta. Todos los imbéciles...

En aquel momento Anastasio, que se había estirado los puños y atusado

el bigote y había cogido el bastón como cirio en procesión, indignado

de oir tantas pedanterías estrafalarias, entró.

Ya dentro, avanzó una pierna de modo que pudiera lucir la simbólica

pella de barro, y dijo:

--¿El caricaturista de este... papel?

--Muy buenas noches.

--Buenas. El caricaturista he dicho.

--¡Presente!--exclamó un joven que estaba haciendo pajaritas de papel.

--¿Es usted el mamarrachista de este... papel?--volvió a preguntarle

Anastasio.

--Para servir a usted.

Anastasio sintió, a la vista de una pajarita de papel colocada sobre la

mesa, ganas de arañar a su hacedor; pero se reportó bajando la cabeza

para oler la rosa, ¡cándida flor!, y volvió a preguntar:

--¿Es usted el autor de esa inmunda caricatura?

--¡In-mun-da..., in-mun-da..., muy bien! ¡Exacto..., la frase es

feliz..., sí señor, yo lo soy!

--He aquí mi tarjeta--dijo Anastasio sacando una para dársela.

--Está muy bien... Joaquín Ortiz, calle de Suso, 31, segundo, tiene

usted su casa. No uso tarjetas.

«Un pintamonas--pensó Anastasio--; ya me temía yo que no fuera un

caballero... ¡Pero hasta tanto! ¡No usa tarjetas! Eso es no ser ni

hombre siquiera. ¿Adónde va este infeliz?».

--Espero de usted una satisfacción; esta noche visitarán a usted dos de

mis amigos--añadió al salir.

Cuando al cerrar la puerta oyó una risa, sonrió Anastasio lleno de

compasión, olió la rosa y diciéndose: ¡no usa tarjetas! sintió toda la

fealdad de la pella de barro. Como ésta se había secado ya, la limpió

en las escaleras de la redacción de _El Abejorro_.

En la calle le miraban mucho. «¡Sabréis quién es Anastasio!»--pensó.

Dos carreteros reñían, jurando como señoritos, y uno de ellos dijo al

otro:

--Vamos a rompernos la crisma...

Al verlos irse se dijo Anastasio: «Y a todo esto la policía sin impedir

estas ordinarieces... ¡Groseros! Nada, nada, el pueblo es pueblo...

Cuando yo digo que en España no estamos preparados para la república...

Pueblo grosero, prensa procaz... Es evidente que la aristocracia tiene

el deber de ejercer tutoría sobre el pueblo, tutoría fraternal, se

entiende... y la verdadera aristocracia, no esa antigualla rancia

comida de carcoma».

Cuando llegó al Casino buscó a su amigo Herminio, a quien preguntó por

Pepito Curda.

--¡Pepito... a estas horas!

--¡Ah, sí!--contestó Anastasio con seriedad, recordando que a aquellas

horas Curda se dedicaba a emborracharse para poder dormir de un tirón,

olvidado del tráfago de sus negocios.

--¿Y Juanito?...

--¡Déjalo que hoy está de suerte!

El espejo de la muerte · 第 7 / 10 段